A patadas con el diccionario.

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En estos días de turbulencias y palabras gruesas dichas por personas que hasta hace poco permanecían calladitas y expectantes, o que solo se indignaban con los resultados de partidos de fútbol o por las polémicas de Gran Hermano, de repente, el ultraje al diccionario y con ello los nuevos significados, nos sorprenden a más de uno.

A más de uno que tratamos de decir las cosas por su nombre y no caer en despoblado.

La palabra Sedición, Golpistas, Represión, Patria o Fascista nos han atacado con nocturnidad y alevosía, y en concreto la última que he leído esta misma mañana y que ya me ha indignado por completo: Represaliados.

Yo que, inocente de mí, llevo dos añitos documentando un libro y que trato de no usar el él todas esa palabras que pertenecen a un pasado que, por desgracia, nos sigue perteneciendo y que está más presente que nunca, no puedo evitar rasgarme las vestiduras ante el uso fraudulento que se está haciendo del diccionario, al que llevan a patadas desde hace tanto tiempo  que ya nos parece normal, (RAE, nunca os perdonaré lo de papichulo).

La gente se acusan unos a otros de fascista sin tener ni zorra idea de lo que es en realidad el fascismo, y así, de esa manera nos vemos a personas de derechas acusando de ser fascistas a los de izquierdas, como si los de izquierdas no tuviéramos bastante con nuestros propios monstruos para además cargar con los suyos.

Al bueno de Serrat se han atrevido a decirle fascista en la cara, a él, que se ha partido la misma, luchando por la democracia en la época en que esta no existía y te salía caro de verdad alzar la voz.

Se acusa de sedición a gente que hace exactamente lo mismo que otros hicieron en otras manifestaciones públicas en donde no pasó nada.  A ver; la sedición es un alzamiento colectivo y violento contra la autoridad y el orden público, por tanto los movimientos del 15 M en Madrid o las revueltas de los 80 con el “cojo manteca” rompiendo semáforos con la muleta, por ejemplo, donde a nadie se le ocurrió detener a nadie ni acusar a nadie de sedición, también estarían incluidos.

Se habla de golpistas y quienes lo dicen son muchos de aquellos que se asustaron de verdad allá por el 81 y hoy, que ya ni se acuerdan de aquel dolor repentino de barriga y creyendo que su causa es la justa,  vitorean a la Guardia Civil con gritos de “a por ellos” como si estuvieran en un partido de fútbol.

Se habla de defender la Patria, ahora, cuando estamos a expensas de cortes europeas que nos han obligado a hacer recortes en un “austericidio” que nos tiene sumidos en la miseria y que nos han hecho modificar la Constitución, sí esa que es sagrada, para poner los pagos de deuda por delante de todo. Me pregunto donde estaban todos estos patriotas cuando había que defender la sanidad y la educación patria.

Se habla de república en voz de la gente que es monárquica solo para recordarnos que allá por el 34 se decretó el estado de guerra por culpa (siempre buscando culpas no podemos negar que esto es un país católico) del Estatut y de Companys, aunque pasan de puntillas por el hecho de que en el 34 gobernaba la CEDA, tan de derechas que parecen ser los mismos de hoy, incluso con ilustres apellidos que se repiten y se repiten desde la dictadura de Primo de Rivera.

Y  que me faltaba por ver; un abogado publicitando sus servicios en Twitter para aquellos que tras el 1,O sean represaliados por la Generalitat. Y yo, gilipollas de mí, que estoy inmersa en un texto donde hablo de los maestros republicanos represaliados y depurados durante más de cuarenta años por el franquismo, me hago cruces con la facilidad y la impunidad con que la gente dice todo lo que dice.

Que sí, que hay libertad de expresión, que cada uno es muy libre de decir lo que le salga de las narices… PERO HABLEN CON PROPIEDAD, SEÑORES Y SEÑORAS.

La palabra, que sirve para comunicarse, para entendernos, para crear lazos de unión y puentes de entendimiento es la primera que debemos respetar, no se puede ir por ahí haciendo demagogia, nombrando situaciones que ni siquiera sabemos en qué consisten porque no las hemos vivido, juzgando sin saber.

Las cosas parecen no existir hasta que las nombramos, así que pongámosle el significado verdadero, no el que nosotros queramos, ni aquel que nos haga caer en el populismo barato, que saque lo peor de cada uno o nos granjee votos y lealtades.

Seriedad, por favor. Que la palabra es muy sagrada y si no tienen nada que decir, si no se les ocurren argumentos válidos para defender sus ideas, a unos y a otros, podrían estarse calladitos, que como ya hemos visto, están más guapos.

 

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El fluir de los libros

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Muy a menudo me ocurre que veo listas de libros y hay algunos que sigo teniendo en pendientes, que llevan ahí desde hace mucho tiempo, que llevo quizá años pensando en ellos y sé que, sí o sí, me los tengo que leer alguna vez.

Yo, que no es que sea supersticiosa, pero que hago caso de las señales del universo, los dejo correr, dejo que fluyan y sé que llegarán a mí algún día, cuando esté preparada para ellos, porque no nos equivoquemos, por más que nos hayan recomendado libros y autores, por más que una sepa que los hay imprescindibles y más si pretendes ser escritora, el libro también nos elige a nosotros.

Hoy tenía preparada una lista de diez libros imprescindibles, pero lo que son las cosas, con los textos que escribimos pasa como con los libros, nos eligen ellos.

Os voy a contar una anécdota.

Corría el año 1984,  mis papis eran socios de Círculo de lectores y yo era una pitufa que miraba con avidez las páginas de su catálogo y copiaba las listas de éxitos de la súper-pop porque soñaba con ser escritora.

Sí, un sueño largamente acariciado, como veis.

Entre las páginas de aquellos catálogos había un libro que me llamaba poderosamente la atención: “El tambor de hojalata” de Günter Grass.

Por supuesto se me quedó clavado en algún sitio de la memoria, pero como no tenía por aquel entonces ni derecho a opinar sobre libros ni claras las prioridades, estuvo años en el catálogo sin que me decidiera a comprarlo ni a leerlo.

Pasó el tiempo. El libro siguió en el limbo de los libros nunca comprados pero siempre queridos, me alejé y me acerqué a mi sueño un millón de veces, dejé que el destino marcara mis influencias lectoras y tras muchos años, por fin pude escribir y publicar mi primer libro.

Lo curioso es que siempre lo tuve en la memoria, siempre se quedó ahí dentro.

Luego comenzó lo extraño.

Lo buscaba y no lo encontraba. Os vais a reír, pero es cierto.

Entraba en librerías y no lo veía, aunque tampoco se me ocurrió pedirlo para que me lo trajeran, soy así de trasto.

En el catálogo de Círculo de lectores, del que ahora soy socia yo, ha dejado de salir hace tiempo.

Hasta hace bien poco en mi ciudad no había ni una sola librería de libros de segunda mano en la que localizar algún ejemplar perdido.

El libro se esfumó, simplemente. Me huía.

Y de repente un día me voy con mi primer libro publicado debajo del brazo a hacer los madriles, casi ná.

Iba a presentar mi primer libro en la capital. Yo, una desconocida, solita por Madrid, con una bolsa de piel roja en la que llevaba todos mis sueños en formato papel y que pesaban como una cruz.

Fui, presenté mi libro, del que vendí tres ejemplares, con un público reducido a tres personas en una mesa tomando una copa de vino y charlando de gatos y sin perder la sonrisa, porque a positiva a mí no me gana nadie y la verdad es que lo pasé muy bien, me volví arrastrando la bolsa casi tan pesada como lo había sido en la caminata de ida.

Por el camino, la provinciana que llevo dentro y que siempre aflora cuando estoy en grandes ciudades, divisó, oh maravilla, una librería de segunda mano en la calle Princesa y ante mí, en primera línea de exposición callejera estaba él.

“El tambor de hojalata” de Günter Grass y a un módico precio de tres euros.

Por supuesto entré y lo compré.

Lo tomé como una buena señal, de esas que a veces nos da el universo cuando “conspira para que nuestros sueños se hagan realidad”.

No podía ser casualidad encontrarlo en ese momento, a esas alturas de mi vida, después de la primera bofetada que el mundo literario me daba en toda la cara.

Ya os he dicho que a positiva no me gana ni Dios.

Ahora sé que el libro me eligió a mí porque desde luego no habría estado preparada para él si lo hubiera leído antes, si lo hubiera comprado con 14 años o con 25.

Hay cosas para las que una solo está preparada cuando le han llovido bastantes ostias y puede tomarse la vida con ironía, reírse del dolor y empatizar con los seres más extraños porque sientes que hay algo, no sabes el qué, que te une a ellos.

Creo que no hubiera podido ni siquiera entenderlo antes y la narrativa de Grass, que sigue siendo complicada, me hubiera espantado para siempre mi sueño de escribir.

Hay autores que tienen tal maestría, que resulta imposible no darte cuenta de que nunca llegarás hasta ahí. Que te muestran tus propias limitaciones y que te hunden en la mediocridad, en saberte mediocre, en aceptar que vaya, nunca te van a dar el Nobel.

Pero al mismo tiempo, te influyen para ser mejor, para superarte, para estudiar, investigar, leer, crecer. Escribir, romper y seguir escribiendo. Tratar de salir de esa imperfección que te han mostrado que posees, mejorar, tratar de excederte a ti misma, no dejarte vencer ni sentirte derrotada.

Y no porque a base de superarte logres grandes metas, tengas éxito y hagas realidad tus sueños, que pueden ser muy locos e improbables, sino porque el mayor éxito que puedes tener, es superarte, mejorarte, aprender a vencer los obstáculos que la vida ha ido poniendo entre tú y tus sueños, y que de esa forma, aunque no se obtenga un reconocimiento público, el éxito personal y con él la felicidad, está asegurado.

Este verano leí “El rodaballo” y me convenzo que nunca estaré a esas alturas, pero todo lo que aprendo y todo lo que disfruto es ya, para mí, un exitazo.

Bueno, el artículo con los diez  libros imprescindibles, tendrá que esperar. Los textos, como los libros, no tienen dueño y fluyen, para aparecer en el momento menos pensado… y quizá el más necesario.

Os envidio.

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No puedo evitarlo, os tengo envidia.

Pero envidia de la buena, envidia cochina, como se suele decir.

Llevo desde mediados de agosto sin poder escribir ni una sola palabra, de hecho, esto es lo primero que publico en el blog desde hace quince días.

Y trato de hacerlo, de verdad; trato de escribir, de corregir, de meterme en materia, pero no puedo, me cuesta mucho, tanto, que no escribo nada.

Tal vez sea que mi incorporación al mercado laboral es inmediata y ello significa que las metas que me planteé para este verano se quedan sin cumplir, será que sé lo que me espera en un invierno crudo y de duro trabajo en el que he de aparcar los sueños para ir muriendo en realidades y sin querer he comenzado ya la etapa de duelo por adelantado.

Será que desde el atentado de Las Ramblas y con la vista puesta en el 1 de octubre, Cataluña me está doliendo en un rinconcito del alma, y el miedo al futuro, no de Cataluña, que también, sino al futuro de España sin esa parte de lo que yo siento tan cerca y tan mía, me esta comenzando a doler.

Puede que sea tener que estar constantemente en las RRSS leyendo barbaridades y tragando veneno lo que esté callando mi voz.

No lo sé.

Solo sé que me cuesta escribir, que no hay forma de acabar aquello que comencé dos años atrás aunque también es cierto que un libro como el que me ocupa no se escribe fácil ni rápidamente, aunque mientras digo esto me suene a excusa barata.

Me voy diluyendo poco a poco en realidades grotescas, en necesidades que me obligan a ir contra mí misma, en silencios que guardan palabras que necesitan ser gritadas.

No puedo evitar sentir envidia de los que seguís escribiendo, de los que manifestáis opiniones y sois leídos, de los que podéis conciliar vuestra vocación con vuestro trabajo, de los que vivís en esa paz de saber que estáis donde queréis estar haciendo lo que queréis hacer y lo que os hace felices.

Tengo envidia de esas vidas que no son renuncias.

De esas voces que o callan aunque sientan dolor. De quienes hacen de su dolor, voz.

Yo enmudezco como esos pequeños ríos a los que les cierran las presas y se quedan en riachuelos que, más que correr, se arrastran por entre las piedras, acumulando todo su caudal en algo material y útil, algo que solo sirve para generar bienes y servicios y no para fluir naturalmente tal como dicta su propia naturaleza.

No puedo evitarlo. Os envidio.

Pero seguid fluyendo, por favor…a ver si vuestro ruido rompe mis presas.