Poder y empoderamiento

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Aviso a navegantes; este artículo no os va a gustar y además digo un par de tacos.

 

Al principio, cuando comencé a trabajar con un grupo numeroso de hombres por primera vez, cuando alguien me preguntaba qué tal me iba y si no me daba un poco de corte, mi respuesta solía ser, entre veraz y sarcástica, que muy bien, que trabajar con hombres simplifica mucho las cosas. Pero eso sólo fueron los primeros meses, cuando aún no era más que la nueva y no existía la confianza que se ha ido creando tras unos cuantos años.

Lo cierto es que si en términos prácticos, los hombres suelen ser hábiles para ciertos trabajos que requieran pericia o poderío físico y no suelen irse por las ramas o cuidar los detalles como tenemos tendencia a hacerlo nosotras, en otros son bastante más complicados, y tras mucho pensar, porque en estos años me han dado muchísimo que pensar, me he dado cuenta de que si algo tienen de complicado los hombres es su amor por el poder.

Pero no sólo el poder que se entiende por dominación o por éxito, sino también el poder ostentado y ostentoso sobre todo aquel que se mueva en su órbita por pequeña que ésta pueda ser; desde ser el más rápido, ser el más fuerte, ser el más guapo, ser el más gracioso…o tener; tener más dinero, tener mejor coche, tener mejor ropa, tener mejores herramientas… cada uno elije la parcela de poder que cree que puede dominar según sus cualidades y es lo que le hace sobresalir por encima de la manada.

Algo similar les ocurre a muchas mujeres y con su concepto de aparentar, de poseer, de ser el mejor florero en la vida de alguien. Un concepto tan arraigado y tan patriarcal que ni siquiera nos damos cuenta a no ser que miremos con ojos muy críticos.

Cuando hablamos de poder en el trabajo suele venirme a la mente la imagen de machirulo trajeado que se sienta con las piernas abiertas frente al escritorio, que lanza órdenes y feromonas masculinas a los cuatro vientos, y cuya prepotencia suele parecernos bastante irritante. Pero también está el ejecutivo poquita cosa el cual ostenta poder desde su cerebro y desde la tarjeta de crédito cargo de la empresa.

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Conste que es el personaje de  Joe MacMillan, tipo ejecutivo machirulo de la serie  Halt and Cach Fire. El chico que lo interpreta en realidad es un encanto…

 

La mujer, tradicionalmente apartada de cualquier parcela de potestad que no sea privada, necesita mostrar el poder que no tiene en una parcela pública a través de su influencia en la vida de los demás, en su familia, en la proyección sobre los hijos de sus obsesiones o deseos frustrados, en el poder de una moral intachable que ostenta como divina, o en los chantajes emocionales de amor a cambio de suculentos cocidos y croquetas.

Sea como fuere, ni el más enclenque o desafortunado de los hombres o la más abnegada y sacrificada de las mujeres quiere quedarse sin su parcela privada de poder, ya sea ostentándolo o incluso pegándose al que él pueda considerar poderoso, moviendo los hilos desde la sombra.

Y la cosa comienza a complicarse de verdad cuando resulta que tras tanto machito alfa y tanta mujer abnegada a las tareas de su hogar, la que más poder tiene es una tía de metro y medio que huye de la imagen típicamente femenina… y no porque sea poderosa sobre los demás, si no porque tiene poder sobre sí misma.

Empoderamiento.

A muchas mujeres no nos interesa ese tipo de poder porque nuestra lucha siempre ha sido otra… sacudírnoslo.

¿Qué ocurre si somos nosotras las que somos más rápidas o más hábiles o las que damos las órdenes? ¿Las que no aguantan los aparatosos intentos de estar por encima de nosotras sólo por el hecho de ser hombres? ¿Si no queremos ser un dechado de virtudes, esposas y madres ejemplares?

Leí en un artículo que éramos mejores jefas porque tendemos a ser más comprensivas… lo creo, hemos tenido tantos obstáculos a lo largo de la historia, tantas zancadillas y muros que escalar que podemos tener empatía con el más débil.

Pero también leí que como jefas se nos juzga peor que a los hombres, se nos consienten menos errores y se nos califica mucho más severamente hasta el punto de que lo que para un hombre se considera símbolo de fortaleza a nosotras nos vale para ser unas histéricas mal folladas.

Como compañeras no esperamos ser tratadas con más cortesía que el resto de compañeros o con un trato de favor, pero tampoco nos merecemos los intentos de socavar nuestro trabajo por el simple hecho de que ellos tienen una testosterona demasiado elevada como para reconocer que una mujer puede trabajar de igual a igual con un hombre intelectual y físicamente.

No sé vosotras pero a mí me vale con que me dejen trabajar en paz, con que no cambien de tema cuando yo llego porque creen que mis oídos son demasiado sensibles a sus burradas o simplemente que no intenten quedar por encima de mí. Tampoco es mucho pedir.

Yo no tengo que demostrar nada y estoy segura de que muchas mujeres que trabajan codo a codo con varios hombres tampoco sentirían esa necesidad si no fuera porque suele ocurrir que nosotras tengamos que esforzarnos más para conseguir lo mismo que ellos, empezando, no es mi caso, por el sueldo.

A mí me gusta pensar que si tengo un reto es conmigo misma.

Si quiero superar algo son mis limitaciones.

Si quiero mejorar o si quiero valerme sola es porque necesito medir mis propias fuerzas.

El único poder que quiero ostentar es el ser dueña de mis actos, de mis opiniones y de mí misma.

Y esa es la diferencia. Poder para los demás si lo quieren. Empoderamiento para mí.

Realmente si ellos juegan desde niños a medírsela unos con otros (si, suelen competir hasta en eso), o ellas compiten por entrar en una talla 36 y ser un precioso florero, es algo que a muchas nos la puede traer al pairo porque el verdadero poder no es ser dueño de nada ni de la vida de nadie si no ser el dueño de uno mismo y de nuestra propia vida.

 

 

 

 

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