1º de Mayo. Aún reivindicando derechos.

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Hoy es el día del trabajo, el 1º de Mayo, y como cada año, los curritos de este país y de muchos, salimos a la calle para reivindicar los derechos laborales que nos corresponden y que, con la excusa de la crisis, hemos ido perdiendo.

Mi pregunta es por qué a estas alturas del s. XXI tenemos que seguir reclamando derechos como si fuéramos los obreros textiles de la Revolución industrial, por qué tenemos que seguir peleando por un trabajo y salario dignos…

Los que tenemos un trabajo, que somos la inmensa mayoría, no siempre somos conscientes de a qué clase social nos empuja ese trabajo realizado y no siempre somos conscientes de que, en el fondo, pertenecemos a ella.

Podemos mirar a otros países (suelen ser nórdicos) en que la clase trabajadora tiene cubiertos esos derechos y buscar las diferencias entre ellos y nosotros; horarios, conciliación familiar, sueldos, condiciones: y la pregunta sigue siendo la misma aquí y ahora.

Si tenemos necesidad de reclamar ciertos derechos es porque se nos priva de ellos, ¿cierto? ¿y por qué?

En mi vida laboral he conocido a varios empresarios, unos más implicados que otros con el tema, unas más grandes o medianas empresas o simplemente que cumplían con lo acordado en los convenios.

Hace algunos años conocí y trabajé por una corta temporada para un señor, por decirlo elegantemente, que no pertenecía a ninguna clasificación anterior y al mismo tiempo era empresario… por decirlo también de forma elegante.

Este señor me dio la clave de la que aún no me he podido desprender; conciencia de clase.

Los curritos de este país y creo que de muchos, no tenemos conciencia de clase porque, simplemente, no queremos pertenecer a esta clase y francamente, no hay nada más patético que no saber el lugar del mundo que ocupas.

Es imprescindible para cualquier persona tener aspiraciones, querer mejorar y querer alcanzar metas, pero no hay que perder de vista el suelo en el que te estás apoyando y desde el que tienes que tomar ese impulso.

Así, con esa falta de concienciación, nos encontramos con los típicos palmeros, con los pelotas, con los trepas, con los obreros que votan políticas neoliberales, con los caciques, con los ignorantes y los presuntuosos, con los explotadores, con los cínicos… con personajes variopintos que a un lado u otro del mercado laboral van mermando la fuerza de la reivindicación y que explotan las necesidades de unos para lograr fines distintos.

Aquí estamos acostumbrados a eso, al amiguismo, al “qué hay de lo mío”, al “lo tomas o lo dejas porque como tú hay miles en la cola del paro”. No nos hemos desprendido del caciquismo en donde una sola persona detenta un poder enorme en varias esferas sociales ni nos hemos desprendido tampoco de creer que votando a los que tienen dinero nos va a ir mejor porque son ellos los que nos dan trabajo o bien usamos inconscientemente el llamado voto aspiracional que nos lleva a creer que votándoles somos sus iguales.

Ellos tienen clara esa conciencia de clase que nosotros hemos perdido. Nadie quiere ser de clase obrera, está mal visto.

Que tras tantos años tengamos que seguir pidiendo derechos y lo peor, que sigan sin ser reconocidos, solo puede obedecer a un largo plan de adoctrinamiento que comienza por los colegios, sigue en las universidades y se confirma cuando comienzas a trabajar.

Tanto si eres empresario como de clase obrera, no reconocer esos derechos se debe a que no te han dejado pensar, no te han educado para hacerlo, no se ha despertado en ti el espíritu crítico tan necesario como para tomar decisiones por ti mismo, por encima de las ideologías de las clases sociales y de los prejuicios que venimos arrastrando desde tiempos inmemorables.

La educación es la base de toda la sociedad, y sin ella o con una educación que adoctrina en filosofías de vida muy concretas y que te marca una línea clara a seguir, no avanzamos, no progresamos.

Un empresario no debe cuestionar los derechos de sus trabajadores ni creer que él está por encima de ellos. Un trabajador no debe conformarse con las migajas del mercado laboral y debe ser consciente de su puesto de trabajo y su valía profesional.

Una persona que, posiblemente, tenga una carrera universitaria y varios masters y que está arriesgando su dinero y su patrimonio, obviamente ha de tener beneficios mayores que aquel que solo cumple un trámite de ocho horas laborales, pero este beneficio no debe ni puede ser a costa de recortar derechos y salarios sino gracias a una estrategia de mercado que le permita optimizar sus recursos.

No se puede recortar en derechos para obtener privilegios.

La base: la educación y el respeto.

Todos estamos en ese mercado, desde una posición u otra y nos necesitamos mutuamente. Pero ante todo somos personas que si trabajamos es para cubrir nuestras necesidades básicas y conseguir ese estado de bienestar en el que es posible crecer y desarrollarse como individuo y como parte de la sociedad a cualquier nivel.

Que hoy, en el año 2017, se trabaje por un sueldo mísero que no nos permite cubrir nada de eso es realmente espeluznante y demuestra que no progresamos en absoluto, sino más bien, seguimos en punto donde nuestros abuelos estaban a mediados del s. XIX.

Doscientos años después de la revolución industrial la lucha debe continuar. Qué remedio.

Aquellas clases privilegiadas que ostentaban tal poder que condenaban a la clase obrera a la más absoluta pobreza siguen encastilladas en lo suyo; solo hay que ver los poderes de las multinacionales y de los gobiernos que aplican políticas neoliberales en donde ya ni el propio estado tiene fuerza para lucha por la igualdad que promete en su constitución, abocándose a un suicidio en donde pierde hasta el poder legislativo (art.135 de la Constitución) en favor de leyes impuestas por mercados económicos superiores como por ejemplo el europeo.

Nosotros seguimos haciendo uso del derecho a la pataleta hasta que alguna ley también nos lo impida.

Al final va a ser cierto aquello de que “quien paga, manda” pero lo peor es que quienes mandan son otros mientras que quienes pagamos somos los de siempre.

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