La piedra de Sísifo

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El mito de la piedra de Sísifo ha sido bastante usado durante la pandemia quizás por lo repetitivo de los días de confinamiento y por los temores de algo imprevisible que ha paralizado nuestra vida y nos ha dado tiempo suficiente como para pensar, recapacitar y tratar de encontrar un significado al hecho de vivir.

Lo cierto es que el míto de Sísifo, condenado por los dioses del Olimpo a arrastrar una enorme piedra por la pendiente de una montaña y que esta cayera justo antes de alcanzar la cima para tener que volver a empezar de nuevo, es la imagen perfecta para vislumbrar algo que nos ocurre a muchos.

El esfuerzo sin recompensa. La falta de sentido de nuestra vida. La tragedia de vivir un absurdo. Lo cruel de una realidad plana. La existencia sin descanso. El sentido de la vida, en fin.

«Los dioses habían condenado a Sísifo a transportar sin cesar una roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Pensaron, con algún fundamento, que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza»

-Albert Camus-

Nuestra forma de vivir, casi automatizada en una repetición de actos diarios, puede tener poco sentido en algunas ocasiones, incluso crearnos una especie de crisis existencial. Lo cierto es que, además de lo personal y lo metafísico del pensamiento de cada uno, también hay resortes sociales que nos emplujan a plantearnos nuestro sentido de la vida.

Quienes hemos “sobrevivido” a la crisis financiera de 2008 vamos a encarar esta próxima crisis del Covid ya cansados de empujar nuestra propia piedra por la ladera del monte. Algunos incluso agotados por ello. No dejamos de ser vulnerables ni dejamos de ser llevados o traídos por las consecuencias de situaciones que no está en nuestras manos resolver.

“Hice una prueba de existencialismo. Dejé todas las respuestas en blanco y saqué un 10”.     -Woody Allen           garabato - muñeco - nada -

Reinventarse, una vez más, parece ser el camino correcto para seguir empujando, pero, ¿para qué ese empeño en empujar?

Hay quien relaciona el míto de Sísifo con lo absurdo, como Camus, que concluye con el pensamiento de que “la lucha en sí es suficiente para llenar el corazón del hombre”. Welcker sugiere que “es una lucha del hombre por alcanzar la sabiduría”.

Puede que los dos tengan parte de razón. En el empeño de seguir arrstrando la enorme piedra quedaremos agotados, sinduda, pero quizás salgamos algo más sabios y quizás, hacerla rodar montaña arriba para verla caer y volver a comenzar, por absurdo que sea, puede ser el motivo por el cual nuestro corazón salga pleno, por el simple motivo de no rendirse, de seguir, de mostrar firmeza y lucha, de tratar de convertir nuestra labor diaria en una forma de superación constante para la cual tampoco hace falta otro empeño ni otro significado que el de simplemente vivir, con todo lo que ello implica de absurdo y, al mimso tiempo, de pleno.

Fuentes:
https://lamenteesmaravillosa.com/el-mito-de-sisifo/
https://psicologiaymente.com/cultura/mito-de-sisifo

 

 

 

Cita

niña - chica - deseos - campo - diente de león

“Me gusta la gente que vibra, que no hay que empujarla, que no hay que decirle que haga las cosas, sino que sabe lo que hay que hacer y que lo hace. La gente que cultiva sus sueños hasta que esos sueños se apoderan de su propia realidad”.

-Mario Benedetti-

Perseguir nuestros sueños hace que pongamos un rumbo concreto en nuestra vida, pone la brújula interior señalando nuestro norte vital.

Nos hace perder el miedo, combatir la falta de confianza en nosotros mismos, la inseguridad, y abre caminos que sí van a permitirnos creer en todo aquello que somos capaces de hacer.

La sociedad, que a veces nos dice que no podemos soñar tanto, que nuestros sueños son inalcanzables o que impone toda una corriente contraria a ellos en la que no tenemos más remedio que sumergirnos, hace que muchas veces creamos que, de verdad, nuestro sueño es una utopía, un imposible.

No hay que dejar que nadie nos diga qué podemos alcanzar o no. No hay que poner límite a nuestros sueños, sean los que sean. Solo hay que trabajar por ellos, luchar por conseguirlos, creer que sí pueden lograrse.

En el camino que tomemos para alcanzarlos, podremos vivir, mientras tanto, y sentir que la vida tiene un fin, una meta a a que, lleguemos o no, habrá procurado, al menos, que vivamos bajo nuestros propios valores e ideales.

 

“Si has construido castillos en el aire, tu trabajo no se pierde; ahora coloca las bases debajo de ellos”

-George Bernard Shaw-

Citas

chica - pelo - atardecer - campo

“Nada hay que pueda sustituir a la alegría. Cuando alguien es rico, joven, bello y famoso, hay que preguntarse si además es alegre para enjuiciar su felicidad; más a la inversa, si es alegre, no importa si es joven, viejo pobre o rico; es feliz.”
Arthur Schopenhauer

Según Cicerón “la alegría es un estado del alma” y según Platón es “la presencia de lo divino en un flujo transformador y energizante”.

La alegría es una sensación agradable, un sentimiento placentero pero de duración limitada puesto que suele ser algo ajeno a nuestro interior lo que la produce.

Tener propensión a la alegría es quizás una de las mayores virtudes que puede tener el ser humano ante lo negativo, ante la falta de sucesos o actos que posibiliten ese estado de gracia que es el estar alegre.

Cuando no hay motivos para ella, debemos recurrir a la serenidad, a la esperanza, al sosiego, no a su búsqueda desesperada. No se debe ser adicto a la alegría porque entonces pierde el sentido y comienza a sustituirse los sucesos alegres en puro material de consumo, cambiando las vivencias por productos que en realidad no pueden sustituirla y que solo nos aportan una enorme insatisfacción.

Para valorar la alegría, deberíamos también valorar la tristeza, sin caer en el pesimismo, y quizás así, podamos alcanzar un poco de felicidad que no es más que esa paz en medio de la tormenta y de la calma, ese equilibrio entre lo alegre y lo triste, otro estado del alma también, pero más duradero y que nace en el interior de cada uno.

 

 

 

Citas: escribir

café - taza - laptop - cuaderno - libreta - pc - boligráfo

“Escribir, para mí, no es una profesión, ni siquiera una vocación. Es una manera de estar en el mundo”
-Ana María Matute-

Y tiene razón. Escribir es una forma de estar, una forma distinta de relacionarse con el medio que nos rodea en la que no puede faltar una visión diferente de las cosas.

Hacer de ello nuestra profesión es el sueño de quienes tenemos la suerte o la desgracia de estar así en este mundo, en medio de palabras y palabras a las que damos forma si no en papel, sí en pensamiento, porque nunca dejamos de escribir ni de pensar ni de crear tramas que a veces, ni siquiera llegan a ser nada.

Tampoco es solo una vocación, puesto que necesita ejercitarse, necesita prepararse y mantenerse en el tiempo. Puede que tenga algo de vocacional en el aspecto de cómo estar infectado de palabras puede modificar toda nuestra vida. Una profesión vocacional es aquella que modifica todo alrededor de quién la profesa, convirtiéndola en el centro de su propia existencia, pero no es tan solo una vocación puesto que requiere mucho más que una llamada o una inclinación surgida desde nuestro interior.

Escribir requiere un posicionamiento concreto, una forma de estar, de vivir, de ver los acontecimientos, de saber leer en las interlíneas de la historia y de las personas. Algo que va más allá de la profesión o la vocación.

Es expresar, comunicar, poder entablar diálogos. Que a veces sean letras mercenarias con precio de venta es lo que permite que podamos seguir escribiendo y, al mismo tiempo, seguir estando en el mundo de las palabras, ayudando en algo tan difícil, y a la vez simple, como es la comunicación.

El efecto Dumming-Kruger

hoja - libro- página - letras

Reconocer nuestra propia incompetencia, nuestras carencias o nuestra falta de habilidad, es el primer paso para ser mejores de lo que nunca hemos sido.

 

Esto de tener amigas psicólogas es realmente beneficioso. Hace unos días, Maifa, una amiga psicóloga, lectora voraz y poeta de amaneceres en sus ratos libres, colgó en su red social un post sobre el efecto Dumming- Kruger al que yo he intentado sacar partido desde mi absoluta ignorancia, (así entro en materia).

Esta teoría fue demostrada por Justin Kruger y David Dumming en la Universidad de Cornell, NY, y los resultados de su estudio fueron publicados en el Journal of Personality and Social Psichology en diciembre de 1999.

El efecto Dumming- Kruger es un sesgo cognitivo  por el cual los sujetos con poca habilidad o conocimientos, sufren una especie de sentimiento ilusorio de superioridad, llegando a considerarse más inteligentes que otras personas aunque estas estén más preparadas. Estos individuos miden de forma desproporcionada e incorrecta su habilidad, considerándola muy por encima de lo real.

También es llamativo que este fenómeno explica que, por el contrario, los individuos más competentes y capacitados son los que, paradójicamente, tienden a infravalorar e infraestimar sus propias capacidades y habilidades.

Curioso, ¿verdad?

El método de estudio

Kruger y Dumming realizaron un total de cuatro investigaciones distintas tomando como población de muestra a los alumnos de su facultad.

En estas pruebas estudiaron el razonamiento lógico, la gramática y el sentido del humos, entendido como la capacidad de entender y detectar aquello que es gracioso. Los individuos estudiados  fueron consultados de uno en uno sobre la estimación personal de su grado de competencia en cada uno de esos tres campos. Después, se hizo un examen por escrito para poder valorar la competencia real en cada uno  de los ámbitos consultados.

Cuando se hubo recogido todos los datos y se procedió a comparar los resultados, se observó, en todo su esplendor, las contradicciones entre la percepción de cada individuo sobre sus competencias y habilidades y la realidad de las mismas.

Se dieron unas pocas características comunes y principales:

  • Se muestran incapaces de reconocer su propia incompetencia
  • Tienden a no reconocer la competencia de las demás personas
  • No son capaces de tomar conciencia de hasta qué punto son incompetentes
  • Solo son entrenamiento para tratar de incrementar sus capacidades serán capaces de reconocer y aceptar su incapacidad previa.
  • Los  más brillantes, muy superiores a sus compañeros, estimaron que estaban por debajo.
  • Los  mediocres se consideraran por encima de la media
  • Los más malos se mostraron convencidos de estar entre los mejores: cuanto más inútil era el individuo, más seguro estaba de hacer las cosas bien.

 

Una cura de humildad

Charles Darwin decía que “la ignorancia engendra más confianza que el conocimiento”, y posiblemente sea muy cierto. A medida que he ido leyendo y escribiendo esto me vienen a la mente instantes en que he creído saber más de lo que sé. Soy una persona con ideas propias, es cierto, y me consta que a veces las he podido defender con vehemencia, algo que ahora veo casi ridículo.

Los primeros años de redes sociales, de foros de internet, eran un no parar de posiciones encontradas, de diálogos de besugos, de opiniones que ahora puedo ver más o menos acertadas, más o menos pobres. Mis ideas, mis afinidades o colores políticos siguen siendo los mismos, pero ya no lo defiendo con la misma intensidad que antes. Me he dado cuenta de que yo no soy responsable de lo que puedan pensar o entender los demás ni tengo por qué convencerles de lo contrario así como tampoco tengo por qué defender mis ideas ante nadie que pretenda imponerme las suyas. Tratar de cambiar la idea preconcebida de cualquier otra persona nos puede poner en un “plano superior” que no tenemos por qué asumir y que además puede ser completamente falso. No es hacer pedagogía, si no tratar de tener la razón por encima de todo; además, tampoco soy quién para tratar de dar lecciones a nadie de nada.

Mis ideas, se han quedado en mi blog, como ahora, o con personas de mi absoluta confianza en donde el diálogo es posible, donde no cabe la confrontación y donde además, suelo aprender mucho. He llegado a un momento de mi vida que prefiero tener paz que tener razón. De verdad.

Bertrand Russell, afirmó que “uno de los grandes dramas de nuestro tiempo reside en que aquellos que sienten que tienen razón son estúpidos, y la gente con más imaginación y que comprende la realidad es la que más duda y más insegura se siente”.

Igual soy de esas personas que, tal como refleja el estudio, han sido entrenadas para incrementar mis capacidades y ahora reconozco y acepto mi incapacidad previa. Quizás me estoy juzgando duramente y pese a ser una persona que asumo haber tenido mis ideas y defenderlas con ahínco nunca he llegado a desarrollar este efecto Dumming- Kruger… no lo sé.

Solo sé que dudo de todo, que me veo pequeñita en medio de grandes cavilaciones, que no soy tan buena como creía serlo y quizás por eso llevo casi tres años sin escribir una novela, quizás solo soy una persona con habilidades potenciales pero con carencias muy concretas y a estas alturas de la vida, quizás insalvables… no lo sé.

Pero sí sé que no quiero ser como toda esta gente que hoy ladra en los foros, que grita desde las mayúsculas de las redes sociales, que insulta a quienes no piensan como ellos. Como esa gente que se cree en posesión absoluta de todas las verdades, que es incapaz de aceptar la realidad porque esta no es como ella se imaginaba que fuera. Gente que siembra discordia, que se remite a los hechos y a los datos para llegar a conclusiones contrarias a lo que parecen demostrar. Gente que nunca aporta. Que nunca entiende. Que es incapaz de ver lo bueno en los demás. . Gente que te llama ignorante cuando ellos están llenos de prejuicios y lagunas. Gente que critica a quienes hacen lo mismo que ellos hacen.  Gente que se cree superior solo por el hecho de poder escribir unas palabras desde una red social. Gente que escupe rencor. Gente que pasa por debajo de mi balcón gritando en una conversación telefónica y sentando cátedra sobre temas que ignora completamente. Gente que busca la controversia, la polémica, la confrontación gratuita porque cree tener derecho a enfrentarte, a reducir tu opinión para que la suya prevalezca… gente que huele la sangre a kilómetros de distancia. Que es incapaz de entender que la vida es aprender, crecer, vivir…

Yo me he propuesto, y lo estoy consiguiendo, no hablar de política nunca más en redes sociales, y menos aún ahora, en plena pandemia. Ya hace tiempo que tomé esa decisión y son pocas las noticias que comparto sobre estos temas a no ser que sean buenas.  A no ser que sean positivas y supongan un poco de aire para la mente o el alma. Alguna vez respondo a algo, pero desde luego no como antes y menos como mucha gente está haciendo estos días. Yo voy a hacer mía la frase del también filosofo americano Ralph Waldo cuando decía que “toda persona es superior a mí en algo, y en ese algo, aprendo”.

 

Fuentes:

Bertrand Regader. (2018). Efecto Dunning-Kruger; cuanto menos sabemos, más listos nos creemos. 9/5/2020, de Psicología y mente Sitio web: https://psicologiaymente.com/psicologia/efecto-dunning-kruger

Marta Guerri. (2016). El efecto Dunning-Kruger: La paradoja del incompetente. 8/5/2020, de Psicoactiva Sitio web: https://www.psicoactiva.com/blog/el-efecto-dunning-kruger-paradoja-incompetent/

El amor en los tiempos del Covid

pajaros - jilgueros - amarillos

Llegaba a casa agotada. Como todos los días de este mes que parece que no termina nunca. Como todos los días de un tiempo que se dilata y contrae mostrando más que nunca una relatividad que no entiendo. La rutina es la misma. Cambia poco pese al turno. Una ducha, algo de comida con la que tratar de vencer el desánimo y las llamadas de rigor a la familia. A veces llaman ellos. A veces llamo yo antes porque no aguanto ni un minuto más sin el apoyo de esos muros que me sostienen pese a la distancia. A veces, no llamo. Y ellos tampoco llaman. No quieren quitarme minutos de descanso y yo no me siento con ánimos para contarles nada.

En estos días lluviosos, grises, más tristes aún, llegó a mi balcón un pajarito perdido, de esos que no se ven muy a menudo por la ciudad. Buscó cobijo de la lluvia y mi balcón era el único que no explotaba a las ocho de la tarde, así que debió parecerle el más oportuno. Oí decir que ante el confinamiento humano, los pájaros se estaban quedando sin alimento, así que, puse unas migas de pan en el suelo antes de volver al hospital. Al día siguiente las migas no estaban, pero el pajarito sí. Seguía en el mismo sitio, cantando bajo la lluvia y el cielo lloroso de Madrid.

– Cómprale alpiste- me decía mi madre al otro lado del teléfono, con esa voz transcendente que siempre tiene para las cosas más intrascendentes. Pero lo hice. Añadí alpiste a la lista de la compra que le pasé a mi vecina por debajo de la puerta y no pude evitar la sonrisa cuando, en medio de un minuto de descanso me llegó un mensaje suyo al móvil.

– ¿Pero para qué quieres alpiste, criatura?

No pude contestarle, demasiado trabajo, demasiados nervios, demasiado cansancio acumulado, demasiado dolor en el cuerpo y en el alma. Creo que toda mi vida personal y profesional no ha sido más que un ensayo para lo que ahora estoy viviendo, para lo que estoy enfrentando. ¿Cómo voy a contestar una pregunta así en medio del turno? Tras cerrar unos ojos, tras apretar una mano, tras tapar un cuerpo con una sábana blanca de hospital, tras tragarme las lágrimas hasta que pueda llegar a casa y soltar este caudal que me ahoga y que por momentos quiere hundirme. ¿Cómo?

La sensación de soledad al terminar, la impotencia, el dolor, todo hora tras hora, condensado en turnos, en momentos, en instantes fugaces pero eternos. El cansancio que hace mella. Las huellas debajo de los ojos y en la frente, en donde se acumula el sueño perdido y las gomas de las mascarillas. Las imborrables huellas de personas que han ido pasando por mis manos, por esas camas, por estos respiradores y pasillos. Huellas que ya no son de pasos sino de ausencias.

Hoy hemos dado la primera alta. Hoy hemos sonreído y aplaudido. Hoy parece que la vida nos ha dado una especie de tregua. Por fin, una tregua, tan solo… pero suficiente para volver a coger ánimos.

El pajarito sigue viniendo cada día pero hoy trajo consigo una nueva compañía. No entiendo de pájaros, pero creo que son una parejita de jilgueros amarillos escapados de alguna jaula, perdidos por este Madrid infectado donde la vida se escapa entre las rendijas de pasillos y mascarillas, donde parece escurrirse como la lluvia y el tiempo. Este Madrid vacío que parece una pelicula de Amenábar; ahora no recuerdo cuál. Este Madrid que tan poco se parece al que camino y siento, al que vivo, al que forma parte de mí. Tan vacío y tan lleno a la vez.

Parecen estar haciendo un nido en el alféizar del balcón, pero  dentro, al resguardo de las inclemencias y el viento, muy cerca de donde yo le puse el primer día las migas de pan y el agua. “Son malos tiempos para el amor, aunque sea primavera”, pienso mientras lleno su comedero con más semillas. Me apetece grabarlos y, en un momento, el video ya corre por el whassapp familiar, el del grupo de amigos y del grupo de trabajo. Lo comparto en Facebook mientras me caliento un café antes de volver al hospital. Todos saben que soy cómplice de una historia de amor surgida en los tiempos del Covid y, no sé por qué, me gusta. Es como un símbolo de esperanza, por pequeño e insignificante que pueda parecer.

Ellos dos me miran dando saltitos, subiendo a los hierros del balcón, cantando a viva voz entre las macetas vacías como si quisieran agradecer la comida y la compañía. A mí también se me hace un poco más leve la soledad de estos días en que solo voy del hospital a casa y de casa al hospital, asustada por todo, apartándome de la gente con la que me encuentro, evitando a la gente que quiero. Un peso insoportable me hunde en la ingravidez a cada paso, pero llego a casa y ahí están ellos dos, cantando, como si el mundo no se hubiera vuelto loco. Como si el mundo aún fuera un lugar bueno y hermoso. Como si vivir no doliera.

Son las ocho y se oyen aplausos. Los pajaritos tampoco dejan de cantar. Escuchando su canto y el calor de la gente siento que, como dijo el poeta, aunque nos hayan robado las flores, no nos van a poder robar la primavera.

 

Dedicado a Lola HeGa, la dueña real de los pajaritos cantores, y a Magela García y Ángeles Pavía, enfermeras de UCI a las que solo conozco de Facebook pero que estos días nos han enseñado el significado de la palabra valor y sacrificio.

A todos los amigos que han enterrado a sus mayores en soledad y sin despedidas

A todos los héroes sin capa 

Concurso Zenda #nuestrosheroes

 

 

 

Desde la ventana

garcia rodero - nina peña

Desde la ventana el horizonte se extiende tan lejano
que parece pintado en acuarelas, diluido en aguas de color.
Se acumulan las casas, los tejados, las calles,
los gatos que maúllan
y las hierbas que crecen entre las grietas del cemento.
Las voces de la calle llegan cada día con las mismas palabras
pretendiendo significar algo.
El sol se acumula bajo persianas de soledad
Iluminando los resquicios del silencio.
Me cojo al hierro de los balcones para no caerme,
y desde esa cárcel, me asomo a la vida y la libertad.
Hay ventanas en el horizonte
clausuradas por el clima de las frías voces
que resuenan en los adoquines siempre mojados de lluvia.
Hay ventanas con rejas y macetas,
con flores y plantas trepadoras
que nos consuelan de los jardines que no poseemos.
Ventanas abiertas desde donde asoman armarios y cuadros,
lámparas y arañas escaladoras de rincones mudos,
y, alguna vez,
unos ojos buscan horizontes por los cuales ver un trocito del mundo
que nos es negado poseer.
Desde la ventana se vislumbra la acción, la vida,
la luz de los días que se repiten.
Sucesión de ausencias que jamás son ocupadas por nadie
y de presencias que no se van.
Entra la luz de los veranos en que fuimos niñas para iluminar las figuras
de los inviernos en que seremos viejas.
Desde la ventana siembro de sueños los amaneceres
y de música los vientos que mueven las cortinas de encaje y soledades
arañadas por el gato de la desesperanza y la rutina atroz.

Donde mueren las risas

mujer - tristeza - soledad - rio

Allá, al lugar donde mueren las risas,
se llega por un camino escarpado de desengaño
que tiene sembrado en sus veredas amapolas rojas y azafranes silvestres.
Se llega tras el silencio de unos ojos,
que devuelven en su mirada la imagen nuestra con la sonrisa
de una alegría tonta y vana, que nos desnuda y nos vence.
Sin palabras, nos muestra lo que somos sin los artificios de lo que queremos ser.
Se llega tras los silencios incómodos.
Tras las respuestas sin voz.
Tras los cristales empañados de engaños.
Allá, donde mueren las risas,
los caballos golpean con sus cascos las flores, y
las personas nos muestran sus espaldas.
De los silencios mueren las mariposas de la voz, y
de las palabras surgen saetas certeras que rompen gargantas.
Y el silencio, donde antes hubo risas,
es oscuro,
como la soledad de una tumba sin nombre.

Los cincuenta

mujeres - edad - sombrero - risa

Estamos sentadas frente a una taza de café y varias manzanillas con hielo, en una terraza al aire libre frecuentada por palomas indiscretas y voces de niños que persiguen balones de fútbol. Queda apenas media hora para que entremos en la conferencia sobre feminismo que sirve de colofón a ocho jornadas de cursillo y lo que en principio es una reunión informal en la que compartir el hermanamiento del curso y conocernos más unas a otras, se convierte en un repaso por nuestras vidas. Hemos llegado hasta ahí desde caminos muy distintos, sin embargo, todas tenemos algo en común; somos mujeres, feministas y nuestra edad esta rondando los cincuenta años. No todas tenemos hijos. No todas estamos casadas o vivimos en pareja. No todas tenemos las mismas preferencias sexuales. Pero sí todas estamos frente a una línea roja que ha marcado nuestras vidas.
En 2008, el año del crac económico, cuando contábamos alrededor de los cuarenta, nosotras superamos también esa famosa crisis que dicen los expertos que se da a cada década. Diez años después, nos vemos abocadas a los cincuenta sin que la crisis económica haya sido superada y sin que nosotras hayamos avanzado. Buscamos alternativas a nuestros problemas laborales, hacemos cursos presenciales y a distancia, hemos cambiado de trabajos y de intereses y buscamos en el feminismo aquellos datos que se nos escaparon de jóvenes y que dan respuesta a muchas de las cosas que nos pasan. Se puede decir que, según las reglas sociales, vamos de crisis en crisis. Que una vez llegada a cierta edad, sobre todo a esa mediana edad en la que se es mayor para ser joven y joven para ser mayor, esa edad en la que de verdad llegan las crisis existenciales que no se tienen a los veinte ni a los sesenta, nosotras todavía estamos construyendo nuestras vidas.
A. revuelve su manzanilla sin azúcar y nos cuenta como el feminismo ha dado respuesta a algunas de las cosas que le han sucedido últimamente. Para ella colaborar con una asociación, formarse, sentir que se dan las respuestas adecuadas, aunque sea de forma filosófica o metafísica, es ver solucionado parte del problema. Ahora sabe que ha llegado a su situación porque en su vida personal siguió los senderos marcados por los conceptos de mujer que le fueron inculcados. Sabe que hizo cosas que no debería ni quería haber hecho, pero que era lo que parecía estar preparado para ella desde siempre.
B. hace un examen por los últimos diez años de su vida. Pasó de trabajar en unas oficinas a tener que ir al huerto a recolectar naranjas y sus últimos diez años los ha pasado al aire libre, levantando capazos de veinticinco kilos, soportando mañanas de frío a 0º , con barro hasta en las cejas. Ha sido su cuerpo el que ha dicho basta: su menisco roto, su artrosis, su desgaste de huesos. Ahora está haciendo cursos de administrativo y se ha presentado a varias bolsas de trabajo.
C. nos hace un repaso somero de su nueva actividad. Trabaja de noche en un restaurante, en el turno de cenas y por el día trata de estudiar aquello que no estudió cuando tenía veinte años. Ha pedido su certificado de Formación Profesional, el que no pidió a los veinte, para ver si pude entrar en alguna bolsa de trabajo, en alguna plaza de algún ayuntamiento cercano, en algún hospital o centro de la tercera edad. Estudió Jardines de Infancia, algo que se puso de moda cuando en los ochenta se supo que Lady Dy trabajaba en una guardería. Era el tiempo en que creer en príncipes y princesas todavía era factible.
D. quiere vivir de lo que escribe. Tiene tres novelas publicadas en editoriales locales y en Amazon, colabora con un par de revistas digitales y redacta contenidos para páginas web que le pagan por número de palabras. También hace cursos. Gratuitos, eso sí. Marketing, SEO, posicionamiento web, comunidades virtuales… algo que le ayude a vender sus libros, a promocionarse y llegar a los lectores.
Si algo nos define es la frustración. Una frustración sorda que envolvemos en sonrisas. Estamos a una altura en la vida en que nuestras madres tenían su futuro resuelto mientras que nosotras todavía estamos reinventando uno. Hay un enorme cansancio relacionado con esa sensación de naufragio. Cansancio de pelear, de chocar contra los elementos, contra las circunstancias. A los cincuenta todavía estamos tratando de encauzar nuestra vida, de darle un proyecto, de resarcirnos de los años de crisis que nos tumbaron un plan de vida que creímos que sería para siempre o al menos que sería estable. Ahora vemos que no, que la lucha se encarniza precisamente a una edad en que ya vamos teniendo ganas de descansar un poco, de tocar el freno. Seguimos estudiando, somos muy activas, aceptamos trabajos precarios conscientes de que a nuestra edad nadie quiere contratarnos, realizamos sustituciones de verano, nos reinventamos y nada es suficiente.
Pertenecemos a esa generación que todavía creía que el amor era para siempre y llevamos algún divorcio a cuestas. Nos aleccionaron a que el trabajo de la mujer era una “ayuda” en casa pero no un propósito vital. Somos la generación, quizá la última, a las que enseñaron a bordar y coser en las horas lectivas de clase. Miramos a nuestro alrededor y vemos mujeres más jóvenes, más preparadas, más autosuficientes y nos preguntamos qué narices hicimos nosotras, porqué estudiamos algo que ni siquiera nos gustaba o porque no estudiamos más. Por qué narices nos casamos a los veintipocos. Tratamos de imaginar las vidas de otras mujeres que conocimos, las que se han ido quedando en la prehistoria de nuestras vidas y que en su momento ni siquiera cursaron BUP. Miramos alrededor y vemos mujeres más mayores que nunca tuvieron que acceder al mundo laboral porque entonces la mujer no trabajaba, se dedicaba a “sus labores” o bien, como mucho, trabajaba de forma precaria, sin contratos, sin derechos, con el estigma social que entonces significaba que una mujer tuviera la necesidad de trabajar.
Lo cierto es que todas llevamos una pesada carga en la mochila. La carga de la evolución social de la mujer. O mejor dicho la carga de saber, la de ser conscientes, la de poder dar respuestas que no siempre nos gustan. Transitamos entre la nada y el todo. Entre la generación del nacional catolicismo y la del liberalismo actual. Decía antes que el feminismo nos ha dado respuestas y eso es ya una forma de certificar causas y reconocer problemas para poder darle solución, pero no siempre esas respuestas son de nuestro agrado. El feminismo nos permite reconocer nuestros fallos, hacer examen de conciencia, ver carencias y posibles remedios, pero no significa que nos guste. No siempre el feminismo es liberación, no siempre significa recuperarse a una misma, al contrario, el feminismo nos enfrenta personal y socialmente a lo que siempre nos inculcaron, a lo que creímos, a lo que está aceptado por una gran mayoría de mujeres entre las que nosotras vamos a contracorriente. Nos acorrala en miles de acciones y de frases, en miles de momentos clave del pasado que ahora vemos tras las gafas moradas, nos empuja a la resistencia, a la verdad, a la no concesión. Es darnos la vuelta como un guante para mostrar un revés que no sabíamos que teníamos. Nos hemos descubierto a nosotras mismas en las facetas más íntimas que, sin embargo, hacemos públicas porque sabemos que ocultarlas es una continuidad con la que queremos romper. Y toda esta revolución interior nace en medio de una sociedad en crisis constante, en medio de una economía precaria, de un mundo laboral que pierde derechos cada día por mor de una crisis cuya cura, dicen, es un austericidio brutal del que arrastraremos las consecuencias durante décadas.
Tenemos que reinventarnos, que hacer frente a una frustración personal común, porque las circunstancias son comunes a todas, y tratar de tomar sitio para los quince años laborales que nos quedan por delante, para tratar de inculcar en nuestros descendientes la filosofía de vida que ahora vemos como válida y que les permita desenvolverse en la vida mucho mejor que a nosotras. Somos una generación intermedia que lucha constantemente por no ser parte de una estadística más en las listas del paro, en las listas de precariedad, en las listas de mujeres que nunca salen en las listas. Una generación que debe pelear para que de verdad el feminismo libere a nuestras hijas de todo aquello que a nosotras nos condenó. Tenemos en la conciencia no solo la carga personal de errores y aciertos, no solo la enorme carga emocional de romper con el pasado y las costumbres, si no de preparar un futuro, para nosotras y para las próximas generaciones, en el que tenemos que luchar de forma desigual, armadas solo con nuestro feminismo, nuestro esfuerzo y la esperanza de dejar un mundo mejor que el que conocimos.

2019. Año de llegadas y partidas

pisada lunar - nina peña

Este año se cumplen los aniversarios de dos hechos que han marcado la historia de la humanidad. Por un lado, hoy mismo, se conmemora la llegada del hombre a la luna y esa primera huella lunar e izado de bandera tan patriótico con el que los americanos celebran sus epopeyas.  Por otro lado, un poco más cañi y menos mediático, en septiembre se conmemorará la primera vuelta al mundo dada por un ser humano y que resultó ser la prueba empírica de que la tierra es redonda, aunque ahora muchos lo cuestionen de nuevo y ninguno de los dos hechos sea suficientemente gráfico para convencerles de lo contrario.

Estamos en medio de dos hechos que han cambiado la percepción del ser humano sobre sí mismo, que nos han mostrado lo realmente pequeños e insignificantes que somos, que nos han puesto en el lugar que nos corresponde como personas y convencido que somos un mero accidente en una evolución, un cromosoma, un material genético concreto. Quien no mire al celo y se sienta pequeño es que no tiene alma. Quien se enfrente a los océanos y sus profundidades y no se sienta sobrecogido es que no tiene profundidad.

Ahora, recién empezado este siglo, los seres humanos replanteamos nuevas preguntas, acometemos nuevas luchas o recrudecemos añejas reivindicaciones. Sin embargo, nada de lo que hacemos o nos planteamos sirve a la humanidad que espera seguir evolucionando. Todos los planteamientos que leo últimamente parten desde la más absoluta individualidad, desde el ego y desde el consumo. Se están replanteando viejos pensamientos con nuevas teorías personales. Las luchas con las que muchos seguimos son cuestionadas por axiomas personales que responden a intereses de unas minorías frente a aquello que debería aupar a la humanidad a un estado superior de conciencia. El yo, instalado en todos los estamentos y en nombre de una libertad que no existe, amenaza nuestra existencia en cualquier plano posible. El ego de cada cual, las respuestas personales a problemas colectivos, la ambición de unos cuantos frente a las necesidades de muchos, el afán torticero de calcular bienes privados llenándose la boca de bienes comunes, la codicia, la soberbia…

La humanidad no se plantea ser tan solo un puntito en el espacio, en el universo. No se plantea poder ser un granito de arena en el océano de los tiempos. Nos creemos el cúmulo de la vida y de la evolución. Presos de una modernidad insana, de una verdad fingida, de una solidaridad que no existe en las conciencias y que debería ser sustituida por la justicia. No nos planteamos la vida de los demás como un conjunto de vidas comunes, ni el sufrimiento ajeno como consecuencia del bienestar propio. No nos planteamos el término humanidad como aquello que debería unirnos, como aquello que no permite levantar muros ni lavar conciencias, sino que nos excusa de ser humanos.

Cada día hay gente que se empeña en luchas como esas, llegar a pisar la luna, dar la vuelta al mundo, y solo disponen de su esfuerzo y de sus pies para conseguirlo. Luchas igual de grandes, igual de inmensas que, de conseguirlo, cambiarían la percepción de lo que somos en realidad. Llegadas y partidas. Y cada día hay gente, en el otro lado, que convierte esa lucha en un objetivo inalcanzable por bien de una humanidad que ha perdido su propia definición.