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Mientras tanto.

Nina peña - mientras tanto - pensamientos

Mientras tanto hay que seguir haciendo cosas.

Trabajo compaginado con escritura, esfuerzo mental y físico, estudiar para mi próximo proyecto mientras trabajo para pagar las facturas.

Y no olvidarnos de vivir.

¿Quién dijo que escribir era solo sentarse y comenzar? Meses de lectura, de ideas, de estudios, de soledad , de renuncias, de leer lo que otras personas han escrito para poder amueblarme bien la cabeza y poder decir luego todo lo que tenga que decir en el papel.

Momentos de impotencia se entremezclan con instantes de inspiración.

Personajes que se cruzan y que nunca se van a encontrar.

Hechos que parecen tan probables al consultarlos en la almohada se tornan inverosímiles al plasmarlos en papel.

Darte cuenta de que, como en la vida misma, algo tan pequeño puede cambiar para siempre el significado de las cosas. Sí,  estoy hablando de las comas.

Y tildes. Muchas tildes.

Acabo de publicar un libro y ya estoy corrigiendo el siguiente… es lo que tiene haber ido acumulando folios toda la vida sin saber si un día verían la luz. Ahora resulta que sí, y el trabajo se acumula.

Sin casi tiempo, a veces sin casi fuerzas… pero ¿Cómo dejar una aventura tan gratificante como escribir?

¿Cómo renunciar a esa poca locura que aún vive en mi y que es de las pocas locuras que me puedo permitir?

¿Qué haría con tanta imaginación si no escribiera?

¿Cómo diría todo cuánto quiero decir? ¿Todo cuánto quiero contar?

Dicen que los que escribimos vivimos varias vidas, la nuestra y las de nuestros personajes. ¿Apasionante verdad?

Mientras tanto las horas pasan, los días pasan y los sueños siguen siendo los mismos, aunque ya casi no sea la misma persona quién  los soñó.

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Notas de cello y azahar

nina peña - cello - azahar - relato

No había vuelto a esa casa en más de diez años.

Allí, donde comenzó y acabó todo, donde los recuerdos se agolpaban en cada rincón, en cada sombra, en cada palmo de la tierra que la bordeaba, en cada árbol o acequia, en cada piedra.

Amaba más ese rincón olvidado de lo que creía recordar, pero solo ahora, al volver, se daba cuenta.

Había algo de primigenio en todo aquello, algo que corría por sus venas y que formaba parte de su cuerpo tanto como de su memoria más antigua o de sus anhelos más recientes. Todo aquello que le volvía a la cabeza junto con aquello que soñaba poder realizar, tenían en común aquella casa enclavada en lo alto de aquel montículo, donde cada noche se posaba elegantemente la luna rodeada de olivos y naranjos, donde la envolvía una bruma extraña que salía del rio en las noches de invierno y que removía funestos presagios que se disipaban siempre a la mañana siguiente cuando veía el relente sobre la hierba adornándolo todo con un mano brillante y húmedo.

Los naranjos de hojas anchas tenían gotas de rocío que nunca llegaban a caer y los tallos de hierbas, de malas hierbas, las mantenían orgullosas en su cima más alta como en un intento de mostrar cuán fuertes eran a pesar de su frágil y fina apariencia. Un manto de escarcha cubría y brillaba en la tierra, envuelta en quietud y verde por entre las oscuras piedras y la tierra seca y pedregosa.

Había costado años desbrozar y sacar las piedras de aquel lugar para poder plantar los huertos que ella había contemplado desde su niñez y que iban decayendo poco a poco. Muchas manos fuertes, callosas y ásperas del árido trabajo en la tierra, habían sacado piedras de varias hectáreas hasta hacer de aquel lugar una finca cultivable, y esas mismas manos, las habían acumulado en los lindes formando los muros de piedra que podía contemplar desde su ventana y que bordeaban la fachada principal.

Era imposible volver y no recordar.

El olvido de todo aquello que amamos es siempre imposible, aunque su recuerdo duela, aunque nos vuelvan a sangrar las heridas, aunque sintamos de nuevo aquella punzada de dolor atenuada por el paso del tiempo. Sigue ahí, doliendo en algún territorio ilocalizable de la memoria, de las costumbres adquiridas, de la semejanza de los cuerpos o de los actos de aquel entonces. Sigue ahí acechando en algún lugar remoto, saliendo a traición entre los sueños, entre los pensamientos y todo aquello que creemos haber dejado atrás.

A veces no hacía falta ni siquiera volver para recordar. Un aroma, una canción, una imagen, una palabra eran suficientes.

Pero había vuelto.

Podía contemplar aquel fabuloso terreno desde la ventana de su habitación, sentir la melancolía de todo un tiempo pasado, el peso de la responsabilidad en los hombros y en la conciencia al igual que sentía el frescor de la noche o la humedad de la mañana, al igual que volvía a sentir entre sus dedos las paredes que iba rozando o las plantas que iba acariciando, igual que sentía el sol de todos los veranos quemándole la piel, igual que sentía el aroma de azahar al caer la noche o que escuchaba la inmensa tristeza del cello en el salón donde nunca entraba por qué él lo había ocupado por entero desde su llegada y convertido en el santuario de dónde saldría una nueva composición, quién sabe si su obra maestra.

No sabía por qué, pero podía visualizarlo en ese mismo momento, no con el esmoquin de sus conciertos si no descalza, con unos simples vaqueros y una camisa, con el flequillo cayéndole sobre los ojos y moviéndose al compas de esa música que ya taladraba su corazón con cada arrastrar de notas.

La imagen de él que guardaba en secreto no era la del escenario o la de sus conciertos sino una imagen bucólica creada en su mente en dónde lo imaginaba como en una decadente novela romántica de esas que se leían en su juventud, con portadas de varones ejemplares y de mujeres de hombros descubiertos, con títulos pasionales que entonces le parecían el colmo del romanticismo y que ahora recuerda con cierto grado de vergüenza.

Y esa imagen figurada no encajaba con la del hombre que arranca aquellas notas de las cuerdas a altas horas de la noche porque él es, a todas luces, un hombre como tantos, aunque poseía una magia y una expresión de tormento o de éxtasis en según qué piezas, en según qué momento de su actuación, en qué registros, que lo convertía en alguien extraordinario.

Aún puede notar el impacto del primer instante en que lo vio, el golpe de su corazón, la forma en que se hizo el silencio alrededor suyo porque iba a comenzar el concierto y que fue atronador para ella porque lo señaló como el eje de algo que todavía no sabía que iba a suceder.

Esa luz enfocada en él, la expectación del público, las miradas de admiración, el sigilo respetuoso de quién está esperando y que encumbra lo esperado, esa forma en que todo dentro de aquel teatro se alió para que lo viera poderoso, solitario, inalcanzable y engrandecido por un arte casi desconocido para ella, tan sublime, tan sensitivo, tan novelesco y pasional que parecía un sueño.

Pero no lo era, y estaba allí, en la casa donde ella nunca creyó que iba a volver y adónde no habría vuelto de no ser porque él necesitaba apartarse del mundo y la necesitaba a ella para inspirar sus composiciones; ella, la musa y la mujer que le llevaba a la creación.

Ambos estaban presos de una similar adoración; él por la música, ella por él.

Le sonrió cuando lo vio mirándola en el quicio de la puerta, sintiendo las vibraciones de notas musicales a su alrededor como un aleteo de mariposas.

– Ven, vamos a crear una nueva sinfonía.

 

 

Las mujeres y el cine.

nina peña - mujer y cine- bette davis

 

El cine puede ser muchas cosas. Desde una mera forma de distracción hasta ser arte en movimiento. Un negocio lucrativo, un modo de evadirse, de denunciar, de aventuras fantásticas… pero ante todo el cine es una forma de lenguaje que puede enriquecer cultural y socialmente al espectador.

El espectador, como receptor y a veces cómplice del mensaje que los cineastas aportan en su discurso, debería tener una lectura de la imagen suficiente que le permita examinar la obra y le ofrezca un pensamiento crítico para detectar los mecanismos de los diferentes contenidos de dicha comunicación sin caer en la manipulación.

El cine llega a imponer modas, actitudes, valores, se fabrican mitos, se puede llegar a manipular ideológicamente y a transmitir o perpetuar estereotipos además de ser a veces un fiel reflejo de la misma sociedad en un tiempo y en un lugar concretos.

La forma en que el cine ha tratado a la mujer ha sufrido cambios a medida que la sociedad ha ido evolucionando. Con frecuencia el rol de la mujer ha sido más pasivo detrás de las cámaras mientras que en la gran pantalla ha reforzado y continuado un gran abanico de estereotipos femeninos.

nina peña - mujer y cine - meryl streep

A medida que nos acercamos al cine actual, hay más mujeres en las producciones y dirección de películas y también se comienza a dar una imagen más independiente que tiende a ser menos estereotipada.

Aún así, el cine, mayoritariamente en manos masculinas, sigue repitiendo la mayoría de veces el rol típicamente patriarcal en el que se juega con la imagen positiva frente a la negativa. Mujer buena/ mujer mala. Y establece en ese juego binario una jerarquía en la que las mujeres buenas están por encima de las malvadas.

Los valores como el poder, el sexo, la violencia o el dinero parecen estar legitimados quizá porque mayoritariamente siguen siendo los hombres quienes acaparan mayor número de producciones y quienes controlan el mundo del celuloide. Se ha llegado a comprobar desde la variación de argumentos en el cine hecho por mujeres hasta la obtención de menos papeles como protagonistas absolutas y más como secundarias de las actrices, además de tener una vida más corta en su carrera profesional marcada siempre por el hándicap de la edad o bien la discriminación en los sueldos que perciben como muchas de ellas han denunciado en los últimos meses.

Tanto dentro como fuera de la gran pantalla, seguimos inmersos en un rol de heteronormalidad impuesta, donde la discriminación es patente.

nina peña mujer y cine - greta garbo

Los grandes estereotipos de la mujer dentro del cine, han ido evolucionando con el tiempo. En el cine denominado clásico ese binomio buena – mala al que hacía referencia anteriormente, o el papel de sumisión y pasividad era lo común, sin embargo, aunque se siga repitiendo, poco a poco se van apreciando nuevos caracteres y nuevas formas de enfocar la vida actual de las mujeres.

Así como antes hasta se podía justificar la violencia de género, ahora se ha pasado a denunciarla y dónde había un rol pasivo ahora se muestra a una mujer capaz de manejar su vida sin la intervención de la tutela masculina.

Aún así, y pese a mostrar cambios, sigue habiendo una infinidad de películas en las que la mujer repite los roles establecidos como acompañante de un protagonista masculino ya sea como novia, amante o compañera e incluso hay películas en que se sigue repitiendo ciertos patrones violentos sobre la mujer, como por ejemplo la típica prostituta que es mal tratada por su chulo, por sus clientes y por policías.

Sigue siendo también portadora y mantenedora del honor familiar y la violentación de ese honor ha llevado al rodaje de infinidad de películas en las que se intenta resarcir o vengar el honor maltrecho por parte de los hombres que se consideran vejados.

Sigue siendo también un objeto, ese oscuro objeto de deseo, exhibida para la mirada y el placer masculino y que ayuda a construir un símbolo concreto de sexualidad que muchas mujeres toman en cuenta en la vida real asumiendo su objetividad y no su subjetividad en comportamientos narcisistas o de consumo de mercado.

Mujeres malas, mujeres buenas, rebeldes, oscuros objetos de deseo, artistas, seducidas, reprimidas, mal tratadas, triunfadoras, mujeres que se aman entre sí, soñadoras que esperan a su príncipe, independientes, luchadoras, mujeres que quieren ser dueñas de sus vidas, mujeres que no pueden huir de su propio destino.

Simplemente mujeres. Algo bastante menos que simple.

nina peña - mujer y cine - cate blanchett

 

PELICULAS QUE ACONSEJO.

En primer lugar a cuatro de mis actrices favoritas de todos los tiempos en papeles que retratan un tipo de mujer muy concreta.

Bette Davis. Jezabel. 1938, La loba de 1941, La mujer marcada de 1937 o Eva al desnudo de 1950

Greta Garbo. Ana Karenina 1935, La reina Cristina de Suecia en 1933 o Mata HarI, 1931

Cate Blanchett. Elizabeth 1998 , Diario de un escándalo en 2006, y Carol en el año 2015.

Meryl Streep. Kramer contra Kramer 1979, La decisión de Sophie 1982, Los puentes de Madison 1995, Las horas en 2002, La dama de hierro en 2011 y Sufragistas en 2015

 

Libertarias, de Vicente Aranda, 1996

Ágora, Alejandro Amenabar, 2009

13 rosas, Emilio Mtez. Lázaro, 2007

Ni dios ni patrón ni marido. 2009

Yo, la peor de todas. María Luisa Bemberg, 1990

Quiero ser como Beckham, Gurinder Chadka, 2002

El secreto de Vera Drake, 2004

Jane Eyre, Joji Fukamaga 2011

Moolaadé, Ousuname Semba, 2004

Frida, 2002

La casa de Bernarda Alba, 1987

Memorias de una Geisha, 2005

Tomates verdes fritos, 1991

Las bostonianas, 1984

Solas, de Benito Zambrano en 1999

La revolución de las seis rosas, Kim Loginotto, 2011

Yentl, Barbara Streisand en 1984

Juana de Arco, recomiendo la versión muda de 1928

Mi vida sin mí, de Isabel Coixet, en 2003

Criadas y señoras, 2011

Caramel, Nadine Labaki, 2007

Hysteria, Tanya Wexler, 2011

El club de la buena estrella, basada en la novela de Amy Tan 1993

La papista, 2009

La niña de luto, Manuel Sumers, 1964

Viridiana, Luis Buñuel, 1961

Vámonos Bárbara, Cecilia Bartolomé en 1978

¿Qué he hecho yo para merecer esto? Almodóvar, 1984

Thelma y Louise, 1991

El color púrpura, 1985

La tía Tula, 1954

El manantial de la doncella 1960, de Ingmar Bergman

Te doy mis ojos, 2003, de Icíar Bollaín

Lolita, 1961, Stanley Kubrick

Mujer contra mujer, 2000, de Martha Coolidge,

Historia de una monja, 1959, Fred Zinnemann

Viajes de ida.

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Los viajes de ida siempre están llenos de expectativas.

Me he dado cuenta de que pese a ser la hora intempestiva de las 7 de la mañana, las personas que toman el mismo tren que yo van arregladas, recién peinadas, maquilladas…

En el tren de vuelta de Barcelona, el vagón volvía con gente que arrastraba su cansancio igual que su trolley, se quitaban botas, zapatos, se extendían los asientos y se preparaban para recuperarse de un fin de semana de agotador turismo por la ciudad.

Ahora es diferente. Las idas están repletas de emoción y de planes.

Yo me he propuesto escribir.

Siempre me pareció muy bucólico el estar sentada en un tren, viendo pasar distintos paisajes, diferentes estaciones pequeñas, antiguas, de blancas paredes y pasos a nivel con barreras y sacar un cuaderno de esos bonitos con páginas en color crema, suaves líneas en tonos grises, tapas con hojas naturales o arabescos y simplemente escribir.

Tal vez un excesivo pudor me ha impedido siempre escribir en público, y, aunque me sigue resultando extraño hacerlo, también pienso que, bueno, ya es sabido que escribo, ya hay un libro que constata ese hecho, así que… ¿Por qué seguir con ese pudor?

Tal vez porque el hecho de escribir tiene algo de acto íntimo. En parte y por momentos, uno vuelca un trocito de su alma, desnuda el pensamiento, Se entrega absolutamente al acto de escribir y hasta en la cara tal vez se refleja algún pensamiento.

A nadie le gusta quedarse desnudo y desprotegido en público, tal vez por eso, por esa desnudez y esas barreras que se bajan en ese instante, he estado escondiéndome toda mi vida al escribir, buscando la soledad y a veces la nocturnidad.

Escribir es como una especie de quebrantamiento en que los agravantes son la nocturnidad y la alevosía.

Y no es solo la necesidad de concentración, sino la soledad con uno mismo lo que se busca.

Yo me he propuesto escribir sin importarme si me mira alguien o lo que pueda pensar.

Es algo que siempre he hecho mentalmente, ir escribiendo, imaginando, creando historias o fijando detalles en mi mente para luego poder describirlos o plasmarlos de forma muy similar, solo que ahora lo voy dictando directamente al papel.

La gente se arremolina en su asiento y se prepara para un viaje de tres horas. Sacan sus tablets y se conectan los auriculares mientras buscan el enchufe para poder consultar su móvil sin gastar la batería que ha de durarles todo un día.

Yo apago el mío y saco mi libreta nueva con una hoja dibujada en negro sobre la tapa verde.

El tren comienza a moverse.

La aventura no ha hecho más que empezar.

 

Adivinarte

 

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Intuir, adivinarte a cada paso,

a cada gesto que no deja de ser solo eso, un esbozo de ti.

Tan simple, tan equivocado, tan urgente, tan suave.

Verte venir y adivinar la forma de mecer tu pelo o de guiñar un ojo.

Ver como llegas o te alejas y suspirar por ser parte de esos pasos,

como la sombra que permanece pegada a tu cuerpo

cuando dejas de ser tu o cuando eres más tú que nunca.

Saber que gesto es tuyo propio, de nadie más que tuyo

y sentirme contenta de conocerte tanto, de adivinarte tanto, tantas veces,

aun cuando te escondes tras la cara de niño

o cuando te resguardas en tus gestos de hombre.

Verte venir y adivinar que vas a abrazarme

verte llegar y saber que te vas a ir por esa imperceptible forma de despedirte,

por el brillo de tus ojos y tu media sonrisa, ese simple roce de tu cuello.

Intuirte casi como intuyo mis propios gestos

y adivinarte en ellos segundos antes de hacerlos.

Intuirte, adivinarte como si fuera una parte mía

esa forma tuya de ir diciendo adiós…

 

 

Mirarte

Cuadros de Hombres Arte Hiperrealista

Oleo sobre lienzo de Eivar Moya

 

  Me gusta mirarte, así, desde la cama. Me gusta ver cómo te levantas sin pudor por tu desnudez, descarado, mostrando casi orgulloso  tu cuerpo, tu piel que toma reflejos de cera ante la luz de la tarde y que brilla con una tenue capa de sudor.

Me gusta ver tus músculos moverse mientras tus gestos revelan que vas a comenzar a vestirte.

Recorro con la vista tu espalda, la precisión de tus brazos entrando en la camiseta, tu pecho y tu abdomen reflejado en el espejo que poco a poco vas tapando con la ropa, tus piernas que se doblan para recoger el pantalón del pijama caído en el suelo, tu culo y tu sexo desapareciendo también tras unas rayas suaves de algodón.

Me estas mirando mientras yo te miro, me sonríes sin que yo te vea sonreír.

Has ido tapando de mi vista tu cuerpo tan poco a poco que la tentación es la misma que si te hubieras desnudado.

Me gusta verte caminar descalzo hacia el baño, oír el agua de la ducha y saber que está comenzando a resbalar sobre la piel que un instante antes tocaban mis manos.

Hasta la cama llega el olor del jabón que se mezcla con el aroma nuevo de sexo entre las sábanas, y recuerdo tu perfecta desnudez justo un minuto antes de que te levantaras.

Los brazos en mi cintura y yo aferrada a tu espalda. Mis piernas en tus caderas o sobre tus hombros o entre tus piernas.

Mirarte desnudo es como prolongar ese momento, acariciarte con los ojos donde han estado mis manos, besarte con la mente donde antes te beso mi sexo, no dejarte ir del todo aunque ya no estés en la cama.

Tiene algo de sueño y de irrealidad  la luz mortecina de la tarde sobre tu piel, algo de frescura y  bálsamo el ruido del agua al resbalar sobre tus caderas,  algo de intimidad compartida, de promesa, de secreto revelado entre susurros, como si tu piel fuera el lugar donde muere mi soledad y mi silencio.

El hombre de mis libros

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Tengo el mar al lado en una mañana nubosa donde me he propuesto escribir. Siempre soñé con escribir en medio de un paisaje similar a este, cerca del mar o en medio de la montaña, asomada al balcón de la naturaleza y de mis pensamientos.

Veo a la gente paseando, apurando la mañana en un ejercicio de salud o simplemente de ocio mientras yo intento captar los pensamientos que siempre me rondan por la cabeza.

Y pienso en él. Como si pudiera tenerlo delante, como si él estuviera a mi lado, siempre presente y siempre tan lejos, tan imposible, tan irreal.

Ese amor platónico que hace que la vida parezca un lugar más bello y que produce una  sensación semejante a la euforia cuando de repente crees verlo en algún lugar.

Amores imposibles con los que se sueña tal vez para evadirse de la realidad.

Debería no ser tan soñadora, debería poner los pies en la tierra de una vez por todas y vivir la vida tal como es y no como me gustaría que fuera, pero su imagen, se aparece en los momentos en que menos lo espero, buscándome en el silencio de la noche o en medio de una fresca mañana. Él aparece y desaparece sin que mi voluntad medie en ello, siempre cambiante, siempre bello y sorprendente, siempre intenso y nuevo, haciendo que cada vez vea algo diferente en él y vuelva a enamorarme un poco.

Tal vez debería tomar conciencia de que los sueños solo son sueños, pero como hacer algo así cuando es tan bello soñar, cuando escribo historias, cuando, simplemente, escribo.

Mi forma de ser me lleva a imaginar, a pensar, a crear momentos que luego me sirven para crear personajes o situaciones, que hacen que me transporte al lugar en donde viven todos los libros que quiero escribir, todas las historias que quiero contar y en los que él esta agazapado entrelineas.

Él, que es el mismo y a la vez es diferente. Él, que no responde a ninguna ley de la realidad, que es el hombre perfecto en cada momento que requiere serlo, que seduce desde la palabra y que enamora desde su ausencia, desde el reflejo de él que creo ver.

Ni persona, ni sueño, ni real ni irreal. Simplemente él. Que no existe ni existirá tal como yo lo imagino, tal como a veces lo percibo, tal como lo sueño  o lo trazo.

Él es el hombre de mis libros.

Él es como las musas que inspiraban a pintores y poetas de siglos pasados, el ideal que nos mantiene siempre dispuestos a sentir, siempre dispuestos a dejarnos seducir, vencidos de antemano por su presencia etérea, por su ausencia firme, por un cuerpo que jamás acariciaremos, unos labios que jamás besaremos, una frente que nunca tocará la nuestra o una voz que nunca nos susurrará al oído las palabras que nos gustaría escuchar.

Él pertenece al mundo de los sueños aunque lo pueda sentir tan cerca que su aliento roce mi nuca, aunque sus manos recorran mi espalda, aunque su sombra se recorte entre las sombras que acuden a mí por las noches. Pertenece a un mundo que nunca será mi mundo, en un plano que nunca será el de la realidad y que sin embargo, por momentos, es el lugar en el que habito, en el que vive mi corazón y mis ansias de sentirle vivo.

Cómo sería si él no estuviera, si no existiera, si su cara se escapara de mi vista cuando más lo busco, si su cuerpo no estuviera siempre al alcance de mis manos cuando éstas me duelen por el afán de tocarlo, como serían las noches en blanco si él no las llenara con esa ausencia real de sí mismo, si creyera que no hay nada tras él más que una imaginación.

Es parte de mi inspiración. Es el hombre soñado. Es el cuerpo amado. Es un sueño que nunca se hará realidad  y por eso es más intenso y más amado, cuanto más dolor y ansia más se aproxima, cuanto más lejos más cerca de mi espíritu, cuanto más imposible más merece ser soñado.

Como sería si él no existiera, cómo si no pudiera ver su cara frente a mí al cerrar los ojos, si no pudiera escrutar en sus expresiones, no ver su risa ni escuchar las carcajadas que sueño con oírle cerca de mí, la risa limpia que le imagino, la voz clara con la que le doto, la intensidad de una mirada que traspasa y de una luz que me ilumina.

Cómo sería si una vida solo fuera una vida y no hubiera en ella un plano de imaginación tras el que esconderse, si no pudiera escribir sobre las cosas que puedo llegar a ver en el fondo de mi mente o de las cosas, lugares y personas que puedo llegar a visualizar.

Cómo sería aterrizar, poner los pies en la tierra y no sentir que tengo dos vidas paralelas, la mía y la de mis sueños y personajes,  la realidad entre la que vivo y la realidad que voy creando, la realidad de las personas que me rodean y la de las personas a las que les doy vida. Cómo soportar y conjugar esas dos parcelas tan distintas entre sí.

Cómo sentir algo que no es real con la misma intensidad que si de verdad lo fuera.

Él esta siempre presente, un amor imposible que logra hacer que explique lo posible, a través del cual me expreso, del cual las mujeres sobre las que escribo se afirman y se definen a sí mismas, a través del cual manifiesto lo que de otra forma no podría manifestar. Necesario por antagonismo a los personajes femeninos que son los que sí necesito de verdad ratificar.

Él, que me libera y las libera, la contraposición a todos los pensamientos y sentimientos de los que hablo, él, tan amado y tan improbable, tan cierto y soberano como inverosímil, él, siempre perfecto o imperfecto en el momento oportuno, siempre él.

Si él no existiera, aunque fuera en mi mente, no estaría sentada frente al mar escribiendo pensamientos e intentando captar la esencia del hombre que suele protagonizar mis sueños y el de mis personajes, si no paseando por la playa, haciendo un ejercicio de salud o de ocio, convirtiendo mi vida en algo real y tangible en donde no tendrían cabida mis sueños ni los de mis personajes,  donde no podría afirmarme como autora ni mis personajes como mujeres dispuestas a ser ellas más que nunca  gracias a su presencia.

Pero está él… y el mar tiene el color de sus ojos…