Domingo

nina peña - domingo - chica

Los domingos tienen ese algo indefinido que vive en la pereza, en las sábanas calientes ocupadas durante más horas de las permitidas.
Los domingos de invierno portan temperaturas frías que de niños no sentíamos aunque percibamos todavía el ruido de la lluvia en los cristales y el de aquellos escasos coches de entonces pisando los charcos entre los adoquines.
Ese color del cielo limpio, fresco, portador de nieve y montaña. Un gris claro entraba por la ventana junto con el silencio de una fiesta de guardar o las campanas que llamaban a misa.
Los domingos me recuerdan siempre esa negligencia permitida, ese escaso deseo de hacer nada o de salir a pasear y sentarme en el escaparate del Casino Antiguo. De comer pasteles a media tarde.
Todo huele distinto, incluso vuelven aromas olvidados en la infancia, cuando a finales de enero todavía olían a fresa las cabezas de las muñecas regaladas en la noche de Reyes.
Huele a vaqueros y botas o a vestido de domingo. Al uniforme doblado y planchado en el armario esperando el lunes.

El domingo huele a tregua.
Huele a casa. Huele a todo lo perdido en años, a lo irrecuperable, a lo lejano que, sin embargo, sigue dentro.

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