El nacimiento de un libro

No sé explicar por qué comencé a escribir.

Se puede decir que desde niña me encantó sentarme en un lugar apartado, escondida de las miradas de los adultos, un lugar que me resultara íntimo y dejarme llevar por la imaginación, escribir todo aquello que se me ocurría, copiar poemas hasta tener una colección muy extensa, recrear músicas en mi mente que me trajeran palabras, tener una especie de secreto que ocultar a los ojos de los demás, porque, aunque ahora ya haya publicado mi primer libro, hubo un tiempo que escribir era una especie de secreto.

No creo que haya un motivo exacto para escribir, y mucho menos que ninguno puede que sea el vivir de la literatura, algo bastante difícil en este país y puede que en todos. Pero si no hay un motivo concreto lo que si hay es una necesidad, un impulso, algo que me lleva a tomar un lápiz e intentar llenar de palabras un folio blanco, un estimulo que no sé de dónde llega ni hacía dónde me va a llevar, pero sí puedo sentir como una urgencia el poner por escrito aquello que me pasa por la cabeza, como si por dentro las palabras y las ideas se agolparan y se empujaran unas a otras en un intento de salir casi a presión.

Cualquier idea, por descabellada que parezca, cualquier cosa o situación, cualquier paisaje, canción, cualquier calle o cualquier persona desconocida a la que solo he visto durante un segundo puede ser quien comience la frase que dé el banderazo de salida a todo aquello que he ido acumulando durante años en mi cabeza y que ni me acordaba que tenía ahí, guardadito, quietecito, acechando más que esperando el instante en que pueda tomar forma y convertirse en algo. No sé aún en qué, pero en algo.

Los protagonistas van tomando forma sin que me dé cuenta, las situaciones van surgiendo, la acción comienza a desarrollarse, incluso a veces sin mi intervención, mientras todo va tomando forma, me doy cuenta de que los personajes tienen vida propia y que estoy escribiendo todo lo contrario de lo que pensaba escribir, han cobrado vida porque al fin y al cabo yo no mando en esto, yo solo soy el medio del que ellos se valen para ser, para existir, para expresarse.

Todo en él va surgiendo poco a poco, viviendo en mi, alimentándose de mis ideas y mis vivencias, de mis reflexiones, de mi día a día. Vive en mi cada uno de los personajes y de los momentos sobre los que escribo o incluso los que voy no a escribir. En la almohada están también los sueños y las preocupaciones de esos seres de papel y pluma que  parecen reales y que cuando cierro los ojos casi casi que puedo ver, visualizar. Cómo si existieran de verdad, como si su carácter o su historia estuviera siendo vivida en ese preciso instante.

Cuando nació mi libro casi no me di ni cuenta, no es tan de golpe, no es tan de repente… es algo que ha costado tantos años y aún va a costar tantos esfuerzos que hasta que no llevé varios capítulos no supe que estaba ahí, que lo he estado gestando muy poco a poco y ahora ya solo queda echarlo al mundo.

Al ser publicado, mi libro ha dejado de ser mío y ya es de aquel que lo lee, ya no me pertenece a mi, si no a sus lectores.

Como quien echa un hijo al mundo, intentaré cuidarlo, hacer que crezca, le acompañaré durante tan arduo y largo camino, pero ya no será nunca más parte de mi, si no que será algo autónomo y soberano, con una especie de lugar en el mundo que le dará el privilegio de ser juzgado por él mismo.

Si lo leéis, espero que seáis benévolos con algo tan pequeño aún y no lo juzguéis con demasiado rigor… todavía hay tanto que madurar y contar…portada libro

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