El monte de las ánimas. Gustavo A. Becquér.

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La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las
campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición
que oí hace poco en Soria.
Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación
es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el
rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.
Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas
veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón,
estremecidos por el aire frío de la noche.
Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.

 

I
–Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los
cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos
los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.
–¡Tan pronto!
–A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las
nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible.
Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los
difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
–¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
–No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no
hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo
también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa
historia.
Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges
y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a
sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.
Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida
historia:
–Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios,
cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y
religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de
lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en
ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido
defenderla como solos la conquistaron.
Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la
ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los
primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para
satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos
determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas
prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.
Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía
de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición
se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente
tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue
una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de
cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento
festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de
tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada
en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos,
comenzó a arruinarse.
Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar
sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en
jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las
breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las
culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la
nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le
llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que
cierre la noche.
La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban
al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron
al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se
perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

 

II
Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica
del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando
algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre
conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las
ojivas del salón.
Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y
Alonso: Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los
caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las
azules pupilas de Beatriz.
Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos
tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal
papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido
monótono y triste.
–Hermosa prima –exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que
se encontraban–; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas
llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y
patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por
algún galán de tu lejano señorío.
Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se
reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.
–Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido –se
apresuró a añadir el joven–. De un modo o de otro, presiento que no tardaré
en perderte… Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía… ¿Te
acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la
salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi
gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu
oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a
la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar… ¿Lo quieres?
–No sé en el tuyo –contestó la hermosa–, pero en mi país una prenda
recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe
aceptarse un presente de manos de un deudo… que aún puede ir a Roma sin
volver con las manos vacías.
El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un
momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:
–Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos;
hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?
Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la
joya, sin añadir una palabra.
Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada
voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que
hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las
campanas.
Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de
este modo:
–Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el
tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo,
¿no lo harás? –dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como
un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
–¿Por qué no? –exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como
para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo
bordado de oro… Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:
–¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé
qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
–Sí.
–Pues… ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un
recuerdo.
–¡Se ha perdido!, ¿y dónde? –preguntó Alonso incorporándose de su
asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.
–No sé…. en el monte acaso.
–¡En el Monte de las Ánimas –murmuró palideciendo y dejándose caer
sobre el sitial–; en el Monte de las Ánimas!
Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:
–Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda
Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar
mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta
diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor,
hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras
que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he
combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y
nadie dirá que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasión. Otra noche
volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta
noche… esta noche. ¿A qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas
doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte
comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas
que cubren sus fosas… ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la
sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el
torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin
que se sepa adónde.
Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los
labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono
indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la
leña, arrojando chispas de mil colores:
–¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante
friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de
lobos!
Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso
no pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un
resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el
miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó,
dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar
entreteniéndose en revolver el fuego:
–Adiós Beatriz, adiós… Hasta pronto.
–¡Alonso! ¡Alonso! –dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso
o aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.
A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope.
La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus
mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía,
que se desvaneció por último.
Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el
aire zumbaba en los vidrios del balcón y las campanas de la ciudad doblaban a
lo lejos.

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III
Había pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar,
y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos
de una hora pudiera haberlo hecho.
–¡Habrá tenido miedo! –exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y
encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente
murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a
los que ya no existen.
Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de
seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.
Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las
vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos.
Creía haber oído a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y
por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.
–Será el viento –dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró
tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas
de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo
prolongado y estridente.
Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban
paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y
grave, aquéllas con un lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio
lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo
monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas,
palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se
arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten,
estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se
ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad.
Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y
escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la
frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.
Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como
bultos que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en
un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.
–¡Bah! –exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la
almohada de raso azul del lecho–; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres
gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja
de aparecidos?
Y cerrando los ojos intentó dormir…; pero en vano había hecho un esfuerzo
sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más
aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían
rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el
rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a
su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se
acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz
lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la
cabeza y contuvo el aliento.
El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía
con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en
las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras
distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos.
Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció
eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los
ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de
terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de
seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de
repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez
mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y
desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a
buscar Alonso.
Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del
primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los
lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil,
crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho,
desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los
miembros, muerta; ¡muerta de horror!

 

IV
Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que
pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al
otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles.
Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de
los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de
la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de
corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y
desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de
horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

FIN

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El soldado.

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Si mañana moría en la primera batalla, lo último que vería, sería en la imagen que tenía frente a él.

Si la revolución no triunfaba y tenía que morir días más tarde frente a un pelotón de fusilamiento, su último pensamiento sería para ellos que, ajenos a esas funestas reflexiones, dormían abrazados sin el miedo que a él lo recorría por entero, sin la desazón que perturbaba su alma y que le imposibilitaba el sueño.

Cómo sería estar muerto.

Cómo sería no volver a sentir esas pieles, esos besos, esos cuerpos que tanto amaba, cómo sería estar perdido en la eternidad y solo.

Cómo sería no verlos nunca más.

Los miraba dormir y el dolor se mezclaba con el amor y el deseo. A partes iguales.

Había tenido que salir de la cama, sin vestirse, sentir el frio de abril clavándose en su piel desnuda sin llegar a aliviar el fuego de su sangre, tomar la distancia de unos metros que le permitiera no sentir las respiraciones ni las pieles, poder observarlos de lejos, desde fuera, acariciando con la mirada los cuerpos que un rato antes había acariciado con sus dedos y saboreado con su boca, que había sentido en su propia piel, con los que se había fundido en una abrazo pecador y lascivo que condenaba su alma al infierno para toda la eternidad.

Supo que había vendido su alma a cambio de amor.

Y supo que había valido la pena.

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Que volvería a hacerlo mañana mismo, sin arrepentimientos ni pesadumbres, porque cada instante, cada segundo vivido con ellos, bien valía ese pasaporte, ese billete sin regreso al círculo más profundo de todos los infiernos posibles.

Dormir abrazado a sus cuerpos sin pudor y sin los remordimientos que lo acosaban, sin esos pensamientos de culpa que el catolicismo le había impuesto a través de tantos años de adoctrinamiento y rezos. Sin tener ni una sola duda de si estaban obrando correctamente o si el pecado los consumiría en el otra orilla de la vida.

Sin arrepentirse de nada en absoluto.

Ese abandono en brazos de su amante, era el mismo que en los suyos y también era como su propio abandono. Abrazos adúlteros que tenían el sabor de la gloria, la intensidad del momento, la energía de saberse transgresor de unas leyes morales impuestas por personas que tal vez ni siquiera sabían qué era el amor y por eso lo confundían con el pecado.

Quién era el mundo para juzgar el abrazo que él contemplaba absorto en la belleza de un instante efímero.

Quién era Dios para imponerle la obligación de no amarles o de amarles en silencio.

Quién era nadie para juzgar aquello que no conocían.

Si al día siguiente moría, si le esperaba el fuego intenso del infierno, con gusto dejaría que su piel ardiera y que su alma se condenara a cambio de haber tenido la felicidad de estar con ellos, la plenitud de sus gestos y de sus abrazos, el placer de sus cuerpos enlazados en el amor más intenso.

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Ella, la primera vez, era casi una desconocida que le tentaba más de lo que nunca le había tentado ninguna mujer, y lo increíble es que no hacía nada para ser tentadora. Solo existir.

Él era el hombre que siempre quiso tener cerca, el que rezaba por volver a encontrar en su camino y resarcirse de un pasado que no pudo ser.

Los amaba.

Por primera vez entendió aquellos conceptos sobre el pecado que le habían explicado tantas veces en el pasado. Casi podía recordar palabra por palabra; “el pecado, la tentación, está siempre en los ojos de quien mira y juzga, al igual que la belleza y el amor. Podemos ver lo que queramos ver según sean nuestros pensamientos y nuestros prejuicios”

Y era cierto, donde él veía belleza muchos habrían visto sordidez. Donde él veía amor otros verían pecado. Donde él veía refugio y paz otros verían desabrigo y hostilidad.

Había luchado toda su vida por entender eso y seguía perdiendo cada batalla.

Cómo un cuerpo podía ser todo eso a la vez

-Os he echado de menos aun cuando no os conocía. He echado de menos vuestra boca, vuestra voz, vuestros cuerpos. Reconozco sin pudor que me doléis. Me doléis de una forma que ni yo logro entender, y no sé qué puede significar que nos hayamos encontrado ahora, tras tanto tiempo, como si hubierais llegado para cumplir todos mis sueños, para darme el amor por el que tanto supliqué.

Y sé que, esta vez, vais a quedaros en mi vida para siempre o soy capaz de morir en ese intento.

Quería volver al lecho, despertarles, comenzar de nuevo el juego amoroso del que descansaban, adentrarse en ellos, penetrar con la misma pasión de los últimos días que tenía algo de despedida y de reencuentro, de descubrimiento y de confirmación, apresar esos bellos y amados cuerpos en un abrazo que para algunos sería pecador pero para él era salvación, y dejar de existir en el instante que lograra alcanzar esa pequeña muerte que solo está al alcance de quienes aman amando.

Si al día siguiente moría no importaba. Había comenzado a morir en el mismo instante en que ellos entraron en su vida. Había muerto entre sus brazos muchas veces.

Acaso ese morir que le esperaba no era sino otra forma de seguir viviendo y el infierno que las escrituras le pronosticaban no era peor que tener que pasar la eternidad sin su amor.

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Aroma de teatro.

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Lo miró despacio, como si quisiera retener su imagen en la mente de una vez por todas, de forma definitiva, dejarlo clavado en un rincón de su memoria del que no pudiera desprenderse por más tiempo que pasara y por más lugares en que posara la vista.

Siempre tras sus pupilas, siempre en el horizonte de su mirada, siempre en todo momento y lugar. Casi, casi como si fuera una parte de él, o mejor, una parte de su vida.

Fijar la vista en un punto perdido del horizonte y que él estuviera ahí.

Levantar la mirada hacia el cielo limpio de nubes y que él formara parte de ese azul.

Quedarse ensimismada viendo pasar delante de ella los objetos que tenía que retirar y que él estuviera por encima de la cinta transportadora.

Cerrar los ojos y que su rostro, su cuerpo, todo él, fuera lo único que hubiera en el fondo de aquel túnel oscuro.

Él, siempre él.

En todas las cosas y en todos los lugares. En todo momento él.

Lo miraba fijamente en las fotos, reteniendo cada mínimo detalle, cada lunar, cada surco, cada expresión. Y en ese afán, le daba un carácter que puede o no que poseyera pero que ella creía ver y casi podía asegurar que de verdad poseía.

Buscaba su imagen en todos los lugares bellos para verlo posado más allá de cualquier belleza, encumbrándolo, dándole un halo sobrenatural de poder en el que ella lograba sentirse sobrecogida, arrobada, entregada por completo a su adoración.

En los lugares feos y soeces de su día a día, en medio de lo ordinario y de lo bárbaro, su imagen lo dignificaba todo, lo limpiaba de excrementos y de barbarie hasta el punto de dejar de ver todo aquello que, simplemente, no quería ver realmente.

En medio de superficies hostiles, en la bastedad del trabajo, de la dureza del día a día, él aparecía inmaculado, sonriente, intocable por los dedos toscos de la realidad cruel e impertinente que sí la tocaba a ella.

Él era la belleza en un mundo feo.

Él era la perfección en medio de un mundo imperfecto.

La dulzura en medio de lo agrio y áspero.

La bondad y la ternura entre lo hiriente y lo ofensivo de un medio abrupto.

Él, simplemente, lo era todo.

El mundo podía descomponerse poco a poco, deteriorarse y sucumbir, pero si tenía su imagen frente a ella, hasta esa decadencia podía ser bella porque él, con su sola presencia tras el túnel oscuro de sus ojos enamorados, la convertía en magnifica.

Así como los tonos de ciertas flores brillan más y son más intensos si están salpicados de motas blancas, él brillaba por entre todo cuanto ella veía, fuera lo más desagradable o lo más abrupto.

A veces, cuando el dolor de lo ofensivo le mordía la conciencia y la fealdad del mundo que la rodeaba resultaba hiriente hasta límites insospechados que creía no poder soportar, su imagen le ofrecía un halo de luz y belleza, convirtiéndose, de repente, en un ser que está mucho más allá de lo bello, de lo sublime, tal como se convierte en día el punto más oscuro de una noche y comienza a iluminar todas las zonas de tinieblas amenazantes y lúgubres, despejando los miedos.

Podía estar desechando los productos plásticos de la cinta que transportaba por media planta los desperdicios de la ciudad, podía clasificar, sin perder ni un segundo, los envases de entre la basura orgánica, acumular desperdicios en grandes basureros, mancharse sin poder evitarlo, impregnarse del olor fétido que toda la planta de tratamiento de residuos sólidos desprendía y hasta sentirse cómoda en la extraña situación de que su olfato, perturbado, no llegara a oler absolutamente nada.

Se sentía casi privilegiada cuando los compañeros le decían, entre arcadas, que era una mujer con suerte, que su pérdida total de olfato, era una bendición en ese trabajo.

Ella sabía que, así como no podía oler la basura entre la que bregaba día tras día, tampoco podía oler el aroma de las flores, el de los libros nuevos, el del mar, el de la hierba mojada, el sensual aroma del café recién hecho, el de cualquier persona o de cualquier perfume que anunciaban en televisión, y sólo el hecho de no poder oler los desperdicios no le compensaba la perdida de los bellos olores que no recordaba haber olido desde su infancia.

Y no podría olerlo a él.

¿Cómo sería tenerlo cerca? ¿Cómo olería la ciudad en la que vivía, el teatro en el que trabajaba? ¿Cómo olería él mismo cuando salía recién duchado por la puerta trasera del teatro donde firmaba los folletos de la obra o las fotos de algunas de sus películas a las admiradoras que iban a verle?

Sonrió casi sin querer.

En su mente, desde hacía días, imaginaba esa situación.

En el cajón de su mesilla de noche, reposaban los billetes de un vuelo a Londres y las entradas impresas por internet con unas fechas concretas.

No era de extrañar que no pudiera pensar en otra cosa ni en otra persona.

Un sueño hecho realidad.

Un sueño largamente acariciado, mil veces soñado con los ojos abiertos, ansiado en lo más íntimo y recóndito de su corazón, en un lugar donde nadie, salvo ella, tenía acceso.

Él, ocupando todo desde hacía tanto tiempo, que casi ni lograba pensar en otra cosa a medida que se acercaban las fechas de sus vacaciones, de su primer viaje en avión, de su primera visita a Londres, de su primer momento de felicidad real.

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Lo primero en que se fijó cuando dejó las maletas en el hotel y salió a las calles de Londres como una turista más, fue en que nadie parecía ver su labio partido y su nariz un tanto deformada. Las operaciones que le hicieran en la infancia para corregir su paladar y que eran las culpables de que, en una negligencia, perdiera el sentido del olfato, no parecían ser vistas por nadie.

Nadie la miraba, nadie se fijaba, nadie la llamó fea ni se rió al cruzarse con ella.

La cirugía había corregido aquellos antiguos fallos, pero solo hasta donde había podido. Había cosas que eran ya irrecuperables.

– No podemos hacer milagros… pero lo intentaremos.- Le había dicho el cirujano plástico poco tiempo atrás.

Y Londres era una ciudad tan llena de promesas que hasta ella misma olvidó todo aquello que la había estado martirizando durante toda su vida.

Poder moverse por sus calles, visitar sus parques, sus museos, recorrer la historia era algo que le hacía olvidar todo el periplo por el que había pasado estos últimos años, y sentada en Hyde Park, entre árboles centenarios y acariciada por la brisa cálida y húmeda del verano londinense, le agradeció a él, mentalmente como siempre, la fuerza que le había dado con su sola presencia desde una foto.

Si no fuera por él jamás se habría propuesto volver a pasar por un quirófano.

Si no fuera por él, en ese momento, estaría encerrada en casa soportando el calor infernal y como vacaciones le habrían pasado todos esos días sin madrugar y sin trabajar, aunque no hubiera vivido realmente ni uno solo de ellos.

Si no fuera por él, jamás se habría atrevido a coger un avión o a visitar un país extraño, a aprender inglés para entender sus palabras o, simplemente, jamás habría pensado que la vida puede ser bella incluso viviendo entre la basura.

Su imagen flotaba entre las calles de Londres.

Veía carteles anunciadores en el metro con su rostro.

Sabía que estaba acercándose a él por el simple hecho de estar pisando la misma tierra, como si presagiara su presencia muy cerca de ella.

Él, llenándolo todo, como siempre, pero en esta ocasión, de forma real, tangible, concreta e intensa.

Unas pocas horas y estaría frente a él, escuchando su voz desde la palestra, interpretando.

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Se sentó en una de las butacas de la primera fila.

Poder comprar la entrada por internet con tanta anticipación le había permitido tener ese privilegio.

En uno de los correos que recibió semanas atrás, la producción del teatro le había pedido que sus ropas fueran negras. Iban a grabar la función para poder emitirla desde plataformas digitales y el público debía pasar lo más desapercibido posible. Ella, obediente, parecía ir enlutada salvo por la sonrisa y la expresión expectante de su mirada.

¿Cómo olería el teatro? ¿Qué perfumes tendría entre sus paredes? Había leído que quemaban incienso para que el público entrara en un trance hipnótico y se sumergiera mejor en el espectáculo. ¿Cómo huele el incienso? ¿Cómo olía el perfume que se había comprado para ponerse en esa ocasión? ¿Cómo huele el miedo, el nerviosismo, la ilusión?

¿Cómo huelen los sueños cuando comienzan a hacerse realidad?

¿Cómo huelen los ruidos de tambores, las primeras notas de una música extraña, las notas de intriga y esperanza?

¿Cómo huele el amor cuando se presenta ante ti en una forma que no crees posible?

¿Cómo huele la emoción, las lágrimas de alegría, los latidos de un corazón que va expulsando el perfume que está en la piel del pulso, en las muñecas donde ella ha visto que las mujeres de los anuncios dejan caer unas gotitas leves?

¿Cómo huele la vida entera concentrada en un solo instante?

¿Cómo huele el amor intenso, tan intenso que llega a doler?

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Él frente a ella. Por primera vez.

Y una lágrima rodando por su mejilla concentra todo el dolor de un alma atormentada que nunca ha creído que ese instante de felicidad pudiera existir.

No hay nada ni nadie entre ambos. Solo el vacío de unos metros, el espacio ocupado por la nada, que, sin embargo, lo hace inalcanzable.

Tan cerca y tan lejos.

Podría ponerse en pie, caminar unos pasos y alcanzarlo, tocarlo, abrazarlo. Tan cerca y tan al alcance de sus manos está. Sin embargo, en el plano de su alma y de su pensamiento, verlo en ese escenario lo aparta de ella más que nunca porque hay toda una realidad que los separa y lo vuelve, de repente, más inalcanzable aún que antes.

Es casi indescriptible esa sensación de alegría y tormento. Ni siquiera esa lágrima traicionera que rueda por su mejilla puede expresar la conmoción de su alma, el terremoto de sentimientos y sensaciones que la recorren mientras permanece inmóvil en la butaca, concentrada en las palabras que salen de esos labios con los que lleva años soñando.

Sus ojos lo contemplan y se transforman en dedos que pueden acariciarlo con la mirada.

Está frente a él, tal como ha soñado cientos, miles de veces, paralizada en su asiento, con el corazón latiendo al borde del colapso, con la emoción a flor de piel, con el amor escapando de sus ojos en forma de lágrima solitaria e incomprendida, con todo el dolor del mundo hiriéndola de muerte, sabiéndose vencida, derrotada, rendida no solo ante sus propios y locos sentimientos, sino ante la realidad de su vida.

Él, frente a ella, cumpliendo sin saberlo la promesa en que ella lo convirtió mucho tiempo atrás, transformado en la personificación del amor y de la tragedia, en el símbolo de la rendición absoluta y del amor más profundo, en todo y en nada.

Él, la encarnación de todo aquello que ansía sentir y que nunca sentirá. Él, la alegría y la tristeza, el vacío y la opulencia, el amor y la muerte, todo él.

Él, que con su sola voz convierte en lava su sangre y el frio en fuego.

Que con su sola presencia conjura todos los fantasmas y todos los miedos que lleva años tratando de superar, y que la hace sentir, por una vez, completa.

¿Cómo huele la dicha? ¿Cómo huele un sueño?

Hay un silencio expectante entre dos frases, y ella, en primera fila, nota los ojos grises del amor de su vida fijos en ella. Mirándola sin verla tras la luz de los focos que seguramente lo ciegan.

Un segundo. Un latido. El mundo, el espacio y el tiempo suspendidos en una mirada que no llega a ser mirada, en un gesto inconsciente para él y que para ella es todo.

Sabe que recordará esa mirada todos los días de su vida, que cuando vuelva a la realidad, esos ojos clavados en ella estarán por encima de todo aquello en lo que pose la vista, por encima de la sórdida realidad en la que sobrevive.

Un instante que apenas dura un segundo, algo tan distante como una mirada distraída, puede ser para una persona, un momento cumbre, un instante supremo.

Sabe, piensa para sí, mientras él sigue interpretando la obra, que esa noche es y será la mejor noche de su vida entera, y eso le hace comprender el vacío de todo cuanto la rodea y al que de repente, no quiere volver.

¿Cómo volver? ¿Cómo?

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Noche tras noche de esa semana ella irá al teatro a verle, se sentará en primera fila, vestida de negro ya no solo por la grabación de la obra sino para pasar desapercibida frente a él.

Noche tras noche escuchara su voz, acariciará su cuerpo, dormirá con su recuerdo y buscará una sonrisa cuando, al terminar la velada, se quede en la puerta trasera del teatro, haciendo cola entre varias personas para que él le firme los folletos de la función.

Buscará sus ojos entre los ojos de la gente que lo rodea, lo verá sobresalir, alto y bello entre tantas personas, recién duchado, con el cabello húmedo y ojos de cansancio pero sonriente, dando las gracias a todos aquellos que lo felicitan por su interpretación.

Se sabe los gestos casi de memoria; se sabe el tono de su voz y la mirada alegre aunque cansada con que recibe pequeños regalos de sus admiradoras, la forma en que toma entre sus dedos el bolígrafo de tinta indeleble con el que firma rápidamente, el modo en que se agacha para salir en las fotos que esa misma noche correrán por internet donde sus admiradoras lo adoran en distintos idiomas, la forma en que camina para subir al coche que lo aleja de ella una vez más.

Sabe que él la ha visto.

Sabe que su presencia ha sido notada por él desde el primer día en que sus ojos la miraron por casualidad, que se ha fijado en que lleva días sentada en primera fila y esperándole en la puerta trasera, consciente de que, aunque le espera cada noche, solo le firmó un folleto la primera vez, que se conforma con mirarle sin decirle nada más, sin querer nada, sin pedirle ni fotos ni más firmas.

Y sabe, perfectamente, que si él ha notado su presencia, si él la mira al salir, mientras firma, mientras posa para una foto con alguien o mientras se dirige hacia el coche, no es porque haya adivinado el amor en sus ojos o porque le extrañe que una persona vaya tantas veces a su representación, sino que es por su labio partido y por su nariz deformada que la convierten en una espectadora difícil de pasar inadvertida, incluso difícil de olvidar.

Noche tras noche de esa semana, recorrerá a pie la distancia que hay entre el teatro y el hotel recordando cada gesto, cada palabra, cada momento. Imaginando situaciones imposibles, palabras que nunca serán dichas, gestos que nunca serán hechos, momentos que jamás se convertirán en reales para ella.

Soñará con él como cada noche, sumergida entre la luz cegadora de las bambalinas en que lo ve y por donde asoma un universo tan vasto y tan distinto al suyo que la tiene deslumbrada. Una zona del mundo y una forma de vida que no por imaginada deja de ser resplandeciente. El glamur de los focos, de las noches intensas, el halo de divinidad que ella misma ha puesto sobre él y que se refleja allá donde mira, la ensoñación de la luz de los reflectores filtrándose entre lo real y lo irreal como una niebla que rodea su figura, desdibujando o perfilando el cuerpo del ser amado que parece estar en un pedestal ante sus ojos enamorados pese a que su mente le dicta que, por momentos, pasa tan cerca de ella que si alargara la mano podría tocarlo.

Una ciudad de leyenda que sobrevive en la historia y que contiene el germen de todo aquello que para ella nunca existirá; amor, intensidad, aventura, belleza, dulzura.

Noche tras noche, en el vacío de una cama mercenaria, se sentirá sola ante el infinito y se rendirá ante la evidencia de todo aquello que nunca jamás podrá tener.

No es solo que su amor sea un hombre inalcanzable y prohibido, sino que además, es un hombre que le ha mostrado todo aquello que nunca será.

Dejará su alma en aquel escenario y en aquella puerta donde cada noche de una semana lo ha podido ver y volverá a la rutina de su vida aunque no pueda imaginarse ya en ella.

Un último día en que él parece haberle dedicado una sonrisa especial al verla, aún asomándose entre la puerta blanca y encontrándola sin problemas entre el nutrido grupo de personas que se amontonan frente a él. Creyó, al imaginar ese momento, que no encontraría el valor suficiente como para acercarse de nuevo a él tal como lo hizo el primer día al pedir ese único autógrafo y esa única foto que atesoraría el resto de sus días, pero lo encontró, y se acercó de nuevo a él y su voz, entrecortada y temblorosa, en un inglés balbuceante y nuevo que surgía de su garganta por primera vez pudo decirle gracias.

Unas gracias que eran como tantas y tantas que podían decirle muy a menudo, pero que para ella eran mucho más.

Gracias por estar, por ser, por lo que me haces sentir, por lograr que me sienta viva, por enseñarme el valor de los sueños, por mostrarme la belleza de un mundo que se empeña en ocultármela, por la intensidad de cada instante, por la brevedad de un suspiro, por la ensoñación de cada noche, por darme tanto arte en medio de una vida tan fea, por regalarme esta sonrisa en medio de tantas lágrimas, por hacer del mundo un lugar mejor solo con tu presencia, por darme esperanza y valor, por haberme hecho, sin tú saberlo, feliz. Gracias

– No. Gracias a ti por venir cada noche. – Fue su respuesta.

Y su voz sonó, por un instante, a música y hasta sus ojos llegaron unas lágrimas que no había forma de ocultar porque con ellas, volvieron los aromas extraviados de la niñez, el de la brisa del mar, el de los libros nuevos, el de la hierba mojada, el del café recién hecho, el del perfume de su madre, el del viento entre los pinos, y olió, por primera y única vez, el perfume del amor y del teatro en una voz que resonaría en su mente todos y cada uno de los días oscuros que estaban por venir y que traería los aromas perdidos y olvidados de una vida que no pudo ser.

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Notas de cello y azahar

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No había vuelto a esa casa en más de diez años.

Allí, donde comenzó y acabó todo, donde los recuerdos se agolpaban en cada rincón, en cada sombra, en cada palmo de la tierra que la bordeaba, en cada árbol o acequia, en cada piedra.

Amaba más ese rincón olvidado de lo que creía recordar, pero solo ahora, al volver, se daba cuenta.

Había algo de primigenio en todo aquello, algo que corría por sus venas y que formaba parte de su cuerpo tanto como de su memoria más antigua o de sus anhelos más recientes. Todo aquello que le volvía a la cabeza junto con aquello que soñaba poder realizar, tenían en común aquella casa enclavada en lo alto de aquel montículo, donde cada noche se posaba elegantemente la luna rodeada de olivos y naranjos, donde la envolvía una bruma extraña que salía del rio en las noches de invierno y que removía funestos presagios que se disipaban siempre a la mañana siguiente cuando veía el relente sobre la hierba adornándolo todo con un mano brillante y húmedo.

Los naranjos de hojas anchas tenían gotas de rocío que nunca llegaban a caer y los tallos de hierbas, de malas hierbas, las mantenían orgullosas en su cima más alta como en un intento de mostrar cuán fuertes eran a pesar de su frágil y fina apariencia. Un manto de escarcha cubría y brillaba en la tierra, envuelta en quietud y verde por entre las oscuras piedras y la tierra seca y pedregosa.

Había costado años desbrozar y sacar las piedras de aquel lugar para poder plantar los huertos que ella había contemplado desde su niñez y que iban decayendo poco a poco. Muchas manos fuertes, callosas y ásperas del árido trabajo en la tierra, habían sacado piedras de varias hectáreas hasta hacer de aquel lugar una finca cultivable, y esas mismas manos, las habían acumulado en los lindes formando los muros de piedra que podía contemplar desde su ventana y que bordeaban la fachada principal.

Era imposible volver y no recordar.

El olvido de todo aquello que amamos es siempre imposible, aunque su recuerdo duela, aunque nos vuelvan a sangrar las heridas, aunque sintamos de nuevo aquella punzada de dolor atenuada por el paso del tiempo. Sigue ahí, doliendo en algún territorio ilocalizable de la memoria, de las costumbres adquiridas, de la semejanza de los cuerpos o de los actos de aquel entonces. Sigue ahí acechando en algún lugar remoto, saliendo a traición entre los sueños, entre los pensamientos y todo aquello que creemos haber dejado atrás.

A veces no hacía falta ni siquiera volver para recordar. Un aroma, una canción, una imagen, una palabra eran suficientes.

Pero había vuelto.

Podía contemplar aquel fabuloso terreno desde la ventana de su habitación, sentir la melancolía de todo un tiempo pasado, el peso de la responsabilidad en los hombros y en la conciencia al igual que sentía el frescor de la noche o la humedad de la mañana, al igual que volvía a sentir entre sus dedos las paredes que iba rozando o las plantas que iba acariciando, igual que sentía el sol de todos los veranos quemándole la piel, igual que sentía el aroma de azahar al caer la noche o que escuchaba la inmensa tristeza del cello en el salón donde nunca entraba por qué él lo había ocupado por entero desde su llegada y convertido en el santuario de dónde saldría una nueva composición, quién sabe si su obra maestra.

No sabía por qué, pero podía visualizarlo en ese mismo momento, no con el esmoquin de sus conciertos si no descalza, con unos simples vaqueros y una camisa, con el flequillo cayéndole sobre los ojos y moviéndose al compas de esa música que ya taladraba su corazón con cada arrastrar de notas.

La imagen de él que guardaba en secreto no era la del escenario o la de sus conciertos sino una imagen bucólica creada en su mente en dónde lo imaginaba como en una decadente novela romántica de esas que se leían en su juventud, con portadas de varones ejemplares y de mujeres de hombros descubiertos, con títulos pasionales que entonces le parecían el colmo del romanticismo y que ahora recuerda con cierto grado de vergüenza.

Y esa imagen figurada no encajaba con la del hombre que arranca aquellas notas de las cuerdas a altas horas de la noche porque él es, a todas luces, un hombre como tantos, aunque poseía una magia y una expresión de tormento o de éxtasis en según qué piezas, en según qué momento de su actuación, en qué registros, que lo convertía en alguien extraordinario.

Aún puede notar el impacto del primer instante en que lo vio, el golpe de su corazón, la forma en que se hizo el silencio alrededor suyo porque iba a comenzar el concierto y que fue atronador para ella porque lo señaló como el eje de algo que todavía no sabía que iba a suceder.

Esa luz enfocada en él, la expectación del público, las miradas de admiración, el sigilo respetuoso de quién está esperando y que encumbra lo esperado, esa forma en que todo dentro de aquel teatro se alió para que lo viera poderoso, solitario, inalcanzable y engrandecido por un arte casi desconocido para ella, tan sublime, tan sensitivo, tan novelesco y pasional que parecía un sueño.

Pero no lo era, y estaba allí, en la casa donde ella nunca creyó que iba a volver y adónde no habría vuelto de no ser porque él necesitaba apartarse del mundo y la necesitaba a ella para inspirar sus composiciones; ella, la musa y la mujer que le llevaba a la creación.

Ambos estaban presos de una similar adoración; él por la música, ella por él.

Le sonrió cuando lo vio mirándola en el quicio de la puerta, sintiendo las vibraciones de notas musicales a su alrededor como un aleteo de mariposas.

– Ven, vamos a crear una nueva sinfonía.

 

 

El alma del bosque

nina peña - relato - arbol - bosque

Aquel árbol había nacido de nuevo entre las ramas rotas de un tronco partido por accidente.

Cercenado bruscamente, se había resistido a morir y a languidecer en medio del bosque como un pequeño tocón más.

Su espíritu, empeñado en sobrevivir a los fríos inviernos del clima, había fortalecido sus raíces en las cuales depositaba toda la rabia de una vida perdida y la esperanza de un verde futuro.

Habían pasado años de dulce sopor en los que se curaba las heridas traumáticas del accidente y se acostumbraba a su nueva forma, no más alta que un arbusto, pero llena de un impulso nuevo, de un aliento distinto que le empujaba a crecer poco a poco pero con firmeza. Su ambición era sobresalir por encima de los otros árboles y poder ver al menos los tejados de las casas de aquel pueblo cercano que tiraba de él casi como una llamada, como el canto de sirenas legendario, que no podía dejar de escuchar.

Veranos de sol y otoños de lluvia, primaveras en que el bosque se llenaba de aromas y flores silvestres, moras y pájaros cantores que no se posarían sobre él hasta que no alcanzase la altura necesaria para ponerlos a salvo de las alimañas. Setas y hongos. Algún tesoro trufado entre raíces viejas. Viento que aún no llegaba a mecer sus ramas pero que las acariciaba con dulces dedos de amante. Susurros de vida lejanos que él se empeñaba en escuchar por encima de los ruidos sordos de las pisadas de ratones y los vuelos rasantes de abejas o colibríes.

Creciendo poco a poco, año tras año. Con lentitud pero con firmeza.

Cuando el niño llegó por primera vez hasta él, supo que solo por eso había estado creciendo. Reconoció el motivo por el cual había puesto tanto empeño en vivir, en renacer, en seguir existiendo.

Aquel niño, algo más pequeño que él en altura, lo observó serenamente, escuchó su silenciosa letanía de ser herido, acarició su tronco aún liso y decidió, en un instante, que aquel sería su lugar secreto en el bosque, firmando así un pacto de amistad y apoyo que duraría tanto como su existencia mortal.

Los inviernos eran fríos, largos y oscuros, plenos de lluvias que hacían aparecer el musgo en las piedras y daban el vigor suficiente a sus raíces como para seguir creciendo. Sus ramas, cada día más largas y altas, se dividían con una lentitud casi mineral en dos grupos muy diferenciados; unas crecían hacía arriba para poder alcanzar el sueño de otear los lejanos tejados y otras hacía abajo para formar una cueva vegetal que aislara al niño del resto del mundo cuando volviera a verle.

Primavera tras primavera, verano tras verano, el niño volvía.

Era un niño solitario y triste que necesitaba escuchar una voz que le contara cuentos, y a falta de una madre que lo hiciera, escuchaba su propia voz en la reverberación del bosque.

Se sentaba junto a él apoyando la espalda en su tronco y leía en voz alta cuentos infantiles o jugaba entre las ramas a juegos inocentes de niñez, siempre al abrigo de sus hojas, a la protección de sus largos brazos vegetales. Contaba cada año los sarmientos nuevos, observaba los tallos recién nacidos y los brotes primaverales y seguía visitándolo día tras día en largos veranos de sol y luz, en otoños lluviosos en que se convertía en un paraguas frondoso, algún domingo de invierno en que salía el sol y el bosque olía con los perfumes del agua y de los mantos de vegetación que cubrían el suelo.

El niño y el árbol crecían juntos.

Los arbustos de alrededor no podían esconder su envidia, pero los árboles viejos, que habían visto a generaciones de niños leer cuentos sentados sobre sus ancianas raíces, le avisaban de que los humanos, por lo general, solo llevaban tristezas y muerte al bosque, y que la felicidad o la amistad con personas era algo tan efímero, que pasa por la larga vida de los árboles como un soplo momentáneo en una larga existencia de soledad.

No valía la pena tomarle demasiado cariño a un niño. En primer lugar porque crecía y terminaba por olvidarle, y en segundo lugar, porque un árbol no puede permitirse el lujo de amar a quien tiene el poder de quitarle la vida en sus manos.

Cuántos árboles bellos y centenarios, incluso milenarios, habían muerto bajo el hacha del hombre. Cuántos bajo su fuego. Cuántos arbolitos jóvenes habían perecido bajo los pies de niños que los arrancaban a patadas o cuántos habían ido a parar llenos de luces de colores al lado de una chimenea, dentro de una casa en la que se asfixiaban, con las raíces dentro de macetas vacías, sin tierra, que los iban matando lentamente.

Cuántos bosques y laderas consumidos por la mano de los hombres, por su desidia, por sus intereses, por su ambición o su olvido.

No valía la pena amar a los humanos, le decían, quizá eran la peor especie de depredadores.

Pero su niño volvía y el árbol renovaba la fe.

Cada año, le costaba un poco más reconocerle. Su voz, así como su altura y su rostro, habían ido cambiando con los años. Sus lecturas adquirían tintes más dramáticos y serios, sus pensamientos se iban haciendo más profundos, sus impulsos más primarios, y sus pensamientos más llenos de matices contradictorios. Cada vez era menos niño, pero sentado a sus pies, con un libro en las rodillas y leyendo en voz alta, recuperaba y reconocía ese espíritu libre y sereno.

Un día de primavera, cuando desde sus ramas más altas ya comenzaba a ver los tejados de la población vecina, aquel niño volvió completamente cambiado. Durante un largo invierno su alma se había bifurcado y sus impulsos estaban siempre al acecho, combatiendo con sus pensamientos y contrarios a sus acciones; estaba enamorado.

Hasta él llegó un día con compañía de otro ser y se sentaron juntos a leer nuevos libros, ignorando las caricias de sus vegetales dedos y sin detenerse a contar los nuevos brotes o a admirar su nuevo follaje de un verde intenso que transparentaba con el sol.

Solo veía verde en los ojos de aquel otro ser y solo contaba sus besos.

El árbol supo que debía aceptar aquel nuevo estado e hizo crecer las ramas, aún más, para dar mayor cobijo e intimidad a su amigo.

Fue entonces cuando le hizo daño por primera vez. Un daño que no se merecía, que lo entristeció y que le hizo recordar las palabras que sus ancianos compañeros le habían dicho tantas veces. Una tarde talló un corazón en su tronco con el filo de una navaja. Unos extraños caracteres, que para él debían simbolizar algo, fueron unas heridas por las que estuvo sangrando durante meses hasta que logró que cicatrizaran en su corteza y que le costó años que cicatrizaran en su espíritu.

Aceptó el dolor con ese sacrificio de quien sabe que lo está haciendo por amor.

 

nina peña - relato - arbol - bosque

 

Año tras año, verano tras verano, seguía visitándolo, sólo o en compañía de otros seres.

Un verano llego con un pequeño ser, un retoño que poseía su misma mirada y su mismo halo de soledad y ensoñación y que el árbol reconoció como un sarmiento de la misma vid, un brote nuevo en la prolongación de su misma cepa, y lo aceptó con alegría.

Sus ramas ya se extendían a lo más alto del bosque. Desde las hojas más altas, el frondoso árbol ya lograba divisar el pueblo, y con el paso de las estaciones, a medida que miraba y buscaba, se dio cuenta de que todo aquel afán respondía no solo a la esperanza de ver a aquel niño que había crecido o a su recién nacido vástago, sino a la rama de la cual provenía.

Debería ser una rama y endurecida y nudosa, esas ramas viejas que cuelgan casi inertes de las partes más añejas de cada árbol, pero en su interior aún correría la savia y aún guardaría el impulso suficiente como para luchar por no secarse y morir. Tal vez fuera de esas ramas arcaicas que mueren de sed poco a poco o de aquellas otras en que el alimento que le llega no es más que los restos ya amargos que las ramas jóvenes dejan pasar, pero sabía que aquel sarmiento retorcido, del cual provenía el niño, estaba vivo y verde en algún lugar de aquel pueblo, bajo alguno de aquellos techos anaranjados de tejas u oscuros de pizarra.

La vida era tan larga que podía esperarle el tiempo que hiciera falta.

El árbol ignoraba que aquel niño, cuyos brotes verdes iban creciendo con los años, había hablado de él miles de veces a lo largo de su vida a su tronco progenitor y le había rogado otros miles de veces que algún domingo le acompañara a bosque para conocer su árbol favorito, aquel en el que había leído los cuentos que él no le leyó y que le había prodigado las caricias vegetales que él, a veces, se le olvidó prodigar. Aquel árbol que había acunado sus sueños, que había guardado sus secretos, compartido su soledad, que había sido cómplice de sus primeros besos y su primer amor y cuyo cuidado estaba encomendando a sus propios hijos como una continuidad de vida más allá de la vida, entrelazadas en ramas de verdes y sentimentales frutos que jamás se desprenderían.

Año tras año, el árbol, convertido en el más alto del bosque, esperaba la llegada de aquel que lo evitaba. El niño, convertido también en un árbol maduro y fértil, seguía llegando verano tras verano, sentándose en sus raíces ya al descubierto, acariciando su tronco ya rugoso donde el corazón tallado tanto tiempo atrás había cicatrizado en letras oscuras y por donde, poco a poco, brotaban las cicatrices de ramas rotas y nudos ocultos que salían a la luz y que dejaban escapar unas lágrimas semejantes a melaza aunque amargas.

La lluvia de muchos inviernos y el sol de muchos veranos no lograban vencer su ansia de ver más allá del bosque ni de esperar.

Fue una mañana de finales de verano cuando unos pasos desconocidos se acercaron lentamente por entre el musgo y las hojas caídas, acompañados de los pasos ya familiares de aquel niño hecho hombre.

En efecto, era un sarmiento ya viejo y retorcido por los años pero en cuyos ojos reconoció el afán que lo había llevado a crecer y por el cual, un día, puso tanto empeño en sobrevivir.

Unas manos rugosas acariciaron su tronco y toda la savia de su interior se estremeció dulcificándose por la caricia recibida. Una caricia que hacia demasiados años que estaba esperando. De sus brotes más tiernos comenzaron a brotar lágrimas de dulce melaza mientras las hojas, tocadas por el viento, suspiraban entre las verdes ramas. De los ojos de aquel hombre viejo, surgieron lágrimas amargas y de sus angostos pulmones, suspiros de tristeza.

Se reconocieron a través de las almas, y se hablaron por primera vez de todo cuanto en su interior habían estado callando durante tanto tiempo en el idioma que un día, cuando aquel árbol aún no era árbol y el viejo todavía era joven, habían inventado en secreto. Palabras silenciosas y ocultas al resto del mundo que ambos creían haber olvidado y que, de pronto, recuperaron para poder comunicarse en un idioma que sólo ellos, en su pensamiento, pudieran entender.

Se hablaron de amor y de años, de silencios y esperas, de vidas truncadas y de sueños rotos, de cuentos de niñez y caricias vegetales, de vientos y susurros quietos, de nostalgias y contadas alegrías, haciendo un recuento de todo aquello que deberían haber vivido juntos y que la muerte truncó.

El viejo puso su mano en aquella parte del tronco cercenada tantos años atrás por un accidente y lloró silenciosamente la amarga soledad de viudo que nunca lloró ante nadie para no entristecer a su única fuente de alegría.

El niño entendió entonces las caricias de aquellas ramas, el cobijo y la compañía, la voz interior que le contaba los cuentos que leía y la compañía de aquel árbol que siempre estuvo en su vida y estaría en la vida de sus hijos, perpetuando el recuerdo de quien sobrevivió a la muerte, tan solo con la esperanza, de seguir dando amor a los seres a quienes amaba.

Créame.

 

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Podía adivinar que se acercaba uno de esos momentos literarios tal como podía adivinar que se acercaba tormenta. Por el olor del aire, por la electricidad del ambiente, por la humedad de sus huesos cada día un poco más sensibles y más frágiles, por la forma en que ella comenzaba a mirar a ningún lado mientras lo miraba todo.

Podía verla levantarse de la silla donde escribía e ir hacia algún impreciso lugar de la cocina sin hacer nada una vez dentro. Podía verla mirando de reojo la pantalla del ordenador en un vistazo rápido que duraba un segundo, como si de esa pantalla hubiera surgido una voz llamándola por su nombre o por algún otro nombre que él desconocía porque formaba parte del secreto de la creación. Podía ver las sutiles vibraciones de aquel cuerpecito desvencijado más que sentado en la silla, su piel de gallina en los antebrazos, sus pupilas dilatadas en una mirada perdida y ardorosa muy similar a la de sus orgasmos aunque se iba tornando concentrada e inteligente a medida que comenzaba a avanzar en la narración.

Podía sentirla volar. Irse sin hacer ruido. Dejar su cadáver sentado mientras su alma se comenzaba a elevar hasta lugares donde nunca podía seguirla y que le producían una sensación muy similar a los celos.

Quería abarcarla por completo en esos momentos en que la sabía más lejana que nunca, hacerla regresar y que le mirara, que le sonriera, que le preguntara algo tan simple como qué hora es o qué te apetece para cenar. Quería que su vida en común no tuviera esa desconexión momentánea en la que él no era nadie, no era nada. Si acaso un obstáculo que salvar.

Pero no la podía ni seguir ni parar, no podía retenerla ni entenderla por más que lo intentara.

Él, tan brusco en los gestos, tan poco dado a los sentimentalismos y a los detalles, tan rudo en los ademanes que no podía ni siquiera fingir un mínimo de delicadeza. Él, tan poco entendido en libros y tan poco intuitivo confundía siempre los momentos y las miradas, confundía los instantes y terminaba por levantarse y comenzar a hacer la cena con un gesto de penitencia por la poca comprensión y la mucha pasión que mostraba por ella en los instantes menos afortunados.

Un roce en su nuca de donde se escapaban unos rizos rebeldes cada vez que se ataba el lápiz en el pelo para poder tener los ojos despejados al escribir. Un tazón de café negro muy caliente humeando al lado de su block de notas, una tostada untada de soledad y silencio con un poco de mantequilla de sésamo. Una palabra que se queda en los labios a punto de vivir o morir para siempre. Una luz de flexo. Una luz de ordenador. Una luz de esperanza.

El roce de sus uñas cuadradas y limpias en las teclas. La caída del suéter sobre la desnudez de su hombro. La pierna recogida debajo de su trasero en una postura que podría ser molesta y que ella utiliza para releer lo que lleva horas escribiendo mientras sopla las volutas de humo del café.

Él, tan poco dado a la literatura o a la ternura pero que sufre un estremecimiento cuando la ve así, como la madre tierra entre el blanco y negro de las palabras que acaba de parir con esfuerzo y cierto dolor en su alma de mujer sensible que ve una parte del mundo que a él le está vedada por completo.

Puede adivinar cuando le llega la inspiración necesaria. Cuando las palabras se vuelven amigas o enemigas. Cuando un personaje la posee de la forma en que él querría poseerla, por completo, en cuerpo y alma, en esa parte intangible que siempre se le escapa de entre los dedos en el preciso instante en que cree estar rozando su materia.

Puede adivinar cuando va a dejar de escribir por el suspiro que exhala, por la forma en que la musicalidad de sus dedos sobre las teclas va perdiendo ritmo, por la forma en que se interrumpe para encender un cigarrillo cuando antes, al tomar el café, se le había pasado por alto hacerlo. Tan embebida de creación estaba que se le olvidó fumarse el cigarro tras el café, casi tan sagrado como el de por la mañana en el desayuno y o el de después del sexo, casi tan placentero como cualquiera de ambos.

Puede adivinar que la tarde será larga y estará llena de silencios para él mientras ella está en una comunicación continua. Puede verla levantar la vista para buscar una palabra que no logra recordar o para mirarle de soslayo si entra más de dos veces en el lugar donde ella exige soledad absoluta, para mirarle sin verle.

Puede adivinar que su trabajo ha sido fructífero por la sonrisa que le dedica cuando lo ve por primera vez de verdad, cuando ya ha bajado de su nube y toca el suelo para encontrárselo a él y sonreírle como si lo viera por primera vez en toda su vida, de la misma forma casi en que le sonrió el día que se conocieron.

Puede adivinar cuando va a destruir todo lo escrito por la forma de arrebatarle el trapo de cocina de las manos, de atarse el mandil en la cintura y expulsarlo de allí con una sensación de hostilidad que raya la paranoia. Y querría preguntarle qué tal, si de verdad ha ido tan mal como para que no le hable apenas, ella que trabaja y moldea palabras en sus dedos y que para él ha dejado de tenerlas. Pero no le pregunta nada porque sabe que es dueña de sus silencios al igual que es esclava de las palabras y él no es nada, ni dueño ni esclavo, ni palabra ni silencio,  ni luz ni sombra, ni  nada ni todo.

Puede adivinar muchas cosas mientras la mira apoyado en el quicio de una puerta que no se atreve a traspasar. Puede interpretar tanto sus silencios como sus imperceptibles gestos, sus parpadeos, su forma de erguirse en la silla o de llevarse la mano a la espalda para conjurar el dolor de la mala postura. Tan callado como una estatua, tan amenazante en su altura como un dolmen que nadie ha podido aún descifrar o leer, aparentemente impermeable a todo, supuestamente impenetrable y compacto, un ser sin resquicios que se rompe ante ella, sin ruidos ni dramas, que se rompe un poco cada día ante el milagro de la creación que ella tiene en sus manos y que no le pertenece.

Ojalá pudiera encontrar alguna de las palabras que a ella le sobran. Ojalá pudiera verter su alma en un papel o en una voz que dijera todo cuanto no se atreve a decir. Ojala encontrara la palabra adecuada para decir en su oído, para susurrarle en los sueños, para decirle en secreto cuando las demás voces han cesado y solo se oye el rumor acompasado de sus respiraciones.

Ojalá adivinara el fondo de su sonrisa cuando lo mira y camina hacia él, cuando le toma el rostro en las manos y rasca con sus delicadas uñas la veta de barba que cada día intenta dominar y que no puede, ojalá pudiera decirle la palabra que siempre le viene a la mente cuando mira el pozo oscuro de sus ojos oscurecerse aún más debajo de él, cuando roza la tibieza de su piel, cuando dice su nombre en voz alta y parece que solo por eso exista, cuando le da un lugar en el mundo al nombrarle, al tenerle, al amarle, al llevarle al interior de sí misma.

– Créame.