Palabras que sanan. Introducción

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Hace tan solo unos meses, mientras escribía una de mis novelas, me di cuenta de que estaba completamente bloqueada.

Eso es uno de los dos traumas más grandes para cualquier autor. El famosísimo bloqueo. Al mismo tiempo mi cabeza bullía en argumentos, en vivencias, en personajes para un nuevo libro que, por supuesto, aún no está escrito, pero que ya tomaba forma.

Segundo trauma, el también famoso reto del folio en blanco.

Tenía un mes entero de tiempo por delante ya que estaba convaleciente de un pequeño accidente doméstico, con lo cual, me frotaba las manos ante el tiempo extra para escribir y para seguir documentándome con vistas al libro.

No exagero si os cuento que llevo casi dos años documentándome para él, viendo reportajes, leyendo, estudiando, viendo documentales en Youtube, asistiendo a conferencias…

Sin embargo, ante tanto tiempo y con cinco capítulos ya escritos comencé a darme cuenta de que lo estaba haciendo mal, algo no funcionaba y lo peor de todo era que no sabía qué.

El mes se pasó volando entre médicos, partes de baja, más documentales y más lecturas. Me forzaba a escribir pero las palabras no me salían.

Lo aconsejable en estos casos, según dicen es tomar distancia, ver el libro con perspectiva, desde otro ángulo o punto de vista, cambiar el narrador o simplemente, dejarlo reposar. Ocuparte de otras cosas y volver al libro tras un tiempo de distancia.

Nada funcionó.

La frustración era un sentimiento que me ocupaba por entero.

¿Cómo podía haber echado un mes de tiempo libre a la basura de esa forma tan improductiva?

La desesperación, y os juro que la sensación es desesperante, me llevó a escribir un email a dos de mis amigas que siempre me ayudan en los textos, mis correctoras y consejeras, pidiéndoles auxilio.

Les conté lo que me ocurría, la sensación de frustración que no podía quitarme de encima, los fallos que yo creía que tenía el libro, lo que quería hacer, lo que quería contar, lo que me preocupaba contar ante todo… les mandé el manuscrito de los cinco escasos capítulos que tenia escritos y en cuanto envié el correo se hizo la luz.

Al escribirles a ellas me di cuenta de dónde estaba el fallo y era una simple muda temporal.

Quizá soy de ese tipo de personas que necesita verlo todo por escrito para conocerse mejor o para recapacitar, pero lo cierto es que escribirles me resultó terapéutico.

Esa idea, la de escribir para sacar todo lo que una lleva dentro, se me quedó en la cabeza. Me resultaba extraño, a mí, que tanto utilizo las palabras, que el simple hecho de poner ms pensamientos por escrito me hubiera ayudado tanto y de una forma tan inesperada.

Para mi escribir es un modo de comunicar, de contar aquello que me interesa y que creo que debe ser contado, pero la idea de comunicarme conmigo misma fue un descubrimiento.

O más bien redescubrimiento.

De pequeña (y no tan pequeña) llevaba un diario con mis vivencias en el que hablaba de mis sentimientos, de mis sueños y de todas aquellas cosas que son importantes a esa edad. Al crecer, dejé de hacerlo. Dejé de escribir diarios porque me parecía algo infantil, pueril quizá, intranscendente.

No sé si mi sueño de ser escritora viene de escribir aquellos diarios o si bien los diarios ya eran una forma de vocación temprana de autora.

Sea como fuere, al crecer y mantener ese sueño de escribir, de publicar libros, de comunicarme, dejé de darle importancia a la intimidad y comencé a dejarme llevar por la vanidad y el ego, como la mayoría de autores.

Este hecho de sentirme bloqueada, de tener el reto de comenzar algo nuevo desechando aquello que creía que estaba mal junto al hecho de comenzar a publicar mis primeras novelas, me ha hecho plantearme varias cuestiones.

¿Por qué escribo? ¿Para qué quiero ser escritora?

Me di cuenta de que escribir es un acto de comunicación pero también de conocimiento propio.

Al escribir reflejamos nuestras vivencias, nuestros sueños, nuestros ideales, nuestra forma de ser. No podemos tomar una distancia total de la trama o de los personajes, siempre hay una impronta nuestra en cada una de las obras que acometemos. Y al mismo tiempo, verme privada de ese fluir de palabras y recuperarlo, me hizo pensar que la escritura tiene bastante más de terapéutico que el simple hecho de escribir.

Comencé a indagar en el tema, en cómo las palabras tienen vida propia y significados ocultos que nosotros podemos ir desentrañando al juntarlas para contar una historia, un relato, un cuento.

Me di cuenta también de que debía abandonar mi ego, comenzar a ser aquello que de verdad quiero ser sin imposiciones y sin obligaciones. He revisado mi vocabulario para separar la palabra ventas de la palabra éxito o la palabra reconocimiento de la palabra superación, y también sé que en ese aprendizaje, en esos momentos en que escribía pensando que jamás vería mis libros publicados, he ido creciendo como persona.

La palabra está viva solo cuando sirve para comunicar.

El mundo está lleno de palabras huecas que no dicen nada y que todo el mundo escucha.

Las estanterías están llenas de un conocimiento que va más allá de lo pedagógico o lo académico, y también de cientos de libros que nos pueden entretener pero que no nos dejarán un poso, una emoción, porque están escritos solo para tener resultados de ventas y a los que se les olvidó poner el alma en ellos.

A veces las historias más simples son las más profundas.

A veces las más complejas se quedan en la superficie.

En ciertas ocasiones los que hablan son los espacios en blanco y las entrelíneas y los personajes, que tienen un diálogo propio, no dicen absolutamente nada.

No es fácil entender estos conceptos y menos aún aplicarlos a una novela porque quizá la acción del libro debe continuar siempre.

Muchas veces un libro, una historia, solo nos entretiene y eso ya es mucho, de hecho, puede ser muy difícil lograrlo.

A mí, tras esta experiencia, se me ocurrió recopilar todo aquello que fui buscando y encontrando en mis indagaciones, reunir mis propias conclusiones y contároslo en un libro sencillo de próxima publicación, una especie de cuaderno donde la palabra es la protagonista absoluta y la acción es ese viaje interior que podemos emprender si decidimos escribir para que las palabras nos sanen, para que nos ayuden a comprendernos y a dar luz a aquellos rincones oscuros de nuestra alma o de nuestro inconsciente.

No me cabe duda de que la palabra sana, y no me refiero al bíblico “Lázaro ¡levántate y anda!” pero al mismo tiempo puede ser algo similar. Siéntate y escribe.

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Puedes encontrar este libro en;

https://www.amazon.es/dp/B06XK27SP7/ref=sr_1_3?s=books&ie=UTF8&qid=1489356375&sr=1-3&keywords=palabras+que+sanan

 

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3 comentarios en “Palabras que sanan. Introducción

  1. Qué buena tu entrada. Sin dudas coincido.
    Lo que a mí me ha funcionado desde hace años, y tiene que ver con lo que cuentas, es el hábito de “las páginas de la mañana” (que propone Julia Cameron), y hace años no dejo pasar un día sin hacer escritura libre apenas me levanto. Allí es donde uno se encuentra a sí mismo. Y creer o reventar, pero jamás (hasta ahora) he tenido el mal de la página en blanco, o que me falten ideas, o interrumpir mis novelas (que aún no publico). Escribir una novela es un trabajo intenso, y merece tanto amor a uno mismo como a los personajes. Eso aprendí: que cuanto más escribía sobre mí, más vida propia adquirían mis personajes, y hoy son ellos los me dan letra; no soy yo quien los manipula. Por eso no hay manera de quedarme “en blanco”, o sufrir atascos. Es la mejor técnica que he aprendido, y me sirve para todo (no sólo para la escritura).
    Mucho éxito con tu libro, gracias por compartir tu experiencia.

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