Las mujeres y el cine.

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El cine puede ser muchas cosas. Desde una mera forma de distracción hasta ser arte en movimiento. Un negocio lucrativo, un modo de evadirse, de denunciar, de aventuras fantásticas… pero ante todo el cine es una forma de lenguaje que puede enriquecer cultural y socialmente al espectador.

El espectador, como receptor y a veces cómplice del mensaje que los cineastas aportan en su discurso, debería tener una lectura de la imagen suficiente que le permita examinar la obra y le ofrezca un pensamiento crítico para detectar los mecanismos de los diferentes contenidos de dicha comunicación sin caer en la manipulación.

El cine llega a imponer modas, actitudes, valores, se fabrican mitos, se puede llegar a manipular ideológicamente y a transmitir o perpetuar estereotipos además de ser a veces un fiel reflejo de la misma sociedad en un tiempo y en un lugar concretos.

La forma en que el cine ha tratado a la mujer ha sufrido cambios a medida que la sociedad ha ido evolucionando. Con frecuencia el rol de la mujer ha sido más pasivo detrás de las cámaras mientras que en la gran pantalla ha reforzado y continuado un gran abanico de estereotipos femeninos.

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A medida que nos acercamos al cine actual, hay más mujeres en las producciones y dirección de películas y también se comienza a dar una imagen más independiente que tiende a ser menos estereotipada.

Aún así, el cine, mayoritariamente en manos masculinas, sigue repitiendo la mayoría de veces el rol típicamente patriarcal en el que se juega con la imagen positiva frente a la negativa. Mujer buena/ mujer mala. Y establece en ese juego binario una jerarquía en la que las mujeres buenas están por encima de las malvadas.

Los valores como el poder, el sexo, la violencia o el dinero parecen estar legitimados quizá porque mayoritariamente siguen siendo los hombres quienes acaparan mayor número de producciones y quienes controlan el mundo del celuloide. Se ha llegado a comprobar desde la variación de argumentos en el cine hecho por mujeres hasta la obtención de menos papeles como protagonistas absolutas y más como secundarias de las actrices, además de tener una vida más corta en su carrera profesional marcada siempre por el hándicap de la edad o bien la discriminación en los sueldos que perciben como muchas de ellas han denunciado en los últimos meses.

Tanto dentro como fuera de la gran pantalla, seguimos inmersos en un rol de heteronormalidad impuesta, donde la discriminación es patente.

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Los grandes estereotipos de la mujer dentro del cine, han ido evolucionando con el tiempo. En el cine denominado clásico ese binomio buena – mala al que hacía referencia anteriormente, o el papel de sumisión y pasividad era lo común, sin embargo, aunque se siga repitiendo, poco a poco se van apreciando nuevos caracteres y nuevas formas de enfocar la vida actual de las mujeres.

Así como antes hasta se podía justificar la violencia de género, ahora se ha pasado a denunciarla y dónde había un rol pasivo ahora se muestra a una mujer capaz de manejar su vida sin la intervención de la tutela masculina.

Aún así, y pese a mostrar cambios, sigue habiendo una infinidad de películas en las que la mujer repite los roles establecidos como acompañante de un protagonista masculino ya sea como novia, amante o compañera e incluso hay películas en que se sigue repitiendo ciertos patrones violentos sobre la mujer, como por ejemplo la típica prostituta que es mal tratada por su chulo, por sus clientes y por policías.

Sigue siendo también portadora y mantenedora del honor familiar y la violentación de ese honor ha llevado al rodaje de infinidad de películas en las que se intenta resarcir o vengar el honor maltrecho por parte de los hombres que se consideran vejados.

Sigue siendo también un objeto, ese oscuro objeto de deseo, exhibida para la mirada y el placer masculino y que ayuda a construir un símbolo concreto de sexualidad que muchas mujeres toman en cuenta en la vida real asumiendo su objetividad y no su subjetividad en comportamientos narcisistas o de consumo de mercado.

Mujeres malas, mujeres buenas, rebeldes, oscuros objetos de deseo, artistas, seducidas, reprimidas, mal tratadas, triunfadoras, mujeres que se aman entre sí, soñadoras que esperan a su príncipe, independientes, luchadoras, mujeres que quieren ser dueñas de sus vidas, mujeres que no pueden huir de su propio destino.

Simplemente mujeres. Algo bastante menos que simple.

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PELICULAS QUE ACONSEJO.

En primer lugar a cuatro de mis actrices favoritas de todos los tiempos en papeles que retratan un tipo de mujer muy concreta.

Bette Davis. Jezabel. 1938, La loba de 1941, La mujer marcada de 1937 o Eva al desnudo de 1950

Greta Garbo. Ana Karenina 1935, La reina Cristina de Suecia en 1933 o Mata HarI, 1931

Cate Blanchett. Elizabeth 1998 , Diario de un escándalo en 2006, y Carol en el año 2015.

Meryl Streep. Kramer contra Kramer 1979, La decisión de Sophie 1982, Los puentes de Madison 1995, Las horas en 2002, La dama de hierro en 2011 y Sufragistas en 2015

 

Libertarias, de Vicente Aranda, 1996

Ágora, Alejandro Amenabar, 2009

13 rosas, Emilio Mtez. Lázaro, 2007

Ni dios ni patrón ni marido. 2009

Yo, la peor de todas. María Luisa Bemberg, 1990

Quiero ser como Beckham, Gurinder Chadka, 2002

El secreto de Vera Drake, 2004

Jane Eyre, Joji Fukamaga 2011

Moolaadé, Ousuname Semba, 2004

Frida, 2002

La casa de Bernarda Alba, 1987

Memorias de una Geisha, 2005

Tomates verdes fritos, 1991

Las bostonianas, 1984

Solas, de Benito Zambrano en 1999

La revolución de las seis rosas, Kim Loginotto, 2011

Yentl, Barbara Streisand en 1984

Juana de Arco, recomiendo la versión muda de 1928

Mi vida sin mí, de Isabel Coixet, en 2003

Criadas y señoras, 2011

Caramel, Nadine Labaki, 2007

Hysteria, Tanya Wexler, 2011

El club de la buena estrella, basada en la novela de Amy Tan 1993

La papista, 2009

La niña de luto, Manuel Sumers, 1964

Viridiana, Luis Buñuel, 1961

Vámonos Bárbara, Cecilia Bartolomé en 1978

¿Qué he hecho yo para merecer esto? Almodóvar, 1984

Thelma y Louise, 1991

El color púrpura, 1985

La tía Tula, 1954

El manantial de la doncella 1960, de Ingmar Bergman

Te doy mis ojos, 2003, de Icíar Bollaín

Lolita, 1961, Stanley Kubrick

Mujer contra mujer, 2000, de Martha Coolidge,

Historia de una monja, 1959, Fred Zinnemann

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Volver al pasado

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Había vuelto al pasado en tan solo un segundo. La visión de una imagen recortada frente a una ventana de dos seres que de pronto le parecían tan ajenos a ella como dos desconocidos de otro continente en un documental de sobremesa le dio algo similar a un golpe que azotó el último rincón oculto de su memoria.

Era como volver a la niñez tan de repente que sentía un leve mareo y una profunda sensación de dejà vu y vulnerabilidad.

El día estaba gris, el cielo, con el color del plomo, dejaba caer una lluvia fresca y monótona, gotas de lluvia como lágrimas que resbalaban por los cristales de la ventana y se embebían unas a otras o se dispersaban sin tocarse en un fluir constante de humedad y sollozos primaverales, absorbiéndose, vertiéndose, bifurcándose, huyendo unas de otras para encontrarse inmediata y voluntariamente en una apasionada carrera que terminaba con su caída hacia el suelo, hacia un gotear prolongado y suicida que iba dejando un rastro de leve ruido que tenía algo de fuente y algo de queja, como de lamento no muy lejano.

Frente a la ventana tras la que apenas se filtraba más que la luz cargada del cielo y el ruido monocorde de la lluvia, su hermana intentaba apurar la claridad natural del día para terminar de coser con la vieja y antigua máquina la orilla de un pantalón; en una mecedora a su lado, intentando hilvanar agujas estaba su madre, elocuentemente callada.

Una imagen recuperada de su infancia le llevaba a los días en que esa misma silla y esa misma máquina estaban siendo usadas por su abuela y era ella quien, sentada en esa misma mecedora, hilvanaba las agujas, quien se callaba para no hablar de nada que pudiera mostrar algo de su forma de ser o de pensar, callaba para diluirse tal como se diluían las gotas de agua en los cristales y se transformaban en nada, en nadie, en ausencia.

En los domingos de invierno de su niñez siempre llovía. El olor del arroz en la paella, el del asfalto y las aceras mojadas, sus ropas limpias y nuevas de ir a misa, la colonia que usaban todas y que aun pertenecía a la gama de aromas mas infantiles, el tedio confundido de descanso y el sonido de la lluvia en la calle era algo que no había cambiado en cuarenta años.

Repetía, y solo en ese instante se dio cuenta, los mismos gestos de su infancia, la costumbre tan pegada al cuerpo y al ser como las medias de nylon a sus piernas o como el olor del sofrito dominical a su nariz, rutinas en las que se solazaba desde siempre y sin las que no habría podido vivir aunque su mente, muchas veces, había ardido o gritado en rebeldía e insumisión.

Y lo peor es que no sabía hacia qué se revelaba en esos instantes en que todo su mundo se venía abajo, no sabía hacía quien podía dirigirse tanta rabia, tanto rencor, tanta palpitación de su corazón bajo la ropa, siempre a punto de desbocarse, siempre al borde de un infarto que no terminaba de llegar nunca, siempre latiendo apresuradamente sin saber porqué, a punto de salirse por su boca, siempre azotando, golpeando en su pecho como un tambor de Semana Santa, cada latido, por pequeño que fuera, era el grito anunciador de una ansiedad terrible, ahora apresurado, ahora más lento, pero siempre martilleando en su interior, sonando como el golpe de un yunque dentro de su cabeza, tan claro lo podía llegar a escuchar.

Había hecho falta ese diluvio para que su madre rompiera con la costumbre de la misa y de la visita al cementerio, pero ella no había podido abstraerse del hábito, es más, lo había deseado. No la misa pero si el silencio, el olor de las velas, el sonido de las guitarras jóvenes que alzaban sus voces en oraciones de siempre con sonidos modernos. Si la paz de esos minutos en que se quedaba sola cuando todo el mundo había salido, respirando el aroma de los bancos de madera y del encierro, de la humedad de las piedras y los inciensos, absorbiendo la escasa claridad que esa mañana se filtraba por las vidrieras de unos colores que en primavera y en verano formaban un incendio sobre la cerámica del suelo y que ese domingo no llegaban ni a traslucirse, la serenidad de una vida contemplativa lejos del mundanal ruido y de las mundanas preocupaciones, lejos de las exaltaciones que a ella le quemaban por dentro; un instante de paz, unos minutos de sosiego, un soplo de quietud y soledad.

Y no había terminado ahí. No lo había dejado terminar.

Había ido sola al cementerio, más desierto y oscuro que de costumbre, abandonado en su abandono decadente, mas melancólico de la vida que nunca.

Los cipreses y los pinos habían sembrado el suelo de agujas verdes que flotaban en algunos charcos del cemento, pequeñas balsas en donde parecían naufragas las hormigas que intentaban enloquecidamente salvar sus hormigueros y aún llevarse algo de comida a sus túneles oscuros. Las flores no parecían tan marchitas aunque se desdibujaba el color en la lejanía, confundiéndose con el oscuro de las lápidas y del clima, desvaneciéndose en un gris que ese día lo cercaba todo, lo absorbía todo, borrando márgenes y líneas, horizontes y cruces de piedra, tapias y nichos.

Absorbiendo también las lágrimas que ella se empeñaba en no dejar salir y que no hubiera podido explicar.

Que jamás podría explicar.

Tal vez era un trozo de ella misma quien estaba enterrado en las tumbas.

 

 

Muñoz Molina. Time on our hands

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Apenas llegué a casa con el libro, lo primero que hice fue cumplir con todos los rituales que previamente ya había realizado en la librería y que suelo repetir en casa casi como en una ceremonia íntima.

Sopesé el gran volumen entre mis manos, lo abrí y aspiré ese aroma a nuevo, a tinta y pegamento de las ediciones recién estrenadas enterrando mi nariz entre sus páginas, volví a contemplar la portada en la que un hombre sin rostro, con un cigarrillo en la mano y frente a un coche antiguo, me comenzaba a hablar. Abrí la última página tan sólo por ver su número de páginas, 958, y regocijarme en la promesa que siempre es para mí un libro de semejante grosor. Promesas de tardes de lectura y paz. La letra pequeña y la delgadez del papel eran dos características más que me afirmaban en la creencia de que ése podía ser un buen libro.

Bueno, y que su autor fuera Antonio Muñoz Molina, era de por sí la mayor garantía.

Muñoz Molina entró en mi vida hace muchísimos años en una colección del libros formados por Premios Planeta donde descubrí “El jinete polaco” Posteriormente, seguí leyendo sus obras y siempre le tengo presente en el momento en que necesito “resetear” mi cerebro. He seguido releyendo éstas dos novelas suyas con los años, puesto que yo soy de ese extraño grupo de lectores que necesita cada cierto tiempo volver a leer un libro concreto aunque lo haya hecho muchísimas veces con anterioridad.

Todas las características del autor que me gustaron en “El jinete polaco” se vieron acrecentadas con la lectura de “La noche de los tiempos” hasta el punto de que para mí es ya un libro imprescindible en la historia de la literatura en castellano.

Con “La noche de los tiempos” me ocurrió algo, como anécdota personal, que nunca me había ocurrido antes y que nunca me ha vuelto a ocurrir después; Tal como terminé de leerlo por primera vez, en el mismo instante en que llegué al final y cerré su tapa, suspiré, acaricié su lomo blanco y suave, le fui dando la vuelta para contemplar su portada y mientras el hombre sin rostro me miraba a los ojos, volví a abrirlo y volví a comenzar.

Su lectura es densa, plena, la profundidad de la historia y la de los personajes hace que te sumerjas completamente en un argumento fluido pero a la vez lleno, tal vez por el momento histórico que narra y que es uno de los más importantes de nuestra historia moderna. En la narración, el personaje principal, Ignacio Abel, contempla la historia casi queriendo salir de ella, desde dentro pero sin tomar parte del todo, con unas claras inclinaciones políticas que no le impiden ver, sin embargo, los grandes errores o las conductas impropias de la filosofía que, en su base más primordial, siente como suya. Una especie de conflicto entre clases sociales tiene lugar en él casi de forma continua y al final del libro, no sale ni vencedor ni vencido, sino que pudiendo ver todo desde la perspectiva de, unas veces asombrado otras veces critico espectador, toma la decisión de mantenerse al margen para simplemente narrar los hechos.

Una característica de este personaje es que, pese a su inmovilismo social, familiar y político, pese a ser un hombre que a veces parece ser parte del público en su propia vida y que muestra claras señales de cobardía, no logra que el lector sienta ningún tipo de animadversión hacia él quizá porque desde un principio Muñoz Molina nos da una detallada descripción de su introspección y su desaliento mientras el personaje ya es víctima de la inercia que ha causado su propio letargo.

Es un personaje con las debilidades y fortalezas, las aristas y los planos, con las luces y las sombras, que tiene que tener un gran personaje.

 

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Pero más allá de los personajes o de la historia que nos cuenta en este libro, que ya he dicho que es uno de mis favoritos, quisiera incidir en Muñoz Molina como narrador.

Hay elementos que descubrí en El jinete polaco que realmente me hacían palidecer como aspirante a autora, y que en este libro se ven acrecentados.

Muñoz Molina es, para mí, uno de los escritores con mayor vocabulario que he leído jamás, no sólo por la cantidad de palabras que uno pueda ir escribiendo o acumulando sino por la riqueza del idioma, por los matices, por los sabores, por las evocaciones que traen consigo. Una palabra y no otra, hace que, sin darnos cuenta, volemos al Madrid de hace 80 años que era el lugar y el momento exacto en que esa palabra, y no otra, podía ser utilizada.

La arquitectura de sus frases, la delicadeza de los conceptos, la ambientación de sus lugares en que hasta los edificios son válidos para provocar sensaciones, las frases justas y necesarias en los diálogos, la forma de sus descripciones que nunca llegan a describir pero que permiten visualizar nítidamente, la forma en que rescata del olvido términos casi en desuso que son los adecuados, la claridad y precisión con que describe a sus personajes hasta en lo más intimo sin llegar a formar un retrato sino más bien aunando la parte física que podemos ver al leer con la parte de carácter que él nos quiere mostrar y quiere que conozcamos.

Su narrativa es a veces un triunfo de la insinuación, de lo imaginario, de la inspiración.

Pero si hay algo que, desde la primera lectura hasta ahora, me ha fascinado, es la forma en que maneja los tiempos.

No el tempo de la narración, sino el tiempo puramente cronológico de la historia.

Muñoz Molina es el Einstein de la literatura porque en sus libros la paradoja del espacio tiempo queda plasmada y explicada con absoluta y meridiana claridad.

La forma en que en las dos novelas los personajes habitan en un mundo formado por pretéritos imperfectos, futuros posibles y presentes reales es verdaderamente un ejercicio de escritura imposible para muchos autores.

En la misma novela podemos viajar a distintas ciudades en distintos momentos y con distintas personas de una forma ordenadamente anárquica, sin tener en cuenta un hilo conductor exterior al pensamiento del protagonista que nos va narrando su vida y sus vivencias más por orden de importancia que por orden cronológico. No es de extrañar que ambas novelas comiencen entonces por el final y que el autor nos vaya desempolvando recuerdos del pasado mientras el personaje está en un presente que imagina y espera el futuro. En las manos del autor estos libros cobran una vida tridimensional donde todo se une para mostrarnos, como en una especie de efecto mariposa, que somos el resultado de nuestras propias acciones y decisiones, pero también de las acciones y decisiones de aquellos que nos precedieron.

Hace poco estuve en Madrid y buscaba incansablemente entre los edificios antiguos y tiendas de recuerdos o cafeterías el Madrid literario de Pérez Galdós que recorrió Judith Biely, y sin darme cuenta me encontré buscando el edificio de Van Doren, la plaza de Santa Ana, la casa de citas de Madame Mathilde…

Para mi Muñoz Molina ya es eso, parte de la historia literaria, pero también es la prueba de que, literariamente, el curso de una vida cabe en un sólo minuto porque el tiempo, siempre es relativo.

Aunque tengamos todo el tiempo en nuestras manos.

Time on our hands.

Poder y empoderamiento

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Aviso a navegantes; este artículo no os va a gustar y además digo un par de tacos.

 

Al principio, cuando comencé a trabajar con un grupo numeroso de hombres por primera vez, cuando alguien me preguntaba qué tal me iba y si no me daba un poco de corte, mi respuesta solía ser, entre veraz y sarcástica, que muy bien, que trabajar con hombres simplifica mucho las cosas. Pero eso sólo fueron los primeros meses, cuando aún no era más que la nueva y no existía la confianza que se ha ido creando tras unos cuantos años.

Lo cierto es que si en términos prácticos, los hombres suelen ser hábiles para ciertos trabajos que requieran pericia o poderío físico y no suelen irse por las ramas o cuidar los detalles como tenemos tendencia a hacerlo nosotras, en otros son bastante más complicados, y tras mucho pensar, porque en estos años me han dado muchísimo que pensar, me he dado cuenta de que si algo tienen de complicado los hombres es su amor por el poder.

Pero no sólo el poder que se entiende por dominación o por éxito, sino también el poder ostentado y ostentoso sobre todo aquel que se mueva en su órbita por pequeña que ésta pueda ser; desde ser el más rápido, ser el más fuerte, ser el más guapo, ser el más gracioso…o tener; tener más dinero, tener mejor coche, tener mejor ropa, tener mejores herramientas… cada uno elije la parcela de poder que cree que puede dominar según sus cualidades y es lo que le hace sobresalir por encima de la manada.

Algo similar les ocurre a muchas mujeres y con su concepto de aparentar, de poseer, de ser el mejor florero en la vida de alguien. Un concepto tan arraigado y tan patriarcal que ni siquiera nos damos cuenta a no ser que miremos con ojos muy críticos.

Cuando hablamos de poder en el trabajo suele venirme a la mente la imagen de machirulo trajeado que se sienta con las piernas abiertas frente al escritorio, que lanza órdenes y feromonas masculinas a los cuatro vientos, y cuya prepotencia suele parecernos bastante irritante. Pero también está el ejecutivo poquita cosa el cual ostenta poder desde su cerebro y desde la tarjeta de crédito cargo de la empresa.

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Conste que es el personaje de  Joe MacMillan, tipo ejecutivo machirulo de la serie  Halt and Cach Fire. El chico que lo interpreta en realidad es un encanto…

 

La mujer, tradicionalmente apartada de cualquier parcela de potestad que no sea privada, necesita mostrar el poder que no tiene en una parcela pública a través de su influencia en la vida de los demás, en su familia, en la proyección sobre los hijos de sus obsesiones o deseos frustrados, en el poder de una moral intachable que ostenta como divina, o en los chantajes emocionales de amor a cambio de suculentos cocidos y croquetas.

Sea como fuere, ni el más enclenque o desafortunado de los hombres o la más abnegada y sacrificada de las mujeres quiere quedarse sin su parcela privada de poder, ya sea ostentándolo o incluso pegándose al que él pueda considerar poderoso, moviendo los hilos desde la sombra.

Y la cosa comienza a complicarse de verdad cuando resulta que tras tanto machito alfa y tanta mujer abnegada a las tareas de su hogar, la que más poder tiene es una tía de metro y medio que huye de la imagen típicamente femenina… y no porque sea poderosa sobre los demás, si no porque tiene poder sobre sí misma.

Empoderamiento.

A muchas mujeres no nos interesa ese tipo de poder porque nuestra lucha siempre ha sido otra… sacudírnoslo.

¿Qué ocurre si somos nosotras las que somos más rápidas o más hábiles o las que damos las órdenes? ¿Las que no aguantan los aparatosos intentos de estar por encima de nosotras sólo por el hecho de ser hombres? ¿Si no queremos ser un dechado de virtudes, esposas y madres ejemplares?

Leí en un artículo que éramos mejores jefas porque tendemos a ser más comprensivas… lo creo, hemos tenido tantos obstáculos a lo largo de la historia, tantas zancadillas y muros que escalar que podemos tener empatía con el más débil.

Pero también leí que como jefas se nos juzga peor que a los hombres, se nos consienten menos errores y se nos califica mucho más severamente hasta el punto de que lo que para un hombre se considera símbolo de fortaleza a nosotras nos vale para ser unas histéricas mal folladas.

Como compañeras no esperamos ser tratadas con más cortesía que el resto de compañeros o con un trato de favor, pero tampoco nos merecemos los intentos de socavar nuestro trabajo por el simple hecho de que ellos tienen una testosterona demasiado elevada como para reconocer que una mujer puede trabajar de igual a igual con un hombre intelectual y físicamente.

No sé vosotras pero a mí me vale con que me dejen trabajar en paz, con que no cambien de tema cuando yo llego porque creen que mis oídos son demasiado sensibles a sus burradas o simplemente que no intenten quedar por encima de mí. Tampoco es mucho pedir.

Yo no tengo que demostrar nada y estoy segura de que muchas mujeres que trabajan codo a codo con varios hombres tampoco sentirían esa necesidad si no fuera porque suele ocurrir que nosotras tengamos que esforzarnos más para conseguir lo mismo que ellos, empezando, no es mi caso, por el sueldo.

A mí me gusta pensar que si tengo un reto es conmigo misma.

Si quiero superar algo son mis limitaciones.

Si quiero mejorar o si quiero valerme sola es porque necesito medir mis propias fuerzas.

El único poder que quiero ostentar es el ser dueña de mis actos, de mis opiniones y de mí misma.

Y esa es la diferencia. Poder para los demás si lo quieren. Empoderamiento para mí.

Realmente si ellos juegan desde niños a medírsela unos con otros (si, suelen competir hasta en eso), o ellas compiten por entrar en una talla 36 y ser un precioso florero, es algo que a muchas nos la puede traer al pairo porque el verdadero poder no es ser dueño de nada ni de la vida de nadie si no ser el dueño de uno mismo y de nuestra propia vida.