Archivo de la categoría: textos poéticos

Citas

nina peña - citas - dumas

“No hay felicidad o infelicidad en este mundo; solo hay comparación de un estado con otro. Solo un hombre que ha sentido la máxima desesperación es capaz de sentir la máxima felicidad. Es necesario haber deseado morir para saber lo bueno que es vivir.”

-El conde de Monte Cristo de Alexandre Dumas.

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A veces

palabras - nina peña -

A veces lo hago. Me lio a hablar, a charlar de mil cosas y me olvido de lo principal. Me diluyo y me pierdo en palabras que no tienen ni valor ni significados, en matices que yo entiendo o no y que otros no entienden o sí.

Me evaporo en alientos banales, en intentos frustrados de comprensión, en ideales que son ideas y no van a cambiar  mi mundo.

Palabras que no son nada porque el diálogo no admite la comprensión ni tampoco lo nuevo, lo distinto. No admite prismas diferentes ni opiniones contrarias.

No admite la razón de las cosas.

Palabras que buscan más convencerse a sí mismas que entender a aquel que está frente a ti.

Las palabras que son mi única arma, mi único modo de expresarme, se quedan vacías, colgadas de hilos invisibles, movidas por las corrientes de viento y pensamientos, inertes, como piezas de ropa puestas a secar al sol de veranos ardientes.

Palabras. Solo. Nada más y nada menos que palabras.

 

Imagina

angel - nina peña - poema - imagina

Imagina que nunca nos hubiéramos conocido.

Imagina que, en esta vida, nuestros caminos no se hubieran cruzado.

Imagina que jamás hubiéramos reído juntos, que nunca compartiéramos un poema, una idea, una canción.

Imagina que no supiéramos nuestros nombres.

Que no nos hubiéramos bañado en la misma orilla, caminado por el mismo sendero, descansado bajo el mismo árbol, tropezado con la misma piedra.

Imagina que nunca hubiéramos comentado un libro, recitado un verso. Escrito un sueño.

Que no nos hubiera mojado la misma lluvia e iluminado el mismo sol.

Que jamás hubiéramos contado estrellas.

Que no hubiéramos creado recuerdos suficientes como para echarnos de menos.

Imagina, por un momento, que no hubiéramos llegado a conocernos.

Que no supiéramos nada el uno del otro.

Que nunca hubiéramos tratado de arreglar el mundo en conversaciones infinitas, revolucionarias. Con ideas subversivas.

Imagina que no hubiéramos llevado la misma dirección en nuestros pasos. Qué cruce podría alejarnos. Qué atajos, desde direcciones contrarias, tomaríamos para llegar hasta aquí, del punto A al punto B, al punto C…

Imagina que no hubiéramos sido padre, madre, hermano, hermana, amigo, amiga.

Imagina que, entre todas las posibilidades de coincidir en esta vida, la nuestra fuera la más remota e imposible, la más difícil y larga.

Imagina como sería, como hubiera sido… imagina como será cuando volvamos a coincidir y tengamos que volver a conocernos poco a poco, desde niños, desde locos, desde el alma.

 

El teatro de la vida

nina peña - poemas - sombras - hojas

No es posible saber las razones que hay detrás de una lágrima.

Ni hace falta saber las que se esconden tras una sonrisa.

No hay tristeza tan absoluta que no permita respirar ni felicidad tan grande que impida el suspiro del alma.

La vida y la muerte.  Sombras y luces entre las que estamos nosotros, figuras oscuras o claras entre niveles de grises, moviéndonos agitados en un teatro mundano y real, sin voces para gritar lo que no merece ser callado, callando lo que merece ser gritado.

Cielos e infiernos. Ángeles, plumas que se elevan en el viento. Hojas secas que vuelan y se posan a nuestros pies, cansados de caminar desconociendo el camino. Ausencias. Instantes. Fugacidad. Levedad.

La vida moviéndose entre las sombras chinescas de un teatro en el que somos espectadores de nuestra propia vida, protagonistas exclusivos tras bambalinas cuando ya parece que nos hayamos ido. Cuando el destino ha cortado los hilos.

Una lágrima o una sonrisa. Una alma se va y otra llega. La esperanza abriéndose paso en medio de la oscuridad para abrir los ojos a un mundo en que lo único cierto que existe es la muerte.

 

 

 

Una despedida.

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No te vayas sin despedirte.

No te vayas sin que me dé tiempo a contarte mis planes, a que hablemos de alguna película o a que tratemos de arreglar el mundo por enésima vez.

No te vayas sin decir adiós porque, ¿sabes? los inviernos son tristes y las primaveras que no vas a ver, están durmiendo con la esperanza de despertar aunque falten ojos que las contemplen.

Porque en la vida necesitamos cómplices y tú eres uno de ellos.

Porque necesitamos sueños, y palabras, y mentes y almas.

Respuestas.

Y tú vas a tenerlas todas, mientras que yo seguiré preguntándome las razones de casi todo.

Es cruel no saber del tiempo del que disponemos porque creemos ser eternos, y no lo somos.

Es difícil entender razones porque el corazón no piensa, ¿sabes?

Y no quiero quedarme en el limbo de las palabras no dichas pero tampoco encuentro los términos en los que expresarme.

Solo sé que no quiero que te vayas sin despedirte, porque los adioses no son siempre tristes, porque quizá haya que celebrar la vida, porque tal vez tú ves luz donde yo veo tinieblas, porque tal vez algún día volveremos a hacer planes, porque te vas a quedar siempre joven en mi mente, porque tendremos que seguir tratando de arreglar el mundo, aunque este no nos haya pertenecido nunca.

Porque la tierra nunca es leve, ¿sabes?

Nunca fue leve.

 

Dónde estabas.

nina peña - mujeres - naturaleza - feminismo

Dónde estabas mientras yo alimentaba a mi prole.

Salias de las cavernas dando gritos y subías a los montes, probándote humano, buscando medir la fuerza de tu voz y de tu puño, compitiendo con los truenos de los cielos oscuros.

Dónde estabas mientras yo tejía los sueños.

Yacías dormido en las entretelas de la bruma, espantando pesadillas que tú mismo creabas y con las que te despertabas gritando, sacudido por la ambición y el poder.

Dónde estabas mientras yo sembraba los campos.

Te marchabas cada mañana con el alba y las manos ocupadas con las armas que la noche antes hiciste a la luz de las hogueras donde se doraban los rostros y se escuchaban los cuentos e historias que yo contaba.

Dónde estabas mientras yo hablaba con la madre tierra y sacaba de ella los frutos.

Tú mirabas el cielo, veías lunas de sangre y estrellas que te semejaban  triunfos que querías alcanzar porque estaban sobre tu propia cabeza.

Dónde estabas mientras tus hijos crecían.

Empeñado en labores que tú mismo te obligabas a hacer, en las que te erigías poderoso y fuerte, sagaz y confiado.

Dónde estabas mientras yo paría.

Recibiendo los parabienes de la tribu, sin medir el alcance de los gritos ni del dolor, atento solo al llanto.

Dónde estabas mientras los inviernos llegaban y cuando las nieves cubrían todo, cuando el frío se instalaba en el alma.

Dónde estabas cuando yo tenía que construir un hogar de la nada, cuando tenía que alimentar cuerpos y almas, cuando había que poner un techo sobre nuestras cabezas, donde estabas cuando el dolor no dejaba de doler y el cuerpo no alcanzaba para vivir.

Dónde estabas cuando yo callaba porque prefería vivir en paz , dónde cuando las lágrimas impedían la vida misma.

Gritando, midiendo el alcance de tu chorro de orina en el blanco de la nieve o en el polvo de los caminos, dando voces de mando y de orden, como si fueras tú quien ha construido el mundo y tuvieras que gobernarlo, como si todo tuviera que estar bajo el control de tu voz y tus manos.

Donde estabas tú el día en que se repartió la humanidad y el amor.

Gritando. Con un bastón de mando en la mano y vestido con las pieles del animal que habías matado meses atrás.

Dos mil años después sigues gritando, con las armas en la mano, y midiendo tu chorro de orina sobre el polvo de los caminos diezmados por la injusticia.

Déjame pasar.

Yo soy la que ha estado criando a los hijos, construyendo hogares, hablando con la madre tierra, pariendo con dolor y sangre, arrancando frutos y plantando semillas, tejiendo los hilos de la sociedad que llevas tantos años empeñado en destruir.

Llorando por la vida de los hijos que parí y de las hijas que siguieron mis pasos.

Déjame pasar. Mis armas no son las tuyas ni mis sueños son los tuyos. Mi chorro de orina no llega tan lejos pero no voy a empezar a competir por ello y menos contigo.

Déjame pasar. Tú ya has tenido tu tiempo y los frutos de tus gritos siguen sonando por toda la tierra. Yo solo grito para dar vida y tú gritas para quitarla.

Déjame pasar. Ya va siendo hora de que la vida se abra paso y de que dejes de gritar tanto.