Capítulo eliminado de “La memoria de las palabras”. Lugares comunes de Castellón

 

 

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La foto es mía, hecha el día de Sant Jordi, en un receso del día del libro en Argot durante el cual volví, como la protagonista, a la calle donde siempre viví, la Calle Virgen del Lidón en Castellón.

 

Corregir es a veces una carga que pesa más sobre el alma que sobre la propia narración. Eliminar lo superfluo, lo que resta dinamismo a la lectura, los capítulos que pueden lastrar el libro, hacerlo pesado, aquello que en realidad no afecta a la narración a la acción o a los personajes, es una ardua labor.

He tenido que eliminar un capítulo entero de mi próximo libro en el que la protagonista hace un recorrido por la ciudad, reconociéndola y recordándola. Buscando los vestigios de un pasado remoto.

Como me resisto a dejarlo morir os lo dejo en mi apartado de “Galeradas”.

 

He necesitado salir de allí para respirar aire puro, para dejar que la memoria de los años, condensada en aquella casa donde están velando a un muerto insepulto y donde se escuchan palabras que yo no quiero oír, salga de mi mente aunque sea por un instante.
Necesito soledad.
Por momentos preferiría no pensar en nada de todo lo que está ocurriendo estos días y por otro lado no puedo evitar querer pensar en todo. Más aún en lo que no he podido hasta ahora. Aquello que estoy empezando a ver y entender ahora que he dejado el rencor y la rebeldía atrás, ahora que ya no me siento en deuda con nadie, que me he reconciliado con el pasado del que un día renegué y del que no he dejado de huir durante todo este tiempo, recorriendo lugares en los que no quise estar, con personas que no me importaron y haciendo cosas que no quise hacer solo para ser quien en realidad no era.
La carga de mi sangre, aquello que llevo marcado en mi ADN y que no he podido cambiar por más que lo he intentado, ha vuelto a mí y ya es un hecho irrevocable.
Giro por la calle que recorrí tantas veces de niña, el cruce angosto de dos calles que da a la plaza Rey don Jaime y a una olivera centenaria enclavada en medio de una isleta por dónde antes solo había un trozo de tierra abrupta y que ahora es una especie de rotonda, una revuelta de la larga plaza en donde no se puede apenas circular.
En la esquina donde estaba la tienda del señor Pepe hay ahora una gestoría e inmobiliaria, el Traveling sigue en la misma esquina tras tantísimos años y los bares cercanos, donde de una forma u otra siempre había parroquianos acodados en barras infames y oscuras, son ahora modernas cafeterías, como el bar Urbano en la esquina de la plaza Clavé que tiene forma de autobús inglés de dos pisos y que no se parece en nada a la oscura taberna de treinta años atrás donde se vendían caliqueños, se fumaba en el interior y se servían sol y sombra a los obreros y recolectores de naranjas que vivían en aquel entonces por esa zona, la más labradora y de las más antiguas de Castellón.
Las tiendas de ultramarinos han desaparecido, algunas de las boutiques de ropa que yo conocí de niña se han transformado y las franquicias van ocupando poco a poco el terreno al igual que ocurre en todos los centros de todas las ciudades del país.
— Cualquier día nos ponen un Starbucks – me decía mi sobrina ayer mismo.
Camino por la avenida sin tener un lugar fijo al que ir. Sin prisa. Recordando lugares por donde hace tanto que no paso, que ya casi los he borrado de mi memoria.
Camino por delante de la heladería de Ricardo donde comprábamos jarritas de horchata siempre recién traída de Alboraya, por la papelería de Plácido Gómez que ahora es una librería que da a dos calles pero cuyo aroma, ya desde la puerta, me transporta en el tiempo y me recuerda épocas de colegio, a aquel primer diario con llave que me regalaron en un cumpleaños junto a un estuche de dos pisos con cremalleras y tela vaquera que perdí el primer día, olvidado junto a un columpio porque se me hacía tarde para entrar en clase.
El edificio de Correos sigue exactamente igual que en mi memoria, pero la plaza Tetuán, que sigue situada a sus espaldas, tampoco es la misma. Han quitado el templete del centro y su cafetería donde se hacían unos bocadillos legendarios de calamares, pero sigue estando lleno de sillas y de mesas, solo que estas pertenecen a los gastrobares y cafés que están situados en las casas de enfrente, viviendas antiguas de dos plantas, reformadas para un nuevo uso, alejadas de la utilidad para la que fueron construidas casi cien años atrás.
Paso fijándome en los detalles, en los cambios, en las mejoras y en aquello que no sé si puede llamarse así pero que en todo caso está cambiado.
.Al asomarme a la plaza Huerto Sogueros que se abre en un lateral, veo a lo lejos una escultura multicolor de Ripollés y el correr del agua entre objetos pequeños que la rodean, pero ni siquiera me acerco para verla bien, los colores ya de por sí me repelen y la forma no me resulta atractiva, al contrario de la que hay en la carretera de Almazora, cuyos colores y forma, tres manos unidas, me dio, al verla, sensación de hermandad.
Los salones y el edificio del Círculo Mercantil me siguen pareciendo tan señoriales como me parecían entonces, aunque ya con el sabor de los edificios antiguos que guardan la reminiscencia de otras épocas de mayor esplendor.
La cafetería Monterey ya no existe tal como la recordaba y en la calle San Vicente, en la esquina, sigue la misma agencia de viajes cuyos pósters en el escaparate me hacían soñar con los lugares que luego he visitado. La pastelería que había entonces ha cerrado y el kiosco de prensa es ahora una tienda de ropa.
Una librería me llama la atención porque no recuerdo que hubiera ninguna en esa calle. Cuando entro en Argot noto el aroma de libros y café que he encontrado en lugares similares, pero que no esperaba encontrar en Castellón. Sus dos plantas llenas de libros me encandilan, como siempre me ha pasado en todas las librería, y tengo que hacer un esfuerzo para no comenzar a comprar compulsivamente, como también me ha ocurrido siempre.
Hay un Castellón nuevo que yo no recuerdo, que se ha ido formando en todos los años que he estado fuera y al que le he dado la espalda en una huida hacia adelante que ahora me ha vuelto a traer aquí.
Quiero encontrar la librería de Salvador, el local donde me dijeron que estaba. De repente quiero volver a aquella época de la que he huido un instante antes al salir de casa.
Desando mis pasos y vuelvo a salir por la avenida Rey don Jaime y esta vez tuerzo hacia la izquierda para adentrarme en pleno centro, saltando por entre el carril pintado de rojo del tranvía, y las zonas peatonales. Poniendo atención a las perfumerías que ya no están, a las tiendas que son muy distintas a las de entonces. Sigue en el mismo sitio la ya clásica tienda de arte Comas Aldea, donde una vez compré una gigantesca carpeta negra para proyectos de diseño que nunca realicé y que sigue teniendo ese aire artístico en el escaparate, con pinturas, lienzos y todo aquello necesario para de dar rienda suelta a un talento que los años me han demostrado que yo no poseo pero que siempre envidié en los demás.
La librería de Salvador tuvo que estar por aquí, en el centro, pero no logro saber qué local o qué casa es. Paso por delante de lo que fue la librería de Armengot, donde cada septiembre comprábamos nuestros libros de texto y cuyo olor a papel, tinta y libros sigo teniendo pegado a la nariz como si no hubieran pasado los años. Armengot, sus libros y el aroma de aquella vuelta al cole, eran una promesa. Vuelve la imagen de las cartillas escolares de Palau, de los cuadernillos Rubio y de aquel ejemplar de lenguaje, Senda y la sensación intima de sentirme maravillada al descubrir sus poemas y sus lecturas; salvo que ya no es una librería sino una tienda de ropa de la que sale una cortina de aire frío y el ruido de una música machacona y electrónica.
Cruzo más calles y el recuerdo me golpea de nuevo con los sabores, el de las rosquilletas legendarias de aquella mujer que todos llamábamos “la mustia” y el de los helados de vainilla que vendían en la puerta de Simago ; los recuerdos de sabores de entonces son tan dolorosos como los mismos recuerdos en sí.
Hay lugares que he perdido para siempre, que solo viven ya en mi memoria y a los que me es imposible regresar. Sé que si quiero recuperar la ciudad voy a tener que caminar mucho, recorrer lugares que han permanecido intactos en mi recuerdo y que el paso del tiempo ha transformado hasta no ser los mismos, e incluso puede que algunos ni siquiera los reconozca o existan. No somos las mismas, ni la ciudad ni yo. Ambas estamos hechas de un material invisible que se va despedazando con el paso del tiempo, con el correr de los años, y que se transforma en melancolía por aquello que hemos perdido sin saber que lo tuviéramos, sin darnos cuenta de cómo ni dónde lo dejamos atrás. Estamos hechas de un material que se va desmenuzando con los vientos y las lluvias y los soles de todos los inviernos y veranos, deshaciéndose en recuerdos. Convirtiéndose en pasado a medida que avanzamos hacia un futuro que no podemos ver o imaginar. Transformándose en nostalgias que no podemos permitirnos el lujo de sentir porque el vivir nos empuja en direcciones imprevistas y nuevas a las que tenemos que ir acostumbrándonos.
Nos quedan los sabores y los olores de entonces. La atmosfera en que nos movimos. Los gestos que hicieron quienes nos han ido habitando, cientos y miles de personas o la persona que fui, en la que me he ido convirtiendo, la que seré cuando todo esto termine y la que algún día se borrará del todo, diluida por el olvido y por la tierra que me tape. Nos queda el mar en la lejanía, el aroma de salitre, la luz del Mediterráneo. El viento de tramontana que trae el olor de la montaña y de los campos. El aroma de azahar que se repite en cada noche de Magdalena y se mezcla con el de la pólvora de los castillos de fuegos artificiales, los latidos de corazones que suenan al ritmo de las mascletás de cada medio día de fiestas, y las costumbres que llevamos tan metidas en la sangre que aunque viviéramos mil vidas en mil países distintos, seguirían siendo parte de nosotros como el material genético que hemos ido heredando. He tenido que irme y volver para descubrir quién soy, y aunque mi paso por aquí sea de tan solo unos días, me reconozco en los lugares de los que quise tomar distancia y que ahora, con la edad, estoy comenzando a añorar y sentir como míos por primera vez en mi vida.
Me siento en una terraza y pido un café con hielo para tardar un poco más en volver, para retrasar todo lo posible el reencuentro con familiares a los que ya no conozco. Sigo siendo la rara de la familia, la extraña y taciturna, la que más se parece a mi padre, según me decía mi abuela que quizás imaginaba quién fue. Con ese aire entristecido y raro que llevo en los ojos marrones, inéditos en toda mi familia salvo en mí. Como mi actitud o mi silencio. Mi forma de ver las cosas, tan distinta a la de los demás que me llevó a desertar de mí misma y de ellos para, al cabo de treinta años, darme cuenta de que han estado conmigo todo este tiempo. De que nunca se han ido y de que no ha habido ni un solo día de mi existencia en que no haya pensado qué hubieran hecho ellas si hubieran tenido las oportunidades que a mí me dieron.

 

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Victoria Woodhull. La primera mujer candidata al presidenta en Estados Unidos.

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Woodhull nació en 1838 en Homer, Ohio, en el seno de una familia de clase baja. Su madre era vidente y su padre se dedicaba a la venta itinerante de medicinas milagrosas. A los 15 años contrajo matrimonio con el médico Canning Woodhull, con el que tuvo dos hijos.

Acabó divorciándose en 1864. A raíz de esta experiencia se convirtió en firme defensora del amor libre, y comenzó a interesarse por las ideas del pensador socialista francés Charles Fourier, que pregonaba la libertad en materia sexual. Woodhull no sólo defendió las relaciones libres entre hombres y mujeres sino que escandalizó a la sociedad de su tiempo con su propio comportamiento -el divorcio no estaba penado legalmente, pero sí socialmente-, hasta el punto de algunas malas lenguas llegaron a asegurar que ejercía la prostitución.
En 1866 volvía a casarse, esta vez con el coronel James Harvey Blood, quien también se había divorciado de su primera esposa. Este segundo matrimonio duró oficialmente diez años, aunque Victoria tuvo entre medias una relación con el anarquista Benjamin Tucker. Tras casarse con Blood, la pareja se mudó a Nueva York, donde Victoria y su hermana, Tennessee Claflin, conocieron al magnate de los negocios Cornelius Vanderbilt, que las respaldó para que fundaran Woodhull, Claflin and Company. Se convirtieron así en las primeras mujeres corredoras de bolsa de Wall Street. El New York Herald las apodó “las reinas de las finanzas”.
Con las ganancias que obtuvieron, las hermanas fundaron en 1870 el semanario Woodhull and Claflin’s Weekly, convirtiéndose también en las primeras mujeres editoras de un periódico.

Utilizaron la publicación para defender los derechos de la mujer. Victoria Woodhull predicó que “la libertad sexual es para todos, la libertad de los monógamos de practicar la monogamia, y la de los que eligen múltiples parejas de tenerlas”. No solo abogaron por la libertad sexual, también dejaron claras sus ideas en materia política al publicar la primera traducción al inglés del ‘Manifiesto Comunista’ de Marx.

Su papel como representante de los movimientos sociales por los derechos de la mujer fue muy potente, y a principios de la década de 1870, Victoria asistió en Washington a un encuentro de la ‘Asociación para el Sufragio Femenino’ (NWSA). Allí pronunció un discurso en favor del derecho al voto femenino. Al año siguiente fue elegida candidata a la presidencia por el Partido por la Igualdad de Derechos. Compitió contra el general Ulysses S. Grant, candidato republicano, y el demócrata Horace Greeley.

La candidatura de Woodhull fue duramente criticada y los medios la apodaron Señora Satán por su apoyo a la libertad sexual y el amor libre pero se convirtió, de esa manera en la primera mujer candidata a las elecciones presidenciales en Estados Unidos.

07/11/2016 • Marina Segovia

Podéis leer la entrada completa en la web Mujeres a seguir:  http://www.mujeresaseguir.com/social/noticia/1101944048615/hillary-no-es-la-primera-victoria-woodhull-ya-fue-candidata-a-la-presidencia-hace-mas-de-un-siglo.1.html

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Charla sobre el sufragismo. Parte II. El sufragio en España.

El caso del sufragismo en España es muy distinto al caso de las sufragistas europeas o norteamericanas y el feminismo español tiene un retraso de casi veinte años al igual que en casi todos los niveles sociales. No hubo un movimiento feminista o sufragista claro, con líderes que fueran capaces de sacar a miles de mujeres a protestar a las calles.

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Carmen de Burgos, la famosa Colombine o Perico de los palotes, usaba seudónimos para poder publicar sus artículos.

Carmen de Burgos, periodista, la primera corresponsal de guerra mujer y partidaria del matrimonio civil, el divorcio y el voto femenino, dijo que «mientras las inglesas luchan denodadamente por sus ideales cívicos, mientras las rusas saben morir protestando de la tiranía, las españolas permanecemos indiferentes a todo».

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Margarita Nelken

Margarita Nelken, escritora de ensayos, activista, politica y diputada en las cortes durante la II República, con gran ironía, constata que “la mayoría de las mujeres españolas son antifeministas: lo son al modo de los campesinos prusianos que, en 1807, al anuncio de la emancipación de los siervos, lloraban a voz en grito por su esclavitud perdida y se asustaban de una libertad que los dejaba sin amparo de nadie”.
Son varios los puntos en que se notan esas diferencias y son muy claras las razones.
Una de las principales razones era el medio rural en que estaba inmerso todo el país. Así como el reclamo de derechos en Inglaterra había nacido casi a la par de la revolución industrial y de los trabajos en fábricas, en España eso apenas existía salvo en las grandes ciudades, con lo cual la mujer española estaba muy lejos de ocupar cualquier posición social, incluso la obrera. La mayor parte de los ciudadanos vivían en medios rurales en donde no llegaban los vientos de modernidad o de pensamiento, donde las costumbres estaban mucho más arraigadas y donde apenas se tenia una conciencia de clase obrera sobre la cual reclamar cualquier derecho fundamental.
Por ejemplo, los hombres de clase obrera británica obtuvieron el voto en 1867, mientras que en España no lo lograron hasta 1890, lo que lleva a un desfase de casi veinte años en la obtención del voto, si no de forma universal, al menos sí para todas las clases sociales.
Una razón de mucho peso es la religión católica que tenía a las mujeres recluidas en misa, con una moral férrea y cerrada a cualquier avance o modernidad, basada en el patriarcado y en la supremacía y dominación del hombre, en la que, la mujer, es un sujeto pasivo, cuando no un simple objeto, guardiana de la moral, las buenas costumbres y se le exige que sea sumisa y resignada.

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María Lejárraga

María Lejárraga dijo sobre este tema: «Las mujeres callan, porque aleccionadas por la religión, amparada de toda autoridad constituida y regida por hombres, creen firmemente que la resignación es la virtud; callan por miedo a la violencia del hombre; callan por costumbre de sumisión; callan, en una palabra, porque en fuerza de siglos de esclavitud han llegado a tener alma de esclavas»
Otra razón principal es la analfabetización de toda la población. En concreto, más del 70% de las mujeres eran analfabetas. Así como la protagonista de la película que visteis el otro día era capaz de leer un periódico y escribir una carta, en España eso era algo impensable solo al alcance de las mujeres de clase alta y de la burguesía.
Precisamente la necesidad de educar a la mujer es el motor de arranque del feminismo y sufragismo español.
A finales del s.XIX se crean instituciones como la Escuela de Institutrices o la Asociación para la enseñanza de la mujer, que tratan de formar e incorporar trabajadoras al mundo laboral.
Los Congresos Pedagógicos organizan charlas que abordan el tema de la educación femenina partiendo aún de la premisa de que la mujer necesita una formación distinta a la del hombre y que no cuestionara, de por sí, la superioridad intelectual de éste.
Teniendo en cuenta esto y que el sufragio masculino recién aprobado era una especie de farsa entre la clase obrera que votaba lo que el cacique de turno proponía, pensar en el voto femenino parecía lo menos urgente.
Las mujeres con medios económicos o con un ambiente familiar más liberal son las que poco a poco van sembrando la semilla que luego brotará en el s. XX.
Para poder ver esta evolución silenciosa, he escogido a algunas de las mujeres más visibles del movimiento feminista y sufragista español, unas más conocidas que otras.

 

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Concepción Arenal, considerada la madre del feminismo en España.

Concepción Arenal
Escritora e incansable defensora de los derechos de la mujer, fue olvidada por la historia durante muchos años.
Adelantada a su época quiso estudiar leyes y política en un momento en que la mujer no tenía acceso a estudios superiores.
Al morir su madre y su abuela, que querían para ella la educación conservadora de las mujeres de su época, se encontró con libertad y con una herencia que le permitió dedicarse a lo que de verdad ella quería: el estudio de la abogacía.
Se traslada a Madrid donde comienza a acudir a clases de leyes en la universidad disfrazada de hombre, aunque nunca le dieron el título universitario.
Allí conoció al que luego fue su marido, Fernando García Carrasco, que la apoyaba en sus estudios y con el que acudía a las famosas tertulias literarias de Madrid disfrazada de hombre y en cuyo periódico comenzó a publicar sus primeros artículos periodísticos y de opinión política y sus primeras obras literarias, aunque bien sin firma o bien con la firma de su marido.
Si se hubiera sabido que los escribía una mujer, hubieran quedado invalidados por completo.
Al enviudar sigue escribiendo y trabajando en el periódico pero al salir la nueva ley de imprenta en 1885 que obligaba a que todos los artículos fueran firmados, y pese a que todos sabían que era ella quien los escribía, es despedida.
Al ver que, por el hecho de ser mujer, no puede ni estudiar, ni escribir ni publicar absolutamente nada, Concepción toma conciencia de la poca valía de la mujer en la sociedad y de su nula representación comenzando de esa forma su lucha por la defensa de su género y por la obtención de sus derechos.
Comienza a escribir ensayo, novela, a ser traducida a distintos idiomas y comienza a recibir premios aunque tenía que firmar con el nombre de su hijo que tenía tan solo 10 años.
En 1869 escribe la que es considerada su primera obra feminista La mujer del porvenir, en la que reivindicaba el papel de la mujer en la sociedad actual. En el libro analiza la manera en que se trata a la mujer del momento, tanto física como psíquicamente, defendiendo la idea de que la mujer no solo debe ser tratada como madre y esposa, sino que debe estudiar, fomentar el intelecto y está capacitada para trabajar. Habla también del importante papel de la mujer soltera, muy mal vista en la sociedad de la época, y la defiende.
Solicita además, que la mujer pueda tener todos los derechos civiles en igualdad al hombre.
A los 44 años recibe el título de Visitadora de prisiones, convirtiéndose en la primera mujer en ostentar un cargo público administrativo. De ella es la famosa frase: “Abrid escuelas y se cerrarán cárceles.”
Sus obras completas, que versan sobre distintos temas, las presas y su educación, la igualdad de la mujer y sobre sus derechos ocupan 23 volúmenes completos.
Se la considera la precursora del feminismo en España y la mujer que sentó sus bases.

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Emilia Pardo Bazán, la gran naturalista de nuestras letras.

Emilia Pardo Bazán fue una aristócrata gallega y una de las plumas femeninas más destacadas y aclamadas.
Emilia ofrece una especie de contradicción: por un lado era conservadora, católica, cercana al carlismo y “bienpensante” pero al mismo tiempo fue una gran defensora de los derechos de la mujer y se la considera, junto a Concepción Arenal, la precursora del feminismo en España.
Viajera incansable y prolífica escritora, se codeo con escritores de la talla de Zola o de Víctor Hugo y fue la impulsora del Naturalismo en nuestro país con Obras como Los pazos de Ulloa, Insolación, o Morriña, evolucionando posteriormente a una mayor espiritualidad en sus textos.
Pese a tocar distintos argumentos en sus libros, nunca dejó de lado la “cuestión femenina”.
Reivindicó la educación para la mujer y el trabajo en igualdad de condiciones, defendió el divorcio, el voto y la igualdad total entre ambos sexos.
Participó en varios Congresos Pedagógicos y trató de entrar en la Real Academia Española de las letras, algo que le fue denegado precisamente por ser mujer.
Sus libros más feministas son: “Una opinión sobre la mujer”, “La educación del hombre” y sobre todo “La mujer española”.

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Imagen de Teresa Claramunt en un mitin político. Fue sindicalista en las fábricas textiles de Barcelona.

Teresa Claramunt fue una dirigente anarcosindicalista considerada una gran líder en sus tiempos, una de las más brillantes oradoras y una de las primeras mujeres que abogaron por los derechos de la mujer y los derechos de los trabajadores.
Tuvo una educación básica, como era costumbre en la clase obrera, pero ella, que era una mujer de mucho carácter, se empeñó en seguir estudiando.
Teresa vivió en la época de la Revolución Industrial en Cataluña, marcadamente capitalista donde los ricos eran cada vez más ricos y la clase obrera vivía en la miseria: jornadas laborales sin límite de horas, sin seguros de ningún tipo, sin subsidios y en precariedad.
Los niños y las mujeres aún trabajaban más horas y cobraban menos que los hombres.
La mayor parte de su lucha se desarrolló en las fábricas textiles de Sabadell y Cataluña, que era el sector en el que ella trabajaba.
En 1882 impulsó, junto a Ángeles López de Ayala y Amalia Domingo la primera sociedad feminista de España.
Fue una de las líderes de las huelgas de 1883 que reivindicaba una jornada laboral de 8 horas, algo que hoy damos por hecho.
Se convirtió en líder destacada del anarquismo y era detenida de forma constante hasta tal punto que en uno de sus encarcelamientos sufrió torturas y fue tan brutalmente golpeada que le quedaron secuelas físicas de por vida.
Fue desterrada a Inglaterra hasta 1898 y cuando volvió fundó la revista “El productor” y siguió colaborando con otras revistas y semanarios.
Se alejó de la política por una parálisis y murió en Abril de 1931. Republicana convencida, por paradojas de la vida, fue enterrada el 14 de Abril, el día que se proclamó la II República.

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Hay tanta documentación que no puede ser recuperada… Esta imagen, en teoría, es de Ángeles de Ayala aunque hay medios en que aparece como Amalia Domingo Soler. Ambas trabajaron juntas.

Ángeles López de Ayala
Fue una de las más activas feministas españolas y también de las más desconocidas.
Por circunstancias familiares ingresó en un convento, pero al darse cuenta de su nula vocación, colgó los hábitos de novicia y tomó la decisión de vivir de forma independiente.
Tenía 17 años cuando escribió su primer libro “Los terremotos de Andalucía o Justicia de Dios”
Se distinguió por su anti-monarquía lo que le valió su primer arresto.
Se traslado a Barcelona y desde allí, durante más de treinta años, luchó por la emancipación de la mujer; escribía artículos, promovía asociaciones, organizaciones, escribió distintas obras literarias, y organizó acciones y manifestaciones feministas al más puro estilo sufragista.
Creó la escuela laica nocturna para mujeres trabajadoras y junto a Teresa Claramunt y Amalia Domingo promovió la Sociedad Autónoma e mujeres de Barcelona.
Su labor periodística y literaria le valió varias detenciones e incluso la cárcel.
Ángeles tiene el honor de ser la impulsora de la primera manifestación feminista de España el 10 de julio de 1910.

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Manifestación de mujeres republicanas en 1934

En los años 30 hubo un movimiento cultural de mujeres que abogaban por la igualdad y que la posterior guerra civil y la dictadura dejó a un lado como Zenobia Campubrí, traductora de Tagore y eclipsada por su marido Juan Ramón Jiménez. Federica Montseny foto, política feminista y de izquierdas, María Espinosa,  María Echarri  feminista católica y conservadora. Teresa de León,  escritora de novela, ensayo y teatro que fue más conocida por ser la mujer de Alberti y por tratar de poner a salvo durante la guerra los cuadros del Prado, Josefina Caravias la primera mujer locutora de radio, María de Maetzu,  directora de la residencia para señoritas en Madrid y fundadora del Lyceum, uno de los clubes culturales y divulgativos femeninos más importantes de España.

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María de Maetzu
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Zenobia Campubrí
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Federica Montseny
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María Teresa de León

Todas ellas apostaban por la igualdad, por la educación, por la emancipación de la mujer y por supuesto apoyaban el sufragio femenino.
No fue hasta la llegada de la II República que la mujer conquistó el derecho al sufragio además de acceder a una mayor educación e incluso a una educación superior en la Escuela libre de enseñanza donde se equiparó el titulo de magisterio como carrera universitaria.
Pero si hay dos mujeres que han pasado a la historia por lograr el voto femenino en España son sin duda Victoria Kent y Clara Campoamor. La vida de ellas es bastante conocida, quizá son las más visibles y las que mayor reconocimiento público han tenido a veces de forma injusta.
Basta con decir que sus vidas tienen cierto paralelismo: ambas son abogadas, ambas son feministas y ambas lucharon por el sufragio femenino aunque de distinta forma.

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Victoria Kent

Victoria Kent estaba afiliada al partido socialista, estudió magisterio y abogacía residiendo en la famosa residencia para estudiantes de Madrid que dirigía María de Maetzu, se licenció en 1924 y se colegió en 1925, fue la primera mujer en abrir un bufete de abogados, en formar parte de tribunales europeos como el de Ginebra y durante la república fue directora general de Prisiones con el gobierno de Alcalá Zamora, siguiendo la labor de mejora comenzada por Concepción Arenal.
Fue ministra sin cartera del gobierno en el exilio y Franco la condenó a 30 años de cárcel aunque ella estaba ya fuera de España, exiliada en Francia y más tarde en NY.

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Clara Campoamor

Clara Campoamor tuvo que trabajar de costurera y dejar los estudios para ayudar a la economía familiar, pero siguió estudiando de forma autodidacta y se presentó a oposiciones logrando un puesto como auxiliar de telégrafos.
En 1914 volvió a Madrid con una plaza de profesora de taquigrafía y mecanografía. Siguió estudiando y trabajando para poder pagarse los estudios de abogada hasta licenciarse en 1924.
Junto a Victoria Kent fueron las dos primeras mujeres en ser abogadas y en colegiarse y además Clara fue la primera mujer en intervenir en el Tribunal Supremo, algo muy sonado en su época.
Aunque se consideraba socialista nunca se afilió al PSOE porque no le perdonó su colaboración con la dictadura de Primo de Rivera, que le propuso ocupar un cargo que ella, por conciencia, no aceptó.
Afiliada al Partido Republicano Radical de Lerroux fue diputada en las cortes entre 1931 y 1933, colaborando en la elaboración de la constitución.
Ambas luchaban por los derechos de las mujeres, por la no discriminación de sexos, por la igualdad jurídica de los hijos dentro y fuera del matrimonio, el divorcio y sobre todo el voto femenino.

ANTECEDENTES
El articulo número 43, en el capítulo referido a la familia, donde se eliminan una vez más los privilegios por distinción del sexo: «El matrimonio se funda en la igualdad de derechos para ambos sexos», dándole un carácter netamente jurídico a dicha institución y poniéndola bajo potestad de la República. Tratándose de un tema de concesión y ampliación de derechos y no, por la contra, de restricción o limitación de los mismos, podría pensarse que la medida establecida por el artículo 36 no tuvo que superar obstáculo alguno. Es más, lo suscitado en torno al sufragio femenino dio lugar a una las batallas más recordadas de la historia parlamentaria española, de la cual fueron protagonistas estas dos eminentes mujeres.
Entre 1907 y 1908, con Antonio Maura como Presidente de Gobierno, durante la discusión sobre la reforma de la Ley Electoral, se presentaron dos enmiendas que abogaban por la concesión del voto a la mujer. Eran aún muy limitadas, pues restringían el derecho a casos particulares, como las viudas que hacían las veces de cabeza de familia y pagaban impuestos. Huelga decir que las enmiendas no prosperaron
En abril de 1924, Miguel Primo de Rivera promulga un Decreto Real, firmado por él como Presidente del Directorio Militar y por Alfonso XIII, según el cual otorgaba el derecho a voto a la mujer. El documento presentaba ciertas restricciones, ya que ni la mujer casada ni la mujer prostituta podrían tomar parte en la política. Así, «el sueño por el que tanto habían tenido que luchar las mujeres inglesas y americanas (…), se consiguió en España de manera inesperada», como escribió Rosa Capel.
Esto no fue sino una maniobra de cara a ganar votos que presuponían conservadores, dada la vinculación de la mujer con la iglesia.
El Directorio Militar pasa, en 1925, a ser un Directorio Civil, con vistas a convocar una Asamblea Nacional que elaborase un nuevo texto constitucional. En ella se contaban trece mujeres, de diversas tendencias ideológicas y variadas profesiones (maestras, catedráticas o licenciadas en derecho). Este fue el saldo final de las acciones del feminismo español a lo largo de la década.
La mujer, aun mínimamente, estaba dentro del sistema político y contaba con asientos en la Asamblea, desde donde podía al menos hacerse oír. Y un dictador –paradojas de la historia- había sido el responsable de otorgarles la posibilidad beligerancia política, a pesar de las considerables limitaciones ya apuntadas.
Aunque los comicios nunca llegaron a celebrarse por tanto a mujer no llegó a votar.

HACIENDO HISTORIA
El 14 de abril de 1931 se proclamó la Segunda República española.
Se enfrentaron en el congreso y sus discursos abogando a favor y en contra del voto femenino han pasado a la historia, sobre todo el de Campoamor, como los mejores discursos e intervenciones, respondiéndose una a otra, que se han dado en las Cortes, algo impensable en este momento actual con los políticos que nos han tocado en suerte.

Victoria Kent rechazó la concesión del sufragio femenino. En su opinión, las mujeres todavía no estaban preparadas para asumir el derecho de voto, y su ejercicio siempre sería en beneficio de las fuerzas más conservadoras y, por consecuencia, más partidarias de mantener a la mujer en su tradicional situación de subordinación.

Clara Campoamor, asumió una apasionada defensa del derecho de sufragio femenino. Argumentó en las Cortes Constituyentes que los derechos del individuo exigían un tratamiento legal igualitario para hombres y mujeres y que, por ello, los principios democráticos debían garantizar la redacción de una Constitución republicana basada en la igualdad y en la eliminación de cualquier discriminación de sexo.
Al final triunfaron las tesis sufragistas por 161 votos a favor y 121 en contra y supuso un enorme avance en la lucha por los derechos de la mujer. Las mujeres pudieron votar en los comicios de 1933.

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Mujeres votando y en la mesa electoral. 5 de noviembre de 1933

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5 de noviembre de 1933. primeras elecciones con voto femenino.
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Exquisita foto del sufragio femenino en un medio rural. 5 de noviembre de 1933.

 

 

Charla sobre el sufragismo. Parte I. Las suffragettes.

En primer lugar cabría decir que cuando hablamos de sufragistas no siempre estamos hablando de mujeres feministas, liberales o progresistas.
El movimiento feminista agrupa a tantos modelos de feminismo como mujeres hay, se puede decir que es un movimiento personal y social al mismo tiempo, y que en el pensamiento de cada una se deconstruye ese feminismo según sus propias experiencias personales, su nivel cultural, el medio en el que se desenvuelven, nivel económico, cultura y tradiciones de cada país, creencias religiosas…
El feminismo es un movimiento vivo en constante evolución, mientras que el sufragismo pertenece a un momento histórico concreto en el que se luchaba por un derecho concreto y que una vez conseguido pareció desinflarse en muchos de los países que tan arduamente habían peleado por él. Sería el caso de Inglaterra y de las Suffragettes.
En otros lugares, pese a obtener el derecho al voto, el feminismo, aliado de otros movimientos como el abolicionismo en Estados Unidos, siguió su curso con peticiones sociales o en el caso de algunos países europeos, asociado a movimientos sindicalistas y políticos más progresistas, continuó con la labor de pedir una igualdad de derechos más allá del derecho al voto.
Por eso, creo yo, que es importante hablar de sufragismo y no de feminismo, saber diferenciar las dos cosas y tener, meridianamente claro, que muchas sufragistas no eran mujeres de clase obrera e incluso eran políticamente conservadoras, y para ellas el sufragio respondía más a una necesidad concreta que les proporcionaba estabilidad e independencia económica frente al hombre.

 

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Sufragistas desfilando en Nueva York, año 1915

La imagen que tenemos de las sufragistas, cambia mucho de un país a otro, de hecho, apenas conocemos a mujeres sufragistas españolas y es que aquí, al contrario que en otros países, el sufragismo tenía una escasa o nula repercusión social, mientras que tanto en películas como documentales, nos han llenado las retinas de mujeres desfilado, con bandas sobre trajes impecables de color malva, pidiendo el voto en las grandes ciudades como Londres o Nueva York.
Hoy, además de hablar del movimiento sufragista más conocido y que es el que visteis en la proyección de cine, quiero también hablar de cómo fue el movimiento en España, de las diferencias que han existido y de por qué ese movimiento aquí apenas tuvo eco. Ya sabemos que, como en todo, España es diferente…
Podemos hablar, para comenzar, de la diferencia entre los términos Sufragista y Suffragette. De acuerdo con el Oxford English Dictionary, el termino Suffragette fue acuñado por el Daily Mail en 1906, como forma despreciativa de distinguir ente las suffragettes y las sufragistas más moderadas. En este sentido se refiere más específicamente a una militante de la Unión Social y Política de las Mujeres (WSPU), una organización fundada en el Reino Unido en 1903 por Emmeline Pankhurst, partidaria de la acción directa —reuniones públicas y marchas de protesta— que nace como escisión de, y en contraposición al, sector sufragista británico moderado —formado tanto por mujeres como por hombres—, agrupado sobre todo en la Unión Nacional de Sociedades de Sufragio Femenino (NUWSS), creada en 1897 y liderada por Millicent Garret Fawcett, dedicada a la convocatoria de campañas y mítines dentro de la más estricta legalidad.
Durante más de 50 años se había tratado de conseguir el voto para las mujeres presentando proyectos en el parlamento, como por ejemplo hizo John Stuart Mill en 1866, y uno tras otro dieron los mismos resultados con lo cual Emmeline Pankhurts decidió que ya era hora de pasar a una militancia más activa. Para ello creó el famoso lema de las sufragistas “Hechos, no palabras”
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En noviembre de 1911 tras una violenta carga policial en una manifestación murieron dos mujeres y ese hecho fue el que marcó un giro que se tornó cada vez más violento como forma de protesta.

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Emmeline Pankhurts

Las mujeres lideradas por Pankhurts pasaron de acudir a manifestaciones y mítines a una práctica mucho más violenta, lo que hoy llamaríamos, tener una postura radical: quemaban buzones de correos, rompían escaparates de comercios en la famosa Oxford Street, rompian ventanas de los domicilios particulares de los diputados y llegaron a incendiar la casa de campo el primer ministro británico.

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Emmeline Pankhurts detenida al tratar de entregarle una carta al rey Jorge V

Al mismo tiempo que las mujeres crecían en su “radicalización” se extremaba también la represión que comenzaron a sufrir. Se generalizaron los encarcelamientos —entre 1905 y 1913 se encarcelaron a unas 1100 suffragettes.

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Detención de Annie Kenney

 

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Annie Kennie y Christabel Pankhurts pintando carteles para una manifestación

En 1905, Christabel y Annie Kenney fueron arrestadas por haber gritado consignas en favor del voto femenino, en oportunidad de una reunión política del Partido Liberal, y en esa oportunidad eligieron la cárcel en lugar de pagar una multa. Ello fue el comienzo de una serie de detenciones y encarcelaciones, lo que en líneas generales despertó simpatías y adhesiones en relación con las suffragettes. Ellas, se orientaron a quebrar y ridiculizar a las instituciones que simbolizaban la supremacía masculina y las prerrogativas exclusivas de los hombres, como por ejemplo, un terreno de golf únicamente reservado a varones, o una iglesia, etc.

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Emmeline y Cristabel en la cárcel

 

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Suffragettes en la cárcel

A partir de 1909, como refuerzo a la protesta desde la cárcel, se implantó una estrategia de huelgas de hambre entre las suffragettes encarceladas, «obligando» así al Gobierno británico a imponer la muy controvertida práctica de la alimentación forzada hasta aprobar en 1913 la Prisoners (Temporary Discharge for Ill Health) Act, que consistió en arrestarlas, hacerles pagar una multa y soltarlas cuando estaban debilitadas por el hambre, para volverlas a arrestar, lo que ellas llamaron la estrategia del gato y el ratón.

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Alimentación forzada por sonda nasal en la cárcel

 

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Alimentación forzada por sonda nasal

Como contrapunto a esta militancia tan revolucionaria, las mujeres de Unión Nacional de Sociedades de Sufragio Femenino, liderada por Millicent Garret, no practicaban ninguna violencia pero se negaban a para impuestos y organizaban mítines públicos. Estas sufragistas eran más mesuradas, prudentes, preferían avanzar poco a poco en sus reivindicaciones y siempre por métodos legales, y trataban mucho más de convencer que de imponer; además, en las organizaciones que formaron también aceptaban hombres.

En 1913, tuvo lugar un hecho que sin duda recordareis de la película y que fue muy importante en la historia del feminismo británico, la muerte de Emily Davison. Siguiendo con la premisa de boicotear instituciones típicamente masculinas, Emily acudió al hipódromo de Epsom y trató de ponerle la bandera del partido al caballo de rey, Jorge V, siendo arrollada inmediatamente en medio de la carrera.

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Emiliy Davison, quien ha sido considerada una de las primeras mártires del feminismo.

Las imágenes de Emily pisoteada por el caballo dieron la vuelta al mundo ya que se daba la casualidad de que esa carrera estaba siendo grabada para el “Nodo británico” por la productora Pathé, con lo cual ahora podemos verlo documentado y completo en YouTube.

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Emily Davison siendo arrollada por el caballo del rey Jorge V en el hipódromo de Epsom
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Entierro de Emily Davison

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El entierro de Emily, que moriría dos días después, fue un acto multitudinario que la convirtió en mártir del sufragismo, y por ende, del feminismo.
Al estallar la I Guerra Mundial, el rey Jorge V, amnistía a todas las sufragistas y les pide que recluten voluntarias para ocupar los puestos que han dejado vacantes los hombres.
Los dos grupos sufragistas obedecen al rey pero a cambio exigieron el reconocimiento del mismo salario para el mismo trabajo, una semana laboral de 48 horas, aumento de las inspectoras en las fábricas de mujeres, subvención por maternidad, hogares para las trabajadoras, una reforma en la educación técnica y por supuesto el voto.

El 28 de mayo de 1917 se aprobó el voto para las mujeres mayores de 30 años siempre que tuvieran propiedades o fueran cabeza de familia, fueran mujeres universitarias o aquellas que tuvieran una renta anual superior a 5 libras.
En 1928, o sea diez años más tarde, el estatus de electora cambió, equiparando las condiciones de hombres y mujeres. Para 1930, el movimiento feminista en Inglaterra, prácticamente había desaparecido.
El Reino Unido fue así el octavo país en el mundo en instaurar el derecho de voto a las mujeres. El primero en tomar esta acción fue Nueva Zelanda (1893), .En 1902 hizo lo propio Australia, y en 1906 le siguió Finlandia. Estados Unidos, implementó el voto femenino en 1919,y por su parte Francia, hizo otro tanto pero en 1944.