Extracto del libro inédito, “Las horas contadas.”

 

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La vida le resulta bastante incómoda, ¿por qué no decirlo? Le resultaba incómodo todo, desde el ruido del despertador por las mañanas hasta el imperceptible tic tac de por las noches y por supuesto, casi todo lo que hay y ocurre entre ambas cosas.

Le agobia tener que coger cuatro autobuses diarios y la gente sudorosa y gritona que se encontraba en ellos.

Le incomodan  todas aquellas cosas que se van rompiendo cada día en su casa y que le complican la vida de forma escalonada: la goma de la lavadora por donde escapaba un hilo de agua que había que limpiar antes de que llegara a la cocina, el grifo roto del fregadero por donde también escapaba otro hilo de agua cada vez que lo abría y que ella intenta evitar que se riegue por todo el mármol atándole dos gomas del pelo en la junta, el fregadero oscuro por culpa de la humedad y la cal, la galería llena de plantas de marihuana, el pasillo oscuro y largo sembrado con las hojas que Paco deja caer cuando las cambiaba de emplazamiento para controlar las horas de sol y floración, el olor de aquellas macetas apiñadas en el baño de su habitación mezclado con el de las tuberías que en verano huelen peor que nunca y sobre todo aquellos cadáveres vegetales que él colgaba del armario de su habitación para que se secaran correctamente, tal como se cuelgan los vestidos de novia la noche antes de la boda.

La incomoda el calor, el trabajo tan pesado de cada día, le incomodan los vecinos de escalera, los amigos de sus hijos que tenían la puta costumbre de ir a buscarlos a las cuatro de la tarde, en pleno verano con el calor que hace y a la hora de la siesta… para joderla más que nada.

Le incomoda su cuerpo que suda de más siempre, que se sonroja y se humedece por culpa del puto clima del mediterráneo  con un 70% de humedad relativa y 35 º a la sombra, la incomoda el pelo pegado al cráneo, las gotitas de sudor que resbalan por sus sienes y su nuca, la cara congestionada, esas piernas eternamente escaldadas por culpa del roce, las gomas de las bragas y los tirantes del sujetador comprados en los chinos, 2,50 € la unidad, y que la irritaban pero que no le sostenían aquellas ubres si no que las hacía rebosar por los lados achaparrando aun más si cabe su ya achaparrada figura.

Le incomodan los pitidos de los coches, las televisiones a todo volumen a las ocho de la mañana para ver los San Fermines que irrumpen en su único momento de paz antes del salir corriendo al trabajo, el café con leche que en verano no sabe tan bien como en invierno, le incomoda la voz chillona de la hija de la vecina que montaba tres broncas diarias con cualquier excusa tonta confirmando algo que ella ya sospechaba y temía; que la adolescencia se alarga peligrosamente hasta los veinticinco años.

Le incomoda, o mejor dicho le jode, la mesilla de centro llena de tabaco para liar, de tubos vacíos para cigarrillos que ella para hacerse la moderna llama filters, de cercos de los vasos,  mecheros sin gas, cartoncitos para las boquillas, tijeras y grinders para triturar los cogollos de marihuana, la colección de móviles que sí van junto con los que no funcionan y que ella ha intentado vender en internet sin éxito porque son más viejos que Matusalén, los pañuelos de papel llenos de mocos que Paco no tira nunca a la basura como si le atara a ellos un cariño entrañable de padre, y las cenizas que lo cubren  todo como si fuera normal que todos los días apareciera esa capa encima de la mesa por más que ella la limpiara.

Le jode llegar a casa a las dos y que todos estén aún en la cama.

Le jode tener que irse por las tardes a seguir limpiando y dejarlos haciendo la siesta, o fumando maría, o preparándose para irse mientras los amigos los esperan sentados en el sofá aguándole sus únicos momentos de descanso entre un trabajo y otro.

Le incomoda hasta respirar; le incomoda pensar aunque hoy no haya hecho otra cosa.

Le incomoda su vida, esa es la puta verdad.

Le incomoda el cartero que siempre llega en el momento menos oportuno con certificados que suelen ser recibos de Iberdrola o multas de Paco por aparcar en cualquier sitio o no llevar el cinturón.

Le incomodan los ladridos del perro de abajo que ladra como un loco solo y exclusivamente cuando lo sacan a pasear, pero sobre todo la desagradable voz del vecino riñéndolo para que calle con un alarido y un deje de desprecio que explica a la perfección porque vive solo, amargado y sin hablarse  siquiera con sus tres hijos, aunque aún es peor cuando lo oye hablarle con otra voz, artificiosa, nasal y cariñosa que jamás, en su puta vida, ha usado para hablarle a un ser humano.

Le incomoda la basura que nadie baja por las noches, le incomoda el fregadero casi lleno por la mañana a causa de la sana costumbre de re-cenar  a las dos de la mañana mientras ella ya está durmiendo, le molestan los botes de cerveza y las botellas vacías de agua que nadie tira, las sartenes que nadie guarda, la ropa que nadie tiende, la que nadie recoge y la que ella no plancha por culpa de su túnel carpiano y que se amontona en fardos inmundos hasta que su hija se aburre tanto como para intentar distraerse planchando.

Le molesta no poder poner el aire acondicionado aunque sea un rato porque no se puede permitir facturas de más de 60€, así como tampoco se permite compras de más de 50, una los lunes y otra los sábados.

Le incomoda tener que tomarse una pastilla para dormir y otra para despertarse y encima estar pendiente de la medicación de Paco como si fuera una enfermera.

Le molesta que él la critique cuando compra dos botes de albóndigas, 99 céntimos la unidad, para evitarse cocinar una vez y él compra cervezas para ver el futbol sub 19 que, la verdad, no puede entender como le interesa a alguien.

Le molesta el calor de su cocina, el olor del puré de calabacín que hace día si día no porque se los regalan sus suegros, le molesta sentirse la criada de su propia casa, de su marido y de sus hijos, le molestan los remordimientos por saltarse las obligaciones que alguien impuso a la gente de su sexo y que ella odia con toda su alma, las imposiciones sagradas, las silenciosas, las que se dan por asumidas, las que se supone que lleva impresas en su código genético y que solo parecen pertenecerle a ella.

Le jode la paella de leña de cada domingo con la familia donde ella, por edad, tiene que hacerlo casi todo; le jode que ni siquiera tengan la decencia de apartarse de la terraza cuando, después de poner y quitar la mesa, fregar los platos, hacer los cafés, recoger la cocina y fregar el paellón lleno de hollín, se pone a barrer los granos de arroz pegados al suelo y a pasar el mocho con lejía para espantar las moscas mientras los demás dormitan en las hamacas bajo la parra o se quedan clavados en la mesa viendo la F1 sin ni siquiera quitar las manos cuando ella pasa la bayeta o los pies cuando pasa la fregona.

Le molestan los sábados por la noche, tan eternos y aburridos, tan calurosos y tan distintos a lo que una vez fueron y, aunque ya no echa de menos aquellas locuras de dopada juventud, no puede evitar recordar lo que una vez fue y comparar con lo que es ahora.

Le incomoda el sofá hundido y desvencijado donde duerme casi todas las noches para engañar el calor, el color de las paredes que siempre necesitan una mano de pintura, el de los muebles que comienzan, tras veinte años, a pasarse de moda, las cortinas a las que ha quitado los volantes para que parezcan más actuales sin conseguirlo del todo porque ya se deshilachan por el sol aunque Paco diga que es por culpa de ella.

Le incomoda que se rompa el lavavajillas y el extractor de humo y no tener dinero para arreglarlo, que se descuelgue una persiana y lleve año y medio con la ventana completamente cerrada sin poder ponerle remedio, le incomoda la cal en el sifón de los wáteres, la línea oscura de la junta de los azulejos, la grasa adherida a los armarios, el olor a viejo que va haciendo su casa poco a poco porque no pueden renovar nada ni cambiar el ambiente o hacer las reformas necesarias, ese mantenimiento básico que todas las casas necesitan de vez en cuando.

Le molesta pedir dinero a fin de mes o que lo pida Paco, es lo mismo. Le molesta pedir anticipos para pagar atrasos, le molesta llevar las listas de la compra con los precios apuntados en un papel y con el total ya sumado, y le molesta ver que, en su declaración de hacienda, aunque no lo parezca, están al borde de la pobreza con 9.000€ al año.

No echa de menos los lujos porque nunca los ha tenido, pero sí aquellas simples cosas que hacen la vida un poco más cómoda, más llevable.

Un simple pollo asado para comer algún domingo y así no tener que cocinar, que total vale 8€, o una llamada a la pizzería de detrás de su casa para pedir un par de pizzas que total son 15€, más baratas que las de Telepizza, o algún Kebab que son 3.5€, aunque fuera un sábado por la noche al mes, pero ni eso.

Tal vez una cena con los amigos, por no sentirse tan solos los sábados o viernes por la noche, con la consabida botellita de whisky que si es del barato son 5€ y cualquier otra cosa para comer, una barbacoa de hamburguesas, como en las pelis americanas y que valen 2.50€ en Mercadona, pero ni eso siquiera, porque encima que ya no los llaman para nada con esos 7’50€ ella compra un pollo entero y una bandeja de longanizas, lo que da, si lo administra bien, para cinco comidas, a saber: longanizas con tomate, pechuga empanada, pollo al ajillo con las piernas y las alas, y sopa con croquetas hecha con la carcasa del pollo dos patatas y una pastillita de Avecrem.

Por eso se pasa horas en la cocina; porque los milagros requieren su tiempo.

Le molestan las voces desenfrenadas de la terraza frente a su casa, tal vez por envidia, ella, que no ha envidiado nada en su vida pero que ahora mira con cierto rencor la alegría y la despreocupación de los demás como un insulto a su austeridad llena de problemas de los que no les está permitido distraerse ni un solo momento, como si no hubiera piedad ni misericordia para ella en este mundo que aun así se niega a ver como un valle de lágrimas.

Y lo que más le incomoda, lo que más le jode, lo que de verdad le da por culo es que no sabe que cojones hacer consigo misma, ni dónde meterse ni donde sentarse ni qué hacer cuando no tiene un trapo o una fregona en las manos. Al dormir no sabe con qué soñar, al parar no sabe por dónde continuar, al postergar no sabe por dónde retomar el hilo de la puta madeja embrollada que es su vida.

 

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A veces le gustaría pulsar un botón y desaparecer, por eso toma pastillas para dormir, porque eso le impide estar, le impide ser, seguir siendo, seguir viviendo en vigilia, seguir pensando o haciendo. Le permite olvidarse de sí misma y de lo jodidamente incómoda que es su vida, incómoda, como una piedrecita en el zapato; o sea algo pequeño, que no parece tener importancia pero que va jodiendo.

Sabe que esto tiene que pasar, sabe, con su amplio conocimiento en refranes heredado de su madre, que no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo aguante, sabe que tal vez esto sólo sea una lección que la vida le está dando, un cobro por los excesos pasados para equilibrar la balanza, sabe que no hay mal que por bien no venga aunque no le vea ninguna cosa buena a esto y también sabe, porque se lo ha dicho bastante últimamente la poca gente que los rodea, que una vez se toca fondo no queda más remedio que ir hacia arriba, así que intenta creer que todo mejorará, porque joder, peor ya es imposible.

Intenta reconciliarse con la vida de alguna forma y a veces se siente miserable por llegar a envidiar esas cosas tan simples y tan materiales, como el café con remordimientos que se ha tomado esta mañana en la plaza envidiando a las mujeres que venían de comprar y  que también tomaban sus cafés en las sillas contiguas a la suya, quien sabe si acaso ese momento no era para algunas tan exclusivo y lujoso como había sido para ella.

La pobre intenta tener esperanza, intenta creer que no siempre será así y que en el fondo aun hay cosas buenas que le pertenecen; puede envidiar la paz y la belleza de otras vidas más tranquilas, despreocupadas o cómodas que la suya, pero aún quedan  cosas que son suyas y bellas, cosas que personas como Piluca no sabe nique existen o que otras como Montse tienen que imaginar o dibujar porque nunca lo han sentido.

Es suya la luz del sol que la despierta cada mañana, la brisa fresca que entra por la ventana y la sorprende en el sofá mientras mueve las blancas cortinas a su alrededor.

Es suyo el olor del viento de Tramontana, el de la tierra mojada en verano ávida y reseca que absorbe con gula cada gota de lluvia.

Es suyo cada uno de los besos de sus hijos, cada una de las caricias de Paco al que aún le queda humor y amor para inventarlas, es suya cada ola del mar en el que entra atientas y se deja llevar para notar la liviandad de su cuerpo que siempre le parece demasiado pesado, es suyo el vuelo de la mariposa de papel que  brilla entre las macetas de geranios, es suyo el Adagio de Albinoni y el tercer movimiento del Concierto de Aranjuez.

El olor a nuevo de los libros que Montse le presta, es suyo el recuerdo de los veranos de su infancia donde el sabor de la sal del mar se mezclaba con el olor de la paella y leña que cocinaba su abuela, suyo es el sabor del chocolate bien caliente en invierno, el de los pasillos de su colegio, el de la colonia Nenuco sobre la piel de sus hijos, el tacto de un pecho succionado del que brota como un milagro la vía láctea, el aroma de un melocotón o de una rodaja de  sandía a media tarde, la luz de todos los veranos, la tristeza, melancólica y necesaria, de todos los otoños pasados o por venir.

Es suya cada mañana de cada día y cada crepúsculo de cada noche.

Es suyo el azahar de cada primavera.

El agua fresca, el sabor de los turrones, de las navidades cada vez más tristes y más necesarias, el fucsia de las buganvillas, son suyas las montañas que ve a lo lejos desde el autobús y el mar que presiente desde la ciudad.

Es suya la sensación de entrar en la cama con las sábanas recién puestas con la piel fragante de la ducha, la áspera suavidad y frescura del hilo y la luz del sol reverberando en el blanco de su almohada.

Son suyos los apresurados latidos de su corazón tras un orgasmo y la paz con que recibe a Paco en su vientre.

Es suyo el mar del invierno, las hojas secas del otoño, el viento de todas las primaveras y la luz de todos los veranos.

Es suyo el mundo en que vive y el que imagina, el mundo que quiere cambiar y el que no cambia por nada del mundo.

Es suyo el aroma del galán de noche y del jazmín y de las rosas rojas.

Es suya la palabra “mamá”. Son suyos los primeros pasos de sus hijos y el roce de sus primeros dientes sobre la cucharilla de plástico.

Es suyo cada musical de Webber, es suya “La música de la noche” y el torturado misterio de amor tras la máscara o el dolor de un pasado, cuando también era bella y no pensaba en el significado de la felicidad.

Es suya cada nube que pasa por el cielo azul de todos los veranos que ha vivido y es suya la belleza de un pasado que no volverá o la incertidumbre de un futuro al que va dando forma cada día.

Es suyo el verde de las plantas y el rosa de los geranios que tiene en el balcón supliendo el jardín que nunca tendrá y en los que reposa la vista cuando el asfalto le quema la retina.

Suyo es el olor a azúcar quemado y el de la vainilla, el del espliego, el del romero y el del tomillo, la sombra de los sauces o el murmullo de los chopos.

Son suyas las lágrimas de San Lorenzo y el anhelo de los deseos incumplidos o de los sueños que no se cumplieron.

Es suyo el pensamiento.

Es suya la fe en sí misma y en las personas que ama.

Es suya la vida y la esperanza así como también lo es la muerte y la desesperación.

Es suya cada contradicción y cada duda, así como también lo es cada claridad y cada certeza.

Joder, que mañanita que me lleva… pues todo pá ti, guapa.

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4 comentarios en “Extracto del libro inédito, “Las horas contadas.”

    1. Gracias Dolors. La verdad es que este libro es bastante más duro que los otros… está pendiente de corrección y habrá que modificar algunas cosas, pero si, la vida de la protagonista es complicada pero a la vez muy normal, con lo que muchas personas, sin duda, se pueden sentir identificadas con ella. Sabes? Esta protagonista ni siquiera tiene nombre…podría ser cualquier mujer.

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