Qué es el Sistema Nacional de Cualificaciones

manos - puños - escritorio - trabajo - equipo

El mercado de trabajo, en la actualidad, se convulsiona, amplia y modifica de forma constante.

Trabajos impensables hace una década son ahora una realidad entre otras cosas debido a la evolución digital e informática en la era de Internet. Un 35% de los trabajos del futuro ni siquiera están inventados todavía, según dicen. Por ello la transformación de la población trabajadora requiere un continuo aprendizaje y actualización constante.

El Sistema Nacional de Cualificaciones promueve y desarrolla la evaluación y la acreditación de las competencias profesionales no tituladas hasta ese momento, de forma que se pueda favorecer el desarrollo laboral y social de los trabajadores y que se cubran las necesidades, siempre cambiantes, del tejido productivo.

Sus principios son claros. Se trata de que todos los ciudadanos puedan acceder en condiciones de igualdad a las distintas formas de formación profesional en el ejercicio de su derecho al trabajo y de libre elección de profesión u oficio. Al mismo tiempo trata de cubrir las necesidades de un sistema de producción y empleo con la cooperación de agentes sociales y empresas.

Los fines del Sistema Nacional de Cualificaciones son varios:

  • Adecuar la formación profesional a los requerimientos laborales del sistema
  • Integrar las distintas ofertas de Formación Profesional
  • Ser el órgano de evaluación y reconocimiento de competencias adquiridas por vías informales o laborales
  • Promover la formación constante de los trabajadores a lo largo de su vida laboral
  • Fomentar una mejor cualificación de la población activa así
  • Potenciar la calidad y evaluación de las distintas familias profesionales y distintos niveles de cualificación

Según la ley 5/2002 de las Cualificaciones y Formación Profesional, las competencias son ” el conjunto de conocimientos y capacidades que permiten el ejercicio de la actividad profesional conforme a las exigencias de la producción y el empleo” .

El Estado y las Comunidades Autónomas deben garantizar la convocatoria de evaluación y acreditación de competencias y fomentar la evaluación de aquellas profesiones relacionadas con la creación de empleo y con los sectores que impulsan esta creación.

Esta evaluación va dirigida especialmente a personas sin cualificaciones acreditadas, desempleados y a aquellos sectores laborales que necesiten poseer una acreditación formal de sus conocimientos, adquiridos por medio de la experiencia laboral.

Puedes tener una información más precisa en este enlace sobre la acreditación de competencias

Feminización de la pobreza

mujeres - abuela - mujer - niña

Hablar de la vida laboral de las mujeres es hablar de precariedad, de jerarquía y de desigualdad de una forma histórica y estructural.
Han sido muchos los factores que dan lugar a este hecho: los aspectos simbólicos, los sociales, políticos y económicos han influido y condicionado siempre las circunstancias laborales de hombres y mujeres, pero especialmente las femeninas.
La división del trabajo en la sociedad occidental contemporánea es el resultado de un proceso en el que interactúan el patriarcado y el capitalismo y en el que la organización de la industria ayuda a mantener la subordinación de las mujeres incrementando la presencia en aéreas dominadas por los varones que, así mismo, fomentaron la segregación de los empleos, fortaleciendo el trabajo doméstico o el trabajo no remunerado de las mujeres.
Esto no afecta de la misma forma a todas las mujeres y tampoco logra prescindir de ellas totalmente. Por ejemplo las mujeres de los artesanos o de oficios agrupados en gremios ayudaban a los maridos sin percibir ningún salario y sin ser reconocidas como aprendices o artesanas.
Durante la I y II G.M. la mujer fue reclamada como fuerza de trabajo en las industrias. Durante la Revolución Industrial las mujeres de clase social más desfavorecidas fueron incorporadas a fábricas textiles, talleres o minas mientras en las clases altas sucedía todo lo contrario: el hecho de que la mujer no trabajara era considerado un símbolo del status y éxito de sus esposos. El hecho de que una mujer tuviera que ejercer de institutriz, cuidadora o acompañante de otras damas indicaba que su nivel social había empeorado y no tenía ni padre o marido que pudiera mantenerla o cuidarla, ya que eran mujeres que nunca habían pertenecido con anterioridad a la clase trabajadora.
Esta división del trabajo, eliminando a la mujer del trabajo productivo es una de las bases de la subordinación dada la falta de independencia económica que conlleva. La emancipación de la mujer irá ligada, por tanto, a su participación en el mercado de trabajo y a un cambio en la valoración de su producción y no solo a la valoración de la reproducción.
En los países industrializados la participación de la mujer ha crecido de forma importante. En 1950 solo trabajaban un 36.70% de mujeres de forma remunerada. En 1985 la tasa era de un 41%. En 2016 se sitúa en un 58% y la tasa europea se sitúa de media en un 65.3%.
Sin embargo, esta evolución responde a cambios en las estructuras sociales y la llamada “sociedad del bienestar”, que ha abierto el sector laboral a los servicios y cuidados, es decir, se ha profesionalizado todo aquello que las mujeres siempre hemos desarrollado en la labor doméstica. Por otro lado hay que destacar que en tiempos de crisis o en países en vías de desarrollo, siempre se produce cierto estancamiento, precarización o recesión en los trabajos a los que la mujer accede.
Este conjunto de características es lo que se ha dado en denominar feminización del trabajo.
No solo estamos trabajando en aquellos mismos trabajos que ya hacían nuestras abuelas aunque de forma profesional sino que, además, en el resto de sectores laborales, nuestro trabajo es más precario.
Esto se debe en gran medida a que el trabajo sigue condicionado a estereotipos y símbolos de género y es uno de los aspectos que más condicionan la discriminación salarial. En España existen 35 ramos de actividad económica y dos tercios de las mujeres trabajan en solo 5 de ellos: comercio, agricultura, servicios, educación y sanidad.
Dentro de esa diferencia se dan dos grados más de segregación.
SEGREGACIÓN HORIZONTAL, en la que se define de forma convencional las tareas propias de un género u otro y que están ideológicamente asociados a los trabajos que realizan las mujeres en el ámbito doméstico.
SEGREGACIÓN VERTICAL, que deja a las mujeres en la base de sus carreras profesionales y cuya promoción es mucho más lenta y laboriosa que la de sus compañeros, respondiendo a una jerarquía patriarcal en la que la mujer se ve relegada a puestos menos cualificados aunque tenga la misma cualificación que un hombre y, por tanto, a un salario más bajo.
El trabajo femenino en España es claramente discriminatorio, caracterizado por una mayor tasa de temporalidad y contratos a tiempo parcial, salarios medios inferiores y una asunción mucho mayor de las responsabilidades domésticas, así como a mayores plazos de tiempo retiradas del empleo y menores oportunidades de cualificación y promoción.
En 2016 el Centro de Estudios de Economía Aplicada presentó un informe en el que analizaba la situación del mercado laboral y decía que “pese a tener más formación y nivel académico, las mujeres sufren discriminación en materia de empleo, sueldo y posiciones de liderazgo”.
También en los grupos de edad mayores de 50 años las mujeres tienen un nivel educativo medio superior al de los hombres y esa brecha sigue aumentando a medida que se reduce la edad aunque no se refleja en la discriminación laboral puesto que sigue estando patente.
La mayoría de fuerza laboral femenina se concentra en aquellas ocupaciones que se relacionan con roles de género y en estereotipos asociados a la mujer. Además estas labores se menosprecian precisamente por ello. En cuanto un trabajo se feminiza, empeoran sistemáticamente sus condiciones laborales y su reconocimiento social, pero sobre todo, empeora su salario.
Esto, principalmente se da en el sector servicios: cocineras, camareras, camareras de piso, teleoperadoras, en el sector de cuidados: niñeras, trabajadoras domésticas, cuidadoras de ancianos etc.
También estos trabajos son más invisibles, como las trabajadoras domésticas que todavía hoy trabajan muchas veces sin contrato, sin horarios preestablecidos y sin derechos sociales. Si además son mujeres migrantes este dato se dispara porque la ley de extranjería las convierte en el colectivo más vulnerable y con más posibilidades de estar en el escalafón más bajo tanto social como laboralmente.
Muchas mujeres que realizan estos trabajos forman parte de lo que se denomina como trabajo vulnerable, que son aquellos que se realizan en empleos puntuales e independientes o en un trabajo familiar no remunerado. Por ejemplo, en el ámbito rural, de forma tradicional, la mujer ha carecido de contratos formales, condiciones adecuadas para realizar su trabajo y sin representación sindical. También son trabajos con frecuencia inadecuados, con baja productividad y condiciones de trabajo que a menudo vulneran los derechos de os trabajadores.
Según la Organización Internacional del Trabajo casi la mitad de la fuerza de trabajo global está en condiciones de trabajo vulnerable y de todo ese colectivo las mujeres están mucho más expuestas a tener este tipo de empleos, altamente relacionados con la pobreza, sobre todo en entornos más pobres, rurales o indígenas.

 

Charla ofrecida en la sede de la Uned de Villareal, 7 de noviembre 2019