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Cinco libros imprescindibles de la literatura inglesa

 

La literatura inglesa nace en los albores de la Edad Media cuando se empieza a escribir textos históricos y leyendas en lo que hoy llamamos “inglés antiguo” y que en realidad es un dialecto anglosajón. Historias como Beowoulf, una de los escritos épicos más antiguos, hasta la etapa del amor cortesano con los versos del Rey Arturo o Los cuentos de Canterbury, son sus auténticos clásicos.
La literatura inglesa florece con la llegada de la imprenta y de la Reforma que, junto a la filosofía humanista, conforman el contenido de lo que ha dado por denominarse “renacimiento literario inglés” del que William Shakespeare es su máximo exponente ejerciendo una increíble influencia en lo que se conoce actualmente como teatro isabelino.
Si hay etapas posteriores de un máximo esplendor son sin duda el Romanticismo y la literatura Victoriana. Nombres como Lord Byron o John Keats aportaron un nivel de intimidad y sentimentalismo en sus obras en esa época romántica mientras que Charles Dickens, las hermanas Brontë o George Eliot retratan la vida británica en una especie de crítica social a la tan estirada clase aristocrática inglesa. Sus obras se han vuelto imprescindibles y de lectura obligada.
Autores como D.H. Lawrence, Virginia Woolf o Agatha Christie conformas la etapa del modernismo de entre guerras y su lectura es también imprescindible si se quiere disponer de un amplio fondo de biblioteca.
Hoy destacaré cinco libros que creo que son imprescindibles dentro de la literatura inglesa.
Hamlet. William Shakespeare

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Hamlet fue estrenada en torno al año 1600 y es una tragedia en cinco actos, en verso y prosa, adaptada de la obra llamada Ur-Hamlet, dramatizada en el s. XIII. Shakespeare reinventa al personaje de Hamlet confiriéndole un carácter más sentimental y melancólico que sirve para justificar su venganza. Famoso sobre todo por su monologo en el acto III, el famoso “ser o no ser, esta es la cuestión”, nos muestra un personaje que se mueve siempre en la dualidad, en la incertidumbre del ser humano y sus encuentros y desencuentros entre el instinto o los sentimientos y la razón.
Retrato de Dorian Gray. Oscar Wilde

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El Retrato de Dorian Gray fue publicado en 1890 y se basa en el mito de la eterna juventud, lograda a través del ya clásico pacto con las fuerzas del mal. Una pintura del protagonista, escondida a buen recaudo, va envejeciendo mientras su modelo, Dorian, sigue manteniéndose joven gracias a los actos de maldad y lujuria que comete como pago a su belleza y lozanía. Considerada en su momento como una obra de terror por los crímenes cometidos por el protagonista, hoy nos lleva a pensar en las fuerzas opuestas que mueven el alma humana.
Oliver Twist. Charles Dickens

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La primera edición de Oliver Twist está fechada en 1838 aunque sus primeras y originales publicaciones fueron por entregas en la revista Bentley´s Miscellany. Su protagonista, Oliver, es un huérfano que lucha por sobrevivir en una sociedad que lo rechaza y oprime. En sus vivencias nos vamos encontrando personajes malvados y bienhechores, pícaros compañeros de “delitos” o salvadores.
Como muchas novelas de Dickens, tiene un gran fondo de crítica social, relatada, eso sí, con la picaresca que corresponde no al autor, sino a los personajes que retrata. Ambientada en los callejones de una Inglaterra victoriana y en plena revolución industrial, Dickens realiza un maravilloso contraste entre clases sociales y narra las virtudes y defectos que cada una poseía.
Sentido y sensibilidad. Jane Austen

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Si hay una autora imprescindible sin duda es Jane Austen (y todas las hermanas Brontë me atrevería a afirmar) que con sus novelas nos traslada a un momento histórico concreto y a una clase social determinada además de mostrarnos el papel que juega la mujer en esa sociedad.
Sentido y sensibilidad fue publicada por primara vez en 1911. En ella, como en otras de sus novelas, Jane Austen, nos cuenta la historia familiar de dos hermanas con caracteres opuestos y complejos que protagonizarán la trama principal. A través de las hermanas, Austen, reflexiona sobre el alma femenina, el temperamento, las emociones o la razón, el juego entre clases sociales y el rol de la mujer en aquella época, abocada sin remedio a “un buen matrimonio” como única forma de supervivencia.
Una habitación propia. Virginia Woolf

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Una habitación propia es un ensayo publicado por primera vez en 1929 y que sigue teniendo vigencia entra el pensamiento crítico feminista. La reflexión de este ensayo comienza con la invitación a la autora a un ciclo de conferencias sobre la mujer y la literatura. Woolf hace un recorrido por la figura histórica y literaria de las mujeres y reivindica ser admitida en los círculos culturales hasta entonces copados por hombres y poseer la libertad y la intimidad necesaria para que pueda dedicarse a la vocación literaria. Considerada como una figura imprescindible tanto por sus novelas como por sus ensayos, Woolf mantiene, pese al tiempo, una plena vigencia

Tres novelas con nombre de mujer.

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La narrativa contemporánea se denomina al tipo de literatura que comprende un periodo de entre mediados del s. XIX hasta nuestros días. Son periodos sin duda cargados de importantes cambios sociales y de grandes acontecimientos históricos, comprendiendo desde la Revolución Industrial, las dos Guerras Mundiales, en España la Guerra Civil, la caída del comunismo, el auge del capitalismo…
La narrativa ha de reflejar necesariamente los cambios sociales, políticos y culturales acaecidos en tan gran periodo de tiempo convirtiéndose en una forma de resaltar las desigualdades sociales y poner en duda todo un sistema comúnmente aceptado hasta entonces. Se busca romper con los conceptos y modelos utilizados y mostrar una realidad objetiva.
La mujer, en esta etapa está representada en innumerables obras, pero en todas ellas desde la mirada del hombre, desde su posición social o su pensamiento, con lo que parece carecer de voz propia hasta llegar al siglo XX en que las mujeres comienzan a acceder a la publicación de sus propias obras. Si hay tres novelas con nombre de mujer en la historia de la literatura universal son, sin duda, Ana Karenina (1877), Madame Bovary (1856) y La regenta (1885). Para mí, personalmente, son obras cumbre de sus autores y de su pensamiento además de un claro reflejo de la sociedad de la época, y sin embargo, arrastran tras de sí el hecho de ser escritas por hombres en una momento en que el feminismo estaba todavía en pañales. Sus autores, nacidos entre 1821 y 1852 retratan a una mujer que no es dueña de su destino, que no tiene poder de decisión sobre su vida y que está sumergida de una forma u otra en lo que la sociedad espera de ella en distintas facetas de su existencia. Salvo Tolstoi, de clara ideología anarquista, tanto Flaubert como Clarín están a salvo de cualquier tipo de idea feminista entre otras cosas porque el feminismo como tal todavía no estaba asentado. La única obra que pudieron conocer fue la Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft, escrita en 1792.
Cabe resaltar que estos autores se mueven en un espacio tiempo literario formado por el realismo, naturalismo y romanticismo, algo que a priori parece difícil de combinar. Quizá por ello en sus obras hay una mezcla de realidad, pensamiento quimérico e imposible de sus protagonistas y al mismo tiempo la objetividad social más dura sin caer en ninguna contradicción porque si bien el realismo está considerado padre del naturalismo, ambas corrientes se dan de bofetadas con el romanticismo, caracterizado en estas obras por esa lucha que las protagonistas tienen al tratar de encontrar su libertad y el amor por encima de una realidad obtusa que las condena a ser infelices en pos de una conveniencia social o de un estatus al que pertenecen o al que quieren pertenecer.
Ana Karenina se nos muestra como una mujer de gran integridad moral, mártir de un tiempo y de un mundo injusto. Quizá Tolstoi la quiso describir como una heroína capaz de desafiar al mundo y de dar la vida por su pretensión de ser libres y de poder elegir a quien amar y quizá se puede hacer la lectura contraria y ver a Ana como una mujer infiel que necesita ser castigada por ello con el dolor de perder a su hijo, al que abandona, y de dar la vida como castigo supremo al pecado de dejarlo todo para poder vivir un amor a plenitud en brazos de un amante. Cualquier interpretación puede ser considerada correcta dependiendo de quien la lea y de su pensamiento. Lo que es obvio es que Karenina desafía a la moral y a la sociedad de una época defendiendo que el amor y la libertad está por encima de cualquier convencionalismo social impuesto.
Clarín, en La regenta, retrata la moral de una España católica y conservadora en la que la mujer está manipulada por la iglesia y por la sociedad, además con el mito del amor romántico y del conquistador que ve a la mujer como un trofeo a conseguir. Por otro lado, el rol de la madre de don Fermín, doña Paula, se muestra como la mujer codiciosa, la madre abnegada y estandarte de la moral católica femenina que usa como arma que le otorga poder; ese poder moral y religioso que era el único poder que una mujer podía ostentar sobre los demás, cumpliendo casi a rajatabla el concepto que años después postuló Simone de Beauvoir en su concepto de misticismo.
Clarín, pese a tener textos verdaderamente misóginos, cabe recordar que estuvo en una relación, polémica en su momento, con Pardo Bazán que quizá le pudo abrir esas compuertas mentales. En La regenta plantea determinismos biológicos, como la maternidad frustrada de Ana Ozores, para justificar su caída en desgracia y ese comportamiento adúltero, convirtiendo lo que en realidad son conflictos sociales y personales de la protagonista en una suerte de enfermedad mental.
En Madame Bovary, una lectura rápida nos puede mostrar a una mujer egoísta, llena de imaginaciones pueriles sobre el amor, capaz de manipular y utilizar a su marido para lograr sus fines, una especie de “Antoñita, la fantástica” a la francesa.
Emma Bovary acumula amantes y deudas. Se casa por interés con un hombre fácil de manejar, inocente hasta el punto de ser estúpido y que, sin embargo, pese a su inutilidad, es el valedor moral de la novela. Emma desprecia el sistema que le impide vivir a su manera sin darse cuenta de que es ese mismo sistema el que le ha puesto en su mente tanto las barreras que ella pretende saltar como las ideas que sueña con cumplir.
La libertad sexual, la lucha por pertenecer a las clases sociales altas que ya estaban desarrolladas en aquel momento, el consumo masivo, la abundancia económica y la multitud de libros románticos que lee y que le crean una visión distorsionada de sí misma, es, con pocas diferencias tecnológica, lo mismo a lo que muchas mujeres se enfrentan en el s.XXI aunque esta obra fuera escrita en 1856.
Quizá porque la sociedad se sigue enfrentando a problemas muy similares y porque la situación de la mujer, aunque mucho más mejorada y ampliada en derechos, sigue siendo desigual en cuanto a avances sociales de fondo, estas obras siguen teniendo vigencia hoy en día. Quizá sean clásicos de la literatura porque su filosofía más profunda sigue siendo actual aunque haya cambiado la coyuntura social de la época.

No todo es poesía

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De verdad que no puedo con ello. Es algo que me vence. Por más que se diga que ahora hay más cultura, más librepensamiento y más medios para llegar a la literatura, hay cosas, escritas, que por más que se empeñen no son poesía. Los poemas tienen la virtud de chirriar enseguida, de producir dentera. Y además por muy diversos motivos.

Uno de ellos es el exceso de azúcar, esa dulzura empalagosa e increíble que acaba produciéndote arcadas y subiéndote la glucosa en sangre. Esos textos almibarados, pegajosos, tan dulces que te producen caries mental a poco que leas unos cuantos.

Otro podría ser el trasfondo anticuado, los conceptos trasnochados, las ideas precarias y mal entendidas de conceptos que ya deberían estar más que superados. El ejemplo, para una feminista es claro; esos textos en que somos ángeles, en que somos puras, en que somos todas amor, seres delicados, volubles, etéreos… y sus metáforas, por dios, esa metáforas de flores que se abren, de pétalos que rezuman humedad, de terciopelos rosas, cimas de montañas a escalar y cuevas cálidas en las que adentrarse. De verdad, ya está bien, ¿no?

Otra sería la forma, esa rima fácil, esa rimita asonante en endecasílabos ¡por dios! esas rimas estilo Bécquer pero sin arte y sin que sea su coetáneo, porque lo que estaba muy bien en la época del romanticismo, y que sigue gustando leer de vez en cuando, ahora como que no…no, simplemente no.

A ver que no, que no todo es poesía por más que escribas y claves en mi pupila tu pupila azul. Cuando veo a esos aprendices de poetas, que te piden amistad en las redes sociales colgándote fotos de rosas brillantes, corazones rosas, ángeles con alas, y rimas fáciles de temas arcaicos y anticuados, no puedo evitar mirar el perfil y decir casi en voz alta “Poesía eres tú”.

 

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Nuestro tío el poeta

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Hace poco compartía una cita de Oscar Wilde aquí en este medio y al poner el enlace en las redes sociales, casi sin querer, me salía, en la frase principal, llamarle coloquialmente tío Wilde. Es una costumbre contagiada de la película “El club de los poetas muertos”, en donde Robin Williams llamaba “tío Withman”, así, con cariño y con confianza, a uno de los mejores poetas estadounidenses de la historia y que además marcó el resto de la poesía internacional; Whalt Withman.

Siempre me ha hecho gracia. Era un gesto de complicidad y camaradería entre los alumnos y el maestro sin perder el respeto por su admirado poeta pero dejándolo cerca, muy cerca de ellos, para que en cualquier momento su halo sirviera de cobijo, reflejo o enseñanza.

Me he permitido buscar en el diccionario la definición de tío. Sé que en muchos lugares se le puede llamar tío a hombres de edad avanzada o que a pesar de no compartir parentesco, si tienen cierto grado de jerarquía, como por ejemplo un suegro o un concuñado… y estas son las definiciones que sí han casado con lo que yo tenía en mente:

  • En algunos lugares, tratamiento que se da a la persona casada o entrada ya en edad.
  • Arg. Tratamiento afectuoso que se daba a los negros viejos.
  • Coloq. Para potenciar las cualidades del adjetivo o del nombre a que antecede.
  • Coloq. Como apelativo para designar a un amigo o compañero.

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Así que, a partir de ahora, voy a llamar a los escritores y escritoras, a los poetas y poetisas con este amable apelativo. Sin ningún pudor.

Es como si hablara de una persona de forma afectuosa, a un compañero o a un amigo y además, todos suelen estar entrados en años. Me gusta. Es como tener una guía que seguir, un ejemplo casero y cercano, amable. Nada de poetas lejanos ni de esas largas y tremendas epopeyas. De ese respeto desmesurado que tenía de niña por autores que no lograba entender, esa lejanía y esa distancia. Esas poetisas tan desconocidas hasta que crecí, las busqué y me hablaron… nada, nada; tío Whitman, tío Wilde, tío Benedetti, tío Machado, tío Miguel, tío Lorca, tía Gloria, tía Alfonsina, tía Rosalía, tía Gabriela, tía Dickinson, tía Dulce… uff, ¡como ha crecido la familia!

 

Escribir

 

nina peña - mujer escribiendo

Escribo para poner mis pensamientos en limpio, para poder verlos a la luz blanca de un papel, inocente todavía, sin pretensiones de ser leído.

Escribo porque de pequeña era una forma de evadirme, de soñar, de imaginar otras vidas y otros lugares. De mayor es una forma distinta de ver la realidad, de querer cambiarla, de imaginar otro mundo y contarlo para tratar de que, no sé cómo, cambie.

Escribo porque es uno de los esfuerzos que vale la pena realizar; cruzar palabras, unirlas, abarcar significados distintos, encontrar matices, perlas entre las letras, diamantes entre los borrones oscuros de tinta sin pulir.

Escribo porque quiero explicar mi mundo, exterior e interior. Conocerlo mejor.

Escribo porque mi cabeza no deja de dictarme letras, porque veo personajes en cualquier parte,  veo argumentos en cualquier rincón, historias en cada historia. Porque veo el otro lado de las cosas y de las personas.

Escribo porque no puedo evitarlo. Porque una voz me dicta palabras y tengo la necesidad de sentarme a transcribirlas, transformarlas en textos coherentes.

Escribo porque es una forma de aprender, de crecer, de buscar y encontrar, de hallar vida en la propia vida.

Simplemente escribo. Sin papel a veces. Solo escribo.

Don Quijote cabalga de nuevo

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Cervantes ha cumplido este mes 471 añitos de nada. Y sigue tan fresco.

Anoche, en un episodio de CSI Las Vegas, uno de los actores regalaba una preciosa edición de Don Quijote de la Mancha a uno de los personajes que había luchado encarecidamente contra una injusticia. Leía en voz alta el primer párrafo, acariciaba el lomo del libro y el investigador le decía que había luchado contra ogros de verdad, no contra los molinos.

Hace unas semanas, en un capítulo de Bonnes, la doctora nombraba a Baltasar Gracián en una de sus frases del El criticón  dando una lección de humildad a su compañero que sonreía ante lo acertado de la frase.

Auster tiene la sana costumbre de nombrar a algunos autores españoles, a Lorca por supuesto, pero me quedé alucinada cuando nombró en uno de sus libros  a Calderón.

Os preguntaréis a qué santo os cuento esto. Muy simple, cuando ocurren cosas así me emociono un poquito. Soy un poco boba, pero me gusta ver que hay gente, allende nuestras fronteras, que valora la literatura española.

Aquí parece que nos da un poco de vergüencita.

A mi me encanta.

No sé, me da que somos un país que no valoramos lo que tenemos, que creemos que la cultura es la que hacen unos pocos ahora, en este momento, y no sabemos apreciar todo aquello que hicieron otros. Quizá tengamos mal aprendida la lección de valorar escritores por la época convulsa a la que pertenecieron o todavía nos quedan rémoras de aquellos autos de fe del franquismo cuando los libros de las bibliotecas se quemaban en piras infames y donde nos decían qué era lo que se podía o no se podía leer. Otros han sido usados para fines políticos y propagandísticos hasta tal punto que creemos que leerlos es pasarnos a un bando que queremos olvidar que existió.

Autores que han pasado por la historia sin que ya nadie los recuerde, sin que casi nadie compre sus libros, sin saber lo importantes que fueron para la mentalidad de las personas en su momento histórico y en su entorno.

Yo soy de las que reivindica La regenta como una obra cumbre de naturalismo y de las que piensa que, de no haber sido por los cuarenta años de censura que sufrió, podría estar al lado de novelas en la que la protagonista femenina se reivindica a través de su drama. Quizá al ladito de Ana Karenina o de Madame Bobary. Pero no, eso será algo que nunca pasará porque la hemos ocultado durante demasiado tiempo.

Creo que el deber de todo amante de los libros y de la literatura en castellano, debería ser releer sin complejos ni prejuicios a todos estos autores que salen en letra pequeñita en los libros de texto, a los que ni siquiera salen. Reivindico a Gracián y a Blasco Ibáñez. A Quevedo o Valle Inclán. A Calderón de la Barca y Laforet. A Unamuno, a Zambrano o Baroja. A Chacel o a Pérez Galdós.

Parece que ya no se leen estos autores, como si ya no se pudiera leer la narrativa de la misma forma. Pero hay que volver a ellos, valorarlos, muchas veces no somos conscientes del valor de nuestros paisanos hasta que no sale su nombre en un libro o en una serie norteamericana, hasta que no nos lo dicen los demás.

 

La llamada de la palabra

 

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Se le llamaba profesión sacramental.
Era un sacramento, la vida entera dedicada a una vocación, una llamada  de la conciencia, del alma. Ser escritor era algo casi sagrado que modificaba toda una vida. Algo más que una afición o una querencia, mucho más que un oficio. Era una disposición personal, un don que desarrollar, una aptitud que no todos lograban tener y que debía desarrollarse continuamente.
Su carácter solitario, secreto, de comunión con las palabras, silencios y recogimiento, le daba ese aire místico e intelectual que todavía se conserva en el aura de viejos literatos. Malditos o benditos, los escritores dedicaban su vida a escribir, y ese oficio de juntar letras y dar vida a personajes e historias, modificaba de tal forma la vida de cada uno que hacía imposible que un autor se dedicara a cualquier otra cosa que no fuera en mismo oficio de escribir.
Vargas Llosa dice en su libro “Cartas a un joven novelista” que escritor es aquel que hasta sus más íntimos pensamientos necesita ponerlos por escrito, independientemente de que sean publicados o leídos por alguien. Hoy, todavía leo a compañeros que escriben por el hecho de que no podrían vivir sin ello, no se imaginan haciendo otras cosas o simplemente “colgando la pluma”.
Cuando preguntas a un autor por qué escribe la respuesta suele ser la misma: porque no puedo hacer otra cosa, porque lo necesito, porque no sé vivir sin escribir. La semilla está dentro de cada uno esperando crecer y desarrollarse, y no siempre ha de hacerlo en tierra abonada y fértil. A veces escribimos desde páramos lejanos y estériles, desde llanuras desérticas y planicies áridas en donde nada fructifica. A veces sabemos que estamos tirando simientes en terrenos baldíos y no por ello abandonamos la manía de seguir escribiendo.

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No todo termina en libro, en novela, en poemario. Hay miles de letras escritas que permanecerán siempre ocultas. Cuartillas que comenzamos a rellenar cuando contábamos nueve años y el mundo era un lugar bueno e inocente que, sin embargo, ya resultaba tan incomprensible como para tratar de explicarlo.
En los blogs de autores, languidecen historias que en otros tiempos hubiesen sido llamadas a no ver nunca la luz. Mueren palabras recién nacidas de los dedos rápidos que etiquetan fotos, adjuntan enlaces, y buscan bibliografías con las que ampliar horizontes. Tenemos el mundo al alcance de la mano y accedemos a él con un clic rápido en el ratón. Diccionarios de sinónimos, correctores y herramientas imposibles de imaginar por aquellos que nos precedieron. Podríamos considerarnos afortunados. Pero seguimos escribiendo y buscando explicaciones, tratando de entender el mundo. Al final estamos solos frente a la pantalla del ordenador, atacando un teclado, mirando un procesador de textos. Con la misma inquietud que tenían aquellos que rasgaban cuartillas enteras, que emborronaban con tinta los márgenes de las hojas, que afilaban plumines, los que tenían que modificar textos tachando palabras, que arreglaban y explicaban el mundo mientras corregían las galeradas de una rudimentaria imprenta.
La vocación sigue ahí. Intacta. Sigue modificando la vida de quienes sentimos la llamada de la palabra. Los letraheridos, que nos llaman ahora. Nos seguimos desvelando en los mismos temas y tratamos de encontrar nuestra propia forma de contarlos, nuestra propia voz, tan escurridiza, tan propensa a confundirse con otras voces y con otros afanes. Sigue modificando nuestra vida, seguimos sintiendo que queremos dedicarnos a esto en cuerpo y alma y sufrimos por no lograrlo, por tener que seguir viviendo el día a día cuando querríamos estar escondidos en nuestra cueva, sentados ante el folio blanco.
Profesión sacramental. Pura vocación. Una estela que necesitamos seguir, una llamada que necesitamos responder, una disposición para soñar que nos urge a seguir despiertos.