Cap.28 Rosa de los vientos.

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Capítulo 28

Hay en mí un miedo ancestral e íntimo, un miedo que roza lo irreal y lo inverosímil y que, sin embargo, contiene el germen mismo de la veracidad, de lo posible, de lo efectivo y concreto, un miedo que no logro alejar por completo, que continúa agazapado en mi interior aun cuando todo parece ir bien, aun cuando parece muy poco probable que los designios de infortunio tengan que cumplirse con la eficacia y crueldad, con la puntualidad exacta y minuciosa con la que siempre llegan.

Hay un espacio para el dolor casi tan grande como para la dicha, ocupando ambos un mismo lugar en mí sin apenas diferenciación. Lo que me duele es casi idéntico a lo que me produce gozo, cómo si ambas sensaciones partieran del mismo lugar, y cuando el goce es excesivo tiendo a esperar el dolor como consecuencia de una hipertrofia del hueco en el que habitan ambos, unidos como las dos caras de una misma moneda, de un mismo órgano, de una misma pieza.

Te miro dormir a mi lado entre las brumas del sueño y me pregunto cómo vas a dolerme tú, que tienes tanto o más miedo que yo, que sientes tanto o más dolor que yo, pero que tienes también más capacidad que yo para la dicha hasta el punto de no tener rencor ni aversión al sentimiento que te ha hecho caer estrepitosamente meses atrás y que eres capaz de recuperar para mí como si yo lo mereciera o lo necesitara.

Te miro en el silencio de la noche mientras todo está en calma, las luces apagadas, las cortinas echadas sobre las persianas que dejan entrar laminada la luz de la luna y de la farola de tu jardín.

No hay una luz amarillenta de despertador en tu cuarto ni números digitales, no hay nada que me indique cuánto rato he estado dormido junto a ti, abrazándote, recuperándome despacio para poder verte fuera de los sueños, para poder recordarte ahora que aún no me he ido, aceptando en mi conciencia de recién despierto que estás a mi lado, desnuda y pequeña, vestida tan solo con el nudo celta en tu cuello que se clava en medio del hueco de tus clavículas y con mi deseo, vestida tan solo de reposo y tregua, con tu tatuaje de la rosa de los vientos en un lado de tu cadera justo en el lugar donde se clavaban mis dedos al sujetarte debajo de mí, vestida tan solo con mi mirada que no se cree estar viéndote desnuda y abandonada a ella.

Amparada por ella.

Cómo vas a dolerme, cómo va a ser hundirme por ti ahora que ya sé cómo es hundirme en ti.

Qué mirada me amparará a mí el día que tú te vayas, con qué ojos miraré todo esto que estamos compartiendo y que nos ha unido cuando ya creíamos imposible que algo así sucediera, cómo va a ser el instante en que comiences a dolerme de verdad. Llevas doliéndome desde que te conocí en algún lugar donde el dolor se confunde con el deleite de sentir dolor, así que cómo será el día en que ya no quede ni un gramo de placer o de dicha y solo me dejes la sensación de tormento y desconsuelo más absoluto e infinito, cómo será el día en que comience a sentir solo el dolor y no el voluptuoso sufrimiento que amarte me produce.

Repaso con un dedo el contorno suave de tu mandíbula y pareces sonreír, acerco mi rostro al tuyo para sentir tu respiración cerca de mi boca y esa cercanía ya es de por sí un pozo de dolor.

Te despertaría si me atreviera y volvería a comenzar el arduo trabajo de amarte sin medir las consecuencias en tu cuerpo o en el mío, tan célibes durante tantos meses, tan voluptuosos momentos atrás, tan castigados por el agotamiento y la novedad, por la responsabilidad que ha significado descifrarnos en los gestos, entender las palabras apenas dichas, adivinarnos los puntos erógenos de cada uno, reconocer las señales del placer laboriosa y delicadamente, concentrándonos en el conocimiento nuevo de nosotros mismos y olvidando que nuestros cuerpos son exactamente igual que otros cuerpos y que pueden movernos los mismos resortes o las mismas prácticas, como si la novedad fuera completamente nueva de verdad, diferente a cualquier cosa que hayamos podido hacer o decir antes.

Repaso tus cabellos sobre la almohada sin llegar a verlos del todo en la penumbra que nos aísla y nos protege del resto del mundo, pero puedo imaginarlos, tocarlos, olerlos, con ese aroma a montaña, vainilla y viento, que siempre se desprende de ti tras una ducha.

Puedo imaginarte de nuevo y repasar mentalmente cada una de las palabras que has dicho, los gestos que has hecho, las caricias que me has prodigado, puedo recordar tu risa tan conveniente y necesaria, tan aliviadora de mis nervios y mi miedo al decirme que poner una alfombra delante de la chimenea había sido la mejor idea de tu vida, el color a cera de tu piel que centelleaba con las llamas, tus gemidos confundiéndose con el crepitar del fuego y tú y yo abrazados, desnudos, casi sin aliento, tan típico y hollywoodiense que nos dio la risa y subimos a la cama con un gesto de rectificación y disculpa que encerraba en secreto el anhelo guardado durante tanto tiempo, que verificaba las ganas de continuar, la satisfacción completa aún lejos de nosotros y con toda una noche por delante para lograrla, sin prisas, sin poder pararnos en un tal vez más conveniente y cortés principio, sin tener siquiera la peregrina idea de dejarlo en ese instante en que nos podríamos haber puesto a salvo de la pasión y convertir un acto único en un único acto.

No era suficiente.

Luego ya no reímos más, ya no nos dimos más tiempo para la risa ni para la conversación, ya no quisimos perder más tiempo en algo que era lo único que habíamos hecho tú y yo hasta entonces.

Sigue sin ser suficiente ahora.

Intento captar los detalles de algo que apenas me había atrevido a soñar pero que esperaba e imaginaba en lo más profundo, en ese lugar en que los secretos son inconfesables hasta para uno mismo, intento recordarte en cada segundo, en cada instante, apenas te he visto, apenas hay luz, apenas he podido retener lo suficiente las imágenes de ti que no quiero olvidar ni que se volatilicen con la llegada del día, quiero apresarlas porque no sé qué va a pasar cuando te despiertes y me veas, cuando decidas qué hacer con esta noche y conmigo, el dolor de verte tan cerca y al mismo tiempo tan lejos me acecha, la posibilidad de que volvamos a la lejanía de antes ya me está lacerando por dentro, lastimándome y dejándome vulnerable como muy pocas veces he sido.

Ese miedo mezclado con atrevimiento, la audacia de quien se sabe vencido y ya no tiene nada que perder me hace besarte, abandonar los mechones de tu pelo para bajar por tu piel.

De repente quiero despertarte pero mi intrepidez no llega a tanto, temo tu reacción, tal vez me he acostumbrado a temer la reacción de las mujeres que me importan así como creo que soy incapaz de abandonar el lecho en que duerme mi amante, la que de verdad es amada por mí.

Una antigua sensación de que puedes desaparecer me invade poco a poco, como si estuvieras aquí por un sortilegio que puede esfumarse por arte de magia, un inmemorial miedo a que de repente no estés, a que te vayas, a que de improviso quieras que me aleje de ti y veas esto como un error me deja sumido en la miseria mientras te veo aún dormida, más deseable si cabe que la vez anterior en que te vi dormir, mucho más deseable ahora que ya conozco tu cuerpo y no intentas ocultármelo con nada, ni con la sábana ni con el edredón ni con una posición de reserva o distancia, te revuelves en mis brazos, suspiras y sigues durmiendo sin tener ni la más remota idea de todo lo que se ha obrado en mí con tu gesto, del remolino de sensaciones que has provocado o del deseo que has despertado.

Quiero despertarte para volver a empezar, para echar los restos, para quemar mis naves, para arriesgarme del todo, para ganar o perder, pero el miedo me atenaza y me conformo con abrazarte, con sentir el dolor intenso de la dulcísima tortura que es estar así contigo, en la incertidumbre de lo que nos hemos convertido, en la esperanza de lo que podemos llegar a ser.

Quiero despertarte porque tu cuerpo lánguidamente dormido, abandonado junto al mío en un ancestral gesto de renuncia soberana de ti, de entrega voluntaria, me enaltece y me encumbra, te dejas abrazar, te dejas besar, giras hacía mí tu cara como si en sueños fueras consciente de que estoy a tu lado y me sonríes, dices mi nombre y me elevas, me rindes, me das permiso para hacer lo que ya llevo tanto rato pensando, abres las piernas sin abrir aún los ojos, aceptas mi mano y mi boca en tus labios, suspiras, vuelves a nombrarme y siento como si solo tú en ese gesto me dieras un lugar en el mundo, como si solo existiera porque tú me has nombrado.

Qué miedo a que lo nombraras a él, qué miedo a tu arrepentimiento, qué miedo a tus recuerdos, qué horror pensar que todo se podía esfumar con las primeras luces y que ni siquiera pudiera conservar tu amistad después de haber cruzado esta línea de fuego, qué pánico a que me compares, a no estar a la altura de él, a que no quisieras volver a comenzar lo que dejamos aparcado hace unas horas o a que de repente se perdiera esa confianza de viejos amantes que hemos alcanzado en nuestra primera noche, a que te levantaras y no supieras cómo decirme que me fuera, a que a partir de mañana me esquivaras y me alejaras de ti, pero abres las piernas y me besas mientras te acaricio con un solo dedo, murmuras una frase extraña, “dame uno de tus dedos y levantaré el mundo” me dices, como si yo supiera o entendiera de dónde te ha venido la inspiración para decirme eso en un momento así, suspiras junto a mi boca y noto tus manos buscándome en la cálida oscuridad del edredón, encontrándome sin problemas, tan evidente yo, tan elemental y primitivo en mis impulsos.

Recuerdo el poema que hemos leído juntos muriéndonos de vergüenza y deseo, el poema culpable de que esto haya pasado, “invadirla hasta la muerte y decirle que la amas mientras te deslizas por sus caderas”, y te digo que te amo mientras me deslizo por tus caderas hasta acoplarme a ti, hasta invadirte por completo como si tu cuerpo fuera un reino que conquistar, un territorio del que tomo posesión clavando el mástil de mi bandera en su tierra con un quejido que sale de tu garganta tal como saldría de la profundidad y las entrañas del mundo, un quejido que tiene algo de seísmo y convulsión, algo de muerte, un estremecimiento que sale de tu boca y en el aire de la habitación se junta con el mío, un grito de conmoción provocado por la sacudida interior que intento disimular para no perder el control de mí mismo.

Me deslizo en ti muy suavemente y no es suficiente.

Hay algo de victoria y rendición en la forma en que me muevo sobre ti, como si hubiera vencido mis miedos y mis presagios de ruina, como si tú los hubieras hecho desaparecer con una frase que no sé de dónde has sacado, con un gemido que me ha aceptado de nuevo, con el simple hecho de haberme nombrado y haberme besado mientras abrías las piernas para mí convirtiéndote toda tú en certeza y fe, como si despejaras todas mis dudas y mis incertidumbres con la realidad y la autenticidad del deseo que me muestras, con la lúbrica codicia de mí que revelas tan impunemente.

Hay algo de victoria y rendición pero eres tú quien gana, quien ha ganado, yo quien se rinde. Mis miedos siguen agazapados en mí, en lo más profundo, y ahora parecen calmados ante la furia, pero no he sido yo quien ha librado la batalla y los ha vencido, sino tú.

Aún no amanece siquiera y ya estamos despiertos del todo, completamente conscientes y desvelados para lo que pueda quedar de noche, recuperando con movimientos las poquísimas horas de quietud que hemos tenido esta noche.

Sigue sin ser suficiente ahora, cuando estoy aún dentro de ti, “imposible no caer en ti como la lluvia, no asirme a ti como la hiedra”, imposible no morir un poco entre tus brazos y tus piernas, imposible no observarte con un detenimiento que tiene algo de asombro, de vértigo, imposible no querer ver la respuesta que me das con un leve asomo de satisfacción íntima que en el fondo me recrimino mentalmente y que me sume en una vergüenza un tanto pueril, imposible que sea suficiente, sé a ciencia cierta que nunca voy a tener suficiente de ti, imposible que tanto amor quepa en una sola noche y en un solo cuerpo, imposible que pueda amarte de esta forma de la que nunca me creí capaz, imposible que esto esté sucediendo, imposible que tú aún tengas más para darme y más capacidad para recibirme, imposible pensar que hemos estado a un solo paso, a una sola decisión de que esto jamás hubiera ocurrido.

Mañana seguirá sin ser suficiente.

Mañana, hoy, dentro de unas escasas horas o tal vez minutos, cuando el sol nos sorprenda aún en esta cama, cuando no vayamos a tomar el café de costumbre, cuando mi padre se levante y vea que no he dormido en mi casa, sino en la tuya, cuando permanezcamos abrazados hasta que el sueño reparador renueve nuestras fuerzas y podamos vernos con claridad.

Déjame que siga durmiendo un instante más, no te levantes antes que yo ni prepares el desayuno ni te vayas de mi lado un segundo para hacer café o para ir al baño, quédate conmigo sin repetir los gestos que hiciste con él.

        No me permitas tampoco que sea yo quien lo haga, quien me levante para agradecerte esta noche con un gesto de cortesía tan infame como un desayuno para dos y muestre una familiaridad impertinente de colonizador de territorios que toma posesión de lo que no es suyo, impídeme que repita los gestos que hice con ella, impídeme que caiga en los mismos errores del pasado, deja que me invente para ti en ese preciso instante, déjame aparecer nuevo ante tus ojos, renacido de entre tus manos, ungido de entre tus piernas.

Solo mírame y dime que no te arrepientes de nada, mírame y sonríe como has hecho hace tan solo un instante, di mi nombre y sabré que me aceptas en tu vida, sabré que todo mi miedo no era más que miedo a perderte.

 

Puedes encontrar mi libro en formato papel en la web de ACEN o pregunta en tu librería favorita.

https://aceneditorial.es/libro/rosa-los-vientos/

 

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Reseña de A. V. San Martín ¿Cómo que a qué huelen las nubes?

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Si alguien me preguntara que es lo más tedioso de un libro y tuviera que elegir entre confesarlo o morir, sería el momento de reconocer que a veces leo las primeras páginas con ansiedad, en busca de la trama y esas hojas que me encarrilen de lleno en la historia. Sin embargo, no es eso lo que ocurrió con este libro. Su título me llamó la atención en un post de su autora, y eché un vistazo a sus primeras páginas, quedando completamente enganchada a él. Comienza con tanta fuerza y de manera tan contundente que es difícil poder soltarlo.

¿A quién narices se le podía ocurrir una pregunta semejante? Es una de esas preguntas tipo incontestable que suenan bien en según qué contexto y que todo el mundo termina por utilizar en plan cachondeo para no decir absolutamente nada. El quid de la cuestión no es si alguien en realidad sabe a qué huelen, sino el porqué y con qué intención han hecho esa pregunta en un anuncio de compresas. Se supone que es una forma de decir que si usas esa marca determinada de compresas, la regla pasa odoríferamente desapercibida para propios y extraños, sobre todo para extraños, y comparar la suavidad de la compresa o la de un sexo femenino con una nube hasta parece acogedor y delicado, pero la cuestión sigue siendo la misma: ¿Qué intenciones se esconden tras algo tan inocente como una nubecilla?

No es una novela al uso con una historia trepidante, mucha acción y diálogos. Es de carácter intimista, nos sumergiremos en la vida de sus cuatro protagonistas como si estuviéramos leyendo sus diarios o nos estuvieran contando sus sentimientos tras un café una tarde en una terraza cualquiera. Y vaya forma de trasmitir esos sentimientos. Creo que es lo que más me ha sorprendido del libro, ese desgarro emocional que Nina nos hará sentir hasta la punta de los dedos de los pies. Tiene el don de poner en palabras los pensamientos de una forma soberbia y certera de tal forma que a medida que leía el libro, sentía que estaba en mi cabeza, poniendo orden al desbarajuste que debe haber ahí dentro. Son muchas las frases que he ido subrayando, que me han sorprendido, llegado e incluso con las que me he identificado.

Esa tonta costumbre que tengo de hacer siempre lo que la gente espera y no lo que de verdad quiero hacer, porque si de verdad hubiera hecho lo que me apetecía me hubiera reservado una estancia en el SPA para mí sola durante todo el fin de semana, perdiendo de vista a mi marido, a mis dos hijos, a mi jefe y a las cifras negativas de ventas de ese mes.

Me ha gustado y sorprendido mucho. Una joya, con un estilo narrativo muy bueno, de esas que estaba deseando descubrir. Lo recomiendo, sobretodo, a lectores a los que no asuste la narrativa intimista y sentimental. Pese al humor ácido e irónico, que incluye en algunos momentos, no es una historia sencilla, remueve todo por dentro e incluso enfada. No es una lectura ligera, sino reflexiva.

 

Podéis leer la reseña completa aquí, en este enlace a su blog, solo os he dejado los primeros párrafos.

http://www.avsanmartin.com/2017/06/resena-como-que-que-huelen-las-nubes-de.HTML

“Esto trata de apoyar a todos esos autores independientes, que con valentía y mucho esfuerzo, se lanzan a autopublicar sus obras sin el respaldo de una editorial ni grandes campañas de marketing que los avalen.

También trata de demostrar que la calidad literaria no solo se esconde tras el telón de una gran empresa y bajo los hilos de una gran marca comercial.
Trataré de rastrear y mostraros grandes obras entre la literatura independiente.
Quédate a descubrir dónde se esconden las joyas indie”
                                                                                                      
                                                                                          -A.V. San Martín-

 

Espero que os guste tanto la reseña como su blog.

 

La creación de un personaje a partir de la asociación de ideas.

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Hace unos días os comentaba mi dificultad para crear un personaje que, a todas luces y por el argumento del libro, debía ser el malo de la novela.

Los personajes malos, los villanos, son quizás para muchos, los más jugosos, los más carismáticos, aquellos que se pueden permitir ser malos de verdad y ofrecerse al juicio público sabiendo que van a ser exonerados de sus maldades porque estas son necesarias para que, al final, triunfe la virtud, la bondad o cualquier sentimiento considerado correcto socialmente.

Es la contraposición de aquello que nos obligan a ser cuando, tal vez, tendríamos ganas de ponernos el mundo por montera y, por unas cuantas veces, ser los malos.

El malo, para ser carismático ha de poseer dos virtudes, a saber; no sentirse malo sino creerse en posesión de la verdad y de la virtud, y tener una filosofía de vida coherente con sus acciones, que pueda explicarlas.

No tener esas dos cosas lo convertiría en malo de todas formas, sí, pero no tendría esas dimensiones necesarias para ser un malo, muy malo de verdad.

Dos ejemplos de lo que es ser malo, pero con un carisma, una personalidad clara y coherente que se me ocurren a bote pronto, podrían ser el inspector Javert de Los miserables o Mr. Heathcliff en Cumbres borrascosas.

Es innegable que ambos son los personajes “malos” de esas novelas… pero conociendo sus pensamientos, su pasado, su filosofía, su vida, ¿quién puede juzgarlos con la simple palabra malo?

Malo, a secas, sin ninguna doblez en la expresión, serían aquellos personajes de las novelas de Marcial La fuente en que el pistolero era malo de por sí, por naturaleza, sin ningún atisbo de redención posible, sin remordimientos y sin un “live motive” que justifique sus acciones.

Así que, tras pensar en los malos épicos de varios libros, quise que ese personaje que tanto se me resistía tuviera una parte de humanidad, y que esa humanidad, mal entendida o llevada hasta las últimas consecuencias de una forma severa, fuera la que marcara sus malas acciones.

Los personajes son hijos de su tiempo también, y la coyuntura social que los envuelve nos puede marcar qué tipo de maldad es la que estos pueden realizar.

La asociación de ideas me surgió casi sin querer.

Mi personaje ha de ser un fascista militante en una España de postguerra.

Mi cabeza se fue a buscar ejemplos visuales que me parecieran ajustados a esa imagen mental que tengo del miliar fascista y fanático e irremediablemente me vino a la cabeza el papel de Sergi Lopez en El laberinto del fauno. Ahí esta el malo, malo, muy malo.

Con la facilidad de las redes sociales busqué hasta encontrar una crítica que me hizo ver que no todos los malos deben ser tan claramente malos, tan crueles y provocar tanta repulsión en el espectador/lector.

La primera asociación de ideas, que fue Sergi Lopez, me llevó a buscar la filosofía, la ideología de su personaje.

Me metí de lleno en política. Fascismo, nacismo, nacionalsocialismo, nacionalcatolicismo.

Lo sé, tengo un estómago a prueba de bombas.

Necesitaba comprender de dónde viene esa forma de pensar.

Al mismo tiempo, con la cabeza bullendo de información, había estado buscando una parte humana con la cual dotarle de algún refinamiento, de alguna característica que le diera contraste a la crueldad necesaria de la que va a hacer gala el personaje, algo que pudiera conmoverle y que por un momento mostrara su lado más amable y sentimental.

Y, para mi, si hay algo humano que muestra a sensibilidad de cualquier persona, son las artes. La expresión más refinada de nuestro ser, la que más dice de nosotros mismos, la que nos puede hacer sentir y nos puede provocar emociones.

La música era lo ideal.

¿Y qué tipo de música escucharía un militar fascista? Mira, de verdad que a veces me superan estas cosas… pero yo juraría que no a Puccini precisamente.

Una persona con esa fuerza intrínseca, con rango abolengo,con esos valores tan marcados escucharía música culta pero fuerte, una música rotunda; Wagner.

La suma de Wagner y la filosofía fascista, me llevó a Alemania.

Posiblemente, como hijo de su época, mi militar tendría cierta germanofilia. (Los amos del cotarro en aquel momento que tenían a las potencias europeas tan asustaditas que ni se atrevieron a ayudar a la república electa en España y transigieron con las primeras anexiones territoriales de la expansión que Hitler soñaba, en pos de evitar un conflicto que de todas formas acabó estallando)

Y si hay que buscar en el fascismo alemán, en la filosofía alemana de aquel momento, podría haberme hundido en un montón de mierda, con perdón de la expresión y haberme quedado en la forma sin llegar al fondo.

Una ideología tan brutal, inhumana y cruel como el fascismo, el nacionalsocialismo, para mi tiene la base en la falta de cultura de las personas que la ostentaban, en los prejuicios y en los rencores históricos. Eso ya es una marca a seguir.

Pero, ¿cómo puedo llamar “incultos” a personas que han escrito libros, que han montado todo un movimiento social alrededor de una idea o que, yendo más allá, han sido creadores de toda una filosofía que llegó a tener y sigue teniendo miles de adeptos en el mundo? Esas personas se formaron en universidades, tenían sus títulos académicos, pertenecían de nacimiento a círculos de poder y círculos de pensamiento, por tanto incultos no eran, pero sí hacen gala de unas premisas políticas populistas que son las que, aquellas personas con menos nivel cultural, siguieron y siguen.

Por tanto hay un fondo que buscar.

Recapitulando: tenemos a Alemania, tenemos una filosofía fascista y un militar español.

Necesitamos enlazar todo eso de alguna forma para que el resultado sea armonioso y el personaje tenga una psique, una ideología y que esta pueda tener coherencia con sus actos.

Me fui a dos grandes pensadores alemanes; Nietzsche y Schopenhauer.

De verdad que lo mío es vicio.

La filosofía de ambos es completamente contraria a cualquier fascismo. Hay que ser muy retorcido para creer que el súper hombre que menciona Nietzsche signifique la supremacía de la raza aria, pero así fue. Además era ateo y culpaba a la religión de muchos de los males que asolan al hombre (adoro a Nietzsche) y yo lo que necesitaba era una filosofía dentro del fascismo que casara con el catolicismo español imperante en el bando nacional.

Descubro que Nietzsche es de los filósofos más mal interpretados gracias en parte a su propia hermana, Elizabeth Forster Nietzsche que, antisemita de vocación, manipuló su obra cuando este sufrió un colapso que lo dejo convertido en vegetal durante doce largos años. Quién haya leído sus teorías sobre la eutanasia no podrá menos que notar la broma del destino.

La idea reprobable de Nietzsche sobre las clases sociales y la primacía de la clase aristocrática sin embargo me va a venir muy bien.

Todas esas pesquisas me llevan a un tal Alfred Beaumuler, filosofo alemán fascista que publicó un libro titulado Nietzsche, el filosofo y político y que manipuló a su gusto algunas teorías para adaptarlas a la filosofía nazi que por lo visto era necesaria. Obviamente no pienso leerme ese libro, pero los datos me llevan a ese fondo que yo buscaba, a esa filosofía de vida interior que necesita un malo muy malo para no ser un personaje plano y poseer, sino alma, al menos un cerebro que justifique sus actos.

Lo siguiente era unir todo eso con la religión católica , y sabemos que el fascismo era ateo…

Para unirlo lo que he hecho es separarlo.

He separado Dios de religión. Espiritualidad de Iglesia.

Si tenemos en cuenta que el fascismo español, basado muchas veces en el catolicismo tradicional se apoya  en dogmas y leyes dictadas más por la iglesia que por la propia biblia, si tenemos en cuenta de que todo nace de una filosofía judeo-cristiana que ha imperado durante miles de años en el sentimiento y pensamiento sobre la culpa, el pecado, el bien y el mal o en los juicios finales, al separar ambas cosas, si la mente de mi personaje separa ambas cosas, obtenemos a un militar que cree en Dios pero que repele la imagen del sacerdote como modelo político y su influencia en las leyes civiles del momento, que a su parecer han de ser dictadas por poderes terrenales y no divinos.

Et voilá! Ahí tenemos a mi malo malísimo.

Un personaje refinado, culto, que lee libros filosóficos, que escucha a Wagner, que cree de forma íntima en todo lo que hace porque para él no es hacer o no hacer, sino vivir o no vivir de la forma adecuada. Sus actos van a tener una justificación porque ya sé como piensa, sus maldades van a tener una veta de bondad porque creerá estar haciendo lo correcto y lo moralmente necesario aun cuando esto sea reprobable. Un personaje que tratará de destruir todo aquello que él crea necesario destruir en pos de una sociedad correcta  y tradicional.

Y ahora viene lo más difícil; escribir.

Deseadme suerte.

 

Recuperando buenas costumbres: La virgulilla, tertulia literaria.

Hace unos meses, con la publicación de mi segundo libro Rosa de los vientos, conocí a un grupo de gente increíble; lectores, escritores, poetas, bohemios, librepensadores… ellos, desde hacía tiempo querían recuperar las tertulias literarias y llevaban años reuniéndose en una cafetería que ya es como la segunda casa de todos.

En una nueva etapa de las reuniones, hemos abierto un blog, estamos recuperando palabras obsoletas, apostamos por los relatos y ediciones en grupo, y vamos a tratar de movilizarnos y dinamizar los actos culturales de nuestra ciudad asistiendo a distintos eventos.

Os presento el blog de La virgulilla, tertulias literarias.

Espero que os guste la idea y nos honréis con vuestra virtual presencia además de participar en estas locuras nuestras.

Os dejo el enlace para que podáis conocernos personalmente en plena faena.

Origen: Quiénes somos

Fin de feria (del libro)

Hoy ha sido la última presentación de todas las que llevo este mes y el anterior que son los meses de los libros por excelencia.

Comencé la andadura de mi nuevo libro el 31 de marzo y hoy creo que es el día en que termino de ferias, de entrevistas, de firmas y todas esas cositas que nos ocupan (y preocupan) a los autores.

El balance no puede ser mejor. Creo que con mi segundo libro he llegado a más lectores, he estado con más librerías y he conocido a mucha gente interesante que estoy segura de que han llegado a mi vida para quedarse. Más o menos cerca, pero para quedarse al fin y al cabo.

Ahora, sin perder de vista las ventas ni las promociones, me vuelvo a sentar a escribir, a seguir con mi siguiente libro y con el plazo de cuatro meses para volcar lo que son dos años de documentación y estudio.. a ver qué tal se me da….

Os dejo con la entrevista de esta misma tarde en la feria del libro de Castellón.

https://www.facebook.com/plugins/video.php?href=https%3A%2F%2Fwww.facebook.com%2FFiraDelLlibreCastello%2Fvideos%2F1792907294263111%2F&show_text=0&width=560

Cinco libros escritos por mujeres que no te puedes perder.

Rosa Grau, Miriam Beizana, Lola Mariné, Alicia Domínguez y Antonia J. Corrales tienen en común ser autoras autopublicadas, valientes y con una prosa preciosa llena de una sensibilidad especial. Sus libros, que destaco en este post, están escritos sobre vivencias femeninas pero con una mirada y una voz propia que les confiere no solo un estilo especial, sino una forma distinta de contar esas vivencias.

En sus libros, las mujeres buscan, se pierden para poder encontrarse, y se hallan de nuevo más mujeres y más fuertes, más ellas mismas que nunca.

Desde historias muy dispares, estas cinco autoras hacen un recorrido sobre mujeres muy distintas, pero con algo en común: la búsqueda de la esencia, del verdadero significado de ser mujer.

Espero que disfrutéis de su lectura.

El sendero de los ángeles. Rosa Grau.

Adelaida Cameron, Cuqui, quedó huérfana al nacer y desde entonces se siente abandonada por su padre. Con los años se ha convertido en todo lo que este odia: es impulsiva, mal hablada, inmadura y, para terminar de fastidiarlo, se ha hecho detective privado a través de un curso online.

 

La historia comienza después que Cuqui sea testigo de un asesinato y se convierta, sin quererlo, en el blanco de los asesinos. No le queda más remedio que huir y esconderse. Y lo hará acompañada de sus dos mejores amigos: Bárbara, una profesora de primaria, harta de su profesión, y Elvis, un cerebrito con cuerpo de modelo publicitario que la tiene enamorada desde la adolescencia, pero que no siente lo mismo por ella puesto que es gay

Mientras intentan hacer tiempo hasta que la policía detenga a los asesinos, lo que Cuqui no se imagina es que se verá envuelta en una serie de defunciones que, como dice ella:

“¿Pero qué pasa, que parezco un insecticida para humanos?”

El sendero de los ángeles es, en definitiva, una novela de amor que rompe los clásicos moldes de las novelas románticas.

Viaje al centro de mi mujeres. Alicia Domínguez.

Tras la ruptura con su pareja, Lola recibe la trágica noticia del suicidio de un hombre cuyo desahucio ella ordenó. Su prima Sara, fotógrafa y activista del 15M, es imputada por ocupar un edificio público en Cádiz. Sus destinos volverán a encontrarse en un viaje a Portugal en el que ambas intentarán dejar atrás sus particulares demonios.

En este viaje, lleno de sorpresas y fascinantes encuentros: un anciano centenario que cuenta historias fabulosas; una fadista, a la que su padre y su marido prohibieron cantar; un homosexual, con un insólito pasado, que viaja con su pareja y sus dos hijos; un echador de cartas que despierta en Lola una pasión largamente dormida y la seductora propietaria del hostal La Menuíta, un lugar donde «verdaderamente se calma el dolor», Lola y Sara descubrirán lo que son y lo que fueron las mujeres que las precedieron, cuyas energías aún llevan pegadas a la piel.

Viaje al centro de mis mujeres es una novela magníficamente construida, con personajes muy bien delimitados psicológicamente, que habla de valentía, perdón, amor y compasión, únicas herramientas capaces de liberar la poderosa energía que bulle en nuestro interior. Es también una historia mágica, contada con agilidad y frescura, de secretos familiares que arañan por dentro; de justicia social y de mujeres valerosas capaces de sacudirse sus fantasmas, reconciliarse con el pasado y tomar las riendas de su vida.

 

Marafariña. Miriam Beizana Vigo

Ruth siente un vínculo especial, esotérico, con Marafariña. Su propio corazón, su latido, es inherente al propio pulso de una Marafariña que la ha acompañado siempre, en cualquier faceta de su vida. Apenas ha necesitado nada más para sobreponerse a su compleja situación personal: toda su existencia está sometida a unas poderosas y restrictivas creencias impuestas por sus padres, a raíz del fallecimiento de su hermano mayor. Enfrascada en una vorágine de obligaciones, siguiendo el camino estipulado sin replantearse ninguna de sus pautas, sobrevive enfriando sus sentimientos y anulado sus deseos o su curiosidad.

Sin embargo, la llegada de Olga a la solitaria aldea parece desbarajustar el equilibro y la paz de Marafariña y de la propia Ruth, como si repentinamente, la inmutabilidad de la Naturaleza del lugar y de la muchacha se resquebrajasen como las otoñales hojas secas. A partir de entonces, el virginal bosque de emociones en el que vivía Ruth, se ve surcado por millones de nuevos caminos, nuevas posibilidades y nuevos sentimientos que le provocan un doloroso, a la par que hermoso, despertar personal.

 

 

Nunca fuimos a Katmadú. Lola Mariné

Laura acaba de cumplir cincuenta años, divorciada y madre de una hija adolescente, no se siente satisfecha con su vida. Elena, mujer fuerte y vehemente, es su más intima amiga desde la infancia y su contrapunto. Gloria no tiene nada en común con ninguna de las dos: es superficial y esclava de las apariencias; sin embargo, las tres acabarán siendo grandes amigas. También Teresa, una mujer humilde y trabajadora, dispuesta a hacer cualquier sacrificio por realizar el sueño de su hija, y Ruth, una jovencita idealista y rebelde, forman parte de este mosaico de mujeres actuales y urbanas en la Barcelona de hoy.
Sonrisas y lágrimas en una historia con la que muchas mujeres se sentirán identificadas, y en la que muchos hombres reconocerán a las mujeres con las que conviven a diario.

 

Y si fuera cierto. Antonia J. Corrales.

La vida de Fabiola da un giro inesperado al aceptar escribir la biografía de un desconocido. Desde ese momento se ve arrastrada por unos acontecimientos que no puede controlar. El miedo, el desconcierto, y la búsqueda de una salida del lugar donde se encuentra, un pueblo desconocido e incomunicado, marcarán su destino y su vida para siempre.
Esta obra, cargada de realidad mágica, nos llevará a un mundo en el que nada es lo que parece. Nos mostrará la otra realidad de las cosas; su ánima.
«Jamás le conté mi historia a nadie, sabía que no me creerían. Nadie lo haría» Extracto de “Y si fuera cierto”

“Y si fuera cierto”: una obra en la que la magia y la realidad se dan la mano. Un canto a la vida, el amor y la esperanza. Descubre cuál es el secreto que ocultan las hojas de arce. Mira bien su portada después de concluir su lectura y descubrirás en ella el alma de la obra. Te sorprenderá.

Rosa de los vientos. Presentación

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En principio, Rosa de los vientos es un libro complicado de etiquetar, no es fácil resumir su argumento aunque una vez leído, puede ser muy simple.

En el libro narro la historia de una mujer que tras una ruptura sentimental, decide apartarse del mundo, huir de la ciudad, y tratar de cumplir el sueño de escribir su primer libro.

En esos días conoce a Marcel, un hombre también maltratado por el destino que le abre los ojos a una realidad que ella desconoce o que nunca ha visto desde esa perspectiva que él le va mostrando.

Ella, que trabaja como documentalista y lee muchos libros y poemarios, descubre hasta qué punto todo lo que nos han contado sobre el amor y sobre las relaciones, son una especie de norma que ha ido dictando la sociedad. Los ideales románticos que ella ve incumplidos se van cayendo uno a uno a medida que comprende que las ideas sobre cómo ha de ser una relación y como escribir sobre ello, toman un cariz más natural, sin imposiciones ni normativas sociales.

Creo que el libro es un poco el liberarse los personajes de todo aquello que nos han ido imponiendo, de todo aquello que nos han hecho creer y que ha esclavizado tanto a los hombres como a las mujeres y que nos han tenido durante siglos buscando un amor ideal y una relación perfecta que tanto a unos como a otros no puede llegar a constreñir y asfixiar.

El destino juega un papel fundamental en el libro.

Por un lado está el concepto de que el destino marca la vida de estos personajes y al mismo tiempo, ellos no creen en tal destino.

A lo largo de la narración, Marcel va descubriendo como Lara entra y sale de su vida en el pasado, como sin conocerse tienen vínculos comunes y han vivido situaciones similares que él va a tratar de ocultarle.

El padre de Marcel, Salvador, que es un abuelito encantador, cultiva el arte de las cabañuelas, que es la predicción del clima a través de señales en la naturaleza. Durante el mes de agosto, un grupo de abuelos amigos suyos, se dedican a observar el cielo, los amaneceres, los cambios de colores y de viento, el comportamiento de los animales y con ello predicen el clima de todo el año.

La pregunta es si el destino está regido por esas directrices, si se puede adivinar por las señales que la vida nos va dando, si tener la sabiduría para ver más allá y poder darnos cuenta de qué va a ocurrir probablemente puede hacer que logremos modificar aquello que nos impide ser felices y vivir en plenitud.

Por otro lado, el libro habla de las dificultades con las que muchos autores nos encontramos cuando nos sentamos a escribir.

La protagonista, cuando tras muchos años de rutina literaria se sienta a escribir, se da cuenta de sus carencias, de que todo lo que ella creía que podía contar no es suficiente porque hay muchos ángulos desde los cuales ver las cosas y que no todos son hechos simples.

Yo, para poder escribir, he tenido que leer mucho, bucear en ensayos, buscar corrientes distintas de pensamiento. No es fácil.

Este libro, en parte es una muestra de todo eso, de las distintas fuentes de las que se puede beber para inspirarse o para encontrar aquello que quereos decir.

En la última página hay una nota bibliográfica en la que os doy los datos de todo aquello que yo he usado, de las pinceladas de poemas y de frases que usa la protagonista y que es solo una pequeña muestra de lo que a veces tenemos que hacer los autores para documentarnos.

Espero haber despertado vuestro interés y espero que os guste leerlo y disfrutéis tanto de su lectura como yo disfruté al escribirlo.

 

Cuestión de pantalones.

 

nina peña - pantalones - lucha feminista

En 1920 cuando los dirigentes del movimiento socialista francés reprocharan a su camarada Madeleine Pelletier que llevara el pelo corto y pantalones de hombre, la gran figura del feminismo radical respondió: Yo soy tu igual.

La cuestión de llevar pantalones se convirtió, ya desde entonces, en un problema político.

El pantalón es el sucesor de las “bragas”, unos calzones que las clases populares utilizaron hasta el s. XVII y simboliza masculinidad y poder, como lo demuestra la expresión “llevar los pantalones”.

Tras varios modelos más o menos afortunados y usados en distintas épocas, el pantalón entró por la puerta grande en la historia social y política a partir de la Revolución Francesa. De la mano del populacho quienes derrocaron la monarquía en 1789, el pantalón fue usado por solidaridad revolucionaria y comunión de ideales.

Los aristócratas franceses cambiaron las “culottes” por pantalones. Los hombres permitieron a las revolucionarias usar uniforme y renunciaron a la costumbre de mostrar las piernas. Eso unió los ideales d igualdad y libertad, aunque, para la mujer, el uso del pantalón y de sus derechos como ciudadana, siguió siendo una quimera.

Para el socialismo y el feminismo el pantalón, comenzó a ser un arma de lucha.

Mujeres como Catherine Bamby, Louise Michel, Colette o Madeleine Pelletier, defendieron el uso del pantalón y comenzaron a usarlo ellas mismas ante el escándalo público.

Bard recuerda que en 1970 los ordenanzas de la Asamblea Nacional francesa niegan la entrada a Denise Cacheux (socialista) y Michèle Alliot-Marie (gaullista) por llevar pantalones. Esta última, consejera del gabinete de Edgar Faure explica a este ministro que si lo que les molesta es el pantalón, ella estaría dispuesta a quitárselo sin ningún problema. Y solo a través de esta pequeña irreverencia consigue doblegar al ordenanza y sentar precedente para el resto de políticas.
                              – Carmen Mañana, El País, abril 2012-

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A partir de 1850 el pantalón fue utilizado como arma política para desafiar la dominación masculina.

Amelia Bloomer popularizó lo que en castellano llamamos pantalones bombachos, los Bloomers, y la escritora George Sand, desde su tierna infancia, saltó de un género a otro sin problema y sin autorización familiar, esgrimiendo, ya de adulta, la libertad de movimientos y convicciones políticas. Solo tengo una pasión: la igualdad.

Tampoco puede pasar por alto la vanguardia artística en París, donde las mujeres habían dejado de ocultar sus relaciones lésbicas y asumían esa prenda como algo acorde a su identidad de género.

El proceso de aceptación del pantalón, aumentó de forma vertiginosa por dos razones que, curiosamente, nada tienen que ver con la lucha feminista: el uso popular de la bicicleta y la incorporación a filas de muchas mujeres durante la 1ª Guerra Mundial. Su utilización por parte de las mujeres de fue extendiendo a las fábricas, a los talleres, al campo de batalla y por tanto, a la calle.

Marlene Dietrich vestía uniforme en sus visitas patrióticas a los cuarteles y hasta Isabel II se dejó fotografiar en pantalón al lado de un coche.

La iglesia, siempre conservadora en cuanto a las apariencias, multiplicó sus condenas al uso de la prenda.
Benedicto XV declaró: “Es un deber grave y urgente condenar las exageraciones de la moda. Nacidas de la corrupción de quienes la lanzan, esas toilettes inapropiadas son uno de los fermentos más poderosos de la corrupción moral”.
El catolicismo practicante estigmatiza las frivolidades, los trajes de playa, el deporte, el maquillaje, las joyas, los escotes, los vestidos cortos, los brazos desnudos, las danzas modernas, el mal teatro y el mal cine.
                                                     – Luisa Corradini-

 

Después del 68, tras la revolución de aquellos años y en plena época de reivindicación feminista, las niñas seguían teniendo prohibido el pantalón en los colegios. Incluso en el 76, Alice Saumier-Seité, provocó un escándalo cuando asistió a su presentación como secretaria de estado de enseñanza y fue reprendida por Chirac, quien le dijo que vestida así degradaba la función y la imagen de Francia.

El uso de esta prenda demuestra la democratización del mundo y la lucha por la igualdad.

Una anécdota; En Francia una ley antigua ordenaba a todas las mujeres parisinas a pedir permiso al gobierno para poder vestirse como hombre, lo que incluía llevar pantalones. Dicha regla fue finalmente eliminada… en el año 2013.

El cine no ignoró el auge del pantalón sobre la silueta femenina y, en el filme ‘La Costilla de Adán’, aparece una bellísima Katharine Hepburn vestida con pantalón de mujer. Antes, la actriz Marlene Dietrich fue capaz de desprender erotismo y sensualidad en pantalón, además de ofrecer una imagen de mujer fatal ultrafemenina. La actriz Audrey Hepburn fue, sin embrago, quién mejor encarnó el nuevo estilo de mujer moderna, capaz de conjugar la elegancia parisina con las líneas más ‘casual’, un estilo que la convirtió en la embajadora del pantalón de mujer. Y otro icono femenino de la modernización fue Brigitte Bardot, actriz que lució como nadie el pantalón pirata de ‘vichy’ de Givenchy.
                                                                           -Inarkadia, Bilbao, julio 2016-

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Inspiración.

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Llevo todo el fin de semana escribiendo sin parar… y hace un mes apenas, estaba bloqueada, con mi libro apenas comenzado y sin saber hacía dónde tirar…

No es que me haya llegado la inspiración divina, ni que un ángel me haya tocado con su gracia o que las musas vengan a verme: es trabajo.

Y el duro debo añadir.

Llevo casi dos años documentándome para este libro; el tema, los personajes, toda la trama, la parte real que hay en él está en mi cabeza. Los sentimientos, las sensaciones,  están en mi alma o en mi corazón… pero yo soy de las que a veces hace las cosas al revés y comienza por los finales, que sí, que queda muy hollywoodiense si se trata de un periódico y comienzas por la sección de cartelera, pero no siempre es aplicable para un libro.

Y ese ha sido mi caso. Al final, tras meses de bloqueo, he decidido comenzar por el principio y ahora va todo con una finura y un fluir que me resulta hasta sospechoso, pero eso también es una de mis manías, cuando algo me resulta fácil creo que lo estoy haciendo mal por aquello de que “al revés todo el mundo sabe”

¿Conocéis libros que hayan comenzado contando el final? A mi me viene a la mente la película El crepúsculo de los dioses en que el protagonista aparece muerto en la piscina y sin embargo es él quien cuenta la historia.

¿Se puede comenzar por el final? ¿Se puede escribir de tal forma que el pasado y el presente o el futuro puedan existir en el mismo plano y la acción se sitúe en los tres sitios a la vez? Pienso en el libro “La noche de los tiempos” y sí que se puede hacer, Muñoz Molina domina esa técnica con verdadera maestría pero es harto difícil ponerla en práctica.

¿Lo habéis hecho vosotros? ¿Qué opináis?

Yo y mi cara de tonta.

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Siempre supe que tenía cara de tonta.

Es así, ¿para qué engañarnos? Tener cara de boba es algo que cuanto antes asumamos mejor, porque así, comenzamos a dar explicación a esas cosas que solo nos pasan a los que vamos por la vida con cara de gilipollas, de sorprendidos, de felicidad (que no de satisfacción) o con cara de ser más buenos que el pan.

Tener cara de boba es algo que yo ya tengo asumido. Tener cara de ser un trocito de pan ya no… de hecho, lo mío es cara de boba a secas.

Vamos, que cuando me tomas el pelo no soy de las que te dan lastimita. Menos mal.

Y tener esa cara de boba es lo que hace que todos los yonkis de un kilómetro a la redonda me pidan cincuenta céntimos para el pan, que me vendan periódicos revolucionarios por dos Euros, que me endoses tres kilos de alcachofas en lugar de los dos que pido, que las marujas de rigor se me cuelen en todas las colas de la caja del supermercado o que todas las abuelas me cuenten sus problemas en el autobús.

Y yo aguanto. Con cara de beatitud y paciencia. Con inclinaciones de cabeza para que sepan que las escucho o con sonrisas para que sepan que me he dado cuenta.

Aunque no diga nada.

Me la estás metiendo doblada, lo sé, y tú sabes que lo sé. Y nos sonreímos y punto.

Porque además de parecer tonta, sin duda lo soy.

Y de repente un día, yendo por la calle, con esa eterna sonrisa que caracteriza a los tontos de capirote y a las bobas vocacionales como yo, un anciano te para.

El venerable señor esta frente a un impersonal cajero automático de esos que están empotrados en la pared para que ni siquiera tengas que entrar a la sucursal no sea cosa que les des el coñazo con tu torpeza senil.

En la mano un fajo de billetes de cincuenta y cien Euros, recién cobradita la pensión.

La cara de apuro. Esas caras con las que a veces nos miran a los tontos mientras piensan que tal vez, con esa cara, puedan pedirte un favor.

Las manos temblorosas no sé si de Parkinson o del apuro en el que se ve.

ÉL, que ha vivido una guerra civil, una guerra mundial y una posguerra, que ha sido cabeza de familia en cien crisis, y que ha las librado mil batallas del día a día, ha sido derrotado por un simple cajero automático.

Me pide, por favor, si sería tan amable de actualizarle la libreta.

-Por supuesto, caballero.-

No tengo más remedio que abrirla por la última página y ver el montante que, dicho sea de paso es bastante superior al mío, y esperar a que la maquinita haga su trabajo hasta el final. Operaciones atrasadas, cobros y pagos.

Y mientras espero a que se actualice su saldo pienso en mí, y en él, en el gesto de confianza hacía una desconocida, en el miedo que tal vez podría estar sintiendo ante su vulnerabilidad, en la sensación de desabrigo e impotencia que el hombre sentiría al tener que hacer lo que había hecho, la tristeza al ver que el mundo evoluciona y que hay personas que se nos van quedando atrás porque no pueden seguirnos, porque la tecnología no siempre facilita la vida de los demás y no siempre ofrece el bienestar que promete.

Y también pienso en mi cara de boda. Esa que le ha llevado a ese señor a confiar en que yo no voy a darle el palo ni le voy a pedir un número personal ni le voy a atracar o a abusar de su ignorancia tecnológica.

Si tener cara de tonta, o de boba, hace que, en ocasiones sirva para algo bueno, me doy por satisfecha.

Aunque de tonta solo tenga la cara. ¿O no?

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