Seis poemas de Gloria Fuertes que no son para niños.

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En los bosques de Pennsylvania

Cuando un árbol gigante se suicida,

harto de estar ya seco y no dar pájaros,

sin esperar al hombre que le tale,

sin esperar al viento,

lanza su última música sin hojas

sinfónica explosión donde hubo nidos,

crujen todos sus huecos de madera,

caen dos gotas de savia todavía

cuando estalla su tallo por el aire,

ruedan sus toneladas por el monte,

lloran los lobos y los ciervos tiemblan,

van a su encuentro las ardillas todas,

presintiendo que es algo de belleza que muere.

 

Nací para poeta o para muerto.

Nací para poeta o para muerto,
escogí lo difícil
—supervivo de todos los naufragios—,
y sigo con mis versos,
vivita y coleando.

Nací para puta o payaso,
escogí lo difícil
—hacer reír a los clientes desahuciados—,
y sigo con mis trucos,
sacando una paloma del refajo.

Nací para nada o soldado,
y escogí lo difícil
—no ser apenas nada en el tablado—,
y sigo entre fusiles y pistolas
sin mancharme las manos.

 

Al borde

Soy alta;
en la guerra
llegué a pesar cuarenta kilos.

He estado al borde de la tuberculosis,
al borde de la cárcel,
al borde de la amistad,
al borde del arte,
al borde del suicidio,
al borde de la misericordia,
al borde de la envidia,
al borde de la fama,
al borde del amor,
al borde de la playa,
y, poco a poco, me fue dando sueño,
y aquí estoy durmiendo al borde,
al borde de despertar.

 

Amor que libera.

Ya no soy la niña amarga
que tenía un mar de llanto
y alta ortiga por el alma.

Ya no soy la niña enferma
que al oír risas lloraba,
ya salí del solitario
bosque que me acorralaba.

Ahora soy la niña verde,
porque floreció mi calma.
Ya no soy la loca triste,
ya no soy la niña blanca,
nuevo amor ha traspasado
con el nardo de su lanza
mi corazón, que ahora tiene
un nombre de menta y ámbar.

¡Ay cuánta sonrisa noto
que trepa por mis espaldas!
¡Qué brillo tienen mis ojos
viudos de siete mil lágrimas!
La vida me sabe a verso
y los besos a manzana.

El monte arregla sus pinos,
por las rocas el mar baila.
El amor danza en mi pecho.
¡Ya me quiere! ¡Ya me aguarda!

Ya no soy la loca triste,
que al oír risas gritaba,
ahora soy la niña dulce,
ya no soy mujer amarga.

 

Siempre con los colores a cuestas

No olvido cuando rojos y negros
Corríamos delante de los grises
Poniéndoles verdes.
Cuando rojos y verdes
Temblábamos bajo los azules (de camisa)
Bordada en rojo ayer.
Asco color marrón
Que siempre huele a pólvora.
Páginas amarillas leo hoy
Para encontrar a un fontanero
Que no me clave.
Siempre con los colores a cuestas.
Siempre con los colores en la cara
Por la vergüenza de ser honesta.
Siempre con los colores en danza.
Azul contra rojo
Negro contra marrón
Como si uno fuera Dalí o Miró.

 

 

Ya ves qué tontería,

me gusta escribir tu nombre,

llenar papeles con tu nombre,

llenar el aire con tu nombre;

decir a los niños tu nombre,

escribir a mi padre muerto y

y contarle que te llamas así.

Me creo que siempre que lo digo me oyes.

Me creo que da buena suerte:

voy por las calles tan contenta

y no llevo encima nada más que tu nombre.

 

 

Los cabellos de tu sexo,

los caballos de tu sexo galopando,

galopando por las ensortijadas crines del bosque.

Mis versos se perdieron en tu pelo,

entre tus dedos olvidé mi sortija,

entre tu espalda mí sonrisa

y mi ayer se extravió

en el laberinto de tu mañana.

Como un tigre-pájaro,

mañana de mañana saltaré del lecho,

y marcaré tu número

para decirte gracias, ven pronto y todo eso

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