La cápsula del tiempo

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Lleva años en el armario. Ha sobrevivido al paso del tiempo, a dos mudanzas, tres rupturas y a la curiosidad de mis gatos. Se mantiene cerrada, con el mismo precinto de celo que ella puso, amarilleado por los años. Con los bordes despegados y llenos de una finísima línea de polvo. El cartón casi gris y de un grueso gramaje delata la edad y la época a la que pertenece. Una época en que las cosas se hacían para que duraran, para que resistieran, para que perduraran toda una vida si era necesario. Las tirabas por cansancio de verlas, pero no porque se hubieran roto o dejaran de cumplir su función primordial.
Este recipiente que pasa desapercibido entre los trastos guardados, olvidado casi, había vuelto a mí en sueños. Prometí no abrirlo. Lo sé. Prometí atesorarlo durante los años que fueran necesarios, sin embargo, cuatro noches seguidas soñando con ella me tentaban a desobedecer e incumplir con ese pacto sagrado.
¿Qué narices hay en esa caja? ¿Por qué no puedo abrirla? ¿No han pasado suficiente tiempo ya? Cuarenta años deberían ser suficientes para casi todo, creo. Nada de lo que pueda contener podrá hacerme daño ni podrá producirme una inmensa alegría. Como mucho, me quedaré decepcionada ante su contenido porque ¿Qué puede ser lo que la abuela, en aquella época, puso en una caja, en una tabaquera antigua hurtada del desván?
Mi hermana y mis primas están delante de mí con la misma cara que yo. Con la misma duda e incertidumbre.
– ¿La abrimos ya?– me preguntan, como si yo tuviera la respuesta. Han acudido rápidas a mi grito de socorro. Las llamé para decirles que ya era hora de desvelar tanto secreto, que ya no teníamos edad de tonterías, que la dichosa caja y la voz de mi abuela me estaban torturando en sueños desde el altillo y desde el más allá.
Han hecho café y se han sentado frente a mí examinando el objeto de nuestro encuentro como quien observa un trozo de piedra espacial, sin creerse que eso haya venido de otro mundo, de otro instante, de otra dimensión.
La tengo en la mano y la miro centímetro a centímetro. Recuerdo la mañana de otoño en que hicimos el extraño trato. En la buhardilla, atestada de bultos peregrinos y donde flotaba una especie de nebulosa formada por el polvo en suspensión, el rayito de sol oblicuo que entraba por la pequeña ventana de celosía y los fantasmas del pasado inmediato. Muebles tapados con sábanas amarillas, espejos cuarteados por el tiempo, un globo del mundo y sillas desvencijadas en donde anidaban pequeños ratones blancos que en la noche corrían por las vigas de mobila, eran un magnifico tesoro para nuestra imaginación.

Fotos ambarinas de soldados con gorra de plato y mujeres con mantilla en el pelo. Cartas de amor y soledad que leíamos intentando saber quién de nuestros antepasados las había escrito. ¿La abuela, quizás? Un enorme rosario de cuentas negras y grandes colgaba de un perchero carcomido por las termitas en donde se echaba de menos uno de sus brazos. En un baúl había un vestido de novia envuelto en papel vegetal del que se desprendía un terrible olor a naftalina. En un cofre, se amontonaban billetes fuera de circulación que alguna vez tuvieron valor. Éramos unas mocobobas (mocosas atontadas) de apenas ocho años.
Desde el recuerdo vuelvo a escuchar la tos de mi abuelo y la voz de Antonio Machín surgiendo entre las nebulosas ondas de una radio vieja, llena de interferencias. De vez en cuando mi madre cantaba una estrofa suelta mientras hacia el sofrito de la paella del domingo. La voz de mi tía también llegaba con una claridad diáfana hasta aquel altillo donde jugábamos a contar historias de miedo y a imaginar un pasado perfecto que jamás lo fue.
Nos hizo prometer que no la abriríamos hasta que fuéramos mayores y me la entregó con un aspaviento ceremonioso que todavía conservo en la memoria. Un gesto con el que ratificaba mi poder de prima mayor.
– Es imposible no recordar – dice mi prima con una sonrisa triste. Es imposible no recordar. La niñez, las personas que ya se fueron, los momentos compartidos, los instantes de una vida ya lejana que pocas veces nos permitimos revivir. Los sabores de aquel entonces. Los platos de membrillo en otoño, de rosas en verano, de lluvia en invierno. Las mañanas de primavera en que dormíamos las primas juntas en una enorme cama y nos despertaban las campanas de la iglesia cercana. El aroma de las sábanas delataba su blancura. El peso de las frazadas su edad de confección. El sol se asomaba perezosamente y nos quedábamos charlando sin prisa, contándonos historias imaginadas o soñadas la noche anterior, mentiras inocentes y verdades inexplicables a nuestros ojos de niñas. La voz de mi abuela llegaba desde las escaleras llamándonos para desayunar.
– Ábrela ya – me ordenan mientras yo ya estoy quitando el precinto amarillo.
Cuatro fotos viejas descansaban en el fondo. En ellas las niñas que fuimos rodeábamos a la abuela en unas fiestas de agosto, disfrazadas con tules y cintas de colores que se veían sepias en la imagen. La memoria trajo hasta nosotras aquella tarde calurosa, aquellos días de playa, el olor de la higuera en plena culminación, el del jardín donde corríamos a escondernos y donde, alguna vez, escribimos poemas bajo un sauce llorón, arropadas entre sus ramas. La emoción de la perpetuidad en días eternos. La fragancia de los campos de naranjos al atardecer bajo un sol violeta y unas nubes que oscurecían el poniente. La vitalidad y de aquellos instantes en que el mundo era, todavía, una promesa.
En el reverso, tras nuestros respectivos nombres, la letra puntiaguda de la abuela nos hablaba con una voz que ya no podemos recordar. “El mejor regalo son los recuerdos, espero que me estéis recordando ahora. Las cuatro juntas. Os querré siempre. Vuestra abuela”.

 

Relato perteneciente al club de escritura La virgulilla. En este ejercicio, del mes de octubre de 2019, entre otras cosas, teníamos que inventarnos una palabra y cumplir con las reglas que nos proponía el director del club, Javier García. Obviamente, el club dejó de funcionar en plena pandemia, pero seguro que retornaremos a esta sana costumbre de ejercitar la mente con ejercicios literarios. Desde aquí animo a leer sobre este club, a participar, y seguir las tertulias de La virgulilla y nuestra locura literaria desde las páginas de Facebook.

Fotos amarillas

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La veo venir de lejos. Me ha avisado que llega en cinco minutos y me asomo a la calle con la sensación de estar espiando su llegada, consciente de la incomodidad que produce ser observada de lejos, mientras caminas, con las manos en los lados y paso lento. Expuesta al escrutinio voraz de los balcones. A mi propia mirada.
El sol del mediodía me hiere las pupilas al apartar una cortina tras la cual ver la calle vacía. Desde un tejado se oyen las voces vecinales que hablan a gritos, igual que hace un rato se oían las voces de los niños que salían. El mundo parece haberse dividido en turnos, en edades, en riesgos. En franjas de tiempo. Pleno en nuestras manos y vacío en la cotidianeidad de los actos. En rendijas de luz que se van moviendo a medida que el sol avanza en el cielo.
La veo venir y adivino su gesto serio ya de lejos. Está concentrada en cada paso que da. Cuando se acerque me sonreirá, dirá mi nombre y me preguntará cómo estoy. Me contará sus paseos, me enumerará las distancias recorridas, las esquinas dobladas, los encuentros fortuitos que alivian la soledad durante esa hora. Hablará de mi sobrino que, la mañana antes, al verla, salió corriendo abrazarla y tuvieron que frenarle. Me contará de la voz de mis sobrinas desde el otro lado del teléfono. Tan dulces, tan niñas.

Hablaremos de números, de etapas, de nosotras, de nosotros. No hablaremos de mi padre ni de lo duro que se ha hecho estar encerrada sin él, sin la compañía que la ha cobijado durante casi cincuenta años. Ni siquiera hablaremos de él para ver todo lo que está ocurriendo desde su perspectiva, siempre voraz, de la realidad. Hay temas que no se pueden tocar a viva voz en medio de una calle, sino en la intimidad de una conversación cara a cara, frente a un café y un pañuelo.

Será un momento fugaz de paseo interrumpido para tener un mínimo de contacto con la familia. Un instante antes de proseguir con el itinerario marcado al albur de la gente: ir por donde menos personas vayan.

Luego la veré irse, caminando despacio, diciendo adiós con la mano. Volviéndose para echar al aire un beso de despedida con el que decir adiós a mi hija que también se asoma para verla, sin importar que la mascarilla entorpezca el gesto. De lejos su figura se irá difuminando poco a poco entre los coches aparcados y los salientes de los balcones que la van tapando a medida que se aleja.

De lejos es una mujer más mayor que la que veo cuando la tengo delante, cuando la miro a los ojos y hablo con ella. De lejos mi madre comienza a tener la edad que tiene realmente y no la que le da mi propio pensamiento de hija. Su caminar lento, sus pasos vacilantes, con ese miedo a caer que la acompaña siempre y que hace que le guste cogerme del brazo cuando paseamos juntas. De lejos es la mujer desconocida con la que muchos se cruzan mirando su mascarilla y sus zapatillas deportivas color rosa, regalo de mi hermana en los últimos Reyes, tan llamativas como si fuera una runner.

De lejos es ya una desconocida que gira una esquina y que se lleva con ella el recuerdo de días mejores. De días felices. De días de mayo cuando me levantaba para ir a clase con ramos de rosas. De tardes de frío debajo de una mantita viendo la televisión. De mañanas soleadas de playa y canciones de verano, cuando ella era joven y yo niña. Aquellos sabores y olores de otro tiempo, regresan con ella durante un segundo y se desvanecen en lo etéreo, como pequeñas motas de polvo brillando entre un rayo de sol. Dejando, únicamente, un rastro tan familiar como inaprensible.

Llegará el día en que todos los recuerdos serán fotos amarillas en un álbum de papel que nadie verá. Escondido en lo recóndito de un tiempo y de un lugar que, seguramente, habrá dejado de existir. Somos tenues, leves, como el polen de esta primavera, como dientes de león. Somos un suspiro en el tiempo. Un segundo de eones. Una fugacidad intensa, como el resplandor del relámpago. Mientras, vivimos. Aunque no seamos conscientes de nuestra fragilidad, de nuestra escasa importancia, de nuestro irrisorio valor. Vivimos. Como si fuéramos indispensables, únicos, rotundos.

Mientras la veo llegar, sé que nuestra fugacidad es lo trascendental y que, lo que quedará de nosotros, solo será la leve memoria del amor que damos y los gestos que hacemos a quienes nos suceden, heredados desde lo más lejano e inmemorial. Como una repetición de gestos y sentimientos haciendo eco por las vías sanguíneas. Impregnados en nuestro ADN, igual que el color de los ojos o del cabello.

Sin embargo estamos aquí, ahora, y este es el tiempo que nos ha tocado vivir.

Mira hacia arriba y me asomo al balcón. Deja de mirar el suelo y de fijarse en sus pasos para verme asomada. Ya sonríe. No ha adivinado que está conmigo desde hace mucho, desde que la he visto venir de lejos, girando una esquina de repente. Incluso antes. Llega hasta mi altura y desde aquí huelo su perfume, arrastrado por el viento de una primavera robada.

–Hola, mamá

 

#nuestrosmayores    #ZendaConcursos

El amor en los tiempos del Covid

pajaros - jilgueros - amarillos

Llegaba a casa agotada. Como todos los días de este mes que parece que no termina nunca. Como todos los días de un tiempo que se dilata y contrae mostrando más que nunca una relatividad que no entiendo. La rutina es la misma. Cambia poco pese al turno. Una ducha, algo de comida con la que tratar de vencer el desánimo y las llamadas de rigor a la familia. A veces llaman ellos. A veces llamo yo antes porque no aguanto ni un minuto más sin el apoyo de esos muros que me sostienen pese a la distancia. A veces, no llamo. Y ellos tampoco llaman. No quieren quitarme minutos de descanso y yo no me siento con ánimos para contarles nada.

En estos días lluviosos, grises, más tristes aún, llegó a mi balcón un pajarito perdido, de esos que no se ven muy a menudo por la ciudad. Buscó cobijo de la lluvia y mi balcón era el único que no explotaba a las ocho de la tarde, así que debió parecerle el más oportuno. Oí decir que ante el confinamiento humano, los pájaros se estaban quedando sin alimento, así que, puse unas migas de pan en el suelo antes de volver al hospital. Al día siguiente las migas no estaban, pero el pajarito sí. Seguía en el mismo sitio, cantando bajo la lluvia y el cielo lloroso de Madrid.

– Cómprale alpiste- me decía mi madre al otro lado del teléfono, con esa voz transcendente que siempre tiene para las cosas más intrascendentes. Pero lo hice. Añadí alpiste a la lista de la compra que le pasé a mi vecina por debajo de la puerta y no pude evitar la sonrisa cuando, en medio de un minuto de descanso me llegó un mensaje suyo al móvil.

– ¿Pero para qué quieres alpiste, criatura?

No pude contestarle, demasiado trabajo, demasiados nervios, demasiado cansancio acumulado, demasiado dolor en el cuerpo y en el alma. Creo que toda mi vida personal y profesional no ha sido más que un ensayo para lo que ahora estoy viviendo, para lo que estoy enfrentando. ¿Cómo voy a contestar una pregunta así en medio del turno? Tras cerrar unos ojos, tras apretar una mano, tras tapar un cuerpo con una sábana blanca de hospital, tras tragarme las lágrimas hasta que pueda llegar a casa y soltar este caudal que me ahoga y que por momentos quiere hundirme. ¿Cómo?

La sensación de soledad al terminar, la impotencia, el dolor, todo hora tras hora, condensado en turnos, en momentos, en instantes fugaces pero eternos. El cansancio que hace mella. Las huellas debajo de los ojos y en la frente, en donde se acumula el sueño perdido y las gomas de las mascarillas. Las imborrables huellas de personas que han ido pasando por mis manos, por esas camas, por estos respiradores y pasillos. Huellas que ya no son de pasos sino de ausencias.

Hoy hemos dado la primera alta. Hoy hemos sonreído y aplaudido. Hoy parece que la vida nos ha dado una especie de tregua. Por fin, una tregua, tan solo… pero suficiente para volver a coger ánimos.

El pajarito sigue viniendo cada día pero hoy trajo consigo una nueva compañía. No entiendo de pájaros, pero creo que son una parejita de jilgueros amarillos escapados de alguna jaula, perdidos por este Madrid infectado donde la vida se escapa entre las rendijas de pasillos y mascarillas, donde parece escurrirse como la lluvia y el tiempo. Este Madrid vacío que parece una pelicula de Amenábar; ahora no recuerdo cuál. Este Madrid que tan poco se parece al que camino y siento, al que vivo, al que forma parte de mí. Tan vacío y tan lleno a la vez.

Parecen estar haciendo un nido en el alféizar del balcón, pero  dentro, al resguardo de las inclemencias y el viento, muy cerca de donde yo le puse el primer día las migas de pan y el agua. “Son malos tiempos para el amor, aunque sea primavera”, pienso mientras lleno su comedero con más semillas. Me apetece grabarlos y, en un momento, el video ya corre por el whassapp familiar, el del grupo de amigos y del grupo de trabajo. Lo comparto en Facebook mientras me caliento un café antes de volver al hospital. Todos saben que soy cómplice de una historia de amor surgida en los tiempos del Covid y, no sé por qué, me gusta. Es como un símbolo de esperanza, por pequeño e insignificante que pueda parecer.

Ellos dos me miran dando saltitos, subiendo a los hierros del balcón, cantando a viva voz entre las macetas vacías como si quisieran agradecer la comida y la compañía. A mí también se me hace un poco más leve la soledad de estos días en que solo voy del hospital a casa y de casa al hospital, asustada por todo, apartándome de la gente con la que me encuentro, evitando a la gente que quiero. Un peso insoportable me hunde en la ingravidez a cada paso, pero llego a casa y ahí están ellos dos, cantando, como si el mundo no se hubiera vuelto loco. Como si el mundo aún fuera un lugar bueno y hermoso. Como si vivir no doliera.

Son las ocho y se oyen aplausos. Los pajaritos tampoco dejan de cantar. Escuchando su canto y el calor de la gente siento que, como dijo el poeta, aunque nos hayan robado las flores, no nos van a poder robar la primavera.

 

Dedicado a Lola HeGa, la dueña real de los pajaritos cantores, y a Magela García y Ángeles Pavía, enfermeras de UCI a las que solo conozco de Facebook pero que estos días nos han enseñado el significado de la palabra valor y sacrificio.

A todos los amigos que han enterrado a sus mayores en soledad y sin despedidas

A todos los héroes sin capa 

Concurso Zenda #nuestrosheroes

 

 

 

Libros imprescindibles. Memorial a ellas

La sociedad avanza lentamente, pero avanza. Y no siempre es gracias a la intervención de los gobiernos de las naciones sino a los miles de gestos que las personas anónimas vamos haciendo poco a poco, a través del tiempo.
Hay una especie de ruptura entre la sociedad y las esferas de poder en donde estamos las mujeres. Siempre adelantándonos a las leyes y a las directrices impuestas y en el cual nos movemos perfectamente porque es donde nos han relegado a lo largo de la historia.
En ese estrecho espacio es donde las mujeres hemos ido haciendo gestos, educando, cuidando, dando ejemplo con nuestra propia vida, con nuestra historia más íntima, con luchas calladas, en los reductos donde nos han recluido, en los estrechos márgenes que nos dejaban ocupar. Y esos miles de gestos, de palabras y de historias son un auténtico legado que este libro se ha propuesto recuperar.

memorial - alicia dominguez - nina peña
“Memorial a ellas: que su rastro no se borre” es una recopilación de memorias, un libro ilustrado por Rosa Olea con cincuenta y dos historias de mujeres normales y corrientes, pero extraordinarias, en las que sus familiares directos nos cuentan cómo fueron sus vidas, cuáles fueron sus luchas del día a día, como fueron las renuncias y las biografías de desconocidas, que han dejado un legado de amor y rebeldía silenciosa, de autenticidad. Mujeres que gritaban desde el silencio, que desobedecían sin que nadie fuera consciente de su desobediencia, que se rebelaban ante lo establecido y que soñaban con dejar tras ellas un mundo mejor que el que encontraron.
Son cincuenta y dos historias de heroínas silenciosas recopiladas en este libro ilustrado por Rosa Olea, prologado por Nina Peña y en el que participan poetas como Rosario Troncoso, Grela Bravo, María Luisa Domínguez Borrallo y Ricardo García Aranda y escritores como Blanca Flores, Yolanda Vallejo y Juan José Tellez.

memorial - alicia dominguez - nina peña
He podido leer estas historias desde que Alicia Domínguez las fuera recopilando poco a poco, con un cariño y una admiración contagiosa, con cierto punto de recogimiento y admiración por todo aquello que hicieron, por las lecciones de vida que dieron, por el ejemplo de sus vidas en un momento en que la mujer no era ejemplo de nada, de hecho, no era nadie.
Historias que te arrancan lágrimas y sonrisas. Historias del pasado que están presentes en la memoria de aquellos que las recuerdan, contadas con cariño, maceradas con el tiempo, cocinadas en la mente a fuego lento para poder entenderlas en toda su dimensión, sin juzgar, tratando de entender cómo era el mundo en el que a ellas les tocó vivir y sin atrevernos a calificar sus actos o sus pensamientos. Estas historias son un tributo a estas mujeres invisibles sin las que hoy no seríamos lo que somos.

memorial - alicia dominguez - nina peña
Es un maravilloso proyecto financiado totalmente por medio de crowdfunding en Verkami y cuyos beneficios se destinarán a la Fundación Mujer Gades, que trabaja con mujeres en riesgo de exclusión social, y a Páginas Violeta, que promueve la participación y presencia de las mujeres en la vida social, cultural y económica.
Este nuevo libro saldrá a la venta el próximo tres de octubre y muchos de sus testimonios y de las personas que han participado acudirán a las diversas presentaciones que se están programando por todo el país.

Alicia Domínguez, la autora, es una gaditana nacida en Madrid y doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la Universitat Oberta de Catalunya. Autora del ensayo histórico “El Verano que trajo un largo invierno” (Quorum Editores) y de la novela “Viaje al centro de mis mujeres” (Editorial Proust), articulista de La Voz del Sur y CaoCultura y colaboradora ocasional de Woman Soul’s y El ático de los gatos.

La bicicleta

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La bicicleta está en un rincón oscuro de la buhardilla, colgada entre dos hierros anclados en la pared y las ruedas orgullosamente alzadas, gallarda todavía, esbelta, con esa lozana decrepitud que alcanzan las cosas bellas e importantes cuando llega el ocaso de sus días.

La herrumbre no ha logrado afearla, al contrario, le impone la madurez propia de las obras de arte bruñidas que con el tiempo adquieren la pátina que acaba por darles valor y reconocimiento.

Esa bicicleta, silenciosa en la oscuridad, guarda la memoria de años en que su timbre metálico resonaba sobre el empedrado gris de la calle y tras el cual los niños corrían, gritaban, e interrumpían sus juegos frente el pórtico de la iglesia para inventar carreras y porfías, lanzando retos que siempre ganaba el mismo y cuyo premio era una vuelta sentado en el cuadro del manillar con derecho a dar timbrazos.

En los rayos metálicos de sus ruedas, unas motas oscuras delatan el paso del tiempo. Su sillín triangular, de duro cuero marrón, declara su edad sin pudor, como esos abuelos que comienzan a contar historias haciendo un recuento de los años que tenían por aquel entonces, compartiendo, además de la costumbre, el mismo olor a piel curtida por los soles y los vientos de innumerables inviernos y veranos. Tan lejanos. Casi tan cercanos.

Mirar la bicicleta es abrir una ventana al pasado por donde se cuela el aroma de la niñez perdida. En las tardes, entraba el canto de los pájaros y la voz de mi madre, cantando coplas, mientras tendía la ropa al sol, olorosa a jabón y limpieza. También irrumpían de repente voces de vecinos, toses asmáticas, pregones de buhoneros y mercachifles, afiladores, ropavejeros y lecheros. Palabras sueltas de los jornaleros al volver de las huertas. Relinchos de mulas y el traquetear de las ruedas de los carros sobre los adoquines mojados. Todo un mundo perdido de oficios y costumbres que ya nadie recuerda.

Mirar la bicicleta, ahí colgada, muda en su silencio estridente, es regresar a mis inquietudes de niño y a todo aquello que se vislumbraba tras mis ojos sin que llegara a comprenderlo. Las procesiones y los lutos, las velas y las bandas de música tocando marchas militares. Los silencios hoscos. Campanas al vuelo que señalaban horas, cuartos, maitines, difuntos. Voces de radio, ángelus y boleros, consultorios sentimentales, anuncios de detergente. Es oler de nuevo la colonia Joya y la crema Nívea.

Y se supone que debo cerrar esta casa, esta buhardilla, descolgar esta bici vieja, llevarme aquello que quiera conservar y entregar las llaves como quien entrega algo que ya no le pertenece, cuando en realidad, esto es mío y siempre será mío; tuyo si te lo lego en la sangre y en el recuerdo; si te lo traspaso en las costumbres; si te cuento su historia.

Todo empezó cuando mi abuelo volvía del campo montado en esta bicicleta vieja a la que quería y cuidaba como si fuera un tesoro y tras él, siguiendo el aromático rastro de la hierba recién cortada que transportaba en el cesto, yo, un niño de pantalones cortos, rodillas despellejadas y pelo rapado, corría para ganarme el derecho a ser paseado en el cuadro del manillar y a tocar el timbre con el que escandalizar a las mujeres, que a esa hora se reunían a rezar sus rosarios vespertinos.

#historiasdebicis

#concursozendalibros

 

 

 

El monte de las ánimas. Gustavo A. Becquér.

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La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las
campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición
que oí hace poco en Soria.
Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación
es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el
rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.
Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas
veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón,
estremecidos por el aire frío de la noche.
Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.

 

I
–Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los
cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos
los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.
–¡Tan pronto!
–A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las
nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible.
Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los
difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
–¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
–No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no
hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo
también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa
historia.
Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges
y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a
sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.
Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida
historia:
–Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios,
cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y
religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de
lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en
ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido
defenderla como solos la conquistaron.
Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la
ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los
primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para
satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos
determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas
prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.
Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía
de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición
se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente
tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue
una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de
cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento
festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de
tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada
en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos,
comenzó a arruinarse.
Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar
sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en
jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las
breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las
culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la
nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le
llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que
cierre la noche.
La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban
al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron
al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se
perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

II
Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica
del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando
algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre
conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las
ojivas del salón.
Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y
Alonso: Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los
caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las
azules pupilas de Beatriz.
Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos
tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal
papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido
monótono y triste.
–Hermosa prima –exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que
se encontraban–; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas
llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y
patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por
algún galán de tu lejano señorío.
Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se
reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.
–Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido –se
apresuró a añadir el joven–. De un modo o de otro, presiento que no tardaré
en perderte… Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía… ¿Te
acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la
salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi
gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu
oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a
la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar… ¿Lo quieres?
–No sé en el tuyo –contestó la hermosa–, pero en mi país una prenda
recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe
aceptarse un presente de manos de un deudo… que aún puede ir a Roma sin
volver con las manos vacías.
El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un
momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:
–Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos;
hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?
Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la
joya, sin añadir una palabra.
Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada
voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que
hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las
campanas.
Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de
este modo:
–Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el
tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo,
¿no lo harás? –dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como
un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
–¿Por qué no? –exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como
para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo
bordado de oro… Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:
–¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé
qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
–Sí.
–Pues… ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un
recuerdo.
–¡Se ha perdido!, ¿y dónde? –preguntó Alonso incorporándose de su
asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.
–No sé…. en el monte acaso.
–¡En el Monte de las Ánimas –murmuró palideciendo y dejándose caer
sobre el sitial–; en el Monte de las Ánimas!
Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:
–Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda
Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar
mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta
diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor,
hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras
que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he
combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y
nadie dirá que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasión. Otra noche
volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta
noche… esta noche. ¿A qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas
doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte
comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas
que cubren sus fosas… ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la
sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el
torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin
que se sepa adónde.
Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los
labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono
indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la
leña, arrojando chispas de mil colores:
–¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante
friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de
lobos!
Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso
no pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un
resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el
miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó,
dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar
entreteniéndose en revolver el fuego:
–Adiós Beatriz, adiós… Hasta pronto.
–¡Alonso! ¡Alonso! –dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso
o aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.
A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope.
La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus
mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía,
que se desvaneció por último.
Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el
aire zumbaba en los vidrios del balcón y las campanas de la ciudad doblaban a
lo lejos.

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III
Había pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar,
y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos
de una hora pudiera haberlo hecho.
–¡Habrá tenido miedo! –exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y
encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente
murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a
los que ya no existen.
Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de
seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.
Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las
vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos.
Creía haber oído a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y
por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.
–Será el viento –dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró
tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas
de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo
prolongado y estridente.
Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban
paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y
grave, aquéllas con un lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio
lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo
monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas,
palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se
arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten,
estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se
ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad.
Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y
escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la
frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.
Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como
bultos que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en
un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.
–¡Bah! –exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la
almohada de raso azul del lecho–; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres
gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja
de aparecidos?
Y cerrando los ojos intentó dormir…; pero en vano había hecho un esfuerzo
sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más
aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían
rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el
rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a
su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se
acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz
lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la
cabeza y contuvo el aliento.
El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía
con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en
las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras
distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos.
Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció
eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los
ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de
terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de
seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de
repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez
mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y
desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a
buscar Alonso.
Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del
primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los
lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil,
crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho,
desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los
miembros, muerta; ¡muerta de horror!

 

IV
Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que
pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al
otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles.
Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de
los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de
la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de
corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y
desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de
horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

FIN

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El soldado.

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Si mañana moría en la primera batalla, lo último que vería, sería en la imagen que tenía frente a él.

Si la revolución no triunfaba y tenía que morir días más tarde frente a un pelotón de fusilamiento, su último pensamiento sería para ellos que, ajenos a esas funestas reflexiones, dormían abrazados sin el miedo que a él lo recorría por entero, sin la desazón que perturbaba su alma y que le imposibilitaba el sueño.

Cómo sería estar muerto.

Cómo sería no volver a sentir esas pieles, esos besos, esos cuerpos que tanto amaba, cómo sería estar perdido en la eternidad y solo.

Cómo sería no verlos nunca más.

Los miraba dormir y el dolor se mezclaba con el amor y el deseo. A partes iguales.

Había tenido que salir de la cama, sin vestirse, sentir el frio de abril clavándose en su piel desnuda sin llegar a aliviar el fuego de su sangre, tomar la distancia de unos metros que le permitiera no sentir las respiraciones ni las pieles, poder observarlos de lejos, desde fuera, acariciando con la mirada los cuerpos que un rato antes había acariciado con sus dedos y saboreado con su boca, que había sentido en su propia piel, con los que se había fundido en una abrazo pecador y lascivo que condenaba su alma al infierno para toda la eternidad.

Supo que había vendido su alma a cambio de amor.

Y supo que había valido la pena.

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Que volvería a hacerlo mañana mismo, sin arrepentimientos ni pesadumbres, porque cada instante, cada segundo vivido con ellos, bien valía ese pasaporte, ese billete sin regreso al círculo más profundo de todos los infiernos posibles.

Dormir abrazado a sus cuerpos sin pudor y sin los remordimientos que lo acosaban, sin esos pensamientos de culpa que el catolicismo le había impuesto a través de tantos años de adoctrinamiento y rezos. Sin tener ni una sola duda de si estaban obrando correctamente o si el pecado los consumiría en el otra orilla de la vida.

Sin arrepentirse de nada en absoluto.

Ese abandono en brazos de su amante, era el mismo que en los suyos y también era como su propio abandono. Abrazos adúlteros que tenían el sabor de la gloria, la intensidad del momento, la energía de saberse transgresor de unas leyes morales impuestas por personas que tal vez ni siquiera sabían qué era el amor y por eso lo confundían con el pecado.

Quién era el mundo para juzgar el abrazo que él contemplaba absorto en la belleza de un instante efímero.

Quién era Dios para imponerle la obligación de no amarles o de amarles en silencio.

Quién era nadie para juzgar aquello que no conocían.

Si al día siguiente moría, si le esperaba el fuego intenso del infierno, con gusto dejaría que su piel ardiera y que su alma se condenara a cambio de haber tenido la felicidad de estar con ellos, la plenitud de sus gestos y de sus abrazos, el placer de sus cuerpos enlazados en el amor más intenso.

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Ella, la primera vez, era casi una desconocida que le tentaba más de lo que nunca le había tentado ninguna mujer, y lo increíble es que no hacía nada para ser tentadora. Solo existir.

Él era el hombre que siempre quiso tener cerca, el que rezaba por volver a encontrar en su camino y resarcirse de un pasado que no pudo ser.

Los amaba.

Por primera vez entendió aquellos conceptos sobre el pecado que le habían explicado tantas veces en el pasado. Casi podía recordar palabra por palabra; “el pecado, la tentación, está siempre en los ojos de quien mira y juzga, al igual que la belleza y el amor. Podemos ver lo que queramos ver según sean nuestros pensamientos y nuestros prejuicios”

Y era cierto, donde él veía belleza muchos habrían visto sordidez. Donde él veía amor otros verían pecado. Donde él veía refugio y paz otros verían desabrigo y hostilidad.

Había luchado toda su vida por entender eso y seguía perdiendo cada batalla.

Cómo un cuerpo podía ser todo eso a la vez

-Os he echado de menos aun cuando no os conocía. He echado de menos vuestra boca, vuestra voz, vuestros cuerpos. Reconozco sin pudor que me doléis. Me doléis de una forma que ni yo logro entender, y no sé qué puede significar que nos hayamos encontrado ahora, tras tanto tiempo, como si hubierais llegado para cumplir todos mis sueños, para darme el amor por el que tanto supliqué.

Y sé que, esta vez, vais a quedaros en mi vida para siempre o soy capaz de morir en ese intento.

Quería volver al lecho, despertarles, comenzar de nuevo el juego amoroso del que descansaban, adentrarse en ellos, penetrar con la misma pasión de los últimos días que tenía algo de despedida y de reencuentro, de descubrimiento y de confirmación, apresar esos bellos y amados cuerpos en un abrazo que para algunos sería pecador pero para él era salvación, y dejar de existir en el instante que lograra alcanzar esa pequeña muerte que solo está al alcance de quienes aman amando.

Si al día siguiente moría no importaba. Había comenzado a morir en el mismo instante en que ellos entraron en su vida. Había muerto entre sus brazos muchas veces.

Acaso ese morir que le esperaba no era sino otra forma de seguir viviendo y el infierno que las escrituras le pronosticaban no era peor que tener que pasar la eternidad sin su amor.

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Recuperando buenas costumbres: La virgulilla, tertulia literaria.

Hace unos meses, con la publicación de mi segundo libro Rosa de los vientos, conocí a un grupo de gente increíble; lectores, escritores, poetas, bohemios, librepensadores… ellos, desde hacía tiempo querían recuperar las tertulias literarias y llevaban años reuniéndose en una cafetería que ya es como la segunda casa de todos.

En una nueva etapa de las reuniones, hemos abierto un blog, estamos recuperando palabras obsoletas, apostamos por los relatos y ediciones en grupo, y vamos a tratar de movilizarnos y dinamizar los actos culturales de nuestra ciudad asistiendo a distintos eventos.

Os presento el blog de La virgulilla, tertulias literarias.

Espero que os guste la idea y nos honréis con vuestra virtual presencia además de participar en estas locuras nuestras.

Os dejo el enlace para que podáis conocernos personalmente en plena faena.

Origen: Quiénes somos

Palabras que sanan. Cita.

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Según la teoría catártica de Aristóteles, el valor terapéutico de la poesía reside en su poder de estimular y descargar la fuerza emocional de una manera segura, a través de pasiones como el miedo, la piedad o el fervor religioso, con menos probabilidades de un desequilibrio de la razón.

A través de la poesía, muchas personas han logrado describir sus experiencias y sentimientos de una manera profunda. Consecuentemente, otras personas, al leer esos poemas pueden verse reflejados en ellos o relacionarse con el contendido creando un sentimiento de alivio, según establecen los expertos.

 

 “Una bien seleccionada antología es un dispensario completo de medicina contra los trastornos mentales más comunes, pudiendo emplearse lo mismo para prevenirlos que para curarlos”.

Robert Graves

 

Palabras que sanan. Un libro vivo

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Con la publicación de Palabras que sanan, culminan unos meses de arduo trabajo de investigación y estudio, pero este no es un libro que haya terminado de escribirse, más bien al contrario, es un libro que va a seguir expandiéndose y creciendo a medida que yo también lo haga.

Mi intención es seguir recopilando datos, estudiando e investigando el mundo de la palabra porque es realmente fascinante el poder que esta tiene.

La comunicación es realmente maravillosa.

La conexión entre personas, el fluir de las ideas, poder compartir emociones y sentimientos, comunicar con una perfecta oratoria, crear vínculos y crecer con todo ello, es algo que, a mi parecer, no está valorado.

Quedan  muchas cosas en el tintero, mucho por contar y por aprender así que este libro nace con la sana intención de seguir creciendo.

Si adquieres el libro en Kindle posiblemente en unos meses recibas alguna actualización porque hay temas en los que quiero profundizar y además hay datos que también quiero aportar, gráficos, terapias…

Por otro lado mi intención es hacer talleres, interactuar con el libro, poner en práctica los ejercicios que os recomiendo y comenzar a escribir con todos vosotros.

Si estáis interesados en promover o participar de estos talleres o jornadas, no dudéis en  poneros en contacto conmigo.

Como veis, el libro acaba de nacer, pero le falta crecer y eso es algo que poco a poco irá haciendo. Y nosotros con él, esa es la mejor parte.