El arte de escribir: estructuras narrativas

luz - máquina de escribir - flexo - papel - escribir

Estructuras narrativas

Si vamos a utilizar la palabra y la escritura como una forma de comunicarnos con nosotros mismos, de conocernos o de tratar de manifestar públicamente aquello que queremos comunicar, debemos tener claro en qué formato vamos a desarrollar nuestra creatividad.

No tenemos porque escribr una novela para contar una historia. Tal vez nuestro interés no esté en la literatura en sí, sino en el acto de comunicación de esta y,  por tanto, escribir novela  puede no adaptarse a nuestras necesidades terapéuticas.

Dependiendo de nuestra intención, de nuestra necesidad o de nuestros gustos, que de por sí ya dicen algo de nosotros mismos, podemos escribir recurriendo a distintos géneros literarios.

A continuación os voy a resumir los conceptos y la forma más elemental de desarrollarlos.

 

Oraciones y mantras

Los mantras y las oraciones son palabras que emiten una serie de energías que, si son positivas como suele ser habitual, van elevando nuestra espiritualidad y nos permiten entrar en contacto con las fuerzas positivas que nos rodean.

Cuando escribimos u oramos debemos expresar amor, confianza, respeto y gratitud, sintiendo profundamente aquello que estamos diciendo, invocando ese positivismo.

Podemos construir nuestras propias oraciones sin tener que recurrir a las ya existentes y que pueden entrar de lleno en el campo de una religión concreta y que puede no ser el mensaje exacto que represente nuestro sentir en ese instante o que cubra nuestras necesidades espirituales.

Si vamos a escribir una oración, procuraremos que siempre sea en positivo, que tenga un carácter lo más genuino posible y que realmente nos represente en ese instante.

Vamos a huir de la culpa y del pecado, puesto que esos conceptos se alejan del amor universal, del perdón y de lo positivo, creándonos  ya de por sí, sentimientos negativos y complejos que, llevan demasiado tiempo asentados en la mente de la sociedad y por lo tanto en la nuestra, que muchas veces forman parte de ese inconsciente colectivo del que ya hemos hablado, y que en multitud de casos, son un lastre que no nos deja salir a la superficie, que ahoga nuestro yo más auténtico y personal, incluso quizá nuestra propia espiritualidad.

Hay que dirigirnos a una conciencia superior, sin ponerle un nombre concreto si no queremos ponérselo, o llamándolo como queramos, pero que sea una forma elevada de pensamiento.

No hay que pedir, y menos cosas materiales. Si solo oramos para pedir estamos de nuevo canalizando negatividad en forma de necesidades, insatisfacciones y ansiedad. Además, hay que tener confianza en el futuro y pensar que tal vez aquello que pedimos no sea en realidad lo que necesitemos. Siempre hay una causa para todo, aunque no lo podamos ver o entender en ese instante, pero las casualidades no existen.

Hay que agradecer en lugar de pedir. Hay que reconocer todo lo bueno que hay en nuestras vidas, agradecer la belleza, o efímero, lo sencillo, aquello que está siendo bueno para nosotros.

El mantra suele ser una sola palabra o un grupo de palabras que crean tonos musicales simples pero bien definidos y que crean fuerzas positivas para nuestra vida personal y nuestro desarrollo anímico.

Nos sirven para apaciguar nuestra alma y nuestra mente, para concentrarnos en la repetición de su sonido y dejar la mente clara.

La palabra mantra viene del sánscrito y significa mente (man) y protección (tra).

No es necesario conocer en profundidad todos los mantras para poder utilizarlos ni es necesario convertirse a ninguna religión para poder recibir sus beneficios ni es necesario ponerse en la postura del loto.

El ritmo sonoro funciona en el plano inconsciente anteponiéndose al plano consciente y produciendo esas vibraciones positivas que necesitamos.

Los mantras se pueden expresar de forma interior en el pensamiento o bien en voz alta y repetitiva. En ciertas culturas se utiliza el Mala o lo que se conoce como rosario budista que consta de de ciento ocho bolas y se repite ocho veces, y os cuento, a modo de anécdota, que el número ocho está relacionado con las energías positivas que se concentran para la resolución de problemas y la consecución del éxito tanto material como espiritual.

Como veis, nada es casualidad, todo tiene un porqué.

AOM- Sonido originario a partir del cual se creó el universo. Simboliza la unión de todos los sonidos y es quizá el mantra más conocido.

OH AH HUM – Purifica la atmósfera antes de comenzar la meditación.

OH MANI PADME HUM – La joya del loto que me habita.

OH KLIM CRISTANAE NA MA HA – En el nombre de todo, que mi presencia crística venga a mí.

Estas composiciones son sin duda las más espirituales que podemos escribir, pero quizá nos inclinemos por algo más prosaico.

 

Relatos y microrrelatos

Son textos cortos y en algunos casos, muy cortos.

El microrrelato más famoso está compuesto por una sola frase y pertenece al escritor guatemalteco Augusto Monterroso: “Y cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.”

Quizá es uno de los textos más estudiados, más citados y a la vez más parodiados de la historia de la literatura, pero es que tiene todos los ingredientes necesarios que componen el microrrelato perfecto.

El relato, aún siendo corto, tiene mayor extensión, pero aún así, no estamos hablando de muchas más de mil palabras mientras que el microrrelato oscilará entre las cien.

A continuación voy a enumerar unas pocas reglas que valen para escribir estas composiciones teniendo en cuenta que el microrrelato necesita ser mucho más conciso y por lo tanto necesitamos ir más directamente a la acción.

En ambos textos vamos a tener que comenzar la narración sin preámbulos, yendo directamente al grano, a la acción de la historia, al nudo o a la trama sin pasar por presentaciones, adornos  ni introducciones de ningún tipo. No podemos perdernos en la retórica puesto que la extensión del texto nos lo impide.

Hay que tener una idea muy concreta de los hechos que queremos escribir. Si tenemos una idea muy general o si la acción debe ser explicada de forma pormenorizada vamos a perder frescura y nitidez. Más vale ir directos a la parte del tema que queremos transmitir y no a la idea general, sería como narrar la vivencia de un soldado durante un minuto de una gran batalla en medio de una gran guerra… lo dejaríamos todo excepto ese preciso minuto que es donde va a ocurrir la acción o que es lo que nos interesa contar.

Para escribir microrrelato hay que utilizar imágenes que sitúen al lector en medio del argumento a través de un espacio concreto de forma que inmediatamente ubique dónde está transcurriendo la acción.

Podemos comenzar el microrrelato cuando la acción y el tiempo ya han transcurrido y mostrar tan solo las consecuencias.

Jugar con los finales, dejar siempre una puerta abierta a la imaginación o al misterio y que se el lector el que lo continúe en su mente. Si decidimos dejar un final cerrado, es importante añadir un ingrediente de sorpresa, una conclusión inesperada, un giro insospechado de los acontecimientos.

El microrrelato perfecto, como el del dinosaurio, debe tener un significado oculto para remarcar que lo verdaderamente importante es la idea no su desarrollo puesto que el formato del texto nos impide desarrollar más. Debe quedar una idea sugerida, dejada como al descuido para que sea el lector quien la complete.

Debe haber pocos personajes, tres a lo sumo.

Tampoco podemos usar muchas mudas temporales ni espaciales puesto que no tenemos tiempo ni espacio para desarrollarlas.

Tenemos que procurar hacer mayor hincapié en lo que de verdad queremos contar, en aquello que queremos dejar como significativo en el relato.

Dada su brevedad, el relato no puede tener más de un narrador, con lo cual, hay que plasmar claramente la voz de la narración, guardar el mismo estilo y personalidad durante toda la descripción.

Simplificar. No relatar ni describir en exceso seguimos sin tener espacio ni tiempo para detenernos en los detalles concretos.

Más que contar debemos mostrar. No estamos escribiendo un resumen o una sinopsis por tanto debemos centrarnos en la inmediatez de un solo instante y de un hecho concreto, narrando la historia a través de su acción.

Hay que aprovechar cada palabra, cada frase. Tenemos que aprende a tachar lo superfluo y lo que no aporta contenido de valor a la historia.

Podemos recurrir a la simbología o a los arquetipos para lanzar ideas de carácter general que todos puedan entender. Volviendo al ejemplo el dinosaurio, comprobad como cumple con todas estas características anteriormente citadas, incluso la de la simbología porque, ¿acaso habéis dudado de que quien estaba durmiendo era la humanidad y que el dinosaurio no es más que la sinrazón y la materialidad, ese monstruo que gobierna el mundo?

 

Cuentos y fábulas

Para escribir los cuentos y las fábulas vamos a seguir los mismos pasos que en el relato en el momento de sentarnos a redactarlo pero hay que tener en cuenta unas pocas variables.

Por ejemplo el cuento suele tener un argumento fantástico, en él caben personajes de todo tipo que no tienen que ser personas reales sino que pueden pertenecer al mundo de las tradiciones populares o de la mitología. Hay sirenas, enanos, gnomos, hadas, elfos…el ejemplo que me viene a la cabeza es sin duda “El Hobbit”, que comenzó siendo un cuento que Tolkien le contó a sus hijos y que desembocó al final no solo en un libro novelado sino posteriormente en “El señor de los anillos”, una de las mayores epopeyas literarias.

En la fábula además podemos personalizar animales y que estos adquieran propiedades tales como el habla, el pensamiento y raciocinio.

Hay que tener en cuenta que la argumentación del cuento y de la fábula ha de ser poco compleja y contener un número pequeño de personajes.

Sobre un personaje principal girará toda la acción del cuento que suele estar situada en un solo plano temporal.

Muchas fábulas terminan con una moraleja, una lección. Para poder aplicarla correctamente debemos preguntarnos, de nuevo, ¿qué es lo que de verdad queremos contar?

 

Ensayo

 Cuando hablamos de ensayo, a nuestra mente acuden los grandes filósofos, los grandes pensadores y las obras de divulgación científica, médica o matemática. Cierto.

Pero no es menos cierto que cualquier opinión bien desarrollada, razonada, y explicada es de por sí un ensayo.

El ensayo es un tipo de redacción en estilo libre y de no ficción con la que se expresan ideas, pensamientos, emociones, logros científicos, resoluciones…es complicado presentar un resumen concreto de tipos de ensayos; argumentativos, expositivos, científicos, y que pueden haber tantos como necesidades de plasmar ideas o ratificar opiniones sobre temas concretos, sin embargo, basta con decir que nosotros, si nos decidimos por este tipo de redacción, estaremos escribiendo un ensayo denominado narrativo pero que aún así debe seguir con las pautas de lo que se considera una buena exposición y debe contar con unas características concretas ya tratemos temas íntimos, pensamientos propios o experiencias así  como opiniones meramente frívolas y de actualidad.

Para ello vamos a buscar el tema apropiado, aquello sobre lo que de verdad queramos escribir, aquello que de verdad nos interesa contar. Puede ser el comentario de una noticia,  la reseña de un libro o una crítica a la última película que hemos visto.

La documentación es importantísima e imprescindible. Podemos acudir a bibliotecas, internet, páginas web especializadas, por supuesto libros… cualquier fuente de información veraz.

Tomar notas de todo aquello que nos parezca importante o significativo.

No ignorar nunca los datos, las posiciones encontradas y contrarias a la nuestra, los distintos puntos de vista y si puede ser, utilizarlos para reforzar nuestras ideas y nuestra exposición del tema.

Anotar las fuentes consultadas para poder guardar una bibliografía completa de todo lo que hayamos investigado sobre el tema.

Analizar bien los escritos, fijarse si suena convincente en las formas, en el uso del lenguaje, en la lógica, si el autor de lo que leemos respalda bien sus opiniones.

Haz una lista con las ideas y los conceptos que te interesa desarrollar.

Recapacita sobre el tema y sobre la forma en que quieres presentarlo y desarrollarlo. Debes estar en condiciones de defender tus ideas y conceptos.

Debes tener clara cuál va a ser tu posición y saber proponerla al lector, de forma que en la presentación o en la introducción, este ya sepa qué tema vas a desarrollar.

Plantéate tus pensamientos en forma de frases preliminares que den una idea de la argumentación. Puedes hacer un esquema de los puntos concretos a tocar y tener así un hilo conductor que ponga orden tanto en tu mente como en el ensayo. Lo ideal es que por cada frase de pensamiento tengas varios argumentos disponibles para desarrollar.

Evita generalizar o personalizar. Los dos extremos restan credibilidad. No puedes incluir a todo el mundo en un concepto como tampoco puedes hablar en primera persona.

Intenta que la voz de la narración sea afirmativa y coherente con los pensamientos. Decir “creo” o “yo pienso” da una imagen muy poco seria del estudio que has realizado. Hay que intentar afirmar nuestros pensamientos con frases concretas y afirmaciones serias y a poder ser documentadas. No es lo mismo decir, por ejemplo,  “Yo creo que Freud tiene ideas misóginas” que decir “Freud expresa ideas misóginas en su teoría sobre la histeria”.

Elige el tono de la narración. Si va a ser un ensayo informal, académico, coloquial, lirico… debe tener un estilo propio y una voz concreta que se ha de mantener a lo largo de toda la narración.

El ensayo narrativo, que es el que esteremos usando, ha de huir de las palabras académicas y de aquellos vocablos “rimbombantes”, utilizando siempre un tono natural y personal.

En nuestro ensayo, nuestro pensamiento y nuestras opiniones girarán en torno a experiencias, emociones y pensamientos propios y ajenos, a un incidente concreto o a una acción concreta.

Debemos incluir todos los elementos propios de una buena historia: introducción, contexto, trama, personajes, clímax y desenlace o conclusión.

Hay que tener cierto cuidado en la persona del texto. La escritura de los ensayos narrativos deben estar escritos desde el punto de vista del narrador pero  como hemos dicho antes, esto no debe hacer que en la exposición del tema hablemos de forma personalizada.

Hay que buscar un punto concreto sobre el cual queramos incidir. Estamos escribiendo una historia, es cierto, pero al hacerlo en forma de ensayo necesitamos llegar a un punto concreto, a una idea principal, y debemos cuidar que todos los elementos lleguen a ese punto concreto que nos interesa. Debemos preguntarnos: “¿Qué es lo que de verdad quiero contar?”

Siempre que puedas, utiliza palabras que despierten emociones, no dejes que el texto sea plano y sin alma

Escribe un titulo y una introducción que sean apetecibles, interesantes, que llamen la atención y animen a su lectura.

Cuando hay que concluir el ensayo se pueden sugerir reflexiones en sentidos más amplios, abiertos a nuevas ideas o corrientes de pensamiento. Deben ser los argumentos que hemos dado los que lleven al lector a una conclusión propia y lógica.

Cuando hayas terminado de escribir tu ensayo, o más bien creas que has terminado porque te aseguro que no es así, déjalo reposar. Dale tiempo de maceración. Tras unos días vuelve y relee todo aquello que has escrito. Entonces comienza la segunda parte y quizá la más ardua; la corrección. Debes pulir el texto, depurarlo, identificar los posibles fallos tanto en la argumentación como en la forma de exposición, debes cambiar lo que creas que no ha quedado bien pero al mismo tiempo ha de conservar la frescura y su carácter innato.

Por supuesto presta especial atención a la gramática, a la ortografía, la puntuación, el estilo de la escritura… Evita tanto como puedas los signos de interrogación y exclamación.

Quita las palabras que se repitan muchas veces o aquellas que suenen redundantes. Busca los significados concretos y para ello es imprescindible un diccionario de sinónimos. Por ponerte un ejemplo; no es lo mismo estar, simplemente triste, que es un concepto general, que estar deprimido, melancólico, desconsolado, amargado, desamparado, mohíno, pesimista, abatido, apático, pensativo, hundido en la miseria… el matiz es muy importante y tenemos un rico vocabulario para ser utilizado. Abusa de él.

Los mejores ensayos son aquellos fáciles de leer, claros, concisos y comprensibles.

Concéntrate en los verbos de las frases. Los verbos, en cualquier escrito, son los que llevan el peso de la narración y del ritmo.

Elimina todo aquello que sea superfluo, toda aquella información que suene excesiva o que no esté relacionada con el tema a tratar. Todo lo que escribas ha de servir para respaldar el pensamiento que estás exponiendo.

Léelo en voz alta. Esto puede ser divertido y además es válido para cualquier tipo de narración. Autores tan distintos como Charles Baudelaire o Gustav Flaubert, en poesía y novela, leían todo en voz alta frente a un espejo desechando así aquellos términos que les resultaban defectuosos al oído. De esa forma nosotros detectaremos y desecharemos también los posibles fallos, errores, la falta del ritmo adecuado, las palabras que no son las justas y necesarias… Todo en la narración debe ser fluido y comprensible.

Si algún párrafo o alguna parte de la escritura te resulta problemática o poco entendible, reescríbelo. Si tú que lo has escrito no lo entiendes imagina los demás.

El final es importantísimo. Si con el titulo y la introducción hemos logrado que nos lean, con el final debemos conseguir que nos recuerden. Hay que dejar buen sabor de boca.

 

Mientras tanto.

Nina peña - mientras tanto - pensamientos

Mientras tanto hay que seguir haciendo cosas.

Trabajo compaginado con escritura, esfuerzo mental y físico, estudiar para mi próximo proyecto mientras trabajo para pagar las facturas.

Y no olvidarnos de vivir.

¿Quién dijo que escribir era solo sentarse y comenzar? Meses de lectura, de ideas, de estudios, de soledad , de renuncias, de leer lo que otras personas han escrito para poder amueblarme bien la cabeza y poder decir luego todo lo que tenga que decir en el papel.

Momentos de impotencia se entremezclan con instantes de inspiración.

Personajes que se cruzan y que nunca se van a encontrar.

Hechos que parecen tan probables al consultarlos en la almohada se tornan inverosímiles al plasmarlos en papel.

Darte cuenta de que, como en la vida misma, algo tan pequeño puede cambiar para siempre el significado de las cosas. Sí,  estoy hablando de las comas.

Y tildes. Muchas tildes.

Acabo de publicar un libro y ya estoy corrigiendo el siguiente… es lo que tiene haber ido acumulando folios toda la vida sin saber si un día verían la luz. Ahora resulta que sí, y el trabajo se acumula.

Sin casi tiempo, a veces sin casi fuerzas… pero ¿Cómo dejar una aventura tan gratificante como escribir?

¿Cómo renunciar a esa poca locura que aún vive en mi y que es de las pocas locuras que me puedo permitir?

¿Qué haría con tanta imaginación si no escribiera?

¿Cómo diría todo cuánto quiero decir? ¿Todo cuánto quiero contar?

Dicen que los que escribimos vivimos varias vidas, la nuestra y las de nuestros personajes. ¿Apasionante verdad?

Mientras tanto las horas pasan, los días pasan y los sueños siguen siendo los mismos, aunque ya casi no sea la misma persona quién  los soñó.

Notas de cello y azahar

nina peña - cello - azahar - relato

No había vuelto a esa casa en más de diez años.

Allí, donde comenzó y acabó todo, donde los recuerdos se agolpaban en cada rincón, en cada sombra, en cada palmo de la tierra que la bordeaba, en cada árbol o acequia, en cada piedra.

Amaba más ese rincón olvidado de lo que creía recordar, pero solo ahora, al volver, se daba cuenta.

Había algo de primigenio en todo aquello, algo que corría por sus venas y que formaba parte de su cuerpo tanto como de su memoria más antigua o de sus anhelos más recientes. Todo aquello que le volvía a la cabeza junto con aquello que soñaba poder realizar, tenían en común aquella casa enclavada en lo alto de aquel montículo, donde cada noche se posaba elegantemente la luna rodeada de olivos y naranjos, donde la envolvía una bruma extraña que salía del rio en las noches de invierno y que removía funestos presagios que se disipaban siempre a la mañana siguiente cuando veía el relente sobre la hierba adornándolo todo con un mano brillante y húmedo.

Los naranjos de hojas anchas tenían gotas de rocío que nunca llegaban a caer y los tallos de hierbas, de malas hierbas, las mantenían orgullosas en su cima más alta como en un intento de mostrar cuán fuertes eran a pesar de su frágil y fina apariencia. Un manto de escarcha cubría y brillaba en la tierra, envuelta en quietud y verde por entre las oscuras piedras y la tierra seca y pedregosa.

Había costado años desbrozar y sacar las piedras de aquel lugar para poder plantar los huertos que ella había contemplado desde su niñez y que iban decayendo poco a poco. Muchas manos fuertes, callosas y ásperas del árido trabajo en la tierra, habían sacado piedras de varias hectáreas hasta hacer de aquel lugar una finca cultivable, y esas mismas manos, las habían acumulado en los lindes formando los muros de piedra que podía contemplar desde su ventana y que bordeaban la fachada principal.

Era imposible volver y no recordar.

El olvido de todo aquello que amamos es siempre imposible, aunque su recuerdo duela, aunque nos vuelvan a sangrar las heridas, aunque sintamos de nuevo aquella punzada de dolor atenuada por el paso del tiempo. Sigue ahí, doliendo en algún territorio ilocalizable de la memoria, de las costumbres adquiridas, de la semejanza de los cuerpos o de los actos de aquel entonces. Sigue ahí acechando en algún lugar remoto, saliendo a traición entre los sueños, entre los pensamientos y todo aquello que creemos haber dejado atrás.

A veces no hacía falta ni siquiera volver para recordar. Un aroma, una canción, una imagen, una palabra eran suficientes.

Pero había vuelto.

Podía contemplar aquel fabuloso terreno desde la ventana de su habitación, sentir la melancolía de todo un tiempo pasado, el peso de la responsabilidad en los hombros y en la conciencia al igual que sentía el frescor de la noche o la humedad de la mañana, al igual que volvía a sentir entre sus dedos las paredes que iba rozando o las plantas que iba acariciando, igual que sentía el sol de todos los veranos quemándole la piel, igual que sentía el aroma de azahar al caer la noche o que escuchaba la inmensa tristeza del cello en el salón donde nunca entraba por qué él lo había ocupado por entero desde su llegada y convertido en el santuario de dónde saldría una nueva composición, quién sabe si su obra maestra.

No sabía por qué, pero podía visualizarlo en ese mismo momento, no con el esmoquin de sus conciertos si no descalza, con unos simples vaqueros y una camisa, con el flequillo cayéndole sobre los ojos y moviéndose al compas de esa música que ya taladraba su corazón con cada arrastrar de notas.

La imagen de él que guardaba en secreto no era la del escenario o la de sus conciertos sino una imagen bucólica creada en su mente en dónde lo imaginaba como en una decadente novela romántica de esas que se leían en su juventud, con portadas de varones ejemplares y de mujeres de hombros descubiertos, con títulos pasionales que entonces le parecían el colmo del romanticismo y que ahora recuerda con cierto grado de vergüenza.

Y esa imagen figurada no encajaba con la del hombre que arranca aquellas notas de las cuerdas a altas horas de la noche porque él es, a todas luces, un hombre como tantos, aunque poseía una magia y una expresión de tormento o de éxtasis en según qué piezas, en según qué momento de su actuación, en qué registros, que lo convertía en alguien extraordinario.

Aún puede notar el impacto del primer instante en que lo vio, el golpe de su corazón, la forma en que se hizo el silencio alrededor suyo porque iba a comenzar el concierto y que fue atronador para ella porque lo señaló como el eje de algo que todavía no sabía que iba a suceder.

Esa luz enfocada en él, la expectación del público, las miradas de admiración, el sigilo respetuoso de quién está esperando y que encumbra lo esperado, esa forma en que todo dentro de aquel teatro se alió para que lo viera poderoso, solitario, inalcanzable y engrandecido por un arte casi desconocido para ella, tan sublime, tan sensitivo, tan novelesco y pasional que parecía un sueño.

Pero no lo era, y estaba allí, en la casa donde ella nunca creyó que iba a volver y adónde no habría vuelto de no ser porque él necesitaba apartarse del mundo y la necesitaba a ella para inspirar sus composiciones; ella, la musa y la mujer que le llevaba a la creación.

Ambos estaban presos de una similar adoración; él por la música, ella por él.

Le sonrió cuando lo vio mirándola en el quicio de la puerta, sintiendo las vibraciones de notas musicales a su alrededor como un aleteo de mariposas.

– Ven, vamos a crear una nueva sinfonía.

 

 

El alma del bosque

nina peña - relato - arbol - bosque

Aquel árbol había nacido de nuevo entre las ramas rotas de un tronco partido por accidente.

Cercenado bruscamente, se había resistido a morir y a languidecer en medio del bosque como un pequeño tocón más.

Su espíritu, empeñado en sobrevivir a los fríos inviernos del clima, había fortalecido sus raíces en las cuales depositaba toda la rabia de una vida perdida y la esperanza de un verde futuro.

Habían pasado años de dulce sopor en los que se curaba las heridas traumáticas del accidente y se acostumbraba a su nueva forma, no más alta que un arbusto, pero llena de un impulso nuevo, de un aliento distinto que le empujaba a crecer poco a poco pero con firmeza. Su ambición era sobresalir por encima de los otros árboles y poder ver al menos los tejados de las casas de aquel pueblo cercano que tiraba de él casi como una llamada, como el canto de sirenas legendario, que no podía dejar de escuchar.

Veranos de sol y otoños de lluvia, primaveras en que el bosque se llenaba de aromas y flores silvestres, moras y pájaros cantores que no se posarían sobre él hasta que no alcanzase la altura necesaria para ponerlos a salvo de las alimañas. Setas y hongos. Algún tesoro trufado entre raíces viejas. Viento que aún no llegaba a mecer sus ramas pero que las acariciaba con dulces dedos de amante. Susurros de vida lejanos que él se empeñaba en escuchar por encima de los ruidos sordos de las pisadas de ratones y los vuelos rasantes de abejas o colibríes.

Creciendo poco a poco, año tras año. Con lentitud pero con firmeza.

Cuando el niño llegó por primera vez hasta él, supo que solo por eso había estado creciendo. Reconoció el motivo por el cual había puesto tanto empeño en vivir, en renacer, en seguir existiendo.

Aquel niño, algo más pequeño que él en altura, lo observó serenamente, escuchó su silenciosa letanía de ser herido, acarició su tronco aún liso y decidió, en un instante, que aquel sería su lugar secreto en el bosque, firmando así un pacto de amistad y apoyo que duraría tanto como su existencia mortal.

Los inviernos eran fríos, largos y oscuros, plenos de lluvias que hacían aparecer el musgo en las piedras y daban el vigor suficiente a sus raíces como para seguir creciendo. Sus ramas, cada día más largas y altas, se dividían con una lentitud casi mineral en dos grupos muy diferenciados; unas crecían hacía arriba para poder alcanzar el sueño de otear los lejanos tejados y otras hacía abajo para formar una cueva vegetal que aislara al niño del resto del mundo cuando volviera a verle.

Primavera tras primavera, verano tras verano, el niño volvía.

Era un niño solitario y triste que necesitaba escuchar una voz que le contara cuentos, y a falta de una madre que lo hiciera, escuchaba su propia voz en la reverberación del bosque.

Se sentaba junto a él apoyando la espalda en su tronco y leía en voz alta cuentos infantiles o jugaba entre las ramas a juegos inocentes de niñez, siempre al abrigo de sus hojas, a la protección de sus largos brazos vegetales. Contaba cada año los sarmientos nuevos, observaba los tallos recién nacidos y los brotes primaverales y seguía visitándolo día tras día en largos veranos de sol y luz, en otoños lluviosos en que se convertía en un paraguas frondoso, algún domingo de invierno en que salía el sol y el bosque olía con los perfumes del agua y de los mantos de vegetación que cubrían el suelo.

El niño y el árbol crecían juntos.

Los arbustos de alrededor no podían esconder su envidia, pero los árboles viejos, que habían visto a generaciones de niños leer cuentos sentados sobre sus ancianas raíces, le avisaban de que los humanos, por lo general, solo llevaban tristezas y muerte al bosque, y que la felicidad o la amistad con personas era algo tan efímero, que pasa por la larga vida de los árboles como un soplo momentáneo en una larga existencia de soledad.

No valía la pena tomarle demasiado cariño a un niño. En primer lugar porque crecía y terminaba por olvidarle, y en segundo lugar, porque un árbol no puede permitirse el lujo de amar a quien tiene el poder de quitarle la vida en sus manos.

Cuántos árboles bellos y centenarios, incluso milenarios, habían muerto bajo el hacha del hombre. Cuántos bajo su fuego. Cuántos arbolitos jóvenes habían perecido bajo los pies de niños que los arrancaban a patadas o cuántos habían ido a parar llenos de luces de colores al lado de una chimenea, dentro de una casa en la que se asfixiaban, con las raíces dentro de macetas vacías, sin tierra, que los iban matando lentamente.

Cuántos bosques y laderas consumidos por la mano de los hombres, por su desidia, por sus intereses, por su ambición o su olvido.

No valía la pena amar a los humanos, le decían, quizá eran la peor especie de depredadores.

Pero su niño volvía y el árbol renovaba la fe.

Cada año, le costaba un poco más reconocerle. Su voz, así como su altura y su rostro, habían ido cambiando con los años. Sus lecturas adquirían tintes más dramáticos y serios, sus pensamientos se iban haciendo más profundos, sus impulsos más primarios, y sus pensamientos más llenos de matices contradictorios. Cada vez era menos niño, pero sentado a sus pies, con un libro en las rodillas y leyendo en voz alta, recuperaba y reconocía ese espíritu libre y sereno.

Un día de primavera, cuando desde sus ramas más altas ya comenzaba a ver los tejados de la población vecina, aquel niño volvió completamente cambiado. Durante un largo invierno su alma se había bifurcado y sus impulsos estaban siempre al acecho, combatiendo con sus pensamientos y contrarios a sus acciones; estaba enamorado.

Hasta él llegó un día con compañía de otro ser y se sentaron juntos a leer nuevos libros, ignorando las caricias de sus vegetales dedos y sin detenerse a contar los nuevos brotes o a admirar su nuevo follaje de un verde intenso que transparentaba con el sol.

Solo veía verde en los ojos de aquel otro ser y solo contaba sus besos.

El árbol supo que debía aceptar aquel nuevo estado e hizo crecer las ramas, aún más, para dar mayor cobijo e intimidad a su amigo.

Fue entonces cuando le hizo daño por primera vez. Un daño que no se merecía, que lo entristeció y que le hizo recordar las palabras que sus ancianos compañeros le habían dicho tantas veces. Una tarde talló un corazón en su tronco con el filo de una navaja. Unos extraños caracteres, que para él debían simbolizar algo, fueron unas heridas por las que estuvo sangrando durante meses hasta que logró que cicatrizaran en su corteza y que le costó años que cicatrizaran en su espíritu.

Aceptó el dolor con ese sacrificio de quien sabe que lo está haciendo por amor.

 

nina peña - relato - arbol - bosque

 

Año tras año, verano tras verano, seguía visitándolo, sólo o en compañía de otros seres.

Un verano llego con un pequeño ser, un retoño que poseía su misma mirada y su mismo halo de soledad y ensoñación y que el árbol reconoció como un sarmiento de la misma vid, un brote nuevo en la prolongación de su misma cepa, y lo aceptó con alegría.

Sus ramas ya se extendían a lo más alto del bosque. Desde las hojas más altas, el frondoso árbol ya lograba divisar el pueblo, y con el paso de las estaciones, a medida que miraba y buscaba, se dio cuenta de que todo aquel afán respondía no solo a la esperanza de ver a aquel niño que había crecido o a su recién nacido vástago, sino a la rama de la cual provenía.

Debería ser una rama y endurecida y nudosa, esas ramas viejas que cuelgan casi inertes de las partes más añejas de cada árbol, pero en su interior aún correría la savia y aún guardaría el impulso suficiente como para luchar por no secarse y morir. Tal vez fuera de esas ramas arcaicas que mueren de sed poco a poco o de aquellas otras en que el alimento que le llega no es más que los restos ya amargos que las ramas jóvenes dejan pasar, pero sabía que aquel sarmiento retorcido, del cual provenía el niño, estaba vivo y verde en algún lugar de aquel pueblo, bajo alguno de aquellos techos anaranjados de tejas u oscuros de pizarra.

La vida era tan larga que podía esperarle el tiempo que hiciera falta.

El árbol ignoraba que aquel niño, cuyos brotes verdes iban creciendo con los años, había hablado de él miles de veces a lo largo de su vida a su tronco progenitor y le había rogado otros miles de veces que algún domingo le acompañara a bosque para conocer su árbol favorito, aquel en el que había leído los cuentos que él no le leyó y que le había prodigado las caricias vegetales que él, a veces, se le olvidó prodigar. Aquel árbol que había acunado sus sueños, que había guardado sus secretos, compartido su soledad, que había sido cómplice de sus primeros besos y su primer amor y cuyo cuidado estaba encomendando a sus propios hijos como una continuidad de vida más allá de la vida, entrelazadas en ramas de verdes y sentimentales frutos que jamás se desprenderían.

Año tras año, el árbol, convertido en el más alto del bosque, esperaba la llegada de aquel que lo evitaba. El niño, convertido también en un árbol maduro y fértil, seguía llegando verano tras verano, sentándose en sus raíces ya al descubierto, acariciando su tronco ya rugoso donde el corazón tallado tanto tiempo atrás había cicatrizado en letras oscuras y por donde, poco a poco, brotaban las cicatrices de ramas rotas y nudos ocultos que salían a la luz y que dejaban escapar unas lágrimas semejantes a melaza aunque amargas.

La lluvia de muchos inviernos y el sol de muchos veranos no lograban vencer su ansia de ver más allá del bosque ni de esperar.

Fue una mañana de finales de verano cuando unos pasos desconocidos se acercaron lentamente por entre el musgo y las hojas caídas, acompañados de los pasos ya familiares de aquel niño hecho hombre.

En efecto, era un sarmiento ya viejo y retorcido por los años pero en cuyos ojos reconoció el afán que lo había llevado a crecer y por el cual, un día, puso tanto empeño en sobrevivir.

Unas manos rugosas acariciaron su tronco y toda la savia de su interior se estremeció dulcificándose por la caricia recibida. Una caricia que hacia demasiados años que estaba esperando. De sus brotes más tiernos comenzaron a brotar lágrimas de dulce melaza mientras las hojas, tocadas por el viento, suspiraban entre las verdes ramas. De los ojos de aquel hombre viejo, surgieron lágrimas amargas y de sus angostos pulmones, suspiros de tristeza.

Se reconocieron a través de las almas, y se hablaron por primera vez de todo cuanto en su interior habían estado callando durante tanto tiempo en el idioma que un día, cuando aquel árbol aún no era árbol y el viejo todavía era joven, habían inventado en secreto. Palabras silenciosas y ocultas al resto del mundo que ambos creían haber olvidado y que, de pronto, recuperaron para poder comunicarse en un idioma que sólo ellos, en su pensamiento, pudieran entender.

Se hablaron de amor y de años, de silencios y esperas, de vidas truncadas y de sueños rotos, de cuentos de niñez y caricias vegetales, de vientos y susurros quietos, de nostalgias y contadas alegrías, haciendo un recuento de todo aquello que deberían haber vivido juntos y que la muerte truncó.

El viejo puso su mano en aquella parte del tronco cercenada tantos años atrás por un accidente y lloró silenciosamente la amarga soledad de viudo que nunca lloró ante nadie para no entristecer a su única fuente de alegría.

El niño entendió entonces las caricias de aquellas ramas, el cobijo y la compañía, la voz interior que le contaba los cuentos que leía y la compañía de aquel árbol que siempre estuvo en su vida y estaría en la vida de sus hijos, perpetuando el recuerdo de quien sobrevivió a la muerte, tan solo con la esperanza, de seguir dando amor a los seres a quienes amaba.

Amor América en 8 cuentos perdidos

ángel - alas - cielo - ebook - columna

 

Como seguramente sabréis, hoy ha salido a la venta mi segundo libro, 8 Cuentos perdidos.

Este libro es para mí algo entrañable ya que fue escrito hace mucho, mucho tiempo, en concreto hará unos veinte años y trae a mi memoria momentos muy lejanos pero íntimos y familiares.

Por aquel entonces era una chica de veintitantos que soñaba con poder publicar un libro y mis hijos eran unos niños que jugaban sobre la alfombra a media tarde después de la merienda y el cole, antes de que llegara la hora de bañarlos y prepararles la cena. Yo aprovechaba esos momentos de paz para escribir en una moderna máquina de escribir Olivetti con las teclas de colores y con un café o un té delante. Quizá la única costumbre que he mantenido desde entonces.

Ahora esos relatos que entonces creía que eran como ejercicios para aprender a escribir, han sido revisados, corregidos, vueltos a revisar y pasados de los folios mecanografiados a hojas de Word y finalmente a una plataforma digital que me permite poder publicarlos en un formato fácil y cómodo para que puedan llegar hasta todos vosotros, algo que debido a su reducido volumen y a su forma de relatos creía que no sería posible hacer nunca.

Por aquel entonces leía, lo recuerdo bien, Amor América de Maruja Torres, Te di la vida entera de Zoe Valdés y cómo no a Los cuentos de Eva Luna de mi admirada Isabel Allende a la que releo en muchas ocasiones. Comenzaba a estar de moda todas las músicas latinas y escuchaba por las noches un programa de Cadena Dial llamado Océano Pacífico donde además de música leían textos y poemas de los oyentes y donde una vez tuve el inmenso placer de escuchar a María Quirós leer un poema mío.

Esa era más o menos la vida sencillita y sin prisas de una madre joven, aspirante a escritora, romántica empedernida y soñadora profesional como suelo definirme.

Mi amor por América siempre estuvo ahí al igual que mi amor por los cuentos y por las narraciones, y, esas lecturas así como la paz de esos días, hicieron fluir estos relatos cortos que ahora podéis leer.

Cada relato está inspirado en un país distinto, aunque no están todos los países de América, y cada uno tiene un tema completamente diferente.

Así, voy desde México hasta Chile, del Madrid de los Austrias hasta Cuba o Puerto Rico intentando captar la esencia de esos lugares en los que no he estado pero que adoro, y la forma en que los percibo desde aquí, desde este otro lado del gran charco.

Los personajes son todos ficticios y sus historias inventadas pero algunas de ellas, desgraciadamente, podrían ser ciertas, como La alcantarilla o El mar.

Otras son pura magia, como El viejo y la sirena y otras que, aunque en Madrid, han sido inspiradas por melodías de canciones que me han traído el sabor de ultramar, como por ejemplo Alfonsina inspirada en un señor Argentino que tocaba Alfonsina y el mar con su violín al lado del Palacio Real.

Lo que todas tienen, sin duda, es un trocito de mi corazón que vive en aquellas tierras lejanas pero muy queridas por mí. Un tributo al amor, como en principio pensé titularlas, porque creo que hasta la historia más dura, destila amor y esperanza.

Ahora ya están en vuestras manos. Ahora ya no soy aquella chica de veintitantos años que soñaba con publicar un libro, y aquellos relatos que creí que jamás verían la luz, llegan a vosotros como un puente entre mi primera y mi segunda novela.

Y eso espero que sean, un puente tendido entre vosotros y yo, una forma de que me conozcáis mejor, de poder comunicarnos y acercarnos en algo que tenemos en común: nuestro amor por los libros y por la literatura.

Solo me queda desear que os guste mi cuaderno de relatos… así, que poneros cómodos, calentaros una buena taza de café, arremolinaos en el sofá… y vamos a contar cuentos…

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¿Cómo que a qué huelen las nubes? Cap. 1

nina peña - como que a qué huelen las nubes - libro

Esperanza. ¿A qué huelen las nubes?

¿A quién narices se le podía ocurrir una pregunta semejante?

Es una de esas preguntas tipo incontestable que suenan bien en según qué contexto y que todo el mundo termina por utilizar en plan cachondeo para no decir absolutamente nada.

El quid de la cuestión no es si alguien en realidad sabe a qué huelen, sino el porqué y con qué intención han hecho esa pregunta en un anuncio de compresas.

Se supone que es una forma de decir que si usas esa marca determinada de compresas, la regla pasa odoríferamente desapercibida para propios y extraños, sobre todo para extraños, y comparar la suavidad de la compresa o la de un sexo femenino con una nube hasta parece acogedor y delicado, pero la cuestión sigue siendo la misma: ¿Qué intenciones se esconden tras algo tan inocente como una nubecilla?

Me imagino al señor ejecutivo de publicidad de una gran multinacional, que nunca ha tenido la regla, intentando ponerse en el lugar de cientos de miles de millones de mujeres con regla en uno de esos días, y sacando toda su imaginación para llegar a entender tan solo una ínfima parte de lo que durante años ha estado evitando tomar en serio cuando era su mujer la que tenía una de aquellas noches de dolor de ovarios, de sed insaciable, de cambios de humor, de falta de líbido, de dolor de cabeza o riñones, de depresión, de síndrome premenstrual y él se daba la vuelta en la cama o se iba al baño a aliviarse solito.

Doy por sentado que la persona a la que se le ocurrió la frase es hombre.

Una mujer con dos ovarios nunca hubiera escrito una frase semejante.

Me pregunto si el tipo hizo como Mel Gibson en aquella peli donde era publicista y se calzaba unas medias, se pintaba las uñas y se bañaba en perlas de sales perfumadas para probar el producto.

No me imagino a un tipo poniéndose una compresa, pero quién sabe… igual tras ver la película decidió valorar los productos por él mismo, aunque lo dudo porque entonces el eslogan no sería tan jodidamente absurdo, la verdad.

Lo que más me preocupa es la intención, lo que quiso decir con la frasecilla.

No sé si es el reflejo de la tontería que los hombres presuponen en las mujeres de cualquier época y edad o que tal vez quisiera dárselas de profundo, lo que me da aún más asco.

No sé.

Hay frases que parecen profundas pero que esconden un gran desconocimiento, incluso tal vez fue alguien célebre quien las dijo por primera vez y si levantara la cabeza se cortaría las venas al verse convertido en un eslogan para ejecutivos pseudo metafísicos que intentan hacernos creer que hay una profundidad inexpugnable en su trabajo y no solo una estrategia de marketing.

Es como la famosa frase del árbol en medio del bosque.

Si un árbol cae en medio del bosque y no hay nadie que lo oiga, ¿hace ruido al caer? Joder, yo diría que ruido, lo que es ruido, hace el mismo, pero si ese ruido no lo oye nadie, ¿no es como si no lo hiciera?

Frases que ya se usan en cualquier contexto y de cualquier manera posible… hasta en las puertas de los baños públicos hay frases que en su momento fueron la ostia.

“Busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo”

“El algodón no engaña”

Frases y más frases.

Palabras y más palabras.

No dejo de preguntarme si de verdad la publicidad nos cree absolutamente gilipollas.

A las mujeres digo.

Solo hay que ver los anuncios…

Compresas, tampones, detergentes, suavizantes, míster proper, quitamanchas, fregasuelos, anticales y la madre que lo parió todo.

No me vale que ahora salgan macizorros fregando los platos o pasando la fregona porque ni siquiera lo hacen de forma natural.

O sea, en vez de enfocar una actitud ecuánime, los tíos buenorros de las propagandas o bien nos están haciendo un favor o bien nos toman el pelo, pero nunca se les ve hacer algo con la misma naturalidad con la que nosotras llevamos años haciéndolas.

Como ese chico universitario que vive con dos jovencitas y que de pronto recibe la visita de su madre. Las dos chicas, despavoridas, huyen a limpiar el cuarto de baño para que la madre del chico lo encuentre limpio y fragante, pero resulta que son unas guarras que no saben ni con qué limpiarlo y es el chaval quien acaba recomendando el producto antical ante el regocijo de la mami.

O ese mayordomo buenorro que hace la prueba del algodón a unas baldosas tan brillantes que no parecen de este planeta mientras la tipa, desde una chaise longe, contempla su esfuerzo o lo exhibe delante de sus amigas con pinta de ricachonas y cara de estar a punto de comérselo enterito y follárselo entre azulejos y algodones.

Me llama la atención uno de un complejo vitamínico para niños. “El niño no me come”, y la madre, desesperadita, descubre un producto que no sé si es para abrir el apetito o para suplir carencias vitamínicas, la cuestión es que cuando la madre, arrodillada delante de ese niño con cara de Dolorosa, le da una chuche con tal de que la criaturita le coma algo, el niño coge la chuche y se la pira corriendo, sin hacer ni puñetero caso a su madre que, de rodillas, lo mira alejarse con una cara de pena y preocupación digna de un Oscar.

Cómo un crío de cinco años logra doblegar a una mujer adulta hecha y derecha, cómo muestra semejante poder ante esa madre arrodillada en el suelo y cómo, una vez más, se muestra a las mujeres como abnegadas madres en un rol tan antiguo, trasnochado y patriarcal, es algo que me saca de las casillas.

Joder, una cosa es preocuparse y otra perder la vida y hasta la dignidad.

Por no hablar de los anuncios de desodorantes.

Los desodorantes femeninos nos convierten en seres angelicales, frescos, llenos de luz y vitalidad… y los desodorantes masculinos nos convierten en tontas estúpidas que caemos del cielo para follarnos al tío más enclenque de la tierra que, sin embargo, usa Axe, un olor que ni los ángeles pueden resistir. “Hasta los ángeles caerán” es el eslogan.

Y a nosotras nos preguntan a qué huelen las nubes.

¿Se puede saber a quién se le ocurrió semejante estupidez?

No me imagino esa pregunta en otro contexto.

No puedo imaginarme una propaganda de cuchillas de afeitar que diga: ¿Qué tacto tienen las nubes?

Los afeitados se comparan con carreras de coches, con velocidades, con deslizamientos y van ligados siempre al limpio color azul.

Nosotras nos vemos arrastradas en un baile ridículo de color rojo, perseguidas por la mujer de rojo con un carrito lleno de compresas y neceseres de lunares.

Ellos corren.

Nosotras huimos.

Me pregunto de qué.

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Mi jefe acaba de entrar en la oficina pulcramente vestido y afeitado, con un café en la mano y el maletín del ordenador portátil en la otra.

Me pregunto, si a los tíos les dolieran los testículos una vez al mes tal como a mí me duelen los ovarios, tendrían ese aspecto siempre tan inmaculado y fuerte y esa actitud tan espontánea.

Es mi teoría de la patada en los huevos.

Una vez al mes, cada veintiocho días más o menos, un pie invisible pero divino, les da una patada a los tíos en sus partes, de tal forma que estén un par de días con dolorcillo de testículos.

Serían ellos los que nos dirían por la noche en la cama “ahora no, que me duelen los testículos”, serían ellos los que preguntarían si alguien lleva espidifen y se disculparían con la frase de “es que me ha bajado la patada en los huevos”, o se sentirían tristes, súper hormonados, hinchados, poco atractivos y nos sorprenderían con un “es que me tiene que bajar la patada y estoy más depre…”

Me pregunto si existirían las guerras si ellos tuvieran que cambiarse las compresas en las trincheras.

Andrés parece ideal: joven, emprendedor, ejecutivo, guapo, simpático e inteligente.

Pero es hombre, que se le va a hacer, nadie es perfecto, como en la peli.

Con esto de la crisis el pobre se pasa el rato viendo cosas por internet, pero no me quejo porque yo hago lo mismo.

Yo me cuelgo de Facebook, la secretaria de Twitter y la otra comercial se descargan películas para poder verlas a la hora de la comida.

Y todo con cargo a la empresa. ¡Venga el mega, la giga y el megagiga!

¡Qué les den!

Nos merecemos ese plus.

Nosotras no vamos a restaurantes caros ni de putas cuando tenemos una convención, así que al menos nos queda el derecho a la pataleta y a la descarga libre.

La pataleta la montaremos esta tarde cuando nos vayamos a tomar el té de las cinco fingiendo un peritaje inexistente, y la descarga libre imagino que será, con el buen criterio de Lola, una peli del festival de Sundance.

Algo hay que hacer para matar las dos horas y media de comida en las que nos encerramos a cal y canto en la oficina.

No vale la pena ir a casa porque solo en el autobús se pierde una hora para ir y una hora para volver, así que recurrimos al túper o a la tapa en el bar de la esquina si estamos a primeros de mes.

A veces nos vamos a comer a algún sitio baratito.

Un menú de 7 euros con verduras a la plancha y salmón asado con patatitas redondas y fritas, pero caseras.

A veces un wok japonés o un kebab, según el estado de nuestra depresión anticrisis, pero siempre barato y siempre a principios de mes. A partir de día 10 como que ya va doliendo y seguimos con el túper de toda la vida.

El contento dura del día 1 al día 10

Yo hoy llevo ensalada.

Como siempre.

Es increíble la cantidad y variedad de mis ensaladas.

De pasta, de frutas, de atún, de verduras de colores, de legumbres, de cuscús… imaginación al poder.

Cualquier tipo de ensalada que no lleve carne porque me he dado cuenta de que la carne me engorda y me estriñe, así que he renunciado a la pechuga de pollo y al filete de ternera asado que le daba cierta armonía a las ensaladas de lechuga, esas de toda la vida, aunque reconozco que lo de la ternera puede ser otro daño colateral de la crisis y no de mi estreñimiento.

De todas formas, solo como verdura y algo de pescado y ni por esas pierdo un puto gramo.

Miro a Lola y a Lolita, no es coña, se llaman Dolores las dos, las veo comer más o menos como yo y alucino porque están muchísimo más delgadas.

Cierto que mientras yo me quedo con algo de hambre ellas se sienten saciadas, pero eso no es excusa para que yo no pierda nada de peso comiendo casi igual que ellas.

Esta tarde me compraré tortitas de maíz para matar el gusanillo y ahora soportaré no almorzar un trozo de pastel de verdura, aunque desde la hora que me levanto, 7 de la mañana, hasta la hora de comer, 2 del mediodía, el hambre me haga tener vahídos y un cortado resulte a todas luces insuficiente para mi estómago.

Al menos la cafeína me aguanta la tensión como para no caerme redonda al suelo.

¡Joder qué hambre!

Ya he probado los cereales, esos que anuncian en la tele, las barritas para picar entre horas, las de fibra, las de muesli, las de cereales y fruta, las de fruta y chocolate, las tortitas de arroz, las integrales… y me sigo muriendo de hambre.

Tal vez sea porque compro las baratas.

A lo mejor si me gastara 4 euros en unas barritas de esas de marca se me cerraba el estómago de una puta vez, pero prefiero guardarme ese dinero para tabaco, la verdad, así que de momento, y si no me toca la lotería, cortado y cigarrillo a media mañana va a ser lo único que tome.

Y gracias.

Ya estamos pensando decirles a los jefazos de Barcelona que nos cambien la máquina de agua y nos pongan una con agua caliente para poder hacernos los cafés sin salir de aquí.

Pero, como no está el horno para bollos, de momento nos callamos por si acaso.

En un momento seguro que hay reunión con Andrés, el jefe, así que me salgo a la calle para fumarme un cigarro.

Antes, pese a la ley antitabaco, fumábamos escondidos los cuatro en el despacho pero ahora ya no tengo cojones para hacerlo, sobre todo porque todos han dejado de fumar excepto yo, y aunque me digan que no pasa nada, que a ellos no les molesta, como me molesta a mí que ellos no fumen, pues me voy fuera exiliada a drogarme y a alimentar mi cáncer.

Solo me faltaría dejar de fumar. Sí hombre, para engordar más.

¿A qué huelen las nubes?

Hay que joderse con la puta preguntita esa.

Hace años que dejaron de hacer el anuncio y a mí me ha dado hoy por pensar en eso.

Pero es que esas cosas, esas frases y eslóganes son como perennes.

La gilipollez no muere nunca. Se transforma.

Y encima deja secuelas.

Hemos pasado del “me gusta ser mujer” al olor de las nubes y a la mujer de rojo.

Recuerdo cuando yo era jovencita que anunciaban los primeros tampones como si fueran casi un milagro de la ciencia, aparte de que te permitían hacer cosas que jamás habías pensado que tú pudieras hacer, sobre todo montar a caballo.

También aquello se hizo célebre.

Hasta tal punto que se inventó un chiste en el que un niño pedía unos tampones a los reyes magos porque así podía hacer de todo, a cada cosa más divertida e impensable.

Otra muestra de cómo esa publicidad original e irreal cuela en el inconsciente colectivo de la gente.

Cuando llegan a hacer chistes con tu frase, macho, te has coronado.

Por machista o retrograda que sea la publicidad, si hacen un chiste con tu frase, has triunfado como la coca-cola.

Cuando yo era una cría había frases que intentaban ser modernas y políticamente correctas a la par que feministas.

A mí me encantaba Carmen Maura diciendo eso de “Nena, tú vales mucho” aunque hoy le quitaría de delante el “nena”.

No cabe duda que hoy en día las mujeres estamos mejor valoradas que antes y no solo “porque nosotras lo valemos” sino porque tenemos un poder adquisitivo y una independencia económica que hace 40 años no tenían nuestras madres, pero me pregunto si eso también es real o es un truco más del marketing.

¿Somos un sector de población que interesa a ciertos fabricantes o somos mujeres?

La liberación femenina en el año 2000, ¿es de verdad liberación? ¿Nos hemos liberado e independizado y por eso les interesamos o tan solo queremos ser el reflejo de lo que ellos suponen que somos?

¿Qué fue primero, la gallina o el huevo?

En los 70 ponerse pantalones, comenzar a trabajar, votar y fumar como carreteros ya era ser una mujer liberada y moderna, y a la vista está que en los 70 las mujeres no estaban liberadas ni mucho menos.

Ahora en el 2010, ¿estamos más liberadas que antes?

nina peña - como que a que huelen las nubes- libro

Ayer, cuando salí de la oficina decidí pasar por Mercadona para comprar un par de cosas que me hacían falta en la cocina.

Cuando subí al autobús para volver a casa después de doce horas fuera, salgo a las 8.30 y regreso a las 20.30, llevaba encima: la agenda, la carpeta de los peritajes, el bolso, la mochilita de la comida, la bolsa del portátil y las dos bolsas de Mercadona.

A esa hora de la noche el autobús estaba lleno de mujeres que como yo volvían a casa.

Secretarias, comerciales de seguros, comerciales de inmobiliarias, asistentas, estudiantes de peluquería, cuatro niños con carpetas de academias y dos con libros de autoescuela.

Me tocó quedarme de pie, aguantando las bolsas de la compra entre las piernas y sujetando todo lo demás con una sola mano mientras con la otra intentaba agarrarme a cualquier cosa que impidiera mi caída en el primer frenazo.

De pronto sonó mi móvil.

Puto invento.

Me faltaba llevar móvil. Para que puedan joderme en cualquier parte.

Casi ni recuerdo qué trucos de prestidigitación tuve que hacer para localizar mi móvil dentro del enorme bolso, y cuando me lo puse en la oreja resultó que era mi marido quejándose de que el niño había hecho no sé qué trastada.

Exploté.

¡Me cago en la puta liberación femenina!

Ese es el derecho a la pataleta, poder cagarte con todo en un momento dado y que los demás te miren como si te comprendieran porque, coño, tienes toda la razón del mundo.

Y esa es la frase que más me ha liberado hasta hoy.

Vamos, ni un grito orgásmico me ha hecho sentir más libre.

Saber, vamos, tener cristalinamente claro que la liberación femenina no existe por más que seamos un sector de población a tener en cuenta en las estrategias de marketing de las multinacionales.

Esas mujeres liberadas, delgadas y bien vestidas para las que siempre es primavera en el Corte inglés, esas mujeres ejecutivas que después de estar al mando de una oficina con cinco tíos llegan a casa y aún les da tiempo de hacer champiñones rellenos mientras sus maridos bañan a los niños, esas mujeres que se van al gimnasio antes de ir al trabajo y lucen tan frescas, esas mujeres que siempre huelen a perfume lujoso, que usan cremas tan caras como mi compra de fin de semana, esas mujeres liberales y liberadas, esas mujeres que cenan con alargadas copas de vino y tienen uno o dos orgasmos diarios, esas mujeres que nunca tienen dolor de ovarios ni de cabeza, que no tienen que lavar calzoncillos ni cambiar pañales, esas mujeres que quieren que seamos, no son las mujeres que somos, pero tal vez sí son las que muchas querrían ser, y eso también vende.

No nos hemos liberado de nada, sino que además hemos asumido todos los roles masculinos que también los esclavizan a ellos.

Triunfadoras, folladoras, guapas, perfectas, agresivas, seguras de sí mismas, independientes, activas, realizadas… hace 100 años nos hubieran tildado de lesbianas por tener esas cualidades que eran exclusivamente masculinas entonces, pero que, sin embargo, ahora nos pertenecen.

Lo curioso es que al mismo tiempo se exige de nosotras que sigamos siendo madres, esposas, hijas, que seamos delicadas, afectivas, sumisas, emotivas y se nos sigue agrupando en dos tipos, o putas o santas, sin término medio.

Si te cabreas, estas mal follada.

Si estás deprimida, eres una sentimental.

Si eres dura, eres una zorra.

Si tienes un mal día, una inútil.

Si triunfas, a saber a quién se la has chupado.

Si no triunfas, pero lo intentas, eres una trepa.

Si eres agresiva, eres tortillera.

Si eres segura de ti misma, una zorra orgullosa.

Si no estás segura de ti misma, te falta agresividad para ese trabajo.

Si eres activa, estás histérica.

Si no eres demasiado activa sino de temperamento tranquilo, te falta iniciativa.

Si eres afectiva, pareces débil, y si no lo eres, es porque no tienes corazón.

Si te follas al jefe o a un compañero, eres un putón y si no lo haces, eres una reprimida.

Ya vale, ¿no?

Desde luego la publicidad no es el mundo real.

Aunque se empeñen en hacernos creer que sí, que hay gente que vive así, de esa forma… pues qué suerte.

Yo de momento voy a terminarme el cigarrito y entraré en el baño a cambiarme el tampax.

 

Los gritos del silencio

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Documentarse para escribir es realizar un viaje hacia lo desconocido donde no siempre sabes a ciencia cierta qué es lo que te vas a encontrar aunque lleves una idea preconcebida y hayas visitado cientos de webs, leído infinidad de artículos o visto muchos reportajes en Youtube.

Era la primera vez que hacía un trabajo de campo, es decir, llevaba un bloc de notas y la memoria del móvil vacía para poder apuntar y fotografiar todo aquello que me pareciera interesante para mi, para el argumento del libro o para la naturaleza de los personajes.

En esto soy muy novata. Yo no he estudiado periodismo y me guio por la intuición o por las necesidades de cada momento que siempre están marcadas por la narración.

Hasta ahora he tenido suficiente documentación en ensayos, artículos o imágenes, pero la posibilidad de estar en un lugar que puede ser necesario (o no) para la recreación de mi libro, era algo hasta ahora nunca había necesitado hacer ya que en mis libros, todo ficción, no estaban basados en ningún personaje o acontecimiento real o histórico.

Este nuevo libro por el contrario, está basado en una época concreta en la vida de una mujer que recrea a su vez la vida de otras mujeres en otras épocas y por lo tanto, era absolutamente necesario documentarme de la forma más fiel y más terrenal posible.

Pertrechada por la botellita de agua, el bloc de notas y el móvil, acompañada por varias personas entre ellas mi hijo y guiada por mi amiga Queta Rodenas, autora del libro Castellón en mis recuerdos, comenzamos una visita por el cementerio de Castellón en la que nuestra guía de lujo nos iba contando las tradiciones funerarias de distintas épocas y nos mostraba autenticas obras de arte en esculturas mortuorias. Pudimos también entrar en uno de los panteones más antiguos y bellos y hacerle una visita a algún castellonense insigne.

Es realmente curioso todo cuanto vimos, interesante y muy poco conocido por la mayoría de personas que, cada vez más, tenemos esa especie de alergia a la muerte que a veces padecemos los vivos o quienes aún tenemos a pocos familiares enterrados.

El momento importante para mí y para el tema del libro vino a última hora de la tarde cuando llegamos al denominado cementerio civil.

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No sé como lo había imaginado, puedo afirmar rotundamente que jamás había puesto un pie en ese lugar y hasta hace poco ni sabía que existía, pero cuando traspasamos el escalón y el umbral de aquella especie de muros en donde están las piedras con los nombres de las más de 500 personas que fueron enterradas allí en fosas comunes durante los primeros años de la represión franquista, un escalofrío recorrió mi espalda sin que pudiera evitarlo y un nudo cerró por completo mi garganta.

No es lo mismo verlo en un documental o que algún testigo de los muy pocos que quedan lo cuente, que poner los pies sobre el lugar. Creo que esa sensación nos recorrió a todos los que estábamos allí presentes porque nos quedamos quietos en los primeros pasos y hubo como un “impase” donde se pudo sentir el silencio.

Agradecí profundamente la ayuda de la botella de agua ya tibia en la calurosa tarde que volvió a abrirme la garganta y de las gafas de sol que impedía a mis compañeros poder ver mi expresión emocionada, porque estoy segura de ello, fue emoción lo que sentí en aquel instante.

nina peña - fosas comunes - articulo - los gritos del silencio

Mi libro no versa sobre la guerra civil, habla de las mujeres de aquella época. Y si alguien, a lo largo de la historia, ha estado íntimamente relacionado con la muerte y con todos sus ritos o significados en cualquier época, son sin duda las mujeres católicas, las que vestían lutos interminables, velaban los cuerpos, rezaban por sus almas y acarreaban las consecuencias de su viudez o su orfandad en épocas en las que ser mujer era un estado constante de invalidez social y significaba depender para absolutamente todo de la potestad de un hombre, primero del padre, luego del marido y en ocasiones finalmente del hijo.

Ser mujer entonces, cuando España era un país en derribo y con las leyes impuestas de una moral eclesiástica y restrictiva que borraba de un plumazo todos los derechos y las leyes de igualdad conseguidos por la república, y además, cargando con la condición de haber tenido a un marido a un padre o a un hijo en el Frente Popular, era realmente un infierno.

Esas son las protagonistas de mi libro, y necesitaba ver dónde podían ellas ir a llorar. Necesitaba ver con mis propios ojos el lugar donde habían fusilado a más de 800 personas, la puerta por la que entraban desde el rio Seco los cadáveres encima de un carro para vaciarlos en las fosas comunes a las que nadie llevaría flores nunca para no ser considerado un enemigo de la patria y poner su propia vida en peligro.

Necesitaba pisar ese suelo para hacerme al menos una mínima idea de lo puede haber sentido cualquier persona que tenga allí a un familiar porque mis protagonistas lo tienen que sentir así al rememorarlo y yo tengo que saber explicarlo.

No sé de qué forma, pero sé que debo saber explicarlo.

Si habéis leído mi libro o mis artículos, si os he podido hablar de lo que serán mis próximos libros ya terminados, sabréis que mis protagonistas suelen ser mujeres y hasta ahora contemporáneas. En éste libro que me ocupa ahora, mis mujeres nos cuentan de una época en que ser mujer era vivir en silencio, abnegada, cargada de complejos, culpas, leyes morales y trabajos pesados.

Las mujeres de entonces, muy lejos de las modernas teorías de igualdad republicanas o más lejos aún de la filosofía o el ejemplo de las mujeres europeas, se marchitaban entre rosarios, bordados y mantillas negras o procesiones donde las clases pudientes ofrecían en ese ámbito la única oportunidad de brillar en sociedad.

La mujer de clase trabajadora tenía todas esas mismas restricciones pero además no era dueña ni siquiera del fruto de su propio trabajo, pasando a ser esclava de aquellos trabajadores que ya eran de por si esclavos.

Ni voz ni voto. Ser mujer era vivir callada, abnegada, soportando sigilosa la enorme cruz de ser la guardiana de la moral, la salvadora de los pecados ajenos, el ejemplo a seguir, siempre perfecta, siempre sumisa, circunspecta, siempre un paso detrás de todos, decorosa y digna, siempre en silencio.

De los gritos de ese silencio es de lo que estoy escribiendo, para lo que me estoy documentando… y a veces, documentarse, además de un viaje a lo desconocido, es aprender a sentir el dolor ajeno como propio, y por ello, en consecuencia, escribir este libro se ha convertido en un querer dar voz a aquellas mujeres que siempre tuvieron que vivir calladas.

Ojalá puedan gritar.

 

 

Bibliografía

http://www.memoriacastello.cat/docs/15072300.pdf

http://aceneditorial.es/narrativa/25-castellon-en-mis-recuerdos.html

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PLACA CONMEMORATIVA EN MEMORIA DE LOS FUSILADOS POR LA LIBERTAD Y LA REPUBLICA Y POR LOS CASTELLONENSES MUERTOS EN LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN NAZIS DURANTE LA 2ª GUERRA MUNDIAL A CARGO DEL GRUP PER LA RECERCA DE LA MEMORIA HISTORICA DE CASTELLÓ.

Volver al pasado

nina peña - ángel- cementerio - libros recomendados

 

Había vuelto al pasado en tan solo un segundo. La visión de una imagen recortada frente a una ventana de dos seres que de pronto le parecían tan ajenos a ella como dos desconocidos de otro continente en un documental de sobremesa le dio algo similar a un golpe que azotó el último rincón oculto de su memoria.

Era como volver a la niñez tan de repente que sentía un leve mareo y una profunda sensación de dejà vu y vulnerabilidad.

El día estaba gris, el cielo, con el color del plomo, dejaba caer una lluvia fresca y monótona, gotas de lluvia como lágrimas que resbalaban por los cristales de la ventana y se embebían unas a otras o se dispersaban sin tocarse en un fluir constante de humedad y sollozos primaverales, absorbiéndose, vertiéndose, bifurcándose, huyendo unas de otras para encontrarse inmediata y voluntariamente en una apasionada carrera que terminaba con su caída hacia el suelo, hacia un gotear prolongado y suicida que iba dejando un rastro de leve ruido que tenía algo de fuente y algo de queja, como de lamento no muy lejano.

Frente a la ventana tras la que apenas se filtraba más que la luz cargada del cielo y el ruido monocorde de la lluvia, su hermana intentaba apurar la claridad natural del día para terminar de coser con la vieja y antigua máquina la orilla de un pantalón; en una mecedora a su lado, intentando hilvanar agujas estaba su madre, elocuentemente callada.

Una imagen recuperada de su infancia le llevaba a los días en que esa misma silla y esa misma máquina estaban siendo usadas por su abuela y era ella quien, sentada en esa misma mecedora, hilvanaba las agujas, quien se callaba para no hablar de nada que pudiera mostrar algo de su forma de ser o de pensar, callaba para diluirse tal como se diluían las gotas de agua en los cristales y se transformaban en nada, en nadie, en ausencia.

En los domingos de invierno de su niñez siempre llovía. El olor del arroz en la paella, el del asfalto y las aceras mojadas, sus ropas limpias y nuevas de ir a misa, la colonia que usaban todas y que aun pertenecía a la gama de aromas mas infantiles, el tedio confundido de descanso y el sonido de la lluvia en la calle era algo que no había cambiado en cuarenta años.

Repetía, y solo en ese instante se dio cuenta, los mismos gestos de su infancia, la costumbre tan pegada al cuerpo y al ser como las medias de nylon a sus piernas o como el olor del sofrito dominical a su nariz, rutinas en las que se solazaba desde siempre y sin las que no habría podido vivir aunque su mente, muchas veces, había ardido o gritado en rebeldía e insumisión.

Y lo peor es que no sabía hacia qué se revelaba en esos instantes en que todo su mundo se venía abajo, no sabía hacía quien podía dirigirse tanta rabia, tanto rencor, tanta palpitación de su corazón bajo la ropa, siempre a punto de desbocarse, siempre al borde de un infarto que no terminaba de llegar nunca, siempre latiendo apresuradamente sin saber porqué, a punto de salirse por su boca, siempre azotando, golpeando en su pecho como un tambor de Semana Santa, cada latido, por pequeño que fuera, era el grito anunciador de una ansiedad terrible, ahora apresurado, ahora más lento, pero siempre martilleando en su interior, sonando como el golpe de un yunque dentro de su cabeza, tan claro lo podía llegar a escuchar.

Había hecho falta ese diluvio para que su madre rompiera con la costumbre de la misa y de la visita al cementerio, pero ella no había podido abstraerse del hábito, es más, lo había deseado. No la misa pero si el silencio, el olor de las velas, el sonido de las guitarras jóvenes que alzaban sus voces en oraciones de siempre con sonidos modernos. Si la paz de esos minutos en que se quedaba sola cuando todo el mundo había salido, respirando el aroma de los bancos de madera y del encierro, de la humedad de las piedras y los inciensos, absorbiendo la escasa claridad que esa mañana se filtraba por las vidrieras de unos colores que en primavera y en verano formaban un incendio sobre la cerámica del suelo y que ese domingo no llegaban ni a traslucirse, la serenidad de una vida contemplativa lejos del mundanal ruido y de las mundanas preocupaciones, lejos de las exaltaciones que a ella le quemaban por dentro; un instante de paz, unos minutos de sosiego, un soplo de quietud y soledad.

Y no había terminado ahí. No lo había dejado terminar.

Había ido sola al cementerio, más desierto y oscuro que de costumbre, abandonado en su abandono decadente, mas melancólico de la vida que nunca.

Los cipreses y los pinos habían sembrado el suelo de agujas verdes que flotaban en algunos charcos del cemento, pequeñas balsas en donde parecían naufragas las hormigas que intentaban enloquecidamente salvar sus hormigueros y aún llevarse algo de comida a sus túneles oscuros. Las flores no parecían tan marchitas aunque se desdibujaba el color en la lejanía, confundiéndose con el oscuro de las lápidas y del clima, desvaneciéndose en un gris que ese día lo cercaba todo, lo absorbía todo, borrando márgenes y líneas, horizontes y cruces de piedra, tapias y nichos.

Absorbiendo también las lágrimas que ella se empeñaba en no dejar salir y que no hubiera podido explicar.

Que jamás podría explicar.

Tal vez era un trozo de ella misma quien estaba enterrado en las tumbas.

 

 

Muñoz Molina. Time on our hands

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Apenas llegué a casa con el libro, lo primero que hice fue cumplir con todos los rituales que previamente ya había realizado en la librería y que suelo repetir en casa casi como en una ceremonia íntima.

Sopesé el gran volumen entre mis manos, lo abrí y aspiré ese aroma a nuevo, a tinta y pegamento de las ediciones recién estrenadas enterrando mi nariz entre sus páginas, volví a contemplar la portada en la que un hombre sin rostro, con un cigarrillo en la mano y frente a un coche antiguo, me comenzaba a hablar. Abrí la última página tan sólo por ver su número de páginas, 958, y regocijarme en la promesa que siempre es para mí un libro de semejante grosor. Promesas de tardes de lectura y paz. La letra pequeña y la delgadez del papel eran dos características más que me afirmaban en la creencia de que ése podía ser un buen libro.

Bueno, y que su autor fuera Antonio Muñoz Molina, era de por sí la mayor garantía.

Muñoz Molina entró en mi vida hace muchísimos años en una colección del libros formados por Premios Planeta donde descubrí “El jinete polaco” Posteriormente, seguí leyendo sus obras y siempre le tengo presente en el momento en que necesito “resetear” mi cerebro. He seguido releyendo éstas dos novelas suyas con los años, puesto que yo soy de ese extraño grupo de lectores que necesita cada cierto tiempo volver a leer un libro concreto aunque lo haya hecho muchísimas veces con anterioridad.

Todas las características del autor que me gustaron en “El jinete polaco” se vieron acrecentadas con la lectura de “La noche de los tiempos” hasta el punto de que para mí es ya un libro imprescindible en la historia de la literatura en castellano.

Con “La noche de los tiempos” me ocurrió algo, como anécdota personal, que nunca me había ocurrido antes y que nunca me ha vuelto a ocurrir después; Tal como terminé de leerlo por primera vez, en el mismo instante en que llegué al final y cerré su tapa, suspiré, acaricié su lomo blanco y suave, le fui dando la vuelta para contemplar su portada y mientras el hombre sin rostro me miraba a los ojos, volví a abrirlo y volví a comenzar.

Su lectura es densa, plena, la profundidad de la historia y la de los personajes hace que te sumerjas completamente en un argumento fluido pero a la vez lleno, tal vez por el momento histórico que narra y que es uno de los más importantes de nuestra historia moderna. En la narración, el personaje principal, Ignacio Abel, contempla la historia casi queriendo salir de ella, desde dentro pero sin tomar parte del todo, con unas claras inclinaciones políticas que no le impiden ver, sin embargo, los grandes errores o las conductas impropias de la filosofía que, en su base más primordial, siente como suya. Una especie de conflicto entre clases sociales tiene lugar en él casi de forma continua y al final del libro, no sale ni vencedor ni vencido, sino que pudiendo ver todo desde la perspectiva de, unas veces asombrado otras veces critico espectador, toma la decisión de mantenerse al margen para simplemente narrar los hechos.

Una característica de este personaje es que, pese a su inmovilismo social, familiar y político, pese a ser un hombre que a veces parece ser parte del público en su propia vida y que muestra claras señales de cobardía, no logra que el lector sienta ningún tipo de animadversión hacia él quizá porque desde un principio Muñoz Molina nos da una detallada descripción de su introspección y su desaliento mientras el personaje ya es víctima de la inercia que ha causado su propio letargo.

Es un personaje con las debilidades y fortalezas, las aristas y los planos, con las luces y las sombras, que tiene que tener un gran personaje.

 

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Pero más allá de los personajes o de la historia que nos cuenta en este libro, que ya he dicho que es uno de mis favoritos, quisiera incidir en Muñoz Molina como narrador.

Hay elementos que descubrí en El jinete polaco que realmente me hacían palidecer como aspirante a autora, y que en este libro se ven acrecentados.

Muñoz Molina es, para mí, uno de los escritores con mayor vocabulario que he leído jamás, no sólo por la cantidad de palabras que uno pueda ir escribiendo o acumulando sino por la riqueza del idioma, por los matices, por los sabores, por las evocaciones que traen consigo. Una palabra y no otra, hace que, sin darnos cuenta, volemos al Madrid de hace 80 años que era el lugar y el momento exacto en que esa palabra, y no otra, podía ser utilizada.

La arquitectura de sus frases, la delicadeza de los conceptos, la ambientación de sus lugares en que hasta los edificios son válidos para provocar sensaciones, las frases justas y necesarias en los diálogos, la forma de sus descripciones que nunca llegan a describir pero que permiten visualizar nítidamente, la forma en que rescata del olvido términos casi en desuso que son los adecuados, la claridad y precisión con que describe a sus personajes hasta en lo más intimo sin llegar a formar un retrato sino más bien aunando la parte física que podemos ver al leer con la parte de carácter que él nos quiere mostrar y quiere que conozcamos.

Su narrativa es a veces un triunfo de la insinuación, de lo imaginario, de la inspiración.

Pero si hay algo que, desde la primera lectura hasta ahora, me ha fascinado, es la forma en que maneja los tiempos.

No el tempo de la narración, sino el tiempo puramente cronológico de la historia.

Muñoz Molina es el Einstein de la literatura porque en sus libros la paradoja del espacio tiempo queda plasmada y explicada con absoluta y meridiana claridad.

La forma en que en las dos novelas los personajes habitan en un mundo formado por pretéritos imperfectos, futuros posibles y presentes reales es verdaderamente un ejercicio de escritura imposible para muchos autores.

En la misma novela podemos viajar a distintas ciudades en distintos momentos y con distintas personas de una forma ordenadamente anárquica, sin tener en cuenta un hilo conductor exterior al pensamiento del protagonista que nos va narrando su vida y sus vivencias más por orden de importancia que por orden cronológico. No es de extrañar que ambas novelas comiencen entonces por el final y que el autor nos vaya desempolvando recuerdos del pasado mientras el personaje está en un presente que imagina y espera el futuro. En las manos del autor estos libros cobran una vida tridimensional donde todo se une para mostrarnos, como en una especie de efecto mariposa, que somos el resultado de nuestras propias acciones y decisiones, pero también de las acciones y decisiones de aquellos que nos precedieron.

Hace poco estuve en Madrid y buscaba incansablemente entre los edificios antiguos y tiendas de recuerdos o cafeterías el Madrid literario de Pérez Galdós que recorrió Judith Biely, y sin darme cuenta me encontré buscando el edificio de Van Doren, la plaza de Santa Ana, la casa de citas de Madame Mathilde…

Para mi Muñoz Molina ya es eso, parte de la historia literaria, pero también es la prueba de que, literariamente, el curso de una vida cabe en un sólo minuto porque el tiempo, siempre es relativo.

Aunque tengamos todo el tiempo en nuestras manos.

Time on our hands.

Poder y empoderamiento

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Aviso a navegantes; este artículo no os va a gustar y además digo un par de tacos.

 

Al principio, cuando comencé a trabajar con un grupo numeroso de hombres por primera vez, cuando alguien me preguntaba qué tal me iba y si no me daba un poco de corte, mi respuesta solía ser, entre veraz y sarcástica, que muy bien, que trabajar con hombres simplifica mucho las cosas. Pero eso sólo fueron los primeros meses, cuando aún no era más que la nueva y no existía la confianza que se ha ido creando tras unos cuantos años.

Lo cierto es que si en términos prácticos, los hombres suelen ser hábiles para ciertos trabajos que requieran pericia o poderío físico y no suelen irse por las ramas o cuidar los detalles como tenemos tendencia a hacerlo nosotras, en otros son bastante más complicados, y tras mucho pensar, porque en estos años me han dado muchísimo que pensar, me he dado cuenta de que si algo tienen de complicado los hombres es su amor por el poder.

Pero no sólo el poder que se entiende por dominación o por éxito, sino también el poder ostentado y ostentoso sobre todo aquel que se mueva en su órbita por pequeña que ésta pueda ser; desde ser el más rápido, ser el más fuerte, ser el más guapo, ser el más gracioso…o tener; tener más dinero, tener mejor coche, tener mejor ropa, tener mejores herramientas… cada uno elije la parcela de poder que cree que puede dominar según sus cualidades y es lo que le hace sobresalir por encima de la manada.

Algo similar les ocurre a muchas mujeres y con su concepto de aparentar, de poseer, de ser el mejor florero en la vida de alguien. Un concepto tan arraigado y tan patriarcal que ni siquiera nos damos cuenta a no ser que miremos con ojos muy críticos.

Cuando hablamos de poder en el trabajo suele venirme a la mente la imagen de machirulo trajeado que se sienta con las piernas abiertas frente al escritorio, que lanza órdenes y feromonas masculinas a los cuatro vientos, y cuya prepotencia suele parecernos bastante irritante. Pero también está el ejecutivo poquita cosa el cual ostenta poder desde su cerebro y desde la tarjeta de crédito cargo de la empresa.

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Conste que es el personaje de  Joe MacMillan, tipo ejecutivo machirulo de la serie  Halt and Cach Fire. El chico que lo interpreta en realidad es un encanto…

 

La mujer, tradicionalmente apartada de cualquier parcela de potestad que no sea privada, necesita mostrar el poder que no tiene en una parcela pública a través de su influencia en la vida de los demás, en su familia, en la proyección sobre los hijos de sus obsesiones o deseos frustrados, en el poder de una moral intachable que ostenta como divina, o en los chantajes emocionales de amor a cambio de suculentos cocidos y croquetas.

Sea como fuere, ni el más enclenque o desafortunado de los hombres o la más abnegada y sacrificada de las mujeres quiere quedarse sin su parcela privada de poder, ya sea ostentándolo o incluso pegándose al que él pueda considerar poderoso, moviendo los hilos desde la sombra.

Y la cosa comienza a complicarse de verdad cuando resulta que tras tanto machito alfa y tanta mujer abnegada a las tareas de su hogar, la que más poder tiene es una tía de metro y medio que huye de la imagen típicamente femenina… y no porque sea poderosa sobre los demás, si no porque tiene poder sobre sí misma.

Empoderamiento.

A muchas mujeres no nos interesa ese tipo de poder porque nuestra lucha siempre ha sido otra… sacudírnoslo.

¿Qué ocurre si somos nosotras las que somos más rápidas o más hábiles o las que damos las órdenes? ¿Las que no aguantan los aparatosos intentos de estar por encima de nosotras sólo por el hecho de ser hombres? ¿Si no queremos ser un dechado de virtudes, esposas y madres ejemplares?

Leí en un artículo que éramos mejores jefas porque tendemos a ser más comprensivas… lo creo, hemos tenido tantos obstáculos a lo largo de la historia, tantas zancadillas y muros que escalar que podemos tener empatía con el más débil.

Pero también leí que como jefas se nos juzga peor que a los hombres, se nos consienten menos errores y se nos califica mucho más severamente hasta el punto de que lo que para un hombre se considera símbolo de fortaleza a nosotras nos vale para ser unas histéricas mal folladas.

Como compañeras no esperamos ser tratadas con más cortesía que el resto de compañeros o con un trato de favor, pero tampoco nos merecemos los intentos de socavar nuestro trabajo por el simple hecho de que ellos tienen una testosterona demasiado elevada como para reconocer que una mujer puede trabajar de igual a igual con un hombre intelectual y físicamente.

No sé vosotras pero a mí me vale con que me dejen trabajar en paz, con que no cambien de tema cuando yo llego porque creen que mis oídos son demasiado sensibles a sus burradas o simplemente que no intenten quedar por encima de mí. Tampoco es mucho pedir.

Yo no tengo que demostrar nada y estoy segura de que muchas mujeres que trabajan codo a codo con varios hombres tampoco sentirían esa necesidad si no fuera porque suele ocurrir que nosotras tengamos que esforzarnos más para conseguir lo mismo que ellos, empezando, no es mi caso, por el sueldo.

A mí me gusta pensar que si tengo un reto es conmigo misma.

Si quiero superar algo son mis limitaciones.

Si quiero mejorar o si quiero valerme sola es porque necesito medir mis propias fuerzas.

El único poder que quiero ostentar es el ser dueña de mis actos, de mis opiniones y de mí misma.

Y esa es la diferencia. Poder para los demás si lo quieren. Empoderamiento para mí.

Realmente si ellos juegan desde niños a medírsela unos con otros (si, suelen competir hasta en eso), o ellas compiten por entrar en una talla 36 y ser un precioso florero, es algo que a muchas nos la puede traer al pairo porque el verdadero poder no es ser dueño de nada ni de la vida de nadie si no ser el dueño de uno mismo y de nuestra propia vida.