Como pájaros en la cabeza.

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La sensación podría ser esa.

Un montón de pajaritos revoloteando por la cabeza sin parar, con distintos trinos y canciones, con esas conversaciones primaverales que a veces se escuchan al pasar por debajo de algún árbol.

Las ideas para escribir podrían ser descritas así.

En mi cabeza, ahora mismo, hay dos ideas distintas que piden ser escritas.

Las dos me parecen buenas ideas, los personajes me encantan, el trama todavía no está pulido pero me gusta hacia adonde apunta y creo que puedo sacarlas adelante con tesón y paciencia.

Por otro lado, al contrario de la última novela que escribí y que está pendiente de corrección, no necesito documentarme, es pura ficción lo que ahora tengo en mente, con lo cual siento que puedo explayarme, volar sobre el teclado sin las anclas de la historia real o de la política, sin tener que cuidar las palabras y los significados o matices.

El tema que me preocupa es decidirme por una de las dos historias

Ambas son muy distintas entre sí, una más costumbrista en la que los hombres son protagonistas y la otra es más bien lo que se llamaría una realidad distópica en la que la protagonista es femenina… y así estoy, sin decidirme, sin comenzarlas, sin atreverme a darle forma a ninguna de las dos, esperando que una señal del cielo o ese empuje natural que a veces sentimos los autores, esa necesidad de escribir, me lance sobre un tema o sobre otro.

Mientras los pájaros van haciendo nido en mi mente, ramita a ramita, se van aposentando para estar una temporada en mi cabeza trinando sin parar. Porque eso sí, no paran…

 

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Propuestas para el año nuevo.

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Yo no soy de creer en esas pretensiones de Año Nuevo.
Dejar de fumar, ir al gimnasio…de un día para otro no cambiamos tanto y aunque nuestras pretensiones sean buenas y nuevas, nosotros, y nuestras circunstancias, seguimos siendo los mismos de ayer.
Este 2017 ha sido un año raro para mí.
No acuso pérdidas pero sí decepciones.
No acumulo éxitos pero sí proyectos.
No tengo planes a largo plazo si no que voy a conformarme con vivir al día, en metas cortas, en pasos prudentes y palabras quedas.
Los años de experiencia me han enseñado a callar cuando no tengo nada que decir y a caminar despacio pero tratando de tener pasos firmes.
Reconozco cansancio, reconozco que han habido situaciones que me han superado, incluso reconozco que el sueño de escribir y publicar no es aquello que yo imaginaba, pero aun así hay que seguir soñando y viviendo y riendo y perdonando y sobre todo haciendo un ejercicio de introspección para conocerme mejor, para pararme de vez en cuando a pensar.
Este año nuevo no tengo planes, voy a contemplar la vida, a vivirla, a trabajarla y a tratar de seguir creciendo, que es más complicado que cualquier otro plan.
Feliz 2018 a todos.

Lo bueno de escribir.

 

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Hubo un tiempo en que creí que para escribir bastaba con una imaginación desbordante como la mía. En que el talento era el mayor bagaje y que las cosas irán saliendo, más que nada, por arte de magia.

Nadie me avisó de lo duro que puede ser esto de escribir. Nadie me avisó de correcciones, de documentación, de trabajos, de repasos ortotipográficos…

Lo bueno de escribir y que está por encima de “lo malo” es la forma en que uno crece a medida que escribe.

Creces como persona, como escritora, creces en sabiduría, en conocimientos, en humanidad.

Tener que plasmar ideas en un papel no te va a hacer mejor, pero defenderlas, dotarlas de realidad, de humanidad, lograr plasmar sentimientos y pensamientos en negro sobre blanco, es un ejercicio de introspección y de superación constante que difícilmente puedes realizar en el día a día, en la vorágine de vivir que todos llevamos a cuestas y en la que nos movemos.

Volver a estudiar, volver a las clases de literatura y ortografía, volver a la historia, a los análisis de textos y de ideas, darte una vuelta por tu propio pensamiento y salir reforzada o derrotada de él, recuperar la curiosidad, analizar qué es lo que quieres decir o contar y preguntarte por qué…

Lo bueno de escribir es que el mundo se abre ante las palabras que aún no están escritas y se rinde ante las ideas todavía no concebidas.

Lo bueno de escribir es que te hace mejor persona aunque tu mundo alrededor se hunda.

Tu mirada ya no será nunca la misma, ya nunca verá lo simple y lo fácil sino que verá aquello que está vedado, oculto ante la mayoría de ojos, aquel otro lado de las cosas… y si no es así cabe preguntarse qué escribes y por qué escribes.

 

Adelante.

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Cuando me vengo abajo, cuando la vida me da un golpe fuerte, cuando creo que las cosas no pueden ir más que a peor… suelo fijarme en todas aquellas personas que tengo tras de mí, aquellas para las que la vida puede ser una carga insoportable, para las que no hay paz sino treguas, aquellas que aún trabajan todavía más para conseguir la mitad, aquellas que sufren golpes serios e irreparables…

Luego pienso en todas mis metas, en mis hijos, en mi familia, en mis libros y en todos mis sueños que, aunque con mucho esfuerzo, sé que se irán cumpliendo porque no me rindo..
Y sé que no puedo quejarme, que no puedo pararme ni venirme abajo, que tengo que ser fuerte y tenaz, que el mañana está ahí al alcance de la mano, que habrán tiempos mejores y que todo esto solo sirve para hacerme mejor persona de lo que antes era.

Aprendo la lección, aprieto los dientes y tiro para adelante. Creo que llevo toda la vida luchando, por unas cosas u otras, así que.. sigo en la pelea del día a día, en la de superar no solo los obstáculos que la vida puede ponerme sino en superarme a mí misma. El mayor de todos los retos.

Hagamos una bandera.

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Vamos a hacer una bandera.
Para los que no estamos dispuestos a callar ni a hablar debajo de las que ya hay y que cada vez nos representan menos.
Una bandera que no tenga el color de la sangre o el d.el dinero, una bandera por la que no haya muerto nadie y por la que nadie tenga que morir, una bandera limpia de pasado y de dolor.
Que no sea blanca, porque no nos rendimos.
Que no sea verde, porque nuestras esperanzas son distintas.
Que no sea azul como el cielo, porque así no se oscurecerá con las tormentas.
Que no sea roja como la sangre ni amarilla como el oro ni morada como la de los nacionalismos.
Que no tenga huesos de piratas ni coronas de reyes ni columnas ni cadenas.
Que no tenga estrellas ni soles, que no pretenda ser tan ilustre y grande como para estar por encima de nuestras cabezas.
Una bandera en la que quepamos todos, que nos represente a todos los que no queremos ser representados por personas que se erigen no en cargos electos, sino en garantes de unas leyes que solo cumplen cuando les conviene y que no obedecen al pensar del pueblo.
Hagamos una bandera, para ti, para mí, para quién se sienta ciudadano de un mundo que lo está dejando de lado, para quién quiera vivir en paz, en libertad, en pluralidad, en armonía y sensatez.
Una bandera para los que no vitorean los golpes, para los que creen que la palabra es el arma más efectiva y la única posible. Una bandera para los que piensan antes de actuar, para los que reconocen errores estén del lado que estén, para los dialogantes, para los que saben que las cosas siempre se pueden hacer de otra forma.
Una bandera para las personas de paz, que no olvidan el pasado porque así aprenden de él, pero que quieren mirar adelante con fe en la humanidad porque nunca la han perdido.
Hagamos una bandera de utopía y salgamos a la calle con ella hasta que la utopía sea realidad.

El fluir de los libros

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Muy a menudo me ocurre que veo listas de libros y hay algunos que sigo teniendo en pendientes, que llevan ahí desde hace mucho tiempo, que llevo quizá años pensando en ellos y sé que, sí o sí, me los tengo que leer alguna vez.

Yo, que no es que sea supersticiosa, pero que hago caso de las señales del universo, los dejo correr, dejo que fluyan y sé que llegarán a mí algún día, cuando esté preparada para ellos, porque no nos equivoquemos, por más que nos hayan recomendado libros y autores, por más que una sepa que los hay imprescindibles y más si pretendes ser escritora, el libro también nos elige a nosotros.

Hoy tenía preparada una lista de diez libros imprescindibles, pero lo que son las cosas, con los textos que escribimos pasa como con los libros, nos eligen ellos.

Os voy a contar una anécdota.

Corría el año 1984,  mis papis eran socios de Círculo de lectores y yo era una pitufa que miraba con avidez las páginas de su catálogo y copiaba las listas de éxitos de la súper-pop porque soñaba con ser escritora.

Sí, un sueño largamente acariciado, como veis.

Entre las páginas de aquellos catálogos había un libro que me llamaba poderosamente la atención: “El tambor de hojalata” de Günter Grass.

Por supuesto se me quedó clavado en algún sitio de la memoria, pero como no tenía por aquel entonces ni derecho a opinar sobre libros ni claras las prioridades, estuvo años en el catálogo sin que me decidiera a comprarlo ni a leerlo.

Pasó el tiempo. El libro siguió en el limbo de los libros nunca comprados pero siempre queridos, me alejé y me acerqué a mi sueño un millón de veces, dejé que el destino marcara mis influencias lectoras y tras muchos años, por fin pude escribir y publicar mi primer libro.

Lo curioso es que siempre lo tuve en la memoria, siempre se quedó ahí dentro.

Luego comenzó lo extraño.

Lo buscaba y no lo encontraba. Os vais a reír, pero es cierto.

Entraba en librerías y no lo veía, aunque tampoco se me ocurrió pedirlo para que me lo trajeran, soy así de trasto.

En el catálogo de Círculo de lectores, del que ahora soy socia yo, ha dejado de salir hace tiempo.

Hasta hace bien poco en mi ciudad no había ni una sola librería de libros de segunda mano en la que localizar algún ejemplar perdido.

El libro se esfumó, simplemente. Me huía.

Y de repente un día me voy con mi primer libro publicado debajo del brazo a hacer los madriles, casi ná.

Iba a presentar mi primer libro en la capital. Yo, una desconocida, solita por Madrid, con una bolsa de piel roja en la que llevaba todos mis sueños en formato papel y que pesaban como una cruz.

Fui, presenté mi libro, del que vendí tres ejemplares, con un público reducido a tres personas en una mesa tomando una copa de vino y charlando de gatos y sin perder la sonrisa, porque a positiva a mí no me gana nadie y la verdad es que lo pasé muy bien, me volví arrastrando la bolsa casi tan pesada como lo había sido en la caminata de ida.

Por el camino, la provinciana que llevo dentro y que siempre aflora cuando estoy en grandes ciudades, divisó, oh maravilla, una librería de segunda mano en la calle Princesa y ante mí, en primera línea de exposición callejera estaba él.

“El tambor de hojalata” de Günter Grass y a un módico precio de tres euros.

Por supuesto entré y lo compré.

Lo tomé como una buena señal, de esas que a veces nos da el universo cuando “conspira para que nuestros sueños se hagan realidad”.

No podía ser casualidad encontrarlo en ese momento, a esas alturas de mi vida, después de la primera bofetada que el mundo literario me daba en toda la cara.

Ya os he dicho que a positiva no me gana ni Dios.

Ahora sé que el libro me eligió a mí porque desde luego no habría estado preparada para él si lo hubiera leído antes, si lo hubiera comprado con 14 años o con 25.

Hay cosas para las que una solo está preparada cuando le han llovido bastantes ostias y puede tomarse la vida con ironía, reírse del dolor y empatizar con los seres más extraños porque sientes que hay algo, no sabes el qué, que te une a ellos.

Creo que no hubiera podido ni siquiera entenderlo antes y la narrativa de Grass, que sigue siendo complicada, me hubiera espantado para siempre mi sueño de escribir.

Hay autores que tienen tal maestría, que resulta imposible no darte cuenta de que nunca llegarás hasta ahí. Que te muestran tus propias limitaciones y que te hunden en la mediocridad, en saberte mediocre, en aceptar que vaya, nunca te van a dar el Nobel.

Pero al mismo tiempo, te influyen para ser mejor, para superarte, para estudiar, investigar, leer, crecer. Escribir, romper y seguir escribiendo. Tratar de salir de esa imperfección que te han mostrado que posees, mejorar, tratar de excederte a ti misma, no dejarte vencer ni sentirte derrotada.

Y no porque a base de superarte logres grandes metas, tengas éxito y hagas realidad tus sueños, que pueden ser muy locos e improbables, sino porque el mayor éxito que puedes tener, es superarte, mejorarte, aprender a vencer los obstáculos que la vida ha ido poniendo entre tú y tus sueños, y que de esa forma, aunque no se obtenga un reconocimiento público, el éxito personal y con él la felicidad, está asegurado.

Este verano leí “El rodaballo” y me convenzo que nunca estaré a esas alturas, pero todo lo que aprendo y todo lo que disfruto es ya, para mí, un exitazo.

Bueno, el artículo con los diez  libros imprescindibles, tendrá que esperar. Los textos, como los libros, no tienen dueño y fluyen, para aparecer en el momento menos pensado… y quizá el más necesario.

Os envidio.

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No puedo evitarlo, os tengo envidia.

Pero envidia de la buena, envidia cochina, como se suele decir.

Llevo desde mediados de agosto sin poder escribir ni una sola palabra, de hecho, esto es lo primero que publico en el blog desde hace quince días.

Y trato de hacerlo, de verdad; trato de escribir, de corregir, de meterme en materia, pero no puedo, me cuesta mucho, tanto, que no escribo nada.

Tal vez sea que mi incorporación al mercado laboral es inmediata y ello significa que las metas que me planteé para este verano se quedan sin cumplir, será que sé lo que me espera en un invierno crudo y de duro trabajo en el que he de aparcar los sueños para ir muriendo en realidades y sin querer he comenzado ya la etapa de duelo por adelantado.

Será que desde el atentado de Las Ramblas y con la vista puesta en el 1 de octubre, Cataluña me está doliendo en un rinconcito del alma, y el miedo al futuro, no de Cataluña, que también, sino al futuro de España sin esa parte de lo que yo siento tan cerca y tan mía, me esta comenzando a doler.

Puede que sea tener que estar constantemente en las RRSS leyendo barbaridades y tragando veneno lo que esté callando mi voz.

No lo sé.

Solo sé que me cuesta escribir, que no hay forma de acabar aquello que comencé dos años atrás aunque también es cierto que un libro como el que me ocupa no se escribe fácil ni rápidamente, aunque mientras digo esto me suene a excusa barata.

Me voy diluyendo poco a poco en realidades grotescas, en necesidades que me obligan a ir contra mí misma, en silencios que guardan palabras que necesitan ser gritadas.

No puedo evitar sentir envidia de los que seguís escribiendo, de los que manifestáis opiniones y sois leídos, de los que podéis conciliar vuestra vocación con vuestro trabajo, de los que vivís en esa paz de saber que estáis donde queréis estar haciendo lo que queréis hacer y lo que os hace felices.

Tengo envidia de esas vidas que no son renuncias.

De esas voces que o callan aunque sientan dolor. De quienes hacen de su dolor, voz.

Yo enmudezco como esos pequeños ríos a los que les cierran las presas y se quedan en riachuelos que, más que correr, se arrastran por entre las piedras, acumulando todo su caudal en algo material y útil, algo que solo sirve para generar bienes y servicios y no para fluir naturalmente tal como dicta su propia naturaleza.

No puedo evitarlo. Os envidio.

Pero seguid fluyendo, por favor…a ver si vuestro ruido rompe mis presas.

¿Soñamos?

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Ay sí. Conozco la sensación.

Sea el primer libro, el segundo o el décimo que escribes, cuando pones la palabra “fin”, ante ti se despliega un mundo de posibilidades, de sueños, de planes. Comienza la ilusión, el ensueño…

Si es del décimo posiblemente te permitas soñar un instante y luego te pongas manos a la obra, que aquí hay que trabajar mucho y muy duro, y lo primero que harás será dejarlo reposar unas semanas antes de comenzar a pasar la primera corrección. Sí primero que nada hay que corregirlo. Tú un par de veces, luego tu amigo el que es licenciado en letras, y tu otro amigo que es un lector empedernido, y si tienes suerte aún tendrás otro amigo que te lo corrija por cuarta vez antes de mandarlo a cualquier lado.

¿No te lo habían dicho? Pues ve tomando nota. La corrección es imprescindible y aunque sea cara, es la mejor inversión que puedes hacer por tu libro si de verdad quieres hacer algo con él. Si no puedes acudir a un corrector profesional, HE DICHO PROFESIONAL, trata de que haya como mínimo cinco filtros de corrección, lo que son diez ojazos que ven más que dos.

Mientras el libro está en proceso de corrección, si es el décimo libro como ya tienes el “culo pelado” o bien hablas con tu editora de confianza o bien comienzas a currar en la portada, en la pre-promoción en redes sociales, en sinopsis, estrategias de marketing que no te funcionan posiblemente pero que igual haces, notas de prensa para blogs…

Pero si es el primero, incluso el segundo o tercer libro y no estás muy seguro de cómo editarlo porque hasta ahora has tenido un éxito moderado, ante ti se abre la tentación de buscar editorial.

¡Dios! ¡Y hay tantas!

Y muchas de ellas te prometen tiradas de 500 ejemplares, libros en FNAC, Casa del libro, presentaciones en El corte inglés…

Voy a ser muy sincera, tanto que nos va a doler, a ti y a mí.

No somos nadie, no somos nada. No vamos a ganar el Planeta, no vamos a ir al retiro a firmar ejemplares y si vamos, posiblemente, no firmemos ni uno a no ser que paremos al lado del Rubius y nos toque algo así de pasada, como la estela de un cometa que va dejando polvo estelar.

No nos conoce nadie más allá de nuestra ciudad, de nuestros amigos y lectores con los que hemos podido tener contacto, de los libreros que se mojan y echan un cable a nuevos autores, los últimos románticos de este país…

Y de repente… ¡zas! una editorial te propone editar tu libro.

En medio del solar abandonado, solitario y en ruinas que es la literatura de este país una editorial, pequeñita pero con visibilidad en el ciberespacio, te quiere publicar.

Y vuelven los sueños, las quimeras, el Planeta o el Nadal ¡qué coño! Te ves firmando libros a porrillo, siendo entrevistado por la Milá y saliendo en las páginas centrales del suplemento de cultura de El País.

Bueno… quizá esté exagerando un poco… quizá te conformes con un premio literario en tu comunidad o provincia y las páginas, en blanco y negro, del periódico local.

Plantéate para qué escribes.

Soñar es bello y ¿por qué no se puede soñar?

Los sueños no son imposibles. No es imposible que un sueño se haga realidad, pero es bastante improbable, en eso estarás de acuerdo conmigo.

Y a mí no me ganas a soñar, que conste, pero la realidad es la que es y eso no lo podemos cambiar ni tú ni yo.

Llevo dos libros publicados en papel y cuatro en Ebook y si algo he aprendido es a trabajar, estudiar, no soñar más que en lo que sé que está en mis manos alcanzar y disfrutar del viaje.

Publicar un libro es una aventura increíble, pero sólo si disfrutas el presente, si te diviertes en los intentos, si te das cuenta de que estás encontrando nuevos compañeros que te hacen mejorar, si aprovechas bien el camino, si sumas, si aportas, si valoras lo positivo por pequeño que sea como un éxito personal e íntimo y tienes claro para qué estás escribiendo.

Si tus metas son tan altas que no tienes o pierdes perspectiva de la realidad, posiblemente no las alcances nunca.

Plantéate si lo que buscas es éxito o reconocimiento público porque son dos cosas distintas.

Plantéate si de verdad quieres publicar y trabajar como un burro para lograr menos de la cuarta parte de lo que estás soñando.

Plantéate si estás aportando algo a este mundo literario y qué es lo que quieres aportar.

Plantéate si estás dispuesto a caer 100 veces y a levantarte 101.

Plantéate si quieres seguir estudiando y estás dispuesto a reconocer tus carencias, tus limitaciones y a ponerles remedio cueste lo que cueste.

Plantéate si estás dispuesto a ofrecer tu obra al escrutinio público y a aceptar críticas que te van a doler. Sí, el mundo está lleno de genios incomprendidos.

Plantéate si podrás soportar que tus compañeros de taller o de fábrica (vas a tardar mucho en vivir de esto) se burlen de ti llamándote escritor y te den nuevos argumentos absurdos para tus novelas.

Plantéate si quieres correr el riesgo de descubrir que quiénes creías tus mejores amigos no van a ir a tus presentaciones y además no te van a comprar ni un solo ejemplar. No, los que Amazon 0´99€ tampoco.

Si tu respuesta es sí, adelante.

Si has dudado, piénsalo mejor, valora tu obra, lo que haces y reevalúa tu escala de prioridades.

Si de verdad eres escritor no habrás dicho que no a nada.

Así que… a trabajar. Ponte manos a la obra que esto es un arduo camino que vamos a tener que recorrer y si es en buena compañía, mucho mejor.

Pero eso sí… nunca dejes de soñar.

 

 

 

 

 

Mes del libro; feria y fiestas

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Bueno…. ya terminó Abril que es el mes del libro, lleno de ferias en los pueblos, en las librerías y con un siempre extraordinario y entrañable Sant Jordi que es, por excelencia, el día más bonito del año para los amantes de la lectura y la escritura.

Llamadme romántica, pero es un día que a mi me emociona….

Quizá por aquello de ser una lectora voraz que siempre ha visto estas fechas desde el lado de la lectura, estar ahora al otro lado de las mesas, firmando libros, es algo que me hace sentir que vivo algo especial.

Recuerdo pasar por escaparates, visitar librerías, casetas  y tenderetes y pensar “ojalá algún día pueda estar yo aquí” mientras mis libros aún dormitaban en cajones oscuros, esos en los que guardamos los sueños sin cumplir y los deseos más pudorosos.

No es fácil. La imagen que guardamos de estos días en la retina son autores firmando libros mientras una larga cola espera pacientemente. Vemos las sonrisas en televisión, las firmas, las bellas portadas, la multitud de gente en las casetas y cuando somos recién llegados a esto, nos da la impresión de que va a ser así.

Es una doble sensación extraña porque aunque sabes que tú eres una recién aparecida en este mundillo, donde no te conoce nadie y donde casi nadie te ha leído y por tanto, no te esperas precisamente una larga cola pidiendo tu firma, crees que los autores cercanos sí la van a tener… y tampoco es así.

Ayer mismo, Pere Cervantes, con quién pude compartir mesa en Benicasim, me comentaba que en Barcelona, para Sant Jordi, había autores buenísimos, que venden y son leídos y que, sin embargo, firmaban pocos ejemplares, por no hablar de aquellos que se iban sin haber firmado ni uno.

La batalla de muchos escritores se pierde ante los “no escritores” pero con poder mediático y comercial como para convertir cualquier cosa en Best Seller, que publican sus libros justo para esta fecha en un intrusismo laboral del que no nos queda a muchos más desahogo y remedio que aguantarnos y ejercer nuestro derecho a la pataleta.

Si, la apuesta de las grandes firmas editoriales por la cultura y no por los beneficios es abrumadora….

Nosotros coincidimos con un festival de flamenco que nos amenizó la tarde y comprobamos que, cervecita en mano, el festival de flamenquito lo petaba mientras en las paradas de libros pasaba la gente de largo o se acercaban unos pocos. La diferencia era brutal.

Si, en este país se lee poco y mira que nos hace falta…..

De todas formas los que amamos los libros, convertimos la feria en una fiesta porque para nosotros lo es. Una fiesta de la lectura, de los libros y las letras. No es una fiesta tan concurrida como debería; el fútbol, los toros, los conciertos…ya era mala suerte que hasta el Madrid-Barça coincidiera con el día del libro…

Yo, personalmente, me quedo con los ratos buenos que son muchos, con la experiencia de los compañeros de los que siempre aprendo, con el apoyo de los libreros que están ahí al quite, y sobre todo con la oportunidad de hablar con los lectores, de poder presentarles mi libro y explicarles cuáles fueron mis motivaciones al escribirlo.

Para mi, estar en la Feria del libro de cualquier pueblo o ciudad es un sueño hecho realidad y solo puedo tener sentimientos de agradecimiento a todos aquellos que han comprado mi libro y a todos aquellos con los que he podido amenizar las tardes de feria y fiestas.

PD. Y conste que no se me han dado mal las ventas, jajaja y que aunque parezca un paisaje oscuro el que describo es muy luminoso… pero debería serlo todavía más.

 

 

Entrevista con Rosa Ochoa; una charla entre amigas.

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Hacer entrevistas la verdad no es mi fuerte, soy algo tímida aunque cuando la entrevistadora o la persona que tengo delante es alguien tan sumamente encantador como Rosa Ochoa, puedo charlar largo rato sin darme cuenta.

Os dejo esta entrevista que me hizo Rosa para la plataforma Wishars donde hablamos no solo de mis libros si no de la escritura, de mis sueños, de mis metas, de parte de mi pasado… vamos, un poquito de todo. Espero que os guste.

 

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