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Capítulo eliminado de “La memoria de las palabras”. Lugares comunes de Castellón

 

 

nina peña - calle - castellon
La foto es mía, hecha el día de Sant Jordi, en un receso del día del libro en Argot durante el cual volví, como la protagonista, a la calle donde siempre viví, la Calle Virgen del Lidón en Castellón.

 

Corregir es a veces una carga que pesa más sobre el alma que sobre la propia narración. Eliminar lo superfluo, lo que resta dinamismo a la lectura, los capítulos que pueden lastrar el libro, hacerlo pesado, aquello que en realidad no afecta a la narración a la acción o a los personajes, es una ardua labor.

He tenido que eliminar un capítulo entero de mi próximo libro en el que la protagonista hace un recorrido por la ciudad, reconociéndola y recordándola. Buscando los vestigios de un pasado remoto.

Como me resisto a dejarlo morir os lo dejo en mi apartado de “Galeradas”.

 

He necesitado salir de allí para respirar aire puro, para dejar que la memoria de los años, condensada en aquella casa donde están velando a un muerto insepulto y donde se escuchan palabras que yo no quiero oír, salga de mi mente aunque sea por un instante.
Necesito soledad.
Por momentos preferiría no pensar en nada de todo lo que está ocurriendo estos días y por otro lado no puedo evitar querer pensar en todo. Más aún en lo que no he podido hasta ahora. Aquello que estoy empezando a ver y entender ahora que he dejado el rencor y la rebeldía atrás, ahora que ya no me siento en deuda con nadie, que me he reconciliado con el pasado del que un día renegué y del que no he dejado de huir durante todo este tiempo, recorriendo lugares en los que no quise estar, con personas que no me importaron y haciendo cosas que no quise hacer solo para ser quien en realidad no era.
La carga de mi sangre, aquello que llevo marcado en mi ADN y que no he podido cambiar por más que lo he intentado, ha vuelto a mí y ya es un hecho irrevocable.
Giro por la calle que recorrí tantas veces de niña, el cruce angosto de dos calles que da a la plaza Rey don Jaime y a una olivera centenaria enclavada en medio de una isleta por dónde antes solo había un trozo de tierra abrupta y que ahora es una especie de rotonda, una revuelta de la larga plaza en donde no se puede apenas circular.
En la esquina donde estaba la tienda del señor Pepe hay ahora una gestoría e inmobiliaria, el Traveling sigue en la misma esquina tras tantísimos años y los bares cercanos, donde de una forma u otra siempre había parroquianos acodados en barras infames y oscuras, son ahora modernas cafeterías, como el bar Urbano en la esquina de la plaza Clavé que tiene forma de autobús inglés de dos pisos y que no se parece en nada a la oscura taberna de treinta años atrás donde se vendían caliqueños, se fumaba en el interior y se servían sol y sombra a los obreros y recolectores de naranjas que vivían en aquel entonces por esa zona, la más labradora y de las más antiguas de Castellón.
Las tiendas de ultramarinos han desaparecido, algunas de las boutiques de ropa que yo conocí de niña se han transformado y las franquicias van ocupando poco a poco el terreno al igual que ocurre en todos los centros de todas las ciudades del país.
— Cualquier día nos ponen un Starbucks – me decía mi sobrina ayer mismo.
Camino por la avenida sin tener un lugar fijo al que ir. Sin prisa. Recordando lugares por donde hace tanto que no paso, que ya casi los he borrado de mi memoria.
Camino por delante de la heladería de Ricardo donde comprábamos jarritas de horchata siempre recién traída de Alboraya, por la papelería de Plácido Gómez que ahora es una librería que da a dos calles pero cuyo aroma, ya desde la puerta, me transporta en el tiempo y me recuerda épocas de colegio, a aquel primer diario con llave que me regalaron en un cumpleaños junto a un estuche de dos pisos con cremalleras y tela vaquera que perdí el primer día, olvidado junto a un columpio porque se me hacía tarde para entrar en clase.
El edificio de Correos sigue exactamente igual que en mi memoria, pero la plaza Tetuán, que sigue situada a sus espaldas, tampoco es la misma. Han quitado el templete del centro y su cafetería donde se hacían unos bocadillos legendarios de calamares, pero sigue estando lleno de sillas y de mesas, solo que estas pertenecen a los gastrobares y cafés que están situados en las casas de enfrente, viviendas antiguas de dos plantas, reformadas para un nuevo uso, alejadas de la utilidad para la que fueron construidas casi cien años atrás.
Paso fijándome en los detalles, en los cambios, en las mejoras y en aquello que no sé si puede llamarse así pero que en todo caso está cambiado.
.Al asomarme a la plaza Huerto Sogueros que se abre en un lateral, veo a lo lejos una escultura multicolor de Ripollés y el correr del agua entre objetos pequeños que la rodean, pero ni siquiera me acerco para verla bien, los colores ya de por sí me repelen y la forma no me resulta atractiva, al contrario de la que hay en la carretera de Almazora, cuyos colores y forma, tres manos unidas, me dio, al verla, sensación de hermandad.
Los salones y el edificio del Círculo Mercantil me siguen pareciendo tan señoriales como me parecían entonces, aunque ya con el sabor de los edificios antiguos que guardan la reminiscencia de otras épocas de mayor esplendor.
La cafetería Monterey ya no existe tal como la recordaba y en la calle San Vicente, en la esquina, sigue la misma agencia de viajes cuyos pósters en el escaparate me hacían soñar con los lugares que luego he visitado. La pastelería que había entonces ha cerrado y el kiosco de prensa es ahora una tienda de ropa.
Una librería me llama la atención porque no recuerdo que hubiera ninguna en esa calle. Cuando entro en Argot noto el aroma de libros y café que he encontrado en lugares similares, pero que no esperaba encontrar en Castellón. Sus dos plantas llenas de libros me encandilan, como siempre me ha pasado en todas las librería, y tengo que hacer un esfuerzo para no comenzar a comprar compulsivamente, como también me ha ocurrido siempre.
Hay un Castellón nuevo que yo no recuerdo, que se ha ido formando en todos los años que he estado fuera y al que le he dado la espalda en una huida hacia adelante que ahora me ha vuelto a traer aquí.
Quiero encontrar la librería de Salvador, el local donde me dijeron que estaba. De repente quiero volver a aquella época de la que he huido un instante antes al salir de casa.
Desando mis pasos y vuelvo a salir por la avenida Rey don Jaime y esta vez tuerzo hacia la izquierda para adentrarme en pleno centro, saltando por entre el carril pintado de rojo del tranvía, y las zonas peatonales. Poniendo atención a las perfumerías que ya no están, a las tiendas que son muy distintas a las de entonces. Sigue en el mismo sitio la ya clásica tienda de arte Comas Aldea, donde una vez compré una gigantesca carpeta negra para proyectos de diseño que nunca realicé y que sigue teniendo ese aire artístico en el escaparate, con pinturas, lienzos y todo aquello necesario para de dar rienda suelta a un talento que los años me han demostrado que yo no poseo pero que siempre envidié en los demás.
La librería de Salvador tuvo que estar por aquí, en el centro, pero no logro saber qué local o qué casa es. Paso por delante de lo que fue la librería de Armengot, donde cada septiembre comprábamos nuestros libros de texto y cuyo olor a papel, tinta y libros sigo teniendo pegado a la nariz como si no hubieran pasado los años. Armengot, sus libros y el aroma de aquella vuelta al cole, eran una promesa. Vuelve la imagen de las cartillas escolares de Palau, de los cuadernillos Rubio y de aquel ejemplar de lenguaje, Senda y la sensación intima de sentirme maravillada al descubrir sus poemas y sus lecturas; salvo que ya no es una librería sino una tienda de ropa de la que sale una cortina de aire frío y el ruido de una música machacona y electrónica.
Cruzo más calles y el recuerdo me golpea de nuevo con los sabores, el de las rosquilletas legendarias de aquella mujer que todos llamábamos “la mustia” y el de los helados de vainilla que vendían en la puerta de Simago ; los recuerdos de sabores de entonces son tan dolorosos como los mismos recuerdos en sí.
Hay lugares que he perdido para siempre, que solo viven ya en mi memoria y a los que me es imposible regresar. Sé que si quiero recuperar la ciudad voy a tener que caminar mucho, recorrer lugares que han permanecido intactos en mi recuerdo y que el paso del tiempo ha transformado hasta no ser los mismos, e incluso puede que algunos ni siquiera los reconozca o existan. No somos las mismas, ni la ciudad ni yo. Ambas estamos hechas de un material invisible que se va despedazando con el paso del tiempo, con el correr de los años, y que se transforma en melancolía por aquello que hemos perdido sin saber que lo tuviéramos, sin darnos cuenta de cómo ni dónde lo dejamos atrás. Estamos hechas de un material que se va desmenuzando con los vientos y las lluvias y los soles de todos los inviernos y veranos, deshaciéndose en recuerdos. Convirtiéndose en pasado a medida que avanzamos hacia un futuro que no podemos ver o imaginar. Transformándose en nostalgias que no podemos permitirnos el lujo de sentir porque el vivir nos empuja en direcciones imprevistas y nuevas a las que tenemos que ir acostumbrándonos.
Nos quedan los sabores y los olores de entonces. La atmosfera en que nos movimos. Los gestos que hicieron quienes nos han ido habitando, cientos y miles de personas o la persona que fui, en la que me he ido convirtiendo, la que seré cuando todo esto termine y la que algún día se borrará del todo, diluida por el olvido y por la tierra que me tape. Nos queda el mar en la lejanía, el aroma de salitre, la luz del Mediterráneo. El viento de tramontana que trae el olor de la montaña y de los campos. El aroma de azahar que se repite en cada noche de Magdalena y se mezcla con el de la pólvora de los castillos de fuegos artificiales, los latidos de corazones que suenan al ritmo de las mascletás de cada medio día de fiestas, y las costumbres que llevamos tan metidas en la sangre que aunque viviéramos mil vidas en mil países distintos, seguirían siendo parte de nosotros como el material genético que hemos ido heredando. He tenido que irme y volver para descubrir quién soy, y aunque mi paso por aquí sea de tan solo unos días, me reconozco en los lugares de los que quise tomar distancia y que ahora, con la edad, estoy comenzando a añorar y sentir como míos por primera vez en mi vida.
Me siento en una terraza y pido un café con hielo para tardar un poco más en volver, para retrasar todo lo posible el reencuentro con familiares a los que ya no conozco. Sigo siendo la rara de la familia, la extraña y taciturna, la que más se parece a mi padre, según me decía mi abuela que quizás imaginaba quién fue. Con ese aire entristecido y raro que llevo en los ojos marrones, inéditos en toda mi familia salvo en mí. Como mi actitud o mi silencio. Mi forma de ver las cosas, tan distinta a la de los demás que me llevó a desertar de mí misma y de ellos para, al cabo de treinta años, darme cuenta de que han estado conmigo todo este tiempo. De que nunca se han ido y de que no ha habido ni un solo día de mi existencia en que no haya pensado qué hubieran hecho ellas si hubieran tenido las oportunidades que a mí me dieron.

 

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