De gárgolas y hombres bajo la lluvia

 

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Muchos podrían decir que era verdadera mala suerte que estuviera lloviendo sobre la bella ciudad en el único día en que podía tener unas horas para pasearla y conocerla, para poder hacerla mía un poco más como cada vez que la he visitado y solo he visto un poco de todo lo mucho que en realidad podía ofrecer.

Muchos dirían que era realmente mala suerte que la lluvia fuera racheada, que cayera en cortinas débiles y oblicuas sobre los sillares de las catedrales, sobre sus campanarios y cúpulas, sobre el empedrado de sus calles, sobre mi ropa por debajo del paraguas y que una especie de nube, de niebla blanquecina, cubriera casi todo el paseo marítimo que podía ver desde la plaza donde he hecho un alto en el camino comprar cigarrillos.

Sin embargo, me he despertado escuchando las campanas en la Catedral de Santa María del Mar, tan cerca que, desde la pequeñísima terraza de mi apartamento, podía ver sus torres. Tan cerca que apenas tenía que girar dos calles para plantarme frente a ella y admirarla con la cabeza y el alma inclinadas, dejando que las finísimas gotas de lluvia mojaran mi cara sin remedio, y eso… eso era cualquier cosa menos mala suerte.

Las piedras parecían humedecerse en melancolía, el gris del cielo las oscurecía haciéndolas parecer aún más viejas, más solemnes. Los sillares de piedra escurrían añoranza de otras épocas, el enlosado del suelo, que las pisadas de generaciones y generaciones habían ido puliendo, brillaba con una pátina de lluvia dejando un color similar al oro. Las gárgolas vomitaban chorros de agua desde sus bocas abiertas que caían directamente sobre el paraguas de algún viandante desprevenido, como si tras tantos siglos aún conservaran el humor y la maldad necesarios para reírse de los simples mortales que durante siglos desfilan bajo ellas con casi los mismos afanes.

Unas gaviotas atrevidas y unas palomas animosas sobrevolaban las torres más altas en círculos casi perfectos.

Imaginé la cantidad de gente que a lo largo de los siglos habría pasado por las mismas losas, la misma plaza y mirado las mismas cúpulas. Imaginé el esfuerzo de la construcción, los cuerpos de hace siglos devastados por el trabajo hercúleo de mover sillares y piedras, de subir materiales hasta el cielo, de tallar en piedra cada una de las formas, estatuas, plintos, gárgolas, celosías y arcos. Imaginé a los animales cargando carros imposibles entre el ruido de una multitud afanosa mientras a lo lejos se podría ver todavía el mar.

Por algo es la Catedral de los marineros y de la gente del mar.

Aquel lugar habla mucho más que de una fe o que de un momento histórico. Aquel lugar, rodeado de calles que conservan los nombres de los gremios y oficios a los que pertenecían las personas que allí vivían y allí laboraban, estaría lleno de vida de una forma muy similar a la de hoy. Comercios y tabernas, tiendas y pensiones, gente comerciando con distintas monedas y hablando en distintos idiomas en una ciudad abierta al mar y al mundo. Los pobres y los tullidos se apoyan en los mismos sillares para pedir sus limosnas y los cantantes se disputan las esquinas de mejor sonoridad para cantar juglerías y tangos, ópera y teatrillos de picaresca.

Los camareros limpian las mesas de las gotas de lluvia tras abrir los enormes parasoles y pérgolas, tras encender las estufas de un fuego eléctrico en el que acomodar a los clientes en el mismo lugar donde siglos atrás los mesoneros servirían jarras de vino especiado y encenderían lumbres que permitieran no ya calentarse si no verse en la oscuridad.

En la noche, las antorchas iluminarían apenas una calle lo suficiente como para poder orientarse. En las tabernas se jugarían juegos de seducción con mujeres de moral dudosa tal como ahora hacen las personas que se sientan en las terrazas a beber cerveza Guinness, en los rincones oscuros se sembrarían los besos mientras otros buscarían el resguardo para su descanso en construcciones piadosas.

En el otro lado de la ciudad están inmersos en una construcción similar a la que yo contemplo. A su alrededor, en la plaza llena de árboles, se comercia con productos de este siglo XXI entre el asombro de turistas que sacan fotos con su móvil. Se venden recuerdos de la Basílica inacabada tal como siglos atrás se venderían quizá tallas de madera u alfarería de la Catedral del Mar. Pocos de los que cruzan aquellas calles para acceder al interior recuerdan que en una de ellas fue atropellado por la modernidad el Maestro Arquitecto y que murió en un hospital de indigentes manchado y sucio del trabajo antes de que comenzaran a echarlo de menos y buscarlo por todo el lugar. Son los guías locales quienes cuentan la historia como modernos juglares a peregrinos que se admiran con las buenas anécdotas, restaurando en ese acto su memoria.

Las personas se agolpan en una aglomeración multicolor que la lluvia convertirá en una especie de infierno. Será arriesgado poder pasar entre paraguas chorreantes y afilados por las calles asfaltadas de la Basílica tal como podía ser un riesgo pasar por los barrizales de lodo que aquellas aguas formaron en las explanas de esta catedral.

Somos gente de muchos siglos después realizando casi los mismos actos de muchos siglos atrás tal vez porque la naturaleza humana esta movida por los mismos afanes y los mismos sentimientos, porque seguimos queriendo mirar al cielo, porque seguimos buscando la luz.

No hemos cambiado tanto pese a que hayan transcurrido siglos entre ambas construcciones, pese a que ahora yo disponga de los medios necesarios para poder contarlo desde aquí o pese a que la tecnología haya evolucionado tanto como para que lo lean ustedes desde allí un segundo más tarde.

La esencia vital que nos mueve, las visiones que nos conmueven siguen siendo las mismas. La evolución sigue su curso.

La camarera con acento de Colombia me confiesa, al ver mi cara mirando la lluvia sobre la Catedral mientras mordisqueo un cruasán y sorbo un café por no inyectármelo en vena, que lo mejor de su trabajo son las vistas. Sin duda. Un auténtico privilegio.

Ver cada mañana esa belleza, el actuar de esas fuerzas opuestas que mantienen la enorme construcción en pie es una merced laboral que pocos alcanzamos.

Me pregunta si estoy de turismo y le confieso con un punto de arrobo que he venido a presentar mi primer libro entregándole como propina (ahí peco de españolismo) unos marcapáginas para ella y sus compañeros. La bohemia de la ciudad hace que algo que a mí me parece extraordinario para ella sea habitual y me da la enhorabuena. No soy la única que llega a Barcelona con un libro bajo el brazo o con partituras o dibujos o lienzos o sueños.

Pienso cuantas personas a lo largo de los años habrán ido con mis mismas quimeras. Es como un ciclo que se va repitiendo y que tal vez nunca llegará a su fin porque nos seguirán moviendo también las mismas motivaciones.

Te irá bien me dice. Ojalá me atrevo a contestarle.

Y sigue lloviendo mientras termino de desayunar y me dirijo a pasear la lluvia por Barcelona a las 8 de la mañana bajo un cielo gris y una ciudad sin transeúntes.

La cabeza va escribiendo mientras mis pies me llevan al paseo marítimo. Mi alma de autora sabe que hay una especie de lección en mis pensamientos que tengo que absorber tal como los árboles de la Llotja absorben la lluvia. Solo hay que estar atenta y mirar.

La lluvia permite ver cosas que el sol oculta, solo hay que aprender a mirarlas.

 

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Luis Beltrán. El séptimo de los de Michigan

 

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Conocí a Luis, como a muchas personas, a través de las redes sociales. Nos unió al principio  nuestro amor por el cine y las letras… hoy quiero pensar que nos une una bella amistad.

De hecho, su amor por el cine le llevó a ser conocido como El séptimo de Michigan entre sus amistades tras ver la película “Murieron con las botas puestas”

Caballero de los que ya no quedan, inquieto, encantador y familiar, Luis es administrador de un blog en Facebook “Los kuiteiros del espacio” donde diariamente hace repaso de la cartelera nacional y de TV, nos da sus opiniones, comparte los tráileres y a veces nos ofrece alguna que otra crítica, pero hoy nos va a mostrar su faceta de escritor y a hablar sobre sus libros.

Luis era como tantos de nosotros que escribía y no llegaba a publicar, hasta que un buen amigo, que le imprimía los originales, le dio el empujoncito definitivo y le conminó a que terminara el libro al que estaba completamente enganchado tras leerlo mientras salía calentito de la impresora. Gran amigo por cierto.

En concreto, este director de banco y orgulloso abuelo, amante del buen cine, del teatro y la lectura, tiene tres libros en su haber de los cuales vamos a hablar en esta entrevista. Por cierto que es un placer y un honor que tan buen y añejo amigo sea mi primera entrevista.

 

Hola Luis, para empezar me encantaría que nos contaras desde cuando escribes y desde cuando publicas. Contéstame a la típica pregunta de ¿Porqué escribes? ¿Porqué ciencia ficción?

A veces es difícil explicar este tipo de cosas, seguramente mi afición al cine desde muy niño, me fue marcando mi afición con películas míticas como Planeta prohibido, Ultimátum a la Tierra La guerra de los mundos, el increíble hombre menguante o la invasión de los ladrones de cuerpos. Tal vez libros de mi escritor favorito por aquella época, Julio Verne, con De la tierra a la luna, 20.000  leguas de viaje submarino o Viaje al centro de la tierra fueron conformando mi predilección por este género.

 

¿Te fue fácil poder publicar tus libros? ¿Te ocurrió como a tantos de nosotros que fuimos llamando a puertas que no se abrieron?

Yo he peleado poco este tema… Mi primera opción fue una editorial especializada en estos temas, que enseguida acogió mi primera novela con una aparente buena disposición, al final una cláusula que me pareció muy lesiva para mi, que no se me había explicado anteriormente, me obligó a desistir, pero aconsejado por un familiar enseguida encontré una nueva editorial, una gente estupenda, que me lo puso todo muy fácil.

 

Háblanos de tus libros, de sus personajes y sus argumentos.

Mis novelas son Las Médulas de Orión, una novela con bastante aventura, done unos ingenieros de minas, que trabajan para una poderosa Multinacional, viajan al planeta imaginario de Orión, para realizar prospecciones de minerales, y en esa misión ocurren muchas cosas.

La segunda La mejor nadadora de Misania, es continuación a la primera, que es una novela corta, porque la presenté a un concurso de esas características, pero la acción se desarrolla en La Tierra y es consecuencia de las cosas ocurridas en la primera.

La tercera Los viajes de Daniel Miller, es totalmente diferente, en primer lugar porque yo quise salirme del universo de las dos anteriores. El protagonista es un personaje negativo, que yo quise que fuese así, quería probarme un poco a mí mismo, y tiene tintes policíacos y de novela negra, dentro de su género de ciencia ficción.

 

¿Estás escribiendo en este momento? ¿Cuáles son tus planes literarios en un futuro próximo?

No, no estoy trabajando en nada actualmente porque estoy atravesando una época de cierto desencanto. La primera edición se vendió entera en poco más de un mes, aunque es verdad que tuve la enorme ayuda de mi hija Laura, actriz de teatro aficionada, que trabajaba en una gran empresa, y me ayudó a venderla. El problema es la escasa difusión comercial que los escritores podemos tener sin acceso medios de difusión mayoritarios y aunque se puede leer como ebook es muy difícil encontrar gente que las quiera leer, y eso me causa una gran desilusión.

 

¿Crees que la ciencia ficción recibe un trato muy distinto al de otro tipo de novelas digamos más comerciales o novelas consideradas obras maestras de la literatura? ¿Hay obras maestras dentro de ese género que tú cultivas?

Pues no lo sé, para mí es un género que siempre me ha gustado, y he leído muchas novelas de este género, No ando yo por esos mundos de la comercialización yo me guío más por gustos y aficiones. No entiendo ese fenómeno del best seller.

 

Háblanos de tu blog en Facebook, “Los kuiteiros del espacio”

Kuiteiros del espacio es una página donde yo hablo todos los días de ciencia ficción. Comento las películas de este género que ponen todos los días en las diversas cadenas de tv. Suelo hacer un pequeño comentario y lo acompaño de un tráiler de la película. Además hago una crítica de todas películas que se estrenan en las salas de cine, un poco orientado hacia los amigos que entran en entran en ella, y como soy una persona inquieta, he ido variando las secciones, como hablar de novelas, series del mismo tema buscando que la cosa no sea muy monótona, y tenga algún atractivo. Terminaré por decir que la página surgió por una petición de algunas personas de mi pueblo de origen, que ya me conocían de otro foro, donde hacía cosas parecidas, soy una persona inquieta a quien le gusta hacer cosas. Años después soy yo solo el que escribe allí, solamente veo algún me gusta o mínimos comentarios, la gente no participa, que es lo que a mí me gustaría, que hubiera un diálogo. El nombre de Kuiteiros con “k” es el gentilicio de mi pueblo en un valle en las montañas de león, lindando con Asturias, Villaseca de Laciana bañado por el rio Sil, pero escrito con “c” y sin saberlo seguro, creo que significa el que recoge el excremento del ganado en un dialecto ancestral de esa zona llamado pachuezo, cuito es el estiércol. Ese valle es reserva de la biosfera por la Unesco.

 

También tienes, tanto familiar como a través de amistad, mucho contacto con el mundo del teatro. Háblanos un poquito de ello.

El teatro es una parte de la literatura, y madre del cine, Por eso no es extraña mi afinidad con ese género, Además mi hija es miembro de una compañía de teatro aficionado La Teatronera y tengo otro buen amigo José Luis Marques que escribe obras de teatro.

 

Sus novelas son las que ha citado más arriba. La primera la podéis leer como Ebook en El Corte Ingles o La casa del libro. En papel la primera edición está agotada, si se las pides estará encantado de  mandároslas  en folios agusanados al borde, con tapas de plástico duro.

 

Podéis visitar a Luis en su blog https://www.facebook.com/photo.php?fbid=769182406542091&set=gm.808549449254582&type=3

Desde aquí, en sus archivos, encontrarás los enlaces para descargarte sus libros en formato Ebook y si te gusta la ciencia ficción y el buen cine seguro que te quedas a formar parte del grupo.

Muchísimas gracias Luis, seguimos en contacto como siempre y nos vemos por tu blog como cada día… y por favor, sigue escribiendo… no te desencantes…

 

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Créame.

 

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Podía adivinar que se acercaba uno de esos momentos literarios tal como podía adivinar que se acercaba tormenta. Por el olor del aire, por la electricidad del ambiente, por la humedad de sus huesos cada día un poco más sensibles y más frágiles, por la forma en que ella comenzaba a mirar a ningún lado mientras lo miraba todo.

Podía verla levantarse de la silla donde escribía e ir hacia algún impreciso lugar de la cocina sin hacer nada una vez dentro. Podía verla mirando de reojo la pantalla del ordenador en un vistazo rápido que duraba un segundo, como si de esa pantalla hubiera surgido una voz llamándola por su nombre o por algún otro nombre que él desconocía porque formaba parte del secreto de la creación. Podía ver las sutiles vibraciones de aquel cuerpecito desvencijado más que sentado en la silla, su piel de gallina en los antebrazos, sus pupilas dilatadas en una mirada perdida y ardorosa muy similar a la de sus orgasmos aunque se iba tornando concentrada e inteligente a medida que comenzaba a avanzar en la narración.

Podía sentirla volar. Irse sin hacer ruido. Dejar su cadáver sentado mientras su alma se comenzaba a elevar hasta lugares donde nunca podía seguirla y que le producían una sensación muy similar a los celos.

Quería abarcarla por completo en esos momentos en que la sabía más lejana que nunca, hacerla regresar y que le mirara, que le sonriera, que le preguntara algo tan simple como qué hora es o qué te apetece para cenar. Quería que su vida en común no tuviera esa desconexión momentánea en la que él no era nadie, no era nada. Si acaso un obstáculo que salvar.

Pero no la podía ni seguir ni parar, no podía retenerla ni entenderla por más que lo intentara.

Él, tan brusco en los gestos, tan poco dado a los sentimentalismos y a los detalles, tan rudo en los ademanes que no podía ni siquiera fingir un mínimo de delicadeza. Él, tan poco entendido en libros y tan poco intuitivo confundía siempre los momentos y las miradas, confundía los instantes y terminaba por levantarse y comenzar a hacer la cena con un gesto de penitencia por la poca comprensión y la mucha pasión que mostraba por ella en los instantes menos afortunados.

Un roce en su nuca de donde se escapaban unos rizos rebeldes cada vez que se ataba el lápiz en el pelo para poder tener los ojos despejados al escribir. Un tazón de café negro muy caliente humeando al lado de su block de notas, una tostada untada de soledad y silencio con un poco de mantequilla de sésamo. Una palabra que se queda en los labios a punto de vivir o morir para siempre. Una luz de flexo. Una luz de ordenador. Una luz de esperanza.

El roce de sus uñas cuadradas y limpias en las teclas. La caída del suéter sobre la desnudez de su hombro. La pierna recogida debajo de su trasero en una postura que podría ser molesta y que ella utiliza para releer lo que lleva horas escribiendo mientras sopla las volutas de humo del café.

Él, tan poco dado a la literatura o a la ternura pero que sufre un estremecimiento cuando la ve así, como la madre tierra entre el blanco y negro de las palabras que acaba de parir con esfuerzo y cierto dolor en su alma de mujer sensible que ve una parte del mundo que a él le está vedada por completo.

Puede adivinar cuando le llega la inspiración necesaria. Cuando las palabras se vuelven amigas o enemigas. Cuando un personaje la posee de la forma en que él querría poseerla, por completo, en cuerpo y alma, en esa parte intangible que siempre se le escapa de entre los dedos en el preciso instante en que cree estar rozando su materia.

Puede adivinar cuando va a dejar de escribir por el suspiro que exhala, por la forma en que la musicalidad de sus dedos sobre las teclas va perdiendo ritmo, por la forma en que se interrumpe para encender un cigarrillo cuando antes, al tomar el café, se le había pasado por alto hacerlo. Tan embebida de creación estaba que se le olvidó fumarse el cigarro tras el café, casi tan sagrado como el de por la mañana en el desayuno y o el de después del sexo, casi tan placentero como cualquiera de ambos.

Puede adivinar que la tarde será larga y estará llena de silencios para él mientras ella está en una comunicación continua. Puede verla levantar la vista para buscar una palabra que no logra recordar o para mirarle de soslayo si entra más de dos veces en el lugar donde ella exige soledad absoluta, para mirarle sin verle.

Puede adivinar que su trabajo ha sido fructífero por la sonrisa que le dedica cuando lo ve por primera vez de verdad, cuando ya ha bajado de su nube y toca el suelo para encontrárselo a él y sonreírle como si lo viera por primera vez en toda su vida, de la misma forma casi en que le sonrió el día que se conocieron.

Puede adivinar cuando va a destruir todo lo escrito por la forma de arrebatarle el trapo de cocina de las manos, de atarse el mandil en la cintura y expulsarlo de allí con una sensación de hostilidad que raya la paranoia. Y querría preguntarle qué tal, si de verdad ha ido tan mal como para que no le hable apenas, ella que trabaja y moldea palabras en sus dedos y que para él ha dejado de tenerlas. Pero no le pregunta nada porque sabe que es dueña de sus silencios al igual que es esclava de las palabras y él no es nada, ni dueño ni esclavo, ni palabra ni silencio,  ni luz ni sombra, ni  nada ni todo.

Puede adivinar muchas cosas mientras la mira apoyado en el quicio de una puerta que no se atreve a traspasar. Puede interpretar tanto sus silencios como sus imperceptibles gestos, sus parpadeos, su forma de erguirse en la silla o de llevarse la mano a la espalda para conjurar el dolor de la mala postura. Tan callado como una estatua, tan amenazante en su altura como un dolmen que nadie ha podido aún descifrar o leer, aparentemente impermeable a todo, supuestamente impenetrable y compacto, un ser sin resquicios que se rompe ante ella, sin ruidos ni dramas, que se rompe un poco cada día ante el milagro de la creación que ella tiene en sus manos y que no le pertenece.

Ojalá pudiera encontrar alguna de las palabras que a ella le sobran. Ojalá pudiera verter su alma en un papel o en una voz que dijera todo cuanto no se atreve a decir. Ojala encontrara la palabra adecuada para decir en su oído, para susurrarle en los sueños, para decirle en secreto cuando las demás voces han cesado y solo se oye el rumor acompasado de sus respiraciones.

Ojalá adivinara el fondo de su sonrisa cuando lo mira y camina hacia él, cuando le toma el rostro en las manos y rasca con sus delicadas uñas la veta de barba que cada día intenta dominar y que no puede, ojalá pudiera decirle la palabra que siempre le viene a la mente cuando mira el pozo oscuro de sus ojos oscurecerse aún más debajo de él, cuando roza la tibieza de su piel, cuando dice su nombre en voz alta y parece que solo por eso exista, cuando le da un lugar en el mundo al nombrarle, al tenerle, al amarle, al llevarle al interior de sí misma.

– Créame.

 

Adivinarte

 

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Intuir, adivinarte a cada paso,

a cada gesto que no deja de ser solo eso, un esbozo de ti.

Tan simple, tan equivocado, tan urgente, tan suave.

Verte venir y adivinar la forma de mecer tu pelo o de guiñar un ojo.

Ver como llegas o te alejas y suspirar por ser parte de esos pasos,

como la sombra que permanece pegada a tu cuerpo

cuando dejas de ser tu o cuando eres más tú que nunca.

Saber que gesto es tuyo propio, de nadie más que tuyo

y sentirme contenta de conocerte tanto, de adivinarte tanto, tantas veces,

aun cuando te escondes tras la cara de niño

o cuando te resguardas en tus gestos de hombre.

Verte venir y adivinar que vas a abrazarme

verte llegar y saber que te vas a ir por esa imperceptible forma de despedirte,

por el brillo de tus ojos y tu media sonrisa, ese simple roce de tu cuello.

Intuirte casi como intuyo mis propios gestos

y adivinarte en ellos segundos antes de hacerlos.

Intuirte, adivinarte como si fuera una parte mía

esa forma tuya de ir diciendo adiós…

 

 

Ana te presta su espejo. Marta Senent

Portada

 

Si conocéis mi blog, sabréis que hasta ahora no he hecho reseñas de otros autores, pero creo que es el momento de dejar de hablar de mí para hablar de muchas personas que me rodean y que tienen un peso especifico cultural y literario dentro de mi mundo.

No podía ser de otra forma, la verdad. Mi primera reseña literaria debía ser para Marta Senent, mi editora.

Marta es Licenciada en Humanidades y Doctora por la Universidad Jaume I de Castellón, además de fundadora y directora de la editorial ACEN.

La idea le surgió cuando intentó publicar su tesina y no halló la forma de que las grandes editoriales la publicaran. De ese empeño salió la idea de una editorial independiente que ayudara a autores noveles a ver publicada su obra… y en vista del éxito era algo más que necesario. Ahora ACEN ocupa un puesto relevante en el mundo cultural y literario de una provincia como Castellón, que como tantas de este país, esta siempre necesitada de revulsivos que proyecten cultura fuera de los circuitos tradicionales.

Marta colabora en grupos de investigación, es articulista en revistas nacionales e internacionales, y continúa sus investigaciones serias y rigurosas en el campo de la diversidad funcional, género y arte.

Pero además de todo eso y por si fuera poco, Marta es escritora y tiene dos libros en su haber.

El primero fue “Arte y discapacidad” una investigación exhaustiva de cómo han sido representadas las personas con diversidad funcional en el mundo del arte a lo largo de la historia.

El segundo de sus libros es el que ha llegado hasta mí, con dedicatoria incluida (gracias Marta) y se titula “Ana te presta su espejo”

En él Marta hace un repaso sobre como es la vida de una mujer con diversidad funcional en las distintas etapas de su vida, desde la niñez, la adolescencia, la maternidad, la vida laboral…

Utiliza un lenguaje coloquial, lleno de diálogos que hacen su lectura amena y divertida pero al mismo tiempo el libro se desdobla en una parte teórica en dónde nos explica qué es la diversidad funcional huyendo de tópicos y sentimentalismos, describiendo de forma precisa la realidad de que todos somos personas diversas y hacemos las cosas de distinta forma, por tanto la utilización de la palabra discapacidad esta fuera de todo contexto y rigor.

A lo largo del libro vamos adentrándonos de forma encantadora y divertida en el mundo de las personas que la sociedad llama discapacitados, viéndolos por dentro, reconociendo en ellos los mismos impulsos y sentimientos que en nosotros, la misma vida… pero con una lucha continua y ardua, ser reconocidos por su verdadera valía como personas que siempre va más allá de esa “discapacidad” que mucha gente es lo primero y lo único que ve en ellos.

Marta sabe romper con los tópicos de forma graciosa y sin escisiones rencorosas, cuenta las cosas tal como son y no como nosotros, los “normales” creemos,  sin caer en las sensiblerías o la compasión ni de el lector o suya propia. Habla de ello con la autoridad que da el conocimiento de causa y el tono de “normalidad” que hay en la vida de su protagonista, Ana, es en realidad una radiografía de la normalidad que existe en personas que tienen esa diversidad funcional.

A mí ni que decir tiene que me ha encantado, pero sobre todo por esa lección que hay entrelineas, por esa moraleja final de que todos somos diversos, nadie hace nada igual a otra persona, cada uno tenemos unas capacidades diferentes y por tanto la discapacidad no existe, solo la diversidad en la funcionalidad de cada uno de nosotros.

Una nota: Después de leer el libro nunca más diréis la palabra discapacidad ni discapacitado.

 

Soy de una tierra…

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Soy de una tierra que ve florecer los naranjos cada primavera, en donde el tiempo se despereza entre amaneceres de bruma y rocío, entre mares y playas, entre montes de genista amarilla, entre tonos morados y rosas de los atardeceres del Mediterráneo.

Soy de una tierra en donde la palabra y el estrechar de unas manos aún tiene validez y es ley.

De donde se arrancan los frutos de la tierra entre el sudor de mañanas soleadas, en donde el trabajo aún conserva la cierta dignidad que ha sucumbido en otros lugares y donde se buscan las sombras al amparo de los árboles para detenerse un momento y reposar.

En cada recodo de cada camino, por donde serpentean hierbas salvajes, hay una higuera o un olivo centenario. En cada huerta hay una alquería y en cada acequia un rescoldo de agua fresca y cristalina.

En cada rincón hay una historia que ha quedado en el olvido y que clama por ser recordada. Piedras que hablan silenciosas de un pasado que muchos prefieren olvidar y que seguirán impertérritas cuando nosotros también caigamos en su silencioso extravío.  Una memoria que se pierde aunque las palabras repitan aquellos hechos, aunque los gestos sean los mismos, aunque las expresiones y las caras y los cansancios se renueven siglo tras siglo en la reminiscencia de un pasado que nunca se queda atrás.

Vivo en una tierra en que el progreso se queda en el limite de las huertas y el futuro es como una nostalgia de lo que nunca sucederá.

Manos similares a las de hace cien años, repiten los mismos movimientos y los mismos trabajos con similar afán. El aire sigue teniendo el mismo perfume de azahar y de tierra mojada, el sol sigue saliendo por la misma orilla y poniéndose sobre los mismos campanarios que siguen repicando a misa por donde ya no van mujeres con mantillas negras sobre la cabeza pero que rememora aquella actitud.

El tiempo parece detenido cuando no se oyen los ruidos del progreso y de la civilización. Cuando solo se escucha el correr del agua en las acequias y el silbido de los pájaros en las ramas. Cuando se siente la calidez de la luz acariciando tu piel con dedos de amante o la brisa fresca de las mañanas de Abril cayendo sobre la espalda ya machacada por los años. El tiempo se detiene cuando trina un jilguero o cuando se descubre un nido entre las ramas de un árbol. Se detiene cuando el mundo parece recién inventado en las luces grises de un amanecer, el los naranjas de un cielo lleno de promesas y de veranos y de estaciones que seguirán naciendo aún cuando todo haya muerto.

Soy de un lugar que lucha por no quedarse atrás mientras el resto del mundo sigue corriendo hacia adelante.

 

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Extracto del libro inédito, “Las horas contadas.”

 

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La vida le resulta bastante incómoda, ¿por qué no decirlo? Le resultaba incómodo todo, desde el ruido del despertador por las mañanas hasta el imperceptible tic tac de por las noches y por supuesto, casi todo lo que hay y ocurre entre ambas cosas.

Le agobia tener que coger cuatro autobuses diarios y la gente sudorosa y gritona que se encontraba en ellos.

Le incomodan  todas aquellas cosas que se van rompiendo cada día en su casa y que le complican la vida de forma escalonada: la goma de la lavadora por donde escapaba un hilo de agua que había que limpiar antes de que llegara a la cocina, el grifo roto del fregadero por donde también escapaba otro hilo de agua cada vez que lo abría y que ella intenta evitar que se riegue por todo el mármol atándole dos gomas del pelo en la junta, el fregadero oscuro por culpa de la humedad y la cal, la galería llena de plantas de marihuana, el pasillo oscuro y largo sembrado con las hojas que Paco deja caer cuando las cambiaba de emplazamiento para controlar las horas de sol y floración, el olor de aquellas macetas apiñadas en el baño de su habitación mezclado con el de las tuberías que en verano huelen peor que nunca y sobre todo aquellos cadáveres vegetales que él colgaba del armario de su habitación para que se secaran correctamente, tal como se cuelgan los vestidos de novia la noche antes de la boda.

La incomoda el calor, el trabajo tan pesado de cada día, le incomodan los vecinos de escalera, los amigos de sus hijos que tenían la puta costumbre de ir a buscarlos a las cuatro de la tarde, en pleno verano con el calor que hace y a la hora de la siesta… para joderla más que nada.

Le incomoda su cuerpo que suda de más siempre, que se sonroja y se humedece por culpa del puto clima del mediterráneo  con un 70% de humedad relativa y 35 º a la sombra, la incomoda el pelo pegado al cráneo, las gotitas de sudor que resbalan por sus sienes y su nuca, la cara congestionada, esas piernas eternamente escaldadas por culpa del roce, las gomas de las bragas y los tirantes del sujetador comprados en los chinos, 2,50 € la unidad, y que la irritaban pero que no le sostenían aquellas ubres si no que las hacía rebosar por los lados achaparrando aun más si cabe su ya achaparrada figura.

Le incomodan los pitidos de los coches, las televisiones a todo volumen a las ocho de la mañana para ver los San Fermines que irrumpen en su único momento de paz antes del salir corriendo al trabajo, el café con leche que en verano no sabe tan bien como en invierno, le incomoda la voz chillona de la hija de la vecina que montaba tres broncas diarias con cualquier excusa tonta confirmando algo que ella ya sospechaba y temía; que la adolescencia se alarga peligrosamente hasta los veinticinco años.

Le incomoda, o mejor dicho le jode, la mesilla de centro llena de tabaco para liar, de tubos vacíos para cigarrillos que ella para hacerse la moderna llama filters, de cercos de los vasos,  mecheros sin gas, cartoncitos para las boquillas, tijeras y grinders para triturar los cogollos de marihuana, la colección de móviles que sí van junto con los que no funcionan y que ella ha intentado vender en internet sin éxito porque son más viejos que Matusalén, los pañuelos de papel llenos de mocos que Paco no tira nunca a la basura como si le atara a ellos un cariño entrañable de padre, y las cenizas que lo cubren  todo como si fuera normal que todos los días apareciera esa capa encima de la mesa por más que ella la limpiara.

Le jode llegar a casa a las dos y que todos estén aún en la cama.

Le jode tener que irse por las tardes a seguir limpiando y dejarlos haciendo la siesta, o fumando maría, o preparándose para irse mientras los amigos los esperan sentados en el sofá aguándole sus únicos momentos de descanso entre un trabajo y otro.

Le incomoda hasta respirar; le incomoda pensar aunque hoy no haya hecho otra cosa.

Le incomoda su vida, esa es la puta verdad.

Le incomoda el cartero que siempre llega en el momento menos oportuno con certificados que suelen ser recibos de Iberdrola o multas de Paco por aparcar en cualquier sitio o no llevar el cinturón.

Le incomodan los ladridos del perro de abajo que ladra como un loco solo y exclusivamente cuando lo sacan a pasear, pero sobre todo la desagradable voz del vecino riñéndolo para que calle con un alarido y un deje de desprecio que explica a la perfección porque vive solo, amargado y sin hablarse  siquiera con sus tres hijos, aunque aún es peor cuando lo oye hablarle con otra voz, artificiosa, nasal y cariñosa que jamás, en su puta vida, ha usado para hablarle a un ser humano.

Le incomoda la basura que nadie baja por las noches, le incomoda el fregadero casi lleno por la mañana a causa de la sana costumbre de re-cenar  a las dos de la mañana mientras ella ya está durmiendo, le molestan los botes de cerveza y las botellas vacías de agua que nadie tira, las sartenes que nadie guarda, la ropa que nadie tiende, la que nadie recoge y la que ella no plancha por culpa de su túnel carpiano y que se amontona en fardos inmundos hasta que su hija se aburre tanto como para intentar distraerse planchando.

Le molesta no poder poner el aire acondicionado aunque sea un rato porque no se puede permitir facturas de más de 60€, así como tampoco se permite compras de más de 50, una los lunes y otra los sábados.

Le incomoda tener que tomarse una pastilla para dormir y otra para despertarse y encima estar pendiente de la medicación de Paco como si fuera una enfermera.

Le molesta que él la critique cuando compra dos botes de albóndigas, 99 céntimos la unidad, para evitarse cocinar una vez y él compra cervezas para ver el futbol sub 19 que, la verdad, no puede entender como le interesa a alguien.

Le molesta el calor de su cocina, el olor del puré de calabacín que hace día si día no porque se los regalan sus suegros, le molesta sentirse la criada de su propia casa, de su marido y de sus hijos, le molestan los remordimientos por saltarse las obligaciones que alguien impuso a la gente de su sexo y que ella odia con toda su alma, las imposiciones sagradas, las silenciosas, las que se dan por asumidas, las que se supone que lleva impresas en su código genético y que solo parecen pertenecerle a ella.

Le jode la paella de leña de cada domingo con la familia donde ella, por edad, tiene que hacerlo casi todo; le jode que ni siquiera tengan la decencia de apartarse de la terraza cuando, después de poner y quitar la mesa, fregar los platos, hacer los cafés, recoger la cocina y fregar el paellón lleno de hollín, se pone a barrer los granos de arroz pegados al suelo y a pasar el mocho con lejía para espantar las moscas mientras los demás dormitan en las hamacas bajo la parra o se quedan clavados en la mesa viendo la F1 sin ni siquiera quitar las manos cuando ella pasa la bayeta o los pies cuando pasa la fregona.

Le molestan los sábados por la noche, tan eternos y aburridos, tan calurosos y tan distintos a lo que una vez fueron y, aunque ya no echa de menos aquellas locuras de dopada juventud, no puede evitar recordar lo que una vez fue y comparar con lo que es ahora.

Le incomoda el sofá hundido y desvencijado donde duerme casi todas las noches para engañar el calor, el color de las paredes que siempre necesitan una mano de pintura, el de los muebles que comienzan, tras veinte años, a pasarse de moda, las cortinas a las que ha quitado los volantes para que parezcan más actuales sin conseguirlo del todo porque ya se deshilachan por el sol aunque Paco diga que es por culpa de ella.

Le incomoda que se rompa el lavavajillas y el extractor de humo y no tener dinero para arreglarlo, que se descuelgue una persiana y lleve año y medio con la ventana completamente cerrada sin poder ponerle remedio, le incomoda la cal en el sifón de los wáteres, la línea oscura de la junta de los azulejos, la grasa adherida a los armarios, el olor a viejo que va haciendo su casa poco a poco porque no pueden renovar nada ni cambiar el ambiente o hacer las reformas necesarias, ese mantenimiento básico que todas las casas necesitan de vez en cuando.

Le molesta pedir dinero a fin de mes o que lo pida Paco, es lo mismo. Le molesta pedir anticipos para pagar atrasos, le molesta llevar las listas de la compra con los precios apuntados en un papel y con el total ya sumado, y le molesta ver que, en su declaración de hacienda, aunque no lo parezca, están al borde de la pobreza con 9.000€ al año.

No echa de menos los lujos porque nunca los ha tenido, pero sí aquellas simples cosas que hacen la vida un poco más cómoda, más llevable.

Un simple pollo asado para comer algún domingo y así no tener que cocinar, que total vale 8€, o una llamada a la pizzería de detrás de su casa para pedir un par de pizzas que total son 15€, más baratas que las de Telepizza, o algún Kebab que son 3.5€, aunque fuera un sábado por la noche al mes, pero ni eso.

Tal vez una cena con los amigos, por no sentirse tan solos los sábados o viernes por la noche, con la consabida botellita de whisky que si es del barato son 5€ y cualquier otra cosa para comer, una barbacoa de hamburguesas, como en las pelis americanas y que valen 2.50€ en Mercadona, pero ni eso siquiera, porque encima que ya no los llaman para nada con esos 7’50€ ella compra un pollo entero y una bandeja de longanizas, lo que da, si lo administra bien, para cinco comidas, a saber: longanizas con tomate, pechuga empanada, pollo al ajillo con las piernas y las alas, y sopa con croquetas hecha con la carcasa del pollo dos patatas y una pastillita de Avecrem.

Por eso se pasa horas en la cocina; porque los milagros requieren su tiempo.

Le molestan las voces desenfrenadas de la terraza frente a su casa, tal vez por envidia, ella, que no ha envidiado nada en su vida pero que ahora mira con cierto rencor la alegría y la despreocupación de los demás como un insulto a su austeridad llena de problemas de los que no les está permitido distraerse ni un solo momento, como si no hubiera piedad ni misericordia para ella en este mundo que aun así se niega a ver como un valle de lágrimas.

Y lo que más le incomoda, lo que más le jode, lo que de verdad le da por culo es que no sabe que cojones hacer consigo misma, ni dónde meterse ni donde sentarse ni qué hacer cuando no tiene un trapo o una fregona en las manos. Al dormir no sabe con qué soñar, al parar no sabe por dónde continuar, al postergar no sabe por dónde retomar el hilo de la puta madeja embrollada que es su vida.

 

chica- puños- jersey- llanto- manos- horas- nina peña

 

A veces le gustaría pulsar un botón y desaparecer, por eso toma pastillas para dormir, porque eso le impide estar, le impide ser, seguir siendo, seguir viviendo en vigilia, seguir pensando o haciendo. Le permite olvidarse de sí misma y de lo jodidamente incómoda que es su vida, incómoda, como una piedrecita en el zapato; o sea algo pequeño, que no parece tener importancia pero que va jodiendo.

Sabe que esto tiene que pasar, sabe, con su amplio conocimiento en refranes heredado de su madre, que no hay mal que cien años dure ni cuerpo que lo aguante, sabe que tal vez esto sólo sea una lección que la vida le está dando, un cobro por los excesos pasados para equilibrar la balanza, sabe que no hay mal que por bien no venga aunque no le vea ninguna cosa buena a esto y también sabe, porque se lo ha dicho bastante últimamente la poca gente que los rodea, que una vez se toca fondo no queda más remedio que ir hacia arriba, así que intenta creer que todo mejorará, porque joder, peor ya es imposible.

Intenta reconciliarse con la vida de alguna forma y a veces se siente miserable por llegar a envidiar esas cosas tan simples y tan materiales, como el café con remordimientos que se ha tomado esta mañana en la plaza envidiando a las mujeres que venían de comprar y  que también tomaban sus cafés en las sillas contiguas a la suya, quien sabe si acaso ese momento no era para algunas tan exclusivo y lujoso como había sido para ella.

La pobre intenta tener esperanza, intenta creer que no siempre será así y que en el fondo aun hay cosas buenas que le pertenecen; puede envidiar la paz y la belleza de otras vidas más tranquilas, despreocupadas o cómodas que la suya, pero aún quedan  cosas que son suyas y bellas, cosas que personas como Piluca no sabe nique existen o que otras como Montse tienen que imaginar o dibujar porque nunca lo han sentido.

Es suya la luz del sol que la despierta cada mañana, la brisa fresca que entra por la ventana y la sorprende en el sofá mientras mueve las blancas cortinas a su alrededor.

Es suyo el olor del viento de Tramontana, el de la tierra mojada en verano ávida y reseca que absorbe con gula cada gota de lluvia.

Es suyo cada uno de los besos de sus hijos, cada una de las caricias de Paco al que aún le queda humor y amor para inventarlas, es suya cada ola del mar en el que entra atientas y se deja llevar para notar la liviandad de su cuerpo que siempre le parece demasiado pesado, es suyo el vuelo de la mariposa de papel que  brilla entre las macetas de geranios, es suyo el Adagio de Albinoni y el tercer movimiento del Concierto de Aranjuez.

El olor a nuevo de los libros que Montse le presta, es suyo el recuerdo de los veranos de su infancia donde el sabor de la sal del mar se mezclaba con el olor de la paella y leña que cocinaba su abuela, suyo es el sabor del chocolate bien caliente en invierno, el de los pasillos de su colegio, el de la colonia Nenuco sobre la piel de sus hijos, el tacto de un pecho succionado del que brota como un milagro la vía láctea, el aroma de un melocotón o de una rodaja de  sandía a media tarde, la luz de todos los veranos, la tristeza, melancólica y necesaria, de todos los otoños pasados o por venir.

Es suya cada mañana de cada día y cada crepúsculo de cada noche.

Es suyo el azahar de cada primavera.

El agua fresca, el sabor de los turrones, de las navidades cada vez más tristes y más necesarias, el fucsia de las buganvillas, son suyas las montañas que ve a lo lejos desde el autobús y el mar que presiente desde la ciudad.

Es suya la sensación de entrar en la cama con las sábanas recién puestas con la piel fragante de la ducha, la áspera suavidad y frescura del hilo y la luz del sol reverberando en el blanco de su almohada.

Son suyos los apresurados latidos de su corazón tras un orgasmo y la paz con que recibe a Paco en su vientre.

Es suyo el mar del invierno, las hojas secas del otoño, el viento de todas las primaveras y la luz de todos los veranos.

Es suyo el mundo en que vive y el que imagina, el mundo que quiere cambiar y el que no cambia por nada del mundo.

Es suyo el aroma del galán de noche y del jazmín y de las rosas rojas.

Es suya la palabra “mamá”. Son suyos los primeros pasos de sus hijos y el roce de sus primeros dientes sobre la cucharilla de plástico.

Es suyo cada musical de Webber, es suya “La música de la noche” y el torturado misterio de amor tras la máscara o el dolor de un pasado, cuando también era bella y no pensaba en el significado de la felicidad.

Es suya cada nube que pasa por el cielo azul de todos los veranos que ha vivido y es suya la belleza de un pasado que no volverá o la incertidumbre de un futuro al que va dando forma cada día.

Es suyo el verde de las plantas y el rosa de los geranios que tiene en el balcón supliendo el jardín que nunca tendrá y en los que reposa la vista cuando el asfalto le quema la retina.

Suyo es el olor a azúcar quemado y el de la vainilla, el del espliego, el del romero y el del tomillo, la sombra de los sauces o el murmullo de los chopos.

Son suyas las lágrimas de San Lorenzo y el anhelo de los deseos incumplidos o de los sueños que no se cumplieron.

Es suyo el pensamiento.

Es suya la fe en sí misma y en las personas que ama.

Es suya la vida y la esperanza así como también lo es la muerte y la desesperación.

Es suya cada contradicción y cada duda, así como también lo es cada claridad y cada certeza.

Joder, que mañanita que me lleva… pues todo pá ti, guapa.

chica- autobús- ventana- pelo- horas- mañana-pensamiento- nina peña

 

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