Cap.28 Rosa de los vientos.

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Capítulo 28

Hay en mí un miedo ancestral e íntimo, un miedo que roza lo irreal y lo inverosímil y que, sin embargo, contiene el germen mismo de la veracidad, de lo posible, de lo efectivo y concreto, un miedo que no logro alejar por completo, que continúa agazapado en mi interior aun cuando todo parece ir bien, aun cuando parece muy poco probable que los designios de infortunio tengan que cumplirse con la eficacia y crueldad, con la puntualidad exacta y minuciosa con la que siempre llegan.

Hay un espacio para el dolor casi tan grande como para la dicha, ocupando ambos un mismo lugar en mí sin apenas diferenciación. Lo que me duele es casi idéntico a lo que me produce gozo, cómo si ambas sensaciones partieran del mismo lugar, y cuando el goce es excesivo tiendo a esperar el dolor como consecuencia de una hipertrofia del hueco en el que habitan ambos, unidos como las dos caras de una misma moneda, de un mismo órgano, de una misma pieza.

Te miro dormir a mi lado entre las brumas del sueño y me pregunto cómo vas a dolerme tú, que tienes tanto o más miedo que yo, que sientes tanto o más dolor que yo, pero que tienes también más capacidad que yo para la dicha hasta el punto de no tener rencor ni aversión al sentimiento que te ha hecho caer estrepitosamente meses atrás y que eres capaz de recuperar para mí como si yo lo mereciera o lo necesitara.

Te miro en el silencio de la noche mientras todo está en calma, las luces apagadas, las cortinas echadas sobre las persianas que dejan entrar laminada la luz de la luna y de la farola de tu jardín.

No hay una luz amarillenta de despertador en tu cuarto ni números digitales, no hay nada que me indique cuánto rato he estado dormido junto a ti, abrazándote, recuperándome despacio para poder verte fuera de los sueños, para poder recordarte ahora que aún no me he ido, aceptando en mi conciencia de recién despierto que estás a mi lado, desnuda y pequeña, vestida tan solo con el nudo celta en tu cuello que se clava en medio del hueco de tus clavículas y con mi deseo, vestida tan solo de reposo y tregua, con tu tatuaje de la rosa de los vientos en un lado de tu cadera justo en el lugar donde se clavaban mis dedos al sujetarte debajo de mí, vestida tan solo con mi mirada que no se cree estar viéndote desnuda y abandonada a ella.

Amparada por ella.

Cómo vas a dolerme, cómo va a ser hundirme por ti ahora que ya sé cómo es hundirme en ti.

Qué mirada me amparará a mí el día que tú te vayas, con qué ojos miraré todo esto que estamos compartiendo y que nos ha unido cuando ya creíamos imposible que algo así sucediera, cómo va a ser el instante en que comiences a dolerme de verdad. Llevas doliéndome desde que te conocí en algún lugar donde el dolor se confunde con el deleite de sentir dolor, así que cómo será el día en que ya no quede ni un gramo de placer o de dicha y solo me dejes la sensación de tormento y desconsuelo más absoluto e infinito, cómo será el día en que comience a sentir solo el dolor y no el voluptuoso sufrimiento que amarte me produce.

Repaso con un dedo el contorno suave de tu mandíbula y pareces sonreír, acerco mi rostro al tuyo para sentir tu respiración cerca de mi boca y esa cercanía ya es de por sí un pozo de dolor.

Te despertaría si me atreviera y volvería a comenzar el arduo trabajo de amarte sin medir las consecuencias en tu cuerpo o en el mío, tan célibes durante tantos meses, tan voluptuosos momentos atrás, tan castigados por el agotamiento y la novedad, por la responsabilidad que ha significado descifrarnos en los gestos, entender las palabras apenas dichas, adivinarnos los puntos erógenos de cada uno, reconocer las señales del placer laboriosa y delicadamente, concentrándonos en el conocimiento nuevo de nosotros mismos y olvidando que nuestros cuerpos son exactamente igual que otros cuerpos y que pueden movernos los mismos resortes o las mismas prácticas, como si la novedad fuera completamente nueva de verdad, diferente a cualquier cosa que hayamos podido hacer o decir antes.

Repaso tus cabellos sobre la almohada sin llegar a verlos del todo en la penumbra que nos aísla y nos protege del resto del mundo, pero puedo imaginarlos, tocarlos, olerlos, con ese aroma a montaña, vainilla y viento, que siempre se desprende de ti tras una ducha.

Puedo imaginarte de nuevo y repasar mentalmente cada una de las palabras que has dicho, los gestos que has hecho, las caricias que me has prodigado, puedo recordar tu risa tan conveniente y necesaria, tan aliviadora de mis nervios y mi miedo al decirme que poner una alfombra delante de la chimenea había sido la mejor idea de tu vida, el color a cera de tu piel que centelleaba con las llamas, tus gemidos confundiéndose con el crepitar del fuego y tú y yo abrazados, desnudos, casi sin aliento, tan típico y hollywoodiense que nos dio la risa y subimos a la cama con un gesto de rectificación y disculpa que encerraba en secreto el anhelo guardado durante tanto tiempo, que verificaba las ganas de continuar, la satisfacción completa aún lejos de nosotros y con toda una noche por delante para lograrla, sin prisas, sin poder pararnos en un tal vez más conveniente y cortés principio, sin tener siquiera la peregrina idea de dejarlo en ese instante en que nos podríamos haber puesto a salvo de la pasión y convertir un acto único en un único acto.

No era suficiente.

Luego ya no reímos más, ya no nos dimos más tiempo para la risa ni para la conversación, ya no quisimos perder más tiempo en algo que era lo único que habíamos hecho tú y yo hasta entonces.

Sigue sin ser suficiente ahora.

Intento captar los detalles de algo que apenas me había atrevido a soñar pero que esperaba e imaginaba en lo más profundo, en ese lugar en que los secretos son inconfesables hasta para uno mismo, intento recordarte en cada segundo, en cada instante, apenas te he visto, apenas hay luz, apenas he podido retener lo suficiente las imágenes de ti que no quiero olvidar ni que se volatilicen con la llegada del día, quiero apresarlas porque no sé qué va a pasar cuando te despiertes y me veas, cuando decidas qué hacer con esta noche y conmigo, el dolor de verte tan cerca y al mismo tiempo tan lejos me acecha, la posibilidad de que volvamos a la lejanía de antes ya me está lacerando por dentro, lastimándome y dejándome vulnerable como muy pocas veces he sido.

Ese miedo mezclado con atrevimiento, la audacia de quien se sabe vencido y ya no tiene nada que perder me hace besarte, abandonar los mechones de tu pelo para bajar por tu piel.

De repente quiero despertarte pero mi intrepidez no llega a tanto, temo tu reacción, tal vez me he acostumbrado a temer la reacción de las mujeres que me importan así como creo que soy incapaz de abandonar el lecho en que duerme mi amante, la que de verdad es amada por mí.

Una antigua sensación de que puedes desaparecer me invade poco a poco, como si estuvieras aquí por un sortilegio que puede esfumarse por arte de magia, un inmemorial miedo a que de repente no estés, a que te vayas, a que de improviso quieras que me aleje de ti y veas esto como un error me deja sumido en la miseria mientras te veo aún dormida, más deseable si cabe que la vez anterior en que te vi dormir, mucho más deseable ahora que ya conozco tu cuerpo y no intentas ocultármelo con nada, ni con la sábana ni con el edredón ni con una posición de reserva o distancia, te revuelves en mis brazos, suspiras y sigues durmiendo sin tener ni la más remota idea de todo lo que se ha obrado en mí con tu gesto, del remolino de sensaciones que has provocado o del deseo que has despertado.

Quiero despertarte para volver a empezar, para echar los restos, para quemar mis naves, para arriesgarme del todo, para ganar o perder, pero el miedo me atenaza y me conformo con abrazarte, con sentir el dolor intenso de la dulcísima tortura que es estar así contigo, en la incertidumbre de lo que nos hemos convertido, en la esperanza de lo que podemos llegar a ser.

Quiero despertarte porque tu cuerpo lánguidamente dormido, abandonado junto al mío en un ancestral gesto de renuncia soberana de ti, de entrega voluntaria, me enaltece y me encumbra, te dejas abrazar, te dejas besar, giras hacía mí tu cara como si en sueños fueras consciente de que estoy a tu lado y me sonríes, dices mi nombre y me elevas, me rindes, me das permiso para hacer lo que ya llevo tanto rato pensando, abres las piernas sin abrir aún los ojos, aceptas mi mano y mi boca en tus labios, suspiras, vuelves a nombrarme y siento como si solo tú en ese gesto me dieras un lugar en el mundo, como si solo existiera porque tú me has nombrado.

Qué miedo a que lo nombraras a él, qué miedo a tu arrepentimiento, qué miedo a tus recuerdos, qué horror pensar que todo se podía esfumar con las primeras luces y que ni siquiera pudiera conservar tu amistad después de haber cruzado esta línea de fuego, qué pánico a que me compares, a no estar a la altura de él, a que no quisieras volver a comenzar lo que dejamos aparcado hace unas horas o a que de repente se perdiera esa confianza de viejos amantes que hemos alcanzado en nuestra primera noche, a que te levantaras y no supieras cómo decirme que me fuera, a que a partir de mañana me esquivaras y me alejaras de ti, pero abres las piernas y me besas mientras te acaricio con un solo dedo, murmuras una frase extraña, “dame uno de tus dedos y levantaré el mundo” me dices, como si yo supiera o entendiera de dónde te ha venido la inspiración para decirme eso en un momento así, suspiras junto a mi boca y noto tus manos buscándome en la cálida oscuridad del edredón, encontrándome sin problemas, tan evidente yo, tan elemental y primitivo en mis impulsos.

Recuerdo el poema que hemos leído juntos muriéndonos de vergüenza y deseo, el poema culpable de que esto haya pasado, “invadirla hasta la muerte y decirle que la amas mientras te deslizas por sus caderas”, y te digo que te amo mientras me deslizo por tus caderas hasta acoplarme a ti, hasta invadirte por completo como si tu cuerpo fuera un reino que conquistar, un territorio del que tomo posesión clavando el mástil de mi bandera en su tierra con un quejido que sale de tu garganta tal como saldría de la profundidad y las entrañas del mundo, un quejido que tiene algo de seísmo y convulsión, algo de muerte, un estremecimiento que sale de tu boca y en el aire de la habitación se junta con el mío, un grito de conmoción provocado por la sacudida interior que intento disimular para no perder el control de mí mismo.

Me deslizo en ti muy suavemente y no es suficiente.

Hay algo de victoria y rendición en la forma en que me muevo sobre ti, como si hubiera vencido mis miedos y mis presagios de ruina, como si tú los hubieras hecho desaparecer con una frase que no sé de dónde has sacado, con un gemido que me ha aceptado de nuevo, con el simple hecho de haberme nombrado y haberme besado mientras abrías las piernas para mí convirtiéndote toda tú en certeza y fe, como si despejaras todas mis dudas y mis incertidumbres con la realidad y la autenticidad del deseo que me muestras, con la lúbrica codicia de mí que revelas tan impunemente.

Hay algo de victoria y rendición pero eres tú quien gana, quien ha ganado, yo quien se rinde. Mis miedos siguen agazapados en mí, en lo más profundo, y ahora parecen calmados ante la furia, pero no he sido yo quien ha librado la batalla y los ha vencido, sino tú.

Aún no amanece siquiera y ya estamos despiertos del todo, completamente conscientes y desvelados para lo que pueda quedar de noche, recuperando con movimientos las poquísimas horas de quietud que hemos tenido esta noche.

Sigue sin ser suficiente ahora, cuando estoy aún dentro de ti, “imposible no caer en ti como la lluvia, no asirme a ti como la hiedra”, imposible no morir un poco entre tus brazos y tus piernas, imposible no observarte con un detenimiento que tiene algo de asombro, de vértigo, imposible no querer ver la respuesta que me das con un leve asomo de satisfacción íntima que en el fondo me recrimino mentalmente y que me sume en una vergüenza un tanto pueril, imposible que sea suficiente, sé a ciencia cierta que nunca voy a tener suficiente de ti, imposible que tanto amor quepa en una sola noche y en un solo cuerpo, imposible que pueda amarte de esta forma de la que nunca me creí capaz, imposible que esto esté sucediendo, imposible que tú aún tengas más para darme y más capacidad para recibirme, imposible pensar que hemos estado a un solo paso, a una sola decisión de que esto jamás hubiera ocurrido.

Mañana seguirá sin ser suficiente.

Mañana, hoy, dentro de unas escasas horas o tal vez minutos, cuando el sol nos sorprenda aún en esta cama, cuando no vayamos a tomar el café de costumbre, cuando mi padre se levante y vea que no he dormido en mi casa, sino en la tuya, cuando permanezcamos abrazados hasta que el sueño reparador renueve nuestras fuerzas y podamos vernos con claridad.

Déjame que siga durmiendo un instante más, no te levantes antes que yo ni prepares el desayuno ni te vayas de mi lado un segundo para hacer café o para ir al baño, quédate conmigo sin repetir los gestos que hiciste con él.

        No me permitas tampoco que sea yo quien lo haga, quien me levante para agradecerte esta noche con un gesto de cortesía tan infame como un desayuno para dos y muestre una familiaridad impertinente de colonizador de territorios que toma posesión de lo que no es suyo, impídeme que repita los gestos que hice con ella, impídeme que caiga en los mismos errores del pasado, deja que me invente para ti en ese preciso instante, déjame aparecer nuevo ante tus ojos, renacido de entre tus manos, ungido de entre tus piernas.

Solo mírame y dime que no te arrepientes de nada, mírame y sonríe como has hecho hace tan solo un instante, di mi nombre y sabré que me aceptas en tu vida, sabré que todo mi miedo no era más que miedo a perderte.

 

Puedes encontrar mi libro en formato papel en la web de ACEN o pregunta en tu librería favorita.

https://aceneditorial.es/libro/rosa-los-vientos/

 

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