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Notas de cello y azahar

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No había vuelto a esa casa en más de diez años.

Allí, donde comenzó y acabó todo, donde los recuerdos se agolpaban en cada rincón, en cada sombra, en cada palmo de la tierra que la bordeaba, en cada árbol o acequia, en cada piedra.

Amaba más ese rincón olvidado de lo que creía recordar, pero solo ahora, al volver, se daba cuenta.

Había algo de primigenio en todo aquello, algo que corría por sus venas y que formaba parte de su cuerpo tanto como de su memoria más antigua o de sus anhelos más recientes. Todo aquello que le volvía a la cabeza junto con aquello que soñaba poder realizar, tenían en común aquella casa enclavada en lo alto de aquel montículo, donde cada noche se posaba elegantemente la luna rodeada de olivos y naranjos, donde la envolvía una bruma extraña que salía del rio en las noches de invierno y que removía funestos presagios que se disipaban siempre a la mañana siguiente cuando veía el relente sobre la hierba adornándolo todo con un mano brillante y húmedo.

Los naranjos de hojas anchas tenían gotas de rocío que nunca llegaban a caer y los tallos de hierbas, de malas hierbas, las mantenían orgullosas en su cima más alta como en un intento de mostrar cuán fuertes eran a pesar de su frágil y fina apariencia. Un manto de escarcha cubría y brillaba en la tierra, envuelta en quietud y verde por entre las oscuras piedras y la tierra seca y pedregosa.

Había costado años desbrozar y sacar las piedras de aquel lugar para poder plantar los huertos que ella había contemplado desde su niñez y que iban decayendo poco a poco. Muchas manos fuertes, callosas y ásperas del árido trabajo en la tierra, habían sacado piedras de varias hectáreas hasta hacer de aquel lugar una finca cultivable, y esas mismas manos, las habían acumulado en los lindes formando los muros de piedra que podía contemplar desde su ventana y que bordeaban la fachada principal.

Era imposible volver y no recordar.

El olvido de todo aquello que amamos es siempre imposible, aunque su recuerdo duela, aunque nos vuelvan a sangrar las heridas, aunque sintamos de nuevo aquella punzada de dolor atenuada por el paso del tiempo. Sigue ahí, doliendo en algún territorio ilocalizable de la memoria, de las costumbres adquiridas, de la semejanza de los cuerpos o de los actos de aquel entonces. Sigue ahí acechando en algún lugar remoto, saliendo a traición entre los sueños, entre los pensamientos y todo aquello que creemos haber dejado atrás.

A veces no hacía falta ni siquiera volver para recordar. Un aroma, una canción, una imagen, una palabra eran suficientes.

Pero había vuelto.

Podía contemplar aquel fabuloso terreno desde la ventana de su habitación, sentir la melancolía de todo un tiempo pasado, el peso de la responsabilidad en los hombros y en la conciencia al igual que sentía el frescor de la noche o la humedad de la mañana, al igual que volvía a sentir entre sus dedos las paredes que iba rozando o las plantas que iba acariciando, igual que sentía el sol de todos los veranos quemándole la piel, igual que sentía el aroma de azahar al caer la noche o que escuchaba la inmensa tristeza del cello en el salón donde nunca entraba por qué él lo había ocupado por entero desde su llegada y convertido en el santuario de dónde saldría una nueva composición, quién sabe si su obra maestra.

No sabía por qué, pero podía visualizarlo en ese mismo momento, no con el esmoquin de sus conciertos si no descalza, con unos simples vaqueros y una camisa, con el flequillo cayéndole sobre los ojos y moviéndose al compas de esa música que ya taladraba su corazón con cada arrastrar de notas.

La imagen de él que guardaba en secreto no era la del escenario o la de sus conciertos sino una imagen bucólica creada en su mente en dónde lo imaginaba como en una decadente novela romántica de esas que se leían en su juventud, con portadas de varones ejemplares y de mujeres de hombros descubiertos, con títulos pasionales que entonces le parecían el colmo del romanticismo y que ahora recuerda con cierto grado de vergüenza.

Y esa imagen figurada no encajaba con la del hombre que arranca aquellas notas de las cuerdas a altas horas de la noche porque él es, a todas luces, un hombre como tantos, aunque poseía una magia y una expresión de tormento o de éxtasis en según qué piezas, en según qué momento de su actuación, en qué registros, que lo convertía en alguien extraordinario.

Aún puede notar el impacto del primer instante en que lo vio, el golpe de su corazón, la forma en que se hizo el silencio alrededor suyo porque iba a comenzar el concierto y que fue atronador para ella porque lo señaló como el eje de algo que todavía no sabía que iba a suceder.

Esa luz enfocada en él, la expectación del público, las miradas de admiración, el sigilo respetuoso de quién está esperando y que encumbra lo esperado, esa forma en que todo dentro de aquel teatro se alió para que lo viera poderoso, solitario, inalcanzable y engrandecido por un arte casi desconocido para ella, tan sublime, tan sensitivo, tan novelesco y pasional que parecía un sueño.

Pero no lo era, y estaba allí, en la casa donde ella nunca creyó que iba a volver y adónde no habría vuelto de no ser porque él necesitaba apartarse del mundo y la necesitaba a ella para inspirar sus composiciones; ella, la musa y la mujer que le llevaba a la creación.

Ambos estaban presos de una similar adoración; él por la música, ella por él.

Le sonrió cuando lo vio mirándola en el quicio de la puerta, sintiendo las vibraciones de notas musicales a su alrededor como un aleteo de mariposas.

– Ven, vamos a crear una nueva sinfonía.

 

 

Hannah Banasiak: la poeta que vino del frío

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Si algo tiene de especial Hannah, y que a mí personalmente me ha llamado la atención, es que escribe en castellano sin que éste sea su idioma materno ya que es una bella mezcla de sangre polaca y galesa.

Hannah es la poeta que vino del frío.

Conocí a Hannh por casualidad en las redes sociales hablando, como muchas veces, sobre nuestro actor favorito (no todo son libros y novelas, queridos amigos) y tras una charla resultó que ambas teníamos en común no solo esa admiración concreta, sino también un gran amor por las letras.

Hannah estaba a tan solo unos días de venir a España de vacaciones. Toda una ruta por Toledo, Madrid, Barcelona, Sevilla… en la que buscaba algo más que una simple forma de hacer turismo. Buscaba encontrar la esencia de aquello que desde, creo que muchos años atrás quizá desde su niñez, le había atraído y le había llevado a aprender y escribir nuestro idioma.

Hannah es licenciada en letras polacas por la universidad de Lódz y en letras inglesas por la academia de las ciencias de la misma universidad.

Actualmente es empresaria, traductora y profesora de inglés y español.

Su currículo literario es realmente fascinante e impresionante.

Ha colaborado y colabora como poeta en distintas revistas literarias como Los escribas de México, Pluma y tintero de Madrid, La jiribilla, Palabras diversas y Revista Urraka.

Ha participado en antologías poéticas de diversa índole, como por ejemplo en dos volúmenes de Antología Palestina, Un paso entre versos, Poesía, cuentos y vos, Desde todo el silencio, Mujeres entre la historia y la antología Slady na droze de Polonia.

Ha realizado y publicado varios ensayos sobre uno de sus autores favoritos, Bruno Schulz.

Y además ha obtenido menciones especiales en el concurso literario Premio camaleón de Polonia, mención de honor en el XLI concurso internacional de poesía y narrativa El poder de la palabra en Argentina, y una mención especial en el concurso internacional del Latin Heritage Foundation de Estados Unidos, con los que ha colaborado también en su antología Una isla en una isla.

Impone. Leer todo esto impone y mucho.

He podido leer sus poemas y he tenido que elegir tres para que sean una excelsa representación de sus letras en este blog… y me ha costado.

Sus poemas tienen una fuerza interior que atrae, no son poemas al uso, sino que denotan profundidad y conocimiento.

En ellos, la poeta, destila preocupación por el hombre como ser y en su desarrollo o relación con el medio en que se desenvuelve tratando temas como la religión, la existencia con todas sus dudas, las normas sociales, la situación de la mujer…

Incluso en los poemas que tocan el tema amoroso, Hannah no usa el lenguaje común de muchos poetas sino que utiliza el simbolismo que muy pocos poseen y que los caracteriza como poetas de calidad y de profundo calado, con metáforas que denotan madurez y una riqueza de vocabulario marcada por vocablos utilizados en Hispanoamérica.

Hannah me ha impresionado notablemente. Podría ser una poeta más y no lo es. Hay algo en ella que la hace diferente y que le da una personalidad distinta.

Y todo eso teniendo en cuenta que es completamente autodidacta en literatura y en castellano. Ni siquiera ha ido a una academia de español tal como nosotros podemos ir  a una para aprender a hablar inglés…

¿Os atreveríais escribir un poema en inglés? Pensadlo.

 

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Muerte en el campo

No necesito mucho tiempo
para dejar de existir
en el campo de la vida,
mientras todas las cámaras de gas están ocupadas,
me bastas tú
quién no existes y por eso me siempre puedes matar.
Cuando la conciencia duerme
Los demonios despiertan la verdad.

 

Coconicatl

 El amor en nahuatl suena más salvaje y mítico
que en  nuestros catos del pasado.
Nunca te he podido enseñar a confesarme tu amor.
Pero no te preocupes tanto.
Yo tampoco solía hacer el papel de la más apasionada del mundo.
Prefería hacerlo bailando bulerías en tu dormitorio con vistas al mar.
A las palabras les encanta volar
En el espacio entre nosotros-
-amantes del silencio.

 

Justificación de un loco

 No sentía remordimientos.
Su cara fue a poniéndose azul.
¿Y yo?
No sentí completamente nada.
Ni remordimiento.
Ni vergüenza.
Ni nada.
En los libros sobre los asesinos
escriben mucho sobre la satisfacción sexual,
traumas de infancia
bla bla bla…
Mucha gente sueña con entrar,
incluso para unos minutos,
en la mente de un loco
para ver cómo es estar completamente loco.
¿Cómo es?
¿De verdad lo queréis saber?
Yo nunca he sentido remordimientos.
Ni placer.
Ni nada.
Como si fuera un maniquí
conducido por las manos de Dios
que quizá ni siquiera existe.
Como si viviera en el mundo sin Dios
o procediera de la tribu  que lo mató.
Eso es estar loco.
Loco por y para nada.

 

 Si hubiera nacido…

Si hubiera nacido algunos años más tarde,
probablemente
habría nacido gorda, tonta y débil.
Para que tú seas a mi lado,
mi madre tuvo que darme a luz un día de marzo
y cerrar los ojos después de ver mi cara.
Si mi abuelo no hubiera sido prisionero
y mi abuela se hubiera escondido de un techo en Varsovia,
no se habrían conocido en busca de la normalidad.
Para que tú puedas conocer mi vista,
un millón de gente tuvo que sacrificarse
y algunos no resistieron  la prueba del tiempo  que sigue corrigendo.

 Tengo miedo…

Tengo miedo a las palabras sumergidas en las voces
que resuenan en el aire.
Sé que,
al menos una vez en toda mi vida,
tengo que ser sincera contigo y confesar todas mis mentiras.
Después,
cuando ya soy inocente y lista a lo futuro,
otra vez
puedo crearme de nuevo
mintiendo a todos.
 

Muñoz Molina. Time on our hands

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Apenas llegué a casa con el libro, lo primero que hice fue cumplir con todos los rituales que previamente ya había realizado en la librería y que suelo repetir en casa casi como en una ceremonia íntima.

Sopesé el gran volumen entre mis manos, lo abrí y aspiré ese aroma a nuevo, a tinta y pegamento de las ediciones recién estrenadas enterrando mi nariz entre sus páginas, volví a contemplar la portada en la que un hombre sin rostro, con un cigarrillo en la mano y frente a un coche antiguo, me comenzaba a hablar. Abrí la última página tan sólo por ver su número de páginas, 958, y regocijarme en la promesa que siempre es para mí un libro de semejante grosor. Promesas de tardes de lectura y paz. La letra pequeña y la delgadez del papel eran dos características más que me afirmaban en la creencia de que ése podía ser un buen libro.

Bueno, y que su autor fuera Antonio Muñoz Molina, era de por sí la mayor garantía.

Muñoz Molina entró en mi vida hace muchísimos años en una colección del libros formados por Premios Planeta donde descubrí “El jinete polaco” Posteriormente, seguí leyendo sus obras y siempre le tengo presente en el momento en que necesito “resetear” mi cerebro. He seguido releyendo éstas dos novelas suyas con los años, puesto que yo soy de ese extraño grupo de lectores que necesita cada cierto tiempo volver a leer un libro concreto aunque lo haya hecho muchísimas veces con anterioridad.

Todas las características del autor que me gustaron en “El jinete polaco” se vieron acrecentadas con la lectura de “La noche de los tiempos” hasta el punto de que para mí es ya un libro imprescindible en la historia de la literatura en castellano.

Con “La noche de los tiempos” me ocurrió algo, como anécdota personal, que nunca me había ocurrido antes y que nunca me ha vuelto a ocurrir después; Tal como terminé de leerlo por primera vez, en el mismo instante en que llegué al final y cerré su tapa, suspiré, acaricié su lomo blanco y suave, le fui dando la vuelta para contemplar su portada y mientras el hombre sin rostro me miraba a los ojos, volví a abrirlo y volví a comenzar.

Su lectura es densa, plena, la profundidad de la historia y la de los personajes hace que te sumerjas completamente en un argumento fluido pero a la vez lleno, tal vez por el momento histórico que narra y que es uno de los más importantes de nuestra historia moderna. En la narración, el personaje principal, Ignacio Abel, contempla la historia casi queriendo salir de ella, desde dentro pero sin tomar parte del todo, con unas claras inclinaciones políticas que no le impiden ver, sin embargo, los grandes errores o las conductas impropias de la filosofía que, en su base más primordial, siente como suya. Una especie de conflicto entre clases sociales tiene lugar en él casi de forma continua y al final del libro, no sale ni vencedor ni vencido, sino que pudiendo ver todo desde la perspectiva de, unas veces asombrado otras veces critico espectador, toma la decisión de mantenerse al margen para simplemente narrar los hechos.

Una característica de este personaje es que, pese a su inmovilismo social, familiar y político, pese a ser un hombre que a veces parece ser parte del público en su propia vida y que muestra claras señales de cobardía, no logra que el lector sienta ningún tipo de animadversión hacia él quizá porque desde un principio Muñoz Molina nos da una detallada descripción de su introspección y su desaliento mientras el personaje ya es víctima de la inercia que ha causado su propio letargo.

Es un personaje con las debilidades y fortalezas, las aristas y los planos, con las luces y las sombras, que tiene que tener un gran personaje.

 

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Pero más allá de los personajes o de la historia que nos cuenta en este libro, que ya he dicho que es uno de mis favoritos, quisiera incidir en Muñoz Molina como narrador.

Hay elementos que descubrí en El jinete polaco que realmente me hacían palidecer como aspirante a autora, y que en este libro se ven acrecentados.

Muñoz Molina es, para mí, uno de los escritores con mayor vocabulario que he leído jamás, no sólo por la cantidad de palabras que uno pueda ir escribiendo o acumulando sino por la riqueza del idioma, por los matices, por los sabores, por las evocaciones que traen consigo. Una palabra y no otra, hace que, sin darnos cuenta, volemos al Madrid de hace 80 años que era el lugar y el momento exacto en que esa palabra, y no otra, podía ser utilizada.

La arquitectura de sus frases, la delicadeza de los conceptos, la ambientación de sus lugares en que hasta los edificios son válidos para provocar sensaciones, las frases justas y necesarias en los diálogos, la forma de sus descripciones que nunca llegan a describir pero que permiten visualizar nítidamente, la forma en que rescata del olvido términos casi en desuso que son los adecuados, la claridad y precisión con que describe a sus personajes hasta en lo más intimo sin llegar a formar un retrato sino más bien aunando la parte física que podemos ver al leer con la parte de carácter que él nos quiere mostrar y quiere que conozcamos.

Su narrativa es a veces un triunfo de la insinuación, de lo imaginario, de la inspiración.

Pero si hay algo que, desde la primera lectura hasta ahora, me ha fascinado, es la forma en que maneja los tiempos.

No el tempo de la narración, sino el tiempo puramente cronológico de la historia.

Muñoz Molina es el Einstein de la literatura porque en sus libros la paradoja del espacio tiempo queda plasmada y explicada con absoluta y meridiana claridad.

La forma en que en las dos novelas los personajes habitan en un mundo formado por pretéritos imperfectos, futuros posibles y presentes reales es verdaderamente un ejercicio de escritura imposible para muchos autores.

En la misma novela podemos viajar a distintas ciudades en distintos momentos y con distintas personas de una forma ordenadamente anárquica, sin tener en cuenta un hilo conductor exterior al pensamiento del protagonista que nos va narrando su vida y sus vivencias más por orden de importancia que por orden cronológico. No es de extrañar que ambas novelas comiencen entonces por el final y que el autor nos vaya desempolvando recuerdos del pasado mientras el personaje está en un presente que imagina y espera el futuro. En las manos del autor estos libros cobran una vida tridimensional donde todo se une para mostrarnos, como en una especie de efecto mariposa, que somos el resultado de nuestras propias acciones y decisiones, pero también de las acciones y decisiones de aquellos que nos precedieron.

Hace poco estuve en Madrid y buscaba incansablemente entre los edificios antiguos y tiendas de recuerdos o cafeterías el Madrid literario de Pérez Galdós que recorrió Judith Biely, y sin darme cuenta me encontré buscando el edificio de Van Doren, la plaza de Santa Ana, la casa de citas de Madame Mathilde…

Para mi Muñoz Molina ya es eso, parte de la historia literaria, pero también es la prueba de que, literariamente, el curso de una vida cabe en un sólo minuto porque el tiempo, siempre es relativo.

Aunque tengamos todo el tiempo en nuestras manos.

Time on our hands.

Créame.

 

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Podía adivinar que se acercaba uno de esos momentos literarios tal como podía adivinar que se acercaba tormenta. Por el olor del aire, por la electricidad del ambiente, por la humedad de sus huesos cada día un poco más sensibles y más frágiles, por la forma en que ella comenzaba a mirar a ningún lado mientras lo miraba todo.

Podía verla levantarse de la silla donde escribía e ir hacia algún impreciso lugar de la cocina sin hacer nada una vez dentro. Podía verla mirando de reojo la pantalla del ordenador en un vistazo rápido que duraba un segundo, como si de esa pantalla hubiera surgido una voz llamándola por su nombre o por algún otro nombre que él desconocía porque formaba parte del secreto de la creación. Podía ver las sutiles vibraciones de aquel cuerpecito desvencijado más que sentado en la silla, su piel de gallina en los antebrazos, sus pupilas dilatadas en una mirada perdida y ardorosa muy similar a la de sus orgasmos aunque se iba tornando concentrada e inteligente a medida que comenzaba a avanzar en la narración.

Podía sentirla volar. Irse sin hacer ruido. Dejar su cadáver sentado mientras su alma se comenzaba a elevar hasta lugares donde nunca podía seguirla y que le producían una sensación muy similar a los celos.

Quería abarcarla por completo en esos momentos en que la sabía más lejana que nunca, hacerla regresar y que le mirara, que le sonriera, que le preguntara algo tan simple como qué hora es o qué te apetece para cenar. Quería que su vida en común no tuviera esa desconexión momentánea en la que él no era nadie, no era nada. Si acaso un obstáculo que salvar.

Pero no la podía ni seguir ni parar, no podía retenerla ni entenderla por más que lo intentara.

Él, tan brusco en los gestos, tan poco dado a los sentimentalismos y a los detalles, tan rudo en los ademanes que no podía ni siquiera fingir un mínimo de delicadeza. Él, tan poco entendido en libros y tan poco intuitivo confundía siempre los momentos y las miradas, confundía los instantes y terminaba por levantarse y comenzar a hacer la cena con un gesto de penitencia por la poca comprensión y la mucha pasión que mostraba por ella en los instantes menos afortunados.

Un roce en su nuca de donde se escapaban unos rizos rebeldes cada vez que se ataba el lápiz en el pelo para poder tener los ojos despejados al escribir. Un tazón de café negro muy caliente humeando al lado de su block de notas, una tostada untada de soledad y silencio con un poco de mantequilla de sésamo. Una palabra que se queda en los labios a punto de vivir o morir para siempre. Una luz de flexo. Una luz de ordenador. Una luz de esperanza.

El roce de sus uñas cuadradas y limpias en las teclas. La caída del suéter sobre la desnudez de su hombro. La pierna recogida debajo de su trasero en una postura que podría ser molesta y que ella utiliza para releer lo que lleva horas escribiendo mientras sopla las volutas de humo del café.

Él, tan poco dado a la literatura o a la ternura pero que sufre un estremecimiento cuando la ve así, como la madre tierra entre el blanco y negro de las palabras que acaba de parir con esfuerzo y cierto dolor en su alma de mujer sensible que ve una parte del mundo que a él le está vedada por completo.

Puede adivinar cuando le llega la inspiración necesaria. Cuando las palabras se vuelven amigas o enemigas. Cuando un personaje la posee de la forma en que él querría poseerla, por completo, en cuerpo y alma, en esa parte intangible que siempre se le escapa de entre los dedos en el preciso instante en que cree estar rozando su materia.

Puede adivinar cuando va a dejar de escribir por el suspiro que exhala, por la forma en que la musicalidad de sus dedos sobre las teclas va perdiendo ritmo, por la forma en que se interrumpe para encender un cigarrillo cuando antes, al tomar el café, se le había pasado por alto hacerlo. Tan embebida de creación estaba que se le olvidó fumarse el cigarro tras el café, casi tan sagrado como el de por la mañana en el desayuno y o el de después del sexo, casi tan placentero como cualquiera de ambos.

Puede adivinar que la tarde será larga y estará llena de silencios para él mientras ella está en una comunicación continua. Puede verla levantar la vista para buscar una palabra que no logra recordar o para mirarle de soslayo si entra más de dos veces en el lugar donde ella exige soledad absoluta, para mirarle sin verle.

Puede adivinar que su trabajo ha sido fructífero por la sonrisa que le dedica cuando lo ve por primera vez de verdad, cuando ya ha bajado de su nube y toca el suelo para encontrárselo a él y sonreírle como si lo viera por primera vez en toda su vida, de la misma forma casi en que le sonrió el día que se conocieron.

Puede adivinar cuando va a destruir todo lo escrito por la forma de arrebatarle el trapo de cocina de las manos, de atarse el mandil en la cintura y expulsarlo de allí con una sensación de hostilidad que raya la paranoia. Y querría preguntarle qué tal, si de verdad ha ido tan mal como para que no le hable apenas, ella que trabaja y moldea palabras en sus dedos y que para él ha dejado de tenerlas. Pero no le pregunta nada porque sabe que es dueña de sus silencios al igual que es esclava de las palabras y él no es nada, ni dueño ni esclavo, ni palabra ni silencio,  ni luz ni sombra, ni  nada ni todo.

Puede adivinar muchas cosas mientras la mira apoyado en el quicio de una puerta que no se atreve a traspasar. Puede interpretar tanto sus silencios como sus imperceptibles gestos, sus parpadeos, su forma de erguirse en la silla o de llevarse la mano a la espalda para conjurar el dolor de la mala postura. Tan callado como una estatua, tan amenazante en su altura como un dolmen que nadie ha podido aún descifrar o leer, aparentemente impermeable a todo, supuestamente impenetrable y compacto, un ser sin resquicios que se rompe ante ella, sin ruidos ni dramas, que se rompe un poco cada día ante el milagro de la creación que ella tiene en sus manos y que no le pertenece.

Ojalá pudiera encontrar alguna de las palabras que a ella le sobran. Ojalá pudiera verter su alma en un papel o en una voz que dijera todo cuanto no se atreve a decir. Ojala encontrara la palabra adecuada para decir en su oído, para susurrarle en los sueños, para decirle en secreto cuando las demás voces han cesado y solo se oye el rumor acompasado de sus respiraciones.

Ojalá adivinara el fondo de su sonrisa cuando lo mira y camina hacia él, cuando le toma el rostro en las manos y rasca con sus delicadas uñas la veta de barba que cada día intenta dominar y que no puede, ojalá pudiera decirle la palabra que siempre le viene a la mente cuando mira el pozo oscuro de sus ojos oscurecerse aún más debajo de él, cuando roza la tibieza de su piel, cuando dice su nombre en voz alta y parece que solo por eso exista, cuando le da un lugar en el mundo al nombrarle, al tenerle, al amarle, al llevarle al interior de sí misma.

– Créame.