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Escritor o emprendedor

nina peña - escritor - palabras - libros

Hoy en día publicar un libro en una gran editorial es casi como jugar a la lotería. Te puede tocar o no, pero lo cierto es que hay que comprar boletos para ello.

Tienes el libro acabado, en mente ves tu nombre en las páginas centrales de un periódico anunciando su venta o su presentación, el Word te quema: necesitas sacarlo al mundo, hacerlo público. Mentalmente esperas que guste pero te preparas para las críticas. Creo que en ese momento acariciamos todos el mismo sueño: ser como esos escritores que admiramos, que se pueden dedicar a escribir, a documentarse, a estar frente al papel en blanco y hacer de su amor no solo un arte, sino un trabajo.

La realidad es brutal.

Las grandes editoriales, esas que llenan las estanterías de nuestras bibliotecas, han hecho limpieza de autores, títulos y depurado catálogos. Ya no aceptan manuscritos. Al contrario. Han puesto en marcha un sello independiente de auto-publicación que viene a ser lo mismo que todos los que se anuncian te pueden ofrecer porque, seamos sinceros, si se anuncian o te piden manuscritos son editoriales de auto-publicación…

El autor ya no es ese escritor que se sentaba a pensar, a reflexionar sobre lo humano y lo divino, el que se volvía loco buscando expresiones y palabras con las que expresar un mundo interior o unos pensamientos. Ya no busca la crítica social a través de sus páginas, ya no es el romántico que se sienta a mirar el compás de las olas buscando inspiración. Ya no es el maldito que necesita emborracharse para sacar toda la mierda que lleva dentro depurada en líneas con sentido.

El escritor ha de ser un emprendedor. Ese es el boleto que te puede tocar si lo juegas.

Y puedes sentarte en una terraza frente a un café mirando el pasar de la gente tratando de ver en su comportamiento personalidades dignas de ser reflejadas en tu libro. Puedes mirar el vuelo rasante de las palomas sobre las mesas y sillas vacías de estas mañanas de lluvia en terrazas solitarias. Puedes quedarte mirando el mar y contar los vaivenes de sus aguas o los barquitos pesqueros que se divisan a lo lejos. Puedes ser el último romántico sobre la faz de la tierra… y puede que no te sirva de nada.

Puedes romperte la cabeza buscando la palabra justa, el término exacto, el sinónimo necesario para decir lo que de verdad quieres decir. Puedes creer de verdad que todo está escrito ya y que solo cambia la forma de contarlo, esa forma que buscas con ahínco y sin descanso.

Puedes sentarte a escribir cientos de palabras en una tarde o puedes volverte loco porque no hay forma de escribir ni una.

Nada de eso importa. No has de ser escritor solamente, has de ser emprendedor.

Saber corregirte los textos, saber editarlos, maquetarlos, hacer las portadas, trazar estrategias de marketing, publicidad, hacer carátulas perfectas para que se vea bien tu libro en cada red social, machacar las redes, organizar concursos, escribir en tu blog, hacer entrevistas, críticas, reseñas de otros libros, publicar en grupos de lectura, llevar bien la contabilidad de los libros que vendes, de los que no, de los que tiene cada librería con la que previamente has contactado…ser escritor, hoy en día es llevar un negocio, no escribir solamente.

Miras hacia atrás y ves a los otros, a los anteriores escritores que solo tenían que escribir y dejar hacer a la editorial. Has llegado tarde. Quizá eso ya no vuelva a hacerse jamás pero es lo que siempre has soñado. Escribir. Qué lástima que uno llegue tarde a sus propios sueños.

 

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Como pájaros en la cabeza.

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La sensación podría ser esa.

Un montón de pajaritos revoloteando por la cabeza sin parar, con distintos trinos y canciones, con esas conversaciones primaverales que a veces se escuchan al pasar por debajo de algún árbol.

Las ideas para escribir podrían ser descritas así.

En mi cabeza, ahora mismo, hay dos ideas distintas que piden ser escritas.

Las dos me parecen buenas ideas, los personajes me encantan, el trama todavía no está pulido pero me gusta hacia adonde apunta y creo que puedo sacarlas adelante con tesón y paciencia.

Por otro lado, al contrario de la última novela que escribí y que está pendiente de corrección, no necesito documentarme, es pura ficción lo que ahora tengo en mente, con lo cual siento que puedo explayarme, volar sobre el teclado sin las anclas de la historia real o de la política, sin tener que cuidar las palabras y los significados o matices.

El tema que me preocupa es decidirme por una de las dos historias

Ambas son muy distintas entre sí, una más costumbrista en la que los hombres son protagonistas y la otra es más bien lo que se llamaría una realidad distópica en la que la protagonista es femenina… y así estoy, sin decidirme, sin comenzarlas, sin atreverme a darle forma a ninguna de las dos, esperando que una señal del cielo o ese empuje natural que a veces sentimos los autores, esa necesidad de escribir, me lance sobre un tema o sobre otro.

Mientras los pájaros van haciendo nido en mi mente, ramita a ramita, se van aposentando para estar una temporada en mi cabeza trinando sin parar. Porque eso sí, no paran…

 

Propuestas para el año nuevo.

nina peña - literatura - libros - mujeres
Yo no soy de creer en esas pretensiones de Año Nuevo.
Dejar de fumar, ir al gimnasio…de un día para otro no cambiamos tanto y aunque nuestras pretensiones sean buenas y nuevas, nosotros, y nuestras circunstancias, seguimos siendo los mismos de ayer.
Este 2017 ha sido un año raro para mí.
No acuso pérdidas pero sí decepciones.
No acumulo éxitos pero sí proyectos.
No tengo planes a largo plazo si no que voy a conformarme con vivir al día, en metas cortas, en pasos prudentes y palabras quedas.
Los años de experiencia me han enseñado a callar cuando no tengo nada que decir y a caminar despacio pero tratando de tener pasos firmes.
Reconozco cansancio, reconozco que han habido situaciones que me han superado, incluso reconozco que el sueño de escribir y publicar no es aquello que yo imaginaba, pero aun así hay que seguir soñando y viviendo y riendo y perdonando y sobre todo haciendo un ejercicio de introspección para conocerme mejor, para pararme de vez en cuando a pensar.
Este año nuevo no tengo planes, voy a contemplar la vida, a vivirla, a trabajarla y a tratar de seguir creciendo, que es más complicado que cualquier otro plan.
Feliz 2018 a todos.

Lo bueno de escribir.

 

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Hubo un tiempo en que creí que para escribir bastaba con una imaginación desbordante como la mía. En que el talento era el mayor bagaje y que las cosas irán saliendo, más que nada, por arte de magia.

Nadie me avisó de lo duro que puede ser esto de escribir. Nadie me avisó de correcciones, de documentación, de trabajos, de repasos ortotipográficos…

Lo bueno de escribir y que está por encima de “lo malo” es la forma en que uno crece a medida que escribe.

Creces como persona, como escritora, creces en sabiduría, en conocimientos, en humanidad.

Tener que plasmar ideas en un papel no te va a hacer mejor, pero defenderlas, dotarlas de realidad, de humanidad, lograr plasmar sentimientos y pensamientos en negro sobre blanco, es un ejercicio de introspección y de superación constante que difícilmente puedes realizar en el día a día, en la vorágine de vivir que todos llevamos a cuestas y en la que nos movemos.

Volver a estudiar, volver a las clases de literatura y ortografía, volver a la historia, a los análisis de textos y de ideas, darte una vuelta por tu propio pensamiento y salir reforzada o derrotada de él, recuperar la curiosidad, analizar qué es lo que quieres decir o contar y preguntarte por qué…

Lo bueno de escribir es que el mundo se abre ante las palabras que aún no están escritas y se rinde ante las ideas todavía no concebidas.

Lo bueno de escribir es que te hace mejor persona aunque tu mundo alrededor se hunda.

Tu mirada ya no será nunca la misma, ya nunca verá lo simple y lo fácil sino que verá aquello que está vedado, oculto ante la mayoría de ojos, aquel otro lado de las cosas… y si no es así cabe preguntarse qué escribes y por qué escribes.

 

Adelante.

nina peña - mujeres - libros - adelante

Cuando me vengo abajo, cuando la vida me da un golpe fuerte, cuando creo que las cosas no pueden ir más que a peor… suelo fijarme en todas aquellas personas que tengo tras de mí, aquellas para las que la vida puede ser una carga insoportable, para las que no hay paz sino treguas, aquellas que aún trabajan todavía más para conseguir la mitad, aquellas que sufren golpes serios e irreparables…

Luego pienso en todas mis metas, en mis hijos, en mi familia, en mis libros y en todos mis sueños que, aunque con mucho esfuerzo, sé que se irán cumpliendo porque no me rindo..
Y sé que no puedo quejarme, que no puedo pararme ni venirme abajo, que tengo que ser fuerte y tenaz, que el mañana está ahí al alcance de la mano, que habrán tiempos mejores y que todo esto solo sirve para hacerme mejor persona de lo que antes era.

Aprendo la lección, aprieto los dientes y tiro para adelante. Creo que llevo toda la vida luchando, por unas cosas u otras, así que.. sigo en la pelea del día a día, en la de superar no solo los obstáculos que la vida puede ponerme sino en superarme a mí misma. El mayor de todos los retos.

Hagamos una bandera.

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Vamos a hacer una bandera.
Para los que no estamos dispuestos a callar ni a hablar debajo de las que ya hay y que cada vez nos representan menos.
Una bandera que no tenga el color de la sangre o el d.el dinero, una bandera por la que no haya muerto nadie y por la que nadie tenga que morir, una bandera limpia de pasado y de dolor.
Que no sea blanca, porque no nos rendimos.
Que no sea verde, porque nuestras esperanzas son distintas.
Que no sea azul como el cielo, porque así no se oscurecerá con las tormentas.
Que no sea roja como la sangre ni amarilla como el oro ni morada como la de los nacionalismos.
Que no tenga huesos de piratas ni coronas de reyes ni columnas ni cadenas.
Que no tenga estrellas ni soles, que no pretenda ser tan ilustre y grande como para estar por encima de nuestras cabezas.
Una bandera en la que quepamos todos, que nos represente a todos los que no queremos ser representados por personas que se erigen no en cargos electos, sino en garantes de unas leyes que solo cumplen cuando les conviene y que no obedecen al pensar del pueblo.
Hagamos una bandera, para ti, para mí, para quién se sienta ciudadano de un mundo que lo está dejando de lado, para quién quiera vivir en paz, en libertad, en pluralidad, en armonía y sensatez.
Una bandera para los que no vitorean los golpes, para los que creen que la palabra es el arma más efectiva y la única posible. Una bandera para los que piensan antes de actuar, para los que reconocen errores estén del lado que estén, para los dialogantes, para los que saben que las cosas siempre se pueden hacer de otra forma.
Una bandera para las personas de paz, que no olvidan el pasado porque así aprenden de él, pero que quieren mirar adelante con fe en la humanidad porque nunca la han perdido.
Hagamos una bandera de utopía y salgamos a la calle con ella hasta que la utopía sea realidad.

El fluir de los libros

nina peña - libros - aventuras

Muy a menudo me ocurre que veo listas de libros y hay algunos que sigo teniendo en pendientes, que llevan ahí desde hace mucho tiempo, que llevo quizá años pensando en ellos y sé que, sí o sí, me los tengo que leer alguna vez.

Yo, que no es que sea supersticiosa, pero que hago caso de las señales del universo, los dejo correr, dejo que fluyan y sé que llegarán a mí algún día, cuando esté preparada para ellos, porque no nos equivoquemos, por más que nos hayan recomendado libros y autores, por más que una sepa que los hay imprescindibles y más si pretendes ser escritora, el libro también nos elige a nosotros.

Hoy tenía preparada una lista de diez libros imprescindibles, pero lo que son las cosas, con los textos que escribimos pasa como con los libros, nos eligen ellos.

Os voy a contar una anécdota.

Corría el año 1984,  mis papis eran socios de Círculo de lectores y yo era una pitufa que miraba con avidez las páginas de su catálogo y copiaba las listas de éxitos de la súper-pop porque soñaba con ser escritora.

Sí, un sueño largamente acariciado, como veis.

Entre las páginas de aquellos catálogos había un libro que me llamaba poderosamente la atención: “El tambor de hojalata” de Günter Grass.

Por supuesto se me quedó clavado en algún sitio de la memoria, pero como no tenía por aquel entonces ni derecho a opinar sobre libros ni claras las prioridades, estuvo años en el catálogo sin que me decidiera a comprarlo ni a leerlo.

Pasó el tiempo. El libro siguió en el limbo de los libros nunca comprados pero siempre queridos, me alejé y me acerqué a mi sueño un millón de veces, dejé que el destino marcara mis influencias lectoras y tras muchos años, por fin pude escribir y publicar mi primer libro.

Lo curioso es que siempre lo tuve en la memoria, siempre se quedó ahí dentro.

Luego comenzó lo extraño.

Lo buscaba y no lo encontraba. Os vais a reír, pero es cierto.

Entraba en librerías y no lo veía, aunque tampoco se me ocurrió pedirlo para que me lo trajeran, soy así de trasto.

En el catálogo de Círculo de lectores, del que ahora soy socia yo, ha dejado de salir hace tiempo.

Hasta hace bien poco en mi ciudad no había ni una sola librería de libros de segunda mano en la que localizar algún ejemplar perdido.

El libro se esfumó, simplemente. Me huía.

Y de repente un día me voy con mi primer libro publicado debajo del brazo a hacer los madriles, casi ná.

Iba a presentar mi primer libro en la capital. Yo, una desconocida, solita por Madrid, con una bolsa de piel roja en la que llevaba todos mis sueños en formato papel y que pesaban como una cruz.

Fui, presenté mi libro, del que vendí tres ejemplares, con un público reducido a tres personas en una mesa tomando una copa de vino y charlando de gatos y sin perder la sonrisa, porque a positiva a mí no me gana nadie y la verdad es que lo pasé muy bien, me volví arrastrando la bolsa casi tan pesada como lo había sido en la caminata de ida.

Por el camino, la provinciana que llevo dentro y que siempre aflora cuando estoy en grandes ciudades, divisó, oh maravilla, una librería de segunda mano en la calle Princesa y ante mí, en primera línea de exposición callejera estaba él.

“El tambor de hojalata” de Günter Grass y a un módico precio de tres euros.

Por supuesto entré y lo compré.

Lo tomé como una buena señal, de esas que a veces nos da el universo cuando “conspira para que nuestros sueños se hagan realidad”.

No podía ser casualidad encontrarlo en ese momento, a esas alturas de mi vida, después de la primera bofetada que el mundo literario me daba en toda la cara.

Ya os he dicho que a positiva no me gana ni Dios.

Ahora sé que el libro me eligió a mí porque desde luego no habría estado preparada para él si lo hubiera leído antes, si lo hubiera comprado con 14 años o con 25.

Hay cosas para las que una solo está preparada cuando le han llovido bastantes ostias y puede tomarse la vida con ironía, reírse del dolor y empatizar con los seres más extraños porque sientes que hay algo, no sabes el qué, que te une a ellos.

Creo que no hubiera podido ni siquiera entenderlo antes y la narrativa de Grass, que sigue siendo complicada, me hubiera espantado para siempre mi sueño de escribir.

Hay autores que tienen tal maestría, que resulta imposible no darte cuenta de que nunca llegarás hasta ahí. Que te muestran tus propias limitaciones y que te hunden en la mediocridad, en saberte mediocre, en aceptar que vaya, nunca te van a dar el Nobel.

Pero al mismo tiempo, te influyen para ser mejor, para superarte, para estudiar, investigar, leer, crecer. Escribir, romper y seguir escribiendo. Tratar de salir de esa imperfección que te han mostrado que posees, mejorar, tratar de excederte a ti misma, no dejarte vencer ni sentirte derrotada.

Y no porque a base de superarte logres grandes metas, tengas éxito y hagas realidad tus sueños, que pueden ser muy locos e improbables, sino porque el mayor éxito que puedes tener, es superarte, mejorarte, aprender a vencer los obstáculos que la vida ha ido poniendo entre tú y tus sueños, y que de esa forma, aunque no se obtenga un reconocimiento público, el éxito personal y con él la felicidad, está asegurado.

Este verano leí “El rodaballo” y me convenzo que nunca estaré a esas alturas, pero todo lo que aprendo y todo lo que disfruto es ya, para mí, un exitazo.

Bueno, el artículo con los diez  libros imprescindibles, tendrá que esperar. Los textos, como los libros, no tienen dueño y fluyen, para aparecer en el momento menos pensado… y quizá el más necesario.