¿Y que hago ahora?

 

 

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¿Y qué hago ahora? Es decir, me siento a escribir y no me sale absolutamente nada… miro mi móvil, entro en alguna red social, vuelvo a entrar aquí y vuelvo a abrir el Word para ver si puedo escribir, pero no me sale ni una sola palabra.

Es esa sensación de que el tema se me escapa, de que está disperso y no termino de cogerle el hilo a las cosas que quiero contar.

Es una sensación desesperante. Me tomo otro café, me fumo otro cigarrillo y para lo único que me vale es para notar cómo me va más rápido el corazón, cómo esa especie de ansiedad va tomando forma en mi estómago y va subiendo poco a poco hasta la garganta cerrándola del todo. Y aunque no escriba con la garganta, escribir es otra forma de hablar, otra forma de comunicar y ese nudo me va oprimiendo hasta que me resulta imposible conectar dos palabras y que éstas tengan un sentido, una coherencia.

Estoy comenzando, todo parece estar en ebullición a veces, las ideas se me agolpan en la cabeza, puedo visualizar actos, lugares y protagonistas, todo lo que llevo días estudiando, los personajes a los que he comenzado a dar forma, la personalidad de cada uno de ellos la tengo clara en mi mente, pero no logro plasmarla en el papel. Los videos de documentación, las palabras de gente que me habla de una época que yo no conocí y de un momento que yo no viví, resurgen en mi cerebro como una especie de tormenta lejana de la que aún percibo su eco y aspiro su aroma, aún veo el reflejo de los rayos en la lejanía pero ya sé que no voy a ser traspasada por ninguno de ellos.

¿Y que hago ahora? ¿Me siento y dejo que llegue la inspiración? ¿Miro al techo esperando que bajen las musas en mi auxilio? Si escribir no es sólo el resultado de un momento de inspiración divina si no el fruto de un arduo y constante trabajo, ¿Cómo es que hoy no puedo trabajar?

He cumplido con todos los ritos. Me he tomado mi café con tostadas, me he fumado mi cigarrillo y he encendido el portátil con la misma devoción con al que las mujeres de mi pueblo van hoy a misa. He abierto las ventanas para que el aire fresco de la mañana despeje mis ensueños y espabile mi sistema nervioso, me gusta sentir la brisa que entra por las ventana de la cocina donde me siento a escribir, esa brisa de Abril que aquí huele a mar y azahar, aún tan fresca que me hiela los pies descalzos que mantengo recogidos debajo de la silla. Me encanta el silencio de estos momentos roto tan solo por el repicar de las campanas de las iglesias que  llaman a Domingo de Gloria, me encanta la quietud de estos momentos cuando el día está recién nacido y puro, cuando hay expectativas de que puede ser un gran día y aún no se ha roto en la ruina de lo cotidiano y vulgar, cuando todo parece recién inventado y nuevo.

Me encanta este momento de intimidad con el folio en blanco. Hay algo sensual y bello en el proceso de sentarse a escribir y crear algo que sale de dentro de uno mismo, pero hoy no es mí día, hoy solo noto la desesperación de aquellas palabras que pujan por salir de la punta de mis dedos y que no van a llegar nunca al papel. Noto como la chispa de la creación me quema en las yemas por la tensión de no poder convertirse en una corriente que termine siendo algo más que energía transformada en silencio, en la nada más absoluta, en callada decepción.

¿Y qué hago ahora? Me hago otro café o me siento a leer o me vuelvo a la cama para consultar mi fracaso con la almohada, para engañarme pensando que tal vez lo único que necesito es descansar un poco más y aclarar las ideas que se han ido introduciendo en mi cabeza, diciéndome a mí  misma que tal vez lo que necesito es tomar distancia entre todo lo aprendido y dejar que la información se asiente en la mente para poder plasmarla cuando todo haya alcanzado un orden y una cohesión.

Puedo ser capaz de mentirme como tantas y tantas veces hacemos todos. Decirnos mentiras que nos ayuden a soportar la verdad, a esperar sin desesperar, a dejarnos llevar por momentos más propicios sin caer en la consternación de darnos cuenta de nuestra propia mediocridad.

Hoy simplemente no es el día. No hay que darle más vueltas ni hay que buscar más motivos.

Escribir es un proceso mental y puede que hoy mi mente no quiera centrarse ni quiera sufrir ningún proceso más que el de estar ahí, funcionando en segunda fila, poco a poco y sin ser notada.

Simplemente estar. Ser.

 

 

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