Pasear la lluvia

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Días de lluvia… noches de hermosa lluvia que van mojando los cristales, las calles, las aceras y los deseos de cada uno que duerme sin soñar o que vive sin dormir, como yo misma en este instante.

Los días de lluvia son el momento en que tengo tiempo libre, el día de mi descanso. En el medio rural en el que me muevo y gracias al cual pago las facturas, los días de lluvia son días de asueto, días libres. Y a mí siempre me gustó la lluvia, caminar bajo ella, pasearla, notarla fresca en mi cara.

Hoy, en un perfecto y gris día de lluvia, lo realmente perfecto hubiera sido quedarme en casa y tomarme un café mientras lleno de palabras el folio blanco y escucho el ritmo monótono de la llovizna sobre los azulejos de la terraza, sobre los capós  de los coches y los tejados. Creo que algo así es como el sueño de cualquier escritor, incluso de los escritores noveles que sueñan con escribir inspirados en esos momentos de soledad y refugio. Saber que no vas a tener que salir de casa, que puedes estar todo el día en zapatillas, calentita, con una taza de café en la mano, un cigarrillo en el cenicero y una buena lluvia tras los cristales.

Pero hoy he hecho una excepción. A tres días de la presentación de mi libro la calle me llama, tengo librerías que visitar porque los libros no se venden solos ni nadie va a llamar a la editorial para encargarlos si no saben ni siquiera quien soy. Aprovecho para enviar un relato corto a un concurso, para comprar bolígrafos nuevos, una libreta escolar para los apuntes, para visitar tres librerías y para mirar unas botas nuevas con algo de tacón para ese día tan señalado… la presentación de mi primer libro. Algo con lo que hace un año ni me atrevía a soñar y para lo que quedan tan solo ¡cuatro días!

Pero voy caminando, con un libro en la cartera, con marcapáginas como artículos de merchandising para regalar, con la ilusión en la cara y la lluvia golpeando mi paraguas.

Tengo la sana costumbre de mirar pocos escaparates, suelo entretenerme en aquellos que de verdad me parecen bellos. Floristerías, estudios de fotografía y pintura, agencias de viaje y cómo no, librerías. La única vez que me tropecé con una farola en mi vida fue viendo el escaparate de una librería a los 13 años.

Luego la vida fue dándome más golpes ella solita, pero eso no viene ahora al caso.

De pronto, me llama la atención un escaparate de zapatos, pero no de zapatos de moda sino zapatos y uniformes de trabajo. Monos azules, cascos de obreros, zapatones con suelas de seguridad, uniformes de camareros, pantalones de cocineros y mandiles gigantes color negro, botas de agua, pantalones multiusos con mil bolsillos… y recuerdo que mis botas de trabajo tienen dos agujeros perfectos en el lugar donde se doblan los dedos de los pies, justo en la zona donde, al hacer sentadillas, se queda doblado el pulgar.

Y ahí el golpe me lo doy esta vez no contra una farola al mirar libros, sino contra la realidad al ver el calzado que necesito para trabajar… no las botas de tacón para la presentación, sino las botas de seguridad necesarias para ese trabajo del mundo real que me permite pagar recibos y poner un plato en la mesa.

Ahí estoy yo, con mi primer libro bajo el brazo, aguantando un paraguas por el que va resbalando la lluvia que hoy me ha impedido trabajar por un sueldo pero que me ha echado a la calle para que pueda trabajar por mis sueños, mirando unas botas de seguridad con las que trabajar unos meses más y pensando en las botas de tacón que ya no me compraré.

Prioridades. Es cuestión de prioridades.

La lluvia sigue cayendo aun a estas horas de la noche y tal vez mañana vuelva a ser otro día libre, pero ya tengo planes para volver a salir a la calle con mi primer libro bajo el brazo y pelear por él tal como pelearía por uno de mis hijos, para que pueda crecer,  aunque a veces creo que estoy peleando por mí misma y por seguir creciendo yo.

Tal vez la vida no es más que una lucha continua bajo la lluvia y hay que pelear todos los días para que nuestros sueños no sean papel mojado.

Sigue lloviendo. Y yo estoy aquí sentada con un café caliente en la mano y un cigarrillo en el cenicero, escuchando el golpear de la lluvia tras los cristales, sobre el suelo de la calle oscura y ya colmado de humedad, sobre el capó de los coches, con las zapatillas puestas, cómoda y calentita en mi rincón de la cocina donde he escrito ya tres libros y un montón de palabras que tal vez nunca verán la luz.

Sigue lloviendo. Y hay personas que dicen que tras la lluvia siempre sale el sol, que tras una tormenta siempre escampa, como si la lluvia, la triste y gris lluvia fuera un mal con el que no hay más remedio que convivir y  que aceptar con resignación.

A la mayoría de personas les gusta más el sol que la lluvia, pero yo nunca he sido de mayorías.

No hay que pensar en la lluvia como algo oscuro y triste, algo que tolerar con paciencia sino como esa necesidad  de beber que tiene el mundo y las almas, la manera en que todo se riega y se impregna de vitalidad, un modo de saciar la sed de la tierra que renacerá tras ella más bella todavía.

El truco no está en aceptarla con mansedumbre y dejar que caiga tras los cristales de forma bucólica, sino en aprender a caminar debajo de ella.

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