Pity. Dioses y hombres. Extracto del libro ¿Cómo que a qué huelen las nubes?

 

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Pau follaba como un dios.

Sé que puede parecer un poco bruto, dicho así de pronto, pero es cierto.

Mi hermana dice que cuando una es capaz de decir las cosas tal como son, sin usar eufemismos, sin darle ni una sola vuelta al tema y sin importarle ni un pelín lo que puedan pensar los demás, hasta el punto de pasarse por el arco de triunfo cualquier otra cosa que no sea la más pura verdad, es porque comienza a ser ella misma.

Para ser completamente sincera y en honor a esa verdad que parece que estoy recuperando, debo decir que Pau era un dios haciendo el amor, porque es cierto que a veces se hace el amor y a veces solo se echa un polvo, depende de las circunstancias, del momento y de los sentimientos que aderecen el instante. Pero con él esa línea que divide el sexo del amor era tan finísima, tan delicada, tan tenue y tan exquisita que parecía no existir.

El follaba como si amara y eso es explosivo, adictivo, incontrolable para alguien como yo que adora tenerlo todo bajo control y ansía ser amada de cualquier forma.

Eran los únicos instantes que me permitía olvidar, dejaba salir a pasear a la zorra que llevo dentro y a la romántica que siempre he sido en secreto, porque solo con él podía mostrar ese lado de mí. No tenía que controlar nada porque él se hacía cargo, tomaba el mando y el gobierno de ese instante y me lo devolvía puro, intenso, completamente nuevo y sin mancha, como si me hiciera renacer.

Dios mío, era una sensación que sé que no volveré a sentir jamás y eso es lo que me mata. Saber que nunca podré volver a ser la mujer que fui con él, que no recuperaré la libertad ni la magia de esos instantes y que me quedaré aquí, frente a esta chimenea de diseño, o en las peluquerías que son los símbolos de mi éxito ante el mundo y de mi derrota personal.

Pau besaba como nadie, con besos húmedos, eróticos, su boca era para mí como una golosina cuando la ponía a un centímetro de la mía para tentarme, dulce y sabrosa, su lengua inquieta y suave, tersa y cálida, buscaba la mía en un baile único, en una especie de juego impúdico que era un presagio de cómo iba a ser lo demás, lo que siempre llegaba a continuación de sus besos, lo que prometía con cada uno de ellos.

Su boca se deslizaba por mi piel, avanzando muy poco a poco, elevándome hasta perder el sentido de la realidad y no ser consciente de nada que no fuera las sensaciones, las humedades, los deseos, nada que no fuera la dura necesidad de sentirlo más, de que me diera más, de que se deslizara mucho más.

Podía imaginar mi cuerpo, verme rodeada por él, envuelta en una presencia que siempre iba más lejos que su piel, siempre más allá de sus gestos y sus roces, notar la esencia de nuestro propio ser en la punta de los dedos, en el cuerpo y en la boca.

Caricias, besos, orgasmos que eran mucho más que simples caricias besos y orgasmos.

Era una danza sagrada, una exaltación, una locura.

Poco importaba que estuviéramos sobre esta alfombra al pie de la chimenea encendida o que me empotrara contra la pared sin previo aviso.

La necesidad urgente y letal, la avidez insoportable, el deseo más insufrible, el hambre mortal de nuestros cuerpos no se saciaba por más que lo intentáramos, por más que nos devoráramos en una vorágine de amor descontrolado.

Poco importaba que me tomara entre sus brazos para llevarme a la cama de la forma más dulce, o que me pusiera a cuatro patas en el suelo, poco importaba que fuera lo más romántico o lo más tosco, porque la necesidad de tenerlo dentro, de sentirlo dentro, bombeando, empujando, apretando, impulsando una y otra vez su sexo en el mío, era una urgencia vital, algo que me salvaba la vida y me apartaba de la fatalidad de mi destino.

Ahora no siento nada, estoy anestesiada y no puedo sentir más que una especie de vacío y frío por dentro que intento llenar desesperadamente y no sé con qué.

Creo que estoy comenzando a aprender a vivir sin él, pero que es algo a la vez muy peligroso porque puedo darme cuenta de que la vida sin él no vale la pena, de que vivir así no es vivir.

Me gustaría tener el valor suficiente para enfrentarme a mí misma, ahora que he dejado de llorar un poco y de autocompadecerme, para poder preguntarme si de verdad ha valido la pena echar todo por la borda y aferrarme a este tipo de vida, preguntarme si me gusta vivir como vivo, si de verdad quiero seguir haciendo lo mismo toda mi vida, si quiero vivir sin él.

Pero no tengo las respuestas, ni el valor, como para contestarme y enfrentarme a esa verdad de la que llevo meses huyendo.

Hoy he recibido una postal suya desde Islandia.

Las playas de oscura arena volcánica encierran un mar y un cielo como jamás he visto, y desde un trozo de papel se puede respirar la libertad, notar parte de esa esencia que es él, como si fuera parte de ese paisaje que le pertenece.

Leo el remite e intento pronunciar las palabras de la dirección donde vive, pero no me salen. Solo puedo repetir mentalmente sus palabras escritas como un mantra, como una oración sagrada que va tirando de mí hacía él.

Te espero, me dice.

Te quiero, me dice.

No ha dado por finalizado lo nuestro, como si creyera que alguna vez podré saltar por encima de todos los convencionalismos y las circunstancias que rodean mi vida y volver a estar con él.

Ni siquiera me planteo que sea él quien renuncie a todo y regrese porque sé que él jamás sobreviviría en un medio tan hostil para su forma de entender la vida, sin embargo, yo no he conocido otra cosa y no sé si sería capaz de vivir de otro modo.

Él se puso a prueba conmigo, pero yo no me atrevo a ponerme a prueba por él.

Pau vino para un mes de vacaciones y se quedó casi un año.

Yo no soy capaz ni de plantearme un mínimo cambio.

Sin embargo, me espera, como si en el fondo supiera que puedo ser capaz de hacer una locura, de replantearme la vida, de buscarle en esa dirección de la postal y quedarme a su lado para siempre tal como me propuso.

Y yo, que creía que le conocía mejor que nadie, me doy cuenta de que es un soñador.

Me fijo en su letra y logro imaginarlo sentado escribiendo, logro ver su pelo oscuro brillando rojizo bajo el sol islandés en una mezcla de sangre celta y vikinga, que eran en él un misterio y una herencia de valor incalculable.

Él decía que tenía una falta de pigmentación en su piel, en su pelo y en sus ojos, por eso pasaba de los ojos verdes a los grises, del pelo oscuro a los mechones rojos y al rubio que fue de niño, de la blanca palidez al moreno, con una facilidad pasmosa que a mí me asombraba y que yo sabía que no era sino una característica de los genes celtas que inundan su sangre.

Pau era, en secreto, un guerrero que no podía permanecer hibernado en un pueblo del Mediterráneo; su fuerza, su mayor impulso, su verdadero valor, provenía de aquellos glaciares, de la tierra oscura de aquellas playas; su fogosidad, del interior de aquellos volcanes; y su belleza, de la serena perfección de sus cielos, tan cercanos que dan la impresión de poder tocarlos con los dedos.

Pau no podía permanecer quieto, encerrado entre los muros de una ciudad, salvo por un tiempo concreto, un tiempo que me regaló a mí y que guardo como un tesoro en mi memoria, porque sé que es irrepetible, fugaz, maravilloso.

Y yo no tengo el valor que él tuvo para hacer lo que tenía que hacer, no tengo el valor de reconocer que sin él todo esto pierde el significado, me falta coraje para reconocer que no seré feliz ni un solo día y que posiblemente me arrepentiré toda la vida de haberlo dejado ir.

Pero no puedo cambiar.

No puedo.

Tengo que continuar, dejo que los días se deslicen unos tras otros, salgo, trabajo, hablo, río, pero no soy yo quien lo hace sino otra persona, alguien que ya no es la misma que unos meses atrás, alguien que por más que lo intenta no le encuentra sentido a todo aquello que una vez fue importante, alguien que empieza a ahogarse, a extinguirse, a dejar de ser.

Me voy diluyendo poco a poco en la nada más absoluta y sí, me he acostumbrado en más de dos meses a vivir sin él, a llenar mis días de acciones, conversaciones, personas y vivencias que cuando llega la noche son completamente inútiles, y que hasta llego a odiar porque son las cosas que me alejaron de él cuando aún estaba aquí.

Pero no puedo cambiar.

Tengo miedo a cambiar.

No puedo.

 

 

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