Dónde estabas.

nina peña - mujeres - naturaleza - feminismo

Dónde estabas mientras yo alimentaba a mi prole.

Salias de las cavernas dando gritos y subías a los montes, probándote humano, buscando medir la fuerza de tu voz y de tu puño, compitiendo con los truenos de los cielos oscuros.

Dónde estabas mientras yo tejía los sueños.

Yacías dormido en las entretelas de la bruma, espantando pesadillas que tú mismo creabas y con las que te despertabas gritando, sacudido por la ambición y el poder.

Dónde estabas mientras yo sembraba los campos.

Te marchabas cada mañana con el alba y las manos ocupadas con las armas que la noche antes hiciste a la luz de las hogueras donde se doraban los rostros y se escuchaban los cuentos e historias que yo contaba.

Dónde estabas mientras yo hablaba con la madre tierra y sacaba de ella los frutos.

Tú mirabas el cielo, veías lunas de sangre y estrellas que te semejaban  triunfos que querías alcanzar porque estaban sobre tu propia cabeza.

Dónde estabas mientras tus hijos crecían.

Empeñado en labores que tú mismo te obligabas a hacer, en las que te erigías poderoso y fuerte, sagaz y confiado.

Dónde estabas mientras yo paría.

Recibiendo los parabienes de la tribu, sin medir el alcance de los gritos ni del dolor, atento solo al llanto.

Dónde estabas mientras los inviernos llegaban y cuando las nieves cubrían todo, cuando el frío se instalaba en el alma.

Dónde estabas cuando yo tenía que construir un hogar de la nada, cuando tenía que alimentar cuerpos y almas, cuando había que poner un techo sobre nuestras cabezas, donde estabas cuando el dolor no dejaba de doler y el cuerpo no alcanzaba para vivir.

Dónde estabas cuando yo callaba porque prefería vivir en paz , dónde cuando las lágrimas impedían la vida misma.

Gritando, midiendo el alcance de tu chorro de orina en el blanco de la nieve o en el polvo de los caminos, dando voces de mando y de orden, como si fueras tú quien ha construido el mundo y tuvieras que gobernarlo, como si todo tuviera que estar bajo el control de tu voz y tus manos.

Donde estabas tú el día en que se repartió la humanidad y el amor.

Gritando. Con un bastón de mando en la mano y vestido con las pieles del animal que habías matado meses atrás.

Dos mil años después sigues gritando, con las armas en la mano, y midiendo tu chorro de orina sobre el polvo de los caminos diezmados por la injusticia.

Déjame pasar.

Yo soy la que ha estado criando a los hijos, construyendo hogares, hablando con la madre tierra, pariendo con dolor y sangre, arrancando frutos y plantando semillas, tejiendo los hilos de la sociedad que llevas tantos años empeñado en destruir.

Llorando por la vida de los hijos que parí y de las hijas que siguieron mis pasos.

Déjame pasar. Mis armas no son las tuyas ni mis sueños son los tuyos. Mi chorro de orina no llega tan lejos pero no voy a empezar a competir por ello y menos contigo.

Déjame pasar. Tú ya has tenido tu tiempo y los frutos de tus gritos siguen sonando por toda la tierra. Yo solo grito para dar vida y tú gritas para quitarla.

Déjame pasar. Ya va siendo hora de que la vida se abra paso y de que dejes de gritar tanto.

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De mayor

nina peña - mujeres - abuela - de mayor

Cuando sea mayor quiero ser como tú.

Con la cara arrugada de reír tanto por las cosas malas de la vida, con la frente alta de saberme a salvo de todo y de todos, al otro lado de la desidia y de la ambición.

Quiero ser como tú en los vicios que a los que la vida me tiene mal acostumbrada, a dormir a horas intempestivas y despertarme de madrugada cansada de soñar.

Quiero pintar mis ojos de azul, las uñas de rojo, llevar zapatos de tacón y que las niñas me miren asombradas porque crean que no tengo edad.

No vestir de luto jamás.

Llevar colores en las faldas y en la memoria, gafas de sol que regulen mi vista ante lo que es importante ver.

Quiero tener las mismas manchas en las manos que denoten mi edad sin fisuras, como si fueran las medallas que he ido ganándole a la vida cuando esta pretendía vencerme, cuando lo arduo era vivir sin caer, manteniéndome en un precario equilibrio entre el ser y mi ser, entre el estar y saber estar, entre mi yo y el yo que veían los demás.

Quiero alcanzar el momento de hablar desde la paz de las opiniones reposadas y de la experiencia, sin apasionamientos que nublen mi entender, sin los conflictos que ahora me asolan y que duelen tanto.

De mayor quiero ser como tú, con toda una vida a la espalda, repleta de dolor y de amor, de contrastes de luz y sombras, repleta de momentos cumbre y de bajadas al infierno.

Quiero ser la mujer solitaria que habita en la casa de la esquina, la que viste estrafalaria y le habla a los perros, la que cría gatos y silva canciones de otra época mientras tiende la ropa en el tejado desde donde se vislumbra un mundo que cada vez me pertenece menos pero al que puedo mirar sin rencor.

De mayor quiero ser como tú, libre de cargas impuestas, al otro lado de la lucha diaria que hoy me agota pero con luchas todavía; al otro lado del mal, jamás del bien, al otro lado de mí misma.

Quiero ser la mujer que ya nadie desea para nada pero con la que quieren estar.

Quiero ser como tú, con tu pelo perfecto de peluquería, con la coquetería necesaria para reconocerme en el espejo y con la que dar instrucciones para que me amortajen, pero sobre todo reconocerme cada mañana como la mujer que me fui construyendo a lo largo de mi vida.

Quiero ser como tú, como tantas mujeres que han vivido sin dejar que el mundo las rompa. Como tantas mujeres que han roto con el mundo antes de romperse a sí mismas.

 

Maifa Rieseberg y el mar.

nina peña - maifa rieseberg - mar - poemaEl mar teje un velo de bruma en el horizonte donde navegan grandes albatros nubes hacia el infinito.

Y en una sinfonía de rosas nace el sol, brasa tímido detrás de su muselina gaseosa. Delicadamente pinta una tela puntillista de rosa tierno y cálido, mientras la plata blanquecina del mar va sonrojándose de susurrante enamoramiento.

Prepara un lecho suave y brillante en que el sol pueda recostar suavemente su mirada cálida.

El mar se mece y ondula su vientre como una hetaira, con lentitud calculada, con suavidad lasciva, cantando bajito eróticas pasiones por una mirada rosa y una caricia incendiaria de pasión efímera.

Cada amanecer es distinto, no hay dos iguales.

19732315_10207687004288046_2091684990748299566_nCada onda de luz, cada nube, cada brisa y fragancia cada detalle que puede ser visto, sentido.

Como cada día, como cada instante, nada es igual en la naturaleza. Madrugar y ver salir el sol, ir a buscar su nacimiento, en la ciudad, o fuera de ella, me ayuda a recordar que cada momento es único y singular, y que la vida es una sucesión de amaneceres y ocasos en todas las dimensiones de lo humano, permanentemente.

Detenernos aquí, ahora, en el instante presente a captar el amanecer de lo que sea: un saludo, un latido, la luz que entra por la ventana, el aire que nos alimenta en este momento, lo que sea que viene a decirnos hola.

Grises antracita, grises ratón, grises perla, grises blancos, blancos grises. Sinfonía gris. Aguas expectantes y mansas, de caricia cálida para pasear acompañada por una chica grande. Que extraño y precioso es ver crecer a las personas y adivinar un largo recorrido interno hacia un abanico de plenitud.

A salto de mata, ver cómo evoluciona con un alma cada vez más luminosa. Gris está el día que sonríe entre nubes y juega con la luz haciendo senderos, guiños, surcos, explosiones amarillas.

Grises que se vuelven blancos de sal y luminosidad, blancos de calor, blancos que conquistan el cielo en un alarde de poderío. Y en la arena dorada y sucia pasan las almas transeúntes mañaneras en busca de paz y de inconfesados objetivos

18557496_10207324471864962_2258776440410961104_nRoja bola entre seda de bruma sale del mar susurrante y tierno, lánguido y delicado. Líquida plata orlada de puntadas azuladas murmura la balada de los enamorados de la paz y el silencio.

Rosada mañana de luz tamizada por una muselina delicada donde vagan extraños pájaros de nubes mullidas e inciertas a ras de agua en la precaria raya del horizonte.

Baladas de agua cálida y mimosa surcan la brisa.

El mar ofrenda a la arena posidonias, rayas esmeraldas para que luzca joyas brillantes de perlas de sal. Pero la arena ya no mira las ofrendas, tiene la espalda erizada de cañas y de dolor de la soberbia del pescador. En la escollera conquistada, lucen picas, banderas y sombrilla en el contraluz de la mañana.

Sombras chinescas en el aire tenue y salado auscultando el mar que gluglutea entre piedras para solaz de pulpitos y cangrejos tímidos, mientras las rayas plateadas de algunos peces se burlan del pescador. Dos gaviotas pelean por unos despojos mientras empieza para la playa el sufrimiento del verano, pies y toallas, picadura de parasol y gritos de alborozo.

15202650_10206118366273076_8252149351764845466_nRumorea sin tregua con rabiosa constancia bajo un dosel de nubarrones grises que se pavonean en el agua ora de gris morado ora verde hosco. El mar le ha robado tanta arena a la playa que va empachado; se ha preparado una larga cama plana donde desenrollar sus encajes de espumajos chulescos. Está ufano el mar de sus hazañas de ayer, invadió la playa y dejo charcos que se bebe la arena con paciencia donde revientan burbujas salobres en un glup suave y estirado y las nubes se hacen selfies en sus espejos. Las olas suben en alardes de matón de verano con ímpetu de película mala dejando figuras de fieras antediluvianas que se escurren cobardes hacia su guarida eterna.

Entre nubes se asoma el sol haciendo poses, en estrella, en raya, en punto y coma, en exclamación.

El sol está jugando con las nubes, mientras el mar, en el horizonte humea, caliente de rabia, caliente de verano contra la brisa matutina.15179117_10206118364113022_2681530507568806355_n

PD. Muchas gracias Maifa por permitirme compartir tus escritos. Es un placer y un honor tenerte en mi blog.

 

A veces.

 

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A veces me gustaría ser tal como es el resto del mundo.

Ser como esos que nunca piensan antes de hablar y que dicen las cosas sin saber, sin afectarles el hecho de producir dolor. O ser de los que no lo sienten, de la gente a la que nunca le duele ni le importa nada.

Ser de los que no se sienten incómodos en los largos silencios.

De los que miran sin sonreír.

De los que guardan sus palabras pese a mostrar en su frente el oscuro mecanismo de sus pensamientos.

Ser de los que no miran los amaneceres ni los atardeceres ni cuentan las olas en el mar.

De los que siempre tienen un juicio justo e ineludible que emitir y una sospecha que confirmar.

De los que no dudan, de los que no se plantean nunca no tener la razón.

Ser de los que se quejan de las hojas caídas de los árboles sobre el cemento sin ver el otoño.

De los que se quejan de los pétalos de flores en las aceras sin ver las primaveras.

De los que se quejan de la lluvia sin escuchar la música de sus gotas sobre los cristales cerrados tras los que hay un calor de hogar que no existiría sin ella.

Ser de los que gritan en los semáforos porque son incapaces de reconocerse como peatones.

Ser como aquellos que siempre tienen una opinión para todo aunque se la guarden tras el oscuro túnel de los ojos.

De los que no se enfadan con las injusticias ni le gritan al presentador de los noticiarios.

De los que siempre encuentran algo, por pequeño que sea, con lo que pueden justificar un acto de maldad o un atropello.

De quienes saben buscar culpas a víctimas inocentes para que el culpable no lo sea tanto y el inocente lo sea menos.

De los que no lloran escuchando el Adagio de Albinoni o el Oblivion de Piazzola.

Ser de los que hablan como si conocieran el mundo entero, como si es perteneciera, como si no hubiera ningún lugar al que no hubieran viajado.

Como los que nombran menús y restaurantes, y aviones y tiendas y hoteles de ciudades lejanas pero que no han paseado por ningún parque de la ciudad en la que viven, ni se han perdido en ningún bosque ni en ninguna calle sin nombre.

De aquellos que no viven aventuras de las que puedan salir heridos.

De los que son capaces de reír en los entierros y no emborracharse en las bodas.

De los que cuelgan cd´s en las ventanas para que los pájaros no se acerquen a sus balcones.

De los que podan los rosales sin pincharse y de los que ponen las rosas en un jarrón sin pararse a oler su perfume.

De los que ordenan los libros en los estantes con gusto estético o de aquellos que no tienen libros porque no les parece decorativo.

Ser como esos que no conocen los nombres de los árboles ni la forma de sus hojas, pero devoran sus frutos.

De esa gente que no siente el aroma del viento ni el punto cardinal del que sopla, de esos que odian la Tramontana porque es fría y el Poniente porque es demasiado cálido.

Me gustaría tener el don de ver solo aquello que mis ojos ven, de reconocer y formar las imágenes exactas en un cerebro matemático ante las cuales no cabria ni un ápice de duda o incertidumbre. No ver nunca ese otro lado de las cosas.

Creo que, si fuera como ellos, sufriría menos.

Por eso, a veces, me gustaría ser como el resto del mundo.

Pero solo a veces.

Usted es el culpable.

nina peña - libros - juan ramon jimenez

Usted es el culpable de miles de noches de insomnio, de mañanas en las que el sueño, aún entre brumas, no deja de desperezarse entre las líneas escritas en lápiz.

Es el culpable de un amor apasionado por los significados y por las palabras que siguen susurrándose en los folios blancos.

De los recuerdos de la luz sobre los lomos de libros antiguos, del amor al aroma de cola y papel, de la intensidad de los momentos quedos y el brillo en los ojos de las primeras lágrimas de amor.

Usted tiene la culpa de que yo me encuentre aquí, en esta encrucijada, en este momento de mi vida en el que la lucha se ha convertido en una parte más del amor.

El amarillo resplandor de la tarde sobre una mesa de madera oscura y en el silencio de un lugar sagrado, por donde amplios ventanales invitaban a volar hacia praderas inimaginables, hacia lugares a los que nunca fui ni todavía he ido, acunaban las palabras que llegaban como susurros y que se hundían como espadas.

Usted es el culpable de sembrar el desasosiego en mi alma, de abrir heridas que nunca serán cerradas, de provocar seísmos y de jugar con un corazón que aún era muy niño para defenderse de los embates de un amor que sería eterno.

Usted es el culpable de que en las noches de verano buscara el abrigo de las ramas de un sauce para escribir mis primeros e infantiles poemas.

Usted sembró mi vocación desde un libro que vuelve a mi cada vez que trato de recordar cómo empezó esta aventura, cada vez que trato de explicar cómo he llegado a este momento.

Llegaba a las tres de la tarde al colegio y recorría los pasillos blancos que me llevaban a la biblioteca. Un libro marcado en los estantes y voces de niñas que nunca sabían qué leer. A mi me esperaba usted. Y él.

Me sentaba frente a la ventana, dejando que el sol de abril diera de lleno en la mesa y observaba el vuelo de los pájaros posados en las jacarandas del patio. Aspiraba el aroma de la biblioteca, cálido, oloroso a la lejía de las tocas de las monjas y del papel de los libros, a las maderas de las estanterías y a la limpieza de los mármoles blancos del suelo.

Tomaba el libro y rebuscaba entre las páginas para encontrar la esquina doblada, la esquina marcada desde el viernes anterior. Sin embargo, a mi me gustaba empezar por el principio una y otra vez porque sabía que el final era triste y que me había hecho llorar la primera vez que lo terminé.

No recuerdo las veces que lo leí, pero si sé las veces que lo empecé. Y siempre comenzaba como más me gustaba.

“Platero es un burro pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Come de todo y los del pueblo dicen que tiene acero.”

 

 

Ser libre.

nina peña - ser libre - poemas - mujer

Y mirarte y no sentir que me traiciono.

Desearte sin que se suponga un torcer mi brazo ante ti.

Abarcarte como hombre sin dejar que lo que me enseñaron sobre cómo ser mujer salga a la superficie.

Cambiar el final de todas las historias, de todos los cuentos, de todas las canciones, cambiar esa especie de atadura por libertad para amarte, libremente, atada a ti por sentimientos y no por obligaciones.

Ser libre para amarte desde mi libertad.

Elegir encadenarme al deseo, a tu cuerpo, a mi propio deseo y mi propio cuerpo, más yo que nunca cuando estás en mí.

Ser libre para elegir amarte sin que tu presencia sea una imposición o que tu cuerpo se convierta en mi sombra, libre para retener tu reflejo y tu luz sin que yo misma deje de ser reflejo y luz.

Elegir libremente apasionarme, ser libre para mostrar pasión.

Ser libre para amarte y para amarme.

Ser libre.

Ser yo.

Concavo y convexo

nina peña - concavo y convexo - poema -mujer

 

En la niñez, ocho esquinas eran frontera entre sueño y vigilia, entre ayuno y satisfacción.

Cuatro esquinas de una mesa, de una cama.

Emergí mujer de las profundidades, de aquellos cantos que eran frontera entre imaginación y realidad.

La mesa se hizo redonda y la cama grande.

No hay margen entre el hambre insaciable y el ayuno improbable de ti, hombre que limas mis aristas, que redondeas mis cantos y repasas con tus manos mis márgenes.

Borrando formas, cóncavo y convexo es una actitud, es nombrarnos en planos horizontales, cuando jugamos, como en la niñez, a encajar piezas de puzles.

 

 

 

Elegía.

nina peña - poemas - elegia

Tal como pasan las tardes pasaran los meses y los años,

tal como pasa la lluvia, tal como pasa el verano,

y nosotros, que nos supimos inmortales en tardes como ésta,

pasaremos también lentamente,

sin que el recuerdo pueda hacernos daño.

Una tarde alimenta toda una vida,

Un recuerdo, una herida, latido

La visión del roce de unas manos,

La sensación de cerrar los ojos y verte cerca

La dolorosa sensación de besar tus labios.

No seremos nada ya tras el pasar pausado de los veranos,

No seremos más que hojas caídas de un árbol

Más que arena entre las manos,

No seremos nada de lo que fuimos ser aquel verano.

Poco a poco dejaremos de pensarnos,

Tú, un día, no recordarás mi nombre,

yo iré olvidando tu sabor y tu tacto,

y el mundo que nos parecía una promesa

se volverá menos sueño, más humano.

No quedará nada de nosotros dos

cuando la velocidad del tiempo nos haya alcanzado

No reposara tu recuerdo entre mis cenizas

Porque la muerte lo habrá borrado

No reposará tu luz entre las sombras

Que cierren para siempre mis claros

Y tu nombre se irá con la lluvia

Tal como tú y yo nos hemos marchado.

Y pasarán los años, pasará la vida, pasarán todos los veranos,

Otros tendrán, como nosotros tuvimos, quince años.

Y pasarán los siglos sin que nos hayamos reencontrado.

La eternidad será sin ti un campo desolado

Aunque siempre tendremos el recuerdo

De la tarde que tuvimos un verano

Cuando el mundo era bello y bueno

Y tú y yo tan sólo teníamos quince años.

 

La actitud de los cuerpos

nina peña - actitud - brazos - cuerpos

Es la actitud de tu cuerpo junto al mío lo que más amo de ti.

Somos como figuras de piedra unidas en lúbricos abrazos; los contornos borrados, las formas gastadas, pero aún unidas en la actitud que los define.

La actitud de tus piernas entre las mías.

La actitud de tus manos abriéndome.

La actitud con que golpeas, acaricias, gritas, inundas.

Tu voz, tu mirada o tus gestos.

No somos piedra, no estamos quietos ante el mundo, no nos rompemos al golpearnos piel con piel, carne con carne, y no cabemos en nuestras manos.

No nos resquebrajamos ni permanecemos imperturbables ante las mareas que corren por nuestra sangre. No me asfixia la pleamar con la que me inundas y de la que te desprendes con un jadeo que lleva mi nombre.

Morimos un poco pero resucitamos ante el milagro de la transubstantación, yo en ti, tú en mí, devorándonos con las bocas, creándonos con nuestros dedos, consumiéndonos en el fuego lento de nuestras pieles, preservándonos del olvido al que estamos condenados y del que no podemos salvarnos salvo en estos momentos en los que vencemos a la muerte.

Seríamos como aquellos amantes de los que el tiempo ha borrado los nombres y que reposan en lápidas abandonadas sin que en ellas se muestre nada de aquello que vivieron.

Como héroes recluidos en páginas doradas, borradas por los años y de los que ya nadie habla, como las hojas de todos los árboles que vuelan silenciosas en todos los otoños.

Seríamos parte de una historia que no contaría nuestra verdad, ni nuestro amor, ni nuestra pasión cegadora, ni nuestra locura de no ser por los momentos en que el mundo, recluido en nuestra cama, gira al compás de tus caderas marcando las estaciones del mundo, las eras en las que vamos a vivir cuando ya no estemos.

Seríamos solo huesos, piel, sangre, penetración y rendición si no fuera por las mareas que nos hacen amar y burlar la muerte.

¡Qué bello que no seamos piedras ni se borren nuestros contornos con el paso de los siglos! ¡Qué bello saber que, aunque nos tallaran en jade, nuestra actitud sería de amantes!

Es la actitud de tu cuerpo junto al mío, lo que más amo de ti.

La cualidad de amante que tiene tu corazón.

Es la actitud de los cuerpos quien define las almas.

nina peña - actitud - abrazos - cuerpos

Sería tan fácil.

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Sería tan fácil, dentro de mi torpeza habitual,

citar a los mares y océanos, decir por mí, por ellos, cuanto sueño y espero.

Sería fácil, maldecir por ellos la soledad.

Intentar espantar los fantasmas que cobijo,

de los que huyo y, a un tiempo, busco en ellos tanto como he perdido.

Echar la culpa a la distancia y que mis palabras se estrecharan en la boca sin sentido.

Sería tan fácil maldecir aquella falsa gloria, aquella vida que sonó a canción, a congoja,

maldecir todo cuanto callé y dije, tanto como se ignora,

tanto como mis ojos no lloraron

y tantos besos que murieron en mi boca.

Sería tan fácil, has de saberlo, lanzar tu imagen al próximo cerro,

estrellar ese recuerdo maldito y pensar que si realmente todo fue una farsa,

tienes merecido mi olvido.

Y maldigo, óyeme, maldigo, aquel día que te vi de lejos,

aquel día roto, dolido, la noche que me robaste y todo lo que desde entonces he perdido,

cada lágrima inútil que he derramado,

cada luz que brilló en tu alma y que se iluminó en la mía robando para siempre la calma.

Sería tan fácil vencer la desidia, el hastío, saltar como buenamente pueda la distancia

ignorar el dolor, salir a sentir en mi piel el frio y oír mis huesos crujir rotos en el desafío,

maldecir cien veces tu nombre y luego…

y luego, amor mío,

maldecir tan solo mi suerte, atar tu nombre, como se anuda un ovillo

a esa parte de mí que aún es tuya pese a la distancia y el olvido.

Sería tan fácil, engañarme yo misma, pasear entre olas y espumas

lanzar mensajes al vacío, al silencio, entre las brumas,

ceder a impulsos a veces asesinos para matar en mí cuanto es tuyo

y creer encontrar por fin tu olvido.

Sería tan fácil vencer fantasmas, crecer para adentro sola

y notar cómo se enreda  y sangra mi alma entre espinas y púas.

Formar con este amargo sabor de ahora, un caparazón a medida del peligro,

que proteja mis sueños, mi corazón errante, mi corazón roto, rendido, vacío

y que nada traspasara ese muro formado de luchas y hastío.

Sería tan fácil proponer propósitos imposibles, dolores, quejidos, muertes,

fácil sería dejar mi alma en blanco,

fingir que nada siento y hacer como si nada sonara a lamento.

Pero tu voz en la noche llama a mi sueño

y la sed se acrecienta con esa imagen de ti que conservo.

No hay ninguna forma de apagar esta sed porque la sed del alma humana queda sedienta

aun después de beber las aguas del océano, y pide más, quiere mucho más,

anhela beber aún más como un eterno sediento.

Acaso es tan fácil, mi amor, morir de sed en el cuerpo y en el alma

mientras la boca te llama y el corazón te busca,

te odia mientras te ama

y busca el agua en tus labios

mientras maldice tu boca.

 

 

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