Cap.28 Rosa de los vientos.

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Capítulo 28

Hay en mí un miedo ancestral e íntimo, un miedo que roza lo irreal y lo inverosímil y que, sin embargo, contiene el germen mismo de la veracidad, de lo posible, de lo efectivo y concreto, un miedo que no logro alejar por completo, que continúa agazapado en mi interior aun cuando todo parece ir bien, aun cuando parece muy poco probable que los designios de infortunio tengan que cumplirse con la eficacia y crueldad, con la puntualidad exacta y minuciosa con la que siempre llegan.

Hay un espacio para el dolor casi tan grande como para la dicha, ocupando ambos un mismo lugar en mí sin apenas diferenciación. Lo que me duele es casi idéntico a lo que me produce gozo, cómo si ambas sensaciones partieran del mismo lugar, y cuando el goce es excesivo tiendo a esperar el dolor como consecuencia de una hipertrofia del hueco en el que habitan ambos, unidos como las dos caras de una misma moneda, de un mismo órgano, de una misma pieza.

Te miro dormir a mi lado entre las brumas del sueño y me pregunto cómo vas a dolerme tú, que tienes tanto o más miedo que yo, que sientes tanto o más dolor que yo, pero que tienes también más capacidad que yo para la dicha hasta el punto de no tener rencor ni aversión al sentimiento que te ha hecho caer estrepitosamente meses atrás y que eres capaz de recuperar para mí como si yo lo mereciera o lo necesitara.

Te miro en el silencio de la noche mientras todo está en calma, las luces apagadas, las cortinas echadas sobre las persianas que dejan entrar laminada la luz de la luna y de la farola de tu jardín.

No hay una luz amarillenta de despertador en tu cuarto ni números digitales, no hay nada que me indique cuánto rato he estado dormido junto a ti, abrazándote, recuperándome despacio para poder verte fuera de los sueños, para poder recordarte ahora que aún no me he ido, aceptando en mi conciencia de recién despierto que estás a mi lado, desnuda y pequeña, vestida tan solo con el nudo celta en tu cuello que se clava en medio del hueco de tus clavículas y con mi deseo, vestida tan solo de reposo y tregua, con tu tatuaje de la rosa de los vientos en un lado de tu cadera justo en el lugar donde se clavaban mis dedos al sujetarte debajo de mí, vestida tan solo con mi mirada que no se cree estar viéndote desnuda y abandonada a ella.

Amparada por ella.

Cómo vas a dolerme, cómo va a ser hundirme por ti ahora que ya sé cómo es hundirme en ti.

Qué mirada me amparará a mí el día que tú te vayas, con qué ojos miraré todo esto que estamos compartiendo y que nos ha unido cuando ya creíamos imposible que algo así sucediera, cómo va a ser el instante en que comiences a dolerme de verdad. Llevas doliéndome desde que te conocí en algún lugar donde el dolor se confunde con el deleite de sentir dolor, así que cómo será el día en que ya no quede ni un gramo de placer o de dicha y solo me dejes la sensación de tormento y desconsuelo más absoluto e infinito, cómo será el día en que comience a sentir solo el dolor y no el voluptuoso sufrimiento que amarte me produce.

Repaso con un dedo el contorno suave de tu mandíbula y pareces sonreír, acerco mi rostro al tuyo para sentir tu respiración cerca de mi boca y esa cercanía ya es de por sí un pozo de dolor.

Te despertaría si me atreviera y volvería a comenzar el arduo trabajo de amarte sin medir las consecuencias en tu cuerpo o en el mío, tan célibes durante tantos meses, tan voluptuosos momentos atrás, tan castigados por el agotamiento y la novedad, por la responsabilidad que ha significado descifrarnos en los gestos, entender las palabras apenas dichas, adivinarnos los puntos erógenos de cada uno, reconocer las señales del placer laboriosa y delicadamente, concentrándonos en el conocimiento nuevo de nosotros mismos y olvidando que nuestros cuerpos son exactamente igual que otros cuerpos y que pueden movernos los mismos resortes o las mismas prácticas, como si la novedad fuera completamente nueva de verdad, diferente a cualquier cosa que hayamos podido hacer o decir antes.

Repaso tus cabellos sobre la almohada sin llegar a verlos del todo en la penumbra que nos aísla y nos protege del resto del mundo, pero puedo imaginarlos, tocarlos, olerlos, con ese aroma a montaña, vainilla y viento, que siempre se desprende de ti tras una ducha.

Puedo imaginarte de nuevo y repasar mentalmente cada una de las palabras que has dicho, los gestos que has hecho, las caricias que me has prodigado, puedo recordar tu risa tan conveniente y necesaria, tan aliviadora de mis nervios y mi miedo al decirme que poner una alfombra delante de la chimenea había sido la mejor idea de tu vida, el color a cera de tu piel que centelleaba con las llamas, tus gemidos confundiéndose con el crepitar del fuego y tú y yo abrazados, desnudos, casi sin aliento, tan típico y hollywoodiense que nos dio la risa y subimos a la cama con un gesto de rectificación y disculpa que encerraba en secreto el anhelo guardado durante tanto tiempo, que verificaba las ganas de continuar, la satisfacción completa aún lejos de nosotros y con toda una noche por delante para lograrla, sin prisas, sin poder pararnos en un tal vez más conveniente y cortés principio, sin tener siquiera la peregrina idea de dejarlo en ese instante en que nos podríamos haber puesto a salvo de la pasión y convertir un acto único en un único acto.

No era suficiente.

Luego ya no reímos más, ya no nos dimos más tiempo para la risa ni para la conversación, ya no quisimos perder más tiempo en algo que era lo único que habíamos hecho tú y yo hasta entonces.

Sigue sin ser suficiente ahora.

Intento captar los detalles de algo que apenas me había atrevido a soñar pero que esperaba e imaginaba en lo más profundo, en ese lugar en que los secretos son inconfesables hasta para uno mismo, intento recordarte en cada segundo, en cada instante, apenas te he visto, apenas hay luz, apenas he podido retener lo suficiente las imágenes de ti que no quiero olvidar ni que se volatilicen con la llegada del día, quiero apresarlas porque no sé qué va a pasar cuando te despiertes y me veas, cuando decidas qué hacer con esta noche y conmigo, el dolor de verte tan cerca y al mismo tiempo tan lejos me acecha, la posibilidad de que volvamos a la lejanía de antes ya me está lacerando por dentro, lastimándome y dejándome vulnerable como muy pocas veces he sido.

Ese miedo mezclado con atrevimiento, la audacia de quien se sabe vencido y ya no tiene nada que perder me hace besarte, abandonar los mechones de tu pelo para bajar por tu piel.

De repente quiero despertarte pero mi intrepidez no llega a tanto, temo tu reacción, tal vez me he acostumbrado a temer la reacción de las mujeres que me importan así como creo que soy incapaz de abandonar el lecho en que duerme mi amante, la que de verdad es amada por mí.

Una antigua sensación de que puedes desaparecer me invade poco a poco, como si estuvieras aquí por un sortilegio que puede esfumarse por arte de magia, un inmemorial miedo a que de repente no estés, a que te vayas, a que de improviso quieras que me aleje de ti y veas esto como un error me deja sumido en la miseria mientras te veo aún dormida, más deseable si cabe que la vez anterior en que te vi dormir, mucho más deseable ahora que ya conozco tu cuerpo y no intentas ocultármelo con nada, ni con la sábana ni con el edredón ni con una posición de reserva o distancia, te revuelves en mis brazos, suspiras y sigues durmiendo sin tener ni la más remota idea de todo lo que se ha obrado en mí con tu gesto, del remolino de sensaciones que has provocado o del deseo que has despertado.

Quiero despertarte para volver a empezar, para echar los restos, para quemar mis naves, para arriesgarme del todo, para ganar o perder, pero el miedo me atenaza y me conformo con abrazarte, con sentir el dolor intenso de la dulcísima tortura que es estar así contigo, en la incertidumbre de lo que nos hemos convertido, en la esperanza de lo que podemos llegar a ser.

Quiero despertarte porque tu cuerpo lánguidamente dormido, abandonado junto al mío en un ancestral gesto de renuncia soberana de ti, de entrega voluntaria, me enaltece y me encumbra, te dejas abrazar, te dejas besar, giras hacía mí tu cara como si en sueños fueras consciente de que estoy a tu lado y me sonríes, dices mi nombre y me elevas, me rindes, me das permiso para hacer lo que ya llevo tanto rato pensando, abres las piernas sin abrir aún los ojos, aceptas mi mano y mi boca en tus labios, suspiras, vuelves a nombrarme y siento como si solo tú en ese gesto me dieras un lugar en el mundo, como si solo existiera porque tú me has nombrado.

Qué miedo a que lo nombraras a él, qué miedo a tu arrepentimiento, qué miedo a tus recuerdos, qué horror pensar que todo se podía esfumar con las primeras luces y que ni siquiera pudiera conservar tu amistad después de haber cruzado esta línea de fuego, qué pánico a que me compares, a no estar a la altura de él, a que no quisieras volver a comenzar lo que dejamos aparcado hace unas horas o a que de repente se perdiera esa confianza de viejos amantes que hemos alcanzado en nuestra primera noche, a que te levantaras y no supieras cómo decirme que me fuera, a que a partir de mañana me esquivaras y me alejaras de ti, pero abres las piernas y me besas mientras te acaricio con un solo dedo, murmuras una frase extraña, “dame uno de tus dedos y levantaré el mundo” me dices, como si yo supiera o entendiera de dónde te ha venido la inspiración para decirme eso en un momento así, suspiras junto a mi boca y noto tus manos buscándome en la cálida oscuridad del edredón, encontrándome sin problemas, tan evidente yo, tan elemental y primitivo en mis impulsos.

Recuerdo el poema que hemos leído juntos muriéndonos de vergüenza y deseo, el poema culpable de que esto haya pasado, “invadirla hasta la muerte y decirle que la amas mientras te deslizas por sus caderas”, y te digo que te amo mientras me deslizo por tus caderas hasta acoplarme a ti, hasta invadirte por completo como si tu cuerpo fuera un reino que conquistar, un territorio del que tomo posesión clavando el mástil de mi bandera en su tierra con un quejido que sale de tu garganta tal como saldría de la profundidad y las entrañas del mundo, un quejido que tiene algo de seísmo y convulsión, algo de muerte, un estremecimiento que sale de tu boca y en el aire de la habitación se junta con el mío, un grito de conmoción provocado por la sacudida interior que intento disimular para no perder el control de mí mismo.

Me deslizo en ti muy suavemente y no es suficiente.

Hay algo de victoria y rendición en la forma en que me muevo sobre ti, como si hubiera vencido mis miedos y mis presagios de ruina, como si tú los hubieras hecho desaparecer con una frase que no sé de dónde has sacado, con un gemido que me ha aceptado de nuevo, con el simple hecho de haberme nombrado y haberme besado mientras abrías las piernas para mí convirtiéndote toda tú en certeza y fe, como si despejaras todas mis dudas y mis incertidumbres con la realidad y la autenticidad del deseo que me muestras, con la lúbrica codicia de mí que revelas tan impunemente.

Hay algo de victoria y rendición pero eres tú quien gana, quien ha ganado, yo quien se rinde. Mis miedos siguen agazapados en mí, en lo más profundo, y ahora parecen calmados ante la furia, pero no he sido yo quien ha librado la batalla y los ha vencido, sino tú.

Aún no amanece siquiera y ya estamos despiertos del todo, completamente conscientes y desvelados para lo que pueda quedar de noche, recuperando con movimientos las poquísimas horas de quietud que hemos tenido esta noche.

Sigue sin ser suficiente ahora, cuando estoy aún dentro de ti, “imposible no caer en ti como la lluvia, no asirme a ti como la hiedra”, imposible no morir un poco entre tus brazos y tus piernas, imposible no observarte con un detenimiento que tiene algo de asombro, de vértigo, imposible no querer ver la respuesta que me das con un leve asomo de satisfacción íntima que en el fondo me recrimino mentalmente y que me sume en una vergüenza un tanto pueril, imposible que sea suficiente, sé a ciencia cierta que nunca voy a tener suficiente de ti, imposible que tanto amor quepa en una sola noche y en un solo cuerpo, imposible que pueda amarte de esta forma de la que nunca me creí capaz, imposible que esto esté sucediendo, imposible que tú aún tengas más para darme y más capacidad para recibirme, imposible pensar que hemos estado a un solo paso, a una sola decisión de que esto jamás hubiera ocurrido.

Mañana seguirá sin ser suficiente.

Mañana, hoy, dentro de unas escasas horas o tal vez minutos, cuando el sol nos sorprenda aún en esta cama, cuando no vayamos a tomar el café de costumbre, cuando mi padre se levante y vea que no he dormido en mi casa, sino en la tuya, cuando permanezcamos abrazados hasta que el sueño reparador renueve nuestras fuerzas y podamos vernos con claridad.

Déjame que siga durmiendo un instante más, no te levantes antes que yo ni prepares el desayuno ni te vayas de mi lado un segundo para hacer café o para ir al baño, quédate conmigo sin repetir los gestos que hiciste con él.

        No me permitas tampoco que sea yo quien lo haga, quien me levante para agradecerte esta noche con un gesto de cortesía tan infame como un desayuno para dos y muestre una familiaridad impertinente de colonizador de territorios que toma posesión de lo que no es suyo, impídeme que repita los gestos que hice con ella, impídeme que caiga en los mismos errores del pasado, deja que me invente para ti en ese preciso instante, déjame aparecer nuevo ante tus ojos, renacido de entre tus manos, ungido de entre tus piernas.

Solo mírame y dime que no te arrepientes de nada, mírame y sonríe como has hecho hace tan solo un instante, di mi nombre y sabré que me aceptas en tu vida, sabré que todo mi miedo no era más que miedo a perderte.

 

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¿Cómo que a qué huelen las nubes? Cap. 1

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Esperanza. ¿A qué huelen las nubes?

¿A quién narices se le podía ocurrir una pregunta semejante?

Es una de esas preguntas tipo incontestable que suenan bien en según qué contexto y que todo el mundo termina por utilizar en plan cachondeo para no decir absolutamente nada.

El quid de la cuestión no es si alguien en realidad sabe a qué huelen, sino el porqué y con qué intención han hecho esa pregunta en un anuncio de compresas.

Se supone que es una forma de decir que si usas esa marca determinada de compresas, la regla pasa odoríferamente desapercibida para propios y extraños, sobre todo para extraños, y comparar la suavidad de la compresa o la de un sexo femenino con una nube hasta parece acogedor y delicado, pero la cuestión sigue siendo la misma: ¿Qué intenciones se esconden tras algo tan inocente como una nubecilla?

Me imagino al señor ejecutivo de publicidad de una gran multinacional, que nunca ha tenido la regla, intentando ponerse en el lugar de cientos de miles de millones de mujeres con regla en uno de esos días, y sacando toda su imaginación para llegar a entender tan solo una ínfima parte de lo que durante años ha estado evitando tomar en serio cuando era su mujer la que tenía una de aquellas noches de dolor de ovarios, de sed insaciable, de cambios de humor, de falta de líbido, de dolor de cabeza o riñones, de depresión, de síndrome premenstrual y él se daba la vuelta en la cama o se iba al baño a aliviarse solito.

Doy por sentado que la persona a la que se le ocurrió la frase es hombre.

Una mujer con dos ovarios nunca hubiera escrito una frase semejante.

Me pregunto si el tipo hizo como Mel Gibson en aquella peli donde era publicista y se calzaba unas medias, se pintaba las uñas y se bañaba en perlas de sales perfumadas para probar el producto.

No me imagino a un tipo poniéndose una compresa, pero quién sabe… igual tras ver la película decidió valorar los productos por él mismo, aunque lo dudo porque entonces el eslogan no sería tan jodidamente absurdo, la verdad.

Lo que más me preocupa es la intención, lo que quiso decir con la frasecilla.

No sé si es el reflejo de la tontería que los hombres presuponen en las mujeres de cualquier época y edad o que tal vez quisiera dárselas de profundo, lo que me da aún más asco.

No sé.

Hay frases que parecen profundas pero que esconden un gran desconocimiento, incluso tal vez fue alguien célebre quien las dijo por primera vez y si levantara la cabeza se cortaría las venas al verse convertido en un eslogan para ejecutivos pseudo metafísicos que intentan hacernos creer que hay una profundidad inexpugnable en su trabajo y no solo una estrategia de marketing.

Es como la famosa frase del árbol en medio del bosque.

Si un árbol cae en medio del bosque y no hay nadie que lo oiga, ¿hace ruido al caer? Joder, yo diría que ruido, lo que es ruido, hace el mismo, pero si ese ruido no lo oye nadie, ¿no es como si no lo hiciera?

Frases que ya se usan en cualquier contexto y de cualquier manera posible… hasta en las puertas de los baños públicos hay frases que en su momento fueron la ostia.

“Busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo”

“El algodón no engaña”

Frases y más frases.

Palabras y más palabras.

No dejo de preguntarme si de verdad la publicidad nos cree absolutamente gilipollas.

A las mujeres digo.

Solo hay que ver los anuncios…

Compresas, tampones, detergentes, suavizantes, míster proper, quitamanchas, fregasuelos, anticales y la madre que lo parió todo.

No me vale que ahora salgan macizorros fregando los platos o pasando la fregona porque ni siquiera lo hacen de forma natural.

O sea, en vez de enfocar una actitud ecuánime, los tíos buenorros de las propagandas o bien nos están haciendo un favor o bien nos toman el pelo, pero nunca se les ve hacer algo con la misma naturalidad con la que nosotras llevamos años haciéndolas.

Como ese chico universitario que vive con dos jovencitas y que de pronto recibe la visita de su madre. Las dos chicas, despavoridas, huyen a limpiar el cuarto de baño para que la madre del chico lo encuentre limpio y fragante, pero resulta que son unas guarras que no saben ni con qué limpiarlo y es el chaval quien acaba recomendando el producto antical ante el regocijo de la mami.

O ese mayordomo buenorro que hace la prueba del algodón a unas baldosas tan brillantes que no parecen de este planeta mientras la tipa, desde una chaise longe, contempla su esfuerzo o lo exhibe delante de sus amigas con pinta de ricachonas y cara de estar a punto de comérselo enterito y follárselo entre azulejos y algodones.

Me llama la atención uno de un complejo vitamínico para niños. “El niño no me come”, y la madre, desesperadita, descubre un producto que no sé si es para abrir el apetito o para suplir carencias vitamínicas, la cuestión es que cuando la madre, arrodillada delante de ese niño con cara de Dolorosa, le da una chuche con tal de que la criaturita le coma algo, el niño coge la chuche y se la pira corriendo, sin hacer ni puñetero caso a su madre que, de rodillas, lo mira alejarse con una cara de pena y preocupación digna de un Oscar.

Cómo un crío de cinco años logra doblegar a una mujer adulta hecha y derecha, cómo muestra semejante poder ante esa madre arrodillada en el suelo y cómo, una vez más, se muestra a las mujeres como abnegadas madres en un rol tan antiguo, trasnochado y patriarcal, es algo que me saca de las casillas.

Joder, una cosa es preocuparse y otra perder la vida y hasta la dignidad.

Por no hablar de los anuncios de desodorantes.

Los desodorantes femeninos nos convierten en seres angelicales, frescos, llenos de luz y vitalidad… y los desodorantes masculinos nos convierten en tontas estúpidas que caemos del cielo para follarnos al tío más enclenque de la tierra que, sin embargo, usa Axe, un olor que ni los ángeles pueden resistir. “Hasta los ángeles caerán” es el eslogan.

Y a nosotras nos preguntan a qué huelen las nubes.

¿Se puede saber a quién se le ocurrió semejante estupidez?

No me imagino esa pregunta en otro contexto.

No puedo imaginarme una propaganda de cuchillas de afeitar que diga: ¿Qué tacto tienen las nubes?

Los afeitados se comparan con carreras de coches, con velocidades, con deslizamientos y van ligados siempre al limpio color azul.

Nosotras nos vemos arrastradas en un baile ridículo de color rojo, perseguidas por la mujer de rojo con un carrito lleno de compresas y neceseres de lunares.

Ellos corren.

Nosotras huimos.

Me pregunto de qué.

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Mi jefe acaba de entrar en la oficina pulcramente vestido y afeitado, con un café en la mano y el maletín del ordenador portátil en la otra.

Me pregunto, si a los tíos les dolieran los testículos una vez al mes tal como a mí me duelen los ovarios, tendrían ese aspecto siempre tan inmaculado y fuerte y esa actitud tan espontánea.

Es mi teoría de la patada en los huevos.

Una vez al mes, cada veintiocho días más o menos, un pie invisible pero divino, les da una patada a los tíos en sus partes, de tal forma que estén un par de días con dolorcillo de testículos.

Serían ellos los que nos dirían por la noche en la cama “ahora no, que me duelen los testículos”, serían ellos los que preguntarían si alguien lleva espidifen y se disculparían con la frase de “es que me ha bajado la patada en los huevos”, o se sentirían tristes, súper hormonados, hinchados, poco atractivos y nos sorprenderían con un “es que me tiene que bajar la patada y estoy más depre…”

Me pregunto si existirían las guerras si ellos tuvieran que cambiarse las compresas en las trincheras.

Andrés parece ideal: joven, emprendedor, ejecutivo, guapo, simpático e inteligente.

Pero es hombre, que se le va a hacer, nadie es perfecto, como en la peli.

Con esto de la crisis el pobre se pasa el rato viendo cosas por internet, pero no me quejo porque yo hago lo mismo.

Yo me cuelgo de Facebook, la secretaria de Twitter y la otra comercial se descargan películas para poder verlas a la hora de la comida.

Y todo con cargo a la empresa. ¡Venga el mega, la giga y el megagiga!

¡Qué les den!

Nos merecemos ese plus.

Nosotras no vamos a restaurantes caros ni de putas cuando tenemos una convención, así que al menos nos queda el derecho a la pataleta y a la descarga libre.

La pataleta la montaremos esta tarde cuando nos vayamos a tomar el té de las cinco fingiendo un peritaje inexistente, y la descarga libre imagino que será, con el buen criterio de Lola, una peli del festival de Sundance.

Algo hay que hacer para matar las dos horas y media de comida en las que nos encerramos a cal y canto en la oficina.

No vale la pena ir a casa porque solo en el autobús se pierde una hora para ir y una hora para volver, así que recurrimos al túper o a la tapa en el bar de la esquina si estamos a primeros de mes.

A veces nos vamos a comer a algún sitio baratito.

Un menú de 7 euros con verduras a la plancha y salmón asado con patatitas redondas y fritas, pero caseras.

A veces un wok japonés o un kebab, según el estado de nuestra depresión anticrisis, pero siempre barato y siempre a principios de mes. A partir de día 10 como que ya va doliendo y seguimos con el túper de toda la vida.

El contento dura del día 1 al día 10

Yo hoy llevo ensalada.

Como siempre.

Es increíble la cantidad y variedad de mis ensaladas.

De pasta, de frutas, de atún, de verduras de colores, de legumbres, de cuscús… imaginación al poder.

Cualquier tipo de ensalada que no lleve carne porque me he dado cuenta de que la carne me engorda y me estriñe, así que he renunciado a la pechuga de pollo y al filete de ternera asado que le daba cierta armonía a las ensaladas de lechuga, esas de toda la vida, aunque reconozco que lo de la ternera puede ser otro daño colateral de la crisis y no de mi estreñimiento.

De todas formas, solo como verdura y algo de pescado y ni por esas pierdo un puto gramo.

Miro a Lola y a Lolita, no es coña, se llaman Dolores las dos, las veo comer más o menos como yo y alucino porque están muchísimo más delgadas.

Cierto que mientras yo me quedo con algo de hambre ellas se sienten saciadas, pero eso no es excusa para que yo no pierda nada de peso comiendo casi igual que ellas.

Esta tarde me compraré tortitas de maíz para matar el gusanillo y ahora soportaré no almorzar un trozo de pastel de verdura, aunque desde la hora que me levanto, 7 de la mañana, hasta la hora de comer, 2 del mediodía, el hambre me haga tener vahídos y un cortado resulte a todas luces insuficiente para mi estómago.

Al menos la cafeína me aguanta la tensión como para no caerme redonda al suelo.

¡Joder qué hambre!

Ya he probado los cereales, esos que anuncian en la tele, las barritas para picar entre horas, las de fibra, las de muesli, las de cereales y fruta, las de fruta y chocolate, las tortitas de arroz, las integrales… y me sigo muriendo de hambre.

Tal vez sea porque compro las baratas.

A lo mejor si me gastara 4 euros en unas barritas de esas de marca se me cerraba el estómago de una puta vez, pero prefiero guardarme ese dinero para tabaco, la verdad, así que de momento, y si no me toca la lotería, cortado y cigarrillo a media mañana va a ser lo único que tome.

Y gracias.

Ya estamos pensando decirles a los jefazos de Barcelona que nos cambien la máquina de agua y nos pongan una con agua caliente para poder hacernos los cafés sin salir de aquí.

Pero, como no está el horno para bollos, de momento nos callamos por si acaso.

En un momento seguro que hay reunión con Andrés, el jefe, así que me salgo a la calle para fumarme un cigarro.

Antes, pese a la ley antitabaco, fumábamos escondidos los cuatro en el despacho pero ahora ya no tengo cojones para hacerlo, sobre todo porque todos han dejado de fumar excepto yo, y aunque me digan que no pasa nada, que a ellos no les molesta, como me molesta a mí que ellos no fumen, pues me voy fuera exiliada a drogarme y a alimentar mi cáncer.

Solo me faltaría dejar de fumar. Sí hombre, para engordar más.

¿A qué huelen las nubes?

Hay que joderse con la puta preguntita esa.

Hace años que dejaron de hacer el anuncio y a mí me ha dado hoy por pensar en eso.

Pero es que esas cosas, esas frases y eslóganes son como perennes.

La gilipollez no muere nunca. Se transforma.

Y encima deja secuelas.

Hemos pasado del “me gusta ser mujer” al olor de las nubes y a la mujer de rojo.

Recuerdo cuando yo era jovencita que anunciaban los primeros tampones como si fueran casi un milagro de la ciencia, aparte de que te permitían hacer cosas que jamás habías pensado que tú pudieras hacer, sobre todo montar a caballo.

También aquello se hizo célebre.

Hasta tal punto que se inventó un chiste en el que un niño pedía unos tampones a los reyes magos porque así podía hacer de todo, a cada cosa más divertida e impensable.

Otra muestra de cómo esa publicidad original e irreal cuela en el inconsciente colectivo de la gente.

Cuando llegan a hacer chistes con tu frase, macho, te has coronado.

Por machista o retrograda que sea la publicidad, si hacen un chiste con tu frase, has triunfado como la coca-cola.

Cuando yo era una cría había frases que intentaban ser modernas y políticamente correctas a la par que feministas.

A mí me encantaba Carmen Maura diciendo eso de “Nena, tú vales mucho” aunque hoy le quitaría de delante el “nena”.

No cabe duda que hoy en día las mujeres estamos mejor valoradas que antes y no solo “porque nosotras lo valemos” sino porque tenemos un poder adquisitivo y una independencia económica que hace 40 años no tenían nuestras madres, pero me pregunto si eso también es real o es un truco más del marketing.

¿Somos un sector de población que interesa a ciertos fabricantes o somos mujeres?

La liberación femenina en el año 2000, ¿es de verdad liberación? ¿Nos hemos liberado e independizado y por eso les interesamos o tan solo queremos ser el reflejo de lo que ellos suponen que somos?

¿Qué fue primero, la gallina o el huevo?

En los 70 ponerse pantalones, comenzar a trabajar, votar y fumar como carreteros ya era ser una mujer liberada y moderna, y a la vista está que en los 70 las mujeres no estaban liberadas ni mucho menos.

Ahora en el 2010, ¿estamos más liberadas que antes?

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Ayer, cuando salí de la oficina decidí pasar por Mercadona para comprar un par de cosas que me hacían falta en la cocina.

Cuando subí al autobús para volver a casa después de doce horas fuera, salgo a las 8.30 y regreso a las 20.30, llevaba encima: la agenda, la carpeta de los peritajes, el bolso, la mochilita de la comida, la bolsa del portátil y las dos bolsas de Mercadona.

A esa hora de la noche el autobús estaba lleno de mujeres que como yo volvían a casa.

Secretarias, comerciales de seguros, comerciales de inmobiliarias, asistentas, estudiantes de peluquería, cuatro niños con carpetas de academias y dos con libros de autoescuela.

Me tocó quedarme de pie, aguantando las bolsas de la compra entre las piernas y sujetando todo lo demás con una sola mano mientras con la otra intentaba agarrarme a cualquier cosa que impidiera mi caída en el primer frenazo.

De pronto sonó mi móvil.

Puto invento.

Me faltaba llevar móvil. Para que puedan joderme en cualquier parte.

Casi ni recuerdo qué trucos de prestidigitación tuve que hacer para localizar mi móvil dentro del enorme bolso, y cuando me lo puse en la oreja resultó que era mi marido quejándose de que el niño había hecho no sé qué trastada.

Exploté.

¡Me cago en la puta liberación femenina!

Ese es el derecho a la pataleta, poder cagarte con todo en un momento dado y que los demás te miren como si te comprendieran porque, coño, tienes toda la razón del mundo.

Y esa es la frase que más me ha liberado hasta hoy.

Vamos, ni un grito orgásmico me ha hecho sentir más libre.

Saber, vamos, tener cristalinamente claro que la liberación femenina no existe por más que seamos un sector de población a tener en cuenta en las estrategias de marketing de las multinacionales.

Esas mujeres liberadas, delgadas y bien vestidas para las que siempre es primavera en el Corte inglés, esas mujeres ejecutivas que después de estar al mando de una oficina con cinco tíos llegan a casa y aún les da tiempo de hacer champiñones rellenos mientras sus maridos bañan a los niños, esas mujeres que se van al gimnasio antes de ir al trabajo y lucen tan frescas, esas mujeres que siempre huelen a perfume lujoso, que usan cremas tan caras como mi compra de fin de semana, esas mujeres liberales y liberadas, esas mujeres que cenan con alargadas copas de vino y tienen uno o dos orgasmos diarios, esas mujeres que nunca tienen dolor de ovarios ni de cabeza, que no tienen que lavar calzoncillos ni cambiar pañales, esas mujeres que quieren que seamos, no son las mujeres que somos, pero tal vez sí son las que muchas querrían ser, y eso también vende.

No nos hemos liberado de nada, sino que además hemos asumido todos los roles masculinos que también los esclavizan a ellos.

Triunfadoras, folladoras, guapas, perfectas, agresivas, seguras de sí mismas, independientes, activas, realizadas… hace 100 años nos hubieran tildado de lesbianas por tener esas cualidades que eran exclusivamente masculinas entonces, pero que, sin embargo, ahora nos pertenecen.

Lo curioso es que al mismo tiempo se exige de nosotras que sigamos siendo madres, esposas, hijas, que seamos delicadas, afectivas, sumisas, emotivas y se nos sigue agrupando en dos tipos, o putas o santas, sin término medio.

Si te cabreas, estas mal follada.

Si estás deprimida, eres una sentimental.

Si eres dura, eres una zorra.

Si tienes un mal día, una inútil.

Si triunfas, a saber a quién se la has chupado.

Si no triunfas, pero lo intentas, eres una trepa.

Si eres agresiva, eres tortillera.

Si eres segura de ti misma, una zorra orgullosa.

Si no estás segura de ti misma, te falta agresividad para ese trabajo.

Si eres activa, estás histérica.

Si no eres demasiado activa sino de temperamento tranquilo, te falta iniciativa.

Si eres afectiva, pareces débil, y si no lo eres, es porque no tienes corazón.

Si te follas al jefe o a un compañero, eres un putón y si no lo haces, eres una reprimida.

Ya vale, ¿no?

Desde luego la publicidad no es el mundo real.

Aunque se empeñen en hacernos creer que sí, que hay gente que vive así, de esa forma… pues qué suerte.

Yo de momento voy a terminarme el cigarrito y entraré en el baño a cambiarme el tampax.

 

Volver al pasado

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Había vuelto al pasado en tan solo un segundo. La visión de una imagen recortada frente a una ventana de dos seres que de pronto le parecían tan ajenos a ella como dos desconocidos de otro continente en un documental de sobremesa le dio algo similar a un golpe que azotó el último rincón oculto de su memoria.

Era como volver a la niñez tan de repente que sentía un leve mareo y una profunda sensación de dejà vu y vulnerabilidad.

El día estaba gris, el cielo, con el color del plomo, dejaba caer una lluvia fresca y monótona, gotas de lluvia como lágrimas que resbalaban por los cristales de la ventana y se embebían unas a otras o se dispersaban sin tocarse en un fluir constante de humedad y sollozos primaverales, absorbiéndose, vertiéndose, bifurcándose, huyendo unas de otras para encontrarse inmediata y voluntariamente en una apasionada carrera que terminaba con su caída hacia el suelo, hacia un gotear prolongado y suicida que iba dejando un rastro de leve ruido que tenía algo de fuente y algo de queja, como de lamento no muy lejano.

Frente a la ventana tras la que apenas se filtraba más que la luz cargada del cielo y el ruido monocorde de la lluvia, su hermana intentaba apurar la claridad natural del día para terminar de coser con la vieja y antigua máquina la orilla de un pantalón; en una mecedora a su lado, intentando hilvanar agujas estaba su madre, elocuentemente callada.

Una imagen recuperada de su infancia le llevaba a los días en que esa misma silla y esa misma máquina estaban siendo usadas por su abuela y era ella quien, sentada en esa misma mecedora, hilvanaba las agujas, quien se callaba para no hablar de nada que pudiera mostrar algo de su forma de ser o de pensar, callaba para diluirse tal como se diluían las gotas de agua en los cristales y se transformaban en nada, en nadie, en ausencia.

En los domingos de invierno de su niñez siempre llovía. El olor del arroz en la paella, el del asfalto y las aceras mojadas, sus ropas limpias y nuevas de ir a misa, la colonia que usaban todas y que aun pertenecía a la gama de aromas mas infantiles, el tedio confundido de descanso y el sonido de la lluvia en la calle era algo que no había cambiado en cuarenta años.

Repetía, y solo en ese instante se dio cuenta, los mismos gestos de su infancia, la costumbre tan pegada al cuerpo y al ser como las medias de nylon a sus piernas o como el olor del sofrito dominical a su nariz, rutinas en las que se solazaba desde siempre y sin las que no habría podido vivir aunque su mente, muchas veces, había ardido o gritado en rebeldía e insumisión.

Y lo peor es que no sabía hacia qué se revelaba en esos instantes en que todo su mundo se venía abajo, no sabía hacía quien podía dirigirse tanta rabia, tanto rencor, tanta palpitación de su corazón bajo la ropa, siempre a punto de desbocarse, siempre al borde de un infarto que no terminaba de llegar nunca, siempre latiendo apresuradamente sin saber porqué, a punto de salirse por su boca, siempre azotando, golpeando en su pecho como un tambor de Semana Santa, cada latido, por pequeño que fuera, era el grito anunciador de una ansiedad terrible, ahora apresurado, ahora más lento, pero siempre martilleando en su interior, sonando como el golpe de un yunque dentro de su cabeza, tan claro lo podía llegar a escuchar.

Había hecho falta ese diluvio para que su madre rompiera con la costumbre de la misa y de la visita al cementerio, pero ella no había podido abstraerse del hábito, es más, lo había deseado. No la misa pero si el silencio, el olor de las velas, el sonido de las guitarras jóvenes que alzaban sus voces en oraciones de siempre con sonidos modernos. Si la paz de esos minutos en que se quedaba sola cuando todo el mundo había salido, respirando el aroma de los bancos de madera y del encierro, de la humedad de las piedras y los inciensos, absorbiendo la escasa claridad que esa mañana se filtraba por las vidrieras de unos colores que en primavera y en verano formaban un incendio sobre la cerámica del suelo y que ese domingo no llegaban ni a traslucirse, la serenidad de una vida contemplativa lejos del mundanal ruido y de las mundanas preocupaciones, lejos de las exaltaciones que a ella le quemaban por dentro; un instante de paz, unos minutos de sosiego, un soplo de quietud y soledad.

Y no había terminado ahí. No lo había dejado terminar.

Había ido sola al cementerio, más desierto y oscuro que de costumbre, abandonado en su abandono decadente, mas melancólico de la vida que nunca.

Los cipreses y los pinos habían sembrado el suelo de agujas verdes que flotaban en algunos charcos del cemento, pequeñas balsas en donde parecían naufragas las hormigas que intentaban enloquecidamente salvar sus hormigueros y aún llevarse algo de comida a sus túneles oscuros. Las flores no parecían tan marchitas aunque se desdibujaba el color en la lejanía, confundiéndose con el oscuro de las lápidas y del clima, desvaneciéndose en un gris que ese día lo cercaba todo, lo absorbía todo, borrando márgenes y líneas, horizontes y cruces de piedra, tapias y nichos.

Absorbiendo también las lágrimas que ella se empeñaba en no dejar salir y que no hubiera podido explicar.

Que jamás podría explicar.

Tal vez era un trozo de ella misma quien estaba enterrado en las tumbas.

 

 

Obivlion. Olvido.

 

Capitulo eliminado del libro La casa de la luna.

 

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Hacía mucho tiempo que no se sentaba a escribir con la soltura de esos días.

Quizá ayudaba estar en la vieja casa familiar y no en su apartamento de la ciudad, quizá los viejos fantasmas que la habitaban le inspiraban en ese momento de creación, algo que no recordaba haber tenido jamás.

Le costaba un gran esfuerzo sentarse y ponerse a llenar de palabras el folio en blanco de la pantalla hasta tal punto que había vuelto a intentar escribir en papel y lápiz, a la vieja usanza, y ni aún así a veces lo conseguía. Los ritos que durante años habían conformado su día a día en la escritura no tenían efecto o ya lo habían perdido, quizá nunca lo tuvieron, pero ahora milagrosamente volvían a funcionar.

La taza de café y el cigarrillo en el cenicero, las tantas de una fría madrugada, el foulard sobre los hombros, el silencio de la noche roto por las suaves teclas de un teclado que había evolucionado en pocos años, tan rudimentaria su antigua máquina de escribir, tan moderno y fácil su nuevo portátil que hasta resultaba pecaminoso.

Dejar que la inspiración la tomara entre sus alas y lanzarse a volar como si no costara esfuerzo, como si alguien en su subconsciente le fuera dictando las palabras que salían casi atropelladas de sus dedos y que iban cobrando sentido ante sus alucinados ojos que veían casi como un milagro que algo así le sucediera a ella.

Poco importaba que la buena racha en la que estaba de nuevo sumergida estuviera poseída por completo por él. Se había propuesto escribir sobre el amor, escribir una historia de amor y era inevitable que su imagen estuviera entre las líneas porque él se había convertido en sinónimo de esa palabra que carecía casi de significado unos meses antes, cuando él existía en un plano aparte de su existencia, cuando el destino todavía no los había juntado.

La búsqueda arqueológica de ese amor era algo que la había entretenido durante días hasta el punto de hacerle escribir sobre ello con la facilidad de los treinta años, en los días felices de sus primeras novelas y primeros éxitos.

Dónde habían estado ambos antes de conocerse, quiénes eran, con quiénes dormían, de qué forma habían oído hablar el uno del otro y se habían puesto en contacto en sus respectivas disciplinas, se habían escuchado o leído mucho antes de conocerse en persona.

Los lazos de un destino desconocido habían estado funcionando a nivel secreto desde años atrás, cuando ella lo vio en un video de una red social y él leyó un libro que una de sus amantes había dejado olvidado en la mesilla de noche.

La rueda del destino funcionando como un engranaje perfecto, planeando un futuro del que ellos no eran conscientes mientras se iba convirtiendo en presente.

Algo simple y casual en lo que no había intervenido la voluntad de ambos, sino la magia de todo aquello que está por venir y que no vemos hasta que ya ha llegado, maravillándonos de que haya sido posible, de que la posibilidad remota de que dos personas tan lejanas y desconocidas lleguen a ser amantes en un mundo tan inmensamente grande.

Una ciudad desconocida y ajena a la que soñaba con ir cuando era una adolescente, un teatro, una noche y todo el mundo se había puesto del revés.

Tan sólo eso y nada había vuelto a ser igual desde entonces.

Algo que para ambos podía no haber sido más que un trámite y que había cambiado todo.

Aún puede notar el impacto del primer instante en que lo vio, el golpe de su corazón, la forma en que se hizo el silencio alrededor suyo porque iba a comenzar el concierto y que fue atronador para ella porque lo señaló como el eje de algo que todavía no sabía que iba a suceder.

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Esa luz enfocada a él, la expectación del público, las miradas de admiración, el sigilo respetuoso de quién está esperando y que encumbra lo esperado, esa forma en que todo dentro de aquel teatro se alió para que lo viera poderoso, solitario, inalcanzable y engrandecido por un arte casi desconocido para ella, tan sublime, tan sensitivo, tan novelesco y pasional que parecía un sueño.

Las primeras notas escapando de sus dedos y marcando una melodía que no había dejado de sonar desde entonces en su cabeza, Oblivion, Olvido, algo imposible desde ese mismo instante.

Extracto del libro inédito, “Las horas contadas.”

 

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La vida le resulta bastante incómoda, ¿por qué no decirlo? Le resultaba incómodo todo, desde el ruido del despertador por las mañanas hasta el imperceptible tic tac de por las noches y por supuesto, casi todo lo que hay y ocurre entre ambas cosas.

Le agobia tener que coger cuatro autobuses diarios y la gente sudorosa y gritona que se encontraba en ellos.

Le incomodan  todas aquellas cosas que se van rompiendo cada día en su casa y que le complican la vida de forma escalonada: la goma de la lavadora por donde escapaba un hilo de agua que había que limpiar antes de que llegara a la cocina, el grifo roto del fregadero por donde también escapaba otro hilo de agua cada vez que lo abría y que ella intenta evitar que se riegue por todo el mármol atándole dos gomas del pelo en la junta, el fregadero oscuro por culpa de la humedad y la cal, la galería llena de plantas de marihuana, el pasillo oscuro y largo sembrado con las hojas que Paco deja caer cuando las cambiaba de emplazamiento para controlar las horas de sol y floración, el olor de aquellas macetas apiñadas en el baño de su habitación mezclado con el de las tuberías que en verano huelen peor que nunca y sobre todo aquellos cadáveres vegetales que él colgaba del armario de su habitación para que se secaran correctamente, tal como se cuelgan los vestidos de novia la noche antes de la boda.

La incomoda el calor, el trabajo tan pesado de cada día, le incomodan los vecinos de escalera, los amigos de sus hijos que tenían la puta costumbre de ir a buscarlos a las cuatro de la tarde, en pleno verano con el calor que hace y a la hora de la siesta… para joderla más que nada.

Le incomoda su cuerpo que suda de más siempre, que se sonroja y se humedece por culpa del puto clima del mediterráneo  con un 70% de humedad relativa y 35 º a la sombra, la incomoda el pelo pegado al cráneo, las gotitas de sudor que resbalan por sus sienes y su nuca, la cara congestionada, esas piernas eternamente escaldadas por culpa del roce, las gomas de las bragas y los tirantes del sujetador comprados en los chinos, 2,50 € la unidad, y que la irritaban pero que no le sostenían aquellas ubres si no que las hacía rebosar por los lados achaparrando aun más si cabe su ya achaparrada figura.

Le incomodan los pitidos de los coches, las televisiones a todo volumen a las ocho de la mañana para ver los San Fermines que irrumpen en su único momento de paz antes del salir corriendo al trabajo, el café con leche que en verano no sabe tan bien como en invierno, le incomoda la voz chillona de la hija de la vecina que montaba tres broncas diarias con cualquier excusa tonta confirmando algo que ella ya sospechaba y temía; que la adolescencia se alarga peligrosamente hasta los veinticinco años.

Le incomoda, o mejor dicho le jode, la mesilla de centro llena de tabaco para liar, de tubos vacíos para cigarrillos que ella para hacerse la moderna llama filters, de cercos de los vasos,  mecheros sin gas, cartoncitos para las boquillas, tijeras y grinders para triturar los cogollos de marihuana, la colección de móviles que sí van junto con los que no funcionan y que ella ha intentado vender en internet sin éxito porque son más viejos que Matusalén, los pañuelos de papel llenos de mocos que Paco no tira nunca a la basura como si le atara a ellos un cariño entrañable de padre, y las cenizas que lo cubren  todo como si fuera normal que todos los días apareciera esa capa encima de la mesa por más que ella la limpiara.

Le jode llegar a casa a las dos y que todos estén aún en la cama.

Le jode tener que irse por las tardes a seguir limpiando y dejarlos haciendo la siesta, o fumando maría, o preparándose para irse mientras los amigos los esperan sentados en el sofá aguándole sus únicos momentos de descanso entre un trabajo y otro.

Le incomoda hasta respirar; le incomoda pensar aunque hoy no haya hecho otra cosa.

Le incomoda su vida, esa es la puta verdad.

Le incomoda el cartero que siempre llega en el momento menos oportuno con certificados que suelen ser recibos de Iberdrola o multas de Paco por aparcar en cualquier sitio o no llevar el cinturón.

Le incomodan los ladridos del perro de abajo que ladra como un loco solo y exclusivamente cuando lo sacan a pasear, pero sobre todo la desagradable voz del vecino riñéndolo para que calle con un alarido y un deje de desprecio que explica a la perfección porque vive solo, amargado y sin hablarse  siquiera con sus tres hijos, aunque aún es peor cuando lo oye hablarle con otra voz, artificiosa, nasal y cariñosa que jamás, en su puta vida, ha usado para hablarle a un ser humano.

Le incomoda la basura que nadie baja por las noches, le incomoda el fregadero casi lleno por la mañana a causa de la sana costumbre de re-cenar  a las dos de la mañana mientras ella ya está durmiendo, le molestan los botes de cerveza y las botellas vacías de agua que nadie tira, las sartenes que nadie guarda, la ropa que nadie tiende, la que nadie recoge y la que ella no plancha por culpa de su túnel carpiano y que se amontona en fardos inmundos hasta que su hija se aburre tanto como para intentar distraerse planchando.

Le molesta no poder poner el aire acondicionado aunque sea un rato porque no se puede permitir facturas de más de 60€, así como tampoco se permite compras de más de 50, una los lunes y otra los sábados.

Le incomoda tener que tomarse una pastilla para dormir y otra para despertarse y encima estar pendiente de la medicación de Paco como si fuera una enfermera.

Le molesta que él la critique cuando compra dos botes de albóndigas, 99 céntimos la unidad, para evitarse cocinar una vez y él compra cervezas para ver el futbol sub 19 que, la verdad, no puede entender como le interesa a alguien.

Le molesta el calor de su cocina, el olor del puré de calabacín que hace día si día no porque se los regalan sus suegros, le molesta sentirse la criada de su propia casa, de su marido y de sus hijos, le molestan los remordimientos por saltarse las obligaciones que alguien impuso a la gente de su sexo y que ella odia con toda su alma, las imposiciones sagradas, las silenciosas, las que se dan por asumidas, las que se supone que lleva impresas en su código genético y que solo parecen pertenecerle a ella.

Le jode la paella de leña de cada domingo con la familia donde ella, por edad, tiene que hacerlo casi todo; le jode que ni siquiera tengan la decencia de apartarse de la terraza cuando, después de poner y quitar la mesa, fregar los platos, hacer los cafés, recoger la cocina y fregar el paellón lleno de hollín, se pone a barrer los granos de arroz pegados al suelo y a pasar el mocho con lejía para espantar las moscas mientras los demás dormitan en las hamacas bajo la parra o se quedan clavados en la mesa viendo la F1 sin ni siquiera quitar las manos cuando ella pasa la bayeta o los pies cuando pasa la fregona.

Le molestan los sábados por la noche, tan eternos y aburridos, tan calurosos y tan distintos a lo que una vez fueron y, aunque ya no echa de menos aquellas locuras de dopada juventud, no puede evitar recordar lo que una vez fue y comparar con lo que es ahora.

Le incomoda el sofá hundido y desvencijado donde duerme casi todas las noches para engañar el calor, el color de las paredes que siempre necesitan una mano de pintura, el de los muebles que comienzan, tras veinte años, a pasarse de moda, las cortinas a las que ha quitado los volantes para que parezcan más actuales sin conseguirlo del todo porque ya se deshilachan por el sol aunque Paco diga que es por culpa de ella.

Le incomoda que se rompa el lavavajillas y el extractor de humo y no tener dinero para arreglarlo, que se descuelgue una persiana y lleve año y medio con la ventana completamente cerrada sin poder ponerle remedio, le incomoda la cal en el sifón de los wáteres, la línea oscura de la junta de los azulejos, la grasa adherida a los armarios, el olor a viejo que va haciendo su casa poco a poco porque no pueden renovar nada ni cambiar el ambiente o hacer las reformas necesarias, ese mantenimiento básico que todas las casas necesitan de vez en cuando.

Le molesta pedir dinero a fin de mes o que lo pida Paco, es lo mismo. Le molesta pedir anticipos para pagar atrasos, le molesta llevar las listas de la compra con los precios apuntados en un papel y con el total ya sumado, y le molesta ver que, en su declaración de hacienda, aunque no lo parezca, están al borde de la pobreza con 9.000€ al año.

No echa de menos los lujos porque nunca los ha tenido, pero sí aquellas simples cosas que hacen la vida un poco más cómoda, más llevable.

Un simple pollo asado para comer algún domingo y así no tener que cocinar, que total vale 8€, o una llamada a la pizzería de detrás de su casa para pedir un par de pizzas que total son 15€, más baratas que las de Telepizza, o algún Kebab que son 3.5€, aunque fuera un sábado por la noche al mes, pero ni eso.

Tal vez una cena con los amigos, por no sentirse tan solos los sábados o viernes por la noche, con la consabida botellita de whisky que si es del barato son 5€ y cualquier otra cosa para comer, una barbacoa de hamburguesas, como en las pelis americanas y que valen 2.50€ en Mercadona, pero ni eso siquiera, porque encima que ya no los llaman para nada con esos 7’50€ ella compra un pollo entero y una bandeja de longanizas, lo que da, si lo administra bien, para cinco comidas, a saber: longanizas con tomate, pechuga empanada, pollo al ajillo con las piernas y las alas, y sopa con croquetas hecha con la carcasa del pollo dos patatas y una pastillita de Avecrem.

Por eso se pasa horas en la cocina; porque los milagros requieren su tiempo.

Le molestan las voces desenfrenadas de la terraza frente a su casa, tal vez por envidia, ella, que no ha envidiado nada en su vida pero que ahora mira con cierto rencor la alegría y la despreocupación de los demás como un insulto a su austeridad llena de problemas de los que no les está permitido distraerse ni un solo momento, como si no hubiera piedad ni misericordia para ella en este mundo que aun así se niega a ver como un valle de lágrimas.

Y lo que más le incomoda, lo que más le jode, lo que de verdad le da por culo es que no sabe que cojones hacer consigo misma, ni dónde meterse ni donde sentarse ni qué hacer cuando no tiene un trapo o una fregona en las manos. Al dormir no sabe con qué soñar, al parar no sabe por dónde continuar, al postergar no sabe por dónde retomar el hilo de la puta madeja embrollada que es su vida.

 

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A veces le gustaría pulsar un botón y desaparecer, por eso toma pastillas para dormir, porque eso le impide estar, le impide ser, seguir siendo, seguir viviendo en vigilia, seguir pensando o haciendo. Le permite olvidarse de sí misma y de lo jodidamente incómoda que es su vida, incómoda, como una piedrecita en el zapato; o sea algo pequeño, que no parece tener importancia pero que va jodiendo.

Sabe que esto tiene que pasar, sabe, con su amplio conocimiento en refranes heredado de su madre, que no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo aguante, sabe que tal vez esto sólo sea una lección que la vida le está dando, un cobro por los excesos pasados para equilibrar la balanza, sabe que no hay mal que por bien no venga aunque no le vea ninguna cosa buena a esto y también sabe, porque se lo ha dicho bastante últimamente la poca gente que los rodea, que una vez se toca fondo no queda más remedio que ir hacia arriba, así que intenta creer que todo mejorará, porque joder, peor ya es imposible.

Intenta reconciliarse con la vida de alguna forma y a veces se siente miserable por llegar a envidiar esas cosas tan simples y tan materiales, como el café con remordimientos que se ha tomado esta mañana en la plaza envidiando a las mujeres que venían de comprar y  que también tomaban sus cafés en las sillas contiguas a la suya, quien sabe si acaso ese momento no era para algunas tan exclusivo y lujoso como había sido para ella.

La pobre intenta tener esperanza, intenta creer que no siempre será así y que en el fondo aun hay cosas buenas que le pertenecen; puede envidiar la paz y la belleza de otras vidas más tranquilas, despreocupadas o cómodas que la suya, pero aún quedan  cosas que son suyas y bellas, cosas que personas como Piluca no sabe nique existen o que otras como Montse tienen que imaginar o dibujar porque nunca lo han sentido.

Es suya la luz del sol que la despierta cada mañana, la brisa fresca que entra por la ventana y la sorprende en el sofá mientras mueve las blancas cortinas a su alrededor.

Es suyo el olor del viento de Tramontana, el de la tierra mojada en verano ávida y reseca que absorbe con gula cada gota de lluvia.

Es suyo cada uno de los besos de sus hijos, cada una de las caricias de Paco al que aún le queda humor y amor para inventarlas, es suya cada ola del mar en el que entra atientas y se deja llevar para notar la liviandad de su cuerpo que siempre le parece demasiado pesado, es suyo el vuelo de la mariposa de papel que  brilla entre las macetas de geranios, es suyo el Adagio de Albinoni y el tercer movimiento del Concierto de Aranjuez.

El olor a nuevo de los libros que Montse le presta, es suyo el recuerdo de los veranos de su infancia donde el sabor de la sal del mar se mezclaba con el olor de la paella y leña que cocinaba su abuela, suyo es el sabor del chocolate bien caliente en invierno, el de los pasillos de su colegio, el de la colonia Nenuco sobre la piel de sus hijos, el tacto de un pecho succionado del que brota como un milagro la vía láctea, el aroma de un melocotón o de una rodaja de  sandía a media tarde, la luz de todos los veranos, la tristeza, melancólica y necesaria, de todos los otoños pasados o por venir.

Es suya cada mañana de cada día y cada crepúsculo de cada noche.

Es suyo el azahar de cada primavera.

El agua fresca, el sabor de los turrones, de las navidades cada vez más tristes y más necesarias, el fucsia de las buganvillas, son suyas las montañas que ve a lo lejos desde el autobús y el mar que presiente desde la ciudad.

Es suya la sensación de entrar en la cama con las sábanas recién puestas con la piel fragante de la ducha, la áspera suavidad y frescura del hilo y la luz del sol reverberando en el blanco de su almohada.

Son suyos los apresurados latidos de su corazón tras un orgasmo y la paz con que recibe a Paco en su vientre.

Es suyo el mar del invierno, las hojas secas del otoño, el viento de todas las primaveras y la luz de todos los veranos.

Es suyo el mundo en que vive y el que imagina, el mundo que quiere cambiar y el que no cambia por nada del mundo.

Es suyo el aroma del galán de noche y del jazmín y de las rosas rojas.

Es suya la palabra “mamá”. Son suyos los primeros pasos de sus hijos y el roce de sus primeros dientes sobre la cucharilla de plástico.

Es suyo cada musical de Webber, es suya “La música de la noche” y el torturado misterio de amor tras la máscara o el dolor de un pasado, cuando también era bella y no pensaba en el significado de la felicidad.

Es suya cada nube que pasa por el cielo azul de todos los veranos que ha vivido y es suya la belleza de un pasado que no volverá o la incertidumbre de un futuro al que va dando forma cada día.

Es suyo el verde de las plantas y el rosa de los geranios que tiene en el balcón supliendo el jardín que nunca tendrá y en los que reposa la vista cuando el asfalto le quema la retina.

Suyo es el olor a azúcar quemado y el de la vainilla, el del espliego, el del romero y el del tomillo, la sombra de los sauces o el murmullo de los chopos.

Son suyas las lágrimas de San Lorenzo y el anhelo de los deseos incumplidos o de los sueños que no se cumplieron.

Es suyo el pensamiento.

Es suya la fe en sí misma y en las personas que ama.

Es suya la vida y la esperanza así como también lo es la muerte y la desesperación.

Es suya cada contradicción y cada duda, así como también lo es cada claridad y cada certeza.

Joder, que mañanita que me lleva… pues todo pá ti, guapa.

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Pity. Dioses y hombres. Extracto del libro ¿Cómo que a qué huelen las nubes?

 

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Pau follaba como un dios.

Sé que puede parecer un poco bruto, dicho así de pronto, pero es cierto.

Mi hermana dice que cuando una es capaz de decir las cosas tal como son, sin usar eufemismos, sin darle ni una sola vuelta al tema y sin importarle ni un pelín lo que puedan pensar los demás, hasta el punto de pasarse por el arco de triunfo cualquier otra cosa que no sea la más pura verdad, es porque comienza a ser ella misma.

Para ser completamente sincera y en honor a esa verdad que parece que estoy recuperando, debo decir que Pau era un dios haciendo el amor, porque es cierto que a veces se hace el amor y a veces solo se echa un polvo, depende de las circunstancias, del momento y de los sentimientos que aderecen el instante. Pero con él esa línea que divide el sexo del amor era tan finísima, tan delicada, tan tenue y tan exquisita que parecía no existir.

El follaba como si amara y eso es explosivo, adictivo, incontrolable para alguien como yo que adora tenerlo todo bajo control y ansía ser amada de cualquier forma.

Eran los únicos instantes que me permitía olvidar, dejaba salir a pasear a la zorra que llevo dentro y a la romántica que siempre he sido en secreto, porque solo con él podía mostrar ese lado de mí. No tenía que controlar nada porque él se hacía cargo, tomaba el mando y el gobierno de ese instante y me lo devolvía puro, intenso, completamente nuevo y sin mancha, como si me hiciera renacer.

Dios mío, era una sensación que sé que no volveré a sentir jamás y eso es lo que me mata. Saber que nunca podré volver a ser la mujer que fui con él, que no recuperaré la libertad ni la magia de esos instantes y que me quedaré aquí, frente a esta chimenea de diseño, o en las peluquerías que son los símbolos de mi éxito ante el mundo y de mi derrota personal.

Pau besaba como nadie, con besos húmedos, eróticos, su boca era para mí como una golosina cuando la ponía a un centímetro de la mía para tentarme, dulce y sabrosa, su lengua inquieta y suave, tersa y cálida, buscaba la mía en un baile único, en una especie de juego impúdico que era un presagio de cómo iba a ser lo demás, lo que siempre llegaba a continuación de sus besos, lo que prometía con cada uno de ellos.

Su boca se deslizaba por mi piel, avanzando muy poco a poco, elevándome hasta perder el sentido de la realidad y no ser consciente de nada que no fuera las sensaciones, las humedades, los deseos, nada que no fuera la dura necesidad de sentirlo más, de que me diera más, de que se deslizara mucho más.

Podía imaginar mi cuerpo, verme rodeada por él, envuelta en una presencia que siempre iba más lejos que su piel, siempre más allá de sus gestos y sus roces, notar la esencia de nuestro propio ser en la punta de los dedos, en el cuerpo y en la boca.

Caricias, besos, orgasmos que eran mucho más que simples caricias besos y orgasmos.

Era una danza sagrada, una exaltación, una locura.

Poco importaba que estuviéramos sobre esta alfombra al pie de la chimenea encendida o que me empotrara contra la pared sin previo aviso.

La necesidad urgente y letal, la avidez insoportable, el deseo más insufrible, el hambre mortal de nuestros cuerpos no se saciaba por más que lo intentáramos, por más que nos devoráramos en una vorágine de amor descontrolado.

Poco importaba que me tomara entre sus brazos para llevarme a la cama de la forma más dulce, o que me pusiera a cuatro patas en el suelo, poco importaba que fuera lo más romántico o lo más tosco, porque la necesidad de tenerlo dentro, de sentirlo dentro, bombeando, empujando, apretando, impulsando una y otra vez su sexo en el mío, era una urgencia vital, algo que me salvaba la vida y me apartaba de la fatalidad de mi destino.

Ahora no siento nada, estoy anestesiada y no puedo sentir más que una especie de vacío y frío por dentro que intento llenar desesperadamente y no sé con qué.

Creo que estoy comenzando a aprender a vivir sin él, pero que es algo a la vez muy peligroso porque puedo darme cuenta de que la vida sin él no vale la pena, de que vivir así no es vivir.

Me gustaría tener el valor suficiente para enfrentarme a mí misma, ahora que he dejado de llorar un poco y de autocompadecerme, para poder preguntarme si de verdad ha valido la pena echar todo por la borda y aferrarme a este tipo de vida, preguntarme si me gusta vivir como vivo, si de verdad quiero seguir haciendo lo mismo toda mi vida, si quiero vivir sin él.

Pero no tengo las respuestas, ni el valor, como para contestarme y enfrentarme a esa verdad de la que llevo meses huyendo.

Hoy he recibido una postal suya desde Islandia.

Las playas de oscura arena volcánica encierran un mar y un cielo como jamás he visto, y desde un trozo de papel se puede respirar la libertad, notar parte de esa esencia que es él, como si fuera parte de ese paisaje que le pertenece.

Leo el remite e intento pronunciar las palabras de la dirección donde vive, pero no me salen. Solo puedo repetir mentalmente sus palabras escritas como un mantra, como una oración sagrada que va tirando de mí hacía él.

Te espero, me dice.

Te quiero, me dice.

No ha dado por finalizado lo nuestro, como si creyera que alguna vez podré saltar por encima de todos los convencionalismos y las circunstancias que rodean mi vida y volver a estar con él.

Ni siquiera me planteo que sea él quien renuncie a todo y regrese porque sé que él jamás sobreviviría en un medio tan hostil para su forma de entender la vida, sin embargo, yo no he conocido otra cosa y no sé si sería capaz de vivir de otro modo.

Él se puso a prueba conmigo, pero yo no me atrevo a ponerme a prueba por él.

Pau vino para un mes de vacaciones y se quedó casi un año.

Yo no soy capaz ni de plantearme un mínimo cambio.

Sin embargo, me espera, como si en el fondo supiera que puedo ser capaz de hacer una locura, de replantearme la vida, de buscarle en esa dirección de la postal y quedarme a su lado para siempre tal como me propuso.

Y yo, que creía que le conocía mejor que nadie, me doy cuenta de que es un soñador.

Me fijo en su letra y logro imaginarlo sentado escribiendo, logro ver su pelo oscuro brillando rojizo bajo el sol islandés en una mezcla de sangre celta y vikinga, que eran en él un misterio y una herencia de valor incalculable.

Él decía que tenía una falta de pigmentación en su piel, en su pelo y en sus ojos, por eso pasaba de los ojos verdes a los grises, del pelo oscuro a los mechones rojos y al rubio que fue de niño, de la blanca palidez al moreno, con una facilidad pasmosa que a mí me asombraba y que yo sabía que no era sino una característica de los genes celtas que inundan su sangre.

Pau era, en secreto, un guerrero que no podía permanecer hibernado en un pueblo del Mediterráneo; su fuerza, su mayor impulso, su verdadero valor, provenía de aquellos glaciares, de la tierra oscura de aquellas playas; su fogosidad, del interior de aquellos volcanes; y su belleza, de la serena perfección de sus cielos, tan cercanos que dan la impresión de poder tocarlos con los dedos.

Pau no podía permanecer quieto, encerrado entre los muros de una ciudad, salvo por un tiempo concreto, un tiempo que me regaló a mí y que guardo como un tesoro en mi memoria, porque sé que es irrepetible, fugaz, maravilloso.

Y yo no tengo el valor que él tuvo para hacer lo que tenía que hacer, no tengo el valor de reconocer que sin él todo esto pierde el significado, me falta coraje para reconocer que no seré feliz ni un solo día y que posiblemente me arrepentiré toda la vida de haberlo dejado ir.

Pero no puedo cambiar.

No puedo.

Tengo que continuar, dejo que los días se deslicen unos tras otros, salgo, trabajo, hablo, río, pero no soy yo quien lo hace sino otra persona, alguien que ya no es la misma que unos meses atrás, alguien que por más que lo intenta no le encuentra sentido a todo aquello que una vez fue importante, alguien que empieza a ahogarse, a extinguirse, a dejar de ser.

Me voy diluyendo poco a poco en la nada más absoluta y sí, me he acostumbrado en más de dos meses a vivir sin él, a llenar mis días de acciones, conversaciones, personas y vivencias que cuando llega la noche son completamente inútiles, y que hasta llego a odiar porque son las cosas que me alejaron de él cuando aún estaba aquí.

Pero no puedo cambiar.

Tengo miedo a cambiar.

No puedo.

 

 

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