El monte de las ánimas. Gustavo A. Becquér.

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La noche de difuntos me despertó a no sé qué hora el doble de las
campanas; su tañido monótono y eterno me trajo a las mientes esta tradición
que oí hace poco en Soria.
Intenté dormir de nuevo; ¡imposible! Una vez aguijoneada, la imaginación
es un caballo que se desboca y al que no sirve tirarle de la rienda. Por pasar el
rato me decidí a escribirla, como en efecto lo hice.
Yo la oí en el mismo lugar en que acaeció, y la he escrito volviendo algunas
veces la cabeza con miedo cuando sentía crujir los cristales de mi balcón,
estremecidos por el aire frío de la noche.
Sea de ello lo que quiera, ahí va, como el caballo de copas.

 

I
–Atad los perros; haced la señal con las trompas para que se reúnan los
cazadores, y demos la vuelta a la ciudad. La noche se acerca, es día de Todos
los Santos y estamos en el Monte de las Ánimas.
–¡Tan pronto!
–A ser otro día, no dejara yo de concluir con ese rebaño de lobos que las
nieves del Moncayo han arrojado de sus madrigueras; pero hoy es imposible.
Dentro de poco sonará la oración en los Templarios, y las ánimas de los
difuntos comenzarán a tañer su campana en la capilla del monte.
–¡En esa capilla ruinosa! ¡Bah! ¿Quieres asustarme?
–No, hermosa prima; tú ignoras cuanto sucede en este país, porque aún no
hace un año que has venido a él desde muy lejos. Refrena tu yegua, yo
también pondré la mía al paso, y mientras dure el camino te contaré esa
historia.
Los pajes se reunieron en alegres y bulliciosos grupos; los condes de Borges
y de Alcudiel montaron en sus magníficos caballos, y todos juntos siguieron a
sus hijos Beatriz y Alonso, que precedían la comitiva a bastante distancia.
Mientras duraba el camino, Alonso narró en estos términos la prometida
historia:
–Ese monte que hoy llaman de las Ánimas, pertenecía a los Templarios,
cuyo convento ves allí, a la margen del río. Los Templarios eran guerreros y
religiosos a la vez. Conquistada Soria a los árabes, el rey los hizo venir de
lejanas tierras para defender la ciudad por la parte del puente, haciendo en
ello notable agravio a sus nobles de Castilla; que así hubieran solos sabido
defenderla como solos la conquistaron.
Entre los caballeros de la nueva y poderosa Orden y los hidalgos de la
ciudad fermentó por algunos años, y estalló al fin, un odio profundo. Los
primeros tenían acotado ese monte, donde reservaban caza abundante para
satisfacer sus necesidades y contribuir a sus placeres; los segundos
determinaron organizar una gran batida en el coto, a pesar de las severas
prohibiciones de los clérigos con espuelas, como llamaban a sus enemigos.
Cundió la voz del reto, y nada fue parte a detener a los unos en su manía
de cazar y a los otros en su empeño de estorbarlo. La proyectada expedición
se llevó a cabo. No se acordaron de ella las fieras; antes la tendrían presente
tantas madres como arrastraron sendos lutos por sus hijos. Aquello no fue
una cacería, fue una batalla espantosa: el monte quedó sembrado de
cadáveres, los lobos a quienes se quiso exterminar tuvieron un sangriento
festín. Por último, intervino la autoridad del rey: el monte, maldita ocasión de
tantas desgracias, se declaró abandonado, y la capilla de los religiosos, situada
en el mismo monte y en cuyo atrio se enterraron juntos amigos y enemigos,
comenzó a arruinarse.
Desde entonces dicen que cuando llega la noche de difuntos se oye doblar
sola la campana de la capilla, y que las ánimas de los muertos, envueltas en
jirones de sus sudarios, corren como en una cacería fantástica por entre las
breñas y los zarzales. Los ciervos braman espantados, los lobos aúllan, las
culebras dan horrorosos silbidos, y al otro día se han visto impresas en la
nieve las huellas de los descarnados pies de los esqueletos. Por eso en Soria le
llamamos el Monte de las Ánimas, y por eso he querido salir de él antes que
cierre la noche.
La relación de Alonso concluyó justamente cuando los dos jóvenes llegaban
al extremo del puente que da paso a la ciudad por aquel lado. Allí esperaron
al resto de la comitiva, la cual, después de incorporárseles los dos jinetes, se
perdió por entre las estrechas y oscuras calles de Soria.

 

II
Los servidores acababan de levantar los manteles; la alta chimenea gótica
del palacio de los condes de Alcudiel despedía un vivo resplandor iluminando
algunos grupos de damas y caballeros que alrededor de la lumbre
conversaban familiarmente, y el viento azotaba los emplomados vidrios de las
ojivas del salón.
Solas dos personas parecían ajenas a la conversación general: Beatriz y
Alonso: Beatriz seguía con los ojos, absorta en un vago pensamiento, los
caprichos de la llama. Alonso miraba el reflejo de la hoguera chispear en las
azules pupilas de Beatriz.
Ambos guardaban hacía rato un profundo silencio.
Las dueñas referían, a propósito de la noche de difuntos, cuentos
tenebrosos en que los espectros y los aparecidos representaban el principal
papel; y las campanas de las iglesias de Soria doblaban a lo lejos con un tañido
monótono y triste.
–Hermosa prima –exclamó al fin Alonso rompiendo el largo silencio en que
se encontraban–; pronto vamos a separarnos tal vez para siempre; las áridas
llanuras de Castilla, sus costumbres toscas y guerreras, sus hábitos sencillos y
patriarcales sé que no te gustan; te he oído suspirar varias veces, acaso por
algún galán de tu lejano señorío.
Beatriz hizo un gesto de fría indiferencia; todo un carácter de mujer se
reveló en aquella desdeñosa contracción de sus delgados labios.
–Tal vez por la pompa de la corte francesa; donde hasta aquí has vivido –se
apresuró a añadir el joven–. De un modo o de otro, presiento que no tardaré
en perderte… Al separarnos, quisiera que llevases una memoria mía… ¿Te
acuerdas cuando fuimos al templo a dar gracias a Dios por haberte devuelto la
salud que viniste a buscar a esta tierra? El joyel que sujetaba la pluma de mi
gorra cautivó tu atención. ¡Qué hermoso estaría sujetando un velo sobre tu
oscura cabellera! Ya ha prendido el de una desposada; mi padre se lo regaló a
la que me dio el ser, y ella lo llevó al altar… ¿Lo quieres?
–No sé en el tuyo –contestó la hermosa–, pero en mi país una prenda
recibida compromete una voluntad. Sólo en un día de ceremonia debe
aceptarse un presente de manos de un deudo… que aún puede ir a Roma sin
volver con las manos vacías.
El acento helado con que Beatriz pronunció estas palabras turbó un
momento al joven, que después de serenarse dijo con tristeza:
–Lo sé prima; pero hoy se celebran Todos los Santos, y el tuyo ante todos;
hoy es día de ceremonias y presentes. ¿Quieres aceptar el mío?
Beatriz se mordió ligeramente los labios y extendió la mano para tomar la
joya, sin añadir una palabra.
Los dos jóvenes volvieron a quedarse en silencio, y volviose a oír la cascada
voz de las viejas que hablaban de brujas y de trasgos y el zumbido del aire que
hacía crujir los vidrios de las ojivas, y el triste monótono doblar de las
campanas.
Al cabo de algunos minutos, el interrumpido diálogo tornó a anudarse de
este modo:
–Y antes de que concluya el día de Todos los Santos, en que así como el
tuyo se celebra el mío, y puedes, sin atar tu voluntad, dejarme un recuerdo,
¿no lo harás? –dijo él clavando una mirada en la de su prima, que brilló como
un relámpago, iluminada por un pensamiento diabólico.
–¿Por qué no? –exclamó ésta llevándose la mano al hombro derecho como
para buscar alguna cosa entre las pliegues de su ancha manga de terciopelo
bordado de oro… Después, con una infantil expresión de sentimiento, añadió:
–¿Te acuerdas de la banda azul que llevé hoy a la cacería, y que por no sé
qué emblema de su color me dijiste que era la divisa de tu alma?
–Sí.
–Pues… ¡se ha perdido! Se ha perdido, y pensaba dejártela como un
recuerdo.
–¡Se ha perdido!, ¿y dónde? –preguntó Alonso incorporándose de su
asiento y con una indescriptible expresión de temor y esperanza.
–No sé…. en el monte acaso.
–¡En el Monte de las Ánimas –murmuró palideciendo y dejándose caer
sobre el sitial–; en el Monte de las Ánimas!
Luego prosiguió con voz entrecortada y sorda:
–Tú lo sabes, porque lo habrás oído mil veces; en la ciudad, en toda
Castilla, me llaman el rey de los cazadores. No habiendo aún podido probar
mis fuerzas en los combates, como mis ascendentes, he llevado a esta
diversión, imagen de la guerra, todos los bríos de mi juventud, todo el ardor,
hereditario en mi raza. La alfombra que pisan tus pies son despojos de fieras
que he muerto por mi mano. Yo conozco sus guaridas y sus costumbres; y he
combatido con ellas de día y de noche, a pie y a caballo, solo y en batida, y
nadie dirá que me ha visto huir del peligro en ninguna ocasión. Otra noche
volaría por esa banda, y volaría gozoso como a una fiesta; y, sin embargo, esta
noche… esta noche. ¿A qué ocultártelo?, tengo miedo. ¿Oyes? Las campanas
doblan, la oración ha sonado en San Juan del Duero, las ánimas del monte
comenzarán ahora a levantar sus amarillentos cráneos de entre las malezas
que cubren sus fosas… ¡las ánimas!, cuya sola vista puede helar de horror la
sangre del más valiente, tornar sus cabellos blancos o arrebatarle en el
torbellino de su fantástica carrera como una hoja que arrastra el viento sin
que se sepa adónde.
Mientras el joven hablaba, una sonrisa imperceptible se dibujó en los
labios de Beatriz, que cuando hubo concluido exclamó con un tono
indiferente y mientras atizaba el fuego del hogar, donde saltaba y crujía la
leña, arrojando chispas de mil colores:
–¡Oh! Eso de ningún modo. ¡Qué locura! ¡Ir ahora al monte por semejante
friolera! ¡Una noche tan oscura, noche de difuntos, y cuajado el camino de
lobos!
Al decir esta última frase, la recargó de un modo tan especial, que Alonso
no pudo menos de comprender toda su amarga ironía, movido como por un
resorte se puso de pie, se pasó la mano por la frente, como para arrancarse el
miedo que estaba en su cabeza y no en su corazón, y con voz firme exclamó,
dirigiéndose a la hermosa, que estaba aún inclinada sobre el hogar
entreteniéndose en revolver el fuego:
–Adiós Beatriz, adiós… Hasta pronto.
–¡Alonso! ¡Alonso! –dijo ésta, volviéndose con rapidez; pero cuando quiso
o aparentó querer detenerle, el joven había desaparecido.
A los pocos minutos se oyó el rumor de un caballo que se alejaba al galope.
La hermosa, con una radiante expresión de orgullo satisfecho que coloreó sus
mejillas, prestó atento oído a aquel rumor que se debilitaba, que se perdía,
que se desvaneció por último.
Las viejas, en tanto, continuaban en sus cuentos de ánimas aparecidas; el
aire zumbaba en los vidrios del balcón y las campanas de la ciudad doblaban a
lo lejos.

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III
Había pasado una hora, dos, tres; la media noche estaba a punto de sonar,
y Beatriz se retiró a su oratorio. Alonso no volvía, no volvía, cuando en menos
de una hora pudiera haberlo hecho.
–¡Habrá tenido miedo! –exclamó la joven cerrando su libro de oraciones y
encaminándose a su lecho, después de haber intentado inútilmente
murmurar algunos de los rezos que la iglesia consagra en el día de difuntos a
los que ya no existen.
Después de haber apagado la lámpara y cruzado las dobles cortinas de
seda, se durmió; se durmió con un sueño inquieto, ligero, nervioso.
Las doce sonaron en el reloj del Postigo. Beatriz oyó entre sueños las
vibraciones de la campana, lentas, sordas, tristísimas, y entreabrió los ojos.
Creía haber oído a par de ellas pronunciar su nombre; pero lejos, muy lejos, y
por una voz ahogada y doliente. El viento gemía en los vidrios de la ventana.
–Será el viento –dijo; y poniéndose la mano sobre el corazón, procuró
tranquilizarse. Pero su corazón latía cada vez con más violencia. Las puertas
de alerce del oratorio habían crujido sobre sus goznes, con un chirrido agudo
prolongado y estridente.
Primero unas y luego las otras más cercanas, todas las puertas que daban
paso a su habitación iban sonando por su orden, éstas con un ruido sordo y
grave, aquéllas con un lamento largo y crispador. Después silencio, un silencio
lleno de rumores extraños, el silencio de la media noche, con un murmullo
monótono de agua distante; lejanos ladridos de perros, voces confusas,
palabras ininteligibles; ecos de pasos que van y vienen, crujir de ropas que se
arrastran, suspiros que se ahogan, respiraciones fatigosas que casi se sienten,
estremecimientos involuntarios que anuncian la presencia de algo que no se
ve y cuya aproximación se nota no obstante en la oscuridad.
Beatriz, inmóvil, temblorosa, adelantó la cabeza fuera de las cortinillas y
escuchó un momento. Oía mil ruidos diversos; se pasaba la mano por la
frente, tornaba a escuchar: nada, silencio.
Veía, con esa fosforescencia de la pupila en las crisis nerviosas, como
bultos que se movían en todas direcciones; y cuando dilatándolas las fijaba en
un punto, nada, oscuridad, las sombras impenetrables.
–¡Bah! –exclamó, volviendo a recostar su hermosa cabeza sobre la
almohada de raso azul del lecho–; ¿soy yo tan miedosa como esas pobres
gentes, cuyo corazón palpita de terror bajo una armadura, al oír una conseja
de aparecidos?
Y cerrando los ojos intentó dormir…; pero en vano había hecho un esfuerzo
sobre sí misma. Pronto volvió a incorporarse más pálida, más inquieta, más
aterrada. Ya no era una ilusión: las colgaduras de brocado de la puerta habían
rozado al separarse, y unas pisadas lentas sonaban sobre la alfombra; el
rumor de aquellas pisadas era sordo, casi imperceptible, pero continuado, y a
su compás se oía crujir una cosa como madera o hueso. Y se acercaban, se
acercaban, y se movió el reclinatorio que estaba a la orilla de su lecho. Beatriz
lanzó un grito agudo, y arrebujándose en la ropa que la cubría, escondió la
cabeza y contuvo el aliento.
El aire azotaba los vidrios del balcón; el agua de la fuente lejana caía y caía
con un rumor eterno y monótono; los ladridos de los perros se dilataban en
las ráfagas del aire, y las campanas de la ciudad de Soria, unas cerca, otras
distantes, doblan tristemente por las ánimas de los difuntos.
Así pasó una hora, dos, la noche, un siglo, porque la noche aquella pareció
eterna a Beatriz. Al fin despuntó la aurora: vuelta de su temor, entreabrió los
ojos a los primeros rayos de la luz. Después de una noche de insomnio y de
terrores, ¡es tan hermosa la luz clara y blanca del día! Separó las cortinas de
seda del lecho, y ya se disponía a reírse de sus temores pasados, cuando de
repente un sudor frío cubrió su cuerpo, sus ojos se desencajaron y una palidez
mortal descoloró sus mejillas: sobre el reclinatorio había visto sangrienta y
desgarrada la banda azul que perdiera en el monte, la banda azul que fue a
buscar Alonso.
Cuando sus servidores llegaron despavoridos a noticiarle la muerte del
primogénito de Alcudiel, que a la mañana había aparecido devorado por los
lobos entre las malezas del Monte de las Ánimas, la encontraron inmóvil,
crispada, asida con ambas manos a una de las columnas de ébano del lecho,
desencajados los ojos, entreabierta la boca; blancos los labios, rígidos los
miembros, muerta; ¡muerta de horror!

 

IV
Dicen que después de acaecido este suceso, un cazador extraviado que
pasó la noche de difuntos sin poder salir del Monte de las Ánimas, y que al
otro día, antes de morir, pudo contar lo que viera, refirió cosas horribles.
Entre otras, asegura que vio a los esqueletos de los antiguos templarios y de
los nobles de Soria enterrados en el atrio de la capilla levantarse al punto de
la oración con un estrépito horrible, y, caballeros sobre osamentas de
corceles, perseguir como a una fiera a una mujer hermosa, pálida y
desmelenada, que con los pies desnudos y sangrientos, y arrojando gritos de
horror, daba vueltas alrededor de la tumba de Alonso.

FIN

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El soldado.

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Si mañana moría en la primera batalla, lo último que vería, sería en la imagen que tenía frente a él.

Si la revolución no triunfaba y tenía que morir días más tarde frente a un pelotón de fusilamiento, su último pensamiento sería para ellos que, ajenos a esas funestas reflexiones, dormían abrazados sin el miedo que a él lo recorría por entero, sin la desazón que perturbaba su alma y que le imposibilitaba el sueño.

Cómo sería estar muerto.

Cómo sería no volver a sentir esas pieles, esos besos, esos cuerpos que tanto amaba, cómo sería estar perdido en la eternidad y solo.

Cómo sería no verlos nunca más.

Los miraba dormir y el dolor se mezclaba con el amor y el deseo. A partes iguales.

Había tenido que salir de la cama, sin vestirse, sentir el frio de abril clavándose en su piel desnuda sin llegar a aliviar el fuego de su sangre, tomar la distancia de unos metros que le permitiera no sentir las respiraciones ni las pieles, poder observarlos de lejos, desde fuera, acariciando con la mirada los cuerpos que un rato antes había acariciado con sus dedos y saboreado con su boca, que había sentido en su propia piel, con los que se había fundido en una abrazo pecador y lascivo que condenaba su alma al infierno para toda la eternidad.

Supo que había vendido su alma a cambio de amor.

Y supo que había valido la pena.

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Que volvería a hacerlo mañana mismo, sin arrepentimientos ni pesadumbres, porque cada instante, cada segundo vivido con ellos, bien valía ese pasaporte, ese billete sin regreso al círculo más profundo de todos los infiernos posibles.

Dormir abrazado a sus cuerpos sin pudor y sin los remordimientos que lo acosaban, sin esos pensamientos de culpa que el catolicismo le había impuesto a través de tantos años de adoctrinamiento y rezos. Sin tener ni una sola duda de si estaban obrando correctamente o si el pecado los consumiría en el otra orilla de la vida.

Sin arrepentirse de nada en absoluto.

Ese abandono en brazos de su amante, era el mismo que en los suyos y también era como su propio abandono. Abrazos adúlteros que tenían el sabor de la gloria, la intensidad del momento, la energía de saberse transgresor de unas leyes morales impuestas por personas que tal vez ni siquiera sabían qué era el amor y por eso lo confundían con el pecado.

Quién era el mundo para juzgar el abrazo que él contemplaba absorto en la belleza de un instante efímero.

Quién era Dios para imponerle la obligación de no amarles o de amarles en silencio.

Quién era nadie para juzgar aquello que no conocían.

Si al día siguiente moría, si le esperaba el fuego intenso del infierno, con gusto dejaría que su piel ardiera y que su alma se condenara a cambio de haber tenido la felicidad de estar con ellos, la plenitud de sus gestos y de sus abrazos, el placer de sus cuerpos enlazados en el amor más intenso.

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Ella, la primera vez, era casi una desconocida que le tentaba más de lo que nunca le había tentado ninguna mujer, y lo increíble es que no hacía nada para ser tentadora. Solo existir.

Él era el hombre que siempre quiso tener cerca, el que rezaba por volver a encontrar en su camino y resarcirse de un pasado que no pudo ser.

Los amaba.

Por primera vez entendió aquellos conceptos sobre el pecado que le habían explicado tantas veces en el pasado. Casi podía recordar palabra por palabra; “el pecado, la tentación, está siempre en los ojos de quien mira y juzga, al igual que la belleza y el amor. Podemos ver lo que queramos ver según sean nuestros pensamientos y nuestros prejuicios”

Y era cierto, donde él veía belleza muchos habrían visto sordidez. Donde él veía amor otros verían pecado. Donde él veía refugio y paz otros verían desabrigo y hostilidad.

Había luchado toda su vida por entender eso y seguía perdiendo cada batalla.

Cómo un cuerpo podía ser todo eso a la vez

-Os he echado de menos aun cuando no os conocía. He echado de menos vuestra boca, vuestra voz, vuestros cuerpos. Reconozco sin pudor que me doléis. Me doléis de una forma que ni yo logro entender, y no sé qué puede significar que nos hayamos encontrado ahora, tras tanto tiempo, como si hubierais llegado para cumplir todos mis sueños, para darme el amor por el que tanto supliqué.

Y sé que, esta vez, vais a quedaros en mi vida para siempre o soy capaz de morir en ese intento.

Quería volver al lecho, despertarles, comenzar de nuevo el juego amoroso del que descansaban, adentrarse en ellos, penetrar con la misma pasión de los últimos días que tenía algo de despedida y de reencuentro, de descubrimiento y de confirmación, apresar esos bellos y amados cuerpos en un abrazo que para algunos sería pecador pero para él era salvación, y dejar de existir en el instante que lograra alcanzar esa pequeña muerte que solo está al alcance de quienes aman amando.

Si al día siguiente moría no importaba. Había comenzado a morir en el mismo instante en que ellos entraron en su vida. Había muerto entre sus brazos muchas veces.

Acaso ese morir que le esperaba no era sino otra forma de seguir viviendo y el infierno que las escrituras le pronosticaban no era peor que tener que pasar la eternidad sin su amor.

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Recuperando buenas costumbres: La virgulilla, tertulia literaria.

Hace unos meses, con la publicación de mi segundo libro Rosa de los vientos, conocí a un grupo de gente increíble; lectores, escritores, poetas, bohemios, librepensadores… ellos, desde hacía tiempo querían recuperar las tertulias literarias y llevaban años reuniéndose en una cafetería que ya es como la segunda casa de todos.

En una nueva etapa de las reuniones, hemos abierto un blog, estamos recuperando palabras obsoletas, apostamos por los relatos y ediciones en grupo, y vamos a tratar de movilizarnos y dinamizar los actos culturales de nuestra ciudad asistiendo a distintos eventos.

Os presento el blog de La virgulilla, tertulias literarias.

Espero que os guste la idea y nos honréis con vuestra virtual presencia además de participar en estas locuras nuestras.

Os dejo el enlace para que podáis conocernos personalmente en plena faena.

Origen: Quiénes somos

Palabras que sanan. Cita.

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Según la teoría catártica de Aristóteles, el valor terapéutico de la poesía reside en su poder de estimular y descargar la fuerza emocional de una manera segura, a través de pasiones como el miedo, la piedad o el fervor religioso, con menos probabilidades de un desequilibrio de la razón.

A través de la poesía, muchas personas han logrado describir sus experiencias y sentimientos de una manera profunda. Consecuentemente, otras personas, al leer esos poemas pueden verse reflejados en ellos o relacionarse con el contendido creando un sentimiento de alivio, según establecen los expertos.

 

 “Una bien seleccionada antología es un dispensario completo de medicina contra los trastornos mentales más comunes, pudiendo emplearse lo mismo para prevenirlos que para curarlos”.

Robert Graves

 

Palabras que sanan. Un libro vivo

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Con la publicación de Palabras que sanan, culminan unos meses de arduo trabajo de investigación y estudio, pero este no es un libro que haya terminado de escribirse, más bien al contrario, es un libro que va a seguir expandiéndose y creciendo a medida que yo también lo haga.

Mi intención es seguir recopilando datos, estudiando e investigando el mundo de la palabra porque es realmente fascinante el poder que esta tiene.

La comunicación es realmente maravillosa.

La conexión entre personas, el fluir de las ideas, poder compartir emociones y sentimientos, comunicar con una perfecta oratoria, crear vínculos y crecer con todo ello, es algo que, a mi parecer, no está valorado.

Quedan  muchas cosas en el tintero, mucho por contar y por aprender así que este libro nace con la sana intención de seguir creciendo.

Si adquieres el libro en Kindle posiblemente en unos meses recibas alguna actualización porque hay temas en los que quiero profundizar y además hay datos que también quiero aportar, gráficos, terapias…

Por otro lado mi intención es hacer talleres, interactuar con el libro, poner en práctica los ejercicios que os recomiendo y comenzar a escribir con todos vosotros.

Si estáis interesados en promover o participar de estos talleres o jornadas, no dudéis en  poneros en contacto conmigo.

Como veis, el libro acaba de nacer, pero le falta crecer y eso es algo que poco a poco irá haciendo. Y nosotros con él, esa es la mejor parte.

Palabras que sanan. Introducción

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Hace tan solo unos meses, mientras escribía una de mis novelas, me di cuenta de que estaba completamente bloqueada.

Eso es uno de los dos traumas más grandes para cualquier autor. El famosísimo bloqueo. Al mismo tiempo mi cabeza bullía en argumentos, en vivencias, en personajes para un nuevo libro que, por supuesto, aún no está escrito, pero que ya tomaba forma.

Segundo trauma, el también famoso reto del folio en blanco.

Tenía un mes entero de tiempo por delante ya que estaba convaleciente de un pequeño accidente doméstico, con lo cual, me frotaba las manos ante el tiempo extra para escribir y para seguir documentándome con vistas al libro.

No exagero si os cuento que llevo casi dos años documentándome para él, viendo reportajes, leyendo, estudiando, viendo documentales en Youtube, asistiendo a conferencias…

Sin embargo, ante tanto tiempo y con cinco capítulos ya escritos comencé a darme cuenta de que lo estaba haciendo mal, algo no funcionaba y lo peor de todo era que no sabía qué.

El mes se pasó volando entre médicos, partes de baja, más documentales y más lecturas. Me forzaba a escribir pero las palabras no me salían.

Lo aconsejable en estos casos, según dicen es tomar distancia, ver el libro con perspectiva, desde otro ángulo o punto de vista, cambiar el narrador o simplemente, dejarlo reposar. Ocuparte de otras cosas y volver al libro tras un tiempo de distancia.

Nada funcionó.

La frustración era un sentimiento que me ocupaba por entero.

¿Cómo podía haber echado un mes de tiempo libre a la basura de esa forma tan improductiva?

La desesperación, y os juro que la sensación es desesperante, me llevó a escribir un email a dos de mis amigas que siempre me ayudan en los textos, mis correctoras y consejeras, pidiéndoles auxilio.

Les conté lo que me ocurría, la sensación de frustración que no podía quitarme de encima, los fallos que yo creía que tenía el libro, lo que quería hacer, lo que quería contar, lo que me preocupaba contar ante todo… les mandé el manuscrito de los cinco escasos capítulos que tenia escritos y en cuanto envié el correo se hizo la luz.

Al escribirles a ellas me di cuenta de dónde estaba el fallo y era una simple muda temporal.

Quizá soy de ese tipo de personas que necesita verlo todo por escrito para conocerse mejor o para recapacitar, pero lo cierto es que escribirles me resultó terapéutico.

Esa idea, la de escribir para sacar todo lo que una lleva dentro, se me quedó en la cabeza. Me resultaba extraño, a mí, que tanto utilizo las palabras, que el simple hecho de poner ms pensamientos por escrito me hubiera ayudado tanto y de una forma tan inesperada.

Para mi escribir es un modo de comunicar, de contar aquello que me interesa y que creo que debe ser contado, pero la idea de comunicarme conmigo misma fue un descubrimiento.

O más bien redescubrimiento.

De pequeña (y no tan pequeña) llevaba un diario con mis vivencias en el que hablaba de mis sentimientos, de mis sueños y de todas aquellas cosas que son importantes a esa edad. Al crecer, dejé de hacerlo. Dejé de escribir diarios porque me parecía algo infantil, pueril quizá, intranscendente.

No sé si mi sueño de ser escritora viene de escribir aquellos diarios o si bien los diarios ya eran una forma de vocación temprana de autora.

Sea como fuere, al crecer y mantener ese sueño de escribir, de publicar libros, de comunicarme, dejé de darle importancia a la intimidad y comencé a dejarme llevar por la vanidad y el ego, como la mayoría de autores.

Este hecho de sentirme bloqueada, de tener el reto de comenzar algo nuevo desechando aquello que creía que estaba mal junto al hecho de comenzar a publicar mis primeras novelas, me ha hecho plantearme varias cuestiones.

¿Por qué escribo? ¿Para qué quiero ser escritora?

Me di cuenta de que escribir es un acto de comunicación pero también de conocimiento propio.

Al escribir reflejamos nuestras vivencias, nuestros sueños, nuestros ideales, nuestra forma de ser. No podemos tomar una distancia total de la trama o de los personajes, siempre hay una impronta nuestra en cada una de las obras que acometemos. Y al mismo tiempo, verme privada de ese fluir de palabras y recuperarlo, me hizo pensar que la escritura tiene bastante más de terapéutico que el simple hecho de escribir.

Comencé a indagar en el tema, en cómo las palabras tienen vida propia y significados ocultos que nosotros podemos ir desentrañando al juntarlas para contar una historia, un relato, un cuento.

Me di cuenta también de que debía abandonar mi ego, comenzar a ser aquello que de verdad quiero ser sin imposiciones y sin obligaciones. He revisado mi vocabulario para separar la palabra ventas de la palabra éxito o la palabra reconocimiento de la palabra superación, y también sé que en ese aprendizaje, en esos momentos en que escribía pensando que jamás vería mis libros publicados, he ido creciendo como persona.

La palabra está viva solo cuando sirve para comunicar.

El mundo está lleno de palabras huecas que no dicen nada y que todo el mundo escucha.

Las estanterías están llenas de un conocimiento que va más allá de lo pedagógico o lo académico, y también de cientos de libros que nos pueden entretener pero que no nos dejarán un poso, una emoción, porque están escritos solo para tener resultados de ventas y a los que se les olvidó poner el alma en ellos.

A veces las historias más simples son las más profundas.

A veces las más complejas se quedan en la superficie.

En ciertas ocasiones los que hablan son los espacios en blanco y las entrelíneas y los personajes, que tienen un diálogo propio, no dicen absolutamente nada.

No es fácil entender estos conceptos y menos aún aplicarlos a una novela porque quizá la acción del libro debe continuar siempre.

Muchas veces un libro, una historia, solo nos entretiene y eso ya es mucho, de hecho, puede ser muy difícil lograrlo.

A mí, tras esta experiencia, se me ocurrió recopilar todo aquello que fui buscando y encontrando en mis indagaciones, reunir mis propias conclusiones y contároslo en un libro sencillo de próxima publicación, una especie de cuaderno donde la palabra es la protagonista absoluta y la acción es ese viaje interior que podemos emprender si decidimos escribir para que las palabras nos sanen, para que nos ayuden a comprendernos y a dar luz a aquellos rincones oscuros de nuestra alma o de nuestro inconsciente.

No me cabe duda de que la palabra sana, y no me refiero al bíblico “Lázaro ¡levántate y anda!” pero al mismo tiempo puede ser algo similar. Siéntate y escribe.

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Palabras que sanan. Cita.

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“En el diccionario hay cadáveres de palabras, no palabras. En el diccionario está la sombra de la palabra. Y al cerrar el diccionario comienza la rebelión de la palabra, la danza de la palabra, la abertura infinita de la palabra. Por ello no se ha de buscar en el diccionario aquello que no se ha buscado en la vida. No se ha de encontrar en el diccionario aquello que no se ha encontrado en la vida”

– Skliar 2005 p.41-

 

Puedes encontrar mi libro en;

Firma invitada: Dolors Lopez.

Tuve el placer de conocer personalmente a Dolors hace unos meses en la presentación de un libro, y si algo me llamo la atención de ella es su dulce voz, su etérea presencia, la inteligencia y curiosidad de sus preguntas y su dulce  sonrisa.
Dolors, que atesora este blog como algo más que un lugar donde hablar de libros, posee una fuerza interior que ella no cree o no sabe que posee, pero que está ahí, entre las líneas de sus relatos y en la forma en que defiende cada libro y  a cada autor desde una perspectiva interior que pocos bloggers poseen y que ella, con su sensibilidad y empatía, ha convertido en bandera de su éxito en las redes sociales.
Una mujer sensible y apasionada que deja en las entrelineas trocitos de su alma, que se despoja de artificios para mostrarnos su yo más íntimo sin aspavientos o pudores, y que refleja en sus escritos su sentir, su pensar, sus mejores y peores momentos con una transparencia y delicadeza, que transmite su verdadera esencia personal, tal vez hasta íntima, y en la que, la imaginación, es tan solo una nueva forma de revelar lo que de verdad quiere expresar.
Adelante… Puedes entrar en su blog, Dolors siempre deja las puertas abiertas para que puedas adentrarte un poco más lejos de lo que entrarías en un blog literario.
https://laprincesayaseve.wordpress.com/

                      nina péña - dolors lopez - martina - relato                                              Microrrelato:MARTINA.

Como cada mañana, desde hacía un mes, sobre las 9 H Martina se sentaba frente aquella ventana, único contacto al exterior. El paisaje no era en sí agradable a la vista, pues desde la tercera planta del psiquiátrico solo se observaba el ruido de la ciudad, el ajetreo de las personas, las idas y venidas de multitud de coches batallando contra el tiempo y un cielo grisáceo envenenado por los humos de la civilización.

Pero a pesar de ello, Martina pierde su mirada durante horas en aquella ventana. Una mirada distante, sin rumbo, ajena a todo y todos, pupilas dilatadas, por el diazepán y el orfidal, ojeras profundas en aquellos ojos almendrados y oscuros, ahora faltos de la perspicacia de su inteligencia y la chispa de la vida. Mantiene apenas en equilibrio su cabeza respecto al cuerpo, cuanto le costaba –¡Ay Dios!– claro que nadie sabe lo que cuesta mantenerla alzada bajo los efectos de 16 pastillas diarias; pastillas para la ansiedad, pastillas para la depresión, pastillas para dormir, pastillas para las alucinaciones…pastillas y más pastillas. Su barbilla toca el inicio de su pecho, y de ella chorrea las babas que inconscientemente descienden y que tanto asco le dan. Claro que nadie sabe que ello es un efecto secundario de las píldoras milagrosas, esas que salvan al mundo de la demencia. Paradójicamente la sequedad en su boca, el mal aliento y las ganas de beberse un mar provocan en Martina arcadas de asco continuo. Ella que tanto había cuidado su imagen, tan mona ella, vestida siempre a la última, maquillada, tan impoluta. Pero ahora eso ya no le importa a Martina.

Aquella ventana era su único mundo. Contempla en duermevelas constantes, ensoñaciones incontroladas. Ruidos en la lejanía, sombras que se difuminan… Apenas puede distinguir la realidad del sueño que le mantiene adherida al sillón cutre, de escay e incómodo, pero el único que es fiel al cuerpo de Martina. Y Martina sigue viendo pasar el transcurrir de los minutos, de las horas interminables. En la soledad del vacío en su interior, de la congoja de no poder pensar, en la asfixia de no recordar la edad que tiene.

El ruido en su cabeza ha desaparecido, las voces que le acompañaban en los últimos tiempos no las escucha. Y ello incrementa por segundos su soledad aún rodeada de semejantes que como ella, balbucean palabras inconexas, frases sin sentidos, sonidos inteligibles…¡claro! efectos de las famosas pastillas.

Un dolor intenso, provoca en Martina sentirse rota por dentro. Un dolor que parte su cuerpo en dos, un dolor que agujerea su estómago hasta su espalda. Y es en ese hueco donde un hombre con bata blanca y un cartelito en su solapa, clava el dedo en la yaga.

–Martina, me oyes, soy el doctor Guzmán tu psiquiatra—

Pero Martina no escucha, no oye, sumida en el duermevela, lucha contra la niebla en su mente, esa que le impide distinguir lo real de lo imaginario. Intenta erguirse en el sillón cutre para mantener cierta dignidad, pero vaya, la orina se escapa por sus piernas hasta formar un charco en el suelo. Y la enfermera de turno huraña y antipática le grita:

–Martina, Martina, que has hecho mujer, ¿¡no sabes que el pipí se hace en el wáter!? Ahora te quedas mojada, no tengo tiempo de cambiarte—

Martina desea llorar, gritar, huir; pero no puede, sufre tanto vértigo y a la vez tal parálisis que le es imposible levantarse del cutre sillón. Con la cabeza más caída, mirando ya no a la ventana, sino a un punto concreto del suelo que se desplaza en proporción al parpadeo discontinuo, retardado de sus ojos.

En la lejanía voces en murmullos que aceleran los segundos, hora de visitas, algunos de aquellos “locos” tienen visitas de padres, hijos, esposos ¡vete a saber! Pero Martina no, ella no tiene visitas que aceleren los segundos.

Martina desaparece en su soledad, cabizbaja, mojada de meados, babeando, cansada y ausente de la realidad. Y en una convulsión, espasmos que temblequean su cuerpo se deja ir.

 

 

Aroma de teatro.

nina peña - aroma a teatro - relatos

Lo miró despacio, como si quisiera retener su imagen en la mente de una vez por todas, de forma definitiva, dejarlo clavado en un rincón de su memoria del que no pudiera desprenderse por más tiempo que pasara y por más lugares en que posara la vista.

Siempre tras sus pupilas, siempre en el horizonte de su mirada, siempre en todo momento y lugar. Casi, casi como si fuera una parte de él, o mejor, una parte de su vida.

Fijar la vista en un punto perdido del horizonte y que él estuviera ahí.

Levantar la mirada hacia el cielo limpio de nubes y que él formara parte de ese azul.

Quedarse ensimismada viendo pasar delante de ella los objetos que tenía que retirar y que él estuviera por encima de la cinta transportadora.

Cerrar los ojos y que su rostro, su cuerpo, todo él, fuera lo único que hubiera en el fondo de aquel túnel oscuro.

Él, siempre él.

En todas las cosas y en todos los lugares. En todo momento él.

Lo miraba fijamente en las fotos, reteniendo cada mínimo detalle, cada lunar, cada surco, cada expresión. Y en ese afán, le daba un carácter que puede o no que poseyera pero que ella creía ver y casi podía asegurar que de verdad poseía.

Buscaba su imagen en todos los lugares bellos para verlo posado más allá de cualquier belleza, encumbrándolo, dándole un halo sobrenatural de poder en el que ella lograba sentirse sobrecogida, arrobada, entregada por completo a su adoración.

En los lugares feos y soeces de su día a día, en medio de lo ordinario y de lo bárbaro, su imagen lo dignificaba todo, lo limpiaba de excrementos y de barbarie hasta el punto de dejar de ver todo aquello que, simplemente, no quería ver realmente.

En medio de superficies hostiles, en la bastedad del trabajo, de la dureza del día a día, él aparecía inmaculado, sonriente, intocable por los dedos toscos de la realidad cruel e impertinente que sí la tocaba a ella.

Él era la belleza en un mundo feo.

Él era la perfección en medio de un mundo imperfecto.

La dulzura en medio de lo agrio y áspero.

La bondad y la ternura entre lo hiriente y lo ofensivo de un medio abrupto.

Él, simplemente, lo era todo.

El mundo podía descomponerse poco a poco, deteriorarse y sucumbir, pero si tenía su imagen frente a ella, hasta esa decadencia podía ser bella porque él, con su sola presencia tras el túnel oscuro de sus ojos enamorados, la convertía en magnifica.

Así como los tonos de ciertas flores brillan más y son más intensos si están salpicados de motas blancas, él brillaba por entre todo cuanto ella veía, fuera lo más desagradable o lo más abrupto.

A veces, cuando el dolor de lo ofensivo le mordía la conciencia y la fealdad del mundo que la rodeaba resultaba hiriente hasta límites insospechados que creía no poder soportar, su imagen le ofrecía un halo de luz y belleza, convirtiéndose, de repente, en un ser que está mucho más allá de lo bello, de lo sublime, tal como se convierte en día el punto más oscuro de una noche y comienza a iluminar todas las zonas de tinieblas amenazantes y lúgubres, despejando los miedos.

Podía estar desechando los productos plásticos de la cinta que transportaba por media planta los desperdicios de la ciudad, podía clasificar, sin perder ni un segundo, los envases de entre la basura orgánica, acumular desperdicios en grandes basureros, mancharse sin poder evitarlo, impregnarse del olor fétido que toda la planta de tratamiento de residuos sólidos desprendía y hasta sentirse cómoda en la extraña situación de que su olfato, perturbado, no llegara a oler absolutamente nada.

Se sentía casi privilegiada cuando los compañeros le decían, entre arcadas, que era una mujer con suerte, que su pérdida total de olfato, era una bendición en ese trabajo.

Ella sabía que, así como no podía oler la basura entre la que bregaba día tras día, tampoco podía oler el aroma de las flores, el de los libros nuevos, el del mar, el de la hierba mojada, el sensual aroma del café recién hecho, el de cualquier persona o de cualquier perfume que anunciaban en televisión, y sólo el hecho de no poder oler los desperdicios no le compensaba la perdida de los bellos olores que no recordaba haber olido desde su infancia.

Y no podría olerlo a él.

¿Cómo sería tenerlo cerca? ¿Cómo olería la ciudad en la que vivía, el teatro en el que trabajaba? ¿Cómo olería él mismo cuando salía recién duchado por la puerta trasera del teatro donde firmaba los folletos de la obra o las fotos de algunas de sus películas a las admiradoras que iban a verle?

Sonrió casi sin querer.

En su mente, desde hacía días, imaginaba esa situación.

En el cajón de su mesilla de noche, reposaban los billetes de un vuelo a Londres y las entradas impresas por internet con unas fechas concretas.

No era de extrañar que no pudiera pensar en otra cosa ni en otra persona.

Un sueño hecho realidad.

Un sueño largamente acariciado, mil veces soñado con los ojos abiertos, ansiado en lo más íntimo y recóndito de su corazón, en un lugar donde nadie, salvo ella, tenía acceso.

Él, ocupando todo desde hacía tanto tiempo, que casi ni lograba pensar en otra cosa a medida que se acercaban las fechas de sus vacaciones, de su primer viaje en avión, de su primera visita a Londres, de su primer momento de felicidad real.

nina peña - aroma a teatro - relatos - old vic

Lo primero en que se fijó cuando dejó las maletas en el hotel y salió a las calles de Londres como una turista más, fue en que nadie parecía ver su labio partido y su nariz un tanto deformada. Las operaciones que le hicieran en la infancia para corregir su paladar y que eran las culpables de que, en una negligencia, perdiera el sentido del olfato, no parecían ser vistas por nadie.

Nadie la miraba, nadie se fijaba, nadie la llamó fea ni se rió al cruzarse con ella.

La cirugía había corregido aquellos antiguos fallos, pero solo hasta donde había podido. Había cosas que eran ya irrecuperables.

– No podemos hacer milagros… pero lo intentaremos.- Le había dicho el cirujano plástico poco tiempo atrás.

Y Londres era una ciudad tan llena de promesas que hasta ella misma olvidó todo aquello que la había estado martirizando durante toda su vida.

Poder moverse por sus calles, visitar sus parques, sus museos, recorrer la historia era algo que le hacía olvidar todo el periplo por el que había pasado estos últimos años, y sentada en Hyde Park, entre árboles centenarios y acariciada por la brisa cálida y húmeda del verano londinense, le agradeció a él, mentalmente como siempre, la fuerza que le había dado con su sola presencia desde una foto.

Si no fuera por él jamás se habría propuesto volver a pasar por un quirófano.

Si no fuera por él, en ese momento, estaría encerrada en casa soportando el calor infernal y como vacaciones le habrían pasado todos esos días sin madrugar y sin trabajar, aunque no hubiera vivido realmente ni uno solo de ellos.

Si no fuera por él, jamás se habría atrevido a coger un avión o a visitar un país extraño, a aprender inglés para entender sus palabras o, simplemente, jamás habría pensado que la vida puede ser bella incluso viviendo entre la basura.

Su imagen flotaba entre las calles de Londres.

Veía carteles anunciadores en el metro con su rostro.

Sabía que estaba acercándose a él por el simple hecho de estar pisando la misma tierra, como si presagiara su presencia muy cerca de ella.

Él, llenándolo todo, como siempre, pero en esta ocasión, de forma real, tangible, concreta e intensa.

Unas pocas horas y estaría frente a él, escuchando su voz desde la palestra, interpretando.

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Se sentó en una de las butacas de la primera fila.

Poder comprar la entrada por internet con tanta anticipación le había permitido tener ese privilegio.

En uno de los correos que recibió semanas atrás, la producción del teatro le había pedido que sus ropas fueran negras. Iban a grabar la función para poder emitirla desde plataformas digitales y el público debía pasar lo más desapercibido posible. Ella, obediente, parecía ir enlutada salvo por la sonrisa y la expresión expectante de su mirada.

¿Cómo olería el teatro? ¿Qué perfumes tendría entre sus paredes? Había leído que quemaban incienso para que el público entrara en un trance hipnótico y se sumergiera mejor en el espectáculo. ¿Cómo huele el incienso? ¿Cómo olía el perfume que se había comprado para ponerse en esa ocasión? ¿Cómo huele el miedo, el nerviosismo, la ilusión?

¿Cómo huelen los sueños cuando comienzan a hacerse realidad?

¿Cómo huelen los ruidos de tambores, las primeras notas de una música extraña, las notas de intriga y esperanza?

¿Cómo huele el amor cuando se presenta ante ti en una forma que no crees posible?

¿Cómo huele la emoción, las lágrimas de alegría, los latidos de un corazón que va expulsando el perfume que está en la piel del pulso, en las muñecas donde ella ha visto que las mujeres de los anuncios dejan caer unas gotitas leves?

¿Cómo huele la vida entera concentrada en un solo instante?

¿Cómo huele el amor intenso, tan intenso que llega a doler?

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Él frente a ella. Por primera vez.

Y una lágrima rodando por su mejilla concentra todo el dolor de un alma atormentada que nunca ha creído que ese instante de felicidad pudiera existir.

No hay nada ni nadie entre ambos. Solo el vacío de unos metros, el espacio ocupado por la nada, que, sin embargo, lo hace inalcanzable.

Tan cerca y tan lejos.

Podría ponerse en pie, caminar unos pasos y alcanzarlo, tocarlo, abrazarlo. Tan cerca y tan al alcance de sus manos está. Sin embargo, en el plano de su alma y de su pensamiento, verlo en ese escenario lo aparta de ella más que nunca porque hay toda una realidad que los separa y lo vuelve, de repente, más inalcanzable aún que antes.

Es casi indescriptible esa sensación de alegría y tormento. Ni siquiera esa lágrima traicionera que rueda por su mejilla puede expresar la conmoción de su alma, el terremoto de sentimientos y sensaciones que la recorren mientras permanece inmóvil en la butaca, concentrada en las palabras que salen de esos labios con los que lleva años soñando.

Sus ojos lo contemplan y se transforman en dedos que pueden acariciarlo con la mirada.

Está frente a él, tal como ha soñado cientos, miles de veces, paralizada en su asiento, con el corazón latiendo al borde del colapso, con la emoción a flor de piel, con el amor escapando de sus ojos en forma de lágrima solitaria e incomprendida, con todo el dolor del mundo hiriéndola de muerte, sabiéndose vencida, derrotada, rendida no solo ante sus propios y locos sentimientos, sino ante la realidad de su vida.

Él, frente a ella, cumpliendo sin saberlo la promesa en que ella lo convirtió mucho tiempo atrás, transformado en la personificación del amor y de la tragedia, en el símbolo de la rendición absoluta y del amor más profundo, en todo y en nada.

Él, la encarnación de todo aquello que ansía sentir y que nunca sentirá. Él, la alegría y la tristeza, el vacío y la opulencia, el amor y la muerte, todo él.

Él, que con su sola voz convierte en lava su sangre y el frio en fuego.

Que con su sola presencia conjura todos los fantasmas y todos los miedos que lleva años tratando de superar, y que la hace sentir, por una vez, completa.

¿Cómo huele la dicha? ¿Cómo huele un sueño?

Hay un silencio expectante entre dos frases, y ella, en primera fila, nota los ojos grises del amor de su vida fijos en ella. Mirándola sin verla tras la luz de los focos que seguramente lo ciegan.

Un segundo. Un latido. El mundo, el espacio y el tiempo suspendidos en una mirada que no llega a ser mirada, en un gesto inconsciente para él y que para ella es todo.

Sabe que recordará esa mirada todos los días de su vida, que cuando vuelva a la realidad, esos ojos clavados en ella estarán por encima de todo aquello en lo que pose la vista, por encima de la sórdida realidad en la que sobrevive.

Un instante que apenas dura un segundo, algo tan distante como una mirada distraída, puede ser para una persona, un momento cumbre, un instante supremo.

Sabe, piensa para sí, mientras él sigue interpretando la obra, que esa noche es y será la mejor noche de su vida entera, y eso le hace comprender el vacío de todo cuanto la rodea y al que de repente, no quiere volver.

¿Cómo volver? ¿Cómo?

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Noche tras noche de esa semana ella irá al teatro a verle, se sentará en primera fila, vestida de negro ya no solo por la grabación de la obra sino para pasar desapercibida frente a él.

Noche tras noche escuchara su voz, acariciará su cuerpo, dormirá con su recuerdo y buscará una sonrisa cuando, al terminar la velada, se quede en la puerta trasera del teatro, haciendo cola entre varias personas para que él le firme los folletos de la función.

Buscará sus ojos entre los ojos de la gente que lo rodea, lo verá sobresalir, alto y bello entre tantas personas, recién duchado, con el cabello húmedo y ojos de cansancio pero sonriente, dando las gracias a todos aquellos que lo felicitan por su interpretación.

Se sabe los gestos casi de memoria; se sabe el tono de su voz y la mirada alegre aunque cansada con que recibe pequeños regalos de sus admiradoras, la forma en que toma entre sus dedos el bolígrafo de tinta indeleble con el que firma rápidamente, el modo en que se agacha para salir en las fotos que esa misma noche correrán por internet donde sus admiradoras lo adoran en distintos idiomas, la forma en que camina para subir al coche que lo aleja de ella una vez más.

Sabe que él la ha visto.

Sabe que su presencia ha sido notada por él desde el primer día en que sus ojos la miraron por casualidad, que se ha fijado en que lleva días sentada en primera fila y esperándole en la puerta trasera, consciente de que, aunque le espera cada noche, solo le firmó un folleto la primera vez, que se conforma con mirarle sin decirle nada más, sin querer nada, sin pedirle ni fotos ni más firmas.

Y sabe, perfectamente, que si él ha notado su presencia, si él la mira al salir, mientras firma, mientras posa para una foto con alguien o mientras se dirige hacia el coche, no es porque haya adivinado el amor en sus ojos o porque le extrañe que una persona vaya tantas veces a su representación, sino que es por su labio partido y por su nariz deformada que la convierten en una espectadora difícil de pasar inadvertida, incluso difícil de olvidar.

Noche tras noche de esa semana, recorrerá a pie la distancia que hay entre el teatro y el hotel recordando cada gesto, cada palabra, cada momento. Imaginando situaciones imposibles, palabras que nunca serán dichas, gestos que nunca serán hechos, momentos que jamás se convertirán en reales para ella.

Soñará con él como cada noche, sumergida entre la luz cegadora de las bambalinas en que lo ve y por donde asoma un universo tan vasto y tan distinto al suyo que la tiene deslumbrada. Una zona del mundo y una forma de vida que no por imaginada deja de ser resplandeciente. El glamur de los focos, de las noches intensas, el halo de divinidad que ella misma ha puesto sobre él y que se refleja allá donde mira, la ensoñación de la luz de los reflectores filtrándose entre lo real y lo irreal como una niebla que rodea su figura, desdibujando o perfilando el cuerpo del ser amado que parece estar en un pedestal ante sus ojos enamorados pese a que su mente le dicta que, por momentos, pasa tan cerca de ella que si alargara la mano podría tocarlo.

Una ciudad de leyenda que sobrevive en la historia y que contiene el germen de todo aquello que para ella nunca existirá; amor, intensidad, aventura, belleza, dulzura.

Noche tras noche, en el vacío de una cama mercenaria, se sentirá sola ante el infinito y se rendirá ante la evidencia de todo aquello que nunca jamás podrá tener.

No es solo que su amor sea un hombre inalcanzable y prohibido, sino que además, es un hombre que le ha mostrado todo aquello que nunca será.

Dejará su alma en aquel escenario y en aquella puerta donde cada noche de una semana lo ha podido ver y volverá a la rutina de su vida aunque no pueda imaginarse ya en ella.

Un último día en que él parece haberle dedicado una sonrisa especial al verla, aún asomándose entre la puerta blanca y encontrándola sin problemas entre el nutrido grupo de personas que se amontonan frente a él. Creyó, al imaginar ese momento, que no encontraría el valor suficiente como para acercarse de nuevo a él tal como lo hizo el primer día al pedir ese único autógrafo y esa única foto que atesoraría el resto de sus días, pero lo encontró, y se acercó de nuevo a él y su voz, entrecortada y temblorosa, en un inglés balbuceante y nuevo que surgía de su garganta por primera vez pudo decirle gracias.

Unas gracias que eran como tantas y tantas que podían decirle muy a menudo, pero que para ella eran mucho más.

Gracias por estar, por ser, por lo que me haces sentir, por lograr que me sienta viva, por enseñarme el valor de los sueños, por mostrarme la belleza de un mundo que se empeña en ocultármela, por la intensidad de cada instante, por la brevedad de un suspiro, por la ensoñación de cada noche, por darme tanto arte en medio de una vida tan fea, por regalarme esta sonrisa en medio de tantas lágrimas, por hacer del mundo un lugar mejor solo con tu presencia, por darme esperanza y valor, por haberme hecho, sin tú saberlo, feliz. Gracias

– No. Gracias a ti por venir cada noche. – Fue su respuesta.

Y su voz sonó, por un instante, a música y hasta sus ojos llegaron unas lágrimas que no había forma de ocultar porque con ellas, volvieron los aromas extraviados de la niñez, el de la brisa del mar, el de los libros nuevos, el de la hierba mojada, el del café recién hecho, el del perfume de su madre, el del viento entre los pinos, y olió, por primera y única vez, el perfume del amor y del teatro en una voz que resonaría en su mente todos y cada uno de los días oscuros que estaban por venir y que traería los aromas perdidos y olvidados de una vida que no pudo ser.

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8 Cuentos perdidos

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8 Relatos sobre distintos lugares, sobre el amor y la fantasía. Sobre sentimientos.

 

Esta semana sale a la venta mi segundo libro, el primero publicado exclusivamente en Amazon, por lo cual me atrevo a hablaros un poco de él.

Este libro nace con dos motivos bien claros y diferentes.

Uno es dar a conocer mi obra en esa plataforma digital, la mayor librería del mundo, en que dentro de unos meses saldrá a la venta la que ha sido mi primera novela “¿Cómo que a qué huelen las nubes?” y que hasta el momento sólo ha sido publicada en el formato tradicional de imprenta y distribución en librerías, así como anticipar lo que será la segunda “Rosa de los vientos” publicada, si todo va bien, este otoño.

El segundo motivo es simplemente que las personas interesadas puedan leer algo escrito por mí que sea ligero, entretenido, en un formato diferente a la novela y que pueda acercarme a los lectores.

El libro, es más que nada un cuaderno de relatos en los que hay temas muy dispares y personajes muy diferentes. Los temas van saltando de la fantasía más absoluta como en “La cuentacuentos” o “El viejo y la sirena” a la más dura realidad como en “El mar” basado en el golpe de estado de Chile en el 72, “La alcantarilla” que habla de la dura vida de los huérfanos callejeros en México D.F. o a la máxima intimidad de los pensamientos como en “Alfonsina” o “Volviendo al pasado

Los relatos están ambientados en distintos lugares y países, así, volamos a La Habana, a Puerto Rico o al Madrid de Los Austrias para reflejar el carácter no sólo de las ciudades, sino de los personajes que en ellas habitan y su forma de ser, vivir o pensar, que es lo que de verdad resulta interesante.

Este cuaderno de cuentos, es una recopilación de relatos que he ido escribiendo con los años y que tal vez, si no es de ésta forma, jamás verían la luz puesto que no están sujetos al contexto de ninguna novela que es el género en el que suelo escribir y en el que sigo trabajando.

Es una forma de dar rienda suelta a la imaginación, de contar algo que de un modo u otro me ha conmovido o he creído necesario expresar. Nace sin pretensiones de ningún tipo salvo la de ponerme en contacto con los lectores y dejar que lean esa parte de mi trabajo que de otra forma caería en el olvido absoluto.

Tanto el formato como el precio he creído oportuno que sea en digital y lo más ajustado posible dadas las características del libro, para que así pueda tener las alas necesarias y llegar a cuantos más sitios mejor.

Para mí, escribir, muchas veces es comunicar, y los cuentos, por su formato, son una gran forma de poder tener ese interlocutor que cualquier emisor busca.

Espero que os gusten, que os entretengan y quizá que alguno que otro os conmueva en su tema tal como me conmovió a mí.

Gracias por vuestra atención y por el acto de fe que supone leerme.

Y ahora, si os ponéis cómodos, podemos empezar a leer cuentos…

Ya a la venta en Amazon

https://www.amazon.com/Cuentos-perdidos-Spanish-Nina-Pitarch-ebook/dp/B01JILPK7O/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1470209508&sr=8-1&keywords=8+cuentos+perdidos