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Memorial a ellas. Un libro imprescindible

La sociedad avanza lentamente, pero avanza. Y no siempre es gracias a la intervención de los gobiernos de las naciones sino a los miles de gestos que las personas anónimas vamos haciendo poco a poco, a través del tiempo.
Hay una especie de ruptura entre la sociedad y las esferas de poder en donde estamos las mujeres. Siempre adelantándonos a las leyes y a las directrices impuestas y en el cual nos movemos perfectamente porque es donde nos han relegado a lo largo de la historia.
En ese estrecho espacio es donde las mujeres hemos ido haciendo gestos, educando, cuidando, dando ejemplo con nuestra propia vida, con nuestra historia más íntima, con luchas calladas, en los reductos donde nos han recluido, en los estrechos márgenes que nos dejaban ocupar. Y esos miles de gestos, de palabras y de historias son un auténtico legado que este libro se ha propuesto recuperar.

memorial - alicia dominguez - nina peña
“Memorial a ellas: que su rastro no se borre” es una recopilación de memorias, un libro ilustrado por Rosa Olea con cincuenta y dos historias de mujeres normales y corrientes, pero extraordinarias, en las que sus familiares directos nos cuentan cómo fueron sus vidas, cuáles fueron sus luchas del día a día, como fueron las renuncias y las biografías de desconocidas, que han dejado un legado de amor y rebeldía silenciosa, de autenticidad. Mujeres que gritaban desde el silencio, que desobedecían sin que nadie fuera consciente de su desobediencia, que se rebelaban ante lo establecido y que soñaban con dejar tras ellas un mundo mejor que el que encontraron.
Son cincuenta y dos historias de heroínas silenciosas recopiladas en este libro ilustrado por Rosa Olea, prologado por Nina Peña y en el que participan poetas como Rosario Troncoso, Grela Bravo, María Luisa Domínguez Borrallo y Ricardo García Aranda y escritores como Blanca Flores, Yolanda Vallejo y Juan José Tellez.

memorial - alicia dominguez - nina peña
He podido leer estas historias desde que Alicia Domínguez las fuera recopilando poco a poco, con un cariño y una admiración contagiosa, con cierto punto de recogimiento y admiración por todo aquello que hicieron, por las lecciones de vida que dieron, por el ejemplo de sus vidas en un momento en que la mujer no era ejemplo de nada, de hecho, no era nadie.
Historias que te arrancan lágrimas y sonrisas. Historias del pasado que están presentes en la memoria de aquellos que las recuerdan, contadas con cariño, maceradas con el tiempo, cocinadas en la mente a fuego lento para poder entenderlas en toda su dimensión, sin juzgar, tratando de entender cómo era el mundo en el que a ellas les tocó vivir y sin atrevernos a calificar sus actos o sus pensamientos. Estas historias son un tributo a estas mujeres invisibles sin las que hoy no seríamos lo que somos.

memorial - alicia dominguez - nina peña
Es un maravilloso proyecto financiado totalmente por medio de crowdfunding en Verkami y cuyos beneficios se destinarán a la Fundación Mujer Gades, que trabaja con mujeres en riesgo de exclusión social, y a Páginas Violeta, que promueve la participación y presencia de las mujeres en la vida social, cultural y económica.
Este nuevo libro saldrá a la venta el próximo tres de octubre y muchos de sus testimonios y de las personas que han participado acudirán a las diversas presentaciones que se están programando por todo el país.

Alicia Domínguez, la autora, es una gaditana nacida en Madrid y doctora en Historia por la Universidad de Cádiz y Máster en Gestión y Resolución de Conflictos por la Universitat Oberta de Catalunya. Autora del ensayo histórico “El Verano que trajo un largo invierno” (Quorum Editores) y de la novela “Viaje al centro de mis mujeres” (Editorial Proust), articulista de La Voz del Sur y CaoCultura y colaboradora ocasional de Woman Soul’s y El ático de los gatos.
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La bicicleta

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La bicicleta está en un rincón oscuro de la buhardilla, colgada entre dos hierros anclados en la pared y las ruedas orgullosamente alzadas, gallarda todavía, esbelta, con esa lozana decrepitud que alcanzan las cosas bellas e importantes cuando llega el ocaso de sus días.

La herrumbre no ha logrado afearla, al contrario, le impone la madurez propia de las obras de arte bruñidas que con el tiempo adquieren la pátina que acaba por darles valor y reconocimiento.

Esa bicicleta, silenciosa en la oscuridad, guarda la memoria de años en que su timbre metálico resonaba sobre el empedrado gris de la calle y tras el cual los niños corrían, gritaban, e interrumpían sus juegos frente el pórtico de la iglesia para inventar carreras y porfías, lanzando retos que siempre ganaba el mismo y cuyo premio era una vuelta sentado en el cuadro del manillar con derecho a dar timbrazos.

En los rayos metálicos de sus ruedas, unas motas oscuras delatan el paso del tiempo. Su sillín triangular, de duro cuero marrón, declara su edad sin pudor, como esos abuelos que comienzan a contar historias haciendo un recuento de los años que tenían por aquel entonces, compartiendo, además de la costumbre, el mismo olor a piel curtida por los soles y los vientos de innumerables inviernos y veranos. Tan lejanos. Casi tan cercanos.

Mirar la bicicleta es abrir una ventana al pasado por donde se cuela el aroma de la niñez perdida. En las tardes, entraba el canto de los pájaros y la voz de mi madre, cantando coplas, mientras tendía la ropa al sol, olorosa a jabón y limpieza. También irrumpían de repente voces de vecinos, toses asmáticas, pregones de buhoneros y mercachifles, afiladores, ropavejeros y lecheros. Palabras sueltas de los jornaleros al volver de las huertas. Relinchos de mulas y el traquetear de las ruedas de los carros sobre los adoquines mojados. Todo un mundo perdido de oficios y costumbres que ya nadie recuerda.

Mirar la bicicleta, ahí colgada, muda en su silencio estridente, es regresar a mis inquietudes de niño y a todo aquello que se vislumbraba tras mis ojos sin que llegara a comprenderlo. Las procesiones y los lutos, las velas y las bandas de música tocando marchas militares. Los silencios hoscos. Campanas al vuelo que señalaban horas, cuartos, maitines, difuntos. Voces de radio, ángelus y boleros, consultorios sentimentales, anuncios de detergente. Es oler de nuevo la colonia Joya y la crema Nívea.

Y se supone que debo cerrar esta casa, esta buhardilla, descolgar esta bici vieja, llevarme aquello que quiera conservar y entregar las llaves como quien entrega algo que ya no le pertenece, cuando en realidad, esto es mío y siempre será mío; tuyo si te lo lego en la sangre y en el recuerdo; si te lo traspaso en las costumbres; si te cuento su historia.

Todo empezó cuando mi abuelo volvía del campo montado en esta bicicleta vieja a la que quería y cuidaba como si fuera un tesoro y tras él, siguiendo el aromático rastro de la hierba recién cortada que transportaba en el cesto, yo, un niño de pantalones cortos, rodillas despellejadas y pelo rapado, corría para ganarme el derecho a ser paseado en el cuadro del manillar y a tocar el timbre con el que escandalizar a las mujeres, que a esa hora se reunían a rezar sus rosarios vespertinos.

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El monte de las ánimas. Gustavo A. Becquér.

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La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las
campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición
que oí hace poco en Soria.
Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación
es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el
rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.
Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas
veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón,
estremecidos por el aire frío de la noche.
Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.

 

I
–Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los
cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos
los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.
–¡Tan pronto!
–A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las
nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible.
Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los
difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
–¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
–No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no
hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo
también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa
historia.
Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges
y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a
sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.
Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida
historia:
–Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios,
cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y
religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de
lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en
ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido
defenderla como solos la conquistaron.
Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la
ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los
primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para
satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos
determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas
prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.
Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía
de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición
se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente
tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue
una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de
cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento
festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de
tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada
en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos,
comenzó a arruinarse.
Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar
sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en
jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las
breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las
culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la
nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le
llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que
cierre la noche.
La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban
al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron
al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se
perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

II
Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica
del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando
algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre
conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las
ojivas del salón.
Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y
Alonso: Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los
caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las
azules pupilas de Beatriz.
Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos
tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal
papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido
monótono y triste.
–Hermosa prima –exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que
se encontraban–; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas
llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y
patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por
algún galán de tu lejano señorío.
Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se
reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.
–Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido –se
apresuró a añadir el joven–. De un modo o de otro, presiento que no tardaré
en perderte… Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía… ¿Te
acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la
salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi
gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu
oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a
la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar… ¿Lo quieres?
–No sé en el tuyo –contestó la hermosa–, pero en mi país una prenda
recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe
aceptarse un presente de manos de un deudo… que aún puede ir a Roma sin
volver con las manos vacías.
El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un
momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:
–Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos;
hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?
Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la
joya, sin añadir una palabra.
Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada
voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que
hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las
campanas.
Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de
este modo:
–Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el
tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo,
¿no lo harás? –dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como
un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
–¿Por qué no? –exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como
para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo
bordado de oro… Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:
–¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé
qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
–Sí.
–Pues… ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un
recuerdo.
–¡Se ha perdido!, ¿y dónde? –preguntó Alonso incorporándose de su
asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.
–No sé…. en el monte acaso.
–¡En el Monte de las Ánimas –murmuró palideciendo y dejándose caer
sobre el sitial–; en el Monte de las Ánimas!
Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:
–Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda
Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar
mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta
diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor,
hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras
que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he
combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y
nadie dirá que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasión. Otra noche
volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta
noche… esta noche. ¿A qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas
doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte
comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas
que cubren sus fosas… ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la
sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el
torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin
que se sepa adónde.
Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los
labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono
indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la
leña, arrojando chispas de mil colores:
–¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante
friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de
lobos!
Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso
no pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un
resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el
miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó,
dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar
entreteniéndose en revolver el fuego:
–Adiós Beatriz, adiós… Hasta pronto.
–¡Alonso! ¡Alonso! –dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso
o aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.
A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope.
La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus
mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía,
que se desvaneció por último.
Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el
aire zumbaba en los vidrios del balcón y las campanas de la ciudad doblaban a
lo lejos.

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III
Había pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar,
y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos
de una hora pudiera haberlo hecho.
–¡Habrá tenido miedo! –exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y
encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente
murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a
los que ya no existen.
Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de
seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.
Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las
vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos.
Creía haber oído a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y
por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.
–Será el viento –dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró
tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas
de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo
prolongado y estridente.
Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban
paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y
grave, aquéllas con un lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio
lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo
monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas,
palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se
arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten,
estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se
ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad.
Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y
escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la
frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.
Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como
bultos que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en
un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.
–¡Bah! –exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la
almohada de raso azul del lecho–; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres
gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja
de aparecidos?
Y cerrando los ojos intentó dormir…; pero en vano había hecho un esfuerzo
sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más
aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían
rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el
rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a
su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se
acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz
lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la
cabeza y contuvo el aliento.
El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía
con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en
las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras
distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos.
Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció
eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los
ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de
terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de
seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de
repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez
mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y
desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a
buscar Alonso.
Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del
primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los
lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil,
crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho,
desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los
miembros, muerta; ¡muerta de horror!

 

IV
Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que
pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al
otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles.
Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de
los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de
la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de
corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y
desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de
horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

FIN

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El soldado.

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Si mañana moría en la primera batalla, lo último que vería, sería en la imagen que tenía frente a él.

Si la revolución no triunfaba y tenía que morir días más tarde frente a un pelotón de fusilamiento, su último pensamiento sería para ellos que, ajenos a esas funestas reflexiones, dormían abrazados sin el miedo que a él lo recorría por entero, sin la desazón que perturbaba su alma y que le imposibilitaba el sueño.

Cómo sería estar muerto.

Cómo sería no volver a sentir esas pieles, esos besos, esos cuerpos que tanto amaba, cómo sería estar perdido en la eternidad y solo.

Cómo sería no verlos nunca más.

Los miraba dormir y el dolor se mezclaba con el amor y el deseo. A partes iguales.

Había tenido que salir de la cama, sin vestirse, sentir el frio de abril clavándose en su piel desnuda sin llegar a aliviar el fuego de su sangre, tomar la distancia de unos metros que le permitiera no sentir las respiraciones ni las pieles, poder observarlos de lejos, desde fuera, acariciando con la mirada los cuerpos que un rato antes había acariciado con sus dedos y saboreado con su boca, que había sentido en su propia piel, con los que se había fundido en una abrazo pecador y lascivo que condenaba su alma al infierno para toda la eternidad.

Supo que había vendido su alma a cambio de amor.

Y supo que había valido la pena.

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Que volvería a hacerlo mañana mismo, sin arrepentimientos ni pesadumbres, porque cada instante, cada segundo vivido con ellos, bien valía ese pasaporte, ese billete sin regreso al círculo más profundo de todos los infiernos posibles.

Dormir abrazado a sus cuerpos sin pudor y sin los remordimientos que lo acosaban, sin esos pensamientos de culpa que el catolicismo le había impuesto a través de tantos años de adoctrinamiento y rezos. Sin tener ni una sola duda de si estaban obrando correctamente o si el pecado los consumiría en el otra orilla de la vida.

Sin arrepentirse de nada en absoluto.

Ese abandono en brazos de su amante, era el mismo que en los suyos y también era como su propio abandono. Abrazos adúlteros que tenían el sabor de la gloria, la intensidad del momento, la energía de saberse transgresor de unas leyes morales impuestas por personas que tal vez ni siquiera sabían qué era el amor y por eso lo confundían con el pecado.

Quién era el mundo para juzgar el abrazo que él contemplaba absorto en la belleza de un instante efímero.

Quién era Dios para imponerle la obligación de no amarles o de amarles en silencio.

Quién era nadie para juzgar aquello que no conocían.

Si al día siguiente moría, si le esperaba el fuego intenso del infierno, con gusto dejaría que su piel ardiera y que su alma se condenara a cambio de haber tenido la felicidad de estar con ellos, la plenitud de sus gestos y de sus abrazos, el placer de sus cuerpos enlazados en el amor más intenso.

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Ella, la primera vez, era casi una desconocida que le tentaba más de lo que nunca le había tentado ninguna mujer, y lo increíble es que no hacía nada para ser tentadora. Solo existir.

Él era el hombre que siempre quiso tener cerca, el que rezaba por volver a encontrar en su camino y resarcirse de un pasado que no pudo ser.

Los amaba.

Por primera vez entendió aquellos conceptos sobre el pecado que le habían explicado tantas veces en el pasado. Casi podía recordar palabra por palabra; “el pecado, la tentación, está siempre en los ojos de quien mira y juzga, al igual que la belleza y el amor. Podemos ver lo que queramos ver según sean nuestros pensamientos y nuestros prejuicios”

Y era cierto, donde él veía belleza muchos habrían visto sordidez. Donde él veía amor otros verían pecado. Donde él veía refugio y paz otros verían desabrigo y hostilidad.

Había luchado toda su vida por entender eso y seguía perdiendo cada batalla.

Cómo un cuerpo podía ser todo eso a la vez

-Os he echado de menos aun cuando no os conocía. He echado de menos vuestra boca, vuestra voz, vuestros cuerpos. Reconozco sin pudor que me doléis. Me doléis de una forma que ni yo logro entender, y no sé qué puede significar que nos hayamos encontrado ahora, tras tanto tiempo, como si hubierais llegado para cumplir todos mis sueños, para darme el amor por el que tanto supliqué.

Y sé que, esta vez, vais a quedaros en mi vida para siempre o soy capaz de morir en ese intento.

Quería volver al lecho, despertarles, comenzar de nuevo el juego amoroso del que descansaban, adentrarse en ellos, penetrar con la misma pasión de los últimos días que tenía algo de despedida y de reencuentro, de descubrimiento y de confirmación, apresar esos bellos y amados cuerpos en un abrazo que para algunos sería pecador pero para él era salvación, y dejar de existir en el instante que lograra alcanzar esa pequeña muerte que solo está al alcance de quienes aman amando.

Si al día siguiente moría no importaba. Había comenzado a morir en el mismo instante en que ellos entraron en su vida. Había muerto entre sus brazos muchas veces.

Acaso ese morir que le esperaba no era sino otra forma de seguir viviendo y el infierno que las escrituras le pronosticaban no era peor que tener que pasar la eternidad sin su amor.

nina peña - soldado - relatos - mujeres

 

Recuperando buenas costumbres: La virgulilla, tertulia literaria.

Hace unos meses, con la publicación de mi segundo libro Rosa de los vientos, conocí a un grupo de gente increíble; lectores, escritores, poetas, bohemios, librepensadores… ellos, desde hacía tiempo querían recuperar las tertulias literarias y llevaban años reuniéndose en una cafetería que ya es como la segunda casa de todos.

En una nueva etapa de las reuniones, hemos abierto un blog, estamos recuperando palabras obsoletas, apostamos por los relatos y ediciones en grupo, y vamos a tratar de movilizarnos y dinamizar los actos culturales de nuestra ciudad asistiendo a distintos eventos.

Os presento el blog de La virgulilla, tertulias literarias.

Espero que os guste la idea y nos honréis con vuestra virtual presencia además de participar en estas locuras nuestras.

Os dejo el enlace para que podáis conocernos personalmente en plena faena.

Origen: Quiénes somos

Palabras que sanan. Cita.

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Según la teoría catártica de Aristóteles, el valor terapéutico de la poesía reside en su poder de estimular y descargar la fuerza emocional de una manera segura, a través de pasiones como el miedo, la piedad o el fervor religioso, con menos probabilidades de un desequilibrio de la razón.

A través de la poesía, muchas personas han logrado describir sus experiencias y sentimientos de una manera profunda. Consecuentemente, otras personas, al leer esos poemas pueden verse reflejados en ellos o relacionarse con el contendido creando un sentimiento de alivio, según establecen los expertos.

 

 “Una bien seleccionada antología es un dispensario completo de medicina contra los trastornos mentales más comunes, pudiendo emplearse lo mismo para prevenirlos que para curarlos”.

Robert Graves

 

Palabras que sanan. Un libro vivo

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Con la publicación de Palabras que sanan, culminan unos meses de arduo trabajo de investigación y estudio, pero este no es un libro que haya terminado de escribirse, más bien al contrario, es un libro que va a seguir expandiéndose y creciendo a medida que yo también lo haga.

Mi intención es seguir recopilando datos, estudiando e investigando el mundo de la palabra porque es realmente fascinante el poder que esta tiene.

La comunicación es realmente maravillosa.

La conexión entre personas, el fluir de las ideas, poder compartir emociones y sentimientos, comunicar con una perfecta oratoria, crear vínculos y crecer con todo ello, es algo que, a mi parecer, no está valorado.

Quedan  muchas cosas en el tintero, mucho por contar y por aprender así que este libro nace con la sana intención de seguir creciendo.

Si adquieres el libro en Kindle posiblemente en unos meses recibas alguna actualización porque hay temas en los que quiero profundizar y además hay datos que también quiero aportar, gráficos, terapias…

Por otro lado mi intención es hacer talleres, interactuar con el libro, poner en práctica los ejercicios que os recomiendo y comenzar a escribir con todos vosotros.

Si estáis interesados en promover o participar de estos talleres o jornadas, no dudéis en  poneros en contacto conmigo.

Como veis, el libro acaba de nacer, pero le falta crecer y eso es algo que poco a poco irá haciendo. Y nosotros con él, esa es la mejor parte.