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Tres novelas con nombre de mujer.

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La narrativa contemporánea se denomina al tipo de literatura que comprende un periodo de entre mediados del s. XIX hasta nuestros días. Son periodos sin duda cargados de importantes cambios sociales y de grandes acontecimientos históricos, comprendiendo desde la Revolución Industrial, las dos Guerras Mundiales, en España la Guerra Civil, la caída del comunismo, el auge del capitalismo…
La narrativa ha de reflejar necesariamente los cambios sociales, políticos y culturales acaecidos en tan gran periodo de tiempo convirtiéndose en una forma de resaltar las desigualdades sociales y poner en duda todo un sistema comúnmente aceptado hasta entonces. Se busca romper con los conceptos y modelos utilizados y mostrar una realidad objetiva.
La mujer, en esta etapa está representada en innumerables obras, pero en todas ellas desde la mirada del hombre, desde su posición social o su pensamiento, con lo que parece carecer de voz propia hasta llegar al siglo XX en que las mujeres comienzan a acceder a la publicación de sus propias obras. Si hay tres novelas con nombre de mujer en la historia de la literatura universal son, sin duda, Ana Karenina (1877), Madame Bovary (1856) y La regenta (1885). Para mí, personalmente, son obras cumbre de sus autores y de su pensamiento además de un claro reflejo de la sociedad de la época, y sin embargo, arrastran tras de sí el hecho de ser escritas por hombres en una momento en que el feminismo estaba todavía en pañales. Sus autores, nacidos entre 1821 y 1852 retratan a una mujer que no es dueña de su destino, que no tiene poder de decisión sobre su vida y que está sumergida de una forma u otra en lo que la sociedad espera de ella en distintas facetas de su existencia. Salvo Tolstoi, de clara ideología anarquista, tanto Flaubert como Clarín están a salvo de cualquier tipo de idea feminista entre otras cosas porque el feminismo como tal todavía no estaba asentado. La única obra que pudieron conocer fue la Vindicación de los derechos de la mujer de Mary Wollstonecraft, escrita en 1792.
Cabe resaltar que estos autores se mueven en un espacio tiempo literario formado por el realismo, naturalismo y romanticismo, algo que a priori parece difícil de combinar. Quizá por ello en sus obras hay una mezcla de realidad, pensamiento quimérico e imposible de sus protagonistas y al mismo tiempo la objetividad social más dura sin caer en ninguna contradicción porque si bien el realismo está considerado padre del naturalismo, ambas corrientes se dan de bofetadas con el romanticismo, caracterizado en estas obras por esa lucha que las protagonistas tienen al tratar de encontrar su libertad y el amor por encima de una realidad obtusa que las condena a ser infelices en pos de una conveniencia social o de un estatus al que pertenecen o al que quieren pertenecer.
Ana Karenina se nos muestra como una mujer de gran integridad moral, mártir de un tiempo y de un mundo injusto. Quizá Tolstoi la quiso describir como una heroína capaz de desafiar al mundo y de dar la vida por su pretensión de ser libres y de poder elegir a quien amar y quizá se puede hacer la lectura contraria y ver a Ana como una mujer infiel que necesita ser castigada por ello con el dolor de perder a su hijo, al que abandona, y de dar la vida como castigo supremo al pecado de dejarlo todo para poder vivir un amor a plenitud en brazos de un amante. Cualquier interpretación puede ser considerada correcta dependiendo de quien la lea y de su pensamiento. Lo que es obvio es que Karenina desafía a la moral y a la sociedad de una época defendiendo que el amor y la libertad está por encima de cualquier convencionalismo social impuesto.
Clarín, en La regenta, retrata la moral de una España católica y conservadora en la que la mujer está manipulada por la iglesia y por la sociedad, además con el mito del amor romántico y del conquistador que ve a la mujer como un trofeo a conseguir. Por otro lado, el rol de la madre de don Fermín, doña Paula, se muestra como la mujer codiciosa, la madre abnegada y estandarte de la moral católica femenina que usa como arma que le otorga poder; ese poder moral y religioso que era el único poder que una mujer podía ostentar sobre los demás, cumpliendo casi a rajatabla el concepto que años después postuló Simone de Beauvoir en su concepto de misticismo.
Clarín, pese a tener textos verdaderamente misóginos, cabe recordar que estuvo en una relación, polémica en su momento, con Pardo Bazán que quizá le pudo abrir esas compuertas mentales. En La regenta plantea determinismos biológicos, como la maternidad frustrada de Ana Ozores, para justificar su caída en desgracia y ese comportamiento adúltero, convirtiendo lo que en realidad son conflictos sociales y personales de la protagonista en una suerte de enfermedad mental.
En Madame Bovary, una lectura rápida nos puede mostrar a una mujer egoísta, llena de imaginaciones pueriles sobre el amor, capaz de manipular y utilizar a su marido para lograr sus fines, una especie de “Antoñita, la fantástica” a la francesa.
Emma Bovary acumula amantes y deudas. Se casa por interés con un hombre fácil de manejar, inocente hasta el punto de ser estúpido y que, sin embargo, pese a su inutilidad, es el valedor moral de la novela. Emma desprecia el sistema que le impide vivir a su manera sin darse cuenta de que es ese mismo sistema el que le ha puesto en su mente tanto las barreras que ella pretende saltar como las ideas que sueña con cumplir.
La libertad sexual, la lucha por pertenecer a las clases sociales altas que ya estaban desarrolladas en aquel momento, el consumo masivo, la abundancia económica y la multitud de libros románticos que lee y que le crean una visión distorsionada de sí misma, es, con pocas diferencias tecnológica, lo mismo a lo que muchas mujeres se enfrentan en el s.XXI aunque esta obra fuera escrita en 1856.
Quizá porque la sociedad se sigue enfrentando a problemas muy similares y porque la situación de la mujer, aunque mucho más mejorada y ampliada en derechos, sigue siendo desigual en cuanto a avances sociales de fondo, estas obras siguen teniendo vigencia hoy en día. Quizá sean clásicos de la literatura porque su filosofía más profunda sigue siendo actual aunque haya cambiado la coyuntura social de la época.

Don Quijote cabalga de nuevo

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Cervantes ha cumplido este mes 471 añitos de nada. Y sigue tan fresco.

Anoche, en un episodio de CSI Las Vegas, uno de los actores regalaba una preciosa edición de Don Quijote de la Mancha a uno de los personajes que había luchado encarecidamente contra una injusticia. Leía en voz alta el primer párrafo, acariciaba el lomo del libro y el investigador le decía que había luchado contra ogros de verdad, no contra los molinos.

Hace unas semanas, en un capítulo de Bonnes, la doctora nombraba a Baltasar Gracián en una de sus frases del El criticón  dando una lección de humildad a su compañero que sonreía ante lo acertado de la frase.

Auster tiene la sana costumbre de nombrar a algunos autores españoles, a Lorca por supuesto, pero me quedé alucinada cuando nombró en uno de sus libros  a Calderón.

Os preguntaréis a qué santo os cuento esto. Muy simple, cuando ocurren cosas así me emociono un poquito. Soy un poco boba, pero me gusta ver que hay gente, allende nuestras fronteras, que valora la literatura española.

Aquí parece que nos da un poco de vergüencita.

A mi me encanta.

No sé, me da que somos un país que no valoramos lo que tenemos, que creemos que la cultura es la que hacen unos pocos ahora, en este momento, y no sabemos apreciar todo aquello que hicieron otros. Quizá tengamos mal aprendida la lección de valorar escritores por la época convulsa a la que pertenecieron o todavía nos quedan rémoras de aquellos autos de fe del franquismo cuando los libros de las bibliotecas se quemaban en piras infames y donde nos decían qué era lo que se podía o no se podía leer. Otros han sido usados para fines políticos y propagandísticos hasta tal punto que creemos que leerlos es pasarnos a un bando que queremos olvidar que existió.

Autores que han pasado por la historia sin que ya nadie los recuerde, sin que casi nadie compre sus libros, sin saber lo importantes que fueron para la mentalidad de las personas en su momento histórico y en su entorno.

Yo soy de las que reivindica La regenta como una obra cumbre de naturalismo y de las que piensa que, de no haber sido por los cuarenta años de censura que sufrió, podría estar al lado de novelas en la que la protagonista femenina se reivindica a través de su drama. Quizá al ladito de Ana Karenina o de Madame Bobary. Pero no, eso será algo que nunca pasará porque la hemos ocultado durante demasiado tiempo.

Creo que el deber de todo amante de los libros y de la literatura en castellano, debería ser releer sin complejos ni prejuicios a todos estos autores que salen en letra pequeñita en los libros de texto, a los que ni siquiera salen. Reivindico a Gracián y a Blasco Ibáñez. A Quevedo o Valle Inclán. A Calderón de la Barca y Laforet. A Unamuno, a Zambrano o Baroja. A Chacel o a Pérez Galdós.

Parece que ya no se leen estos autores, como si ya no se pudiera leer la narrativa de la misma forma. Pero hay que volver a ellos, valorarlos, muchas veces no somos conscientes del valor de nuestros paisanos hasta que no sale su nombre en un libro o en una serie norteamericana, hasta que no nos lo dicen los demás.

 

Leyendo a Faulkner.

 

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Es complicado. Lo reconozco. Y que la mayoría de grandes autores lo presenten como una de las mejores y más influyentes plumas de la literatura del s.XX me deja en una situación compleja.

Tengo ante mi un grueso volumen antiguo sacado de la biblioteca en el que se han recopilado cuatro de sus libros; “La paga de los soldados” “Mosquitos” “El villorrio” y “¡Desciende, Moisés!”. En total casi mil páginas de Faulkner que seguramente no serán ni las más afamadas ni las más ideales para comenzar a conocer al autor.

Quizá por mi manía de comenzar siempre la casa por el tejado mi primer libro de este autor fue uno tan aclamado como difícil, “El ruido y la furia” y sí, reconozco haberlo dejado aparcado para más adelante sin que esto me suponga ningún resquemor. Estaba avisada. Gente mucho más lectora y mucho más literaria que yo me había puesto sobre aviso y sabía que rendirme en un punto concreto de la lectura no iba a ser sinónimo de cobardía ni de falta de interés siempre y cuando prometiera volver a él en un plazo razonable de tiempo. Ya sabéis, a veces los libros nos eligen a nosotros y no al revés.

Ahora comienzo este libro y apenas llevo tres capítulos, pero me echa hacia atrás. La primera novela que me encuentro en este volumen de “Obras completas” (incompleto en la biblioteca) es “La paga de los soldados” y no es que no me atraiga e estilo y la narrativa de Faulkner, sobre todo porque soy consciente de lo mucho que hay que aprender, pero la primera impresión, tres soldados borrachos en un tren, en esa atmósfera decadente de final de guerra, esos diálogos constantes con frases que cualquier editor nos recortaría a los demás, y sobre todo el carácter que deja vislumbrar tras las palabras, me repelen.

Busco por internet más información del autor, quiero ver opiniones, reseñas y encontrar los motivos por los cuales Faulkner es una lectura absolutamente necesaria para mí.

Para Ana María Matute es el mejor escritor que ha sabido imbricar una atmósfera especial con los odios y amores familiares, sentimientos anudados cuyo influjo contamina todo a su alrededor. “Describe como nadie el lado oscuro del ser humano, lo turbio e inquietante que puede haber en él”, arrostrado con un lenguaje “inconfundible por su fuerza y con un torrente que parece que no se acaba nunca”.

Para Marcos Giralt “su pasado o el grupo social al que pertenecen dictan su futuro, pero, como la mayoría ni siquiera es conscientes de ello, la aparente pasividad con que lo aceptan no es elegida, sino apenas una huida hacia adelante (una huida solo de vida) que resulta especialmente fértil a la hora de poner en un primer plano las aristas de la condición humana”. De los personajes Giralt dice: “Su pasado o el grupo social al que pertenecen dictan su futuro, pero, como la mayoría ni siquiera es conscientes de ello, la aparente pasividad con que lo aceptan no es elegida, sino apenas una huida hacia adelante (una huida solo de vida) que resulta especialmente fértil a la hora de poner en un primer plano las aristas de la condición humana”.

Para Javier Marías la fuerza extraordinaria de Faulkner está en su estilo. Un estilo que lo emparenta con Proust,  una de sus influencias, y con Henry James. Lo que lo distingue de ambos “son sus párrafos largos, como si surgiera a borbotones hasta el punto de que es menos respetuoso con la sintaxis que ellos; como si a veces dijera: ‘la sintaxis no me importa’.

Párrafos largos, algo de lo que yo estoy intentando huir en mi narrativa.

Pero hay que aprender, leer, investigar, explorar por tanto voy a segur adelante con ello, no sé si como obligación o como parte del aprendizaje. Sobre todo para descubrir esa maravilla narrativa de la que todos hablan y que tanto aprecian. Porque no puedo sentarme a leer sólo lo que me resulta cómodo o fácil, lo que me gusta ya de antemano.

Y quizá esa sea la mejor  de las lecciones.

He dado unos detalles de lo que me han echado atrás en los primeros capítulos y son esas sensaciones precisamente las que me  empujan a seguir. Si en solo unas páginas ya me ha incomodado, ya me ha asfixiado, me han puesto nerviosa esos personajes borrachos armando gresca en un vagón, si ya los he encontrado decadentes, sucumbiendo a su propio destino de soldados tras una guerra a los que nadie les agradece el favor, si ya he detectado sus miserias, su carácter y su pensamiento de superioridad/inferioridad con respecto a sus conciudadanos y compañeros de trayecto, si ya me ha logrado poner esas imágenes y esa especie de antipatía que ellos perciben y que los demás muestran…. eso es porque sin duda es un grandísimo escritor.

Así que aquí estoy, leyendo a Faulkner… tragándome esos caracteres y conversaciones extrañas en un tren porque percibo que esa es la lección a aprender como escritora y como lectora. Quizá también como persona.

 

 

 

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El estadounidense William Faulkner (1897-1962) es uno de los autores capitales de la literatura del siglo XX. Fue mucho más valorado como novelista en Francia antes que en su propio país, fascinación europea que le facilitó la obtención del Premio Nobel de literatura en 1949. Intentó combatir sin éxito en la Primera Guerra Mundial y buscó establecerse como poeta (su primer libro, El fauno de mármol, es de versos), pero pronto se vería absorbido por una febril actividad como novelista. Nativo de Mississippi, la monumental obra de Faulkner suele ser tildada de regionalista, aunque de ser así se trata de un regionalismo signado por la técnica modernista de James Joyce. Escritor sureño, su literatura está marcada por el tránsito de esa sociedad arcaica a una moderna y por temas como las distinciones de clase y raza, el mundo rural, el retraso económico y la violencia. Para dar forma a su mundo literario inventó un condado imaginario, Yoknapatawpha, que algunos consideran antecedente de Comala y Macondo.