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Maifa Rieseberg y el mar.

nina peña - maifa rieseberg - mar - poemaEl mar teje un velo de bruma en el horizonte donde navegan grandes albatros nubes hacia el infinito.

Y en una sinfonía de rosas nace el sol, brasa tímido detrás de su muselina gaseosa. Delicadamente pinta una tela puntillista de rosa tierno y cálido, mientras la plata blanquecina del mar va sonrojándose de susurrante enamoramiento.

Prepara un lecho suave y brillante en que el sol pueda recostar suavemente su mirada cálida.

El mar se mece y ondula su vientre como una hetaira, con lentitud calculada, con suavidad lasciva, cantando bajito eróticas pasiones por una mirada rosa y una caricia incendiaria de pasión efímera.

Cada amanecer es distinto, no hay dos iguales.

19732315_10207687004288046_2091684990748299566_nCada onda de luz, cada nube, cada brisa y fragancia cada detalle que puede ser visto, sentido.

Como cada día, como cada instante, nada es igual en la naturaleza. Madrugar y ver salir el sol, ir a buscar su nacimiento, en la ciudad, o fuera de ella, me ayuda a recordar que cada momento es único y singular, y que la vida es una sucesión de amaneceres y ocasos en todas las dimensiones de lo humano, permanentemente.

Detenernos aquí, ahora, en el instante presente a captar el amanecer de lo que sea: un saludo, un latido, la luz que entra por la ventana, el aire que nos alimenta en este momento, lo que sea que viene a decirnos hola.

Grises antracita, grises ratón, grises perla, grises blancos, blancos grises. Sinfonía gris. Aguas expectantes y mansas, de caricia cálida para pasear acompañada por una chica grande. Que extraño y precioso es ver crecer a las personas y adivinar un largo recorrido interno hacia un abanico de plenitud.

A salto de mata, ver cómo evoluciona con un alma cada vez más luminosa. Gris está el día que sonríe entre nubes y juega con la luz haciendo senderos, guiños, surcos, explosiones amarillas.

Grises que se vuelven blancos de sal y luminosidad, blancos de calor, blancos que conquistan el cielo en un alarde de poderío. Y en la arena dorada y sucia pasan las almas transeúntes mañaneras en busca de paz y de inconfesados objetivos

18557496_10207324471864962_2258776440410961104_nRoja bola entre seda de bruma sale del mar susurrante y tierno, lánguido y delicado. Líquida plata orlada de puntadas azuladas murmura la balada de los enamorados de la paz y el silencio.

Rosada mañana de luz tamizada por una muselina delicada donde vagan extraños pájaros de nubes mullidas e inciertas a ras de agua en la precaria raya del horizonte.

Baladas de agua cálida y mimosa surcan la brisa.

El mar ofrenda a la arena posidonias, rayas esmeraldas para que luzca joyas brillantes de perlas de sal. Pero la arena ya no mira las ofrendas, tiene la espalda erizada de cañas y de dolor de la soberbia del pescador. En la escollera conquistada, lucen picas, banderas y sombrilla en el contraluz de la mañana.

Sombras chinescas en el aire tenue y salado auscultando el mar que gluglutea entre piedras para solaz de pulpitos y cangrejos tímidos, mientras las rayas plateadas de algunos peces se burlan del pescador. Dos gaviotas pelean por unos despojos mientras empieza para la playa el sufrimiento del verano, pies y toallas, picadura de parasol y gritos de alborozo.

15202650_10206118366273076_8252149351764845466_nRumorea sin tregua con rabiosa constancia bajo un dosel de nubarrones grises que se pavonean en el agua ora de gris morado ora verde hosco. El mar le ha robado tanta arena a la playa que va empachado; se ha preparado una larga cama plana donde desenrollar sus encajes de espumajos chulescos. Está ufano el mar de sus hazañas de ayer, invadió la playa y dejo charcos que se bebe la arena con paciencia donde revientan burbujas salobres en un glup suave y estirado y las nubes se hacen selfies en sus espejos. Las olas suben en alardes de matón de verano con ímpetu de película mala dejando figuras de fieras antediluvianas que se escurren cobardes hacia su guarida eterna.

Entre nubes se asoma el sol haciendo poses, en estrella, en raya, en punto y coma, en exclamación.

El sol está jugando con las nubes, mientras el mar, en el horizonte humea, caliente de rabia, caliente de verano contra la brisa matutina.15179117_10206118364113022_2681530507568806355_n

PD. Muchas gracias Maifa por permitirme compartir tus escritos. Es un placer y un honor tenerte en mi blog.

 

De gárgolas y hombres bajo la lluvia

 

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Muchos podrían decir que era verdadera mala suerte que estuviera lloviendo sobre la bella ciudad en el único día en que podía tener unas horas para pasearla y conocerla, para poder hacerla mía un poco más como cada vez que la he visitado y solo he visto un poco de todo lo mucho que en realidad podía ofrecer.

Muchos dirían que era realmente mala suerte que la lluvia fuera racheada, que cayera en cortinas débiles y oblicuas sobre los sillares de las catedrales, sobre sus campanarios y cúpulas, sobre el empedrado de sus calles, sobre mi ropa por debajo del paraguas y que una especie de nube, de niebla blanquecina, cubriera casi todo el paseo marítimo que podía ver desde la plaza donde he hecho un alto en el camino comprar cigarrillos.

Sin embargo, me he despertado escuchando las campanas en la Catedral de Santa María del Mar, tan cerca que, desde la pequeñísima terraza de mi apartamento, podía ver sus torres. Tan cerca que apenas tenía que girar dos calles para plantarme frente a ella y admirarla con la cabeza y el alma inclinadas, dejando que las finísimas gotas de lluvia mojaran mi cara sin remedio, y eso… eso era cualquier cosa menos mala suerte.

Las piedras parecían humedecerse en melancolía, el gris del cielo las oscurecía haciéndolas parecer aún más viejas, más solemnes. Los sillares de piedra escurrían añoranza de otras épocas, el enlosado del suelo, que las pisadas de generaciones y generaciones habían ido puliendo, brillaba con una pátina de lluvia dejando un color similar al oro. Las gárgolas vomitaban chorros de agua desde sus bocas abiertas que caían directamente sobre el paraguas de algún viandante desprevenido, como si tras tantos siglos aún conservaran el humor y la maldad necesarios para reírse de los simples mortales que durante siglos desfilan bajo ellas con casi los mismos afanes.

Unas gaviotas atrevidas y unas palomas animosas sobrevolaban las torres más altas en círculos casi perfectos.

Imaginé la cantidad de gente que a lo largo de los siglos habría pasado por las mismas losas, la misma plaza y mirado las mismas cúpulas. Imaginé el esfuerzo de la construcción, los cuerpos de hace siglos devastados por el trabajo hercúleo de mover sillares y piedras, de subir materiales hasta el cielo, de tallar en piedra cada una de las formas, estatuas, plintos, gárgolas, celosías y arcos. Imaginé a los animales cargando carros imposibles entre el ruido de una multitud afanosa mientras a lo lejos se podría ver todavía el mar.

Por algo es la Catedral de los marineros y de la gente del mar.

Aquel lugar habla mucho más que de una fe o que de un momento histórico. Aquel lugar, rodeado de calles que conservan los nombres de los gremios y oficios a los que pertenecían las personas que allí vivían y allí laboraban, estaría lleno de vida de una forma muy similar a la de hoy. Comercios y tabernas, tiendas y pensiones, gente comerciando con distintas monedas y hablando en distintos idiomas en una ciudad abierta al mar y al mundo. Los pobres y los tullidos se apoyan en los mismos sillares para pedir sus limosnas y los cantantes se disputan las esquinas de mejor sonoridad para cantar juglerías y tangos, ópera y teatrillos de picaresca.

Los camareros limpian las mesas de las gotas de lluvia tras abrir los enormes parasoles y pérgolas, tras encender las estufas de un fuego eléctrico en el que acomodar a los clientes en el mismo lugar donde siglos atrás los mesoneros servirían jarras de vino especiado y encenderían lumbres que permitieran no ya calentarse si no verse en la oscuridad.

En la noche, las antorchas iluminarían apenas una calle lo suficiente como para poder orientarse. En las tabernas se jugarían juegos de seducción con mujeres de moral dudosa tal como ahora hacen las personas que se sientan en las terrazas a beber cerveza Guinness, en los rincones oscuros se sembrarían los besos mientras otros buscarían el resguardo para su descanso en construcciones piadosas.

En el otro lado de la ciudad están inmersos en una construcción similar a la que yo contemplo. A su alrededor, en la plaza llena de árboles, se comercia con productos de este siglo XXI entre el asombro de turistas que sacan fotos con su móvil. Se venden recuerdos de la Basílica inacabada tal como siglos atrás se venderían quizá tallas de madera u alfarería de la Catedral del Mar. Pocos de los que cruzan aquellas calles para acceder al interior recuerdan que en una de ellas fue atropellado por la modernidad el Maestro Arquitecto y que murió en un hospital de indigentes manchado y sucio del trabajo antes de que comenzaran a echarlo de menos y buscarlo por todo el lugar. Son los guías locales quienes cuentan la historia como modernos juglares a peregrinos que se admiran con las buenas anécdotas, restaurando en ese acto su memoria.

Las personas se agolpan en una aglomeración multicolor que la lluvia convertirá en una especie de infierno. Será arriesgado poder pasar entre paraguas chorreantes y afilados por las calles asfaltadas de la Basílica tal como podía ser un riesgo pasar por los barrizales de lodo que aquellas aguas formaron en las explanas de esta catedral.

Somos gente de muchos siglos después realizando casi los mismos actos de muchos siglos atrás tal vez porque la naturaleza humana esta movida por los mismos afanes y los mismos sentimientos, porque seguimos queriendo mirar al cielo, porque seguimos buscando la luz.

No hemos cambiado tanto pese a que hayan transcurrido siglos entre ambas construcciones, pese a que ahora yo disponga de los medios necesarios para poder contarlo desde aquí o pese a que la tecnología haya evolucionado tanto como para que lo lean ustedes desde allí un segundo más tarde.

La esencia vital que nos mueve, las visiones que nos conmueven siguen siendo las mismas. La evolución sigue su curso.

La camarera con acento de Colombia me confiesa, al ver mi cara mirando la lluvia sobre la Catedral mientras mordisqueo un cruasán y sorbo un café por no inyectármelo en vena, que lo mejor de su trabajo son las vistas. Sin duda. Un auténtico privilegio.

Ver cada mañana esa belleza, el actuar de esas fuerzas opuestas que mantienen la enorme construcción en pie es una merced laboral que pocos alcanzamos.

Me pregunta si estoy de turismo y le confieso con un punto de arrobo que he venido a presentar mi primer libro entregándole como propina (ahí peco de españolismo) unos marcapáginas para ella y sus compañeros. La bohemia de la ciudad hace que algo que a mí me parece extraordinario para ella sea habitual y me da la enhorabuena. No soy la única que llega a Barcelona con un libro bajo el brazo o con partituras o dibujos o lienzos o sueños.

Pienso cuantas personas a lo largo de los años habrán ido con mis mismas quimeras. Es como un ciclo que se va repitiendo y que tal vez nunca llegará a su fin porque nos seguirán moviendo también las mismas motivaciones.

Te irá bien me dice. Ojalá me atrevo a contestarle.

Y sigue lloviendo mientras termino de desayunar y me dirijo a pasear la lluvia por Barcelona a las 8 de la mañana bajo un cielo gris y una ciudad sin transeúntes.

La cabeza va escribiendo mientras mis pies me llevan al paseo marítimo. Mi alma de autora sabe que hay una especie de lección en mis pensamientos que tengo que absorber tal como los árboles de la Llotja absorben la lluvia. Solo hay que estar atenta y mirar.

La lluvia permite ver cosas que el sol oculta, solo hay que aprender a mirarlas.

 

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Soy de una tierra…

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Soy de una tierra que ve florecer los naranjos cada primavera, en donde el tiempo se despereza entre amaneceres de bruma y rocío, entre mares y playas, entre montes de genista amarilla, entre tonos morados y rosas de los atardeceres del Mediterráneo.

Soy de una tierra en donde la palabra y el estrechar de unas manos aún tiene validez y es ley.

De donde se arrancan los frutos de la tierra entre el sudor de mañanas soleadas, en donde el trabajo aún conserva la cierta dignidad que ha sucumbido en otros lugares y donde se buscan las sombras al amparo de los árboles para detenerse un momento y reposar.

En cada recodo de cada camino, por donde serpentean hierbas salvajes, hay una higuera o un olivo centenario. En cada huerta hay una alquería y en cada acequia un rescoldo de agua fresca y cristalina.

En cada rincón hay una historia que ha quedado en el olvido y que clama por ser recordada. Piedras que hablan silenciosas de un pasado que muchos prefieren olvidar y que seguirán impertérritas cuando nosotros también caigamos en su silencioso extravío.  Una memoria que se pierde aunque las palabras repitan aquellos hechos, aunque los gestos sean los mismos, aunque las expresiones y las caras y los cansancios se renueven siglo tras siglo en la reminiscencia de un pasado que nunca se queda atrás.

Vivo en una tierra en que el progreso se queda en el limite de las huertas y el futuro es como una nostalgia de lo que nunca sucederá.

Manos similares a las de hace cien años, repiten los mismos movimientos y los mismos trabajos con similar afán. El aire sigue teniendo el mismo perfume de azahar y de tierra mojada, el sol sigue saliendo por la misma orilla y poniéndose sobre los mismos campanarios que siguen repicando a misa por donde ya no van mujeres con mantillas negras sobre la cabeza pero que rememora aquella actitud.

El tiempo parece detenido cuando no se oyen los ruidos del progreso y de la civilización. Cuando solo se escucha el correr del agua en las acequias y el silbido de los pájaros en las ramas. Cuando se siente la calidez de la luz acariciando tu piel con dedos de amante o la brisa fresca de las mañanas de Abril cayendo sobre la espalda ya machacada por los años. El tiempo se detiene cuando trina un jilguero o cuando se descubre un nido entre las ramas de un árbol. Se detiene cuando el mundo parece recién inventado en las luces grises de un amanecer, el los naranjas de un cielo lleno de promesas y de veranos y de estaciones que seguirán naciendo aún cuando todo haya muerto.

Soy de un lugar que lucha por no quedarse atrás mientras el resto del mundo sigue corriendo hacia adelante.

 

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El hombre de mis libros

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Tengo el mar al lado en una mañana nubosa donde me he propuesto escribir. Siempre soñé con escribir en medio de un paisaje similar a este, cerca del mar o en medio de la montaña, asomada al balcón de la naturaleza y de mis pensamientos.

Veo a la gente paseando, apurando la mañana en un ejercicio de salud o simplemente de ocio mientras yo intento captar los pensamientos que siempre me rondan por la cabeza.

Y pienso en él. Como si pudiera tenerlo delante, como si él estuviera a mi lado, siempre presente y siempre tan lejos, tan imposible, tan irreal.

Ese amor platónico que hace que la vida parezca un lugar más bello y que produce una  sensación semejante a la euforia cuando de repente crees verlo en algún lugar.

Amores imposibles con los que se sueña tal vez para evadirse de la realidad.

Debería no ser tan soñadora, debería poner los pies en la tierra de una vez por todas y vivir la vida tal como es y no como me gustaría que fuera, pero su imagen, se aparece en los momentos en que menos lo espero, buscándome en el silencio de la noche o en medio de una fresca mañana. Él aparece y desaparece sin que mi voluntad medie en ello, siempre cambiante, siempre bello y sorprendente, siempre intenso y nuevo, haciendo que cada vez vea algo diferente en él y vuelva a enamorarme un poco.

Tal vez debería tomar conciencia de que los sueños solo son sueños, pero como hacer algo así cuando es tan bello soñar, cuando escribo historias, cuando, simplemente, escribo.

Mi forma de ser me lleva a imaginar, a pensar, a crear momentos que luego me sirven para crear personajes o situaciones, que hacen que me transporte al lugar en donde viven todos los libros que quiero escribir, todas las historias que quiero contar y en los que él esta agazapado entrelineas.

Él, que es el mismo y a la vez es diferente. Él, que no responde a ninguna ley de la realidad, que es el hombre perfecto en cada momento que requiere serlo, que seduce desde la palabra y que enamora desde su ausencia, desde el reflejo de él que creo ver.

Ni persona, ni sueño, ni real ni irreal. Simplemente él. Que no existe ni existirá tal como yo lo imagino, tal como a veces lo percibo, tal como lo sueño  o lo trazo.

Él es el hombre de mis libros.

Él es como las musas que inspiraban a pintores y poetas de siglos pasados, el ideal que nos mantiene siempre dispuestos a sentir, siempre dispuestos a dejarnos seducir, vencidos de antemano por su presencia etérea, por su ausencia firme, por un cuerpo que jamás acariciaremos, unos labios que jamás besaremos, una frente que nunca tocará la nuestra o una voz que nunca nos susurrará al oído las palabras que nos gustaría escuchar.

Él pertenece al mundo de los sueños aunque lo pueda sentir tan cerca que su aliento roce mi nuca, aunque sus manos recorran mi espalda, aunque su sombra se recorte entre las sombras que acuden a mí por las noches. Pertenece a un mundo que nunca será mi mundo, en un plano que nunca será el de la realidad y que sin embargo, por momentos, es el lugar en el que habito, en el que vive mi corazón y mis ansias de sentirle vivo.

Cómo sería si él no estuviera, si no existiera, si su cara se escapara de mi vista cuando más lo busco, si su cuerpo no estuviera siempre al alcance de mis manos cuando éstas me duelen por el afán de tocarlo, como serían las noches en blanco si él no las llenara con esa ausencia real de sí mismo, si creyera que no hay nada tras él más que una imaginación.

Es parte de mi inspiración. Es el hombre soñado. Es el cuerpo amado. Es un sueño que nunca se hará realidad  y por eso es más intenso y más amado, cuanto más dolor y ansia más se aproxima, cuanto más lejos más cerca de mi espíritu, cuanto más imposible más merece ser soñado.

Como sería si él no existiera, cómo si no pudiera ver su cara frente a mí al cerrar los ojos, si no pudiera escrutar en sus expresiones, no ver su risa ni escuchar las carcajadas que sueño con oírle cerca de mí, la risa limpia que le imagino, la voz clara con la que le doto, la intensidad de una mirada que traspasa y de una luz que me ilumina.

Cómo sería si una vida solo fuera una vida y no hubiera en ella un plano de imaginación tras el que esconderse, si no pudiera escribir sobre las cosas que puedo llegar a ver en el fondo de mi mente o de las cosas, lugares y personas que puedo llegar a visualizar.

Cómo sería aterrizar, poner los pies en la tierra y no sentir que tengo dos vidas paralelas, la mía y la de mis sueños y personajes,  la realidad entre la que vivo y la realidad que voy creando, la realidad de las personas que me rodean y la de las personas a las que les doy vida. Cómo soportar y conjugar esas dos parcelas tan distintas entre sí.

Cómo sentir algo que no es real con la misma intensidad que si de verdad lo fuera.

Él esta siempre presente, un amor imposible que logra hacer que explique lo posible, a través del cual me expreso, del cual las mujeres sobre las que escribo se afirman y se definen a sí mismas, a través del cual manifiesto lo que de otra forma no podría manifestar. Necesario por antagonismo a los personajes femeninos que son los que sí necesito de verdad ratificar.

Él, que me libera y las libera, la contraposición a todos los pensamientos y sentimientos de los que hablo, él, tan amado y tan improbable, tan cierto y soberano como inverosímil, él, siempre perfecto o imperfecto en el momento oportuno, siempre él.

Si él no existiera, aunque fuera en mi mente, no estaría sentada frente al mar escribiendo pensamientos e intentando captar la esencia del hombre que suele protagonizar mis sueños y el de mis personajes, si no paseando por la playa, haciendo un ejercicio de salud o de ocio, convirtiendo mi vida en algo real y tangible en donde no tendrían cabida mis sueños ni los de mis personajes,  donde no podría afirmarme como autora ni mis personajes como mujeres dispuestas a ser ellas más que nunca  gracias a su presencia.

Pero está él… y el mar tiene el color de sus ojos…