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Todo cuanto hice

 

nina peña - mujer - triste - espalda

Crecí hacia adentro
rebosando de aguas no potables
que empozoñan el alma de quien intenta beberlo.
Me enredé en los caminos polvorientos del estío,
que rompiendo y serpenteando
llevan de ninguna parte a ningún sitio.
Me inflé de velas llevadas por los vientos
arrastrando la humilde barcaza de mi cuerpo
por los mares truculentos y profundos de mi cerebro.
Crucé los caminos de pinos que tienen los cementerios
para enterrar allí los restos de cuanto me despojé en silencio.
Para dejarlos allí y que descansen
o que tal vez jamás descansen, pero dejarlos allí, como muertos.
Anduve por mis adentros sepultando cuanto creí bueno,
dejando salir de mi vida todo cuanto luego no pudiera echar de menos.
Crecí para adentro, porque afuera la oscuridad reinaba
y gritaba el silencio,
dolía con dolores propios y ajenos la luz de tantos tormentos que
maté y sepulté entre lágrimas,
mientras la vida mecía mis cabellos.

Citas

 

nina peña - benedeti - citas

“Tu alma gemela no es alguien que entra en tu vida en paz, es alguien que viene a poner en duda las cosas, que cambia tu realidad. No es un ser humano idealizado, sino una persona común y corriente, que se las arregla para revolucionar tu mundo en un segundo”.

Mario Benedetti

Domingo

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Los domingos tienen una pereza intrínseca, navegable a ciertas horas del día, nubosa en la mañana, cuando al levantarme me desperezo frente a la ventana y veo la bruma inexistente sobre los tejados, humedeciendo las calles, como si un velo cubriera el mundo.

El domingo es la duda entre lo que quiero hacer, lo que debo hacer y lo que de verdad me apetece hacer. Lucho durante todo el día por tratar de sacarle partido a las horas de descanso mientras mi “lado oscuro” quiere que sean horas improductivas. La conciencia me dicta todo lo que puedo lleva a cabo mientras mi cuerpo me pide descanso, siesta, palomitas y sofá frente al televisor.

El domingo tiene algo de negligente. Se escaquea del trabajo sabiendo lo necesario de esas horas y de esos momentos sin afanes, de tener todo el día por delante.

El domingo es ese día que ya tiene algo de final aun cuando está comenzando. Tiene algo de tregua. De entre-guerras.

El domingo, se recoge en sí mismo esperando ser moldeado.

 

Cristina Peri Rossi. La poetisa del erotismo

nina peña -

Poeta y novelista uruguaya nacida en Montevideo,en 1941.
Su madre, maestra, la inició en el amor a la literatura y la música, y la instruyó en los ideales feministas de igualdad.
Trabajó y estudió hasta licenciarse en Literatura Comparada.
Su primera colección poética constituyó un pequeño escándalo por su erotismo y sus transgresiones sexuales.
Se exilió en Europa en  1972 y obtuvo la nacionalidad española en 1974.
Desde entonces ha publicado varios libros que han gozado del aprecio de la crítica y los lectores: «Evohé» en 1971,
«Descripción de un naufragio» en 1974, «Diáspora» en 1976, «Lingüística general» en 1979, «Europa después de la lluvia» en 1987, «Babel bárbara» en 1991, «Otra vez Eros» en 1994,   y «Aquella noche» en 1996.
Su obra ha sido traducida a varios idiomas y  galardonada con los más prestigiosos premios literarios, entre los que se encuentra el Premio Internacional de Poesía Rafael Alberti, obtenido en enero de 2003 y el Premio Loewe 2008.

cristina-peri-rossi

Escoriación.   “Descripción de un naufragio” 1975

Herida que queda, luego del amor, al costado del cuerpo.
Tajo profundo, lleno de peces y bocas rojas,
donde la sal duele, y arde el yodo,
que corre todo a lo largo del buque,
que deja pasar la espuma,
que tiene un ojo triste en el centro.
En la actividad de navegar,
como en el ejercicio del amor,
ningún marino, ningún capitán,
ningún armador, ningún amante,
han podido evitar esa suerte de heridas,
escoriaciones profundas, que tienen el largo del cuerpo
y la profundidad del mar,
cuya cicatriz no desaparece nunca,
y llevamos como estigmas de pasadas navegaciones,
de otras travesías. Por el número de escoriaciones
del buque, conocemos la cantidad de sus viajes;
por las escoriaciones de nuestra piel,
cuántas veces hemos amado.

                     

La pasión. “Babel bárbara” 1991

Salimos del amor
como de una catástrofe aérea
Habíamos perdido la ropa
los papeles
a mí me faltaba un diente
y a ti la noción del tiempo
¿Era un año largo como un siglo
o un siglo corto como un día?
Por los muebles
por la casa
despojos rotos:
vasos fotos libros deshojados
Éramos los sobrevivientes
de un derrumbe
de un volcán
de las aguas arrebatadas
y nos despedimos con la vaga sensación
de haber sobrevivido
aunque no sabíamos para qué.

                                                                                     

 

 

 Navegación  “Lingüística general” 1979

En las mansas corrientes de tus manos
y en tus manos que son tormenta
en la nave divagante de tus ojos
que tienen rumbo seguro
en la redondez de tu vientre
como una esfera perpetuamente inacabada
en la morosidad de tus palabras
veloces como fieras fugitivas
en la suavidad de tu piel
ardiendo en ciudades incendiadas
en el lunar único de tu brazo
anclé la nave.
                                        Navegaríamos,
si el tiempo hubiera sido favorable.

                                                                                   

El alma del bosque

nina peña - relato - arbol - bosque

Aquel árbol había nacido de nuevo entre las ramas rotas de un tronco partido por accidente.

Cercenado bruscamente, se había resistido a morir y a languidecer en medio del bosque como un pequeño tocón más.

Su espíritu, empeñado en sobrevivir a los fríos inviernos del clima, había fortalecido sus raíces en las cuales depositaba toda la rabia de una vida perdida y la esperanza de un verde futuro.

Habían pasado años de dulce sopor en los que se curaba las heridas traumáticas del accidente y se acostumbraba a su nueva forma, no más alta que un arbusto, pero llena de un impulso nuevo, de un aliento distinto que le empujaba a crecer poco a poco pero con firmeza. Su ambición era sobresalir por encima de los otros árboles y poder ver al menos los tejados de las casas de aquel pueblo cercano que tiraba de él casi como una llamada, como el canto de sirenas legendario, que no podía dejar de escuchar.

Veranos de sol y otoños de lluvia, primaveras en que el bosque se llenaba de aromas y flores silvestres, moras y pájaros cantores que no se posarían sobre él hasta que no alcanzase la altura necesaria para ponerlos a salvo de las alimañas. Setas y hongos. Algún tesoro trufado entre raíces viejas. Viento que aún no llegaba a mecer sus ramas pero que las acariciaba con dulces dedos de amante. Susurros de vida lejanos que él se empeñaba en escuchar por encima de los ruidos sordos de las pisadas de ratones y los vuelos rasantes de abejas o colibríes.

Creciendo poco a poco, año tras año. Con lentitud pero con firmeza.

Cuando el niño llegó por primera vez hasta él, supo que solo por eso había estado creciendo. Reconoció el motivo por el cual había puesto tanto empeño en vivir, en renacer, en seguir existiendo.

Aquel niño, algo más pequeño que él en altura, lo observó serenamente, escuchó su silenciosa letanía de ser herido, acarició su tronco aún liso y decidió, en un instante, que aquel sería su lugar secreto en el bosque, firmando así un pacto de amistad y apoyo que duraría tanto como su existencia mortal.

Los inviernos eran fríos, largos y oscuros, plenos de lluvias que hacían aparecer el musgo en las piedras y daban el vigor suficiente a sus raíces como para seguir creciendo. Sus ramas, cada día más largas y altas, se dividían con una lentitud casi mineral en dos grupos muy diferenciados; unas crecían hacía arriba para poder alcanzar el sueño de otear los lejanos tejados y otras hacía abajo para formar una cueva vegetal que aislara al niño del resto del mundo cuando volviera a verle.

Primavera tras primavera, verano tras verano, el niño volvía.

Era un niño solitario y triste que necesitaba escuchar una voz que le contara cuentos, y a falta de una madre que lo hiciera, escuchaba su propia voz en la reverberación del bosque.

Se sentaba junto a él apoyando la espalda en su tronco y leía en voz alta cuentos infantiles o jugaba entre las ramas a juegos inocentes de niñez, siempre al abrigo de sus hojas, a la protección de sus largos brazos vegetales. Contaba cada año los sarmientos nuevos, observaba los tallos recién nacidos y los brotes primaverales y seguía visitándolo día tras día en largos veranos de sol y luz, en otoños lluviosos en que se convertía en un paraguas frondoso, algún domingo de invierno en que salía el sol y el bosque olía con los perfumes del agua y de los mantos de vegetación que cubrían el suelo.

El niño y el árbol crecían juntos.

Los arbustos de alrededor no podían esconder su envidia, pero los árboles viejos, que habían visto a generaciones de niños leer cuentos sentados sobre sus ancianas raíces, le avisaban de que los humanos, por lo general, solo llevaban tristezas y muerte al bosque, y que la felicidad o la amistad con personas era algo tan efímero, que pasa por la larga vida de los árboles como un soplo momentáneo en una larga existencia de soledad.

No valía la pena tomarle demasiado cariño a un niño. En primer lugar porque crecía y terminaba por olvidarle, y en segundo lugar, porque un árbol no puede permitirse el lujo de amar a quien tiene el poder de quitarle la vida en sus manos.

Cuántos árboles bellos y centenarios, incluso milenarios, habían muerto bajo el hacha del hombre. Cuántos bajo su fuego. Cuántos arbolitos jóvenes habían perecido bajo los pies de niños que los arrancaban a patadas o cuántos habían ido a parar llenos de luces de colores al lado de una chimenea, dentro de una casa en la que se asfixiaban, con las raíces dentro de macetas vacías, sin tierra, que los iban matando lentamente.

Cuántos bosques y laderas consumidos por la mano de los hombres, por su desidia, por sus intereses, por su ambición o su olvido.

No valía la pena amar a los humanos, le decían, quizá eran la peor especie de depredadores.

Pero su niño volvía y el árbol renovaba la fe.

Cada año, le costaba un poco más reconocerle. Su voz, así como su altura y su rostro, habían ido cambiando con los años. Sus lecturas adquirían tintes más dramáticos y serios, sus pensamientos se iban haciendo más profundos, sus impulsos más primarios, y sus pensamientos más llenos de matices contradictorios. Cada vez era menos niño, pero sentado a sus pies, con un libro en las rodillas y leyendo en voz alta, recuperaba y reconocía ese espíritu libre y sereno.

Un día de primavera, cuando desde sus ramas más altas ya comenzaba a ver los tejados de la población vecina, aquel niño volvió completamente cambiado. Durante un largo invierno su alma se había bifurcado y sus impulsos estaban siempre al acecho, combatiendo con sus pensamientos y contrarios a sus acciones; estaba enamorado.

Hasta él llegó un día con compañía de otro ser y se sentaron juntos a leer nuevos libros, ignorando las caricias de sus vegetales dedos y sin detenerse a contar los nuevos brotes o a admirar su nuevo follaje de un verde intenso que transparentaba con el sol.

Solo veía verde en los ojos de aquel otro ser y solo contaba sus besos.

El árbol supo que debía aceptar aquel nuevo estado e hizo crecer las ramas, aún más, para dar mayor cobijo e intimidad a su amigo.

Fue entonces cuando le hizo daño por primera vez. Un daño que no se merecía, que lo entristeció y que le hizo recordar las palabras que sus ancianos compañeros le habían dicho tantas veces. Una tarde talló un corazón en su tronco con el filo de una navaja. Unos extraños caracteres, que para él debían simbolizar algo, fueron unas heridas por las que estuvo sangrando durante meses hasta que logró que cicatrizaran en su corteza y que le costó años que cicatrizaran en su espíritu.

Aceptó el dolor con ese sacrificio de quien sabe que lo está haciendo por amor.

 

nina peña - relato - arbol - bosque

 

Año tras año, verano tras verano, seguía visitándolo, sólo o en compañía de otros seres.

Un verano llego con un pequeño ser, un retoño que poseía su misma mirada y su mismo halo de soledad y ensoñación y que el árbol reconoció como un sarmiento de la misma vid, un brote nuevo en la prolongación de su misma cepa, y lo aceptó con alegría.

Sus ramas ya se extendían a lo más alto del bosque. Desde las hojas más altas, el frondoso árbol ya lograba divisar el pueblo, y con el paso de las estaciones, a medida que miraba y buscaba, se dio cuenta de que todo aquel afán respondía no solo a la esperanza de ver a aquel niño que había crecido o a su recién nacido vástago, sino a la rama de la cual provenía.

Debería ser una rama y endurecida y nudosa, esas ramas viejas que cuelgan casi inertes de las partes más añejas de cada árbol, pero en su interior aún correría la savia y aún guardaría el impulso suficiente como para luchar por no secarse y morir. Tal vez fuera de esas ramas arcaicas que mueren de sed poco a poco o de aquellas otras en que el alimento que le llega no es más que los restos ya amargos que las ramas jóvenes dejan pasar, pero sabía que aquel sarmiento retorcido, del cual provenía el niño, estaba vivo y verde en algún lugar de aquel pueblo, bajo alguno de aquellos techos anaranjados de tejas u oscuros de pizarra.

La vida era tan larga que podía esperarle el tiempo que hiciera falta.

El árbol ignoraba que aquel niño, cuyos brotes verdes iban creciendo con los años, había hablado de él miles de veces a lo largo de su vida a su tronco progenitor y le había rogado otros miles de veces que algún domingo le acompañara a bosque para conocer su árbol favorito, aquel en el que había leído los cuentos que él no le leyó y que le había prodigado las caricias vegetales que él, a veces, se le olvidó prodigar. Aquel árbol que había acunado sus sueños, que había guardado sus secretos, compartido su soledad, que había sido cómplice de sus primeros besos y su primer amor y cuyo cuidado estaba encomendando a sus propios hijos como una continuidad de vida más allá de la vida, entrelazadas en ramas de verdes y sentimentales frutos que jamás se desprenderían.

Año tras año, el árbol, convertido en el más alto del bosque, esperaba la llegada de aquel que lo evitaba. El niño, convertido también en un árbol maduro y fértil, seguía llegando verano tras verano, sentándose en sus raíces ya al descubierto, acariciando su tronco ya rugoso donde el corazón tallado tanto tiempo atrás había cicatrizado en letras oscuras y por donde, poco a poco, brotaban las cicatrices de ramas rotas y nudos ocultos que salían a la luz y que dejaban escapar unas lágrimas semejantes a melaza aunque amargas.

La lluvia de muchos inviernos y el sol de muchos veranos no lograban vencer su ansia de ver más allá del bosque ni de esperar.

Fue una mañana de finales de verano cuando unos pasos desconocidos se acercaron lentamente por entre el musgo y las hojas caídas, acompañados de los pasos ya familiares de aquel niño hecho hombre.

En efecto, era un sarmiento ya viejo y retorcido por los años pero en cuyos ojos reconoció el afán que lo había llevado a crecer y por el cual, un día, puso tanto empeño en sobrevivir.

Unas manos rugosas acariciaron su tronco y toda la savia de su interior se estremeció dulcificándose por la caricia recibida. Una caricia que hacia demasiados años que estaba esperando. De sus brotes más tiernos comenzaron a brotar lágrimas de dulce melaza mientras las hojas, tocadas por el viento, suspiraban entre las verdes ramas. De los ojos de aquel hombre viejo, surgieron lágrimas amargas y de sus angostos pulmones, suspiros de tristeza.

Se reconocieron a través de las almas, y se hablaron por primera vez de todo cuanto en su interior habían estado callando durante tanto tiempo en el idioma que un día, cuando aquel árbol aún no era árbol y el viejo todavía era joven, habían inventado en secreto. Palabras silenciosas y ocultas al resto del mundo que ambos creían haber olvidado y que, de pronto, recuperaron para poder comunicarse en un idioma que sólo ellos, en su pensamiento, pudieran entender.

Se hablaron de amor y de años, de silencios y esperas, de vidas truncadas y de sueños rotos, de cuentos de niñez y caricias vegetales, de vientos y susurros quietos, de nostalgias y contadas alegrías, haciendo un recuento de todo aquello que deberían haber vivido juntos y que la muerte truncó.

El viejo puso su mano en aquella parte del tronco cercenada tantos años atrás por un accidente y lloró silenciosamente la amarga soledad de viudo que nunca lloró ante nadie para no entristecer a su única fuente de alegría.

El niño entendió entonces las caricias de aquellas ramas, el cobijo y la compañía, la voz interior que le contaba los cuentos que leía y la compañía de aquel árbol que siempre estuvo en su vida y estaría en la vida de sus hijos, perpetuando el recuerdo de quien sobrevivió a la muerte, tan solo con la esperanza, de seguir dando amor a los seres a quienes amaba.

Hannah Banasiak: la poeta que vino del frío

nina peña - hannah banasiak -poeta

 

Si algo tiene de especial Hannah, y que a mí personalmente me ha llamado la atención, es que escribe en castellano sin que éste sea su idioma materno ya que es una bella mezcla de sangre polaca y galesa.

Hannah es la poeta que vino del frío.

Conocí a Hannh por casualidad en las redes sociales hablando, como muchas veces, sobre nuestro actor favorito (no todo son libros y novelas, queridos amigos) y tras una charla resultó que ambas teníamos en común no solo esa admiración concreta, sino también un gran amor por las letras.

Hannah estaba a tan solo unos días de venir a España de vacaciones. Toda una ruta por Toledo, Madrid, Barcelona, Sevilla… en la que buscaba algo más que una simple forma de hacer turismo. Buscaba encontrar la esencia de aquello que desde, creo que muchos años atrás quizá desde su niñez, le había atraído y le había llevado a aprender y escribir nuestro idioma.

Hannah es licenciada en letras polacas por la universidad de Lódz y en letras inglesas por la academia de las ciencias de la misma universidad.

Actualmente es empresaria, traductora y profesora de inglés y español.

Su currículo literario es realmente fascinante e impresionante.

Ha colaborado y colabora como poeta en distintas revistas literarias como Los escribas de México, Pluma y tintero de Madrid, La jiribilla, Palabras diversas y Revista Urraka.

Ha participado en antologías poéticas de diversa índole, como por ejemplo en dos volúmenes de Antología Palestina, Un paso entre versos, Poesía, cuentos y vos, Desde todo el silencio, Mujeres entre la historia y la antología Slady na droze de Polonia.

Ha realizado y publicado varios ensayos sobre uno de sus autores favoritos, Bruno Schulz.

Y además ha obtenido menciones especiales en el concurso literario Premio camaleón de Polonia, mención de honor en el XLI concurso internacional de poesía y narrativa El poder de la palabra en Argentina, y una mención especial en el concurso internacional del Latin Heritage Foundation de Estados Unidos, con los que ha colaborado también en su antología Una isla en una isla.

Impone. Leer todo esto impone y mucho.

He podido leer sus poemas y he tenido que elegir tres para que sean una excelsa representación de sus letras en este blog… y me ha costado.

Sus poemas tienen una fuerza interior que atrae, no son poemas al uso, sino que denotan profundidad y conocimiento.

En ellos, la poeta, destila preocupación por el hombre como ser y en su desarrollo o relación con el medio en que se desenvuelve tratando temas como la religión, la existencia con todas sus dudas, las normas sociales, la situación de la mujer…

Incluso en los poemas que tocan el tema amoroso, Hannah no usa el lenguaje común de muchos poetas sino que utiliza el simbolismo que muy pocos poseen y que los caracteriza como poetas de calidad y de profundo calado, con metáforas que denotan madurez y una riqueza de vocabulario marcada por vocablos utilizados en Hispanoamérica.

Hannah me ha impresionado notablemente. Podría ser una poeta más y no lo es. Hay algo en ella que la hace diferente y que le da una personalidad distinta.

Y todo eso teniendo en cuenta que es completamente autodidacta en literatura y en castellano. Ni siquiera ha ido a una academia de español tal como nosotros podemos ir  a una para aprender a hablar inglés…

¿Os atreveríais escribir un poema en inglés? Pensadlo.

 

nina peña - hannah banasiak - poeta

 

Muerte en el campo

No necesito mucho tiempo
para dejar de existir
en el campo de la vida,
mientras todas las cámaras de gas están ocupadas,
me bastas tú
quién no existes y por eso me siempre puedes matar.
Cuando la conciencia duerme
Los demonios despiertan la verdad.

 

Coconicatl

 El amor en nahuatl suena más salvaje y mítico
que en  nuestros catos del pasado.
Nunca te he podido enseñar a confesarme tu amor.
Pero no te preocupes tanto.
Yo tampoco solía hacer el papel de la más apasionada del mundo.
Prefería hacerlo bailando bulerías en tu dormitorio con vistas al mar.
A las palabras les encanta volar
En el espacio entre nosotros-
-amantes del silencio.

 

Justificación de un loco

 No sentía remordimientos.
Su cara fue a poniéndose azul.
¿Y yo?
No sentí completamente nada.
Ni remordimiento.
Ni vergüenza.
Ni nada.
En los libros sobre los asesinos
escriben mucho sobre la satisfacción sexual,
traumas de infancia
bla bla bla…
Mucha gente sueña con entrar,
incluso para unos minutos,
en la mente de un loco
para ver cómo es estar completamente loco.
¿Cómo es?
¿De verdad lo queréis saber?
Yo nunca he sentido remordimientos.
Ni placer.
Ni nada.
Como si fuera un maniquí
conducido por las manos de Dios
que quizá ni siquiera existe.
Como si viviera en el mundo sin Dios
o procediera de la tribu  que lo mató.
Eso es estar loco.
Loco por y para nada.

 

 Si hubiera nacido…

Si hubiera nacido algunos años más tarde,
probablemente
habría nacido gorda, tonta y débil.
Para que tú seas a mi lado,
mi madre tuvo que darme a luz un día de marzo
y cerrar los ojos después de ver mi cara.
Si mi abuelo no hubiera sido prisionero
y mi abuela se hubiera escondido de un techo en Varsovia,
no se habrían conocido en busca de la normalidad.
Para que tú puedas conocer mi vista,
un millón de gente tuvo que sacrificarse
y algunos no resistieron  la prueba del tiempo  que sigue corrigendo.

 Tengo miedo…

Tengo miedo a las palabras sumergidas en las voces
que resuenan en el aire.
Sé que,
al menos una vez en toda mi vida,
tengo que ser sincera contigo y confesar todas mis mentiras.
Después,
cuando ya soy inocente y lista a lo futuro,
otra vez
puedo crearme de nuevo
mintiendo a todos.