Adivinarte

 

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Intuir, adivinarte a cada paso,

a cada gesto que no deja de ser solo eso, un esbozo de ti.

Tan simple, tan equivocado, tan urgente, tan suave.

Verte venir y adivinar la forma de mecer tu pelo o de guiñar un ojo.

Ver como llegas o te alejas y suspirar por ser parte de esos pasos,

como la sombra que permanece pegada a tu cuerpo

cuando dejas de ser tu o cuando eres más tú que nunca.

Saber que gesto es tuyo propio, de nadie más que tuyo

y sentirme contenta de conocerte tanto, de adivinarte tanto, tantas veces,

aun cuando te escondes tras la cara de niño

o cuando te resguardas en tus gestos de hombre.

Verte venir y adivinar que vas a abrazarme

verte llegar y saber que te vas a ir por esa imperceptible forma de despedirte,

por el brillo de tus ojos y tu media sonrisa, ese simple roce de tu cuello.

Intuirte casi como intuyo mis propios gestos

y adivinarte en ellos segundos antes de hacerlos.

Intuirte, adivinarte como si fuera una parte mía

esa forma tuya de ir diciendo adiós…

 

 

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Ana te presta su espejo. Marta Senent

Portada

 

Si conocéis mi blog, sabréis que hasta ahora no he hecho reseñas de otros autores, pero creo que es el momento de dejar de hablar de mí para hablar de muchas personas que me rodean y que tienen un peso especifico cultural y literario dentro de mi mundo.

No podía ser de otra forma, la verdad. Mi primera reseña literaria debía ser para Marta Senent, mi editora.

Marta es Licenciada en Humanidades y Doctora por la Universidad Jaume I de Castellón, además de fundadora y directora de la editorial ACEN.

La idea le surgió cuando intentó publicar su tesina y no halló la forma de que las grandes editoriales la publicaran. De ese empeño salió la idea de una editorial independiente que ayudara a autores noveles a ver publicada su obra… y en vista del éxito era algo más que necesario. Ahora ACEN ocupa un puesto relevante en el mundo cultural y literario de una provincia como Castellón, que como tantas de este país, esta siempre necesitada de revulsivos que proyecten cultura fuera de los circuitos tradicionales.

Marta colabora en grupos de investigación, es articulista en revistas nacionales e internacionales, y continúa sus investigaciones serias y rigurosas en el campo de la diversidad funcional, género y arte.

Pero además de todo eso y por si fuera poco, Marta es escritora y tiene dos libros en su haber.

El primero fue “Arte y discapacidad” una investigación exhaustiva de cómo han sido representadas las personas con diversidad funcional en el mundo del arte a lo largo de la historia.

El segundo de sus libros es el que ha llegado hasta mí, con dedicatoria incluida (gracias Marta) y se titula “Ana te presta su espejo”

En él Marta hace un repaso sobre como es la vida de una mujer con diversidad funcional en las distintas etapas de su vida, desde la niñez, la adolescencia, la maternidad, la vida laboral…

Utiliza un lenguaje coloquial, lleno de diálogos que hacen su lectura amena y divertida pero al mismo tiempo el libro se desdobla en una parte teórica en dónde nos explica qué es la diversidad funcional huyendo de tópicos y sentimentalismos, describiendo de forma precisa la realidad de que todos somos personas diversas y hacemos las cosas de distinta forma, por tanto la utilización de la palabra discapacidad esta fuera de todo contexto y rigor.

A lo largo del libro vamos adentrándonos de forma encantadora y divertida en el mundo de las personas que la sociedad llama discapacitados, viéndolos por dentro, reconociendo en ellos los mismos impulsos y sentimientos que en nosotros, la misma vida… pero con una lucha continua y ardua, ser reconocidos por su verdadera valía como personas que siempre va más allá de esa “discapacidad” que mucha gente es lo primero y lo único que ve en ellos.

Marta sabe romper con los tópicos de forma graciosa y sin escisiones rencorosas, cuenta las cosas tal como son y no como nosotros, los “normales” creemos,  sin caer en las sensiblerías o la compasión ni de el lector o suya propia. Habla de ello con la autoridad que da el conocimiento de causa y el tono de “normalidad” que hay en la vida de su protagonista, Ana, es en realidad una radiografía de la normalidad que existe en personas que tienen esa diversidad funcional.

A mí ni que decir tiene que me ha encantado, pero sobre todo por esa lección que hay entrelineas, por esa moraleja final de que todos somos diversos, nadie hace nada igual a otra persona, cada uno tenemos unas capacidades diferentes y por tanto la discapacidad no existe, solo la diversidad en la funcionalidad de cada uno de nosotros.

Una nota: Después de leer el libro nunca más diréis la palabra discapacidad ni discapacitado.

 

Soy de una tierra…

casa

 

Soy de una tierra que ve florecer los naranjos cada primavera, en donde el tiempo se despereza entre amaneceres de bruma y rocío, entre mares y playas, entre montes de genista amarilla, entre tonos morados y rosas de los atardeceres del Mediterráneo.

Soy de una tierra en donde la palabra y el estrechar de unas manos aún tiene validez y es ley.

De donde se arrancan los frutos de la tierra entre el sudor de mañanas soleadas, en donde el trabajo aún conserva la cierta dignidad que ha sucumbido en otros lugares y donde se buscan las sombras al amparo de los árboles para detenerse un momento y reposar.

En cada recodo de cada camino, por donde serpentean hierbas salvajes, hay una higuera o un olivo centenario. En cada huerta hay una alquería y en cada acequia un rescoldo de agua fresca y cristalina.

En cada rincón hay una historia que ha quedado en el olvido y que clama por ser recordada. Piedras que hablan silenciosas de un pasado que muchos prefieren olvidar y que seguirán impertérritas cuando nosotros también caigamos en su silencioso extravío.  Una memoria que se pierde aunque las palabras repitan aquellos hechos, aunque los gestos sean los mismos, aunque las expresiones y las caras y los cansancios se renueven siglo tras siglo en la reminiscencia de un pasado que nunca se queda atrás.

Vivo en una tierra en que el progreso se queda en el limite de las huertas y el futuro es como una nostalgia de lo que nunca sucederá.

Manos similares a las de hace cien años, repiten los mismos movimientos y los mismos trabajos con similar afán. El aire sigue teniendo el mismo perfume de azahar y de tierra mojada, el sol sigue saliendo por la misma orilla y poniéndose sobre los mismos campanarios que siguen repicando a misa por donde ya no van mujeres con mantillas negras sobre la cabeza pero que rememora aquella actitud.

El tiempo parece detenido cuando no se oyen los ruidos del progreso y de la civilización. Cuando solo se escucha el correr del agua en las acequias y el silbido de los pájaros en las ramas. Cuando se siente la calidez de la luz acariciando tu piel con dedos de amante o la brisa fresca de las mañanas de Abril cayendo sobre la espalda ya machacada por los años. El tiempo se detiene cuando trina un jilguero o cuando se descubre un nido entre las ramas de un árbol. Se detiene cuando el mundo parece recién inventado en las luces grises de un amanecer, el los naranjas de un cielo lleno de promesas y de veranos y de estaciones que seguirán naciendo aún cuando todo haya muerto.

Soy de un lugar que lucha por no quedarse atrás mientras el resto del mundo sigue corriendo hacia adelante.

 

naranjas

Extracto del libro inédito, “Las horas contadas.”

 

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La vida le resulta bastante incómoda, ¿por qué no decirlo? Le resultaba incómodo todo, desde el ruido del despertador por las mañanas hasta el imperceptible tic tac de por las noches y por supuesto, casi todo lo que hay y ocurre entre ambas cosas.

Le agobia tener que coger cuatro autobuses diarios y la gente sudorosa y gritona que se encontraba en ellos.

Le incomodan  todas aquellas cosas que se van rompiendo cada día en su casa y que le complican la vida de forma escalonada: la goma de la lavadora por donde escapaba un hilo de agua que había que limpiar antes de que llegara a la cocina, el grifo roto del fregadero por donde también escapaba otro hilo de agua cada vez que lo abría y que ella intenta evitar que se riegue por todo el mármol atándole dos gomas del pelo en la junta, el fregadero oscuro por culpa de la humedad y la cal, la galería llena de plantas de marihuana, el pasillo oscuro y largo sembrado con las hojas que Paco deja caer cuando las cambiaba de emplazamiento para controlar las horas de sol y floración, el olor de aquellas macetas apiñadas en el baño de su habitación mezclado con el de las tuberías que en verano huelen peor que nunca y sobre todo aquellos cadáveres vegetales que él colgaba del armario de su habitación para que se secaran correctamente, tal como se cuelgan los vestidos de novia la noche antes de la boda.

La incomoda el calor, el trabajo tan pesado de cada día, le incomodan los vecinos de escalera, los amigos de sus hijos que tenían la puta costumbre de ir a buscarlos a las cuatro de la tarde, en pleno verano con el calor que hace y a la hora de la siesta… para joderla más que nada.

Le incomoda su cuerpo que suda de más siempre, que se sonroja y se humedece por culpa del puto clima del mediterráneo  con un 70% de humedad relativa y 35 º a la sombra, la incomoda el pelo pegado al cráneo, las gotitas de sudor que resbalan por sus sienes y su nuca, la cara congestionada, esas piernas eternamente escaldadas por culpa del roce, las gomas de las bragas y los tirantes del sujetador comprados en los chinos, 2,50 € la unidad, y que la irritaban pero que no le sostenían aquellas ubres si no que las hacía rebosar por los lados achaparrando aun más si cabe su ya achaparrada figura.

Le incomodan los pitidos de los coches, las televisiones a todo volumen a las ocho de la mañana para ver los San Fermines que irrumpen en su único momento de paz antes del salir corriendo al trabajo, el café con leche que en verano no sabe tan bien como en invierno, le incomoda la voz chillona de la hija de la vecina que montaba tres broncas diarias con cualquier excusa tonta confirmando algo que ella ya sospechaba y temía; que la adolescencia se alarga peligrosamente hasta los veinticinco años.

Le incomoda, o mejor dicho le jode, la mesilla de centro llena de tabaco para liar, de tubos vacíos para cigarrillos que ella para hacerse la moderna llama filters, de cercos de los vasos,  mecheros sin gas, cartoncitos para las boquillas, tijeras y grinders para triturar los cogollos de marihuana, la colección de móviles que sí van junto con los que no funcionan y que ella ha intentado vender en internet sin éxito porque son más viejos que Matusalén, los pañuelos de papel llenos de mocos que Paco no tira nunca a la basura como si le atara a ellos un cariño entrañable de padre, y las cenizas que lo cubren  todo como si fuera normal que todos los días apareciera esa capa encima de la mesa por más que ella la limpiara.

Le jode llegar a casa a las dos y que todos estén aún en la cama.

Le jode tener que irse por las tardes a seguir limpiando y dejarlos haciendo la siesta, o fumando maría, o preparándose para irse mientras los amigos los esperan sentados en el sofá aguándole sus únicos momentos de descanso entre un trabajo y otro.

Le incomoda hasta respirar; le incomoda pensar aunque hoy no haya hecho otra cosa.

Le incomoda su vida, esa es la puta verdad.

Le incomoda el cartero que siempre llega en el momento menos oportuno con certificados que suelen ser recibos de Iberdrola o multas de Paco por aparcar en cualquier sitio o no llevar el cinturón.

Le incomodan los ladridos del perro de abajo que ladra como un loco solo y exclusivamente cuando lo sacan a pasear, pero sobre todo la desagradable voz del vecino riñéndolo para que calle con un alarido y un deje de desprecio que explica a la perfección porque vive solo, amargado y sin hablarse  siquiera con sus tres hijos, aunque aún es peor cuando lo oye hablarle con otra voz, artificiosa, nasal y cariñosa que jamás, en su puta vida, ha usado para hablarle a un ser humano.

Le incomoda la basura que nadie baja por las noches, le incomoda el fregadero casi lleno por la mañana a causa de la sana costumbre de re-cenar  a las dos de la mañana mientras ella ya está durmiendo, le molestan los botes de cerveza y las botellas vacías de agua que nadie tira, las sartenes que nadie guarda, la ropa que nadie tiende, la que nadie recoge y la que ella no plancha por culpa de su túnel carpiano y que se amontona en fardos inmundos hasta que su hija se aburre tanto como para intentar distraerse planchando.

Le molesta no poder poner el aire acondicionado aunque sea un rato porque no se puede permitir facturas de más de 60€, así como tampoco se permite compras de más de 50, una los lunes y otra los sábados.

Le incomoda tener que tomarse una pastilla para dormir y otra para despertarse y encima estar pendiente de la medicación de Paco como si fuera una enfermera.

Le molesta que él la critique cuando compra dos botes de albóndigas, 99 céntimos la unidad, para evitarse cocinar una vez y él compra cervezas para ver el futbol sub 19 que, la verdad, no puede entender como le interesa a alguien.

Le molesta el calor de su cocina, el olor del puré de calabacín que hace día si día no porque se los regalan sus suegros, le molesta sentirse la criada de su propia casa, de su marido y de sus hijos, le molestan los remordimientos por saltarse las obligaciones que alguien impuso a la gente de su sexo y que ella odia con toda su alma, las imposiciones sagradas, las silenciosas, las que se dan por asumidas, las que se supone que lleva impresas en su código genético y que solo parecen pertenecerle a ella.

Le jode la paella de leña de cada domingo con la familia donde ella, por edad, tiene que hacerlo casi todo; le jode que ni siquiera tengan la decencia de apartarse de la terraza cuando, después de poner y quitar la mesa, fregar los platos, hacer los cafés, recoger la cocina y fregar el paellón lleno de hollín, se pone a barrer los granos de arroz pegados al suelo y a pasar el mocho con lejía para espantar las moscas mientras los demás dormitan en las hamacas bajo la parra o se quedan clavados en la mesa viendo la F1 sin ni siquiera quitar las manos cuando ella pasa la bayeta o los pies cuando pasa la fregona.

Le molestan los sábados por la noche, tan eternos y aburridos, tan calurosos y tan distintos a lo que una vez fueron y, aunque ya no echa de menos aquellas locuras de dopada juventud, no puede evitar recordar lo que una vez fue y comparar con lo que es ahora.

Le incomoda el sofá hundido y desvencijado donde duerme casi todas las noches para engañar el calor, el color de las paredes que siempre necesitan una mano de pintura, el de los muebles que comienzan, tras veinte años, a pasarse de moda, las cortinas a las que ha quitado los volantes para que parezcan más actuales sin conseguirlo del todo porque ya se deshilachan por el sol aunque Paco diga que es por culpa de ella.

Le incomoda que se rompa el lavavajillas y el extractor de humo y no tener dinero para arreglarlo, que se descuelgue una persiana y lleve año y medio con la ventana completamente cerrada sin poder ponerle remedio, le incomoda la cal en el sifón de los wáteres, la línea oscura de la junta de los azulejos, la grasa adherida a los armarios, el olor a viejo que va haciendo su casa poco a poco porque no pueden renovar nada ni cambiar el ambiente o hacer las reformas necesarias, ese mantenimiento básico que todas las casas necesitan de vez en cuando.

Le molesta pedir dinero a fin de mes o que lo pida Paco, es lo mismo. Le molesta pedir anticipos para pagar atrasos, le molesta llevar las listas de la compra con los precios apuntados en un papel y con el total ya sumado, y le molesta ver que, en su declaración de hacienda, aunque no lo parezca, están al borde de la pobreza con 9.000€ al año.

No echa de menos los lujos porque nunca los ha tenido, pero sí aquellas simples cosas que hacen la vida un poco más cómoda, más llevable.

Un simple pollo asado para comer algún domingo y así no tener que cocinar, que total vale 8€, o una llamada a la pizzería de detrás de su casa para pedir un par de pizzas que total son 15€, más baratas que las de Telepizza, o algún Kebab que son 3.5€, aunque fuera un sábado por la noche al mes, pero ni eso.

Tal vez una cena con los amigos, por no sentirse tan solos los sábados o viernes por la noche, con la consabida botellita de whisky que si es del barato son 5€ y cualquier otra cosa para comer, una barbacoa de hamburguesas, como en las pelis americanas y que valen 2.50€ en Mercadona, pero ni eso siquiera, porque encima que ya no los llaman para nada con esos 7’50€ ella compra un pollo entero y una bandeja de longanizas, lo que da, si lo administra bien, para cinco comidas, a saber: longanizas con tomate, pechuga empanada, pollo al ajillo con las piernas y las alas, y sopa con croquetas hecha con la carcasa del pollo dos patatas y una pastillita de Avecrem.

Por eso se pasa horas en la cocina; porque los milagros requieren su tiempo.

Le molestan las voces desenfrenadas de la terraza frente a su casa, tal vez por envidia, ella, que no ha envidiado nada en su vida pero que ahora mira con cierto rencor la alegría y la despreocupación de los demás como un insulto a su austeridad llena de problemas de los que no les está permitido distraerse ni un solo momento, como si no hubiera piedad ni misericordia para ella en este mundo que aun así se niega a ver como un valle de lágrimas.

Y lo que más le incomoda, lo que más le jode, lo que de verdad le da por culo es que no sabe que cojones hacer consigo misma, ni dónde meterse ni donde sentarse ni qué hacer cuando no tiene un trapo o una fregona en las manos. Al dormir no sabe con qué soñar, al parar no sabe por dónde continuar, al postergar no sabe por dónde retomar el hilo de la puta madeja embrollada que es su vida.

 

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A veces le gustaría pulsar un botón y desaparecer, por eso toma pastillas para dormir, porque eso le impide estar, le impide ser, seguir siendo, seguir viviendo en vigilia, seguir pensando o haciendo. Le permite olvidarse de sí misma y de lo jodidamente incómoda que es su vida, incómoda, como una piedrecita en el zapato; o sea algo pequeño, que no parece tener importancia pero que va jodiendo.

Sabe que esto tiene que pasar, sabe, con su amplio conocimiento en refranes heredado de su madre, que no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo aguante, sabe que tal vez esto sólo sea una lección que la vida le está dando, un cobro por los excesos pasados para equilibrar la balanza, sabe que no hay mal que por bien no venga aunque no le vea ninguna cosa buena a esto y también sabe, porque se lo ha dicho bastante últimamente la poca gente que los rodea, que una vez se toca fondo no queda más remedio que ir hacia arriba, así que intenta creer que todo mejorará, porque joder, peor ya es imposible.

Intenta reconciliarse con la vida de alguna forma y a veces se siente miserable por llegar a envidiar esas cosas tan simples y tan materiales, como el café con remordimientos que se ha tomado esta mañana en la plaza envidiando a las mujeres que venían de comprar y  que también tomaban sus cafés en las sillas contiguas a la suya, quien sabe si acaso ese momento no era para algunas tan exclusivo y lujoso como había sido para ella.

La pobre intenta tener esperanza, intenta creer que no siempre será así y que en el fondo aun hay cosas buenas que le pertenecen; puede envidiar la paz y la belleza de otras vidas más tranquilas, despreocupadas o cómodas que la suya, pero aún quedan  cosas que son suyas y bellas, cosas que personas como Piluca no sabe nique existen o que otras como Montse tienen que imaginar o dibujar porque nunca lo han sentido.

Es suya la luz del sol que la despierta cada mañana, la brisa fresca que entra por la ventana y la sorprende en el sofá mientras mueve las blancas cortinas a su alrededor.

Es suyo el olor del viento de Tramontana, el de la tierra mojada en verano ávida y reseca que absorbe con gula cada gota de lluvia.

Es suyo cada uno de los besos de sus hijos, cada una de las caricias de Paco al que aún le queda humor y amor para inventarlas, es suya cada ola del mar en el que entra atientas y se deja llevar para notar la liviandad de su cuerpo que siempre le parece demasiado pesado, es suyo el vuelo de la mariposa de papel que  brilla entre las macetas de geranios, es suyo el Adagio de Albinoni y el tercer movimiento del Concierto de Aranjuez.

El olor a nuevo de los libros que Montse le presta, es suyo el recuerdo de los veranos de su infancia donde el sabor de la sal del mar se mezclaba con el olor de la paella y leña que cocinaba su abuela, suyo es el sabor del chocolate bien caliente en invierno, el de los pasillos de su colegio, el de la colonia Nenuco sobre la piel de sus hijos, el tacto de un pecho succionado del que brota como un milagro la vía láctea, el aroma de un melocotón o de una rodaja de  sandía a media tarde, la luz de todos los veranos, la tristeza, melancólica y necesaria, de todos los otoños pasados o por venir.

Es suya cada mañana de cada día y cada crepúsculo de cada noche.

Es suyo el azahar de cada primavera.

El agua fresca, el sabor de los turrones, de las navidades cada vez más tristes y más necesarias, el fucsia de las buganvillas, son suyas las montañas que ve a lo lejos desde el autobús y el mar que presiente desde la ciudad.

Es suya la sensación de entrar en la cama con las sábanas recién puestas con la piel fragante de la ducha, la áspera suavidad y frescura del hilo y la luz del sol reverberando en el blanco de su almohada.

Son suyos los apresurados latidos de su corazón tras un orgasmo y la paz con que recibe a Paco en su vientre.

Es suyo el mar del invierno, las hojas secas del otoño, el viento de todas las primaveras y la luz de todos los veranos.

Es suyo el mundo en que vive y el que imagina, el mundo que quiere cambiar y el que no cambia por nada del mundo.

Es suyo el aroma del galán de noche y del jazmín y de las rosas rojas.

Es suya la palabra “mamá”. Son suyos los primeros pasos de sus hijos y el roce de sus primeros dientes sobre la cucharilla de plástico.

Es suyo cada musical de Webber, es suya “La música de la noche” y el torturado misterio de amor tras la máscara o el dolor de un pasado, cuando también era bella y no pensaba en el significado de la felicidad.

Es suya cada nube que pasa por el cielo azul de todos los veranos que ha vivido y es suya la belleza de un pasado que no volverá o la incertidumbre de un futuro al que va dando forma cada día.

Es suyo el verde de las plantas y el rosa de los geranios que tiene en el balcón supliendo el jardín que nunca tendrá y en los que reposa la vista cuando el asfalto le quema la retina.

Suyo es el olor a azúcar quemado y el de la vainilla, el del espliego, el del romero y el del tomillo, la sombra de los sauces o el murmullo de los chopos.

Son suyas las lágrimas de San Lorenzo y el anhelo de los deseos incumplidos o de los sueños que no se cumplieron.

Es suyo el pensamiento.

Es suya la fe en sí misma y en las personas que ama.

Es suya la vida y la esperanza así como también lo es la muerte y la desesperación.

Es suya cada contradicción y cada duda, así como también lo es cada claridad y cada certeza.

Joder, que mañanita que me lleva… pues todo pá ti, guapa.

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Pity. Dioses y hombres. Extracto del libro ¿Cómo que a qué huelen las nubes?

 

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Pau follaba como un dios.

Sé que puede parecer un poco bruto, dicho así de pronto, pero es cierto.

Mi hermana dice que cuando una es capaz de decir las cosas tal como son, sin usar eufemismos, sin darle ni una sola vuelta al tema y sin importarle ni un pelín lo que puedan pensar los demás, hasta el punto de pasarse por el arco de triunfo cualquier otra cosa que no sea la más pura verdad, es porque comienza a ser ella misma.

Para ser completamente sincera y en honor a esa verdad que parece que estoy recuperando, debo decir que Pau era un dios haciendo el amor, porque es cierto que a veces se hace el amor y a veces solo se echa un polvo, depende de las circunstancias, del momento y de los sentimientos que aderecen el instante. Pero con él esa línea que divide el sexo del amor era tan finísima, tan delicada, tan tenue y tan exquisita que parecía no existir.

El follaba como si amara y eso es explosivo, adictivo, incontrolable para alguien como yo que adora tenerlo todo bajo control y ansía ser amada de cualquier forma.

Eran los únicos instantes que me permitía olvidar, dejaba salir a pasear a la zorra que llevo dentro y a la romántica que siempre he sido en secreto, porque solo con él podía mostrar ese lado de mí. No tenía que controlar nada porque él se hacía cargo, tomaba el mando y el gobierno de ese instante y me lo devolvía puro, intenso, completamente nuevo y sin mancha, como si me hiciera renacer.

Dios mío, era una sensación que sé que no volveré a sentir jamás y eso es lo que me mata. Saber que nunca podré volver a ser la mujer que fui con él, que no recuperaré la libertad ni la magia de esos instantes y que me quedaré aquí, frente a esta chimenea de diseño, o en las peluquerías que son los símbolos de mi éxito ante el mundo y de mi derrota personal.

Pau besaba como nadie, con besos húmedos, eróticos, su boca era para mí como una golosina cuando la ponía a un centímetro de la mía para tentarme, dulce y sabrosa, su lengua inquieta y suave, tersa y cálida, buscaba la mía en un baile único, en una especie de juego impúdico que era un presagio de cómo iba a ser lo demás, lo que siempre llegaba a continuación de sus besos, lo que prometía con cada uno de ellos.

Su boca se deslizaba por mi piel, avanzando muy poco a poco, elevándome hasta perder el sentido de la realidad y no ser consciente de nada que no fuera las sensaciones, las humedades, los deseos, nada que no fuera la dura necesidad de sentirlo más, de que me diera más, de que se deslizara mucho más.

Podía imaginar mi cuerpo, verme rodeada por él, envuelta en una presencia que siempre iba más lejos que su piel, siempre más allá de sus gestos y sus roces, notar la esencia de nuestro propio ser en la punta de los dedos, en el cuerpo y en la boca.

Caricias, besos, orgasmos que eran mucho más que simples caricias besos y orgasmos.

Era una danza sagrada, una exaltación, una locura.

Poco importaba que estuviéramos sobre esta alfombra al pie de la chimenea encendida o que me empotrara contra la pared sin previo aviso.

La necesidad urgente y letal, la avidez insoportable, el deseo más insufrible, el hambre mortal de nuestros cuerpos no se saciaba por más que lo intentáramos, por más que nos devoráramos en una vorágine de amor descontrolado.

Poco importaba que me tomara entre sus brazos para llevarme a la cama de la forma más dulce, o que me pusiera a cuatro patas en el suelo, poco importaba que fuera lo más romántico o lo más tosco, porque la necesidad de tenerlo dentro, de sentirlo dentro, bombeando, empujando, apretando, impulsando una y otra vez su sexo en el mío, era una urgencia vital, algo que me salvaba la vida y me apartaba de la fatalidad de mi destino.

Ahora no siento nada, estoy anestesiada y no puedo sentir más que una especie de vacío y frío por dentro que intento llenar desesperadamente y no sé con qué.

Creo que estoy comenzando a aprender a vivir sin él, pero que es algo a la vez muy peligroso porque puedo darme cuenta de que la vida sin él no vale la pena, de que vivir así no es vivir.

Me gustaría tener el valor suficiente para enfrentarme a mí misma, ahora que he dejado de llorar un poco y de autocompadecerme, para poder preguntarme si de verdad ha valido la pena echar todo por la borda y aferrarme a este tipo de vida, preguntarme si me gusta vivir como vivo, si de verdad quiero seguir haciendo lo mismo toda mi vida, si quiero vivir sin él.

Pero no tengo las respuestas, ni el valor, como para contestarme y enfrentarme a esa verdad de la que llevo meses huyendo.

Hoy he recibido una postal suya desde Islandia.

Las playas de oscura arena volcánica encierran un mar y un cielo como jamás he visto, y desde un trozo de papel se puede respirar la libertad, notar parte de esa esencia que es él, como si fuera parte de ese paisaje que le pertenece.

Leo el remite e intento pronunciar las palabras de la dirección donde vive, pero no me salen. Solo puedo repetir mentalmente sus palabras escritas como un mantra, como una oración sagrada que va tirando de mí hacía él.

Te espero, me dice.

Te quiero, me dice.

No ha dado por finalizado lo nuestro, como si creyera que alguna vez podré saltar por encima de todos los convencionalismos y las circunstancias que rodean mi vida y volver a estar con él.

Ni siquiera me planteo que sea él quien renuncie a todo y regrese porque sé que él jamás sobreviviría en un medio tan hostil para su forma de entender la vida, sin embargo, yo no he conocido otra cosa y no sé si sería capaz de vivir de otro modo.

Él se puso a prueba conmigo, pero yo no me atrevo a ponerme a prueba por él.

Pau vino para un mes de vacaciones y se quedó casi un año.

Yo no soy capaz ni de plantearme un mínimo cambio.

Sin embargo, me espera, como si en el fondo supiera que puedo ser capaz de hacer una locura, de replantearme la vida, de buscarle en esa dirección de la postal y quedarme a su lado para siempre tal como me propuso.

Y yo, que creía que le conocía mejor que nadie, me doy cuenta de que es un soñador.

Me fijo en su letra y logro imaginarlo sentado escribiendo, logro ver su pelo oscuro brillando rojizo bajo el sol islandés en una mezcla de sangre celta y vikinga, que eran en él un misterio y una herencia de valor incalculable.

Él decía que tenía una falta de pigmentación en su piel, en su pelo y en sus ojos, por eso pasaba de los ojos verdes a los grises, del pelo oscuro a los mechones rojos y al rubio que fue de niño, de la blanca palidez al moreno, con una facilidad pasmosa que a mí me asombraba y que yo sabía que no era sino una característica de los genes celtas que inundan su sangre.

Pau era, en secreto, un guerrero que no podía permanecer hibernado en un pueblo del Mediterráneo; su fuerza, su mayor impulso, su verdadero valor, provenía de aquellos glaciares, de la tierra oscura de aquellas playas; su fogosidad, del interior de aquellos volcanes; y su belleza, de la serena perfección de sus cielos, tan cercanos que dan la impresión de poder tocarlos con los dedos.

Pau no podía permanecer quieto, encerrado entre los muros de una ciudad, salvo por un tiempo concreto, un tiempo que me regaló a mí y que guardo como un tesoro en mi memoria, porque sé que es irrepetible, fugaz, maravilloso.

Y yo no tengo el valor que él tuvo para hacer lo que tenía que hacer, no tengo el valor de reconocer que sin él todo esto pierde el significado, me falta coraje para reconocer que no seré feliz ni un solo día y que posiblemente me arrepentiré toda la vida de haberlo dejado ir.

Pero no puedo cambiar.

No puedo.

Tengo que continuar, dejo que los días se deslicen unos tras otros, salgo, trabajo, hablo, río, pero no soy yo quien lo hace sino otra persona, alguien que ya no es la misma que unos meses atrás, alguien que por más que lo intenta no le encuentra sentido a todo aquello que una vez fue importante, alguien que empieza a ahogarse, a extinguirse, a dejar de ser.

Me voy diluyendo poco a poco en la nada más absoluta y sí, me he acostumbrado en más de dos meses a vivir sin él, a llenar mis días de acciones, conversaciones, personas y vivencias que cuando llega la noche son completamente inútiles, y que hasta llego a odiar porque son las cosas que me alejaron de él cuando aún estaba aquí.

Pero no puedo cambiar.

Tengo miedo a cambiar.

No puedo.

 

 

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Mirarte

Cuadros de Hombres Arte Hiperrealista

Oleo sobre lienzo de Eivar Moya

 

  Me gusta mirarte, así, desde la cama. Me gusta ver cómo te levantas sin pudor por tu desnudez, descarado, mostrando casi orgulloso  tu cuerpo, tu piel que toma reflejos de cera ante la luz de la tarde y que brilla con una tenue capa de sudor.

Me gusta ver tus músculos moverse mientras tus gestos revelan que vas a comenzar a vestirte.

Recorro con la vista tu espalda, la precisión de tus brazos entrando en la camiseta, tu pecho y tu abdomen reflejado en el espejo que poco a poco vas tapando con la ropa, tus piernas que se doblan para recoger el pantalón del pijama caído en el suelo, tu culo y tu sexo desapareciendo también tras unas rayas suaves de algodón.

Me estas mirando mientras yo te miro, me sonríes sin que yo te vea sonreír.

Has ido tapando de mi vista tu cuerpo tan poco a poco que la tentación es la misma que si te hubieras desnudado.

Me gusta verte caminar descalzo hacia el baño, oír el agua de la ducha y saber que está comenzando a resbalar sobre la piel que un instante antes tocaban mis manos.

Hasta la cama llega el olor del jabón que se mezcla con el aroma nuevo de sexo entre las sábanas, y recuerdo tu perfecta desnudez justo un minuto antes de que te levantaras.

Los brazos en mi cintura y yo aferrada a tu espalda. Mis piernas en tus caderas o sobre tus hombros o entre tus piernas.

Mirarte desnudo es como prolongar ese momento, acariciarte con los ojos donde han estado mis manos, besarte con la mente donde antes te beso mi sexo, no dejarte ir del todo aunque ya no estés en la cama.

Tiene algo de sueño y de irrealidad  la luz mortecina de la tarde sobre tu piel, algo de frescura y  bálsamo el ruido del agua al resbalar sobre tus caderas,  algo de intimidad compartida, de promesa, de secreto revelado entre susurros, como si tu piel fuera el lugar donde muere mi soledad y mi silencio.

Principio de comunicación

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Ayer fue un día importante, muy importante de hecho.

Era la presentación de mi primer libro de forma oficial se podría decir.

Hay que tener en cuenta mi inexperiencia en estas lides… las primeras veces  suelen ser bastante caóticas y en ciertas ocasiones traumáticas. Así que cuando eran las 11.50 y solo estaba mi familia mi corazón comenzó a latir al borde del colapso.

Y luego, de pronto, comenzaron a aparecer personas, gente invitada desde las redes sociales, amigas que hacía años que no veía… llenamos tooodas las sillas y eso es bueno, muy bueno, porque si algo intentaba era poder comunicarme con la gente que lleva meses siguiendo mi página, las entradas de mi blog,  la que ha leído el libro y me ha dicho que le ha gustado, las personas que me van enviando su apoyo… Imagino que la editorial y la librería buscaban también vender ejemplares y sondear qué tal podían ir las ventas, pero ese es su trabajo y lo hacen perfectamente bien, así que yo, simplemente, cuando vi las sillas llenas de personas me relaje… y disfruté.

Disfruté enormemente para ser exactos.

Mi cometido, mi afán, es escribir, expresar, hablar de lo que siento, de lo que pienso… y no puedo hacerlo sin una fase mercantil,  sin esas personas que hacen que sea posible llegar a los lectores, pero hay instantes en que eres  comercial de tu propio trabajo y tienes que venderlo  y otros en que eres la creadora y tienes que explicarlo, defenderlo ante las personas que quieren saber qué has escrito y por qué, por qué tienen que gastarse 15€ en tu libro y porque les estás pidiendo por favor que pierdan horas de su vida leyendo lo que tú has tardado noches en escribir,  por qué han de creer en ti y mostrar un acto de fe como es comprar ese libro de una autora novel que solo conocen de internet.

Expliqué mi libro, lo defendí con los argumentos que desde dentro me habían llevado a escribirlo, creo que fue una charla amigable y que pude disimular mis nervios de principiante…

Con lo que yo me quedo para mí de todo cuanto aconteció en aquella presentación fue el final, con las preguntas que me hicieron, con las cosas que aquellas personas me iban contando mientras firmaba ejemplares, me di cuenta de que tenía muchas cosas en común con ellas y eso me gustó muchísimo.

Me quedo  con las palabras de aliento, con sus historias, con las sonrisas.

Algo que me había estado preocupando mucho esos días eran las dedicatorias. No quería poner el típico “con cariño” y el clásico “espero que te guste”. Quería dedicar palabras sinceras y honestas a personas que no conocía y eso creí que me iba a resultar difícil. Quería dedicar palabras sinceras a personas que sí conocía y que eso también me iba a resultar complicado.

Todo lo contrario.

Cuando veía la cara de alguien que había estado en mi vida desde siempre sabía exactamente qué decirle.

A medida que la gente me iba hablando sabía qué poner en esa primera página blanca que siempre es un reto para cualquier autor.

Esas pequeñas cosas que nos acercan, algunos sueños en común, algún acontecimiento personal, un regalo para una persona especial… no repetí ninguna dedicatoria aunque todas las comencé con las mismas palabras, “con todo mi cariño” y no es una frase hecha tal como yo creía si no una de las más sinceras porque el recuerdo de ayer, de aquellas personas, de aquellas historias que me iban contando antes de que firmara su ejemplar, sus sonrisas y sus palabras es algo que voy a guardar para siempre en un rinconcito de mi corazón como uno de los momentos más entrañables que he vivido.

Cuando alguna vez puse “espero que te guste” tampoco fue una frase hecha porque supe que realmente necesito que mi libro les guste, que mis personajes tengan su cariño, que su lectura y su opinión son muy importantes para mi.

No porque sean mis primeros ejemplares vendidos y firmados, si no porque me di cuenta de que escribo, entre otras muchas cosas, para poder tener esa especie de comunicación.

A veces seré emisora al escribir pero ayer fui receptora en una comunicación reciproca, con lo cual, el principio de comunicación está perfectamente construido entre nosotros.

De lo que no estoy segura es de si les he podido expresar todo ese cariño y de si el poso de felicidad que han dejado en mi les ha llegado también a ellas. Espero que sí.

Pasear la lluvia

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Días de lluvia… noches de hermosa lluvia que van mojando los cristales, las calles, las aceras y los deseos de cada uno que duerme sin soñar o que vive sin dormir, como yo misma en este instante.

Los días de lluvia son el momento en que tengo tiempo libre, el día de mi descanso. En el medio rural en el que me muevo y gracias al cual pago las facturas, los días de lluvia son días de asueto, días libres. Y a mí siempre me gustó la lluvia, caminar bajo ella, pasearla, notarla fresca en mi cara.

Hoy, en un perfecto y gris día de lluvia, lo realmente perfecto hubiera sido quedarme en casa y tomarme un café mientras lleno de palabras el folio blanco y escucho el ritmo monótono de la llovizna sobre los azulejos de la terraza, sobre los capós  de los coches y los tejados. Creo que algo así es como el sueño de cualquier escritor, incluso de los escritores noveles que sueñan con escribir inspirados en esos momentos de soledad y refugio. Saber que no vas a tener que salir de casa, que puedes estar todo el día en zapatillas, calentita, con una taza de café en la mano, un cigarrillo en el cenicero y una buena lluvia tras los cristales.

Pero hoy he hecho una excepción. A tres días de la presentación de mi libro la calle me llama, tengo librerías que visitar porque los libros no se venden solos ni nadie va a llamar a la editorial para encargarlos si no saben ni siquiera quien soy. Aprovecho para enviar un relato corto a un concurso, para comprar bolígrafos nuevos, una libreta escolar para los apuntes, para visitar tres librerías y para mirar unas botas nuevas con algo de tacón para ese día tan señalado… la presentación de mi primer libro. Algo con lo que hace un año ni me atrevía a soñar y para lo que quedan tan solo ¡cuatro días!

Pero voy caminando, con un libro en la cartera, con marcapáginas como artículos de merchandising para regalar, con la ilusión en la cara y la lluvia golpeando mi paraguas.

Tengo la sana costumbre de mirar pocos escaparates, suelo entretenerme en aquellos que de verdad me parecen bellos. Floristerías, estudios de fotografía y pintura, agencias de viaje y cómo no, librerías. La única vez que me tropecé con una farola en mi vida fue viendo el escaparate de una librería a los 13 años.

Luego la vida fue dándome más golpes ella solita, pero eso no viene ahora al caso.

De pronto, me llama la atención un escaparate de zapatos, pero no de zapatos de moda sino zapatos y uniformes de trabajo. Monos azules, cascos de obreros, zapatones con suelas de seguridad, uniformes de camareros, pantalones de cocineros y mandiles gigantes color negro, botas de agua, pantalones multiusos con mil bolsillos… y recuerdo que mis botas de trabajo tienen dos agujeros perfectos en el lugar donde se doblan los dedos de los pies, justo en la zona donde, al hacer sentadillas, se queda doblado el pulgar.

Y ahí el golpe me lo doy esta vez no contra una farola al mirar libros, sino contra la realidad al ver el calzado que necesito para trabajar… no las botas de tacón para la presentación, sino las botas de seguridad necesarias para ese trabajo del mundo real que me permite pagar recibos y poner un plato en la mesa.

Ahí estoy yo, con mi primer libro bajo el brazo, aguantando un paraguas por el que va resbalando la lluvia que hoy me ha impedido trabajar por un sueldo pero que me ha echado a la calle para que pueda trabajar por mis sueños, mirando unas botas de seguridad con las que trabajar unos meses más y pensando en las botas de tacón que ya no me compraré.

Prioridades. Es cuestión de prioridades.

La lluvia sigue cayendo aun a estas horas de la noche y tal vez mañana vuelva a ser otro día libre, pero ya tengo planes para volver a salir a la calle con mi primer libro bajo el brazo y pelear por él tal como pelearía por uno de mis hijos, para que pueda crecer,  aunque a veces creo que estoy peleando por mí misma y por seguir creciendo yo.

Tal vez la vida no es más que una lucha continua bajo la lluvia y hay que pelear todos los días para que nuestros sueños no sean papel mojado.

Sigue lloviendo. Y yo estoy aquí sentada con un café caliente en la mano y un cigarrillo en el cenicero, escuchando el golpear de la lluvia tras los cristales, sobre el suelo de la calle oscura y ya colmado de humedad, sobre el capó de los coches, con las zapatillas puestas, cómoda y calentita en mi rincón de la cocina donde he escrito ya tres libros y un montón de palabras que tal vez nunca verán la luz.

Sigue lloviendo. Y hay personas que dicen que tras la lluvia siempre sale el sol, que tras una tormenta siempre escampa, como si la lluvia, la triste y gris lluvia fuera un mal con el que no hay más remedio que convivir y  que aceptar con resignación.

A la mayoría de personas les gusta más el sol que la lluvia, pero yo nunca he sido de mayorías.

No hay que pensar en la lluvia como algo oscuro y triste, algo que tolerar con paciencia sino como esa necesidad  de beber que tiene el mundo y las almas, la manera en que todo se riega y se impregna de vitalidad, un modo de saciar la sed de la tierra que renacerá tras ella más bella todavía.

El truco no está en aceptarla con mansedumbre y dejar que caiga tras los cristales de forma bucólica, sino en aprender a caminar debajo de ella.