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Volver al pasado

nina peña - ángel- cementerio - libros recomendados

 

Había vuelto al pasado en tan solo un segundo. La visión de una imagen recortada frente a una ventana de dos seres que de pronto le parecían tan ajenos a ella como dos desconocidos de otro continente en un documental de sobremesa le dio algo similar a un golpe que azotó el último rincón oculto de su memoria.

Era como volver a la niñez tan de repente que sentía un leve mareo y una profunda sensación de dejà vu y vulnerabilidad.

El día estaba gris, el cielo, con el color del plomo, dejaba caer una lluvia fresca y monótona, gotas de lluvia como lágrimas que resbalaban por los cristales de la ventana y se embebían unas a otras o se dispersaban sin tocarse en un fluir constante de humedad y sollozos primaverales, absorbiéndose, vertiéndose, bifurcándose, huyendo unas de otras para encontrarse inmediata y voluntariamente en una apasionada carrera que terminaba con su caída hacia el suelo, hacia un gotear prolongado y suicida que iba dejando un rastro de leve ruido que tenía algo de fuente y algo de queja, como de lamento no muy lejano.

Frente a la ventana tras la que apenas se filtraba más que la luz cargada del cielo y el ruido monocorde de la lluvia, su hermana intentaba apurar la claridad natural del día para terminar de coser con la vieja y antigua máquina la orilla de un pantalón; en una mecedora a su lado, intentando hilvanar agujas estaba su madre, elocuentemente callada.

Una imagen recuperada de su infancia le llevaba a los días en que esa misma silla y esa misma máquina estaban siendo usadas por su abuela y era ella quien, sentada en esa misma mecedora, hilvanaba las agujas, quien se callaba para no hablar de nada que pudiera mostrar algo de su forma de ser o de pensar, callaba para diluirse tal como se diluían las gotas de agua en los cristales y se transformaban en nada, en nadie, en ausencia.

En los domingos de invierno de su niñez siempre llovía. El olor del arroz en la paella, el del asfalto y las aceras mojadas, sus ropas limpias y nuevas de ir a misa, la colonia que usaban todas y que aun pertenecía a la gama de aromas mas infantiles, el tedio confundido de descanso y el sonido de la lluvia en la calle era algo que no había cambiado en cuarenta años.

Repetía, y solo en ese instante se dio cuenta, los mismos gestos de su infancia, la costumbre tan pegada al cuerpo y al ser como las medias de nylon a sus piernas o como el olor del sofrito dominical a su nariz, rutinas en las que se solazaba desde siempre y sin las que no habría podido vivir aunque su mente, muchas veces, había ardido o gritado en rebeldía e insumisión.

Y lo peor es que no sabía hacia qué se revelaba en esos instantes en que todo su mundo se venía abajo, no sabía hacía quien podía dirigirse tanta rabia, tanto rencor, tanta palpitación de su corazón bajo la ropa, siempre a punto de desbocarse, siempre al borde de un infarto que no terminaba de llegar nunca, siempre latiendo apresuradamente sin saber porqué, a punto de salirse por su boca, siempre azotando, golpeando en su pecho como un tambor de Semana Santa, cada latido, por pequeño que fuera, era el grito anunciador de una ansiedad terrible, ahora apresurado, ahora más lento, pero siempre martilleando en su interior, sonando como el golpe de un yunque dentro de su cabeza, tan claro lo podía llegar a escuchar.

Había hecho falta ese diluvio para que su madre rompiera con la costumbre de la misa y de la visita al cementerio, pero ella no había podido abstraerse del hábito, es más, lo había deseado. No la misa pero si el silencio, el olor de las velas, el sonido de las guitarras jóvenes que alzaban sus voces en oraciones de siempre con sonidos modernos. Si la paz de esos minutos en que se quedaba sola cuando todo el mundo había salido, respirando el aroma de los bancos de madera y del encierro, de la humedad de las piedras y los inciensos, absorbiendo la escasa claridad que esa mañana se filtraba por las vidrieras de unos colores que en primavera y en verano formaban un incendio sobre la cerámica del suelo y que ese domingo no llegaban ni a traslucirse, la serenidad de una vida contemplativa lejos del mundanal ruido y de las mundanas preocupaciones, lejos de las exaltaciones que a ella le quemaban por dentro; un instante de paz, unos minutos de sosiego, un soplo de quietud y soledad.

Y no había terminado ahí. No lo había dejado terminar.

Había ido sola al cementerio, más desierto y oscuro que de costumbre, abandonado en su abandono decadente, mas melancólico de la vida que nunca.

Los cipreses y los pinos habían sembrado el suelo de agujas verdes que flotaban en algunos charcos del cemento, pequeñas balsas en donde parecían naufragas las hormigas que intentaban enloquecidamente salvar sus hormigueros y aún llevarse algo de comida a sus túneles oscuros. Las flores no parecían tan marchitas aunque se desdibujaba el color en la lejanía, confundiéndose con el oscuro de las lápidas y del clima, desvaneciéndose en un gris que ese día lo cercaba todo, lo absorbía todo, borrando márgenes y líneas, horizontes y cruces de piedra, tapias y nichos.

Absorbiendo también las lágrimas que ella se empeñaba en no dejar salir y que no hubiera podido explicar.

Que jamás podría explicar.

Tal vez era un trozo de ella misma quien estaba enterrado en las tumbas.