El alma del bosque

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Aquel árbol había nacido de nuevo entre las ramas rotas de un tronco partido por accidente.

Cercenado bruscamente, se había resistido a morir y a languidecer en medio del bosque como un pequeño tocón más.

Su espíritu, empeñado en sobrevivir a los fríos inviernos del clima, había fortalecido sus raíces en las cuales depositaba toda la rabia de una vida perdida y la esperanza de un verde futuro.

Habían pasado años de dulce sopor en los que se curaba las heridas traumáticas del accidente y se acostumbraba a su nueva forma, no más alta que un arbusto, pero llena de un impulso nuevo, de un aliento distinto que le empujaba a crecer poco a poco pero con firmeza. Su ambición era sobresalir por encima de los otros árboles y poder ver al menos los tejados de las casas de aquel pueblo cercano que tiraba de él casi como una llamada, como el canto de sirenas legendario, que no podía dejar de escuchar.

Veranos de sol y otoños de lluvia, primaveras en que el bosque se llenaba de aromas y flores silvestres, moras y pájaros cantores que no se posarían sobre él hasta que no alcanzase la altura necesaria para ponerlos a salvo de las alimañas. Setas y hongos. Algún tesoro trufado entre raíces viejas. Viento que aún no llegaba a mecer sus ramas pero que las acariciaba con dulces dedos de amante. Susurros de vida lejanos que él se empeñaba en escuchar por encima de los ruidos sordos de las pisadas de ratones y los vuelos rasantes de abejas o colibríes.

Creciendo poco a poco, año tras año. Con lentitud pero con firmeza.

Cuando el niño llegó por primera vez hasta él, supo que solo por eso había estado creciendo. Reconoció el motivo por el cual había puesto tanto empeño en vivir, en renacer, en seguir existiendo.

Aquel niño, algo más pequeño que él en altura, lo observó serenamente, escuchó su silenciosa letanía de ser herido, acarició su tronco aún liso y decidió, en un instante, que aquel sería su lugar secreto en el bosque, firmando así un pacto de amistad y apoyo que duraría tanto como su existencia mortal.

Los inviernos eran fríos, largos y oscuros, plenos de lluvias que hacían aparecer el musgo en las piedras y daban el vigor suficiente a sus raíces como para seguir creciendo. Sus ramas, cada día más largas y altas, se dividían con una lentitud casi mineral en dos grupos muy diferenciados; unas crecían hacía arriba para poder alcanzar el sueño de otear los lejanos tejados y otras hacía abajo para formar una cueva vegetal que aislara al niño del resto del mundo cuando volviera a verle.

Primavera tras primavera, verano tras verano, el niño volvía.

Era un niño solitario y triste que necesitaba escuchar una voz que le contara cuentos, y a falta de una madre que lo hiciera, escuchaba su propia voz en la reverberación del bosque.

Se sentaba junto a él apoyando la espalda en su tronco y leía en voz alta cuentos infantiles o jugaba entre las ramas a juegos inocentes de niñez, siempre al abrigo de sus hojas, a la protección de sus largos brazos vegetales. Contaba cada año los sarmientos nuevos, observaba los tallos recién nacidos y los brotes primaverales y seguía visitándolo día tras día en largos veranos de sol y luz, en otoños lluviosos en que se convertía en un paraguas frondoso, algún domingo de invierno en que salía el sol y el bosque olía con los perfumes del agua y de los mantos de vegetación que cubrían el suelo.

El niño y el árbol crecían juntos.

Los arbustos de alrededor no podían esconder su envidia, pero los árboles viejos, que habían visto a generaciones de niños leer cuentos sentados sobre sus ancianas raíces, le avisaban de que los humanos, por lo general, solo llevaban tristezas y muerte al bosque, y que la felicidad o la amistad con personas era algo tan efímero, que pasa por la larga vida de los árboles como un soplo momentáneo en una larga existencia de soledad.

No valía la pena tomarle demasiado cariño a un niño. En primer lugar porque crecía y terminaba por olvidarle, y en segundo lugar, porque un árbol no puede permitirse el lujo de amar a quien tiene el poder de quitarle la vida en sus manos.

Cuántos árboles bellos y centenarios, incluso milenarios, habían muerto bajo el hacha del hombre. Cuántos bajo su fuego. Cuántos arbolitos jóvenes habían perecido bajo los pies de niños que los arrancaban a patadas o cuántos habían ido a parar llenos de luces de colores al lado de una chimenea, dentro de una casa en la que se asfixiaban, con las raíces dentro de macetas vacías, sin tierra, que los iban matando lentamente.

Cuántos bosques y laderas consumidos por la mano de los hombres, por su desidia, por sus intereses, por su ambición o su olvido.

No valía la pena amar a los humanos, le decían, quizá eran la peor especie de depredadores.

Pero su niño volvía y el árbol renovaba la fe.

Cada año, le costaba un poco más reconocerle. Su voz, así como su altura y su rostro, habían ido cambiando con los años. Sus lecturas adquirían tintes más dramáticos y serios, sus pensamientos se iban haciendo más profundos, sus impulsos más primarios, y sus pensamientos más llenos de matices contradictorios. Cada vez era menos niño, pero sentado a sus pies, con un libro en las rodillas y leyendo en voz alta, recuperaba y reconocía ese espíritu libre y sereno.

Un día de primavera, cuando desde sus ramas más altas ya comenzaba a ver los tejados de la población vecina, aquel niño volvió completamente cambiado. Durante un largo invierno su alma se había bifurcado y sus impulsos estaban siempre al acecho, combatiendo con sus pensamientos y contrarios a sus acciones; estaba enamorado.

Hasta él llegó un día con compañía de otro ser y se sentaron juntos a leer nuevos libros, ignorando las caricias de sus vegetales dedos y sin detenerse a contar los nuevos brotes o a admirar su nuevo follaje de un verde intenso que transparentaba con el sol.

Solo veía verde en los ojos de aquel otro ser y solo contaba sus besos.

El árbol supo que debía aceptar aquel nuevo estado e hizo crecer las ramas, aún más, para dar mayor cobijo e intimidad a su amigo.

Fue entonces cuando le hizo daño por primera vez. Un daño que no se merecía, que lo entristeció y que le hizo recordar las palabras que sus ancianos compañeros le habían dicho tantas veces. Una tarde talló un corazón en su tronco con el filo de una navaja. Unos extraños caracteres, que para él debían simbolizar algo, fueron unas heridas por las que estuvo sangrando durante meses hasta que logró que cicatrizaran en su corteza y que le costó años que cicatrizaran en su espíritu.

Aceptó el dolor con ese sacrificio de quien sabe que lo está haciendo por amor.

 

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Año tras año, verano tras verano, seguía visitándolo, sólo o en compañía de otros seres.

Un verano llego con un pequeño ser, un retoño que poseía su misma mirada y su mismo halo de soledad y ensoñación y que el árbol reconoció como un sarmiento de la misma vid, un brote nuevo en la prolongación de su misma cepa, y lo aceptó con alegría.

Sus ramas ya se extendían a lo más alto del bosque. Desde las hojas más altas, el frondoso árbol ya lograba divisar el pueblo, y con el paso de las estaciones, a medida que miraba y buscaba, se dio cuenta de que todo aquel afán respondía no solo a la esperanza de ver a aquel niño que había crecido o a su recién nacido vástago, sino a la rama de la cual provenía.

Debería ser una rama y endurecida y nudosa, esas ramas viejas que cuelgan casi inertes de las partes más añejas de cada árbol, pero en su interior aún correría la savia y aún guardaría el impulso suficiente como para luchar por no secarse y morir. Tal vez fuera de esas ramas arcaicas que mueren de sed poco a poco o de aquellas otras en que el alimento que le llega no es más que los restos ya amargos que las ramas jóvenes dejan pasar, pero sabía que aquel sarmiento retorcido, del cual provenía el niño, estaba vivo y verde en algún lugar de aquel pueblo, bajo alguno de aquellos techos anaranjados de tejas u oscuros de pizarra.

La vida era tan larga que podía esperarle el tiempo que hiciera falta.

El árbol ignoraba que aquel niño, cuyos brotes verdes iban creciendo con los años, había hablado de él miles de veces a lo largo de su vida a su tronco progenitor y le había rogado otros miles de veces que algún domingo le acompañara a bosque para conocer su árbol favorito, aquel en el que había leído los cuentos que él no le leyó y que le había prodigado las caricias vegetales que él, a veces, se le olvidó prodigar. Aquel árbol que había acunado sus sueños, que había guardado sus secretos, compartido su soledad, que había sido cómplice de sus primeros besos y su primer amor y cuyo cuidado estaba encomendando a sus propios hijos como una continuidad de vida más allá de la vida, entrelazadas en ramas de verdes y sentimentales frutos que jamás se desprenderían.

Año tras año, el árbol, convertido en el más alto del bosque, esperaba la llegada de aquel que lo evitaba. El niño, convertido también en un árbol maduro y fértil, seguía llegando verano tras verano, sentándose en sus raíces ya al descubierto, acariciando su tronco ya rugoso donde el corazón tallado tanto tiempo atrás había cicatrizado en letras oscuras y por donde, poco a poco, brotaban las cicatrices de ramas rotas y nudos ocultos que salían a la luz y que dejaban escapar unas lágrimas semejantes a melaza aunque amargas.

La lluvia de muchos inviernos y el sol de muchos veranos no lograban vencer su ansia de ver más allá del bosque ni de esperar.

Fue una mañana de finales de verano cuando unos pasos desconocidos se acercaron lentamente por entre el musgo y las hojas caídas, acompañados de los pasos ya familiares de aquel niño hecho hombre.

En efecto, era un sarmiento ya viejo y retorcido por los años pero en cuyos ojos reconoció el afán que lo había llevado a crecer y por el cual, un día, puso tanto empeño en sobrevivir.

Unas manos rugosas acariciaron su tronco y toda la savia de su interior se estremeció dulcificándose por la caricia recibida. Una caricia que hacia demasiados años que estaba esperando. De sus brotes más tiernos comenzaron a brotar lágrimas de dulce melaza mientras las hojas, tocadas por el viento, suspiraban entre las verdes ramas. De los ojos de aquel hombre viejo, surgieron lágrimas amargas y de sus angostos pulmones, suspiros de tristeza.

Se reconocieron a través de las almas, y se hablaron por primera vez de todo cuanto en su interior habían estado callando durante tanto tiempo en el idioma que un día, cuando aquel árbol aún no era árbol y el viejo todavía era joven, habían inventado en secreto. Palabras silenciosas y ocultas al resto del mundo que ambos creían haber olvidado y que, de pronto, recuperaron para poder comunicarse en un idioma que sólo ellos, en su pensamiento, pudieran entender.

Se hablaron de amor y de años, de silencios y esperas, de vidas truncadas y de sueños rotos, de cuentos de niñez y caricias vegetales, de vientos y susurros quietos, de nostalgias y contadas alegrías, haciendo un recuento de todo aquello que deberían haber vivido juntos y que la muerte truncó.

El viejo puso su mano en aquella parte del tronco cercenada tantos años atrás por un accidente y lloró silenciosamente la amarga soledad de viudo que nunca lloró ante nadie para no entristecer a su única fuente de alegría.

El niño entendió entonces las caricias de aquellas ramas, el cobijo y la compañía, la voz interior que le contaba los cuentos que leía y la compañía de aquel árbol que siempre estuvo en su vida y estaría en la vida de sus hijos, perpetuando el recuerdo de quien sobrevivió a la muerte, tan solo con la esperanza, de seguir dando amor a los seres a quienes amaba.

Hannah Banasiak: la poeta que vino del frío

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Si algo tiene de especial Hannah, y que a mí personalmente me ha llamado la atención, es que escribe en castellano sin que éste sea su idioma materno ya que es una bella mezcla de sangre polaca y galesa.

Hannah es la poeta que vino del frío.

Conocí a Hannh por casualidad en las redes sociales hablando, como muchas veces, sobre nuestro actor favorito (no todo son libros y novelas, queridos amigos) y tras una charla resultó que ambas teníamos en común no solo esa admiración concreta, sino también un gran amor por las letras.

Hannah estaba a tan solo unos días de venir a España de vacaciones. Toda una ruta por Toledo, Madrid, Barcelona, Sevilla… en la que buscaba algo más que una simple forma de hacer turismo. Buscaba encontrar la esencia de aquello que desde, creo que muchos años atrás quizá desde su niñez, le había atraído y le había llevado a aprender y escribir nuestro idioma.

Hannah es licenciada en letras polacas por la universidad de Lódz y en letras inglesas por la academia de las ciencias de la misma universidad.

Actualmente es empresaria, traductora y profesora de inglés y español.

Su currículo literario es realmente fascinante e impresionante.

Ha colaborado y colabora como poeta en distintas revistas literarias como Los escribas de México, Pluma y tintero de Madrid, La jiribilla, Palabras diversas y Revista Urraka.

Ha participado en antologías poéticas de diversa índole, como por ejemplo en dos volúmenes de Antología Palestina, Un paso entre versos, Poesía, cuentos y vos, Desde todo el silencio, Mujeres entre la historia y la antología Slady na droze de Polonia.

Ha realizado y publicado varios ensayos sobre uno de sus autores favoritos, Bruno Schulz.

Y además ha obtenido menciones especiales en el concurso literario Premio camaleón de Polonia, mención de honor en el XLI concurso internacional de poesía y narrativa El poder de la palabra en Argentina, y una mención especial en el concurso internacional del Latin Heritage Foundation de Estados Unidos, con los que ha colaborado también en su antología Una isla en una isla.

Impone. Leer todo esto impone y mucho.

He podido leer sus poemas y he tenido que elegir tres para que sean una excelsa representación de sus letras en este blog… y me ha costado.

Sus poemas tienen una fuerza interior que atrae, no son poemas al uso, sino que denotan profundidad y conocimiento.

En ellos, la poeta, destila preocupación por el hombre como ser y en su desarrollo o relación con el medio en que se desenvuelve tratando temas como la religión, la existencia con todas sus dudas, las normas sociales, la situación de la mujer…

Incluso en los poemas que tocan el tema amoroso, Hannah no usa el lenguaje común de muchos poetas sino que utiliza el simbolismo que muy pocos poseen y que los caracteriza como poetas de calidad y de profundo calado, con metáforas que denotan madurez y una riqueza de vocabulario marcada por vocablos utilizados en Hispanoamérica.

Hannah me ha impresionado notablemente. Podría ser una poeta más y no lo es. Hay algo en ella que la hace diferente y que le da una personalidad distinta.

Y todo eso teniendo en cuenta que es completamente autodidacta en literatura y en castellano. Ni siquiera ha ido a una academia de español tal como nosotros podemos ir  a una para aprender a hablar inglés…

¿Os atreveríais escribir un poema en inglés? Pensadlo.

 

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Muerte en el campo

No necesito mucho tiempo
para dejar de existir
en el campo de la vida,
mientras todas las cámaras de gas están ocupadas,
me bastas tú
quién no existes y por eso me siempre puedes matar.
Cuando la conciencia duerme
Los demonios despiertan la verdad.

 

Coconicatl

 El amor en nahuatl suena más salvaje y mítico
que en  nuestros catos del pasado.
Nunca te he podido enseñar a confesarme tu amor.
Pero no te preocupes tanto.
Yo tampoco solía hacer el papel de la más apasionada del mundo.
Prefería hacerlo bailando bulerías en tu dormitorio con vistas al mar.
A las palabras les encanta volar
En el espacio entre nosotros-
-amantes del silencio.

 

Justificación de un loco

 No sentía remordimientos.
Su cara fue a poniéndose azul.
¿Y yo?
No sentí completamente nada.
Ni remordimiento.
Ni vergüenza.
Ni nada.
En los libros sobre los asesinos
escriben mucho sobre la satisfacción sexual,
traumas de infancia
bla bla bla…
Mucha gente sueña con entrar,
incluso para unos minutos,
en la mente de un loco
para ver cómo es estar completamente loco.
¿Cómo es?
¿De verdad lo queréis saber?
Yo nunca he sentido remordimientos.
Ni placer.
Ni nada.
Como si fuera un maniquí
conducido por las manos de Dios
que quizá ni siquiera existe.
Como si viviera en el mundo sin Dios
o procediera de la tribu  que lo mató.
Eso es estar loco.
Loco por y para nada.

 

 Si hubiera nacido…

Si hubiera nacido algunos años más tarde,
probablemente
habría nacido gorda, tonta y débil.
Para que tú seas a mi lado,
mi madre tuvo que darme a luz un día de marzo
y cerrar los ojos después de ver mi cara.
Si mi abuelo no hubiera sido prisionero
y mi abuela se hubiera escondido de un techo en Varsovia,
no se habrían conocido en busca de la normalidad.
Para que tú puedas conocer mi vista,
un millón de gente tuvo que sacrificarse
y algunos no resistieron  la prueba del tiempo  que sigue corrigendo.

 Tengo miedo…

Tengo miedo a las palabras sumergidas en las voces
que resuenan en el aire.
Sé que,
al menos una vez en toda mi vida,
tengo que ser sincera contigo y confesar todas mis mentiras.
Después,
cuando ya soy inocente y lista a lo futuro,
otra vez
puedo crearme de nuevo
mintiendo a todos.
 

Amor América en 8 cuentos perdidos

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8 Relatos sobre distintos lugares, sobre el amor y la fantasía. Sobre sentimientos.

 

 

Como seguramente sabréis, hoy ha salido a la venta mi segundo libro, 8 Cuentos perdidos.

Este libro es para mí algo entrañable ya que fue escrito hace mucho, mucho tiempo, en concreto hará unos veinte años y trae a mi memoria momentos muy lejanos pero íntimos y familiares.

Por aquel entonces era una chica de veintitantos que soñaba con poder publicar un libro y mis hijos eran unos niños que jugaban sobre la alfombra a media tarde después de la merienda y el cole, antes de que llegara la hora de bañarlos y prepararles la cena. Yo aprovechaba esos momentos de paz para escribir en una moderna máquina de escribir Olivetti con las teclas de colores y con un café o un té delante. Quizá la única costumbre que he mantenido desde entonces.

Ahora esos relatos que entonces creía que eran como ejercicios para aprender a escribir, han sido revisados, corregidos, vueltos a revisar y pasados de los folios mecanografiados a hojas de Word y finalmente a una plataforma digital que me permite poder publicarlos en un formato fácil y cómodo para que puedan llegar hasta todos vosotros, algo que debido a su reducido volumen y a su forma de relatos creía que no sería posible hacer nunca.

Por aquel entonces leía, lo recuerdo bien, Amor América de Maruja Torres, Te di la vida entera de Zoe Valdés y cómo no a Los cuentos de Eva Luna de mi admirada Isabel Allende a la que releo en muchas ocasiones. Comenzaba a estar de moda todas las músicas latinas y escuchaba por las noches un programa de Cadena Dial llamado Océano Pacífico donde además de música leían textos y poemas de los oyentes y donde una vez tuve el inmenso placer de escuchar a María Quirós leer un poema mío.

Esa era más o menos la vida sencillita y sin prisas de una madre joven, aspirante a escritora, romántica empedernida y soñadora profesional como suelo definirme.

Mi amor por América siempre estuvo ahí al igual que mi amor por los cuentos y por las narraciones, y, esas lecturas así como la paz de esos días, hicieron fluir estos relatos cortos que ahora podéis leer.

Cada relato está inspirado en un país distinto, aunque no están todos los países de América, y cada uno tiene un tema completamente diferente.

Así, voy desde México hasta Chile, del Madrid de los Austrias hasta Cuba o Puerto Rico intentando captar la esencia de esos lugares en los que no he estado pero que adoro, y la forma en que los percibo desde aquí, desde este otro lado del gran charco.

Los personajes son todos ficticios y sus historias inventadas pero algunas de ellas, desgraciadamente, podrían ser ciertas, como La alcantarilla o El mar.

Otras son pura magia, como El viejo y la sirena y otras que, aunque en Madrid, han sido inspiradas por melodías de canciones que me han traído el sabor de ultramar, como por ejemplo Alfonsina inspirada en un señor Argentino que tocaba Alfonsina y el mar con su violín al lado del Palacio Real.

Lo que todas tienen, sin duda, es un trocito de mi corazón que vive en aquellas tierras lejanas pero muy queridas por mí. Un tributo al amor, como en principio pensé titularlas, porque creo que hasta la historia más dura, destila amor y esperanza.

Ahora ya están en vuestras manos. Ahora ya no soy aquella chica de veintitantos años que soñaba con publicar un libro, y aquellos relatos que creí que jamás verían la luz, llegan a vosotros como un puente entre mi primera y mi segunda novela.

Y eso espero que sean, un puente tendido entre vosotros y yo, una forma de que me conozcáis mejor, de poder comunicarnos y acercarnos en algo que tenemos en común: nuestro amor por los libros y por la literatura.

Solo me queda desear que os guste mi cuaderno de relatos… así, que poneros cómodos, calentaros una buena taza de café, arremolinaos en el sofá… y vamos a contar cuentos…

Ya  a la venta en Amazon       https://www.amazon.com/Cuentos-perdidos-Spanish-Nina-Pitarch-ebook/dp/B01JILPK7O/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1470209508&sr=8-1&keywords=8+cuentos+perdidos

 

8 Cuentos perdidos

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8 Relatos sobre distintos lugares, sobre el amor y la fantasía. Sobre sentimientos.

 

Esta semana sale a la venta mi segundo libro, el primero publicado exclusivamente en Amazon, por lo cual me atrevo a hablaros un poco de él.

Este libro nace con dos motivos bien claros y diferentes.

Uno es dar a conocer mi obra en esa plataforma digital, la mayor librería del mundo, en que dentro de unos meses saldrá a la venta la que ha sido mi primera novela “¿Cómo que a qué huelen las nubes?” y que hasta el momento sólo ha sido publicada en el formato tradicional de imprenta y distribución en librerías, así como anticipar lo que será la segunda “Rosa de los vientos” publicada, si todo va bien, este otoño.

El segundo motivo es simplemente que las personas interesadas puedan leer algo escrito por mí que sea ligero, entretenido, en un formato diferente a la novela y que pueda acercarme a los lectores.

El libro, es más que nada un cuaderno de relatos en los que hay temas muy dispares y personajes muy diferentes. Los temas van saltando de la fantasía más absoluta como en “La cuentacuentos” o “El viejo y la sirena” a la más dura realidad como en “El mar” basado en el golpe de estado de Chile en el 72, “La alcantarilla” que habla de la dura vida de los huérfanos callejeros en México D.F. o a la máxima intimidad de los pensamientos como en “Alfonsina” o “Volviendo al pasado

Los relatos están ambientados en distintos lugares y países, así, volamos a La Habana, a Puerto Rico o al Madrid de Los Austrias para reflejar el carácter no sólo de las ciudades, sino de los personajes que en ellas habitan y su forma de ser, vivir o pensar, que es lo que de verdad resulta interesante.

Este cuaderno de cuentos, es una recopilación de relatos que he ido escribiendo con los años y que tal vez, si no es de ésta forma, jamás verían la luz puesto que no están sujetos al contexto de ninguna novela que es el género en el que suelo escribir y en el que sigo trabajando.

Es una forma de dar rienda suelta a la imaginación, de contar algo que de un modo u otro me ha conmovido o he creído necesario expresar. Nace sin pretensiones de ningún tipo salvo la de ponerme en contacto con los lectores y dejar que lean esa parte de mi trabajo que de otra forma caería en el olvido absoluto.

Tanto el formato como el precio he creído oportuno que sea en digital y lo más ajustado posible dadas las características del libro, para que así pueda tener las alas necesarias y llegar a cuantos más sitios mejor.

Para mí, escribir, muchas veces es comunicar, y los cuentos, por su formato, son una gran forma de poder tener ese interlocutor que cualquier emisor busca.

Espero que os gusten, que os entretengan y quizá que alguno que otro os conmueva en su tema tal como me conmovió a mí.

Gracias por vuestra atención y por el acto de fe que supone leerme.

Y ahora, si os ponéis cómodos, podemos empezar a leer cuentos…

Ya a la venta en Amazon

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Preguntas y respuestas.

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Voy a lanzar mi teoría y a hacer preguntas.

¿Antes de la guerra de Irak había terrorismo islámico? No. Comenzó con el ataque en USA de las torres gemelas y continuo en Madrid y en Londres.

¿Por qué se atacan entre ellos? Entre ellos, entre las distintas facciones del mundo musulmán se atacan desde hace siglos puesto que hay comunidades que tienen distintas interpretaciones del Corán y desde la muerte de Mahoma el mundo musulmán se ha ido disgregando en líneas distintas que pugnaban por la sucesión de la persona que en un principio fue capaz de unir en un solo estado a todos los musulmanes, de ahí que hayan Chiitas, Sunitas… porque cada corriente abogaba por un descendiente distinto del profeta. Conquistar y doblegar a esas distintas facciones no solo aporta una primacía religiosa sino también la adhesión de los territorios que la componen.

Ahí creo que poco o nada tenemos que ver los occidentales.

La siguiente pregunta es ¿Quién vende las armas con que cometen atentados? Nosotros, los occidentales. El dinero no huele, no se mancha por lo visto y la mayoría de armas se las vendemos nosotros a través de multinacionales que ganan auténticas fortunas y que no tienen ni un ápice de ética.

¿Quiénes les ayudan? ¿Quiénes son los que subvencionan a esas cedulas durmientes que de pronto lanzan un ataque en cualquier lugar del mundo? Pues cualquiera que tenga un motivo para que esos ataques les beneficie. Así de simple.

¿Qué pretenden? Imagino que mucho más que matar. Tal como en USA atacaron el corazón económico (torres gemelas) militar (pentágono) y político (casa blanca) el atentado de hoy, 14 de Julio en Francia es significativo de que realmente lo que quieren atacar es el modo de vida occidental, el capitalismo brutal que hizo que un país musulmán fuera invadido con una excusa falsa cuando lo único que se pretendía era que USA llenara de petróleo sus reservas y a poder ser de la forma más barata y rápida. Lo de Blair y Aznar sencillamente creo que por algún otro lado tuvieron que tener sus propios beneficios.

¿A quién beneficia ahora este terrorismo? Con cada nuevo ataque, los occidentales nos cerramos más y más, hacemos piña, colgamos banderitas en nuestros perfiles… y nos volvemos, la gran mayoría más xenófoba y racista. Es miedo. Es un instinto primario simplemente el que nos hace obrar así. Las políticas neoliberales de todos los países europeos que nos imponen económicamente tienen asumido, como partidos conservadores que son, esa premisa. Ojo, no digo que los conservadores sean racistas, pero sí que a los políticos conservadores les va de perlas ese discurso y para muestra sólo hace falta mirar lo sucedido en Gran Bretaña con el Brexit y los dirigentes que lo apoyaban. Ante estos ataques la población nos volvemos conservadores, precavidos en demasía, nos cerramos y nos prevenimos contra todo aquello susceptible de hacernos daño de la forma que sea. Y entonces aceptamos como propio el discurso del miedo, el de no ayudar a los refugiados Sirios porque pueden ser terroristas, el de sospechar hasta del vecino, el de no aprobar leyes que permitan la libre circulación de personas (aunque sí de bienes), el de no apoyar leyes que permitan condiciones favorables para la inmigración… y todo esto junto con la crisis económica y con el discurso de que los inmigrantes roban trabajos, mientras los seres humanos perdemos humanidad las grandes corporaciones internacionales siguen lucrándose, imponiéndonos tratados económicos que van en contra de los ciudadanos, hacemos piña con gobiernos que nos arropan bajo sus alas paternales cuando hay atentados en suelo europeo pero que no se atreven a condenar cientos de muertos fuera de nuestras fronteras y que además, aprovechando la coyuntura nos incrustan políticas económicas de un capitalismo brutal con las que estamos tragando sin darnos cuenta.

Hace tiempo que esto dejó de ser una guerra religiosa.

Es una guerra económica que a los líderes occidentales les conviene y a las grandes corporaciones aún más. Una guerra en la que cuentan beneficios y no bajas.

Tengo compañeros musulmanes que jamás aprobarían algo así y que han llegado a pedir perdón por lo que están haciendo los islamistas radicales, como si se sintieran culpables de algo que no han hecho solo por tener la religión en común. Esto es desde hace tiempo un gran negocio para todos excepto para los que matan y mueren en nombre de un Dios que no aprobaría jamás que se matara en su nombre.

Para los que mueren porque son personas inocentes y para los que matan porque son descerebrados utilizados con un fin que no es el que ellos creen.

Que Alá, o Dios o Yhavé los perdone a unos y a otros porque las personas de bien no podemos perdonarlos.

¿Cómo que a qué huelen las nubes? Cap. 1

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Esperanza. ¿A qué huelen las nubes?

¿A quién narices se le podía ocurrir una pregunta semejante?

Es una de esas preguntas tipo incontestable que suenan bien en según qué contexto y que todo el mundo termina por utilizar en plan cachondeo para no decir absolutamente nada.

El quid de la cuestión no es si alguien en realidad sabe a qué huelen, sino el porqué y con qué intención han hecho esa pregunta en un anuncio de compresas.

Se supone que es una forma de decir que si usas esa marca determinada de compresas, la regla pasa odoríferamente desapercibida para propios y extraños, sobre todo para extraños, y comparar la suavidad de la compresa o la de un sexo femenino con una nube hasta parece acogedor y delicado, pero la cuestión sigue siendo la misma: ¿Qué intenciones se esconden tras algo tan inocente como una nubecilla?

Me imagino al señor ejecutivo de publicidad de una gran multinacional, que nunca ha tenido la regla, intentando ponerse en el lugar de cientos de miles de millones de mujeres con regla en uno de esos días, y sacando toda su imaginación para llegar a entender tan solo una ínfima parte de lo que durante años ha estado evitando tomar en serio cuando era su mujer la que tenía una de aquellas noches de dolor de ovarios, de sed insaciable, de cambios de humor, de falta de líbido, de dolor de cabeza o riñones, de depresión, de síndrome premenstrual y él se daba la vuelta en la cama o se iba al baño a aliviarse solito.

Doy por sentado que la persona a la que se le ocurrió la frase es hombre.

Una mujer con dos ovarios nunca hubiera escrito una frase semejante.

Me pregunto si el tipo hizo como Mel Gibson en aquella peli donde era publicista y se calzaba unas medias, se pintaba las uñas y se bañaba en perlas de sales perfumadas para probar el producto.

No me imagino a un tipo poniéndose una compresa, pero quién sabe… igual tras ver la película decidió valorar los productos por él mismo, aunque lo dudo porque entonces el eslogan no sería tan jodidamente absurdo, la verdad.

Lo que más me preocupa es la intención, lo que quiso decir con la frasecilla.

No sé si es el reflejo de la tontería que los hombres presuponen en las mujeres de cualquier época y edad o que tal vez quisiera dárselas de profundo, lo que me da aún más asco.

No sé.

Hay frases que parecen profundas pero que esconden un gran desconocimiento, incluso tal vez fue alguien célebre quien las dijo por primera vez y si levantara la cabeza se cortaría las venas al verse convertido en un eslogan para ejecutivos pseudo metafísicos que intentan hacernos creer que hay una profundidad inexpugnable en su trabajo y no solo una estrategia de marketing.

Es como la famosa frase del árbol en medio del bosque.

Si un árbol cae en medio del bosque y no hay nadie que lo oiga, ¿hace ruido al caer? Joder, yo diría que ruido, lo que es ruido, hace el mismo, pero si ese ruido no lo oye nadie, ¿no es como si no lo hiciera?

Frases que ya se usan en cualquier contexto y de cualquier manera posible… hasta en las puertas de los baños públicos hay frases que en su momento fueron la ostia.

“Busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo”

“El algodón no engaña”

Frases y más frases.

Palabras y más palabras.

No dejo de preguntarme si de verdad la publicidad nos cree absolutamente gilipollas.

A las mujeres digo.

Solo hay que ver los anuncios…

Compresas, tampones, detergentes, suavizantes, míster proper, quitamanchas, fregasuelos, anticales y la madre que lo parió todo.

No me vale que ahora salgan macizorros fregando los platos o pasando la fregona porque ni siquiera lo hacen de forma natural.

O sea, en vez de enfocar una actitud ecuánime, los tíos buenorros de las propagandas o bien nos están haciendo un favor o bien nos toman el pelo, pero nunca se les ve hacer algo con la misma naturalidad con la que nosotras llevamos años haciéndolas.

Como ese chico universitario que vive con dos jovencitas y que de pronto recibe la visita de su madre. Las dos chicas, despavoridas, huyen a limpiar el cuarto de baño para que la madre del chico lo encuentre limpio y fragante, pero resulta que son unas guarras que no saben ni con qué limpiarlo y es el chaval quien acaba recomendando el producto antical ante el regocijo de la mami.

O ese mayordomo buenorro que hace la prueba del algodón a unas baldosas tan brillantes que no parecen de este planeta mientras la tipa, desde una chaise longe, contempla su esfuerzo o lo exhibe delante de sus amigas con pinta de ricachonas y cara de estar a punto de comérselo enterito y follárselo entre azulejos y algodones.

Me llama la atención uno de un complejo vitamínico para niños. “El niño no me come”, y la madre, desesperadita, descubre un producto que no sé si es para abrir el apetito o para suplir carencias vitamínicas, la cuestión es que cuando la madre, arrodillada delante de ese niño con cara de Dolorosa, le da una chuche con tal de que la criaturita le coma algo, el niño coge la chuche y se la pira corriendo, sin hacer ni puñetero caso a su madre que, de rodillas, lo mira alejarse con una cara de pena y preocupación digna de un Oscar.

Cómo un crío de cinco años logra doblegar a una mujer adulta hecha y derecha, cómo muestra semejante poder ante esa madre arrodillada en el suelo y cómo, una vez más, se muestra a las mujeres como abnegadas madres en un rol tan antiguo, trasnochado y patriarcal, es algo que me saca de las casillas.

Joder, una cosa es preocuparse y otra perder la vida y hasta la dignidad.

Por no hablar de los anuncios de desodorantes.

Los desodorantes femeninos nos convierten en seres angelicales, frescos, llenos de luz y vitalidad… y los desodorantes masculinos nos convierten en tontas estúpidas que caemos del cielo para follarnos al tío más enclenque de la tierra que, sin embargo, usa Axe, un olor que ni los ángeles pueden resistir. “Hasta los ángeles caerán” es el eslogan.

Y a nosotras nos preguntan a qué huelen las nubes.

¿Se puede saber a quién se le ocurrió semejante estupidez?

No me imagino esa pregunta en otro contexto.

No puedo imaginarme una propaganda de cuchillas de afeitar que diga: ¿Qué tacto tienen las nubes?

Los afeitados se comparan con carreras de coches, con velocidades, con deslizamientos y van ligados siempre al limpio color azul.

Nosotras nos vemos arrastradas en un baile ridículo de color rojo, perseguidas por la mujer de rojo con un carrito lleno de compresas y neceseres de lunares.

Ellos corren.

Nosotras huimos.

Me pregunto de qué.

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Mi jefe acaba de entrar en la oficina pulcramente vestido y afeitado, con un café en la mano y el maletín del ordenador portátil en la otra.

Me pregunto, si a los tíos les dolieran los testículos una vez al mes tal como a mí me duelen los ovarios, tendrían ese aspecto siempre tan inmaculado y fuerte y esa actitud tan espontánea.

Es mi teoría de la patada en los huevos.

Una vez al mes, cada veintiocho días más o menos, un pie invisible pero divino, les da una patada a los tíos en sus partes, de tal forma que estén un par de días con dolorcillo de testículos.

Serían ellos los que nos dirían por la noche en la cama “ahora no, que me duelen los testículos”, serían ellos los que preguntarían si alguien lleva espidifen y se disculparían con la frase de “es que me ha bajado la patada en los huevos”, o se sentirían tristes, súper hormonados, hinchados, poco atractivos y nos sorprenderían con un “es que me tiene que bajar la patada y estoy más depre…”

Me pregunto si existirían las guerras si ellos tuvieran que cambiarse las compresas en las trincheras.

Andrés parece ideal: joven, emprendedor, ejecutivo, guapo, simpático e inteligente.

Pero es hombre, que se le va a hacer, nadie es perfecto, como en la peli.

Con esto de la crisis el pobre se pasa el rato viendo cosas por internet, pero no me quejo porque yo hago lo mismo.

Yo me cuelgo de Facebook, la secretaria de Twitter y la otra comercial se descargan películas para poder verlas a la hora de la comida.

Y todo con cargo a la empresa. ¡Venga el mega, la giga y el megagiga!

¡Qué les den!

Nos merecemos ese plus.

Nosotras no vamos a restaurantes caros ni de putas cuando tenemos una convención, así que al menos nos queda el derecho a la pataleta y a la descarga libre.

La pataleta la montaremos esta tarde cuando nos vayamos a tomar el té de las cinco fingiendo un peritaje inexistente, y la descarga libre imagino que será, con el buen criterio de Lola, una peli del festival de Sundance.

Algo hay que hacer para matar las dos horas y media de comida en las que nos encerramos a cal y canto en la oficina.

No vale la pena ir a casa porque solo en el autobús se pierde una hora para ir y una hora para volver, así que recurrimos al túper o a la tapa en el bar de la esquina si estamos a primeros de mes.

A veces nos vamos a comer a algún sitio baratito.

Un menú de 7 euros con verduras a la plancha y salmón asado con patatitas redondas y fritas, pero caseras.

A veces un wok japonés o un kebab, según el estado de nuestra depresión anticrisis, pero siempre barato y siempre a principios de mes. A partir de día 10 como que ya va doliendo y seguimos con el túper de toda la vida.

El contento dura del día 1 al día 10

Yo hoy llevo ensalada.

Como siempre.

Es increíble la cantidad y variedad de mis ensaladas.

De pasta, de frutas, de atún, de verduras de colores, de legumbres, de cuscús… imaginación al poder.

Cualquier tipo de ensalada que no lleve carne porque me he dado cuenta de que la carne me engorda y me estriñe, así que he renunciado a la pechuga de pollo y al filete de ternera asado que le daba cierta armonía a las ensaladas de lechuga, esas de toda la vida, aunque reconozco que lo de la ternera puede ser otro daño colateral de la crisis y no de mi estreñimiento.

De todas formas, solo como verdura y algo de pescado y ni por esas pierdo un puto gramo.

Miro a Lola y a Lolita, no es coña, se llaman Dolores las dos, las veo comer más o menos como yo y alucino porque están muchísimo más delgadas.

Cierto que mientras yo me quedo con algo de hambre ellas se sienten saciadas, pero eso no es excusa para que yo no pierda nada de peso comiendo casi igual que ellas.

Esta tarde me compraré tortitas de maíz para matar el gusanillo y ahora soportaré no almorzar un trozo de pastel de verdura, aunque desde la hora que me levanto, 7 de la mañana, hasta la hora de comer, 2 del mediodía, el hambre me haga tener vahídos y un cortado resulte a todas luces insuficiente para mi estómago.

Al menos la cafeína me aguanta la tensión como para no caerme redonda al suelo.

¡Joder qué hambre!

Ya he probado los cereales, esos que anuncian en la tele, las barritas para picar entre horas, las de fibra, las de muesli, las de cereales y fruta, las de fruta y chocolate, las tortitas de arroz, las integrales… y me sigo muriendo de hambre.

Tal vez sea porque compro las baratas.

A lo mejor si me gastara 4 euros en unas barritas de esas de marca se me cerraba el estómago de una puta vez, pero prefiero guardarme ese dinero para tabaco, la verdad, así que de momento, y si no me toca la lotería, cortado y cigarrillo a media mañana va a ser lo único que tome.

Y gracias.

Ya estamos pensando decirles a los jefazos de Barcelona que nos cambien la máquina de agua y nos pongan una con agua caliente para poder hacernos los cafés sin salir de aquí.

Pero, como no está el horno para bollos, de momento nos callamos por si acaso.

En un momento seguro que hay reunión con Andrés, el jefe, así que me salgo a la calle para fumarme un cigarro.

Antes, pese a la ley antitabaco, fumábamos escondidos los cuatro en el despacho pero ahora ya no tengo cojones para hacerlo, sobre todo porque todos han dejado de fumar excepto yo, y aunque me digan que no pasa nada, que a ellos no les molesta, como me molesta a mí que ellos no fumen, pues me voy fuera exiliada a drogarme y a alimentar mi cáncer.

Solo me faltaría dejar de fumar. Sí hombre, para engordar más.

¿A qué huelen las nubes?

Hay que joderse con la puta preguntita esa.

Hace años que dejaron de hacer el anuncio y a mí me ha dado hoy por pensar en eso.

Pero es que esas cosas, esas frases y eslóganes son como perennes.

La gilipollez no muere nunca. Se transforma.

Y encima deja secuelas.

Hemos pasado del “me gusta ser mujer” al olor de las nubes y a la mujer de rojo.

Recuerdo cuando yo era jovencita que anunciaban los primeros tampones como si fueran casi un milagro de la ciencia, aparte de que te permitían hacer cosas que jamás habías pensado que tú pudieras hacer, sobre todo montar a caballo.

También aquello se hizo célebre.

Hasta tal punto que se inventó un chiste en el que un niño pedía unos tampones a los reyes magos porque así podía hacer de todo, a cada cosa más divertida e impensable.

Otra muestra de cómo esa publicidad original e irreal cuela en el inconsciente colectivo de la gente.

Cuando llegan a hacer chistes con tu frase, macho, te has coronado.

Por machista o retrograda que sea la publicidad, si hacen un chiste con tu frase, has triunfado como la coca-cola.

Cuando yo era una cría había frases que intentaban ser modernas y políticamente correctas a la par que feministas.

A mí me encantaba Carmen Maura diciendo eso de “Nena, tú vales mucho” aunque hoy le quitaría de delante el “nena”.

No cabe duda que hoy en día las mujeres estamos mejor valoradas que antes y no solo “porque nosotras lo valemos” sino porque tenemos un poder adquisitivo y una independencia económica que hace 40 años no tenían nuestras madres, pero me pregunto si eso también es real o es un truco más del marketing.

¿Somos un sector de población que interesa a ciertos fabricantes o somos mujeres?

La liberación femenina en el año 2000, ¿es de verdad liberación? ¿Nos hemos liberado e independizado y por eso les interesamos o tan solo queremos ser el reflejo de lo que ellos suponen que somos?

¿Qué fue primero, la gallina o el huevo?

En los 70 ponerse pantalones, comenzar a trabajar, votar y fumar como carreteros ya era ser una mujer liberada y moderna, y a la vista está que en los 70 las mujeres no estaban liberadas ni mucho menos.

Ahora en el 2010, ¿estamos más liberadas que antes?

nina peña - como que a que huelen las nubes- libro

Ayer, cuando salí de la oficina decidí pasar por Mercadona para comprar un par de cosas que me hacían falta en la cocina.

Cuando subí al autobús para volver a casa después de doce horas fuera, salgo a las 8.30 y regreso a las 20.30, llevaba encima: la agenda, la carpeta de los peritajes, el bolso, la mochilita de la comida, la bolsa del portátil y las dos bolsas de Mercadona.

A esa hora de la noche el autobús estaba lleno de mujeres que como yo volvían a casa.

Secretarias, comerciales de seguros, comerciales de inmobiliarias, asistentas, estudiantes de peluquería, cuatro niños con carpetas de academias y dos con libros de autoescuela.

Me tocó quedarme de pie, aguantando las bolsas de la compra entre las piernas y sujetando todo lo demás con una sola mano mientras con la otra intentaba agarrarme a cualquier cosa que impidiera mi caída en el primer frenazo.

De pronto sonó mi móvil.

Puto invento.

Me faltaba llevar móvil. Para que puedan joderme en cualquier parte.

Casi ni recuerdo qué trucos de prestidigitación tuve que hacer para localizar mi móvil dentro del enorme bolso, y cuando me lo puse en la oreja resultó que era mi marido quejándose de que el niño había hecho no sé qué trastada.

Exploté.

¡Me cago en la puta liberación femenina!

Ese es el derecho a la pataleta, poder cagarte con todo en un momento dado y que los demás te miren como si te comprendieran porque, coño, tienes toda la razón del mundo.

Y esa es la frase que más me ha liberado hasta hoy.

Vamos, ni un grito orgásmico me ha hecho sentir más libre.

Saber, vamos, tener cristalinamente claro que la liberación femenina no existe por más que seamos un sector de población a tener en cuenta en las estrategias de marketing de las multinacionales.

Esas mujeres liberadas, delgadas y bien vestidas para las que siempre es primavera en el Corte inglés, esas mujeres ejecutivas que después de estar al mando de una oficina con cinco tíos llegan a casa y aún les da tiempo de hacer champiñones rellenos mientras sus maridos bañan a los niños, esas mujeres que se van al gimnasio antes de ir al trabajo y lucen tan frescas, esas mujeres que siempre huelen a perfume lujoso, que usan cremas tan caras como mi compra de fin de semana, esas mujeres liberales y liberadas, esas mujeres que cenan con alargadas copas de vino y tienen uno o dos orgasmos diarios, esas mujeres que nunca tienen dolor de ovarios ni de cabeza, que no tienen que lavar calzoncillos ni cambiar pañales, esas mujeres que quieren que seamos, no son las mujeres que somos, pero tal vez sí son las que muchas querrían ser, y eso también vende.

No nos hemos liberado de nada, sino que además hemos asumido todos los roles masculinos que también los esclavizan a ellos.

Triunfadoras, folladoras, guapas, perfectas, agresivas, seguras de sí mismas, independientes, activas, realizadas… hace 100 años nos hubieran tildado de lesbianas por tener esas cualidades que eran exclusivamente masculinas entonces, pero que, sin embargo, ahora nos pertenecen.

Lo curioso es que al mismo tiempo se exige de nosotras que sigamos siendo madres, esposas, hijas, que seamos delicadas, afectivas, sumisas, emotivas y se nos sigue agrupando en dos tipos, o putas o santas, sin término medio.

Si te cabreas, estas mal follada.

Si estás deprimida, eres una sentimental.

Si eres dura, eres una zorra.

Si tienes un mal día, una inútil.

Si triunfas, a saber a quién se la has chupado.

Si no triunfas, pero lo intentas, eres una trepa.

Si eres agresiva, eres tortillera.

Si eres segura de ti misma, una zorra orgullosa.

Si no estás segura de ti misma, te falta agresividad para ese trabajo.

Si eres activa, estás histérica.

Si no eres demasiado activa sino de temperamento tranquilo, te falta iniciativa.

Si eres afectiva, pareces débil, y si no lo eres, es porque no tienes corazón.

Si te follas al jefe o a un compañero, eres un putón y si no lo haces, eres una reprimida.

Ya vale, ¿no?

Desde luego la publicidad no es el mundo real.

Aunque se empeñen en hacernos creer que sí, que hay gente que vive así, de esa forma… pues qué suerte.

Yo de momento voy a terminarme el cigarrito y entraré en el baño a cambiarme el tampax.

 

Los gritos del silencio

nina peña - fosas comunes - articulo - los gritos del silencio

Documentarse para escribir es realizar un viaje hacia lo desconocido donde no siempre sabes a ciencia cierta qué es lo que te vas a encontrar aunque lleves una idea preconcebida y hayas visitado cientos de webs, leído infinidad de artículos o visto muchos reportajes en Youtube.

Era la primera vez que hacía un trabajo de campo, es decir, llevaba un bloc de notas y la memoria del móvil vacía para poder apuntar y fotografiar todo aquello que me pareciera interesante para mi, para el argumento del libro o para la naturaleza de los personajes.

En esto soy muy novata. Yo no he estudiado periodismo y me guio por la intuición o por las necesidades de cada momento que siempre están marcadas por la narración.

Hasta ahora he tenido suficiente documentación en ensayos, artículos o imágenes, pero la posibilidad de estar en un lugar que puede ser necesario (o no) para la recreación de mi libro, era algo hasta ahora nunca había necesitado hacer ya que en mis libros, todo ficción, no estaban basados en ningún personaje o acontecimiento real o histórico.

Este nuevo libro por el contrario, está basado en una época concreta en la vida de una mujer que recrea a su vez la vida de otras mujeres en otras épocas y por lo tanto, era absolutamente necesario documentarme de la forma más fiel y más terrenal posible.

Pertrechada por la botellita de agua, el bloc de notas y el móvil, acompañada por varias personas entre ellas mi hijo y guiada por mi amiga Queta Rodenas, autora del libro Castellón en mis recuerdos, comenzamos una visita por el cementerio de Castellón en la que nuestra guía de lujo nos iba contando las tradiciones funerarias de distintas épocas y nos mostraba autenticas obras de arte en esculturas mortuorias. Pudimos también entrar en uno de los panteones más antiguos y bellos y hacerle una visita a algún castellonense insigne.

Es realmente curioso todo cuanto vimos, interesante y muy poco conocido por la mayoría de personas que, cada vez más, tenemos esa especie de alergia a la muerte que a veces padecemos los vivos o quienes aún tenemos a pocos familiares enterrados.

El momento importante para mí y para el tema del libro vino a última hora de la tarde cuando llegamos al denominado cementerio civil.

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No sé como lo había imaginado, puedo afirmar rotundamente que jamás había puesto un pie en ese lugar y hasta hace poco ni sabía que existía, pero cuando traspasamos el escalón y el umbral de aquella especie de muros en donde están las piedras con los nombres de las más de 500 personas que fueron enterradas allí en fosas comunes durante los primeros años de la represión franquista, un escalofrío recorrió mi espalda sin que pudiera evitarlo y un nudo cerró por completo mi garganta.

No es lo mismo verlo en un documental o que algún testigo de los muy pocos que quedan lo cuente, que poner los pies sobre el lugar. Creo que esa sensación nos recorrió a todos los que estábamos allí presentes porque nos quedamos quietos en los primeros pasos y hubo como un “impase” donde se pudo sentir el silencio.

Agradecí profundamente la ayuda de la botella de agua ya tibia en la calurosa tarde que volvió a abrirme la garganta y de las gafas de sol que impedía a mis compañeros poder ver mi expresión emocionada, porque estoy segura de ello, fue emoción lo que sentí en aquel instante.

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Mi libro no versa sobre la guerra civil, habla de las mujeres de aquella época. Y si alguien, a lo largo de la historia, ha estado íntimamente relacionado con la muerte y con todos sus ritos o significados en cualquier época, son sin duda las mujeres católicas, las que vestían lutos interminables, velaban los cuerpos, rezaban por sus almas y acarreaban las consecuencias de su viudez o su orfandad en épocas en las que ser mujer era un estado constante de invalidez social y significaba depender para absolutamente todo de la potestad de un hombre, primero del padre, luego del marido y en ocasiones finalmente del hijo.

Ser mujer entonces, cuando España era un país en derribo y con las leyes impuestas de una moral eclesiástica y restrictiva que borraba de un plumazo todos los derechos y las leyes de igualdad conseguidos por la república, y además, cargando con la condición de haber tenido a un marido a un padre o a un hijo en el Frente Popular, era realmente un infierno.

Esas son las protagonistas de mi libro, y necesitaba ver dónde podían ellas ir a llorar. Necesitaba ver con mis propios ojos el lugar donde habían fusilado a más de 800 personas, la puerta por la que entraban desde el rio Seco los cadáveres encima de un carro para vaciarlos en las fosas comunes a las que nadie llevaría flores nunca para no ser considerado un enemigo de la patria y poner su propia vida en peligro.

Necesitaba pisar ese suelo para hacerme al menos una mínima idea de lo puede haber sentido cualquier persona que tenga allí a un familiar porque mis protagonistas lo tienen que sentir así al rememorarlo y yo tengo que saber explicarlo.

No sé de qué forma, pero sé que debo saber explicarlo.

Si habéis leído mi libro o mis artículos, si os he podido hablar de lo que serán mis próximos libros ya terminados, sabréis que mis protagonistas suelen ser mujeres y hasta ahora contemporáneas. En éste libro que me ocupa ahora, mis mujeres nos cuentan de una época en que ser mujer era vivir en silencio, abnegada, cargada de complejos, culpas, leyes morales y trabajos pesados.

Las mujeres de entonces, muy lejos de las modernas teorías de igualdad republicanas o más lejos aún de la filosofía o el ejemplo de las mujeres europeas, se marchitaban entre rosarios, bordados y mantillas negras o procesiones donde las clases pudientes ofrecían en ese ámbito la única oportunidad de brillar en sociedad.

La mujer de clase trabajadora tenía todas esas mismas restricciones pero además no era dueña ni siquiera del fruto de su propio trabajo, pasando a ser esclava de aquellos trabajadores que ya eran de por si esclavos.

Ni voz ni voto. Ser mujer era vivir callada, abnegada, soportando sigilosa la enorme cruz de ser la guardiana de la moral, la salvadora de los pecados ajenos, el ejemplo a seguir, siempre perfecta, siempre sumisa, circunspecta, siempre un paso detrás de todos, decorosa y digna, siempre en silencio.

De los gritos de ese silencio es de lo que estoy escribiendo, para lo que me estoy documentando… y a veces, documentarse, además de un viaje a lo desconocido, es aprender a sentir el dolor ajeno como propio, y por ello, en consecuencia, escribir este libro se ha convertido en un querer dar voz a aquellas mujeres que siempre tuvieron que vivir calladas.

Ojalá puedan gritar.

 

 

Bibliografía

http://www.memoriacastello.cat/docs/15072300.pdf

http://aceneditorial.es/narrativa/25-castellon-en-mis-recuerdos.html

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PLACA CONMEMORATIVA EN MEMORIA DE LOS FUSILADOS POR LA LIBERTAD Y LA REPUBLICA Y POR LOS CASTELLONENSES MUERTOS EN LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN NAZIS DURANTE LA 2ª GUERRA MUNDIAL A CARGO DEL GRUP PER LA RECERCA DE LA MEMORIA HISTORICA DE CASTELLÓ.

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