Talleres y formación

Este invierno estuve preparándome y estudiando hasta obtener el título de Formadora de formadores y Formadora ocupacional. Tenía planes de trabajo, como mucha gente… pero el Covid lo ha jorobado por completo. Sin embargo, tal como vienen las cosas, con la crisis que se avecina, he pensado ofrecer mi ayuda, de forma gratuita, para ayudar a otras personas, desde mi modesta posición. Haciendo lo que se pueda con tal de ayudar un poco
He organizado tres talleres gratuitos:
El primero es sobre SEO. Este taller va enfocado a emprendedores y autónomos, para que puedan manejar su propia web, la optimicen y puedan recibir más visitas, mejorar su posicionamiento en los motores de búsqueda y, por tanto, tener más clientes y ventas desde su página web.

lupa - letras - taller seo


El segundo es sobre Redes Sociales para autónomos, en el que explicaré cómo deben manejar las redes sociales desde una perspectiva profesional. También cómo funciona cada una de ellas y lo que debes o no ir haciendo para que tus acciones tengan una buena repercusión.

cabeza - conversación - redes sociales


El tercero es Búsqueda de trabajo 2.0, indicado para aquellos que quieren reciclarse en nuevas profesiones, profesiones emergentes o buscar trabajo desde las multiples plataformas online que existen.

muñecos trabajando - trabajo - letras


No se me ocurre otra forma de arrimar el hombro, de tratar de ayudar. Y en este empeño cuento con la inestimable colaboración de Vegan Lovers, que nos presta gratuitamente su aula de Coworking en Villarreal. Las plazas serán limitadas debido a la pandemia, con lo que solo podrá haber un máximo de cuatro personas, pero si hubiera más demanda habilitaríamos otras fechas y si estáis interesados y podéis venir, debéis reservar vuestra plaza en ninapenya@gmail.com

 

La piedra de Sísifo

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El mito de la piedra de Sísifo ha sido bastante usado durante la pandemia quizás por lo repetitivo de los días de confinamiento y por los temores de algo imprevisible que ha paralizado nuestra vida y nos ha dado tiempo suficiente como para pensar, recapacitar y tratar de encontrar un significado al hecho de vivir.

Lo cierto es que el míto de Sísifo, condenado por los dioses del Olimpo a arrastrar una enorme piedra por la pendiente de una montaña y que esta cayera justo antes de alcanzar la cima para tener que volver a empezar de nuevo, es la imagen perfecta para vislumbrar algo que nos ocurre a muchos.

El esfuerzo sin recompensa. La falta de sentido de nuestra vida. La tragedia de vivir un absurdo. Lo cruel de una realidad plana. La existencia sin descanso. El sentido de la vida, en fin.

«Los dioses habían condenado a Sísifo a transportar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Pensaron, con algún fundamento, que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza»

-Albert Camus-

Nuestra forma de vivir, casi automatizada en una repetición de actos diarios, puede tener poco sentido en algunas ocasiones, incluso crearnos una especie de crisis existencial. Lo cierto es que, además de lo personal y lo metafísico del pensamiento de cada uno, también hay resortes sociales que nos emplujan a plantearnos nuestro sentido de la vida.

Quienes hemos “sobrevivido” a la crisis financiera de 2008 vamos a encarar esta próxima crisis del Covid ya cansados de empujar nuestra propia piedra por la ladera del monte. Algunos incluso agotados por ello. No dejamos de ser vulnerables ni dejamos de ser llevados o traídos por las consecuencias de situaciones que no está en nuestras manos resolver.

“Hice una prueba de existencialismo. Dejé todas las respuestas en blanco y saqué un 10”.     -Woody Allen           garabato - muñeco - nada -

Reinventarse, una vez más, parece ser el camino correcto para seguir empujando, pero, ¿para qué ese empeño en empujar?

Hay quien relaciona el míto de Sísifo con lo absurdo, como Camus, que concluye con el pensamiento de que “la lucha en sí es suficiente para llenar el corazón del hombre”. Welcker sugiere que “es una lucha del hombre por alcanzar la sabiduría”.

Puede que los dos tengan parte de razón. En el empeño de seguir arrstrando la enorme piedra quedaremos agotados, sinduda, pero quizás salgamos algo más sabios y quizás, hacerla rodar montaña arriba para verla caer y volver a comenzar, por absurdo que sea, puede ser el motivo por el cual nuestro corazón salga pleno, por el simple motivo de no rendirse, de seguir, de mostrar firmeza y lucha, de tratar de convertir nuestra labor diaria en una forma de superación constante para la cual tampoco hace falta otro empeño ni otro significado que el de simplemente vivir, con todo lo que ello implica de absurdo y, al mimso tiempo, de pleno.

Fuentes:
https://lamenteesmaravillosa.com/el-mito-de-sisifo/
https://psicologiaymente.com/cultura/mito-de-sisifo

 

 

 

El efecto Dumming-Kruger

hoja - libro- página - letras

Reconocer nuestra propia incompetencia, nuestras carencias o nuestra falta de habilidad, es el primer paso para ser mejores de lo que nunca hemos sido.

 

Esto de tener amigas psicólogas es realmente beneficioso. Hace unos días, Maifa, una amiga psicóloga, lectora voraz y poeta de amaneceres en sus ratos libres, colgó en su red social un post sobre el efecto Dumming- Kruger al que yo he intentado sacar partido desde mi absoluta ignorancia, (así entro en materia).

Esta teoría fue demostrada por Justin Kruger y David Dumming en la Universidad de Cornell, NY, y los resultados de su estudio fueron publicados en el Journal of Personality and Social Psichology en diciembre de 1999.

El efecto Dumming- Kruger es un sesgo cognitivo  por el cual los sujetos con poca habilidad o conocimientos, sufren una especie de sentimiento ilusorio de superioridad, llegando a considerarse más inteligentes que otras personas aunque estas estén más preparadas. Estos individuos miden de forma desproporcionada e incorrecta su habilidad, considerándola muy por encima de lo real.

También es llamativo que este fenómeno explica que, por el contrario, los individuos más competentes y capacitados son los que, paradójicamente, tienden a infravalorar e infraestimar sus propias capacidades y habilidades.

Curioso, ¿verdad?

El método de estudio

Kruger y Dumming realizaron un total de cuatro investigaciones distintas tomando como población de muestra a los alumnos de su facultad.

En estas pruebas estudiaron el razonamiento lógico, la gramática y el sentido del humos, entendido como la capacidad de entender y detectar aquello que es gracioso. Los individuos estudiados  fueron consultados de uno en uno sobre la estimación personal de su grado de competencia en cada uno de esos tres campos. Después, se hizo un examen por escrito para poder valorar la competencia real en cada uno  de los ámbitos consultados.

Cuando se hubo recogido todos los datos y se procedió a comparar los resultados, se observó, en todo su esplendor, las contradicciones entre la percepción de cada individuo sobre sus competencias y habilidades y la realidad de las mismas.

Se dieron unas pocas características comunes y principales:

  • Se muestran incapaces de reconocer su propia incompetencia
  • Tienden a no reconocer la competencia de las demás personas
  • No son capaces de tomar conciencia de hasta qué punto son incompetentes
  • Solo son entrenamiento para tratar de incrementar sus capacidades serán capaces de reconocer y aceptar su incapacidad previa.
  • Los  más brillantes, muy superiores a sus compañeros, estimaron que estaban por debajo.
  • Los  mediocres se consideraran por encima de la media
  • Los más malos se mostraron convencidos de estar entre los mejores: cuanto más inútil era el individuo, más seguro estaba de hacer las cosas bien.

 

Una cura de humildad

Charles Darwin decía que “la ignorancia engendra más confianza que el conocimiento”, y posiblemente sea muy cierto. A medida que he ido leyendo y escribiendo esto me vienen a la mente instantes en que he creído saber más de lo que sé. Soy una persona con ideas propias, es cierto, y me consta que a veces las he podido defender con vehemencia, algo que ahora veo casi ridículo.

Los primeros años de redes sociales, de foros de internet, eran un no parar de posiciones encontradas, de diálogos de besugos, de opiniones que ahora puedo ver más o menos acertadas, más o menos pobres. Mis ideas, mis afinidades o colores políticos siguen siendo los mismos, pero ya no lo defiendo con la misma intensidad que antes. Me he dado cuenta de que yo no soy responsable de lo que puedan pensar o entender los demás ni tengo por qué convencerles de lo contrario así como tampoco tengo por qué defender mis ideas ante nadie que pretenda imponerme las suyas. Tratar de cambiar la idea preconcebida de cualquier otra persona nos puede poner en un “plano superior” que no tenemos por qué asumir y que además puede ser completamente falso. No es hacer pedagogía, si no tratar de tener la razón por encima de todo; además, tampoco soy quién para tratar de dar lecciones a nadie de nada.

Mis ideas, se han quedado en mi blog, como ahora, o con personas de mi absoluta confianza en donde el diálogo es posible, donde no cabe la confrontación y donde además, suelo aprender mucho. He llegado a un momento de mi vida que prefiero tener paz que tener razón. De verdad.

Bertrand Russell, afirmó que “uno de los grandes dramas de nuestro tiempo reside en que aquellos que sienten que tienen razón son estúpidos, y la gente con más imaginación y que comprende la realidad es la que más duda y más insegura se siente”.

Igual soy de esas personas que, tal como refleja el estudio, han sido entrenadas para incrementar mis capacidades y ahora reconozco y acepto mi incapacidad previa. Quizás me estoy juzgando duramente y pese a ser una persona que asumo haber tenido mis ideas y defenderlas con ahínco nunca he llegado a desarrollar este efecto Dumming- Kruger… no lo sé.

Solo sé que dudo de todo, que me veo pequeñita en medio de grandes cavilaciones, que no soy tan buena como creía serlo y quizás por eso llevo casi tres años sin escribir una novela, quizás solo soy una persona con habilidades potenciales pero con carencias muy concretas y a estas alturas de la vida, quizás insalvables… no lo sé.

Pero sí sé que no quiero ser como toda esta gente que hoy ladra en los foros, que grita desde las mayúsculas de las redes sociales, que insulta a quienes no piensan como ellos. Como esa gente que se cree en posesión absoluta de todas las verdades, que es incapaz de aceptar la realidad porque esta no es como ella se imaginaba que fuera. Gente que siembra discordia, que se remite a los hechos y a los datos para llegar a conclusiones contrarias a lo que parecen demostrar. Gente que nunca aporta. Que nunca entiende. Que es incapaz de ver lo bueno en los demás. . Gente que te llama ignorante cuando ellos están llenos de prejuicios y lagunas. Gente que critica a quienes hacen lo mismo que ellos hacen.  Gente que se cree superior solo por el hecho de poder escribir unas palabras desde una red social. Gente que escupe rencor. Gente que pasa por debajo de mi balcón gritando en una conversación telefónica y sentando cátedra sobre temas que ignora completamente. Gente que busca la controversia, la polémica, la confrontación gratuita porque cree tener derecho a enfrentarte, a reducir tu opinión para que la suya prevalezca… gente que huele la sangre a kilómetros de distancia. Que es incapaz de entender que la vida es aprender, crecer, vivir…

Yo me he propuesto, y lo estoy consiguiendo, no hablar de política nunca más en redes sociales, y menos aún ahora, en plena pandemia. Ya hace tiempo que tomé esa decisión y son pocas las noticias que comparto sobre estos temas a no ser que sean buenas.  A no ser que sean positivas y supongan un poco de aire para la mente o el alma. Alguna vez respondo a algo, pero desde luego no como antes y menos como mucha gente está haciendo estos días. Yo voy a hacer mía la frase del también filosofo americano Ralph Waldo cuando decía que “toda persona es superior a mí en algo, y en ese algo, aprendo”.

 

Fuentes:

Bertrand Regader. (2018). Efecto Dunning-Kruger; cuanto menos sabemos, más listos nos creemos. 9/5/2020, de Psicología y mente Sitio web: https://psicologiaymente.com/psicologia/efecto-dunning-kruger

Marta Guerri. (2016). El efecto Dunning-Kruger: La paradoja del incompetente. 8/5/2020, de Psicoactiva Sitio web: https://www.psicoactiva.com/blog/el-efecto-dunning-kruger-paradoja-incompetent/

Novedades románticas de febrero

 

 

Tal como prometí, comienzo este mes con las novedades independientes de literatura romántica.

Ya sabéis que si vais a lanzar libro podéis poneros en contacto conmigo en mi página de Facebook y enviarme vuestras portadas y un pequeño resumen biográfico de vuestras vidas literarias.

Amor dañino. Ivonne Vivier

guitarra - ivonne vivier - fotogramas

Ivonne Vivier es una argentina afincada en Estados Unidos, casada y madre de tres hijos que vuelca en la escritura su enorme caudal creativo. En ellos podemos encontrar romance, erotismo, risas e incluso relatos eróticos.

Su nuevo libro ve la luz este mismo mes de febrero y nos promete nuevas aventuras románticas.

Desde este enlace puedes visitar su página de autora

 

Todos mis sueños te daré. Priscila Serrano

priscila serrano - globo - pareja - cielo

Priscila Serrano es una prolífica autora con nada menos que veinticuatro libros publicados de forma independiente.

Su estilo es romántico y New Adult y es una de las autoras más aclamadas del panorama independiente actual. Portadas sugerentes y títulos que invitan a la lectura son auténticos imanes para sus numerosas lectoras.

Desde este enlace puedes adquirir su nuevo libro

 

Mil “te quieros”. Isabel Keats

flores - osos - atrapasueños - dibujos

 

 

 

 

 

 

 

Isabel Keats tiene la friolera cantidad de veintiocho títulos publicados de forma independiente y en distintas plataformas.

Esta licenciada en publicidad fue finalista del Premio Harlequin con la novela El protector y también fue finalista en el III Certamen de Novela Romántica de Vergara con Abraza mi oscuridad.

Leerla es leer calidad literaria en el género romántico

Desde aquí puedes acceder a su página de autora en Amazon

 

Totalmente imperfectos. Raquel Antúnez

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Raquel Antúnez tiene ocho libros en el mercado algunos de ellos publicados dentro de distintas series. Raquel se considera, ante todo, escritora, y reconoce que necesita escribir del mismo modo que necesita respirar.

Fue nominada a mejor autora revelación y mejor autora Chick Lit en 2012  con su novela Redes de pasión.

Desde aquí puedes adquirir su nuevo libro

 

Disparo al corazón. Bárbara Padrón

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Bárbara Padrón es de esas escritoras que encadena opiniones positivas en todas sus obras. Su serie Mafia ha sido muy aclamada por las lectoras de distintos grupos virtuales y con este nuevo libro nos hace llegar ya la tercera parte.

Con su anterior libro, Nieve roja, cambiaba de registro entrando también en el género de fantasía y romance paranormal.

Desde este enlace puedes adquirir su último libro y la saga Mafia completita

 

Confusa Clara. Leonor Basallote

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Leonor Basallote se caracteriza por escribir historias intensas, de esas que hacen vibrar al lector. Licenciada en Historia, siente auténtica pasión por la escritura, con lo cual, compagina su profesión con aquello que realmente ama: escribir.

Su nuevo libro trata de secretos y de la visión que una mujer puede tener de sí misma y de su existencia.

Desde este nlace puedes tener acceso a toda su bibliografía

 

Fuego. Saga Bishopstoke. Judith da Silva

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Judith da Silva es el seudónimo de esta autora murciana que lleva escribiendo desde los quince años. Sus géneros son el romance histórico, fantasía o terror.

Ella misma confiesa que le gusta cambiar de género para no sentirse limitada y es que Judith desborda creatividad. Este último libro es la entrega final una distopia sobrenatural y forma parte de Bishopstoke, una bilogía sorprendente.

Desde aquí puedes enlazar con su nuevo libro

 

 

Feminización de la pobreza

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Hablar de la vida laboral de las mujeres es hablar de precariedad, de jerarquía y de desigualdad de una forma histórica y estructural.
Han sido muchos los factores que dan lugar a este hecho: los aspectos simbólicos, los sociales, políticos y económicos han influido y condicionado siempre las circunstancias laborales de hombres y mujeres, pero especialmente las femeninas.
La división del trabajo en la sociedad occidental contemporánea es el resultado de un proceso en el que interactúan el patriarcado y el capitalismo y en el que la organización de la industria ayuda a mantener la subordinación de las mujeres incrementando la presencia en aéreas dominadas por los varones que, así mismo, fomentaron la segregación de los empleos, fortaleciendo el trabajo doméstico o el trabajo no remunerado de las mujeres.
Esto no afecta de la misma forma a todas las mujeres y tampoco logra prescindir de ellas totalmente. Por ejemplo las mujeres de los artesanos o de oficios agrupados en gremios ayudaban a los maridos sin percibir ningún salario y sin ser reconocidas como aprendices o artesanas.
Durante la I y II G.M. la mujer fue reclamada como fuerza de trabajo en las industrias. Durante la Revolución Industrial las mujeres de clase social más desfavorecidas fueron incorporadas a fábricas textiles, talleres o minas mientras en las clases altas sucedía todo lo contrario: el hecho de que la mujer no trabajara era considerado un símbolo del status y éxito de sus esposos. El hecho de que una mujer tuviera que ejercer de institutriz, cuidadora o acompañante de otras damas indicaba que su nivel social había empeorado y no tenía ni padre o marido que pudiera mantenerla o cuidarla, ya que eran mujeres que nunca habían pertenecido con anterioridad a la clase trabajadora.
Esta división del trabajo, eliminando a la mujer del trabajo productivo es una de las bases de la subordinación dada la falta de independencia económica que conlleva. La emancipación de la mujer irá ligada, por tanto, a su participación en el mercado de trabajo y a un cambio en la valoración de su producción y no solo a la valoración de la reproducción.
En los países industrializados la participación de la mujer ha crecido de forma importante. En 1950 solo trabajaban un 36.70% de mujeres de forma remunerada. En 1985 la tasa era de un 41%. En 2016 se sitúa en un 58% y la tasa europea se sitúa de media en un 65.3%.
Sin embargo, esta evolución responde a cambios en las estructuras sociales y la llamada “sociedad del bienestar”, que ha abierto el sector laboral a los servicios y cuidados, es decir, se ha profesionalizado todo aquello que las mujeres siempre hemos desarrollado en la labor doméstica. Por otro lado hay que destacar que en tiempos de crisis o en países en vías de desarrollo, siempre se produce cierto estancamiento, precarización o recesión en los trabajos a los que la mujer accede.
Este conjunto de características es lo que se ha dado en denominar feminización del trabajo.
No solo estamos trabajando en aquellos mismos trabajos que ya hacían nuestras abuelas aunque de forma profesional sino que, además, en el resto de sectores laborales, nuestro trabajo es más precario.
Esto se debe en gran medida a que el trabajo sigue condicionado a estereotipos y símbolos de género y es uno de los aspectos que más condicionan la discriminación salarial. En España existen 35 ramos de actividad económica y dos tercios de las mujeres trabajan en solo 5 de ellos: comercio, agricultura, servicios, educación y sanidad.
Dentro de esa diferencia se dan dos grados más de segregación.
SEGREGACIÓN HORIZONTAL, en la que se define de forma convencional las tareas propias de un género u otro y que están ideológicamente asociados a los trabajos que realizan las mujeres en el ámbito doméstico.
SEGREGACIÓN VERTICAL, que deja a las mujeres en la base de sus carreras profesionales y cuya promoción es mucho más lenta y laboriosa que la de sus compañeros, respondiendo a una jerarquía patriarcal en la que la mujer se ve relegada a puestos menos cualificados aunque tenga la misma cualificación que un hombre y, por tanto, a un salario más bajo.
El trabajo femenino en España es claramente discriminatorio, caracterizado por una mayor tasa de temporalidad y contratos a tiempo parcial, salarios medios inferiores y una asunción mucho mayor de las responsabilidades domésticas, así como a mayores plazos de tiempo retiradas del empleo y menores oportunidades de cualificación y promoción.
En 2016 el Centro de Estudios de Economía Aplicada presentó un informe en el que analizaba la situación del mercado laboral y decía que “pese a tener más formación y nivel académico, las mujeres sufren discriminación en materia de empleo, sueldo y posiciones de liderazgo”.
También en los grupos de edad mayores de 50 años las mujeres tienen un nivel educativo medio superior al de los hombres y esa brecha sigue aumentando a medida que se reduce la edad aunque no se refleja en la discriminación laboral puesto que sigue estando patente.
La mayoría de fuerza laboral femenina se concentra en aquellas ocupaciones que se relacionan con roles de género y en estereotipos asociados a la mujer. Además estas labores se menosprecian precisamente por ello. En cuanto un trabajo se feminiza, empeoran sistemáticamente sus condiciones laborales y su reconocimiento social, pero sobre todo, empeora su salario.
Esto, principalmente se da en el sector servicios: cocineras, camareras, camareras de piso, teleoperadoras, en el sector de cuidados: niñeras, trabajadoras domésticas, cuidadoras de ancianos etc.
También estos trabajos son más invisibles, como las trabajadoras domésticas que todavía hoy trabajan muchas veces sin contrato, sin horarios preestablecidos y sin derechos sociales. Si además son mujeres migrantes este dato se dispara porque la ley de extranjería las convierte en el colectivo más vulnerable y con más posibilidades de estar en el escalafón más bajo tanto social como laboralmente.
Muchas mujeres que realizan estos trabajos forman parte de lo que se denomina como trabajo vulnerable, que son aquellos que se realizan en empleos puntuales e independientes o en un trabajo familiar no remunerado. Por ejemplo, en el ámbito rural, de forma tradicional, la mujer ha carecido de contratos formales, condiciones adecuadas para realizar su trabajo y sin representación sindical. También son trabajos con frecuencia inadecuados, con baja productividad y condiciones de trabajo que a menudo vulneran los derechos de os trabajadores.
Según la Organización Internacional del Trabajo casi la mitad de la fuerza de trabajo global está en condiciones de trabajo vulnerable y de todo ese colectivo las mujeres están mucho más expuestas a tener este tipo de empleos, altamente relacionados con la pobreza, sobre todo en entornos más pobres, rurales o indígenas.

 

Charla ofrecida en la sede de la Uned de Villareal, 7 de noviembre 2019

¡Felices años 20!

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Es el día del balance, la Nochevieja, el último día del año, y ya puestos, con esto de cambiar de década, que ya me ha explicado mi amiga matemática que en realidad no es así, también se impone una mirada un poco más general a lo que han sido estos diez años. Para mi es una década funesta en la que ha cambiado mi vida de forma irremisible. En lo personal quizá sea la década peor que pueda haber vivido, pero me temo que no va a ser la última porque las perspectivas no son tan halagüeñas como nos quieren hacer creer, como personalmente intento creer, como laboralmente intento evitar. Sí, sigo esforzándome, aprendiendo, trabajando… pero la coyuntura no es la misma que hace diez años, las personas no somos las mismas y la sociedad menos todavía.

Es imposible no pararse a pensar en la anterior década de años 20, los felices años 20 como son conocidos. He querido leer y buscar aquel momento, ver cómo fuimos en los años previos a la Gran Guerra, a la república en España, a los movimientos filosóficos y políticos que cambiaron el mundo, y a medida que he ido profundizando me doy cuenta de que fue en está década cuando se sembraron las semillas que ahora están fructificando en todo su esplendor.

Europa vivía un periodo de entreguerras en el que trataba de curar heridas y pagar deudas a golpe de Charleston y espectáculos de cabaret. Las mujeres se acortaban las faldas, el pelo, se quitaban los corsés y comenzaron a tener derecho a voto en algunos países mientras Coco Chanel ponía de moda la alta costura que, de una forma u otra, las seguía y nos sigue constriñendo.

Ford innovó la tecnología con su cadena de montaje, método que se fue ampliando a otro tipo de industrias y que revolucionó para siempre la producción a gran escala. En Estados Unidos comenzaron a construirse los primeros rascacielos. Comenzó la llamada venta a plazos. Se comienza a usar el petróleo como fuente de energía y se producen las primeras grandes concentraciones de capital. La radio y la prensa vivieron su época de oro, y qué decir del cine…

En España batallábamos en Annual y en las guerras coloniales por las que asomaban, a finales de la década, las cabezas de los militares en la dictadura de Primo de Rivera. Comienzan los conflictos sociales, son asimiladas las nuevas teorías políticas, la lucha obrera en un país y un continente plagado de mano de obra empobrecida y analfabeta.

De los felices años 20 nos queda la imagen de la mujer liberada, de los cabarets, de la ley seca en los Estados Unidos tantas veces vista en el cine, nos queda la imagen de un mundo renovado, de una Europa libre, de una cultura occidental que iba avanzando a la modernidad.

Los años 20, del siglo pasado, sientan las bases del consumismo actual, del liberalismo, de la locura en la que estamos sumergidos ahora cien años después. Es como si esa felicidad expuesta nos fuera necesaria todavía.

Miro el mundo desde el rincón que en él ocupo y veo la individualidad, la ostentación, el hedonismo social en que hemos convertido nuestra vida. Sigo viendo las consecuencias del colonialismo más brutal, el retroceso en las libertades por mor de una libertad inexistente, veo disiparse el famoso “estado de bienestar” entre las brumas de un neoliberalismo que ha adoctrinado a la clase obrera que ya no se considera como tal aunque tenga sueldos de miseria, veo como la lucha de la mujer se pierde en teorías posmodernas en voces de hombres y mujeres que no han tenido en cuenta la base de la lucha, veo el egoísmo más brutal, la bandera más grande, la mediocridad de quienes nos gobiernan, la solidaridad tachada de comunismo exacerbado, como si eso existiera todavía,  veo un mundo que se vuelve contra sí mismo porque nadie renuncia a su parcela de placer propio.

Veo un mundo que cada vez me gusta menos y para el que no encuentro un futuro prometedor, ni siquiera tranquilo. Veo los cuerpos de las personas que diariamente mueren en guerras que podrían haberse evitado, en mares de los que nadie los salva. Veo las diferencias sociales, las discriminaciones raciales, los pozos oscuros de miseria, los márgenes sociales en el que se mueven miles de seres humanos a los que nadie les da voz. Veo el planeta quejándose de su sobreexplotación en forma de tormentas, veo selvas arrasadas, páramos desiertos, agua sucia. Veo la inhumana creencia de que seguimos siendo el ombligo del mundo. Veo a una Europa perdida entre mandatarios soeces y manos en las sombras que manejan hilos que no vemos, una Europa que ha perdido su sentido y su esencia. Veo el ocaso de la sociedad occidental en forma de IPad o de cualquier tecnología puntera que termine por atontarnos del todo. Veo un mundo polarizado, enfrentado, donde todos quieren tener razón y muy pocos tienen razones.

No me imagino el futuro. Eso no logro verlo. Quizá dentro de unas décadas, cuando vivamos al estilo Mad Max luchando por el agua y los recursos, nos acordemos de los años 20. De aquellos felices años 20 o de estos años 20 en los que vamos a entrar.

En nuestras manos está hacer de este tiempo un periodo de cambio, de un cambio que se impone por necesario. Tenemos que comenzar a recuperar la humanidad que hemos perdido, los valores que han dejado de estar de moda, la memoria de lo que somos realmente y del lugar que ocupamos. Y no va a valer hacerlo desde nuestra comodidad, dando me gusta a publicaciones, sino peleando de la forma que sea. No sé cual, pero cualquiera. Se alzan voces de esperanza, sé que no está todo perdido por más que intenten acallarlas. El futuro tal vez está en los más jóvenes que ven peligrar su mundo y su planeta, pero la introspección se impone y los que ya tenemos cierta edad debemos pensar qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos. No vale echar de menos nuestra niñez y decir que aquellos años fueron mejores, sino tratar de hacer que los años por venir sean tan buenos o más.

Nuestra huella en el mundo será de la de indiferencia si no hacemos nada por cambiar las cosas, si nos dejamos llevar por palabras vacías de contexto, si nos tapamos con banderas, individualismo y conformismo, si no enfrentamos los fantasmas del pasado que asoman por cada rincón pervirtiendo la esencia de lo humano, si toleramos lo intolerable y creemos todo lo que nos dicen sin un asomo de espíritu crítico.

Tenemos una década por delante en la que todo puede cambiar para bien o para mal. Cuando termine cosecharemos lo que hayamos sembrado, sean bellos campos de trigo o cizaña.

 

 

Los cincuenta

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Estamos sentadas frente a una taza de café y varias manzanillas con hielo, en una terraza al aire libre frecuentada por palomas indiscretas y voces de niños que persiguen balones de fútbol. Queda apenas media hora para que entremos en la conferencia sobre feminismo que sirve de colofón a ocho jornadas de cursillo y lo que en principio es una reunión informal en la que compartir el hermanamiento del curso y conocernos más unas a otras, se convierte en un repaso por nuestras vidas. Hemos llegado hasta ahí desde caminos muy distintos, sin embargo, todas tenemos algo en común; somos mujeres, feministas y nuestra edad esta rondando los cincuenta años. No todas tenemos hijos. No todas estamos casadas o vivimos en pareja. No todas tenemos las mismas preferencias sexuales. Pero sí todas estamos frente a una línea roja que ha marcado nuestras vidas.
En 2008, el año del crac económico, cuando contábamos alrededor de los cuarenta, nosotras superamos también esa famosa crisis que dicen los expertos que se da a cada década. Diez años después, nos vemos abocadas a los cincuenta sin que la crisis económica haya sido superada y sin que nosotras hayamos avanzado. Buscamos alternativas a nuestros problemas laborales, hacemos cursos presenciales y a distancia, hemos cambiado de trabajos y de intereses y buscamos en el feminismo aquellos datos que se nos escaparon de jóvenes y que dan respuesta a muchas de las cosas que nos pasan. Se puede decir que, según las reglas sociales, vamos de crisis en crisis. Que una vez llegada a cierta edad, sobre todo a esa mediana edad en la que se es mayor para ser joven y joven para ser mayor, esa edad en la que de verdad llegan las crisis existenciales que no se tienen a los veinte ni a los sesenta, nosotras todavía estamos construyendo nuestras vidas.
A. revuelve su manzanilla sin azúcar y nos cuenta como el feminismo ha dado respuesta a algunas de las cosas que le han sucedido últimamente. Para ella colaborar con una asociación, formarse, sentir que se dan las respuestas adecuadas, aunque sea de forma filosófica o metafísica, es ver solucionado parte del problema. Ahora sabe que ha llegado a su situación porque en su vida personal siguió los senderos marcados por los conceptos de mujer que le fueron inculcados. Sabe que hizo cosas que no debería ni quería haber hecho, pero que era lo que parecía estar preparado para ella desde siempre.
B. hace un examen por los últimos diez años de su vida. Pasó de trabajar en unas oficinas a tener que ir al huerto a recolectar naranjas y sus últimos diez años los ha pasado al aire libre, levantando capazos de veinticinco kilos, soportando mañanas de frío a 0º , con barro hasta en las cejas. Ha sido su cuerpo el que ha dicho basta: su menisco roto, su artrosis, su desgaste de huesos. Ahora está haciendo cursos de administrativo y se ha presentado a varias bolsas de trabajo.
C. nos hace un repaso somero de su nueva actividad. Trabaja de noche en un restaurante, en el turno de cenas y por el día trata de estudiar aquello que no estudió cuando tenía veinte años. Ha pedido su certificado de Formación Profesional, el que no pidió a los veinte, para ver si pude entrar en alguna bolsa de trabajo, en alguna plaza de algún ayuntamiento cercano, en algún hospital o centro de la tercera edad. Estudió Jardines de Infancia, algo que se puso de moda cuando en los ochenta se supo que Lady Dy trabajaba en una guardería. Era el tiempo en que creer en príncipes y princesas todavía era factible.
D. quiere vivir de lo que escribe. Tiene tres novelas publicadas en editoriales locales y en Amazon, colabora con un par de revistas digitales y redacta contenidos para páginas web que le pagan por número de palabras. También hace cursos. Gratuitos, eso sí. Marketing, SEO, posicionamiento web, comunidades virtuales… algo que le ayude a vender sus libros, a promocionarse y llegar a los lectores.
Si algo nos define es la frustración. Una frustración sorda que envolvemos en sonrisas. Estamos a una altura en la vida en que nuestras madres tenían su futuro resuelto mientras que nosotras todavía estamos reinventando uno. Hay un enorme cansancio relacionado con esa sensación de naufragio. Cansancio de pelear, de chocar contra los elementos, contra las circunstancias. A los cincuenta todavía estamos tratando de encauzar nuestra vida, de darle un proyecto, de resarcirnos de los años de crisis que nos tumbaron un plan de vida que creímos que sería para siempre o al menos que sería estable. Ahora vemos que no, que la lucha se encarniza precisamente a una edad en que ya vamos teniendo ganas de descansar un poco, de tocar el freno. Seguimos estudiando, somos muy activas, aceptamos trabajos precarios conscientes de que a nuestra edad nadie quiere contratarnos, realizamos sustituciones de verano, nos reinventamos y nada es suficiente.
Pertenecemos a esa generación que todavía creía que el amor era para siempre y llevamos algún divorcio a cuestas. Nos aleccionaron a que el trabajo de la mujer era una “ayuda” en casa pero no un propósito vital. Somos la generación, quizá la última, a las que enseñaron a bordar y coser en las horas lectivas de clase. Miramos a nuestro alrededor y vemos mujeres más jóvenes, más preparadas, más autosuficientes y nos preguntamos qué narices hicimos nosotras, porqué estudiamos algo que ni siquiera nos gustaba o porque no estudiamos más. Por qué narices nos casamos a los veintipocos. Tratamos de imaginar las vidas de otras mujeres que conocimos, las que se han ido quedando en la prehistoria de nuestras vidas y que en su momento ni siquiera cursaron BUP. Miramos alrededor y vemos mujeres más mayores que nunca tuvieron que acceder al mundo laboral porque entonces la mujer no trabajaba, se dedicaba a “sus labores” o bien, como mucho, trabajaba de forma precaria, sin contratos, sin derechos, con el estigma social que entonces significaba que una mujer tuviera la necesidad de trabajar.
Lo cierto es que todas llevamos una pesada carga en la mochila. La carga de la evolución social de la mujer. O mejor dicho la carga de saber, la de ser conscientes, la de poder dar respuestas que no siempre nos gustan. Transitamos entre la nada y el todo. Entre la generación del nacional catolicismo y la del liberalismo actual. Decía antes que el feminismo nos ha dado respuestas y eso es ya una forma de certificar causas y reconocer problemas para poder darle solución, pero no siempre esas respuestas son de nuestro agrado. El feminismo nos permite reconocer nuestros fallos, hacer examen de conciencia, ver carencias y posibles remedios, pero no significa que nos guste. No siempre el feminismo es liberación, no siempre significa recuperarse a una misma, al contrario, el feminismo nos enfrenta personal y socialmente a lo que siempre nos inculcaron, a lo que creímos, a lo que está aceptado por una gran mayoría de mujeres entre las que nosotras vamos a contracorriente. Nos acorrala en miles de acciones y de frases, en miles de momentos clave del pasado que ahora vemos tras las gafas moradas, nos empuja a la resistencia, a la verdad, a la no concesión. Es darnos la vuelta como un guante para mostrar un revés que no sabíamos que teníamos. Nos hemos descubierto a nosotras mismas en las facetas más íntimas que, sin embargo, hacemos públicas porque sabemos que ocultarlas es una continuidad con la que queremos romper. Y toda esta revolución interior nace en medio de una sociedad en crisis constante, en medio de una economía precaria, de un mundo laboral que pierde derechos cada día por mor de una crisis cuya cura, dicen, es un austericidio brutal del que arrastraremos las consecuencias durante décadas.
Tenemos que reinventarnos, que hacer frente a una frustración personal común, porque las circunstancias son comunes a todas, y tratar de tomar sitio para los quince años laborales que nos quedan por delante, para tratar de inculcar en nuestros descendientes la filosofía de vida que ahora vemos como válida y que les permita desenvolverse en la vida mucho mejor que a nosotras. Somos una generación intermedia que lucha constantemente por no ser parte de una estadística más en las listas del paro, en las listas de precariedad, en las listas de mujeres que nunca salen en las listas. Una generación que debe pelear para que de verdad el feminismo libere a nuestras hijas de todo aquello que a nosotras nos condenó. Tenemos en la conciencia no solo la carga personal de errores y aciertos, no solo la enorme carga emocional de romper con el pasado y las costumbres, si no de preparar un futuro, para nosotras y para las próximas generaciones, en el que tenemos que luchar de forma desigual, armadas solo con nuestro feminismo, nuestro esfuerzo y la esperanza de dejar un mundo mejor que el que conocimos.

2019. Año de llegadas y partidas

pisada lunar - nina peña

Este año se cumplen los aniversarios de dos hechos que han marcado la historia de la humanidad. Por un lado, hoy mismo, se conmemora la llegada del hombre a la luna y esa primera huella lunar e izado de bandera tan patriótico con el que los americanos celebran sus epopeyas.  Por otro lado, un poco más cañi y menos mediático, en septiembre se conmemorará la primera vuelta al mundo dada por un ser humano y que resultó ser la prueba empírica de que la tierra es redonda, aunque ahora muchos lo cuestionen de nuevo y ninguno de los dos hechos sea suficientemente gráfico para convencerles de lo contrario.

Estamos en medio de dos hechos que han cambiado la percepción del ser humano sobre sí mismo, que nos han mostrado lo realmente pequeños e insignificantes que somos, que nos han puesto en el lugar que nos corresponde como personas y convencido que somos un mero accidente en una evolución, un cromosoma, un material genético concreto. Quien no mire al celo y se sienta pequeño es que no tiene alma. Quien se enfrente a los océanos y sus profundidades y no se sienta sobrecogido es que no tiene profundidad.

Ahora, recién empezado este siglo, los seres humanos replanteamos nuevas preguntas, acometemos nuevas luchas o recrudecemos añejas reivindicaciones. Sin embargo, nada de lo que hacemos o nos planteamos sirve a la humanidad que espera seguir evolucionando. Todos los planteamientos que leo últimamente parten desde la más absoluta individualidad, desde el ego y desde el consumo. Se están replanteando viejos pensamientos con nuevas teorías personales. Las luchas con las que muchos seguimos son cuestionadas por axiomas personales que responden a intereses de unas minorías frente a aquello que debería aupar a la humanidad a un estado superior de conciencia. El yo, instalado en todos los estamentos y en nombre de una libertad que no existe, amenaza nuestra existencia en cualquier plano posible. El ego de cada cual, las respuestas personales a problemas colectivos, la ambición de unos cuantos frente a las necesidades de muchos, el afán torticero de calcular bienes privados llenándose la boca de bienes comunes, la codicia, la soberbia…

La humanidad no se plantea ser tan solo un puntito en el espacio, en el universo. No se plantea poder ser un granito de arena en el océano de los tiempos. Nos creemos el cúmulo de la vida y de la evolución. Presos de una modernidad insana, de una verdad fingida, de una solidaridad que no existe en las conciencias y que debería ser sustituida por la justicia. No nos planteamos la vida de los demás como un conjunto de vidas comunes, ni el sufrimiento ajeno como consecuencia del bienestar propio. No nos planteamos el término humanidad como aquello que debería unirnos, como aquello que no permite levantar muros ni lavar conciencias, sino que nos excusa de ser humanos.

Cada día hay gente que se empeña en luchas como esas, llegar a pisar la luna, dar la vuelta al mundo, y solo disponen de su esfuerzo y de sus pies para conseguirlo. Luchas igual de grandes, igual de inmensas que, de conseguirlo, cambiarían la percepción de lo que somos en realidad. Llegadas y partidas. Y cada día hay gente, en el otro lado, que convierte esa lucha en un objetivo inalcanzable por bien de una humanidad que ha perdido su propia definición.

Cistina García Rodero. Una mirada en blanco y negro

Muy a menudo se nos olvida de qué España venimos. Se nos olvidan los años en que caminábamos por los senderos tortuosos de una transición que vibraba entre lo que se creía moderno y las tradiciones ancladas en un pasado anacrónico que durante cuarenta años nos habían obligado a observar con la prudencia y el rigor del nacional catolicismo. Muchas veces, de lleno en el siglo XXI nos creemos muy modernos y avanzados como para echar la vista atrás o, por lo contrario, nos aferramos a esas costumbres como tradiciones irrompibles, como seña de identidad de nuestros pueblos, de nuestras fiestas populares o creencias.
Se impone una mirada al pasado desde ese ángulo de visión humanista que la fotógrafa Cristina García Rodero nos muestra en sus últimas exposiciones ofrecidas dentro del marco del Festival de Formentera Fotográfica el pasado mes de abril, en Huesca, durante el mes de mayo y en Puertollano, su pueblo natal, en donde la exposición ha tenido que ampliar las fechas hasta el presente mes de junio.

Garcia Rodero - Nina Peña - España - mujer - paraguas
En su colección La España oculta, nos muestra esa España ya desconocida y lejana en una amplia muestra antropológica y social que transcurre desde 1974 hasta 1989. Para ella, el fotógrafo ha de captar lo máximo posible y la fotografía ser lo más expresiva posible aunque tenga pocos elementos. Es por tanto la regla de oro de la llamada fotografía humanista, que trata de remarcar la figura del ser humano, sus momentos diarios, su vida cotidiana sin artificios que distraigan la mirada. Es ofrecer una visión del mundo, a veces crítica, a veces dura desde un punto de vista estético. Impactante en su simplicidad. Rodero piensa que en realidad hay poca política en sus fotos porque ella lo que pretende mostrar es la realidad de la situación, pero al mostrarla, esa realidad ya está contando muchísimas cosas. Las muestra en toda su vehemencia, en toda su crudeza, en todo su entorno social y pocas cosas hay tan políticas como mostrar esas circunstancias y contextos que pocos quieren ver.
Desde la prestigiosa agencia Magnum, Cristina nos recuerda una época de la España profunda y religiosa, llena de procesiones y tradiciones religiosas que parecen sacadas de una etapa que no reconocemos nuestra. Nos recuerdan a las épocas oscuras del pasado y sin embargo, apenas tienen cincuenta años. No hace tanto tiempo que éramos así aunque no queramos recordarlo, aunque la memoria sea frágil y aunque muchos traten de idealizar un pasado que para nada fue mejor pero que es, como toda niñez, la verdadera patria de muchos y a la que algunos, mal llamados nostálgicos, querrían volver.

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garcía rodero - nina peña - mujeres

Mujeres con mantillas y peinetas llaman la atención no por los atuendos cañis, si no por las expresiones de sus rostros: los cruces de brazos, los mohines de sus bocas, las expresiones cerradas, duras de sus ojos y su seriedad. Mujeres cuyo único poder era el ser abanderadas de la moral. Mujeres con cántaros en la cabeza. Niños pelones descalzos en las puertas de sus casas desvencijadas, obradas con barro y palma, blanqueadas con cal. Procesiones y tradiciones marcadas por la iglesia donde lo común era peregrinar de rodillas en pago a alguna gracia obtenida. Era toda una España que vivía de rodillas. La sumisa, la creyente y temerosa no tanto de Dios como de las leyes y sus alargados brazos. Hombres de rodillas en procesiones, en peregrinajes. Mujeres arrodilladas en los reclinatorios, en las aceras laborando trabajos ya perdidos, modos de supervivencia en las zonas rurales que se han extinguido.

garcia rodero - nina peña - mujeres - de rodillas
De las fotos de Cristina García Rodero llama la atención su mirada silenciosa y a la vez critica. Haciendo de las personas el centro de la imagen vemos un modo de vida que parece mentira que fuera el nuestro no hace tanto tiempo. Nos remontamos sin querer, confundidos por el blanco y negro, a otros años todavía más oscuros. Las vestimentas de las mujeres engañan y sus actitudes todavía más. En las fotografías sientes la falta de poder propio. Las personas interactúan con el medio, viven, sienten, pero al mismo tiempo muestran una ausencia de empoderamiento personal que subraya el servilismo de toda una época, la cerrazón de las costumbres, la aceptación callada como forma de supervivencia social.garcia rodero - nina peña - mujeres

Las mujeres llaman la atención porque sus imágenes varían de modo más ostentoso. Mujeres con niños enganchados a sus pechos, con la cabeza tapada por pañuelos negros sobre los que portan cestos, atadillos de ropa, lecheras enormes, ataúdes, haces de leña y el peso de la moral vigente. Ante los ritos eclesiásticos mantienen la única forma posible de poder personal: las guardianas de la moral, los pilares básicos de la familia y mantenedoras de costumbres tradicionales. Los hombres se muestran menos orgullosos. No les hace falta. Su poder personal, aunque minimizado por la obediencia a la ley y a la iglesia, se mantiene por el mero hecho de ser hombres, quienes solo se arrodillan ante Dios.

garcia rodero - nina peña - penitente

Han pasado ochentaydos años desde que en la carta colectiva de los obispos españoles se diera legitimidad a una guerra y a un golpe de estado que nos sumió en casi medio siglo de dictadura. Estas fotos, a medio camino en el tiempo, nos muestran no solo el grado de adhesión del pueblo hacia la iglesia sino también el enorme calado popular del nacionalcatolicismo que se mostró como defensor de la tradición, de las costumbres españolas y el arraigo en el tiempo que este tuvo.
La carta que legitima esta forma de vida reza que tras los “continuos atropellos de los súbditos españoles en el orden religioso y social puso en gravísimo peligro la existencia misma del bien público y produjo enorme tensión en el espíritu del pueblo español… no había más recurso que el de la fuerza para sostener el orden y la paz; que poderes extraños a la autoridad tenida por legítima decidieron subvertir el orden constituido e implantar violentamente el comunismo; y, que por lógica fatal de los hechos no le quedaba a España más que esta alternativa: o sucumbir en la embestida definitiva del comunismo destructor… o intentar, en esfuerzo titánico de resistencia, librarse del terrible enemigo y salvar los principio fundamentales de su vida social y de sus características nacionales”. La Iglesia muestra su adhesión al levantamiento y lo legitima como única vía posible de supervivencia para sí misma y para los valores morales que defiende. Califica de enemigos de Dios y de la Patria a todos aquellos que no comulgan con su fe y hunde sus garras en dos términos distintos pero complementarios. El de salvar a España de una ruina definitiva y el de reducir a los enemigos de Dios, de la fe católica y de la práctica de la religión. Para ellos la justicia y la paz llegaba de las manos de los sublevados y no del libre ejercicio y del libre pensamiento que proclamó la República.

Cristina Garcia Rodero. Peregrinación. Agencia Magnum
Hay todo un proceso mental en el que los españoles asumen los ritos y la pompa eclesiástica como forma de vida y la unen a la grandeza de la patria. Los primeros años de la dictadura como método vital de supervivencia, luego como forma de no estar apartado socialmente y de vivir sin dilemas de conciencia, haciendo lo que todos consideraban correcto, siguiendo los cauces marcados. Años de Acción Católica, Opus Dei y Sección Femenina. Años de ver a Franco desfilando bajo palio rodeado de las más altas esferas religiosas, de tener como escudo una réplica adaptada a las circunstancias de lo que fue bandera de los Reyes Católicos. Años en los que para no ser tildado de fascista en Europa tras la II Guerra Mundial, el régimen tuvo que virar a la llamada Democracia Cristiana pese a mantener una dictadura. Lustros, décadas que no se borran de un plumazo y que cuentan con un arraigo brutal sobre todo en poblaciones rurales.

garcia rodero - nina peña

Hoy estas fotos nos hunden en una especie de vergüenza no exenta de frivolidad. Mantenemos una mirada antropológica para no reconocernos en ellas, para no ver que se siguen alargando aquellos brazos de la moral más férrea impuesta por ese nacionalcatolicismo que en el momento de hacer estas fotos ya estaba herido y agonizante. Seguimos viendo manifestaciones religiosas de alto voltaje en los noticiarios, seguimos viendo desfilar procesiones, romerías y aglomeraciones públicas, muestras de fervor popular y nos tranquilizamos con la teoría de la libertad de culto dentro de un país cuya Constitución dice ser laico. Nos escudamos con la libertad y miramos esas demostraciones de exaltación con pasividad y tolerancia, sin creernos que todavía exista tanta gente temerosa de Dios. Hay un rito festivo en todo ello que confunde la celebración de fiestas patronales tradicionales con las señas de modernismo alcohólico y taurino, de peñas y asociaciones, de mujeres que se visten con trajes tradicionales, mantilla y peineta por la mañana y que por la noche se sacuden la modorra corriéndose la fiesta del siglo. Hombres que pagan religiosamente las cuotas de socios de cualquier asociación cultural para tener la patente de corso necesaria con la que no perderse ni un día de fiesta. Algo legítimo, por supuesto.

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Hemos vestido de modernidad y de transgresión aquello que los abuelos de estas imágenes vestían de fiesta religiosa. Hemos avanzado sin memoria por el discurrir de los tiempos porque hay cosas que no queremos ver ni recordar. Cosas que mantienen a generaciones enteras sin saber la realidad de la que provienen porque nadie las ha contado. Hemos hecho una transición piadosa de las normas, una evolución social sin la profundidad necesaria porque partimos de la falta de memoria o peor, de una memoria selectiva. Hemos matado a Dios para ocupar nosotros su puesto y con él aquello que creemos que debe reinar sobre la voluntad y la moral humana. La costumbre tergiversada de modernidad y la tradición mutada en transgresión. Hemos matado al dios del nacionalcatolicismo para poner el su trono al capitalismo que compra voluntades, personas, que consume todo tipo de bienes y servicios, todo tipo de cosas que nos hagan creer que somos modernos, libres, que somos en efecto los reyes del mambo, que ya no somos aquella España en blanco y negro, inculta, hambrienta, tradicional que, sin embargo, Cristina nos muestra en sus fotos de no hace tanto tiempo.

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Defendemos ritos sangrientos y antiguos escudándonos en tradiciones y perpetuamos así la infamia de creernos los reyes de la creación cuando en realidad solo estamos en lo alto de una pirámide alimenticia. Seguimos desfilando en fiestas patrias, en procesiones y romerías. Seguimos marchando tras imágenes sagradas bañadas en oropeles y terciopelos, delante de bandas de música que tocan el himno nacional a la salida de los templos y circundadas por Guardia Civiles con tricornios que ahora solo usan en los uniformes de gala. Seguimos eligiendo año tras año a las reinas de las fiestas, mujeres objetos que obvian el hecho actual de que la mujer no necesita ser reina de nada por un día para brillar en sociedad. Seguimos cruzando ríos y saltando verjas para acunar imágenes de Vírgenes y santas. Nos hipotecamos para pagar bodas eclesiásticas, bautizos y comuniones.
Seguimos arrodillados, salvo que en otros altares.

garcia rodero - nina peña - confesión

 

Humanidad

Artículo 1. Declaración universal de los derechos humanos.

Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos y, dotados como están de razón y conciencia, deben comportarse fraternalmente los unos con los otros.

 

nina peña - palestina

 

nina peña - palestina

nina peña - hambre

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A veces siento vergüenza de llamarme a mí misma humana.

Otras me alegro de no encajar perfectamente en eso que llaman humanidad.