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Feminismo institucional. ¿Porqué las españolas no salimos a la calle en la Women March?

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En el mundo del feminismo, en las ideas que muchas personas tenemos sobre el significado de esa palabra, hay un millón de despropósitos que todos los días leemos en cualquier red social. Parece que reivindicar la igualdad o es algo obsoleto o un simple postureo cuando no una batalla campal por parte de quienes a la mínima te califica de feminazi, un término muy de moda y acuñado acorde a los nuevos tiempos de extrema intolerancia verbal y de ideas que parecen flotar en los océanos de internet.

Algunos dan por hecho que la mujer ha alcanzado esa igualdad que aún propugnamos porque, entre otras cosas, hemos asumido roles, trabajos o actitudes que hace unas décadas teníamos completamente vedadas y que por tanto, creen muchos, ya no hay de qué quejarnos salvo por alguna discriminación aislada como la diferencia de salarios o por la violencia machista en la que todo el mundo se aviene a dar la razón al colectivo femenino.

Una de las razones más poderosas para que creamos esto no es sólo la visibilidad que la mujer tiene en campos donde antes brillaba por su ausencia, sino también que el estado ha asumido parte de esas reivindicaciones y, en el intento de lograr una supuesta igualdad, nos ha “quitado” la razón para seguir luchando por ella.

El feminismo institucional nace en los movimientos feministas de la política de la post transición cuando empiezan a ponerse en marcha instituciones de igualdad con personas que habían estado presentes en las luchas feministas y se recogen las propuestas presentadas por ese colectivo.

Desde las instituciones creadas comienza entonces una integración de las mujeres que comienzan a ocupar diferentes puestos en distintos organismos de la administración y que reúnen parte de las reivindicaciones e incorporan nuevos términos y nuevos conceptos feministas.

Con esta absorción se corre el riesgo de que la lucha feminista quede por completo vinculada a instituciones del Estado dejando en manos de los políticos o funcionarios de cargo todo el movimiento político feminista y su mensaje y, también, de perder la independencia, la presencia pública así como su sentido reivindicativo, social y de vanguardia.

Una pérdida de su esencia en realidad

Hagamos un poco de historia institucional.

Desde que las mujeres consiguieron el derecho al voto que fueron unas de las primeras y más claras reivindicaciones con el nacimiento del movimiento sufragista, se comprobó que la igualdad seguía siendo nula en hechos y datos reales. La institución que les permitió equipararse al hombre en ciertos y concretos preceptos seguía basando el sistema social en la familia y por ello, las parcelas de poder femenino, más allá del voto, fueron inexistentes durante muchísimas décadas.

En España, las cuotas de emancipación, igualdad de derechos y empoderamiento que obtuvieron las mujeres en la República fueron completamente anuladas durante la dictadura en donde la figura de la mujer retornó a los más rancios cánones del patriarcado. La mujer volvía a ser la figura sumisa, abnegada, que sólo salía de casa para ir a misa en el caso de las clases pudientes. En el caso de la mujer trabajadora o del campo, puesto que España seguía siendo un país eminentemente rural, la figura femenina, además de marcada por todas las pautas anteriormente nombradas, estaba determinada a no poder ni cobrar su propio salario, no poder firmar contratos o no tener potestad para hacer absolutamente nada sin consentimiento paterno o del marido.

Con el paso de los años éstas leyes se suavizaron pero el régimen, católico y patriarcal a ultranza, siguió con la figura femenina eternamente sumisa, sacrificada, y vinculada a la tutela masculina.

En los años 60 hay una nueva ola de feminismo ya que ha quedado suficientemente claro que la presencia de la mujer sigue siendo insuficiente y desigual. Las nuevas ideas, la liberación sexual, la comercialización de los anticonceptivos que dan la oportunidad de poder decidir la propia maternidad, el cambio en las relaciones, en los conceptos y roles de género dan un empuje imparable que continuamos hasta nuestros días.

Estas mujeres, políticamente comprometidas son las que pasan al formar parte de los primeros gobiernos y a ostentar cargos en las administraciones públicas que abogan por la igualdad de la mujer desde las instituciones.

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Políticas institucionales.

La ONU comienza en 1945 a considerar la igualdad como un objetivo.

En España esto no ocurre hasta 1975, en el que coincide el año internacional de la mujer con el comienzo de la transición.

Si sacamos un cálculo rápido podemos ver que llevamos unos 30 años de retraso institucional. Si miramos la evolución social, la forma de pensar de nuestros ciudadanos, posiblemente sean muchos más.

Desde los años 80 se han seguido por tanto distintas políticas que han intentado buscar esa igualdad por la que siempre se ha luchado. La alternancia de gobiernos no ha modificado las políticas de igualdad pese a haber legislado sobre temas concretos como malos tratos, conciliación familiar, igualdad laboral, aborto…

Crecen el número de ONG y organizaciones inter gubernamentales e internacionales que son auspiciadas por las instituciones y a las que se consideran expertas en temas de género y que van desplazando al movimiento feminista más reivindicativo.

Con la llegada de la crisis económica vemos como se justifica un discurso neoliberal en el que se desmantela el “estado del bienestar” como protección a los ciudadanos y que, junto a las alarmantes cifras de desempleados, hace que la mujer sea la más perjudicada en la incorporación al mercado laboral, volviendo así al modelo familiar de años antes.

Esta política neoliberal, este neoliberalismo a ultranza, que se suele identificar equívoca y exclusivamente con el ámbito financiero, ha reinventado el patriarcado, recodificado las relaciones de género y parece que sólo atiende a las manifestaciones más brutales o extremas del machismo, como puede ser la violencia machista. En ella, los malos tratos son más bien considerados una patología o un problema psicológico de cada uno en lugar de considerarlo una clara manifestación de machismo.

Tenemos la falsa convicción de que como el estado protege estas políticas de igualdad, nosotros como ciudadanos, tenemos tan sólo la misión de votar cada 4 años y por tanto, podemos abandonar cualquier lucha o reivindicación.

Las campañas de igualdad por parte de los gobiernos se han equiparado a las campañas publicitarias sobre reciclaje, ecologismo o prevención de accidentes de tráfico cuando lo más necesario sería por ejemplo multar a las empresas que paguen menos salario a las mujeres por realizar el mismo trabajo que los hombres, prohibir reclamos sexuales tal como se prohíben anuncios de tabaco o alcohol, no utilizar el feminismo como arma arrojadiza entre políticos, desvincularse totalmente de las normas morales impuestas por la iglesia ya que en teoría vivimos en un país laico, y comenzar a legislar sobre una educación no sexista y de calidad en los colegios donde se ha llegado a tener la idea el sesgo por sexo.

Se ha llegado a institucionalizar el día 8 de Marzo como una fiesta de la igualdad al estilo del Día por la tierra, Día mundial del cáncer o Día de las enfermedades raras. Para toda esta miríada de Días Internacionales valdría más que nunca la máxima feminista victoriana de “Hechos, no palabras”

Si puedo incidir en algo que me parece primordial es la educación. Hasta ahora en este país cada gobierno ha hecho una ley de educación distinta según ha convenido a su ideología y parece haber olvidado que estamos formando a los adultos del mañana y que por tanto, su educación tendría que ser de mucho más alto nivel académico y menos adoctrinadora de costumbres. Un educador o un director de colegio no tiene más remedio que hacer lo que el inspector de zona le dicta según la ley de educación en ese momento, viéndose a veces imposibilitado para fomentar la igualdad o el pensamiento crítico en sus alumnos.

Una educación severamente inclinada hacia el machismo hace que en la edad adulta, estos ciudadanos confunda poder con empoderamiento y que crean que cualquier parcela de poder público ostentado por una mujer o cualquier reivindicación fuera de las instituciones es un ataque a su masculinidad, una muestra de hembrismo o feminazismo, cuando en realidad tan sólo se vindica una equiparación de derechos que nos permita tener poder sobre nuestras propias vidas y cuerpos, sobre nuestro destino.

Esa misma educación machista en la ciudadana hace que muchas mujeres inviertan todas esas conductas negativas que nosotras hemos tenido que soportar de los hombres y que son precisamente las que queremos erradicar. Cosificar a un hombre o devaluarlo no nos hace más libres ni más feministas.

Hay un largo trecho que recorrer, todavía queda mucho por hacer, y lo tenemos que hacer nosotras, no el estado, así que considero que ser feminista tiene que seguir siendo prioritario en la vida de cualquier mujer. Educar desde la igualdad y promover comportamientos de igualdad con miles de gestos diarios que parecen no tener importancia pero que son los que a la larga nos han ido llevando al lugar en el que estamos ahora.

Gestos que ya hicieran nuestras abuelas. Gestos que harán nuestras hijas.

La lucha sin duda continua.

 

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Las definiciones de una discriminación

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Ante la cantidad de personas que suelen comenzar a hablar del tema “Feminismo” con un “Yo no soy machista, pero…” o un “Yo no me considero feminista, pero…” y todos sabemos que ese pero invalida totalmente la frase anterior, me veo con la obligación (ya ves quién me obliga) de poner unas poquitas definiciones porque, al parecer, tras siglos de lucha por los derechos de la mujer, tras unos cuantos años de aparente igualdad, muchos creen que ya estamos a la paz, que el feminismo ya no tiene razón de ser puesto que nos dicen que todos somos iguales ante la ley.

Vale, de momento os dejo las definiciones y luego lo hablamos.

Feminismo.

  1. m. Ideología que defiende que las mujeres deben tener los mismos derechos que los hombres.
  2. m. Movimiento que se apoya en el feminismo.

 

Machismo.

  1. m. Actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres.

 

Dicho lo cual, cualquier persona que diga que no es feminista, instantáneamente se convierten machista ya que no cree en la igualdad de derechos.

Pero hay más definiciones que conviene repasar para que se vean las diferencias.

Sexismo

Sexismo, discriminación sexual o discriminación de género, es el prejuicio o discriminación basada en el sexo o género, también se refiere a las condiciones o actitudes que promueven estereotipos de roles sociales establecidos en diferencias sexuales.Las actitudes sexistas se sostienen en creencias y estereotipos tradicionales sobre los distintos roles de género.

Masculinismo

Es un conjunto polisémico de ideologías y movimientos políticos, culturales y económicos que tienen como objetivo el análisis de la «construcción masculina de la identidad y los problemas de los varones frente al género». Se considera la contraparte del feminismo, ya que busca la igualdad con las mujeres, pero desde el punto de vista masculino; así, este término puede utilizarse en distintos ámbitos para referirse a la defensa de los derechos y necesidades de los varones, de la adhesión o promoción de las opiniones, y de los valores y actitudes consideradas como típicas de los varones.

 

Heteropatriarcado

Es un sistema sociopolítico en el que el géneromasculino y la heterosexualidad tienen supremacía sobre otros géneros y sobre otras orientaciones sexuales. Término creado por Michael Warner en 1991.

Feminazi.

Término, tanto adjetivo como sustantivo, que es usado con sentido peyorativo para referirse a feministas que son percibidas como radicales o que promueven la vulneración de derechos de los varones.

 

Pero si vamos un poquito más allá, tan solo un poquito, vemos que hay mucho mar de fondo en esta cuestión. Por ejemplo, aunque la ley diga que tenemos los mismo derechos que los hombres y demos por sentado que es así, ¿Qué hacemos con todas esas actitudes machistas que no están legisladas?

A ver, ¿Cómo os sentiríais si vuestras hijas o vuestras madres tuvieran que soportar que yendo en el metro les tocaran el trasero? Y que si protestan ante ello tengan que aguantar desprecios o insultos.

¿Cómo os sentiríais si a vuestras hijas o madres les pagaran menos sin ninguna explicación haciendo el mismo trabajo? ¿Si las despidieran por quedarse embarazadas? ¿Si en una entrevista de trabajo les preguntaran por cuándo piensan tener hijos porque eso es una condición si ne quan non?

¿Cómo os sentiríais si después de pagarle una carrera y dos masters a vuestra hija no le dejaran promocionarse en la empresa porque prefieren promocionar a un hombre aunque esté menos cualificado?

¿Cómo os sentiríais si vuestra hija o vuestra hermana sufriera malos tratos y la miraran como si ella fuera una puta y no una victima? ¿Cómo os sentiríais si tras ver a vuestra hija cosida a moratones notarais que la juzgan y que por dentro están pensando “algo habrá hecho”?

¿Cómo os sentiríais si vuestra hija o vuestra hermana no se atreviera a pasar delante de un grupo de hombres porque  o bien la van a llamar fea o bien le van a lanzar “piropos”? Sea como sea va a ser juzgada y aprobada o desechada por su aspecto y van a coartar su libertad.

Si digo las palabras “denuncias falsas” ¿a que inmediatamente has pensado en los malos tratos? Ni se os ha ocurrido pensar en por ejemplo las denuncias falsas que hay en el mundo de los seguros; 0´01% por violencia de género frente al 30% en seguros.

Si la respuesta es que os sentiríais mal, indignados y que no son justas esas situaciones, deberíais ser feministas.

El feminismo actual, en el que se supone que ya tenemos los mismos derechos que los hombres, se esta caracterizando no por una lucha legislativa, si no por una lucha de mentalidad, por una lucha contra los estereotipos, contra las normas no escritas y contra tradiciones que ya están más que obsoletas.

Y esa es una lucha ardua ya que no solo tenemos a los hombres frente a nosotras como antaño sucedía,  si no siglos de patriarcado y de adoctrinamiento en el cual nos hemos ido conformando y que hace que sean muchas las mujeres que no se consideran feministas cuando todos deberíamos serlo. Hombres y mujeres.

Si hace doscientos años luchábamos por el derecho al sufragio femenino ahora hay que luchar por el derecho a la identidad femenina, por ser mujeres, libres, por poder desarrollar nuestras capacidades, nuestros valores, y nuestras metas. Por quitarnos de encima esa mentalidad arcaica que nos convierte en personas de segunda clase, en objetos, en culpables y victimas.

Pensadlo de otra forma: Casi el 50% de la población es femenina… ¿Qué creéis que ocurre en un mundo en el que la mitad de la población discrimina a la otra mitad? ¿Os parece un mundo justo? ¿De verdad después de tantos siglos aguantando esto seguís pensando que somos el sexo débil?

Y ahora pensad sinceramente. ¿Sois feministas?

La actitud de los cuerpos

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Es la actitud de tu cuerpo junto al mío lo que más amo de ti.

Somos como figuras de piedra unidas en lúbricos abrazos; los contornos borrados, las formas gastadas, pero aún unidas en la actitud que los define.

La actitud de tus piernas entre las mías.

La actitud de tus manos abriéndome.

La actitud con que golpeas, acaricias, gritas, inundas.

Tu voz, tu mirada o tus gestos.

No somos piedra, no estamos quietos ante el mundo, no nos rompemos al golpearnos piel con piel, carne con carne, y no cabemos en nuestras manos.

No nos resquebrajamos ni permanecemos imperturbables ante las mareas que corren por nuestra sangre. No me asfixia la pleamar con la que me inundas y de la que te desprendes con un jadeo que lleva mi nombre.

Morimos un poco pero resucitamos ante el milagro de la transubstantación, yo en ti, tú en mí, devorándonos con las bocas, creándonos con nuestros dedos, consumiéndonos en el fuego lento de nuestras pieles, preservándonos del olvido al que estamos condenados y del que no podemos salvarnos salvo en estos momentos en los que vencemos a la muerte.

Seríamos como aquellos amantes de los que el tiempo ha borrado los nombres y que reposan en lápidas abandonadas sin que en ellas se muestre nada de aquello que vivieron.

Como héroes recluidos en páginas doradas, borradas por los años y de los que ya nadie habla, como las hojas de todos los árboles que vuelan silenciosas en todos los otoños.

Seríamos parte de una historia que no contaría nuestra verdad, ni nuestro amor, ni nuestra pasión cegadora, ni nuestra locura de no ser por los momentos en que el mundo, recluido en nuestra cama, gira al compás de tus caderas marcando las estaciones del mundo, las eras en las que vamos a vivir cuando ya no estemos.

Seríamos solo huesos, piel, sangre, penetración y rendición si no fuera por las mareas que nos hacen amar y burlar la muerte.

¡Qué bello que no seamos piedras ni se borren nuestros contornos con el paso de los siglos! ¡Qué bello saber que, aunque nos tallaran en jade, nuestra actitud sería de amantes!

Es la actitud de tu cuerpo junto al mío, lo que más amo de ti.

La cualidad de amante que tiene tu corazón.

Es la actitud de los cuerpos quien define las almas.

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Los gritos del silencio

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Documentarse para escribir es realizar un viaje hacia lo desconocido donde no siempre sabes a ciencia cierta qué es lo que te vas a encontrar aunque lleves una idea preconcebida y hayas visitado cientos de webs, leído infinidad de artículos o visto muchos reportajes en Youtube.

Era la primera vez que hacía un trabajo de campo, es decir, llevaba un bloc de notas y la memoria del móvil vacía para poder apuntar y fotografiar todo aquello que me pareciera interesante para mi, para el argumento del libro o para la naturaleza de los personajes.

En esto soy muy novata. Yo no he estudiado periodismo y me guio por la intuición o por las necesidades de cada momento que siempre están marcadas por la narración.

Hasta ahora he tenido suficiente documentación en ensayos, artículos o imágenes, pero la posibilidad de estar en un lugar que puede ser necesario (o no) para la recreación de mi libro, era algo hasta ahora nunca había necesitado hacer ya que en mis libros, todo ficción, no estaban basados en ningún personaje o acontecimiento real o histórico.

Este nuevo libro por el contrario, está basado en una época concreta en la vida de una mujer que recrea a su vez la vida de otras mujeres en otras épocas y por lo tanto, era absolutamente necesario documentarme de la forma más fiel y más terrenal posible.

Pertrechada por la botellita de agua, el bloc de notas y el móvil, acompañada por varias personas entre ellas mi hijo y guiada por mi amiga Queta Rodenas, autora del libro Castellón en mis recuerdos, comenzamos una visita por el cementerio de Castellón en la que nuestra guía de lujo nos iba contando las tradiciones funerarias de distintas épocas y nos mostraba autenticas obras de arte en esculturas mortuorias. Pudimos también entrar en uno de los panteones más antiguos y bellos y hacerle una visita a algún castellonense insigne.

Es realmente curioso todo cuanto vimos, interesante y muy poco conocido por la mayoría de personas que, cada vez más, tenemos esa especie de alergia a la muerte que a veces padecemos los vivos o quienes aún tenemos a pocos familiares enterrados.

El momento importante para mí y para el tema del libro vino a última hora de la tarde cuando llegamos al denominado cementerio civil.

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No sé como lo había imaginado, puedo afirmar rotundamente que jamás había puesto un pie en ese lugar y hasta hace poco ni sabía que existía, pero cuando traspasamos el escalón y el umbral de aquella especie de muros en donde están las piedras con los nombres de las más de 500 personas que fueron enterradas allí en fosas comunes durante los primeros años de la represión franquista, un escalofrío recorrió mi espalda sin que pudiera evitarlo y un nudo cerró por completo mi garganta.

No es lo mismo verlo en un documental o que algún testigo de los muy pocos que quedan lo cuente, que poner los pies sobre el lugar. Creo que esa sensación nos recorrió a todos los que estábamos allí presentes porque nos quedamos quietos en los primeros pasos y hubo como un “impase” donde se pudo sentir el silencio.

Agradecí profundamente la ayuda de la botella de agua ya tibia en la calurosa tarde que volvió a abrirme la garganta y de las gafas de sol que impedía a mis compañeros poder ver mi expresión emocionada, porque estoy segura de ello, fue emoción lo que sentí en aquel instante.

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Mi libro no versa sobre la guerra civil, habla de las mujeres de aquella época. Y si alguien, a lo largo de la historia, ha estado íntimamente relacionado con la muerte y con todos sus ritos o significados en cualquier época, son sin duda las mujeres católicas, las que vestían lutos interminables, velaban los cuerpos, rezaban por sus almas y acarreaban las consecuencias de su viudez o su orfandad en épocas en las que ser mujer era un estado constante de invalidez social y significaba depender para absolutamente todo de la potestad de un hombre, primero del padre, luego del marido y en ocasiones finalmente del hijo.

Ser mujer entonces, cuando España era un país en derribo y con las leyes impuestas de una moral eclesiástica y restrictiva que borraba de un plumazo todos los derechos y las leyes de igualdad conseguidos por la república, y además, cargando con la condición de haber tenido a un marido a un padre o a un hijo en el Frente Popular, era realmente un infierno.

Esas son las protagonistas de mi libro, y necesitaba ver dónde podían ellas ir a llorar. Necesitaba ver con mis propios ojos el lugar donde habían fusilado a más de 800 personas, la puerta por la que entraban desde el rio Seco los cadáveres encima de un carro para vaciarlos en las fosas comunes a las que nadie llevaría flores nunca para no ser considerado un enemigo de la patria y poner su propia vida en peligro.

Necesitaba pisar ese suelo para hacerme al menos una mínima idea de lo puede haber sentido cualquier persona que tenga allí a un familiar porque mis protagonistas lo tienen que sentir así al rememorarlo y yo tengo que saber explicarlo.

No sé de qué forma, pero sé que debo saber explicarlo.

Si habéis leído mi libro o mis artículos, si os he podido hablar de lo que serán mis próximos libros ya terminados, sabréis que mis protagonistas suelen ser mujeres y hasta ahora contemporáneas. En éste libro que me ocupa ahora, mis mujeres nos cuentan de una época en que ser mujer era vivir en silencio, abnegada, cargada de complejos, culpas, leyes morales y trabajos pesados.

Las mujeres de entonces, muy lejos de las modernas teorías de igualdad republicanas o más lejos aún de la filosofía o el ejemplo de las mujeres europeas, se marchitaban entre rosarios, bordados y mantillas negras o procesiones donde las clases pudientes ofrecían en ese ámbito la única oportunidad de brillar en sociedad.

La mujer de clase trabajadora tenía todas esas mismas restricciones pero además no era dueña ni siquiera del fruto de su propio trabajo, pasando a ser esclava de aquellos trabajadores que ya eran de por si esclavos.

Ni voz ni voto. Ser mujer era vivir callada, abnegada, soportando sigilosa la enorme cruz de ser la guardiana de la moral, la salvadora de los pecados ajenos, el ejemplo a seguir, siempre perfecta, siempre sumisa, circunspecta, siempre un paso detrás de todos, decorosa y digna, siempre en silencio.

De los gritos de ese silencio es de lo que estoy escribiendo, para lo que me estoy documentando… y a veces, documentarse, además de un viaje a lo desconocido, es aprender a sentir el dolor ajeno como propio, y por ello, en consecuencia, escribir este libro se ha convertido en un querer dar voz a aquellas mujeres que siempre tuvieron que vivir calladas.

Ojalá puedan gritar.

 

 

Bibliografía

http://www.memoriacastello.cat/docs/15072300.pdf

http://aceneditorial.es/narrativa/25-castellon-en-mis-recuerdos.html

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PLACA CONMEMORATIVA EN MEMORIA DE LOS FUSILADOS POR LA LIBERTAD Y LA REPUBLICA Y POR LOS CASTELLONENSES MUERTOS EN LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN NAZIS DURANTE LA 2ª GUERRA MUNDIAL A CARGO DEL GRUP PER LA RECERCA DE LA MEMORIA HISTORICA DE CASTELLÓ.

Muñoz Molina. Time on our hands

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Apenas llegué a casa con el libro, lo primero que hice fue cumplir con todos los rituales que previamente ya había realizado en la librería y que suelo repetir en casa casi como en una ceremonia íntima.

Sopesé el gran volumen entre mis manos, lo abrí y aspiré ese aroma a nuevo, a tinta y pegamento de las ediciones recién estrenadas enterrando mi nariz entre sus páginas, volví a contemplar la portada en la que un hombre sin rostro, con un cigarrillo en la mano y frente a un coche antiguo, me comenzaba a hablar. Abrí la última página tan sólo por ver su número de páginas, 958, y regocijarme en la promesa que siempre es para mí un libro de semejante grosor. Promesas de tardes de lectura y paz. La letra pequeña y la delgadez del papel eran dos características más que me afirmaban en la creencia de que ése podía ser un buen libro.

Bueno, y que su autor fuera Antonio Muñoz Molina, era de por sí la mayor garantía.

Muñoz Molina entró en mi vida hace muchísimos años en una colección del libros formados por Premios Planeta donde descubrí “El jinete polaco” Posteriormente, seguí leyendo sus obras y siempre le tengo presente en el momento en que necesito “resetear” mi cerebro. He seguido releyendo éstas dos novelas suyas con los años, puesto que yo soy de ese extraño grupo de lectores que necesita cada cierto tiempo volver a leer un libro concreto aunque lo haya hecho muchísimas veces con anterioridad.

Todas las características del autor que me gustaron en “El jinete polaco” se vieron acrecentadas con la lectura de “La noche de los tiempos” hasta el punto de que para mí es ya un libro imprescindible en la historia de la literatura en castellano.

Con “La noche de los tiempos” me ocurrió algo, como anécdota personal, que nunca me había ocurrido antes y que nunca me ha vuelto a ocurrir después; Tal como terminé de leerlo por primera vez, en el mismo instante en que llegué al final y cerré su tapa, suspiré, acaricié su lomo blanco y suave, le fui dando la vuelta para contemplar su portada y mientras el hombre sin rostro me miraba a los ojos, volví a abrirlo y volví a comenzar.

Su lectura es densa, plena, la profundidad de la historia y la de los personajes hace que te sumerjas completamente en un argumento fluido pero a la vez lleno, tal vez por el momento histórico que narra y que es uno de los más importantes de nuestra historia moderna. En la narración, el personaje principal, Ignacio Abel, contempla la historia casi queriendo salir de ella, desde dentro pero sin tomar parte del todo, con unas claras inclinaciones políticas que no le impiden ver, sin embargo, los grandes errores o las conductas impropias de la filosofía que, en su base más primordial, siente como suya. Una especie de conflicto entre clases sociales tiene lugar en él casi de forma continua y al final del libro, no sale ni vencedor ni vencido, sino que pudiendo ver todo desde la perspectiva de, unas veces asombrado otras veces critico espectador, toma la decisión de mantenerse al margen para simplemente narrar los hechos.

Una característica de este personaje es que, pese a su inmovilismo social, familiar y político, pese a ser un hombre que a veces parece ser parte del público en su propia vida y que muestra claras señales de cobardía, no logra que el lector sienta ningún tipo de animadversión hacia él quizá porque desde un principio Muñoz Molina nos da una detallada descripción de su introspección y su desaliento mientras el personaje ya es víctima de la inercia que ha causado su propio letargo.

Es un personaje con las debilidades y fortalezas, las aristas y los planos, con las luces y las sombras, que tiene que tener un gran personaje.

 

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Pero más allá de los personajes o de la historia que nos cuenta en este libro, que ya he dicho que es uno de mis favoritos, quisiera incidir en Muñoz Molina como narrador.

Hay elementos que descubrí en El jinete polaco que realmente me hacían palidecer como aspirante a autora, y que en este libro se ven acrecentados.

Muñoz Molina es, para mí, uno de los escritores con mayor vocabulario que he leído jamás, no sólo por la cantidad de palabras que uno pueda ir escribiendo o acumulando sino por la riqueza del idioma, por los matices, por los sabores, por las evocaciones que traen consigo. Una palabra y no otra, hace que, sin darnos cuenta, volemos al Madrid de hace 80 años que era el lugar y el momento exacto en que esa palabra, y no otra, podía ser utilizada.

La arquitectura de sus frases, la delicadeza de los conceptos, la ambientación de sus lugares en que hasta los edificios son válidos para provocar sensaciones, las frases justas y necesarias en los diálogos, la forma de sus descripciones que nunca llegan a describir pero que permiten visualizar nítidamente, la forma en que rescata del olvido términos casi en desuso que son los adecuados, la claridad y precisión con que describe a sus personajes hasta en lo más intimo sin llegar a formar un retrato sino más bien aunando la parte física que podemos ver al leer con la parte de carácter que él nos quiere mostrar y quiere que conozcamos.

Su narrativa es a veces un triunfo de la insinuación, de lo imaginario, de la inspiración.

Pero si hay algo que, desde la primera lectura hasta ahora, me ha fascinado, es la forma en que maneja los tiempos.

No el tempo de la narración, sino el tiempo puramente cronológico de la historia.

Muñoz Molina es el Einstein de la literatura porque en sus libros la paradoja del espacio tiempo queda plasmada y explicada con absoluta y meridiana claridad.

La forma en que en las dos novelas los personajes habitan en un mundo formado por pretéritos imperfectos, futuros posibles y presentes reales es verdaderamente un ejercicio de escritura imposible para muchos autores.

En la misma novela podemos viajar a distintas ciudades en distintos momentos y con distintas personas de una forma ordenadamente anárquica, sin tener en cuenta un hilo conductor exterior al pensamiento del protagonista que nos va narrando su vida y sus vivencias más por orden de importancia que por orden cronológico. No es de extrañar que ambas novelas comiencen entonces por el final y que el autor nos vaya desempolvando recuerdos del pasado mientras el personaje está en un presente que imagina y espera el futuro. En las manos del autor estos libros cobran una vida tridimensional donde todo se une para mostrarnos, como en una especie de efecto mariposa, que somos el resultado de nuestras propias acciones y decisiones, pero también de las acciones y decisiones de aquellos que nos precedieron.

Hace poco estuve en Madrid y buscaba incansablemente entre los edificios antiguos y tiendas de recuerdos o cafeterías el Madrid literario de Pérez Galdós que recorrió Judith Biely, y sin darme cuenta me encontré buscando el edificio de Van Doren, la plaza de Santa Ana, la casa de citas de Madame Mathilde…

Para mi Muñoz Molina ya es eso, parte de la historia literaria, pero también es la prueba de que, literariamente, el curso de una vida cabe en un sólo minuto porque el tiempo, siempre es relativo.

Aunque tengamos todo el tiempo en nuestras manos.

Time on our hands.

Poder y empoderamiento

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Aviso a navegantes; este artículo no os va a gustar y además digo un par de tacos.

 

Al principio, cuando comencé a trabajar con un grupo numeroso de hombres por primera vez, cuando alguien me preguntaba qué tal me iba y si no me daba un poco de corte, mi respuesta solía ser, entre veraz y sarcástica, que muy bien, que trabajar con hombres simplifica mucho las cosas. Pero eso sólo fueron los primeros meses, cuando aún no era más que la nueva y no existía la confianza que se ha ido creando tras unos cuantos años.

Lo cierto es que si en términos prácticos, los hombres suelen ser hábiles para ciertos trabajos que requieran pericia o poderío físico y no suelen irse por las ramas o cuidar los detalles como tenemos tendencia a hacerlo nosotras, en otros son bastante más complicados, y tras mucho pensar, porque en estos años me han dado muchísimo que pensar, me he dado cuenta de que si algo tienen de complicado los hombres es su amor por el poder.

Pero no sólo el poder que se entiende por dominación o por éxito, sino también el poder ostentado y ostentoso sobre todo aquel que se mueva en su órbita por pequeña que ésta pueda ser; desde ser el más rápido, ser el más fuerte, ser el más guapo, ser el más gracioso…o tener; tener más dinero, tener mejor coche, tener mejor ropa, tener mejores herramientas… cada uno elije la parcela de poder que cree que puede dominar según sus cualidades y es lo que le hace sobresalir por encima de la manada.

Algo similar les ocurre a muchas mujeres y con su concepto de aparentar, de poseer, de ser el mejor florero en la vida de alguien. Un concepto tan arraigado y tan patriarcal que ni siquiera nos damos cuenta a no ser que miremos con ojos muy críticos.

Cuando hablamos de poder en el trabajo suele venirme a la mente la imagen de machirulo trajeado que se sienta con las piernas abiertas frente al escritorio, que lanza órdenes y feromonas masculinas a los cuatro vientos, y cuya prepotencia suele parecernos bastante irritante. Pero también está el ejecutivo poquita cosa el cual ostenta poder desde su cerebro y desde la tarjeta de crédito cargo de la empresa.

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Conste que es el personaje de  Joe MacMillan, tipo ejecutivo machirulo de la serie  Halt and Cach Fire. El chico que lo interpreta en realidad es un encanto…

 

La mujer, tradicionalmente apartada de cualquier parcela de potestad que no sea privada, necesita mostrar el poder que no tiene en una parcela pública a través de su influencia en la vida de los demás, en su familia, en la proyección sobre los hijos de sus obsesiones o deseos frustrados, en el poder de una moral intachable que ostenta como divina, o en los chantajes emocionales de amor a cambio de suculentos cocidos y croquetas.

Sea como fuere, ni el más enclenque o desafortunado de los hombres o la más abnegada y sacrificada de las mujeres quiere quedarse sin su parcela privada de poder, ya sea ostentándolo o incluso pegándose al que él pueda considerar poderoso, moviendo los hilos desde la sombra.

Y la cosa comienza a complicarse de verdad cuando resulta que tras tanto machito alfa y tanta mujer abnegada a las tareas de su hogar, la que más poder tiene es una tía de metro y medio que huye de la imagen típicamente femenina… y no porque sea poderosa sobre los demás, si no porque tiene poder sobre sí misma.

Empoderamiento.

A muchas mujeres no nos interesa ese tipo de poder porque nuestra lucha siempre ha sido otra… sacudírnoslo.

¿Qué ocurre si somos nosotras las que somos más rápidas o más hábiles o las que damos las órdenes? ¿Las que no aguantan los aparatosos intentos de estar por encima de nosotras sólo por el hecho de ser hombres? ¿Si no queremos ser un dechado de virtudes, esposas y madres ejemplares?

Leí en un artículo que éramos mejores jefas porque tendemos a ser más comprensivas… lo creo, hemos tenido tantos obstáculos a lo largo de la historia, tantas zancadillas y muros que escalar que podemos tener empatía con el más débil.

Pero también leí que como jefas se nos juzga peor que a los hombres, se nos consienten menos errores y se nos califica mucho más severamente hasta el punto de que lo que para un hombre se considera símbolo de fortaleza a nosotras nos vale para ser unas histéricas mal folladas.

Como compañeras no esperamos ser tratadas con más cortesía que el resto de compañeros o con un trato de favor, pero tampoco nos merecemos los intentos de socavar nuestro trabajo por el simple hecho de que ellos tienen una testosterona demasiado elevada como para reconocer que una mujer puede trabajar de igual a igual con un hombre intelectual y físicamente.

No sé vosotras pero a mí me vale con que me dejen trabajar en paz, con que no cambien de tema cuando yo llego porque creen que mis oídos son demasiado sensibles a sus burradas o simplemente que no intenten quedar por encima de mí. Tampoco es mucho pedir.

Yo no tengo que demostrar nada y estoy segura de que muchas mujeres que trabajan codo a codo con varios hombres tampoco sentirían esa necesidad si no fuera porque suele ocurrir que nosotras tengamos que esforzarnos más para conseguir lo mismo que ellos, empezando, no es mi caso, por el sueldo.

A mí me gusta pensar que si tengo un reto es conmigo misma.

Si quiero superar algo son mis limitaciones.

Si quiero mejorar o si quiero valerme sola es porque necesito medir mis propias fuerzas.

El único poder que quiero ostentar es el ser dueña de mis actos, de mis opiniones y de mí misma.

Y esa es la diferencia. Poder para los demás si lo quieren. Empoderamiento para mí.

Realmente si ellos juegan desde niños a medírsela unos con otros (si, suelen competir hasta en eso), o ellas compiten por entrar en una talla 36 y ser un precioso florero, es algo que a muchas nos la puede traer al pairo porque el verdadero poder no es ser dueño de nada ni de la vida de nadie si no ser el dueño de uno mismo y de nuestra propia vida.

 

 

 

 

Obivlion. Olvido.

 

Capitulo eliminado del libro La casa de la luna.

 

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Hacía mucho tiempo que no se sentaba a escribir con la soltura de esos días.

Quizá ayudaba estar en la vieja casa familiar y no en su apartamento de la ciudad, quizá los viejos fantasmas que la habitaban le inspiraban en ese momento de creación, algo que no recordaba haber tenido jamás.

Le costaba un gran esfuerzo sentarse y ponerse a llenar de palabras el folio en blanco de la pantalla hasta tal punto que había vuelto a intentar escribir en papel y lápiz, a la vieja usanza, y ni aún así a veces lo conseguía. Los ritos que durante años habían conformado su día a día en la escritura no tenían efecto o ya lo habían perdido, quizá nunca lo tuvieron, pero ahora milagrosamente volvían a funcionar.

La taza de café y el cigarrillo en el cenicero, las tantas de una fría madrugada, el foulard sobre los hombros, el silencio de la noche roto por las suaves teclas de un teclado que había evolucionado en pocos años, tan rudimentaria su antigua máquina de escribir, tan moderno y fácil su nuevo portátil que hasta resultaba pecaminoso.

Dejar que la inspiración la tomara entre sus alas y lanzarse a volar como si no costara esfuerzo, como si alguien en su subconsciente le fuera dictando las palabras que salían casi atropelladas de sus dedos y que iban cobrando sentido ante sus alucinados ojos que veían casi como un milagro que algo así le sucediera a ella.

Poco importaba que la buena racha en la que estaba de nuevo sumergida estuviera poseída por completo por él. Se había propuesto escribir sobre el amor, escribir una historia de amor y era inevitable que su imagen estuviera entre las líneas porque él se había convertido en sinónimo de esa palabra que carecía casi de significado unos meses antes, cuando él existía en un plano aparte de su existencia, cuando el destino todavía no los había juntado.

La búsqueda arqueológica de ese amor era algo que la había entretenido durante días hasta el punto de hacerle escribir sobre ello con la facilidad de los treinta años, en los días felices de sus primeras novelas y primeros éxitos.

Dónde habían estado ambos antes de conocerse, quiénes eran, con quiénes dormían, de qué forma habían oído hablar el uno del otro y se habían puesto en contacto en sus respectivas disciplinas, se habían escuchado o leído mucho antes de conocerse en persona.

Los lazos de un destino desconocido habían estado funcionando a nivel secreto desde años atrás, cuando ella lo vio en un video de una red social y él leyó un libro que una de sus amantes había dejado olvidado en la mesilla de noche.

La rueda del destino funcionando como un engranaje perfecto, planeando un futuro del que ellos no eran conscientes mientras se iba convirtiendo en presente.

Algo simple y casual en lo que no había intervenido la voluntad de ambos, sino la magia de todo aquello que está por venir y que no vemos hasta que ya ha llegado, maravillándonos de que haya sido posible, de que la posibilidad remota de que dos personas tan lejanas y desconocidas lleguen a ser amantes en un mundo tan inmensamente grande.

Una ciudad desconocida y ajena a la que soñaba con ir cuando era una adolescente, un teatro, una noche y todo el mundo se había puesto del revés.

Tan sólo eso y nada había vuelto a ser igual desde entonces.

Algo que para ambos podía no haber sido más que un trámite y que había cambiado todo.

Aún puede notar el impacto del primer instante en que lo vio, el golpe de su corazón, la forma en que se hizo el silencio alrededor suyo porque iba a comenzar el concierto y que fue atronador para ella porque lo señaló como el eje de algo que todavía no sabía que iba a suceder.

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Esa luz enfocada a él, la expectación del público, las miradas de admiración, el sigilo respetuoso de quién está esperando y que encumbra lo esperado, esa forma en que todo dentro de aquel teatro se alió para que lo viera poderoso, solitario, inalcanzable y engrandecido por un arte casi desconocido para ella, tan sublime, tan sensitivo, tan novelesco y pasional que parecía un sueño.

Las primeras notas escapando de sus dedos y marcando una melodía que no había dejado de sonar desde entonces en su cabeza, Oblivion, Olvido, algo imposible desde ese mismo instante.