España: pan y circo

 

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Quedan tres días para la gran final del futbol europeo y el mundo parece que tenga que pararse por ello. Las noticias, los periódicos, la televisión e internet echan humo hablando de estrellas mediáticas, de atletas del balón, de iconos de la era moderna y globalizada en dónde se pagan miles de millones por fichajes o por mostrar una marca de calzoncillos.

Hace tan solo unos días, la policía Griega levantaba el campamento de refugiados en Idomeni donde habían miles de personas que intentaban sobrevivir a una guerra poniendo tierra de por medio y dejando atrás un conflicto del que tenemos mucha más culpa de la que parece que estamos dispuestos a asumir y ante la cual Europa sigue con los brazos cruzados mostrando sin pudor un enorme fracaso mientras celebra que llevamos más de 70 años sin guerra en nuestro suelo.

En política nacional seguimos con una campaña electoral que ya va durando casi un año entre pre y post. Seguimos hablando de Panamá y sus papeles, de Suiza, de Venezuela, de un gobierno que desde su inmovilidad y su cobardía lleva cuatro años hundiéndonos en la miseria.

Gente que muestra sus excesos, sus robos y su tren de vida disoluto y lujoso como perfiles de redes sociales. Y otra gente que pese a que ven cada día la enorme tomadura de pelo que es este país, pese a la forma en que parecen reírse de nosotros con una impunidad ante sus delitos más propia de otras épocas, sigue creyendo que es así como deben ser las cosas y sigue alienándose al mismo lado que ya se alienaron sus padres o sus abuelos aunque ellos lo hicieran por salvar la vida.

En este país se sufre. Levamos demasiado tiempo comulgando con ruedas de molino, viendo como todo aquello que se ha ido construyendo con el esfuerzo y el dinero de todos es vendido envuelto en papel de celofán como un medio más de mantener un neoliberalismo que nos está asfixiando.

Ser rico es muy difícil. Llevar ese tren de vida y pagar impuestos les debe parecer algo que sólo debemos hacer los que vamos teniendo retenciones en la nómina todos los meses, puesto que ellos son la clase social privilegiada, los grandes próceres de todas las patrias, gracias a los cuales, a sus esfuerzos empresariales, los pobres tenemos un mendrugo de pan que llevarnos a la boca. Como si nos lo regalaran oiga. Como si no trabajáramos y levantáramos el país nosotros, porque, no nos engañemos, somos la base, los de abajo, los que vamos soportando esta pesada pirámide que llevamos encima.

 

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Mientras tanto, para poder seguir con nuestras insulsas vidas, tenemos entretenimiento asegurado con televisiones, con futbol, con festivales, con redes sociales de las que no siempre se hace un buen uso, con revistas del corazón o reallitys shows que nos distraigan de lo pesada y aburrida que es nuestra patética vida. Todo un circo mediatico a nuestra disposición con darle a un botón del mando a distancia o un clic de ratón.

No pensar. No salirse de las reglas. Hacer lo que todos hacen, vestir como todos visten, comprar lo que todos compran, hipotecarnos como todos se hipotecan, asegurarse de que hacemos todo lo necesario (ese paso por paso que ellos guían en las sombras) para que no tengamos más remedio que doblar la cerviz.

Nos crean necesidades, nos venden la moto, nos dicen cómo, dónde, y en qué gastar el dinero que tanto nos cuesta ganar. Hipotecados no sólo con un banco sino con un estilo de vida marcado de antemano por poderes fácticos que no vemos ni veremos jamás. Estamos inmersos en una sociedad zombie que no piensa por sí misma, que le es suficiente poder charlar, tomarse una cerveza, tener un trabajo mal pagado, ir a un centro comercial los sábados y ver partidos de futbol.

Y si no se traga con ello, la palabra suele ser antisistema o esquizofrenia.

Tenemos pan y tenemos circo, ¿de qué nos quejamos?

¿Nadie se plantea que tipo de sociedad somos o que sociedad dejamos? Nadie se da cuenta que seguimos manipulados, que nos prefieren así de sumisos y de aborregados, que al utilizar la educación como arma política están criando un país de zombies que solo quieren sentarse a ver Gandía Shore o Mujeres y hombres y viceversa creyendo que la vida es tan solo eso, un postureo y una eterna juventud de fiestas hasta el amanecer. Una generación de personas que llegarán a los 30 sin tener estudios y sin haber trabajado jamás y que no se plantearán ninguna pregunta que no tengan respondida de antemano aquellos que creen tener todas las respuestas.

Nadie se plantea que se ha cambiado el glamour por la chabacanería, que se ha perdido la capacidad de crítica, que ahora más que nunca lo único importante es pertenecer a la manada , que los valores éticos y morales se difuminan en valores bursátiles o económicos  y que cuando alguien quiere gritar algo, cuando quiere protestar o clamar una consigna subversiva porque ve que este mundo no es más que una gran mierda, lo hace con un gif en una red social desde el sofá de su casa sin buscar la arena de playa bajo los adoquines de las ciudades.

Pan y circo.

Como en la antigua Roma. Lástima que el mundo haya aprendido y evolucionado tan poco en dos mil años.

 

 

 

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Viajes de ida.

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Los viajes de ida siempre están llenos de expectativas.

Me he dado cuenta de que pese a ser la hora intempestiva de las 7 de la mañana, las personas que toman el mismo tren que yo van arregladas, recién peinadas, maquilladas…

En el tren de vuelta de Barcelona, el vagón volvía con gente que arrastraba su cansancio igual que su trolley, se quitaban botas, zapatos, se extendían los asientos y se preparaban para recuperarse de un fin de semana de agotador turismo por la ciudad.

Ahora es diferente. Las idas están repletas de emoción y de planes.

Yo me he propuesto escribir.

Siempre me pareció muy bucólico el estar sentada en un tren, viendo pasar distintos paisajes, diferentes estaciones pequeñas, antiguas, de blancas paredes y pasos a nivel con barreras y sacar un cuaderno de esos bonitos con páginas en color crema, suaves líneas en tonos grises, tapas con hojas naturales o arabescos y simplemente escribir.

Tal vez un excesivo pudor me ha impedido siempre escribir en público, y, aunque me sigue resultando extraño hacerlo, también pienso que, bueno, ya es sabido que escribo, ya hay un libro que constata ese hecho, así que… ¿Por qué seguir con ese pudor?

Tal vez porque el hecho de escribir tiene algo de acto íntimo. En parte y por momentos, uno vuelca un trocito de su alma, desnuda el pensamiento, Se entrega absolutamente al acto de escribir y hasta en la cara tal vez se refleja algún pensamiento.

A nadie le gusta quedarse desnudo y desprotegido en público, tal vez por eso, por esa desnudez y esas barreras que se bajan en ese instante, he estado escondiéndome toda mi vida al escribir, buscando la soledad y a veces la nocturnidad.

Escribir es como una especie de quebrantamiento en que los agravantes son la nocturnidad y la alevosía.

Y no es solo la necesidad de concentración, sino la soledad con uno mismo lo que se busca.

Yo me he propuesto escribir sin importarme si me mira alguien o lo que pueda pensar.

Es algo que siempre he hecho mentalmente, ir escribiendo, imaginando, creando historias o fijando detalles en mi mente para luego poder describirlos o plasmarlos de forma muy similar, solo que ahora lo voy dictando directamente al papel.

La gente se arremolina en su asiento y se prepara para un viaje de tres horas. Sacan sus tablets y se conectan los auriculares mientras buscan el enchufe para poder consultar su móvil sin gastar la batería que ha de durarles todo un día.

Yo apago el mío y saco mi libreta nueva con una hoja dibujada en negro sobre la tapa verde.

El tren comienza a moverse.

La aventura no ha hecho más que empezar.

 

Éxito moderado

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Madrid era un caos ese fin de semana. Había dos conciertos multitudinarios y una final de fútbol además de varias manifestaciones y caía un sol de justicia que expulsaba a los madrileños a buscar descanso y solaz en la sierra cercana. Si la capital nos parece caótica siempre a nuestros provincianos ojos, en días así, realmente puede llegar a asustarnos. Iba contando los coches policiales, las furgonetas y miembros de la policía mientras volvía de la presentación de mi libro en una Gran Vía y una Plaza de España atestada de gente.

Gente en los restaurantes, en la cola de los teatros, en los bares, en los locales de comida rápida, en los semáforos, en las tiendas de ropa que permanecen abiertas a las 10 de la noche. Gente y más gente por todas partes, sentada en los bancos, en la hierba de las plazas, en los escalones de la plazoleta de la calle Princesa. Despedidas de soltera con gorros de colores que simplemente estaban paradas interrumpiendo el paso y haciendo un repaso logístico de sus siguientes recorridos de fiesta o grupos de cabezas rapadas enfundados en ropas negras que se habían manifestado horas antes y ahora estaban en una esquina haciendo frente a la policía como monolitos, así de grandes y rocosos me parecieron. Mirada desafiante, piernas abiertas, brazos cruzados, bocas silenciosas de labios apretados.

La presentación no había sido un éxito. No al menos el éxito que había tenido en las anteriores en donde había vendido todos los libros y volvía a mi ciudad con una gran sonrisa en la boca y con la sensación del trabajo bien hecho. Aunque siempre se han juntado dos sensaciones, una la literaria y otra la personal, y en ambas, consideraba que me había ido de perlas.

En Madrid fue de otro modo y todos los miedos y las desconfianzas que a veces nos vienen a la cabeza ante eventos así, se fueron materializando poco a poco. Días antes se lo avisé al librero, a mi editora, a mis amigas, a mi familia y a todos los que me preguntaba por Madrid: “Allí, a mí, no me conoce ni dios”

Si el éxito se midiera sólo por las ventas, dijéramos que mi éxito en la capital había sido moderado.

Pero yo creo que el éxito tiene distintos varemos que es necesario analizar y no vale eso de que depende de las expectativas, es algo más personal y complicado. Algunos lo achacan también a la buena suerte.

Si hace unos años, mientras escribía mi libro en la mesa de la cocina de mi casa, me hubieran dicho que lo publicaría y que estaría vendiéndose en Madrid y en Barcelona puede que no lo hubiera creído, así que no es por expectativas puesto que nunca las tuve tan altas.

Y suerte nunca tuve demasiada.

Hay algo más íntimo en todo ello.

Para mí el éxito está en poder sentarme a hablar de mi libro y terminar hablando de perros, reír y escuchar historias de otras personas que acabo de conocer, salir a ver el mundo, abrir horizontes, subir otro peldaño en esta escalera angosta que es la escritura, empaparme de una ciudad y pasearla hasta el agotamiento, adquirir experiencia, poder recapacitar con todo lo que me está pasando, conocer a toda la gente que voy conociendo, enriquecerme en el intercambio con otros escritores, alucinar con la sensación de que uno de mis libros tal vez este volando hacia Nueva York en una maleta, no perder la capacidad de ilusionarme y de seguir trabajando… son muchas cosas las que valoro, y en todo esto considero que estoy teniendo éxito.

Otra cosa son los reconocimientos y las ventas. Es otro tipo de éxito.

Ante todo, creo que esto es una lucha constante, un aprendizaje que nunca termina, un afán de superación de mí misma, una forma de medir mis fuerzas, de saber quién soy, de conseguir expresar mis ideas o de simplemente contar historias en el papel.

Acabo de llegar a este mundo de los libros como autora aunque siempre he estado como lectora así que la aventura no ha hecho más que empezar. Es mi primer libro y tengo otros dos esperando ser publicados, y lo que es más importante, sigo con la ilusión y con las ganas de trabajar que siempre he tenido porque escribir, para mí, es algo demasiado importante como para perder ese empeño.

Encontrar el hueco, vislumbrar el camino, poder sentarme a escribir, seguir teniendo la mente llena de ideas y de pensamientos que a veces se van escribiendo solos en mi cabeza antes de ser plasmados al papel, seguir aprendiendo, seguir documentándome, buscar y hallar, seguir creciendo como persona y tal vez también como escritora, tener la sensación de que estoy partiendo de cero y que tan sólo he comenzado a caminar por esta senda que me puede llevar a todas partes o a ninguna dependiendo de mis propios pasos.

Estoy en el kilómetro 0 pero he comenzado a andar afianzando mis pasos, sin tener prisa, sin correr, disfrutando del paisaje, hablando con los compañeros de viaje, siendo feliz, sabiendo que quizá lo mejor está por llegar. Dicen que lo importante no es sólo llegar a la meta, si no disfrutar el camino.

Esa es mi meta personal.

Eso es para mí el éxito.

PD. Sigo sin creer en la suerte. Alguien dijo que la suerte no es más que el trabajo constante, así que con vuestro permiso, voy a seguir trabajando.

 

Obivlion. Olvido.

 

Capitulo eliminado del libro La casa de la luna.

 

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Hacía mucho tiempo que no se sentaba a escribir con la soltura de esos días.

Quizá ayudaba estar en la vieja casa familiar y no en su apartamento de la ciudad, quizá los viejos fantasmas que la habitaban le inspiraban en ese momento de creación, algo que no recordaba haber tenido jamás.

Le costaba un gran esfuerzo sentarse y ponerse a llenar de palabras el folio en blanco de la pantalla hasta tal punto que había vuelto a intentar escribir en papel y lápiz, a la vieja usanza, y ni aún así a veces lo conseguía. Los ritos que durante años habían conformado su día a día en la escritura no tenían efecto o ya lo habían perdido, quizá nunca lo tuvieron, pero ahora milagrosamente volvían a funcionar.

La taza de café y el cigarrillo en el cenicero, las tantas de una fría madrugada, el foulard sobre los hombros, el silencio de la noche roto por las suaves teclas de un teclado que había evolucionado en pocos años, tan rudimentaria su antigua máquina de escribir, tan moderno y fácil su nuevo portátil que hasta resultaba pecaminoso.

Dejar que la inspiración la tomara entre sus alas y lanzarse a volar como si no costara esfuerzo, como si alguien en su subconsciente le fuera dictando las palabras que salían casi atropelladas de sus dedos y que iban cobrando sentido ante sus alucinados ojos que veían casi como un milagro que algo así le sucediera a ella.

Poco importaba que la buena racha en la que estaba de nuevo sumergida estuviera poseída por completo por él. Se había propuesto escribir sobre el amor, escribir una historia de amor y era inevitable que su imagen estuviera entre las líneas porque él se había convertido en sinónimo de esa palabra que carecía casi de significado unos meses antes, cuando él existía en un plano aparte de su existencia, cuando el destino todavía no los había juntado.

La búsqueda arqueológica de ese amor era algo que la había entretenido durante días hasta el punto de hacerle escribir sobre ello con la facilidad de los treinta años, en los días felices de sus primeras novelas y primeros éxitos.

Dónde habían estado ambos antes de conocerse, quiénes eran, con quiénes dormían, de qué forma habían oído hablar el uno del otro y se habían puesto en contacto en sus respectivas disciplinas, se habían escuchado o leído mucho antes de conocerse en persona.

Los lazos de un destino desconocido habían estado funcionando a nivel secreto desde años atrás, cuando ella lo vio en un video de una red social y él leyó un libro que una de sus amantes había dejado olvidado en la mesilla de noche.

La rueda del destino funcionando como un engranaje perfecto, planeando un futuro del que ellos no eran conscientes mientras se iba convirtiendo en presente.

Algo simple y casual en lo que no había intervenido la voluntad de ambos, sino la magia de todo aquello que está por venir y que no vemos hasta que ya ha llegado, maravillándonos de que haya sido posible, de que la posibilidad remota de que dos personas tan lejanas y desconocidas lleguen a ser amantes en un mundo tan inmensamente grande.

Una ciudad desconocida y ajena a la que soñaba con ir cuando era una adolescente, un teatro, una noche y todo el mundo se había puesto del revés.

Tan sólo eso y nada había vuelto a ser igual desde entonces.

Algo que para ambos podía no haber sido más que un trámite y que había cambiado todo.

Aún puede notar el impacto del primer instante en que lo vio, el golpe de su corazón, la forma en que se hizo el silencio alrededor suyo porque iba a comenzar el concierto y que fue atronador para ella porque lo señaló como el eje de algo que todavía no sabía que iba a suceder.

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Esa luz enfocada a él, la expectación del público, las miradas de admiración, el sigilo respetuoso de quién está esperando y que encumbra lo esperado, esa forma en que todo dentro de aquel teatro se alió para que lo viera poderoso, solitario, inalcanzable y engrandecido por un arte casi desconocido para ella, tan sublime, tan sensitivo, tan novelesco y pasional que parecía un sueño.

Las primeras notas escapando de sus dedos y marcando una melodía que no había dejado de sonar desde entonces en su cabeza, Oblivion, Olvido, algo imposible desde ese mismo instante.

De gárgolas y hombres bajo la lluvia

 

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Muchos podrían decir que era verdadera mala suerte que estuviera lloviendo sobre la bella ciudad en el único día en que podía tener unas horas para pasearla y conocerla, para poder hacerla mía un poco más como cada vez que la he visitado y solo he visto un poco de todo lo mucho que en realidad podía ofrecer.

Muchos dirían que era realmente mala suerte que la lluvia fuera racheada, que cayera en cortinas débiles y oblicuas sobre los sillares de las catedrales, sobre sus campanarios y cúpulas, sobre el empedrado de sus calles, sobre mi ropa por debajo del paraguas y que una especie de nube, de niebla blanquecina, cubriera casi todo el paseo marítimo que podía ver desde la plaza donde he hecho un alto en el camino comprar cigarrillos.

Sin embargo, me he despertado escuchando las campanas en la Catedral de Santa María del Mar, tan cerca que, desde la pequeñísima terraza de mi apartamento, podía ver sus torres. Tan cerca que apenas tenía que girar dos calles para plantarme frente a ella y admirarla con la cabeza y el alma inclinadas, dejando que las finísimas gotas de lluvia mojaran mi cara sin remedio, y eso… eso era cualquier cosa menos mala suerte.

Las piedras parecían humedecerse en melancolía, el gris del cielo las oscurecía haciéndolas parecer aún más viejas, más solemnes. Los sillares de piedra escurrían añoranza de otras épocas, el enlosado del suelo, que las pisadas de generaciones y generaciones habían ido puliendo, brillaba con una pátina de lluvia dejando un color similar al oro. Las gárgolas vomitaban chorros de agua desde sus bocas abiertas que caían directamente sobre el paraguas de algún viandante desprevenido, como si tras tantos siglos aún conservaran el humor y la maldad necesarios para reírse de los simples mortales que durante siglos desfilan bajo ellas con casi los mismos afanes.

Unas gaviotas atrevidas y unas palomas animosas sobrevolaban las torres más altas en círculos casi perfectos.

Imaginé la cantidad de gente que a lo largo de los siglos habría pasado por las mismas losas, la misma plaza y mirado las mismas cúpulas. Imaginé el esfuerzo de la construcción, los cuerpos de hace siglos devastados por el trabajo hercúleo de mover sillares y piedras, de subir materiales hasta el cielo, de tallar en piedra cada una de las formas, estatuas, plintos, gárgolas, celosías y arcos. Imaginé a los animales cargando carros imposibles entre el ruido de una multitud afanosa mientras a lo lejos se podría ver todavía el mar.

Por algo es la Catedral de los marineros y de la gente del mar.

Aquel lugar habla mucho más que de una fe o que de un momento histórico. Aquel lugar, rodeado de calles que conservan los nombres de los gremios y oficios a los que pertenecían las personas que allí vivían y allí laboraban, estaría lleno de vida de una forma muy similar a la de hoy. Comercios y tabernas, tiendas y pensiones, gente comerciando con distintas monedas y hablando en distintos idiomas en una ciudad abierta al mar y al mundo. Los pobres y los tullidos se apoyan en los mismos sillares para pedir sus limosnas y los cantantes se disputan las esquinas de mejor sonoridad para cantar juglerías y tangos, ópera y teatrillos de picaresca.

Los camareros limpian las mesas de las gotas de lluvia tras abrir los enormes parasoles y pérgolas, tras encender las estufas de un fuego eléctrico en el que acomodar a los clientes en el mismo lugar donde siglos atrás los mesoneros servirían jarras de vino especiado y encenderían lumbres que permitieran no ya calentarse si no verse en la oscuridad.

En la noche, las antorchas iluminarían apenas una calle lo suficiente como para poder orientarse. En las tabernas se jugarían juegos de seducción con mujeres de moral dudosa tal como ahora hacen las personas que se sientan en las terrazas a beber cerveza Guinness, en los rincones oscuros se sembrarían los besos mientras otros buscarían el resguardo para su descanso en construcciones piadosas.

En el otro lado de la ciudad están inmersos en una construcción similar a la que yo contemplo. A su alrededor, en la plaza llena de árboles, se comercia con productos de este siglo XXI entre el asombro de turistas que sacan fotos con su móvil. Se venden recuerdos de la Basílica inacabada tal como siglos atrás se venderían quizá tallas de madera u alfarería de la Catedral del Mar. Pocos de los que cruzan aquellas calles para acceder al interior recuerdan que en una de ellas fue atropellado por la modernidad el Maestro Arquitecto y que murió en un hospital de indigentes manchado y sucio del trabajo antes de que comenzaran a echarlo de menos y buscarlo por todo el lugar. Son los guías locales quienes cuentan la historia como modernos juglares a peregrinos que se admiran con las buenas anécdotas, restaurando en ese acto su memoria.

Las personas se agolpan en una aglomeración multicolor que la lluvia convertirá en una especie de infierno. Será arriesgado poder pasar entre paraguas chorreantes y afilados por las calles asfaltadas de la Basílica tal como podía ser un riesgo pasar por los barrizales de lodo que aquellas aguas formaron en las explanas de esta catedral.

Somos gente de muchos siglos después realizando casi los mismos actos de muchos siglos atrás tal vez porque la naturaleza humana esta movida por los mismos afanes y los mismos sentimientos, porque seguimos queriendo mirar al cielo, porque seguimos buscando la luz.

No hemos cambiado tanto pese a que hayan transcurrido siglos entre ambas construcciones, pese a que ahora yo disponga de los medios necesarios para poder contarlo desde aquí o pese a que la tecnología haya evolucionado tanto como para que lo lean ustedes desde allí un segundo más tarde.

La esencia vital que nos mueve, las visiones que nos conmueven siguen siendo las mismas. La evolución sigue su curso.

La camarera con acento de Colombia me confiesa, al ver mi cara mirando la lluvia sobre la Catedral mientras mordisqueo un cruasán y sorbo un café por no inyectármelo en vena, que lo mejor de su trabajo son las vistas. Sin duda. Un auténtico privilegio.

Ver cada mañana esa belleza, el actuar de esas fuerzas opuestas que mantienen la enorme construcción en pie es una merced laboral que pocos alcanzamos.

Me pregunta si estoy de turismo y le confieso con un punto de arrobo que he venido a presentar mi primer libro entregándole como propina (ahí peco de españolismo) unos marcapáginas para ella y sus compañeros. La bohemia de la ciudad hace que algo que a mí me parece extraordinario para ella sea habitual y me da la enhorabuena. No soy la única que llega a Barcelona con un libro bajo el brazo o con partituras o dibujos o lienzos o sueños.

Pienso cuantas personas a lo largo de los años habrán ido con mis mismas quimeras. Es como un ciclo que se va repitiendo y que tal vez nunca llegará a su fin porque nos seguirán moviendo también las mismas motivaciones.

Te irá bien me dice. Ojalá me atrevo a contestarle.

Y sigue lloviendo mientras termino de desayunar y me dirijo a pasear la lluvia por Barcelona a las 8 de la mañana bajo un cielo gris y una ciudad sin transeúntes.

La cabeza va escribiendo mientras mis pies me llevan al paseo marítimo. Mi alma de autora sabe que hay una especie de lección en mis pensamientos que tengo que absorber tal como los árboles de la Llotja absorben la lluvia. Solo hay que estar atenta y mirar.

La lluvia permite ver cosas que el sol oculta, solo hay que aprender a mirarlas.

 

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Luis Beltrán. El séptimo de los de Michigan

 

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Conocí a Luis, como a muchas personas, a través de las redes sociales. Nos unió al principio  nuestro amor por el cine y las letras… hoy quiero pensar que nos une una bella amistad.

De hecho, su amor por el cine le llevó a ser conocido como El séptimo de Michigan entre sus amistades tras ver la película “Murieron con las botas puestas”

Caballero de los que ya no quedan, inquieto, encantador y familiar, Luis es administrador de un blog en Facebook “Los kuiteiros del espacio” donde diariamente hace repaso de la cartelera nacional y de TV, nos da sus opiniones, comparte los tráileres y a veces nos ofrece alguna que otra crítica, pero hoy nos va a mostrar su faceta de escritor y a hablar sobre sus libros.

Luis era como tantos de nosotros que escribía y no llegaba a publicar, hasta que un buen amigo, que le imprimía los originales, le dio el empujoncito definitivo y le conminó a que terminara el libro al que estaba completamente enganchado tras leerlo mientras salía calentito de la impresora. Gran amigo por cierto.

En concreto, este director de banco y orgulloso abuelo, amante del buen cine, del teatro y la lectura, tiene tres libros en su haber de los cuales vamos a hablar en esta entrevista. Por cierto que es un placer y un honor que tan buen y añejo amigo sea mi primera entrevista.

 

Hola Luis, para empezar me encantaría que nos contaras desde cuando escribes y desde cuando publicas. Contéstame a la típica pregunta de ¿Porqué escribes? ¿Porqué ciencia ficción?

A veces es difícil explicar este tipo de cosas, seguramente mi afición al cine desde muy niño, me fue marcando mi afición con películas míticas como Planeta prohibido, Ultimátum a la Tierra La guerra de los mundos, el increíble hombre menguante o la invasión de los ladrones de cuerpos. Tal vez libros de mi escritor favorito por aquella época, Julio Verne, con De la tierra a la luna, 20.000  leguas de viaje submarino o Viaje al centro de la tierra fueron conformando mi predilección por este género.

 

¿Te fue fácil poder publicar tus libros? ¿Te ocurrió como a tantos de nosotros que fuimos llamando a puertas que no se abrieron?

Yo he peleado poco este tema… Mi primera opción fue una editorial especializada en estos temas, que enseguida acogió mi primera novela con una aparente buena disposición, al final una cláusula que me pareció muy lesiva para mi, que no se me había explicado anteriormente, me obligó a desistir, pero aconsejado por un familiar enseguida encontré una nueva editorial, una gente estupenda, que me lo puso todo muy fácil.

 

Háblanos de tus libros, de sus personajes y sus argumentos.

Mis novelas son Las Médulas de Orión, una novela con bastante aventura, done unos ingenieros de minas, que trabajan para una poderosa Multinacional, viajan al planeta imaginario de Orión, para realizar prospecciones de minerales, y en esa misión ocurren muchas cosas.

La segunda La mejor nadadora de Misania, es continuación a la primera, que es una novela corta, porque la presenté a un concurso de esas características, pero la acción se desarrolla en La Tierra y es consecuencia de las cosas ocurridas en la primera.

La tercera Los viajes de Daniel Miller, es totalmente diferente, en primer lugar porque yo quise salirme del universo de las dos anteriores. El protagonista es un personaje negativo, que yo quise que fuese así, quería probarme un poco a mí mismo, y tiene tintes policíacos y de novela negra, dentro de su género de ciencia ficción.

 

¿Estás escribiendo en este momento? ¿Cuáles son tus planes literarios en un futuro próximo?

No, no estoy trabajando en nada actualmente porque estoy atravesando una época de cierto desencanto. La primera edición se vendió entera en poco más de un mes, aunque es verdad que tuve la enorme ayuda de mi hija Laura, actriz de teatro aficionada, que trabajaba en una gran empresa, y me ayudó a venderla. El problema es la escasa difusión comercial que los escritores podemos tener sin acceso medios de difusión mayoritarios y aunque se puede leer como ebook es muy difícil encontrar gente que las quiera leer, y eso me causa una gran desilusión.

 

¿Crees que la ciencia ficción recibe un trato muy distinto al de otro tipo de novelas digamos más comerciales o novelas consideradas obras maestras de la literatura? ¿Hay obras maestras dentro de ese género que tú cultivas?

Pues no lo sé, para mí es un género que siempre me ha gustado, y he leído muchas novelas de este género, No ando yo por esos mundos de la comercialización yo me guío más por gustos y aficiones. No entiendo ese fenómeno del best seller.

 

Háblanos de tu blog en Facebook, “Los kuiteiros del espacio”

Kuiteiros del espacio es una página donde yo hablo todos los días de ciencia ficción. Comento las películas de este género que ponen todos los días en las diversas cadenas de tv. Suelo hacer un pequeño comentario y lo acompaño de un tráiler de la película. Además hago una crítica de todas películas que se estrenan en las salas de cine, un poco orientado hacia los amigos que entran en entran en ella, y como soy una persona inquieta, he ido variando las secciones, como hablar de novelas, series del mismo tema buscando que la cosa no sea muy monótona, y tenga algún atractivo. Terminaré por decir que la página surgió por una petición de algunas personas de mi pueblo de origen, que ya me conocían de otro foro, donde hacía cosas parecidas, soy una persona inquieta a quien le gusta hacer cosas. Años después soy yo solo el que escribe allí, solamente veo algún me gusta o mínimos comentarios, la gente no participa, que es lo que a mí me gustaría, que hubiera un diálogo. El nombre de Kuiteiros con “k” es el gentilicio de mi pueblo en un valle en las montañas de león, lindando con Asturias, Villaseca de Laciana bañado por el rio Sil, pero escrito con “c” y sin saberlo seguro, creo que significa el que recoge el excremento del ganado en un dialecto ancestral de esa zona llamado pachuezo, cuito es el estiércol. Ese valle es reserva de la biosfera por la Unesco.

 

También tienes, tanto familiar como a través de amistad, mucho contacto con el mundo del teatro. Háblanos un poquito de ello.

El teatro es una parte de la literatura, y madre del cine, Por eso no es extraña mi afinidad con ese género, Además mi hija es miembro de una compañía de teatro aficionado La Teatronera y tengo otro buen amigo José Luis Marques que escribe obras de teatro.

 

Sus novelas son las que ha citado más arriba. La primera la podéis leer como Ebook en El Corte Ingles o La casa del libro. En papel la primera edición está agotada, si se las pides estará encantado de  mandároslas  en folios agusanados al borde, con tapas de plástico duro.

 

Podéis visitar a Luis en su blog https://www.facebook.com/photo.php?fbid=769182406542091&set=gm.808549449254582&type=3

Desde aquí, en sus archivos, encontrarás los enlaces para descargarte sus libros en formato Ebook y si te gusta la ciencia ficción y el buen cine seguro que te quedas a formar parte del grupo.

Muchísimas gracias Luis, seguimos en contacto como siempre y nos vemos por tu blog como cada día… y por favor, sigue escribiendo… no te desencantes…

 

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Créame.

 

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Podía adivinar que se acercaba uno de esos momentos literarios tal como podía adivinar que se acercaba tormenta. Por el olor del aire, por la electricidad del ambiente, por la humedad de sus huesos cada día un poco más sensibles y más frágiles, por la forma en que ella comenzaba a mirar a ningún lado mientras lo miraba todo.

Podía verla levantarse de la silla donde escribía e ir hacia algún impreciso lugar de la cocina sin hacer nada una vez dentro. Podía verla mirando de reojo la pantalla del ordenador en un vistazo rápido que duraba un segundo, como si de esa pantalla hubiera surgido una voz llamándola por su nombre o por algún otro nombre que él desconocía porque formaba parte del secreto de la creación. Podía ver las sutiles vibraciones de aquel cuerpecito desvencijado más que sentado en la silla, su piel de gallina en los antebrazos, sus pupilas dilatadas en una mirada perdida y ardorosa muy similar a la de sus orgasmos aunque se iba tornando concentrada e inteligente a medida que comenzaba a avanzar en la narración.

Podía sentirla volar. Irse sin hacer ruido. Dejar su cadáver sentado mientras su alma se comenzaba a elevar hasta lugares donde nunca podía seguirla y que le producían una sensación muy similar a los celos.

Quería abarcarla por completo en esos momentos en que la sabía más lejana que nunca, hacerla regresar y que le mirara, que le sonriera, que le preguntara algo tan simple como qué hora es o qué te apetece para cenar. Quería que su vida en común no tuviera esa desconexión momentánea en la que él no era nadie, no era nada. Si acaso un obstáculo que salvar.

Pero no la podía ni seguir ni parar, no podía retenerla ni entenderla por más que lo intentara.

Él, tan brusco en los gestos, tan poco dado a los sentimentalismos y a los detalles, tan rudo en los ademanes que no podía ni siquiera fingir un mínimo de delicadeza. Él, tan poco entendido en libros y tan poco intuitivo confundía siempre los momentos y las miradas, confundía los instantes y terminaba por levantarse y comenzar a hacer la cena con un gesto de penitencia por la poca comprensión y la mucha pasión que mostraba por ella en los instantes menos afortunados.

Un roce en su nuca de donde se escapaban unos rizos rebeldes cada vez que se ataba el lápiz en el pelo para poder tener los ojos despejados al escribir. Un tazón de café negro muy caliente humeando al lado de su block de notas, una tostada untada de soledad y silencio con un poco de mantequilla de sésamo. Una palabra que se queda en los labios a punto de vivir o morir para siempre. Una luz de flexo. Una luz de ordenador. Una luz de esperanza.

El roce de sus uñas cuadradas y limpias en las teclas. La caída del suéter sobre la desnudez de su hombro. La pierna recogida debajo de su trasero en una postura que podría ser molesta y que ella utiliza para releer lo que lleva horas escribiendo mientras sopla las volutas de humo del café.

Él, tan poco dado a la literatura o a la ternura pero que sufre un estremecimiento cuando la ve así, como la madre tierra entre el blanco y negro de las palabras que acaba de parir con esfuerzo y cierto dolor en su alma de mujer sensible que ve una parte del mundo que a él le está vedada por completo.

Puede adivinar cuando le llega la inspiración necesaria. Cuando las palabras se vuelven amigas o enemigas. Cuando un personaje la posee de la forma en que él querría poseerla, por completo, en cuerpo y alma, en esa parte intangible que siempre se le escapa de entre los dedos en el preciso instante en que cree estar rozando su materia.

Puede adivinar cuando va a dejar de escribir por el suspiro que exhala, por la forma en que la musicalidad de sus dedos sobre las teclas va perdiendo ritmo, por la forma en que se interrumpe para encender un cigarrillo cuando antes, al tomar el café, se le había pasado por alto hacerlo. Tan embebida de creación estaba que se le olvidó fumarse el cigarro tras el café, casi tan sagrado como el de por la mañana en el desayuno y o el de después del sexo, casi tan placentero como cualquiera de ambos.

Puede adivinar que la tarde será larga y estará llena de silencios para él mientras ella está en una comunicación continua. Puede verla levantar la vista para buscar una palabra que no logra recordar o para mirarle de soslayo si entra más de dos veces en el lugar donde ella exige soledad absoluta, para mirarle sin verle.

Puede adivinar que su trabajo ha sido fructífero por la sonrisa que le dedica cuando lo ve por primera vez de verdad, cuando ya ha bajado de su nube y toca el suelo para encontrárselo a él y sonreírle como si lo viera por primera vez en toda su vida, de la misma forma casi en que le sonrió el día que se conocieron.

Puede adivinar cuando va a destruir todo lo escrito por la forma de arrebatarle el trapo de cocina de las manos, de atarse el mandil en la cintura y expulsarlo de allí con una sensación de hostilidad que raya la paranoia. Y querría preguntarle qué tal, si de verdad ha ido tan mal como para que no le hable apenas, ella que trabaja y moldea palabras en sus dedos y que para él ha dejado de tenerlas. Pero no le pregunta nada porque sabe que es dueña de sus silencios al igual que es esclava de las palabras y él no es nada, ni dueño ni esclavo, ni palabra ni silencio,  ni luz ni sombra, ni  nada ni todo.

Puede adivinar muchas cosas mientras la mira apoyado en el quicio de una puerta que no se atreve a traspasar. Puede interpretar tanto sus silencios como sus imperceptibles gestos, sus parpadeos, su forma de erguirse en la silla o de llevarse la mano a la espalda para conjurar el dolor de la mala postura. Tan callado como una estatua, tan amenazante en su altura como un dolmen que nadie ha podido aún descifrar o leer, aparentemente impermeable a todo, supuestamente impenetrable y compacto, un ser sin resquicios que se rompe ante ella, sin ruidos ni dramas, que se rompe un poco cada día ante el milagro de la creación que ella tiene en sus manos y que no le pertenece.

Ojalá pudiera encontrar alguna de las palabras que a ella le sobran. Ojalá pudiera verter su alma en un papel o en una voz que dijera todo cuanto no se atreve a decir. Ojala encontrara la palabra adecuada para decir en su oído, para susurrarle en los sueños, para decirle en secreto cuando las demás voces han cesado y solo se oye el rumor acompasado de sus respiraciones.

Ojalá adivinara el fondo de su sonrisa cuando lo mira y camina hacia él, cuando le toma el rostro en las manos y rasca con sus delicadas uñas la veta de barba que cada día intenta dominar y que no puede, ojalá pudiera decirle la palabra que siempre le viene a la mente cuando mira el pozo oscuro de sus ojos oscurecerse aún más debajo de él, cuando roza la tibieza de su piel, cuando dice su nombre en voz alta y parece que solo por eso exista, cuando le da un lugar en el mundo al nombrarle, al tenerle, al amarle, al llevarle al interior de sí misma.

– Créame.