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Capítulo eliminado de “La memoria de las palabras”. Lugares comunes de Castellón

 

 

nina peña - calle - castellon
La foto es mía, hecha el día de Sant Jordi, en un receso del día del libro en Argot durante el cual volví, como la protagonista, a la calle donde siempre viví, la Calle Virgen del Lidón en Castellón.

 

Corregir es a veces una carga que pesa más sobre el alma que sobre la propia narración. Eliminar lo superfluo, lo que resta dinamismo a la lectura, los capítulos que pueden lastrar el libro, hacerlo pesado, aquello que en realidad no afecta a la narración a la acción o a los personajes, es una ardua labor.

He tenido que eliminar un capítulo entero de mi próximo libro en el que la protagonista hace un recorrido por la ciudad, reconociéndola y recordándola. Buscando los vestigios de un pasado remoto.

Como me resisto a dejarlo morir os lo dejo en mi apartado de “Galeradas”.

 

He necesitado salir de allí para respirar aire puro, para dejar que la memoria de los años, condensada en aquella casa donde están velando a un muerto insepulto y donde se escuchan palabras que yo no quiero oír, salga de mi mente aunque sea por un instante.
Necesito soledad.
Por momentos preferiría no pensar en nada de todo lo que está ocurriendo estos días y por otro lado no puedo evitar querer pensar en todo. Más aún en lo que no he podido hasta ahora. Aquello que estoy empezando a ver y entender ahora que he dejado el rencor y la rebeldía atrás, ahora que ya no me siento en deuda con nadie, que me he reconciliado con el pasado del que un día renegué y del que no he dejado de huir durante todo este tiempo, recorriendo lugares en los que no quise estar, con personas que no me importaron y haciendo cosas que no quise hacer solo para ser quien en realidad no era.
La carga de mi sangre, aquello que llevo marcado en mi ADN y que no he podido cambiar por más que lo he intentado, ha vuelto a mí y ya es un hecho irrevocable.
Giro por la calle que recorrí tantas veces de niña, el cruce angosto de dos calles que da a la plaza Rey don Jaime y a una olivera centenaria enclavada en medio de una isleta por dónde antes solo había un trozo de tierra abrupta y que ahora es una especie de rotonda, una revuelta de la larga plaza en donde no se puede apenas circular.
En la esquina donde estaba la tienda del señor Pepe hay ahora una gestoría e inmobiliaria, el Traveling sigue en la misma esquina tras tantísimos años y los bares cercanos, donde de una forma u otra siempre había parroquianos acodados en barras infames y oscuras, son ahora modernas cafeterías, como el bar Urbano en la esquina de la plaza Clavé que tiene forma de autobús inglés de dos pisos y que no se parece en nada a la oscura taberna de treinta años atrás donde se vendían caliqueños, se fumaba en el interior y se servían sol y sombra a los obreros y recolectores de naranjas que vivían en aquel entonces por esa zona, la más labradora y de las más antiguas de Castellón.
Las tiendas de ultramarinos han desaparecido, algunas de las boutiques de ropa que yo conocí de niña se han transformado y las franquicias van ocupando poco a poco el terreno al igual que ocurre en todos los centros de todas las ciudades del país.
— Cualquier día nos ponen un Starbucks – me decía mi sobrina ayer mismo.
Camino por la avenida sin tener un lugar fijo al que ir. Sin prisa. Recordando lugares por donde hace tanto que no paso, que ya casi los he borrado de mi memoria.
Camino por delante de la heladería de Ricardo donde comprábamos jarritas de horchata siempre recién traída de Alboraya, por la papelería de Plácido Gómez que ahora es una librería que da a dos calles pero cuyo aroma, ya desde la puerta, me transporta en el tiempo y me recuerda épocas de colegio, a aquel primer diario con llave que me regalaron en un cumpleaños junto a un estuche de dos pisos con cremalleras y tela vaquera que perdí el primer día, olvidado junto a un columpio porque se me hacía tarde para entrar en clase.
El edificio de Correos sigue exactamente igual que en mi memoria, pero la plaza Tetuán, que sigue situada a sus espaldas, tampoco es la misma. Han quitado el templete del centro y su cafetería donde se hacían unos bocadillos legendarios de calamares, pero sigue estando lleno de sillas y de mesas, solo que estas pertenecen a los gastrobares y cafés que están situados en las casas de enfrente, viviendas antiguas de dos plantas, reformadas para un nuevo uso, alejadas de la utilidad para la que fueron construidas casi cien años atrás.
Paso fijándome en los detalles, en los cambios, en las mejoras y en aquello que no sé si puede llamarse así pero que en todo caso está cambiado.
.Al asomarme a la plaza Huerto Sogueros que se abre en un lateral, veo a lo lejos una escultura multicolor de Ripollés y el correr del agua entre objetos pequeños que la rodean, pero ni siquiera me acerco para verla bien, los colores ya de por sí me repelen y la forma no me resulta atractiva, al contrario de la que hay en la carretera de Almazora, cuyos colores y forma, tres manos unidas, me dio, al verla, sensación de hermandad.
Los salones y el edificio del Círculo Mercantil me siguen pareciendo tan señoriales como me parecían entonces, aunque ya con el sabor de los edificios antiguos que guardan la reminiscencia de otras épocas de mayor esplendor.
La cafetería Monterey ya no existe tal como la recordaba y en la calle San Vicente, en la esquina, sigue la misma agencia de viajes cuyos pósters en el escaparate me hacían soñar con los lugares que luego he visitado. La pastelería que había entonces ha cerrado y el kiosco de prensa es ahora una tienda de ropa.
Una librería me llama la atención porque no recuerdo que hubiera ninguna en esa calle. Cuando entro en Argot noto el aroma de libros y café que he encontrado en lugares similares, pero que no esperaba encontrar en Castellón. Sus dos plantas llenas de libros me encandilan, como siempre me ha pasado en todas las librería, y tengo que hacer un esfuerzo para no comenzar a comprar compulsivamente, como también me ha ocurrido siempre.
Hay un Castellón nuevo que yo no recuerdo, que se ha ido formando en todos los años que he estado fuera y al que le he dado la espalda en una huida hacia adelante que ahora me ha vuelto a traer aquí.
Quiero encontrar la librería de Salvador, el local donde me dijeron que estaba. De repente quiero volver a aquella época de la que he huido un instante antes al salir de casa.
Desando mis pasos y vuelvo a salir por la avenida Rey don Jaime y esta vez tuerzo hacia la izquierda para adentrarme en pleno centro, saltando por entre el carril pintado de rojo del tranvía, y las zonas peatonales. Poniendo atención a las perfumerías que ya no están, a las tiendas que son muy distintas a las de entonces. Sigue en el mismo sitio la ya clásica tienda de arte Comas Aldea, donde una vez compré una gigantesca carpeta negra para proyectos de diseño que nunca realicé y que sigue teniendo ese aire artístico en el escaparate, con pinturas, lienzos y todo aquello necesario para de dar rienda suelta a un talento que los años me han demostrado que yo no poseo pero que siempre envidié en los demás.
La librería de Salvador tuvo que estar por aquí, en el centro, pero no logro saber qué local o qué casa es. Paso por delante de lo que fue la librería de Armengot, donde cada septiembre comprábamos nuestros libros de texto y cuyo olor a papel, tinta y libros sigo teniendo pegado a la nariz como si no hubieran pasado los años. Armengot, sus libros y el aroma de aquella vuelta al cole, eran una promesa. Vuelve la imagen de las cartillas escolares de Palau, de los cuadernillos Rubio y de aquel ejemplar de lenguaje, Senda y la sensación intima de sentirme maravillada al descubrir sus poemas y sus lecturas; salvo que ya no es una librería sino una tienda de ropa de la que sale una cortina de aire frío y el ruido de una música machacona y electrónica.
Cruzo más calles y el recuerdo me golpea de nuevo con los sabores, el de las rosquilletas legendarias de aquella mujer que todos llamábamos “la mustia” y el de los helados de vainilla que vendían en la puerta de Simago ; los recuerdos de sabores de entonces son tan dolorosos como los mismos recuerdos en sí.
Hay lugares que he perdido para siempre, que solo viven ya en mi memoria y a los que me es imposible regresar. Sé que si quiero recuperar la ciudad voy a tener que caminar mucho, recorrer lugares que han permanecido intactos en mi recuerdo y que el paso del tiempo ha transformado hasta no ser los mismos, e incluso puede que algunos ni siquiera los reconozca o existan. No somos las mismas, ni la ciudad ni yo. Ambas estamos hechas de un material invisible que se va despedazando con el paso del tiempo, con el correr de los años, y que se transforma en melancolía por aquello que hemos perdido sin saber que lo tuviéramos, sin darnos cuenta de cómo ni dónde lo dejamos atrás. Estamos hechas de un material que se va desmenuzando con los vientos y las lluvias y los soles de todos los inviernos y veranos, deshaciéndose en recuerdos. Convirtiéndose en pasado a medida que avanzamos hacia un futuro que no podemos ver o imaginar. Transformándose en nostalgias que no podemos permitirnos el lujo de sentir porque el vivir nos empuja en direcciones imprevistas y nuevas a las que tenemos que ir acostumbrándonos.
Nos quedan los sabores y los olores de entonces. La atmosfera en que nos movimos. Los gestos que hicieron quienes nos han ido habitando, cientos y miles de personas o la persona que fui, en la que me he ido convirtiendo, la que seré cuando todo esto termine y la que algún día se borrará del todo, diluida por el olvido y por la tierra que me tape. Nos queda el mar en la lejanía, el aroma de salitre, la luz del Mediterráneo. El viento de tramontana que trae el olor de la montaña y de los campos. El aroma de azahar que se repite en cada noche de Magdalena y se mezcla con el de la pólvora de los castillos de fuegos artificiales, los latidos de corazones que suenan al ritmo de las mascletás de cada medio día de fiestas, y las costumbres que llevamos tan metidas en la sangre que aunque viviéramos mil vidas en mil países distintos, seguirían siendo parte de nosotros como el material genético que hemos ido heredando. He tenido que irme y volver para descubrir quién soy, y aunque mi paso por aquí sea de tan solo unos días, me reconozco en los lugares de los que quise tomar distancia y que ahora, con la edad, estoy comenzando a añorar y sentir como míos por primera vez en mi vida.
Me siento en una terraza y pido un café con hielo para tardar un poco más en volver, para retrasar todo lo posible el reencuentro con familiares a los que ya no conozco. Sigo siendo la rara de la familia, la extraña y taciturna, la que más se parece a mi padre, según me decía mi abuela que quizás imaginaba quién fue. Con ese aire entristecido y raro que llevo en los ojos marrones, inéditos en toda mi familia salvo en mí. Como mi actitud o mi silencio. Mi forma de ver las cosas, tan distinta a la de los demás que me llevó a desertar de mí misma y de ellos para, al cabo de treinta años, darme cuenta de que han estado conmigo todo este tiempo. De que nunca se han ido y de que no ha habido ni un solo día de mi existencia en que no haya pensado qué hubieran hecho ellas si hubieran tenido las oportunidades que a mí me dieron.

 

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Reseña Las sufragistas

“Es espectacular, muy romántica, muy filosófica, muy política y reivindicativa.

También muy didáctica, siempre lo digo y aquí pues no va a ser menos, cuando un libro además de entretener, enseña, es lo más.

Porque en el contexto histórico se entremezclan sucesos y personajes ficticios con reales, lo que nos dará una buena oportunidad pedagógica de conocer personajes relevantes del sufragio femenino y conocer un poco de su historia, que de verdad es muy interesante conocer a las que empezaron a pelear por nuestros derechos como individuo.”

Mari Carmen y yo nos conocimos, como ella cuenta en su blog, a traves de un grupo de lectura.. y resultó que casi casi somos vecinas, así que he tenido la grata oportunidad de conocerla, tomar café con ella, compartir libros y además poder hacerlo más veces, de hecho, hay algún café pendiente…

Mi sorpresa fue su reseña, porque cuando nos conocimos ella estaba a medio leer mi libro, justo por una parte que no le estaba convenciendo, y yo no sabía que hacía reseñas o que tuviera un blog.

Pero… terminó el libro y me hizo esta increíble reseña. econozco que me tuvo acojonada hasta que lo terminó porque como el argumento del libro da un vuelco tan enorme por momentos pensaba que estaba a punto de perder a una voraz lectora, y eso duele mucho, pero vaya, al parecer no ha sido así.

Os dejo el enlace para que podáis leer entera su crónica además de aconsejaros que lo sigáis porque tiene unas buenas reseñas y opiniones.

https://entreunjardindelibros.blogspot.com.es/2017/11/las-sufragistas-nina-pena.html

Muchas gracias Mari Carmen por la reseña, por los libros y sobre todo por tu amistad.

Tenemos un cafetazo pendiente!!

“Al final os preguntareis, pero ¿te ha gustado? Siiiiii, un sí rotundo, es un libro para volverlo a leer con más calma, si cabe.

Además de que es una muy buena historia, la escritora tiene gancho, sabe cómo atraparte en su tela de araña, he quedado muy sorprendida con esta autora local.

Tiene una prosa y unos diálogos cuidados al extremo, los diálogos son filosóficos, y sensuales en muchas ocasiones, políticos en tantas otras, y todos están muy bien trabajados, estructurados y argumentados a la perfección, extensos, coherentes e ideológicos. No cansan, al contrario, mantienen el interés en la trama, tan bien elaborada, tan lineal, que te va introduciendo en el mundo de sus personajes sin esfuerzo en un principio, con algo más tarde, porque tienes que intentar meterte en la cabeza de ellos, y entender sus sentimientos y tantas decisiones….buenas y malas, malas y peores.”

Reseña: Rosa de los vientos.

nina peña - rosa de los vientos - narrativa - mujeres - libros

Hoy tengo el placer de compartir una reseña especial para mí, la de mi amiga Conchi, que además de amiga es “madrina” junto a mi otra amiga Rosa de este libro… es decir, su correctora.

Para mí sus palabras son siempre importantes porque además de la amistad que nos une, sé que es una persona con criterio además de buen gusto literario, qué narices, y buen gusto en general… que es un sol, vamos.

Muchas gracias Conchi por amadrinar el libro y por comentarlo en tu blog. Un besazo.

Os dejo con sus palabras y más abajo encontraréis el enlace a su interesante blog personal.

“Ya entonces disfruté de la narración y de los monólogos interiores de los personajes principales, Lara y Marcel, de su primorosa composición, sin dejar de lado los secundarios que tanto aportan a la trama. Todas tenemos algo de Lara en tanto que procuramos enfrentarnos a nuestros miedos, empezar de nuevo y luchar por un objetivo, mejor si es en un locus amoenus como la tierra levantina, tan injustamente denostada y maltratada por culpa de políticos y especuladores. Menos mal que su esencia sigue intacta gracias a seres entrañables como Salvador y sus amigos cabañueleros.

Volviendo a la protagonista, quizá haya quien piense que para una mujer es fácil meterse en la piel de otra. No, no nos equivoquemos: cierto que parte de una base común, pero cada personaje, como cada persona, es un orbe aparte. Con ella reflexionamos sobre literatura y el fascinante mundo de los programas de radio intimistas que me acompañaron décadas ha y que ignoro si se siguen haciendo con la misma repercusión de antaño. Como aquellos oyentes que desnudaban su alma, nos adentramos en el alma de Lara, en sus recuerdos y en su presente.”

Podéis leer la entrada completa en su blog.

http://cosasmias-cosesmeues.blogspot.com.es/2017/09/rosa-de-los-vientos.html

Reseña de Rosa de los vientos.

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Que una buena amiga te haga una reseña es siempre de agradecer, pero cuando se trata de una personita tan especial, con una visión del mundo y un alma también especiales y sus palabras son así de bellas… no hay palabras para describir esa sensación.

Dolors es esa personita muy muy especial para mí a la que tuve el inmenso placer de abrazar hace un par de semanas en Barcelona y se me quedó ese regusto amargo de las palabras no dichas, de todo aquello que piensas y no te atreves a decir, el calor de la amistad interrumpido por las prisas de un reloj que marca los tiempos en una presentación, en una librería llena de gente.

Hay palabras que no nos hemos dicho, conversaciones de amigas que me gustaría tener con ella y que la distancia impide porque el calor de la amistad no se propaga bien a través de redes sociales. No hay nada como un abrazote bien apretado y creo que me quedé con las ganitas…

Espero que hayan muchas ocasiones y que en la próxima podamos sentarnos frente a un café y charlar con esa sensación de conocernos desde siempre que siempre he sentido por ella.

Os dejo su reseña. Podéis leerla completa en este enlace.

http://laprincesayaseve.com/2017/11/20/resena-rosa-los-vientos-nina-pena/

Y si os gusta lo que dice y queréis leer el libro solo tenéis que preguntar por él en vuestra librería y ACEN Editorial os lo lleva a vuestra ciudad.

 

 

ROSA DE LOS VIENTOS es una conversación en voz baja con sus protagonistas. Sientes el dolor de la traición, el miedo de estar desubicado en sentimientos, la rabia que se acumula al saber la verdad, la posibilidad de empezar de nuevo, la libertad de decidir, la sumisión al maltratador, la falta de coraje, el sacrificio por defender lo que está muerto, la protección a quién merece afectos, el desencanto y la desilusión y, la esperanza de volver a amar. Remordimientos acumulados e identidades descubiertas. Desamor en poesía y la tragedia del amor en un libro. La libertad de encontrar la brújula de la vida

Nina Peña te enamora con la palabra, metáforas que te trasladan a otro tiempo que has vivido y cuyo escenario se acerca a tu encuentro. Candidez alrededor de la brutalidad del destino para no agredir la conciencia de quién resulte culpable. Símiles identificando emociones en la poesía de escritores víctimas de su tiempo. La disociación de la persona engalanada de adjetivos sutiles. El dominio del vocabulario sin la necesidad de diálogos superfluos entre protagonistas que conversan en pausas y silencios. Debate interior con la complicidad de los sentimientos y, el concepto de imaginar y reinventarse. La muerte en la continuidad de la vida dictando momentos.

Cap.28 Rosa de los vientos.

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Capítulo 28

Hay en mí un miedo ancestral e íntimo, un miedo que roza lo irreal y lo inverosímil y que, sin embargo, contiene el germen mismo de la veracidad, de lo posible, de lo efectivo y concreto, un miedo que no logro alejar por completo, que continúa agazapado en mi interior aun cuando todo parece ir bien, aun cuando parece muy poco probable que los designios de infortunio tengan que cumplirse con la eficacia y crueldad, con la puntualidad exacta y minuciosa con la que siempre llegan.

Hay un espacio para el dolor casi tan grande como para la dicha, ocupando ambos un mismo lugar en mí sin apenas diferenciación. Lo que me duele es casi idéntico a lo que me produce gozo, cómo si ambas sensaciones partieran del mismo lugar, y cuando el goce es excesivo tiendo a esperar el dolor como consecuencia de una hipertrofia del hueco en el que habitan ambos, unidos como las dos caras de una misma moneda, de un mismo órgano, de una misma pieza.

Te miro dormir a mi lado entre las brumas del sueño y me pregunto cómo vas a dolerme tú, que tienes tanto o más miedo que yo, que sientes tanto o más dolor que yo, pero que tienes también más capacidad que yo para la dicha hasta el punto de no tener rencor ni aversión al sentimiento que te ha hecho caer estrepitosamente meses atrás y que eres capaz de recuperar para mí como si yo lo mereciera o lo necesitara.

Te miro en el silencio de la noche mientras todo está en calma, las luces apagadas, las cortinas echadas sobre las persianas que dejan entrar laminada la luz de la luna y de la farola de tu jardín.

No hay una luz amarillenta de despertador en tu cuarto ni números digitales, no hay nada que me indique cuánto rato he estado dormido junto a ti, abrazándote, recuperándome despacio para poder verte fuera de los sueños, para poder recordarte ahora que aún no me he ido, aceptando en mi conciencia de recién despierto que estás a mi lado, desnuda y pequeña, vestida tan solo con el nudo celta en tu cuello que se clava en medio del hueco de tus clavículas y con mi deseo, vestida tan solo de reposo y tregua, con tu tatuaje de la rosa de los vientos en un lado de tu cadera justo en el lugar donde se clavaban mis dedos al sujetarte debajo de mí, vestida tan solo con mi mirada que no se cree estar viéndote desnuda y abandonada a ella.

Amparada por ella.

Cómo vas a dolerme, cómo va a ser hundirme por ti ahora que ya sé cómo es hundirme en ti.

Qué mirada me amparará a mí el día que tú te vayas, con qué ojos miraré todo esto que estamos compartiendo y que nos ha unido cuando ya creíamos imposible que algo así sucediera, cómo va a ser el instante en que comiences a dolerme de verdad. Llevas doliéndome desde que te conocí en algún lugar donde el dolor se confunde con el deleite de sentir dolor, así que cómo será el día en que ya no quede ni un gramo de placer o de dicha y solo me dejes la sensación de tormento y desconsuelo más absoluto e infinito, cómo será el día en que comience a sentir solo el dolor y no el voluptuoso sufrimiento que amarte me produce.

Repaso con un dedo el contorno suave de tu mandíbula y pareces sonreír, acerco mi rostro al tuyo para sentir tu respiración cerca de mi boca y esa cercanía ya es de por sí un pozo de dolor.

Te despertaría si me atreviera y volvería a comenzar el arduo trabajo de amarte sin medir las consecuencias en tu cuerpo o en el mío, tan célibes durante tantos meses, tan voluptuosos momentos atrás, tan castigados por el agotamiento y la novedad, por la responsabilidad que ha significado descifrarnos en los gestos, entender las palabras apenas dichas, adivinarnos los puntos erógenos de cada uno, reconocer las señales del placer laboriosa y delicadamente, concentrándonos en el conocimiento nuevo de nosotros mismos y olvidando que nuestros cuerpos son exactamente igual que otros cuerpos y que pueden movernos los mismos resortes o las mismas prácticas, como si la novedad fuera completamente nueva de verdad, diferente a cualquier cosa que hayamos podido hacer o decir antes.

Repaso tus cabellos sobre la almohada sin llegar a verlos del todo en la penumbra que nos aísla y nos protege del resto del mundo, pero puedo imaginarlos, tocarlos, olerlos, con ese aroma a montaña, vainilla y viento, que siempre se desprende de ti tras una ducha.

Puedo imaginarte de nuevo y repasar mentalmente cada una de las palabras que has dicho, los gestos que has hecho, las caricias que me has prodigado, puedo recordar tu risa tan conveniente y necesaria, tan aliviadora de mis nervios y mi miedo al decirme que poner una alfombra delante de la chimenea había sido la mejor idea de tu vida, el color a cera de tu piel que centelleaba con las llamas, tus gemidos confundiéndose con el crepitar del fuego y tú y yo abrazados, desnudos, casi sin aliento, tan típico y hollywoodiense que nos dio la risa y subimos a la cama con un gesto de rectificación y disculpa que encerraba en secreto el anhelo guardado durante tanto tiempo, que verificaba las ganas de continuar, la satisfacción completa aún lejos de nosotros y con toda una noche por delante para lograrla, sin prisas, sin poder pararnos en un tal vez más conveniente y cortés principio, sin tener siquiera la peregrina idea de dejarlo en ese instante en que nos podríamos haber puesto a salvo de la pasión y convertir un acto único en un único acto.

No era suficiente.

Luego ya no reímos más, ya no nos dimos más tiempo para la risa ni para la conversación, ya no quisimos perder más tiempo en algo que era lo único que habíamos hecho tú y yo hasta entonces.

Sigue sin ser suficiente ahora.

Intento captar los detalles de algo que apenas me había atrevido a soñar pero que esperaba e imaginaba en lo más profundo, en ese lugar en que los secretos son inconfesables hasta para uno mismo, intento recordarte en cada segundo, en cada instante, apenas te he visto, apenas hay luz, apenas he podido retener lo suficiente las imágenes de ti que no quiero olvidar ni que se volatilicen con la llegada del día, quiero apresarlas porque no sé qué va a pasar cuando te despiertes y me veas, cuando decidas qué hacer con esta noche y conmigo, el dolor de verte tan cerca y al mismo tiempo tan lejos me acecha, la posibilidad de que volvamos a la lejanía de antes ya me está lacerando por dentro, lastimándome y dejándome vulnerable como muy pocas veces he sido.

Ese miedo mezclado con atrevimiento, la audacia de quien se sabe vencido y ya no tiene nada que perder me hace besarte, abandonar los mechones de tu pelo para bajar por tu piel.

De repente quiero despertarte pero mi intrepidez no llega a tanto, temo tu reacción, tal vez me he acostumbrado a temer la reacción de las mujeres que me importan así como creo que soy incapaz de abandonar el lecho en que duerme mi amante, la que de verdad es amada por mí.

Una antigua sensación de que puedes desaparecer me invade poco a poco, como si estuvieras aquí por un sortilegio que puede esfumarse por arte de magia, un inmemorial miedo a que de repente no estés, a que te vayas, a que de improviso quieras que me aleje de ti y veas esto como un error me deja sumido en la miseria mientras te veo aún dormida, más deseable si cabe que la vez anterior en que te vi dormir, mucho más deseable ahora que ya conozco tu cuerpo y no intentas ocultármelo con nada, ni con la sábana ni con el edredón ni con una posición de reserva o distancia, te revuelves en mis brazos, suspiras y sigues durmiendo sin tener ni la más remota idea de todo lo que se ha obrado en mí con tu gesto, del remolino de sensaciones que has provocado o del deseo que has despertado.

Quiero despertarte para volver a empezar, para echar los restos, para quemar mis naves, para arriesgarme del todo, para ganar o perder, pero el miedo me atenaza y me conformo con abrazarte, con sentir el dolor intenso de la dulcísima tortura que es estar así contigo, en la incertidumbre de lo que nos hemos convertido, en la esperanza de lo que podemos llegar a ser.

Quiero despertarte porque tu cuerpo lánguidamente dormido, abandonado junto al mío en un ancestral gesto de renuncia soberana de ti, de entrega voluntaria, me enaltece y me encumbra, te dejas abrazar, te dejas besar, giras hacía mí tu cara como si en sueños fueras consciente de que estoy a tu lado y me sonríes, dices mi nombre y me elevas, me rindes, me das permiso para hacer lo que ya llevo tanto rato pensando, abres las piernas sin abrir aún los ojos, aceptas mi mano y mi boca en tus labios, suspiras, vuelves a nombrarme y siento como si solo tú en ese gesto me dieras un lugar en el mundo, como si solo existiera porque tú me has nombrado.

Qué miedo a que lo nombraras a él, qué miedo a tu arrepentimiento, qué miedo a tus recuerdos, qué horror pensar que todo se podía esfumar con las primeras luces y que ni siquiera pudiera conservar tu amistad después de haber cruzado esta línea de fuego, qué pánico a que me compares, a no estar a la altura de él, a que no quisieras volver a comenzar lo que dejamos aparcado hace unas horas o a que de repente se perdiera esa confianza de viejos amantes que hemos alcanzado en nuestra primera noche, a que te levantaras y no supieras cómo decirme que me fuera, a que a partir de mañana me esquivaras y me alejaras de ti, pero abres las piernas y me besas mientras te acaricio con un solo dedo, murmuras una frase extraña, “dame uno de tus dedos y levantaré el mundo” me dices, como si yo supiera o entendiera de dónde te ha venido la inspiración para decirme eso en un momento así, suspiras junto a mi boca y noto tus manos buscándome en la cálida oscuridad del edredón, encontrándome sin problemas, tan evidente yo, tan elemental y primitivo en mis impulsos.

Recuerdo el poema que hemos leído juntos muriéndonos de vergüenza y deseo, el poema culpable de que esto haya pasado, “invadirla hasta la muerte y decirle que la amas mientras te deslizas por sus caderas”, y te digo que te amo mientras me deslizo por tus caderas hasta acoplarme a ti, hasta invadirte por completo como si tu cuerpo fuera un reino que conquistar, un territorio del que tomo posesión clavando el mástil de mi bandera en su tierra con un quejido que sale de tu garganta tal como saldría de la profundidad y las entrañas del mundo, un quejido que tiene algo de seísmo y convulsión, algo de muerte, un estremecimiento que sale de tu boca y en el aire de la habitación se junta con el mío, un grito de conmoción provocado por la sacudida interior que intento disimular para no perder el control de mí mismo.

Me deslizo en ti muy suavemente y no es suficiente.

Hay algo de victoria y rendición en la forma en que me muevo sobre ti, como si hubiera vencido mis miedos y mis presagios de ruina, como si tú los hubieras hecho desaparecer con una frase que no sé de dónde has sacado, con un gemido que me ha aceptado de nuevo, con el simple hecho de haberme nombrado y haberme besado mientras abrías las piernas para mí convirtiéndote toda tú en certeza y fe, como si despejaras todas mis dudas y mis incertidumbres con la realidad y la autenticidad del deseo que me muestras, con la lúbrica codicia de mí que revelas tan impunemente.

Hay algo de victoria y rendición pero eres tú quien gana, quien ha ganado, yo quien se rinde. Mis miedos siguen agazapados en mí, en lo más profundo, y ahora parecen calmados ante la furia, pero no he sido yo quien ha librado la batalla y los ha vencido, sino tú.

Aún no amanece siquiera y ya estamos despiertos del todo, completamente conscientes y desvelados para lo que pueda quedar de noche, recuperando con movimientos las poquísimas horas de quietud que hemos tenido esta noche.

Sigue sin ser suficiente ahora, cuando estoy aún dentro de ti, “imposible no caer en ti como la lluvia, no asirme a ti como la hiedra”, imposible no morir un poco entre tus brazos y tus piernas, imposible no observarte con un detenimiento que tiene algo de asombro, de vértigo, imposible no querer ver la respuesta que me das con un leve asomo de satisfacción íntima que en el fondo me recrimino mentalmente y que me sume en una vergüenza un tanto pueril, imposible que sea suficiente, sé a ciencia cierta que nunca voy a tener suficiente de ti, imposible que tanto amor quepa en una sola noche y en un solo cuerpo, imposible que pueda amarte de esta forma de la que nunca me creí capaz, imposible que esto esté sucediendo, imposible que tú aún tengas más para darme y más capacidad para recibirme, imposible pensar que hemos estado a un solo paso, a una sola decisión de que esto jamás hubiera ocurrido.

Mañana seguirá sin ser suficiente.

Mañana, hoy, dentro de unas escasas horas o tal vez minutos, cuando el sol nos sorprenda aún en esta cama, cuando no vayamos a tomar el café de costumbre, cuando mi padre se levante y vea que no he dormido en mi casa, sino en la tuya, cuando permanezcamos abrazados hasta que el sueño reparador renueve nuestras fuerzas y podamos vernos con claridad.

Déjame que siga durmiendo un instante más, no te levantes antes que yo ni prepares el desayuno ni te vayas de mi lado un segundo para hacer café o para ir al baño, quédate conmigo sin repetir los gestos que hiciste con él.

        No me permitas tampoco que sea yo quien lo haga, quien me levante para agradecerte esta noche con un gesto de cortesía tan infame como un desayuno para dos y muestre una familiaridad impertinente de colonizador de territorios que toma posesión de lo que no es suyo, impídeme que repita los gestos que hice con ella, impídeme que caiga en los mismos errores del pasado, deja que me invente para ti en ese preciso instante, déjame aparecer nuevo ante tus ojos, renacido de entre tus manos, ungido de entre tus piernas.

Solo mírame y dime que no te arrepientes de nada, mírame y sonríe como has hecho hace tan solo un instante, di mi nombre y sabré que me aceptas en tu vida, sabré que todo mi miedo no era más que miedo a perderte.

 

Puedes encontrar mi libro en formato papel en la web de ACEN o pregunta en tu librería favorita.

https://aceneditorial.es/libro/rosa-los-vientos/

 

Reseña de A. V. San Martín ¿Cómo que a qué huelen las nubes?

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Si alguien me preguntara que es lo más tedioso de un libro y tuviera que elegir entre confesarlo o morir, sería el momento de reconocer que a veces leo las primeras páginas con ansiedad, en busca de la trama y esas hojas que me encarrilen de lleno en la historia. Sin embargo, no es eso lo que ocurrió con este libro. Su título me llamó la atención en un post de su autora, y eché un vistazo a sus primeras páginas, quedando completamente enganchada a él. Comienza con tanta fuerza y de manera tan contundente que es difícil poder soltarlo.

¿A quién narices se le podía ocurrir una pregunta semejante? Es una de esas preguntas tipo incontestable que suenan bien en según qué contexto y que todo el mundo termina por utilizar en plan cachondeo para no decir absolutamente nada. El quid de la cuestión no es si alguien en realidad sabe a qué huelen, sino el porqué y con qué intención han hecho esa pregunta en un anuncio de compresas. Se supone que es una forma de decir que si usas esa marca determinada de compresas, la regla pasa odoríferamente desapercibida para propios y extraños, sobre todo para extraños, y comparar la suavidad de la compresa o la de un sexo femenino con una nube hasta parece acogedor y delicado, pero la cuestión sigue siendo la misma: ¿Qué intenciones se esconden tras algo tan inocente como una nubecilla?

No es una novela al uso con una historia trepidante, mucha acción y diálogos. Es de carácter intimista, nos sumergiremos en la vida de sus cuatro protagonistas como si estuviéramos leyendo sus diarios o nos estuvieran contando sus sentimientos tras un café una tarde en una terraza cualquiera. Y vaya forma de trasmitir esos sentimientos. Creo que es lo que más me ha sorprendido del libro, ese desgarro emocional que Nina nos hará sentir hasta la punta de los dedos de los pies. Tiene el don de poner en palabras los pensamientos de una forma soberbia y certera de tal forma que a medida que leía el libro, sentía que estaba en mi cabeza, poniendo orden al desbarajuste que debe haber ahí dentro. Son muchas las frases que he ido subrayando, que me han sorprendido, llegado e incluso con las que me he identificado.

Esa tonta costumbre que tengo de hacer siempre lo que la gente espera y no lo que de verdad quiero hacer, porque si de verdad hubiera hecho lo que me apetecía me hubiera reservado una estancia en el SPA para mí sola durante todo el fin de semana, perdiendo de vista a mi marido, a mis dos hijos, a mi jefe y a las cifras negativas de ventas de ese mes.

Me ha gustado y sorprendido mucho. Una joya, con un estilo narrativo muy bueno, de esas que estaba deseando descubrir. Lo recomiendo, sobretodo, a lectores a los que no asuste la narrativa intimista y sentimental. Pese al humor ácido e irónico, que incluye en algunos momentos, no es una historia sencilla, remueve todo por dentro e incluso enfada. No es una lectura ligera, sino reflexiva.

 

Podéis leer la reseña completa aquí, en este enlace a su blog, solo os he dejado los primeros párrafos.

http://www.avsanmartin.com/2017/06/resena-como-que-que-huelen-las-nubes-de.HTML

“Esto trata de apoyar a todos esos autores independientes, que con valentía y mucho esfuerzo, se lanzan a autopublicar sus obras sin el respaldo de una editorial ni grandes campañas de marketing que los avalen.

También trata de demostrar que la calidad literaria no solo se esconde tras el telón de una gran empresa y bajo los hilos de una gran marca comercial.
Trataré de rastrear y mostraros grandes obras entre la literatura independiente.
Quédate a descubrir dónde se esconden las joyas indie”
                                                                                                      
                                                                                          -A.V. San Martín-

 

Espero que os guste tanto la reseña como su blog.

 

La creación de un personaje a partir de la asociación de ideas.

nina peña - libros - escribir - personajes

Hace unos días os comentaba mi dificultad para crear un personaje que, a todas luces y por el argumento del libro, debía ser el malo de la novela.

Los personajes malos, los villanos, son quizás para muchos, los más jugosos, los más carismáticos, aquellos que se pueden permitir ser malos de verdad y ofrecerse al juicio público sabiendo que van a ser exonerados de sus maldades porque estas son necesarias para que, al final, triunfe la virtud, la bondad o cualquier sentimiento considerado correcto socialmente.

Es la contraposición de aquello que nos obligan a ser cuando, tal vez, tendríamos ganas de ponernos el mundo por montera y, por unas cuantas veces, ser los malos.

El malo, para ser carismático ha de poseer dos virtudes, a saber; no sentirse malo sino creerse en posesión de la verdad y de la virtud, y tener una filosofía de vida coherente con sus acciones, que pueda explicarlas.

No tener esas dos cosas lo convertiría en malo de todas formas, sí, pero no tendría esas dimensiones necesarias para ser un malo, muy malo de verdad.

Dos ejemplos de lo que es ser malo, pero con un carisma, una personalidad clara y coherente que se me ocurren a bote pronto, podrían ser el inspector Javert de Los miserables o Mr. Heathcliff en Cumbres borrascosas.

Es innegable que ambos son los personajes “malos” de esas novelas… pero conociendo sus pensamientos, su pasado, su filosofía, su vida, ¿quién puede juzgarlos con la simple palabra malo?

Malo, a secas, sin ninguna doblez en la expresión, serían aquellos personajes de las novelas de Marcial La fuente en que el pistolero era malo de por sí, por naturaleza, sin ningún atisbo de redención posible, sin remordimientos y sin un “live motive” que justifique sus acciones.

Así que, tras pensar en los malos épicos de varios libros, quise que ese personaje que tanto se me resistía tuviera una parte de humanidad, y que esa humanidad, mal entendida o llevada hasta las últimas consecuencias de una forma severa, fuera la que marcara sus malas acciones.

Los personajes son hijos de su tiempo también, y la coyuntura social que los envuelve nos puede marcar qué tipo de maldad es la que estos pueden realizar.

La asociación de ideas me surgió casi sin querer.

Mi personaje ha de ser un fascista militante en una España de postguerra.

Mi cabeza se fue a buscar ejemplos visuales que me parecieran ajustados a esa imagen mental que tengo del miliar fascista y fanático e irremediablemente me vino a la cabeza el papel de Sergi Lopez en El laberinto del fauno. Ahí esta el malo, malo, muy malo.

Con la facilidad de las redes sociales busqué hasta encontrar una crítica que me hizo ver que no todos los malos deben ser tan claramente malos, tan crueles y provocar tanta repulsión en el espectador/lector.

La primera asociación de ideas, que fue Sergi Lopez, me llevó a buscar la filosofía, la ideología de su personaje.

Me metí de lleno en política. Fascismo, nacismo, nacionalsocialismo, nacionalcatolicismo.

Lo sé, tengo un estómago a prueba de bombas.

Necesitaba comprender de dónde viene esa forma de pensar.

Al mismo tiempo, con la cabeza bullendo de información, había estado buscando una parte humana con la cual dotarle de algún refinamiento, de alguna característica que le diera contraste a la crueldad necesaria de la que va a hacer gala el personaje, algo que pudiera conmoverle y que por un momento mostrara su lado más amable y sentimental.

Y, para mi, si hay algo humano que muestra a sensibilidad de cualquier persona, son las artes. La expresión más refinada de nuestro ser, la que más dice de nosotros mismos, la que nos puede hacer sentir y nos puede provocar emociones.

La música era lo ideal.

¿Y qué tipo de música escucharía un militar fascista? Mira, de verdad que a veces me superan estas cosas… pero yo juraría que no a Puccini precisamente.

Una persona con esa fuerza intrínseca, con rango abolengo,con esos valores tan marcados escucharía música culta pero fuerte, una música rotunda; Wagner.

La suma de Wagner y la filosofía fascista, me llevó a Alemania.

Posiblemente, como hijo de su época, mi militar tendría cierta germanofilia. (Los amos del cotarro en aquel momento que tenían a las potencias europeas tan asustaditas que ni se atrevieron a ayudar a la república electa en España y transigieron con las primeras anexiones territoriales de la expansión que Hitler soñaba, en pos de evitar un conflicto que de todas formas acabó estallando)

Y si hay que buscar en el fascismo alemán, en la filosofía alemana de aquel momento, podría haberme hundido en un montón de mierda, con perdón de la expresión y haberme quedado en la forma sin llegar al fondo.

Una ideología tan brutal, inhumana y cruel como el fascismo, el nacionalsocialismo, para mi tiene la base en la falta de cultura de las personas que la ostentaban, en los prejuicios y en los rencores históricos. Eso ya es una marca a seguir.

Pero, ¿cómo puedo llamar “incultos” a personas que han escrito libros, que han montado todo un movimiento social alrededor de una idea o que, yendo más allá, han sido creadores de toda una filosofía que llegó a tener y sigue teniendo miles de adeptos en el mundo? Esas personas se formaron en universidades, tenían sus títulos académicos, pertenecían de nacimiento a círculos de poder y círculos de pensamiento, por tanto incultos no eran, pero sí hacen gala de unas premisas políticas populistas que son las que, aquellas personas con menos nivel cultural, siguieron y siguen.

Por tanto hay un fondo que buscar.

Recapitulando: tenemos a Alemania, tenemos una filosofía fascista y un militar español.

Necesitamos enlazar todo eso de alguna forma para que el resultado sea armonioso y el personaje tenga una psique, una ideología y que esta pueda tener coherencia con sus actos.

Me fui a dos grandes pensadores alemanes; Nietzsche y Schopenhauer.

De verdad que lo mío es vicio.

La filosofía de ambos es completamente contraria a cualquier fascismo. Hay que ser muy retorcido para creer que el súper hombre que menciona Nietzsche signifique la supremacía de la raza aria, pero así fue. Además era ateo y culpaba a la religión de muchos de los males que asolan al hombre (adoro a Nietzsche) y yo lo que necesitaba era una filosofía dentro del fascismo que casara con el catolicismo español imperante en el bando nacional.

Descubro que Nietzsche es de los filósofos más mal interpretados gracias en parte a su propia hermana, Elizabeth Forster Nietzsche que, antisemita de vocación, manipuló su obra cuando este sufrió un colapso que lo dejo convertido en vegetal durante doce largos años. Quién haya leído sus teorías sobre la eutanasia no podrá menos que notar la broma del destino.

La idea reprobable de Nietzsche sobre las clases sociales y la primacía de la clase aristocrática sin embargo me va a venir muy bien.

Todas esas pesquisas me llevan a un tal Alfred Beaumuler, filosofo alemán fascista que publicó un libro titulado Nietzsche, el filosofo y político y que manipuló a su gusto algunas teorías para adaptarlas a la filosofía nazi que por lo visto era necesaria. Obviamente no pienso leerme ese libro, pero los datos me llevan a ese fondo que yo buscaba, a esa filosofía de vida interior que necesita un malo muy malo para no ser un personaje plano y poseer, sino alma, al menos un cerebro que justifique sus actos.

Lo siguiente era unir todo eso con la religión católica , y sabemos que el fascismo era ateo…

Para unirlo lo que he hecho es separarlo.

He separado Dios de religión. Espiritualidad de Iglesia.

Si tenemos en cuenta que el fascismo español, basado muchas veces en el catolicismo tradicional se apoya  en dogmas y leyes dictadas más por la iglesia que por la propia biblia, si tenemos en cuenta de que todo nace de una filosofía judeo-cristiana que ha imperado durante miles de años en el sentimiento y pensamiento sobre la culpa, el pecado, el bien y el mal o en los juicios finales, al separar ambas cosas, si la mente de mi personaje separa ambas cosas, obtenemos a un militar que cree en Dios pero que repele la imagen del sacerdote como modelo político y su influencia en las leyes civiles del momento, que a su parecer han de ser dictadas por poderes terrenales y no divinos.

Et voilá! Ahí tenemos a mi malo malísimo.

Un personaje refinado, culto, que lee libros filosóficos, que escucha a Wagner, que cree de forma íntima en todo lo que hace porque para él no es hacer o no hacer, sino vivir o no vivir de la forma adecuada. Sus actos van a tener una justificación porque ya sé como piensa, sus maldades van a tener una veta de bondad porque creerá estar haciendo lo correcto y lo moralmente necesario aun cuando esto sea reprobable. Un personaje que tratará de destruir todo aquello que él crea necesario destruir en pos de una sociedad correcta  y tradicional.

Y ahora viene lo más difícil; escribir.

Deseadme suerte.