Aroma de teatro.

nina peña - aroma a teatro - relatos

Lo miró despacio, como si quisiera retener su imagen en la mente de una vez por todas, de forma definitiva, dejarlo clavado en un rincón de su memoria del que no pudiera desprenderse por más tiempo que pasara y por más lugares en que posara la vista.

Siempre tras sus pupilas, siempre en el horizonte de su mirada, siempre en todo momento y lugar. Casi, casi como si fuera una parte de él, o mejor, una parte de su vida.

Fijar la vista en un punto perdido del horizonte y que él estuviera ahí.

Levantar la mirada hacia el cielo limpio de nubes y que él formara parte de ese azul.

Quedarse ensimismada viendo pasar delante de ella los objetos que tenía que retirar y que él estuviera por encima de la cinta transportadora.

Cerrar los ojos y que su rostro, su cuerpo, todo él, fuera lo único que hubiera en el fondo de aquel túnel oscuro.

Él, siempre él.

En todas las cosas y en todos los lugares. En todo momento él.

Lo miraba fijamente en las fotos, reteniendo cada mínimo detalle, cada lunar, cada surco, cada expresión. Y en ese afán, le daba un carácter que puede o no que poseyera pero que ella creía ver y casi podía asegurar que de verdad poseía.

Buscaba su imagen en todos los lugares bellos para verlo posado más allá de cualquier belleza, encumbrándolo, dándole un halo sobrenatural de poder en el que ella lograba sentirse sobrecogida, arrobada, entregada por completo a su adoración.

En los lugares feos y soeces de su día a día, en medio de lo ordinario y de lo bárbaro, su imagen lo dignificaba todo, lo limpiaba de excrementos y de barbarie hasta el punto de dejar de ver todo aquello que, simplemente, no quería ver realmente.

En medio de superficies hostiles, en la bastedad del trabajo, de la dureza del día a día, él aparecía inmaculado, sonriente, intocable por los dedos toscos de la realidad cruel e impertinente que sí la tocaba a ella.

Él era la belleza en un mundo feo.

Él era la perfección en medio de un mundo imperfecto.

La dulzura en medio de lo agrio y áspero.

La bondad y la ternura entre lo hiriente y lo ofensivo de un medio abrupto.

Él, simplemente, lo era todo.

El mundo podía descomponerse poco a poco, deteriorarse y sucumbir, pero si tenía su imagen frente a ella, hasta esa decadencia podía ser bella porque él, con su sola presencia tras el túnel oscuro de sus ojos enamorados, la convertía en magnifica.

Así como los tonos de ciertas flores brillan más y son más intensos si están salpicados de motas blancas, él brillaba por entre todo cuanto ella veía, fuera lo más desagradable o lo más abrupto.

A veces, cuando el dolor de lo ofensivo le mordía la conciencia y la fealdad del mundo que la rodeaba resultaba hiriente hasta límites insospechados que creía no poder soportar, su imagen le ofrecía un halo de luz y belleza, convirtiéndose, de repente, en un ser que está mucho más allá de lo bello, de lo sublime, tal como se convierte en día el punto más oscuro de una noche y comienza a iluminar todas las zonas de tinieblas amenazantes y lúgubres, despejando los miedos.

Podía estar desechando los productos plásticos de la cinta que transportaba por media planta los desperdicios de la ciudad, podía clasificar, sin perder ni un segundo, los envases de entre la basura orgánica, acumular desperdicios en grandes basureros, mancharse sin poder evitarlo, impregnarse del olor fétido que toda la planta de tratamiento de residuos sólidos desprendía y hasta sentirse cómoda en la extraña situación de que su olfato, perturbado, no llegara a oler absolutamente nada.

Se sentía casi privilegiada cuando los compañeros le decían, entre arcadas, que era una mujer con suerte, que su pérdida total de olfato, era una bendición en ese trabajo.

Ella sabía que, así como no podía oler la basura entre la que bregaba día tras día, tampoco podía oler el aroma de las flores, el de los libros nuevos, el del mar, el de la hierba mojada, el sensual aroma del café recién hecho, el de cualquier persona o de cualquier perfume que anunciaban en televisión, y sólo el hecho de no poder oler los desperdicios no le compensaba la perdida de los bellos olores que no recordaba haber olido desde su infancia.

Y no podría olerlo a él.

¿Cómo sería tenerlo cerca? ¿Cómo olería la ciudad en la que vivía, el teatro en el que trabajaba? ¿Cómo olería él mismo cuando salía recién duchado por la puerta trasera del teatro donde firmaba los folletos de la obra o las fotos de algunas de sus películas a las admiradoras que iban a verle?

Sonrió casi sin querer.

En su mente, desde hacía días, imaginaba esa situación.

En el cajón de su mesilla de noche, reposaban los billetes de un vuelo a Londres y las entradas impresas por internet con unas fechas concretas.

No era de extrañar que no pudiera pensar en otra cosa ni en otra persona.

Un sueño hecho realidad.

Un sueño largamente acariciado, mil veces soñado con los ojos abiertos, ansiado en lo más íntimo y recóndito de su corazón, en un lugar donde nadie, salvo ella, tenía acceso.

Él, ocupando todo desde hacía tanto tiempo, que casi ni lograba pensar en otra cosa a medida que se acercaban las fechas de sus vacaciones, de su primer viaje en avión, de su primera visita a Londres, de su primer momento de felicidad real.

nina peña - aroma a teatro - relatos - old vic

Lo primero en que se fijó cuando dejó las maletas en el hotel y salió a las calles de Londres como una turista más, fue en que nadie parecía ver su labio partido y su nariz un tanto deformada. Las operaciones que le hicieran en la infancia para corregir su paladar y que eran las culpables de que, en una negligencia, perdiera el sentido del olfato, no parecían ser vistas por nadie.

Nadie la miraba, nadie se fijaba, nadie la llamó fea ni se rió al cruzarse con ella.

La cirugía había corregido aquellos antiguos fallos, pero solo hasta donde había podido. Había cosas que eran ya irrecuperables.

– No podemos hacer milagros… pero lo intentaremos.- Le había dicho el cirujano plástico poco tiempo atrás.

Y Londres era una ciudad tan llena de promesas que hasta ella misma olvidó todo aquello que la había estado martirizando durante toda su vida.

Poder moverse por sus calles, visitar sus parques, sus museos, recorrer la historia era algo que le hacía olvidar todo el periplo por el que había pasado estos últimos años, y sentada en Hyde Park, entre árboles centenarios y acariciada por la brisa cálida y húmeda del verano londinense, le agradeció a él, mentalmente como siempre, la fuerza que le había dado con su sola presencia desde una foto.

Si no fuera por él jamás se habría propuesto volver a pasar por un quirófano.

Si no fuera por él, en ese momento, estaría encerrada en casa soportando el calor infernal y como vacaciones le habrían pasado todos esos días sin madrugar y sin trabajar, aunque no hubiera vivido realmente ni uno solo de ellos.

Si no fuera por él, jamás se habría atrevido a coger un avión o a visitar un país extraño, a aprender inglés para entender sus palabras o, simplemente, jamás habría pensado que la vida puede ser bella incluso viviendo entre la basura.

Su imagen flotaba entre las calles de Londres.

Veía carteles anunciadores en el metro con su rostro.

Sabía que estaba acercándose a él por el simple hecho de estar pisando la misma tierra, como si presagiara su presencia muy cerca de ella.

Él, llenándolo todo, como siempre, pero en esta ocasión, de forma real, tangible, concreta e intensa.

Unas pocas horas y estaría frente a él, escuchando su voz desde la palestra, interpretando.

nina peña - aroma a teatro - relatos - old vic

Se sentó en una de las butacas de la primera fila.

Poder comprar la entrada por internet con tanta anticipación le había permitido tener ese privilegio.

En uno de los correos que recibió semanas atrás, la producción del teatro le había pedido que sus ropas fueran negras. Iban a grabar la función para poder emitirla desde plataformas digitales y el público debía pasar lo más desapercibido posible. Ella, obediente, parecía ir enlutada salvo por la sonrisa y la expresión expectante de su mirada.

¿Cómo olería el teatro? ¿Qué perfumes tendría entre sus paredes? Había leído que quemaban incienso para que el público entrara en un trance hipnótico y se sumergiera mejor en el espectáculo. ¿Cómo huele el incienso? ¿Cómo olía el perfume que se había comprado para ponerse en esa ocasión? ¿Cómo huele el miedo, el nerviosismo, la ilusión?

¿Cómo huelen los sueños cuando comienzan a hacerse realidad?

¿Cómo huelen los ruidos de tambores, las primeras notas de una música extraña, las notas de intriga y esperanza?

¿Cómo huele el amor cuando se presenta ante ti en una forma que no crees posible?

¿Cómo huele la emoción, las lágrimas de alegría, los latidos de un corazón que va expulsando el perfume que está en la piel del pulso, en las muñecas donde ella ha visto que las mujeres de los anuncios dejan caer unas gotitas leves?

¿Cómo huele la vida entera concentrada en un solo instante?

¿Cómo huele el amor intenso, tan intenso que llega a doler?

20140713162851-sofia-santaclara-puerta

Él frente a ella. Por primera vez.

Y una lágrima rodando por su mejilla concentra todo el dolor de un alma atormentada que nunca ha creído que ese instante de felicidad pudiera existir.

No hay nada ni nadie entre ambos. Solo el vacío de unos metros, el espacio ocupado por la nada, que, sin embargo, lo hace inalcanzable.

Tan cerca y tan lejos.

Podría ponerse en pie, caminar unos pasos y alcanzarlo, tocarlo, abrazarlo. Tan cerca y tan al alcance de sus manos está. Sin embargo, en el plano de su alma y de su pensamiento, verlo en ese escenario lo aparta de ella más que nunca porque hay toda una realidad que los separa y lo vuelve, de repente, más inalcanzable aún que antes.

Es casi indescriptible esa sensación de alegría y tormento. Ni siquiera esa lágrima traicionera que rueda por su mejilla puede expresar la conmoción de su alma, el terremoto de sentimientos y sensaciones que la recorren mientras permanece inmóvil en la butaca, concentrada en las palabras que salen de esos labios con los que lleva años soñando.

Sus ojos lo contemplan y se transforman en dedos que pueden acariciarlo con la mirada.

Está frente a él, tal como ha soñado cientos, miles de veces, paralizada en su asiento, con el corazón latiendo al borde del colapso, con la emoción a flor de piel, con el amor escapando de sus ojos en forma de lágrima solitaria e incomprendida, con todo el dolor del mundo hiriéndola de muerte, sabiéndose vencida, derrotada, rendida no solo ante sus propios y locos sentimientos, sino ante la realidad de su vida.

Él, frente a ella, cumpliendo sin saberlo la promesa en que ella lo convirtió mucho tiempo atrás, transformado en la personificación del amor y de la tragedia, en el símbolo de la rendición absoluta y del amor más profundo, en todo y en nada.

Él, la encarnación de todo aquello que ansía sentir y que nunca sentirá. Él, la alegría y la tristeza, el vacío y la opulencia, el amor y la muerte, todo él.

Él, que con su sola voz convierte en lava su sangre y el frio en fuego.

Que con su sola presencia conjura todos los fantasmas y todos los miedos que lleva años tratando de superar, y que la hace sentir, por una vez, completa.

¿Cómo huele la dicha? ¿Cómo huele un sueño?

Hay un silencio expectante entre dos frases, y ella, en primera fila, nota los ojos grises del amor de su vida fijos en ella. Mirándola sin verla tras la luz de los focos que seguramente lo ciegan.

Un segundo. Un latido. El mundo, el espacio y el tiempo suspendidos en una mirada que no llega a ser mirada, en un gesto inconsciente para él y que para ella es todo.

Sabe que recordará esa mirada todos los días de su vida, que cuando vuelva a la realidad, esos ojos clavados en ella estarán por encima de todo aquello en lo que pose la vista, por encima de la sórdida realidad en la que sobrevive.

Un instante que apenas dura un segundo, algo tan distante como una mirada distraída, puede ser para una persona, un momento cumbre, un instante supremo.

Sabe, piensa para sí, mientras él sigue interpretando la obra, que esa noche es y será la mejor noche de su vida entera, y eso le hace comprender el vacío de todo cuanto la rodea y al que de repente, no quiere volver.

¿Cómo volver? ¿Cómo?

fa4c274a1ba1debe856d6c9899cc8942

Noche tras noche de esa semana ella irá al teatro a verle, se sentará en primera fila, vestida de negro ya no solo por la grabación de la obra sino para pasar desapercibida frente a él.

Noche tras noche escuchara su voz, acariciará su cuerpo, dormirá con su recuerdo y buscará una sonrisa cuando, al terminar la velada, se quede en la puerta trasera del teatro, haciendo cola entre varias personas para que él le firme los folletos de la función.

Buscará sus ojos entre los ojos de la gente que lo rodea, lo verá sobresalir, alto y bello entre tantas personas, recién duchado, con el cabello húmedo y ojos de cansancio pero sonriente, dando las gracias a todos aquellos que lo felicitan por su interpretación.

Se sabe los gestos casi de memoria; se sabe el tono de su voz y la mirada alegre aunque cansada con que recibe pequeños regalos de sus admiradoras, la forma en que toma entre sus dedos el bolígrafo de tinta indeleble con el que firma rápidamente, el modo en que se agacha para salir en las fotos que esa misma noche correrán por internet donde sus admiradoras lo adoran en distintos idiomas, la forma en que camina para subir al coche que lo aleja de ella una vez más.

Sabe que él la ha visto.

Sabe que su presencia ha sido notada por él desde el primer día en que sus ojos la miraron por casualidad, que se ha fijado en que lleva días sentada en primera fila y esperándole en la puerta trasera, consciente de que, aunque le espera cada noche, solo le firmó un folleto la primera vez, que se conforma con mirarle sin decirle nada más, sin querer nada, sin pedirle ni fotos ni más firmas.

Y sabe, perfectamente, que si él ha notado su presencia, si él la mira al salir, mientras firma, mientras posa para una foto con alguien o mientras se dirige hacia el coche, no es porque haya adivinado el amor en sus ojos o porque le extrañe que una persona vaya tantas veces a su representación, sino que es por su labio partido y por su nariz deformada que la convierten en una espectadora difícil de pasar inadvertida, incluso difícil de olvidar.

Noche tras noche de esa semana, recorrerá a pie la distancia que hay entre el teatro y el hotel recordando cada gesto, cada palabra, cada momento. Imaginando situaciones imposibles, palabras que nunca serán dichas, gestos que nunca serán hechos, momentos que jamás se convertirán en reales para ella.

Soñará con él como cada noche, sumergida entre la luz cegadora de las bambalinas en que lo ve y por donde asoma un universo tan vasto y tan distinto al suyo que la tiene deslumbrada. Una zona del mundo y una forma de vida que no por imaginada deja de ser resplandeciente. El glamur de los focos, de las noches intensas, el halo de divinidad que ella misma ha puesto sobre él y que se refleja allá donde mira, la ensoñación de la luz de los reflectores filtrándose entre lo real y lo irreal como una niebla que rodea su figura, desdibujando o perfilando el cuerpo del ser amado que parece estar en un pedestal ante sus ojos enamorados pese a que su mente le dicta que, por momentos, pasa tan cerca de ella que si alargara la mano podría tocarlo.

Una ciudad de leyenda que sobrevive en la historia y que contiene el germen de todo aquello que para ella nunca existirá; amor, intensidad, aventura, belleza, dulzura.

Noche tras noche, en el vacío de una cama mercenaria, se sentirá sola ante el infinito y se rendirá ante la evidencia de todo aquello que nunca jamás podrá tener.

No es solo que su amor sea un hombre inalcanzable y prohibido, sino que además, es un hombre que le ha mostrado todo aquello que nunca será.

Dejará su alma en aquel escenario y en aquella puerta donde cada noche de una semana lo ha podido ver y volverá a la rutina de su vida aunque no pueda imaginarse ya en ella.

Un último día en que él parece haberle dedicado una sonrisa especial al verla, aún asomándose entre la puerta blanca y encontrándola sin problemas entre el nutrido grupo de personas que se amontonan frente a él. Creyó, al imaginar ese momento, que no encontraría el valor suficiente como para acercarse de nuevo a él tal como lo hizo el primer día al pedir ese único autógrafo y esa única foto que atesoraría el resto de sus días, pero lo encontró, y se acercó de nuevo a él y su voz, entrecortada y temblorosa, en un inglés balbuceante y nuevo que surgía de su garganta por primera vez pudo decirle gracias.

Unas gracias que eran como tantas y tantas que podían decirle muy a menudo, pero que para ella eran mucho más.

Gracias por estar, por ser, por lo que me haces sentir, por lograr que me sienta viva, por enseñarme el valor de los sueños, por mostrarme la belleza de un mundo que se empeña en ocultármela, por la intensidad de cada instante, por la brevedad de un suspiro, por la ensoñación de cada noche, por darme tanto arte en medio de una vida tan fea, por regalarme esta sonrisa en medio de tantas lágrimas, por hacer del mundo un lugar mejor solo con tu presencia, por darme esperanza y valor, por haberme hecho, sin tú saberlo, feliz. Gracias

– No. Gracias a ti por venir cada noche. – Fue su respuesta.

Y su voz sonó, por un instante, a música y hasta sus ojos llegaron unas lágrimas que no había forma de ocultar porque con ellas, volvieron los aromas extraviados de la niñez, el de la brisa del mar, el de los libros nuevos, el de la hierba mojada, el del café recién hecho, el del perfume de su madre, el del viento entre los pinos, y olió, por primera y única vez, el perfume del amor y del teatro en una voz que resonaría en su mente todos y cada uno de los días oscuros que estaban por venir y que traería los aromas perdidos y olvidados de una vida que no pudo ser.

c8872c650a9362a367f55b687f158326

 
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s