¡Felices años 20!

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Es el día del balance, la Nochevieja, el último día del año, y ya puestos, con esto de cambiar de década, que ya me ha explicado mi amiga matemática que en realidad no es así, también se impone una mirada un poco más general a lo que han sido estos diez años. Para mi es una década funesta en la que ha cambiado mi vida de forma irremisible. En lo personal quizá sea la década peor que pueda haber vivido, pero me temo que no va a ser la última porque las perspectivas no son tan halagüeñas como nos quieren hacer creer, como personalmente intento creer, como laboralmente intento evitar. Sí, sigo esforzándome, aprendiendo, trabajando… pero la coyuntura no es la misma que hace diez años, las personas no somos las mismas y la sociedad menos todavía.

Es imposible no pararse a pensar en la anterior década de años 20, los felices años 20 como son conocidos. He querido leer y buscar aquel momento, ver cómo fuimos en los años previos a la Gran Guerra, a la república en España, a los movimientos filosóficos y políticos que cambiaron el mundo, y a medida que he ido profundizando me doy cuenta de que fue en está década cuando se sembraron las semillas que ahora están fructificando en todo su esplendor.

Europa vivía un periodo de entreguerras en el que trataba de curar heridas y pagar deudas a golpe de Charleston y espectáculos de cabaret. Las mujeres se acortaban las faldas, el pelo, se quitaban los corsés y comenzaron a tener derecho a voto en algunos países mientras Coco Chanel ponía de moda la alta costura que, de una forma u otra, las seguía y nos sigue constriñendo.

Ford innovó la tecnología con su cadena de montaje, método que se fue ampliando a otro tipo de industrias y que revolucionó para siempre la producción a gran escala. En Estados Unidos comenzaron a construirse los primeros rascacielos. Comenzó la llamada venta a plazos. Se comienza a usar el petróleo como fuente de energía y se producen las primeras grandes concentraciones de capital. La radio y la prensa vivieron su época de oro, y qué decir del cine…

En España batallábamos en Annual y en las guerras coloniales por las que asomaban, a finales de la década, las cabezas de los militares en la dictadura de Primo de Rivera. Comienzan los conflictos sociales, son asimiladas las nuevas teorías políticas, la lucha obrera en un país y un continente plagado de mano de obra empobrecida y analfabeta.

De los felices años 20 nos queda la imagen de la mujer liberada, de los cabarets, de la ley seca en los Estados Unidos tantas veces vista en el cine, nos queda la imagen de un mundo renovado, de una Europa libre, de una cultura occidental que iba avanzando a la modernidad.

Los años 20, del siglo pasado, sientan las bases del consumismo actual, del liberalismo, de la locura en la que estamos sumergidos ahora cien años después. Es como si esa felicidad expuesta nos fuera necesaria todavía.

Miro el mundo desde el rincón que en él ocupo y veo la individualidad, la ostentación, el hedonismo social en que hemos convertido nuestra vida. Sigo viendo las consecuencias del colonialismo más brutal, el retroceso en las libertades por mor de una libertad inexistente, veo disiparse el famoso “estado de bienestar” entre las brumas de un neoliberalismo que ha adoctrinado a la clase obrera que ya no se considera como tal aunque tenga sueldos de miseria, veo como la lucha de la mujer se pierde en teorías posmodernas en voces de hombres y mujeres que no han tenido en cuenta la base de la lucha, veo el egoísmo más brutal, la bandera más grande, la mediocridad de quienes nos gobiernan, la solidaridad tachada de comunismo exacerbado, como si eso existiera todavía,  veo un mundo que se vuelve contra sí mismo porque nadie renuncia a su parcela de placer propio.

Veo un mundo que cada vez me gusta menos y para el que no encuentro un futuro prometedor, ni siquiera tranquilo. Veo los cuerpos de las personas que diariamente mueren en guerras que podrían haberse evitado, en mares de los que nadie los salva. Veo las diferencias sociales, las discriminaciones raciales, los pozos oscuros de miseria, los márgenes sociales en el que se mueven miles de seres humanos a los que nadie les da voz. Veo el planeta quejándose de su sobreexplotación en forma de tormentas, veo selvas arrasadas, páramos desiertos, agua sucia. Veo la inhumana creencia de que seguimos siendo el ombligo del mundo. Veo a una Europa perdida entre mandatarios soeces y manos en las sombras que manejan hilos que no vemos, una Europa que ha perdido su sentido y su esencia. Veo el ocaso de la sociedad occidental en forma de IPad o de cualquier tecnología puntera que termine por atontarnos del todo. Veo un mundo polarizado, enfrentado, donde todos quieren tener razón y muy pocos tienen razones.

No me imagino el futuro. Eso no logro verlo. Quizá dentro de unas décadas, cuando vivamos al estilo Mad Max luchando por el agua y los recursos, nos acordemos de los años 20. De aquellos felices años 20 o de estos años 20 en los que vamos a entrar.

En nuestras manos está hacer de este tiempo un periodo de cambio, de un cambio que se impone por necesario. Tenemos que comenzar a recuperar la humanidad que hemos perdido, los valores que han dejado de estar de moda, la memoria de lo que somos realmente y del lugar que ocupamos. Y no va a valer hacerlo desde nuestra comodidad, dando me gusta a publicaciones, sino peleando de la forma que sea. No sé cual, pero cualquiera. Se alzan voces de esperanza, sé que no está todo perdido por más que intenten acallarlas. El futuro tal vez está en los más jóvenes que ven peligrar su mundo y su planeta, pero la introspección se impone y los que ya tenemos cierta edad debemos pensar qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos. No vale echar de menos nuestra niñez y decir que aquellos años fueron mejores, sino tratar de hacer que los años por venir sean tan buenos o más.

Nuestra huella en el mundo será de la de indiferencia si no hacemos nada por cambiar las cosas, si nos dejamos llevar por palabras vacías de contexto, si nos tapamos con banderas, individualismo y conformismo, si no enfrentamos los fantasmas del pasado que asoman por cada rincón pervirtiendo la esencia de lo humano, si toleramos lo intolerable y creemos todo lo que nos dicen sin un asomo de espíritu crítico.

Tenemos una década por delante en la que todo puede cambiar para bien o para mal. Cuando termine cosecharemos lo que hayamos sembrado, sean bellos campos de trigo o cizaña.

 

 

Desde la ventana

garcia rodero - nina peña

Desde la ventana el horizonte se extiende tan lejano
que parece pintado en acuarelas, diluido en aguas de color.
Se acumulan las casas, los tejados, las calles,
los gatos que maúllan
y las hierbas que crecen entre las grietas del cemento.
Las voces de la calle llegan cada día con las mismas palabras
pretendiendo significar algo.
El sol se acumula bajo persianas de soledad
Iluminando los resquicios del silencio.
Me cojo al hierro de los balcones para no caerme,
y desde esa cárcel, me asomo a la vida y la libertad.
Hay ventanas en el horizonte
clausuradas por el clima de las frías voces
que resuenan en los adoquines siempre mojados de lluvia.
Hay ventanas con rejas y macetas,
con flores y plantas trepadoras
que nos consuelan de los jardines que no poseemos.
Ventanas abiertas desde donde asoman armarios y cuadros,
lámparas y arañas escaladoras de rincones mudos,
y, alguna vez,
unos ojos buscan horizontes por los cuales ver un trocito del mundo
que nos es negado poseer.
Desde la ventana se vislumbra la acción, la vida,
la luz de los días que se repiten.
Sucesión de ausencias que jamás son ocupadas por nadie
y de presencias que no se van.
Entra la luz de los veranos en que fuimos niñas para iluminar las figuras
de los inviernos en que seremos viejas.
Desde la ventana siembro de sueños los amaneceres
y de música los vientos que mueven las cortinas de encaje y soledades
arañadas por el gato de la desesperanza y la rutina atroz.

Donde mueren las risas

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Allá, al lugar donde mueren las risas,
se llega por un camino escarpado de desengaño
que tiene sembrado en sus veredas amapolas rojas y azafranes silvestres.
Se llega tras el silencio de unos ojos,
que devuelven en su mirada la imagen nuestra con la sonrisa
de una alegría tonta y vana, que nos desnuda y nos vence.
Sin palabras, nos muestra lo que somos sin los artificios de lo que queremos ser.
Se llega tras los silencios incómodos.
Tras las respuestas sin voz.
Tras los cristales empañados de engaños.
Allá, donde mueren las risas,
los caballos golpean con sus cascos las flores, y
las personas nos muestran sus espaldas.
De los silencios mueren las mariposas de la voz, y
de las palabras surgen saetas certeras que rompen gargantas.
Y el silencio, donde antes hubo risas,
es oscuro,
como la soledad de una tumba sin nombre.

Los cincuenta

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Estamos sentadas frente a una taza de café y varias manzanillas con hielo, en una terraza al aire libre frecuentada por palomas indiscretas y voces de niños que persiguen balones de fútbol. Queda apenas media hora para que entremos en la conferencia sobre feminismo que sirve de colofón a ocho jornadas de cursillo y lo que en principio es una reunión informal en la que compartir el hermanamiento del curso y conocernos más unas a otras, se convierte en un repaso por nuestras vidas. Hemos llegado hasta ahí desde caminos muy distintos, sin embargo, todas tenemos algo en común; somos mujeres, feministas y nuestra edad esta rondando los cincuenta años. No todas tenemos hijos. No todas estamos casadas o vivimos en pareja. No todas tenemos las mismas preferencias sexuales. Pero sí todas estamos frente a una línea roja que ha marcado nuestras vidas.
En 2008, el año del crac económico, cuando contábamos alrededor de los cuarenta, nosotras superamos también esa famosa crisis que dicen los expertos que se da a cada década. Diez años después, nos vemos abocadas a los cincuenta sin que la crisis económica haya sido superada y sin que nosotras hayamos avanzado. Buscamos alternativas a nuestros problemas laborales, hacemos cursos presenciales y a distancia, hemos cambiado de trabajos y de intereses y buscamos en el feminismo aquellos datos que se nos escaparon de jóvenes y que dan respuesta a muchas de las cosas que nos pasan. Se puede decir que, según las reglas sociales, vamos de crisis en crisis. Que una vez llegada a cierta edad, sobre todo a esa mediana edad en la que se es mayor para ser joven y joven para ser mayor, esa edad en la que de verdad llegan las crisis existenciales que no se tienen a los veinte ni a los sesenta, nosotras todavía estamos construyendo nuestras vidas.
A. revuelve su manzanilla sin azúcar y nos cuenta como el feminismo ha dado respuesta a algunas de las cosas que le han sucedido últimamente. Para ella colaborar con una asociación, formarse, sentir que se dan las respuestas adecuadas, aunque sea de forma filosófica o metafísica, es ver solucionado parte del problema. Ahora sabe que ha llegado a su situación porque en su vida personal siguió los senderos marcados por los conceptos de mujer que le fueron inculcados. Sabe que hizo cosas que no debería ni quería haber hecho, pero que era lo que parecía estar preparado para ella desde siempre.
B. hace un examen por los últimos diez años de su vida. Pasó de trabajar en unas oficinas a tener que ir al huerto a recolectar naranjas y sus últimos diez años los ha pasado al aire libre, levantando capazos de veinticinco kilos, soportando mañanas de frío a 0º , con barro hasta en las cejas. Ha sido su cuerpo el que ha dicho basta: su menisco roto, su artrosis, su desgaste de huesos. Ahora está haciendo cursos de administrativo y se ha presentado a varias bolsas de trabajo.
C. nos hace un repaso somero de su nueva actividad. Trabaja de noche en un restaurante, en el turno de cenas y por el día trata de estudiar aquello que no estudió cuando tenía veinte años. Ha pedido su certificado de Formación Profesional, el que no pidió a los veinte, para ver si pude entrar en alguna bolsa de trabajo, en alguna plaza de algún ayuntamiento cercano, en algún hospital o centro de la tercera edad. Estudió Jardines de Infancia, algo que se puso de moda cuando en los ochenta se supo que Lady Dy trabajaba en una guardería. Era el tiempo en que creer en príncipes y princesas todavía era factible.
D. quiere vivir de lo que escribe. Tiene tres novelas publicadas en editoriales locales y en Amazon, colabora con un par de revistas digitales y redacta contenidos para páginas web que le pagan por número de palabras. También hace cursos. Gratuitos, eso sí. Marketing, SEO, posicionamiento web, comunidades virtuales… algo que le ayude a vender sus libros, a promocionarse y llegar a los lectores.
Si algo nos define es la frustración. Una frustración sorda que envolvemos en sonrisas. Estamos a una altura en la vida en que nuestras madres tenían su futuro resuelto mientras que nosotras todavía estamos reinventando uno. Hay un enorme cansancio relacionado con esa sensación de naufragio. Cansancio de pelear, de chocar contra los elementos, contra las circunstancias. A los cincuenta todavía estamos tratando de encauzar nuestra vida, de darle un proyecto, de resarcirnos de los años de crisis que nos tumbaron un plan de vida que creímos que sería para siempre o al menos que sería estable. Ahora vemos que no, que la lucha se encarniza precisamente a una edad en que ya vamos teniendo ganas de descansar un poco, de tocar el freno. Seguimos estudiando, somos muy activas, aceptamos trabajos precarios conscientes de que a nuestra edad nadie quiere contratarnos, realizamos sustituciones de verano, nos reinventamos y nada es suficiente.
Pertenecemos a esa generación que todavía creía que el amor era para siempre y llevamos algún divorcio a cuestas. Nos aleccionaron a que el trabajo de la mujer era una “ayuda” en casa pero no un propósito vital. Somos la generación, quizá la última, a las que enseñaron a bordar y coser en las horas lectivas de clase. Miramos a nuestro alrededor y vemos mujeres más jóvenes, más preparadas, más autosuficientes y nos preguntamos qué narices hicimos nosotras, porqué estudiamos algo que ni siquiera nos gustaba o porque no estudiamos más. Por qué narices nos casamos a los veintipocos. Tratamos de imaginar las vidas de otras mujeres que conocimos, las que se han ido quedando en la prehistoria de nuestras vidas y que en su momento ni siquiera cursaron BUP. Miramos alrededor y vemos mujeres más mayores que nunca tuvieron que acceder al mundo laboral porque entonces la mujer no trabajaba, se dedicaba a “sus labores” o bien, como mucho, trabajaba de forma precaria, sin contratos, sin derechos, con el estigma social que entonces significaba que una mujer tuviera la necesidad de trabajar.
Lo cierto es que todas llevamos una pesada carga en la mochila. La carga de la evolución social de la mujer. O mejor dicho la carga de saber, la de ser conscientes, la de poder dar respuestas que no siempre nos gustan. Transitamos entre la nada y el todo. Entre la generación del nacional catolicismo y la del liberalismo actual. Decía antes que el feminismo nos ha dado respuestas y eso es ya una forma de certificar causas y reconocer problemas para poder darle solución, pero no siempre esas respuestas son de nuestro agrado. El feminismo nos permite reconocer nuestros fallos, hacer examen de conciencia, ver carencias y posibles remedios, pero no significa que nos guste. No siempre el feminismo es liberación, no siempre significa recuperarse a una misma, al contrario, el feminismo nos enfrenta personal y socialmente a lo que siempre nos inculcaron, a lo que creímos, a lo que está aceptado por una gran mayoría de mujeres entre las que nosotras vamos a contracorriente. Nos acorrala en miles de acciones y de frases, en miles de momentos clave del pasado que ahora vemos tras las gafas moradas, nos empuja a la resistencia, a la verdad, a la no concesión. Es darnos la vuelta como un guante para mostrar un revés que no sabíamos que teníamos. Nos hemos descubierto a nosotras mismas en las facetas más íntimas que, sin embargo, hacemos públicas porque sabemos que ocultarlas es una continuidad con la que queremos romper. Y toda esta revolución interior nace en medio de una sociedad en crisis constante, en medio de una economía precaria, de un mundo laboral que pierde derechos cada día por mor de una crisis cuya cura, dicen, es un austericidio brutal del que arrastraremos las consecuencias durante décadas.
Tenemos que reinventarnos, que hacer frente a una frustración personal común, porque las circunstancias son comunes a todas, y tratar de tomar sitio para los quince años laborales que nos quedan por delante, para tratar de inculcar en nuestros descendientes la filosofía de vida que ahora vemos como válida y que les permita desenvolverse en la vida mucho mejor que a nosotras. Somos una generación intermedia que lucha constantemente por no ser parte de una estadística más en las listas del paro, en las listas de precariedad, en las listas de mujeres que nunca salen en las listas. Una generación que debe pelear para que de verdad el feminismo libere a nuestras hijas de todo aquello que a nosotras nos condenó. Tenemos en la conciencia no solo la carga personal de errores y aciertos, no solo la enorme carga emocional de romper con el pasado y las costumbres, si no de preparar un futuro, para nosotras y para las próximas generaciones, en el que tenemos que luchar de forma desigual, armadas solo con nuestro feminismo, nuestro esfuerzo y la esperanza de dejar un mundo mejor que el que conocimos.