El hombre de mis libros

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Tengo el mar al lado en una mañana nubosa donde me he propuesto escribir. Siempre soñé con escribir en medio de un paisaje similar a este, cerca del mar o en medio de la montaña, asomada al balcón de la naturaleza y de mis pensamientos.

Veo a la gente paseando, apurando la mañana en un ejercicio de salud o simplemente de ocio mientras yo intento captar los pensamientos que siempre me rondan por la cabeza.

Y pienso en él. Como si pudiera tenerlo delante, como si él estuviera a mi lado, siempre presente y siempre tan lejos, tan imposible, tan irreal.

Ese amor platónico que hace que la vida parezca un lugar más bello y que produce una  sensación semejante a la euforia cuando de repente crees verlo en algún lugar.

Amores imposibles con los que se sueña tal vez para evadirse de la realidad.

Debería no ser tan soñadora, debería poner los pies en la tierra de una vez por todas y vivir la vida tal como es y no como me gustaría que fuera, pero su imagen, se aparece en los momentos en que menos lo espero, buscándome en el silencio de la noche o en medio de una fresca mañana. Él aparece y desaparece sin que mi voluntad medie en ello, siempre cambiante, siempre bello y sorprendente, siempre intenso y nuevo, haciendo que cada vez vea algo diferente en él y vuelva a enamorarme un poco.

Tal vez debería tomar conciencia de que los sueños solo son sueños, pero como hacer algo así cuando es tan bello soñar, cuando escribo historias, cuando, simplemente, escribo.

Mi forma de ser me lleva a imaginar, a pensar, a crear momentos que luego me sirven para crear personajes o situaciones, que hacen que me transporte al lugar en donde viven todos los libros que quiero escribir, todas las historias que quiero contar y en los que él esta agazapado entrelineas.

Él, que es el mismo y a la vez es diferente. Él, que no responde a ninguna ley de la realidad, que es el hombre perfecto en cada momento que requiere serlo, que seduce desde la palabra y que enamora desde su ausencia, desde el reflejo de él que creo ver.

Ni persona, ni sueño, ni real ni irreal. Simplemente él. Que no existe ni existirá tal como yo lo imagino, tal como a veces lo percibo, tal como lo sueño  o lo trazo.

Él es el hombre de mis libros.

Él es como las musas que inspiraban a pintores y poetas de siglos pasados, el ideal que nos mantiene siempre dispuestos a sentir, siempre dispuestos a dejarnos seducir, vencidos de antemano por su presencia etérea, por su ausencia firme, por un cuerpo que jamás acariciaremos, unos labios que jamás besaremos, una frente que nunca tocará la nuestra o una voz que nunca nos susurrará al oído las palabras que nos gustaría escuchar.

Él pertenece al mundo de los sueños aunque lo pueda sentir tan cerca que su aliento roce mi nuca, aunque sus manos recorran mi espalda, aunque su sombra se recorte entre las sombras que acuden a mí por las noches. Pertenece a un mundo que nunca será mi mundo, en un plano que nunca será el de la realidad y que sin embargo, por momentos, es el lugar en el que habito, en el que vive mi corazón y mis ansias de sentirle vivo.

Cómo sería si él no estuviera, si no existiera, si su cara se escapara de mi vista cuando más lo busco, si su cuerpo no estuviera siempre al alcance de mis manos cuando éstas me duelen por el afán de tocarlo, como serían las noches en blanco si él no las llenara con esa ausencia real de sí mismo, si creyera que no hay nada tras él más que una imaginación.

Es parte de mi inspiración. Es el hombre soñado. Es el cuerpo amado. Es un sueño que nunca se hará realidad  y por eso es más intenso y más amado, cuanto más dolor y ansia más se aproxima, cuanto más lejos más cerca de mi espíritu, cuanto más imposible más merece ser soñado.

Como sería si él no existiera, cómo si no pudiera ver su cara frente a mí al cerrar los ojos, si no pudiera escrutar en sus expresiones, no ver su risa ni escuchar las carcajadas que sueño con oírle cerca de mí, la risa limpia que le imagino, la voz clara con la que le doto, la intensidad de una mirada que traspasa y de una luz que me ilumina.

Cómo sería si una vida solo fuera una vida y no hubiera en ella un plano de imaginación tras el que esconderse, si no pudiera escribir sobre las cosas que puedo llegar a ver en el fondo de mi mente o de las cosas, lugares y personas que puedo llegar a visualizar.

Cómo sería aterrizar, poner los pies en la tierra y no sentir que tengo dos vidas paralelas, la mía y la de mis sueños y personajes,  la realidad entre la que vivo y la realidad que voy creando, la realidad de las personas que me rodean y la de las personas a las que les doy vida. Cómo soportar y conjugar esas dos parcelas tan distintas entre sí.

Cómo sentir algo que no es real con la misma intensidad que si de verdad lo fuera.

Él esta siempre presente, un amor imposible que logra hacer que explique lo posible, a través del cual me expreso, del cual las mujeres sobre las que escribo se afirman y se definen a sí mismas, a través del cual manifiesto lo que de otra forma no podría manifestar. Necesario por antagonismo a los personajes femeninos que son los que sí necesito de verdad ratificar.

Él, que me libera y las libera, la contraposición a todos los pensamientos y sentimientos de los que hablo, él, tan amado y tan improbable, tan cierto y soberano como inverosímil, él, siempre perfecto o imperfecto en el momento oportuno, siempre él.

Si él no existiera, aunque fuera en mi mente, no estaría sentada frente al mar escribiendo pensamientos e intentando captar la esencia del hombre que suele protagonizar mis sueños y el de mis personajes, si no paseando por la playa, haciendo un ejercicio de salud o de ocio, convirtiendo mi vida en algo real y tangible en donde no tendrían cabida mis sueños ni los de mis personajes,  donde no podría afirmarme como autora ni mis personajes como mujeres dispuestas a ser ellas más que nunca  gracias a su presencia.

Pero está él… y el mar tiene el color de sus ojos…

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