El concurso Amazon y el sueño americano.

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Que los escritores, o autores, somos personas que vivimos en nuestro mundo peculiar en el que nos sumergimos constantemente, no es nada nuevo.

Al margen de peculiaridades y excentricidades que solo los grandes se pueden permitir porque para ellos es parte de su genialidad mientras que para el resto sería síntoma de enfermedad mental, hay algo que nos une a todos, o a casi todos: el ego.

Tenemos un ego exacerbado, nos encanta mirarnos el ombligo, acariciarlo, y ser nosotros mismos quienes se empeñen en sacar sus pelusitas, algo que si hacen los demás nos hace entrar en cólera o en pánico, dependiendo del tamaño del ego en cuestión.

Lo del concurso Amazon es una muestra de ego descomunal donde quién más y quién menos, está metido hasta las trancas por el simple hecho de opinar o de comprar determinado libro. En mi vida había visto zancadillas, groserías, maldades, pleitos, envidias, puñaladas traperas, comentarios malintencionados y mala baba como la que estoy viendo en el concurso de este año.

Hasta la misma plataforma Amazon está tocando las “webs” de sus autores quitando ediciones en papel, comentarios de compras verificadas, ha tardado más de 15 días en completar la lista de concursantes, anunciaba preventas que luego quedaban fuera de concurso…

Autores que no tienen en común ni siquiera el género, se enzarzan en disputas por un comentario, por una estrella, por una promo o por una portada.

Ni decir tiene que estoy tan ojipláctica que no me presento a ese concurso en mi vida.

Se puede ganar visibilidad, cierto, y me consta (de hecho lo sé cierto porque tengo a muchos amigos que llevan tiempo publicando, escriben de perlas y están concursando), que muchos autores lo hacen exclusivamente por eso, por visibilidad y ganar lectores, para que sus libros sean leídos, porque, como todos sabemos, los concursos son de todo menos justos y aunque su base sea tan frívola y objetiva como las ventas, ganar uno es harto difícil.

¿Y todo por qué? Porque priman las ventas, los números, las cifras.

Lo que está ocurriendo en este concurso obedece a un patrón de competitividad tan exacerbado que en nada beneficia a nadie salvo a Amazon, que este mes de julio y agosto, cuando ningún autor ni librero se come un colín, ellos siguen vendiendo más que nunca, así que como estrategia de marketing es perfecta.

De nuevo una editorial se aprovecha de la ilusión y del trabajo de los autores y aunque reporte pingües comisiones a estos en derechos de autor y les permita publicar, no hay que perder de vista que al fin y al cabo, están cumpliendo con algo tan simple como es la consecución de beneficios empresariales en un sector y en un momento concreto de año en que apenas se venden libros. No, no es casual que el concurso Amazon sea en julio y agosto.

En ningún momento se tiene en cuenta la calidad de los trabajos, ni hay un jurado que lea los libros y que puntúe, ni se valora la calidad artística, la originalidad, el mensaje, el lenguaje o la intención de comunicar que todo libro que se precie tendría que tener.

Pero además este patrón comercial obliga a vender para tener visibilidad en el concurso, a escalar posiciones, ya que, como todos los autores auto-publicados sabemos, si estás mejor situado vendes más porque, simplemente, se te ve antes. Nadie se espera a la página 60 de Amazon para comprar, la compra por impulso en internet es otra de las bazas fundamentales con las que juegan, y saben que te matarías (y matarías) por vender más y estar en esas posiciones que te permiten seguir vendiendo más.

¿Y qué es lo que realmente hace que todo esto ocurra? El ego del escritor.

Una carrera editorial no se hace en un año ni en cuatro, y ¡ostras! Si ganas este concurso te coronas, te evitas pasar por lo que han pasado todos los autores, te evitas la crítica veraz, te evitas tener que leer y leer para aprender, evitas pasar por los trámites de crecimiento personal que te da el escribir y tener que reescribir, el escribir y borrar, el volver a empezar.

De pronto, se te ofrece la posibilidad de vivir de la escritura, algo de lo que nos podría hablar mucho Juan Goytisolo si aún viviera, de tener regalías y, coño, ¡si te estás viendo ya como ponente y contertulio en los talleres de auto-publicación que monta Amazon cada verano, con tu imagen en el fondo de pantalla gigante y siendo entrevistado por El país cultural…!

Te has pasado por alto unas pocas cosas.

Las pocas personas que viven de sus libros desde plataformas como Amazon, no llevan ni uno ni dos ni cinco años escribiendo y publicando sino como mínimo diez, y han trabajado por ello todos y cada uno de los días de su vida compaginándolo con otros trabajos que les permitieran pagar las facturas como a todo hijo de vecino.

En ese empeño estamos, yo incluida, muchos compañeros que participan y para los cuales este concurso es solo uno más de los medios, pero no el fin en sí mismo.

Este concurso, su finalidad, no es más que una revisión del sueño americano llevado al mundo editorial, donde todo es posible y donde triunfar es algo que siempre está a la vuelta de la esquina, pero Sunset Boulevard también tiene muchas esquinas, así que quizá sea mejor ponerse a trabajar de verdad, no mirarnos tanto el ombligo y menos aún prostituir la literatura de esta forma.

Ojo, no quiero decir con ello que no sea lícito presentarse o que los libros presentados no sean buenos y tengan calidad, pero sí hay que darnos cuenta de que una vez más nos están utilizando, de que otros están ganando dinero con nuestras ilusiones y sueños, nos están vendiendo ellos a nosotros para reportarse beneficios de los que tú vas a ver tan solo un porcentaje y vas a ser un número en una larga lista.

Este concurso es nefasto y deja un sabor de boca negativo a todos aquellos que, apostando por la literatura independiente, lectores que siguen buscando calidad en los libros no convencionales, se convierten de repente en simples compradores de objetos de consumo en cuyas cinco estrellitas hay un poder exacerbado, además de aumentar la mala fama de los libros y autores que, de por sí, ya tenemos los auto-publicados.

A ver, no somos genios (sí, ya sé que tú sí). Si una editorial nos rechaza un manuscrito puede que debamos revisarlo, analizarlo, buscar opiniones, tratar de encontrar en qué hemos fallado o si de verdad es que no encajamos en la línea editorial de la empresa concreta a la que lo enviamos.

Si tenemos en cuenta que la gran mayoría de editoriales también se guían por criterios comerciales puede ser que nuestro libro, aún con calidad, no sea vendible.

Hay muchas razones por las cuales recurrir a Amazon, incluso la legítima razón de no querer estar en las editoriales tradicionales, y es cierto que esta plataforma ha democratizado la literatura que siempre ha sido muy elitista y “amiguista”, pero el escalar posiciones, el conseguir altos objetivos sin antes haber currado y estudiado como un auténtico cabrón, es tratar de construir la casa por el tejado.

La calidad es lo que de verdad va a garantizar poder publicar dentro y fuera de Amazon, pero requiere su tiempo y sus plazos, y es ahí donde tienen que ir todos nuestros esfuerzos, sin importarte las ventas porque, una cosa te voy a decir, si de verdad eres escritor, lo que menos te va a importar es vender, lo que sí quieres es que te lean.

Cuando en el pasado se empezaron a publicar libros de forma independiente, cuando autores hoy legendarios comenzaron a auto-publicarse, lo que primaba era la rebeldía contra el sistema establecido, la visión de una obra, el tener que decir lo que nadie había dicho hasta entonces, ser independiente era mantener la fe en uno mismo y luchar contra el mundo, creer en valores por los que nadie apostaba, alejarse del orden impuesto, saltarse las reglas de lo convencional.

Ese es el espíritu que tendría que tener Amazon y el que tendríamos que tener todos los escritores independientes, y no dejarlo todo a un lado por la consecución de un número determinado de ejemplares vendidos y pasarnos la vida contando más de lo mismo porque es lo que más se vende.

 

(Y digo esto sin haber leído aún ningún libro, con lo cual estoy lejos de saber la calidad que pueden o no tener, pero si Amazon valora solo las cifras de ventas eso es un criterio tan claro y válido como el mío.

Por supuesto voy a comparar libros del concurso, ya llevo dos y tengo pendientes varios más, y con ello trato de apoyar a mis compañer@s, pero me voy a abstener de hacer cualquier comentario y de decir ni una sola palabra. Priman las cifras y mi apoyo se va a basar en ayudar a que esas cifras sean buenas para los autores a los que aprecio.

Y sí, una vez también se me pasó por la mente sacar un libro a concurso en Amazon, pero una buena y sabia amiga me dijo, “Che boluda, olvidálo”)

 

 

 

 

A veces.

 

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A veces me gustaría ser tal como es el resto del mundo.

Ser como esos que nunca piensan antes de hablar y que dicen las cosas sin saber, sin afectarles el hecho de producir dolor. O ser de los que no lo sienten, de la gente a la que nunca le duele ni le importa nada.

Ser de los que no se sienten incómodos en los largos silencios.

De los que miran sin sonreír.

De los que guardan sus palabras pese a mostrar en su frente el oscuro mecanismo de sus pensamientos.

Ser de los que no miran los amaneceres ni los atardeceres ni cuentan las olas en el mar.

De los que siempre tienen un juicio justo e ineludible que emitir y una sospecha que confirmar.

De los que no dudan, de los que no se plantean nunca no tener la razón.

Ser de los que se quejan de las hojas caídas de los árboles sobre el cemento sin ver el otoño.

De los que se quejan de los pétalos de flores en las aceras sin ver las primaveras.

De los que se quejan de la lluvia sin escuchar la música de sus gotas sobre los cristales cerrados tras los que hay un calor de hogar que no existiría sin ella.

Ser de los que gritan en los semáforos porque son incapaces de reconocerse como peatones.

Ser como aquellos que siempre tienen una opinión para todo aunque se la guarden tras el oscuro túnel de los ojos.

De los que no se enfadan con las injusticias ni le gritan al presentador de los noticiarios.

De los que siempre encuentran algo, por pequeño que sea, con lo que pueden justificar un acto de maldad o un atropello.

De quienes saben buscar culpas a víctimas inocentes para que el culpable no lo sea tanto y el inocente lo sea menos.

De los que no lloran escuchando el Adagio de Albinoni o el Oblivion de Piazzola.

Ser de los que hablan como si conocieran el mundo entero, como si es perteneciera, como si no hubiera ningún lugar al que no hubieran viajado.

Como los que nombran menús y restaurantes, y aviones y tiendas y hoteles de ciudades lejanas pero que no han paseado por ningún parque de la ciudad en la que viven, ni se han perdido en ningún bosque ni en ninguna calle sin nombre.

De aquellos que no viven aventuras de las que puedan salir heridos.

De los que son capaces de reír en los entierros y no emborracharse en las bodas.

De los que cuelgan cd´s en las ventanas para que los pájaros no se acerquen a sus balcones.

De los que podan los rosales sin pincharse y de los que ponen las rosas en un jarrón sin pararse a oler su perfume.

De los que ordenan los libros en los estantes con gusto estético o de aquellos que no tienen libros porque no les parece decorativo.

Ser como esos que no conocen los nombres de los árboles ni la forma de sus hojas, pero devoran sus frutos.

De esa gente que no siente el aroma del viento ni el punto cardinal del que sopla, de esos que odian la Tramontana porque es fría y el Poniente porque es demasiado cálido.

Me gustaría tener el don de ver solo aquello que mis ojos ven, de reconocer y formar las imágenes exactas en un cerebro matemático ante las cuales no cabria ni un ápice de duda o incertidumbre. No ver nunca ese otro lado de las cosas.

Creo que, si fuera como ellos, sufriría menos.

Por eso, a veces, me gustaría ser como el resto del mundo.

Pero solo a veces.

Las sufragistas.

Las sufragistas estrenan vídeo nuevo con imágenes reales e históricas que muestran cómo fue su lucha, por todo aquello que pasaron y todo aquello que soportaron para que hoy tengamos los derechos que tenemos, algo que ya nadie parece recordar.

No es solo un vídeo de promoción del libro, eso lo podría haber hecho de cualquier otra forma… teniendo en cuenta que es una historia de amor con capítulos eróticos y con un fondo Queer podría haber jugado con más temas y más fotos, pero creo que era necesario hacerlo así.

Espero que el video os guste y que os animéis a leer el libro.

 

La feminista coñazo.

 

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Creo que ya no es un secreto, porque lo he comentado aunque sea de pasada en redes sociales, que uno de los trabajos que me ocupa ahora, y que me está produciendo muchísima satisfacción personal, es un ensayo sobre feminismo.

Embarcarme en un proyecto así, además, me ha hecho entrar en discusiones y corrientes filosóficas que van más allá de lo puramente coloquial y de las frases hechas, me ha permitido ver el fondo de muchas cosas y de muchos conceptos, algo que realmente es fascinante porque sientes, a medida que escribes, cómo tu mente se va abriendo y absorbiendo todo ese caudal de información.

Pero hay una faceta en concreto que me preocupa.

En los temas de feminismo en redes sociales, la aceptación por parte de muchas mujeres es escasa, por parte de los hombres suele ser nula y en muchos casos es realmente aberrante. Las fotos que he seleccionado de distintos medios son explícitas en el sentido al que me quiero referir.

Y ya no es eso solo, es que a veces se llega a ciertos enfrentamientos verbales, sobre todo en Twitter, o a conversaciones surrealistas, en las que se manifesta una opinión que claramente no es feminista y de forma realmente agresiva por parte de muchas mujeres, sobre todo jóvenes que es lo más preocupante, en la que se rechaza cualquier tipo de feminismo.

Yo misma me he convertido en la feminista coñazo.

He mirado y buscado en todos los foros de internet y en distintas redes sociales, y, generalizando, vamos desde la discusión sobre si hay mujeres que también asesinan a sus maridos, (6 en el año 2013) el famoso “yo no soy machista ni feminista, creo en la igualdad” o desde el ya tan traído y llevado caso de las denuncias falsas (0,010%), con los que las mujeres se empeñan en defender la inocencia del hombre a capa y espada, convirtiéndolos en víctimas, contradiciendo desde a las estadísticas hasta al sentido común, como si ellos no se defendieran bien solitos. Las reacciones de muchas mujeres me han sorprendido, porque soy tan sumamente tonta que doy por hecho que todas las mujeres son feministas.

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Al comenzar a estudiar y a preparar el ensayo puedo darme a mí misma la respuesta de por qué.

Una de las razones principales es que muchas creen haber conseguido ya esa igualdad social y no se sienten para nada discriminadas o bien, creen que ya se ha conseguido todo y que estamos yendo demasiado lejos pidiendo cosas que “discriminan” a los hombres.

Creo que el discurso feminista actual debe renovarse y adaptarse a los nuevos tiempos y la forma en que nos expresamos es una de ellas.

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Si los derechos humanos de la primera ola feminista y los derechos sociales de la segunda ola ya han sido logrados, a nostras nos queda un trabajo tan arduo como el anterior al convertir lo personal en político, algo que ya comenzó en los años sesenta y que sigue en evolución tal como sigue evolucionando la sociedad.

Quizá para muchas mujeres el feminismo está obsoleto porque creen que se han conseguido todos los derechos, que ante la ley es así, lo que no se ha conseguido es tener  ni las mismas oportunidades ni las mismas características para poder ejercerlos por tanto deberíamos pasar ya de la igualdad a la equidad, al equilibrio, cambiando el discurso para hacerlo más acorde con los tiempos que corren.

Otra es la educación. Me sorprende que muchas mujeres no sepan qué es el feminismo.

Brutal pero cierto. No saben qué es y lo asocian a una especie de aquelarre en el que las brujas coñazo como yo quieren quemar a los hombres en piras sociales que nosotras mismas construimos para ello.

Lo peor es que creen que no necesitan saber qué es, no quieren saberlo ni leer a fondo y seguramente si lo hicieran entenderían las cosas al revés porque ahí entra otra cuestión; tienen tan asumido ese rol patriarcal que ellas mismas dan explicaciones post-machistas a las cuestiones que puedan ir surgiendo. Un ejemplo claro, por poner a alguien sobradamente conocido en los medios, es el de Paula Echeverria hace muy poco diciendo que ella no es ni feminista ni machista.

A ver, alma de cántaro, si no eres feminista, eres machista, si no crees en la equidad y la igualdad que es lo que propugna el feminismo, eres machista.

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Imagino que las mujeres que ahora no hacen nada por el feminismo, y para prueba me remito a la movilización contra los presupuestos del estado por parte de colectivos feministas que apenas tuvo eco en muchas mujeres, o las mismas que nos llaman exageradas cuando salen las Femen gritando con las tetas al aire, son las mismas que hace dos siglos se escandalizaban cuando las mujeres pedían el voto o cuando se ataban a las rejas del parlamento británico.

Imagino que tal como ha pasó en aquellos tiempos, serán sus nietas las que se beneficien con la obtención de derechos por los que ellas no han movido ni un solo dedo, tal como ahora nos beneficiamos todas de aquello que nuestras bisabuelas, las locas sufragistas, hicieron en su momento.

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Nos queda un enorme trayecto que recorrer porque no solo hay que pelear porque los hombres cambien de mentalidad, que esa es otra, sino que además hay que reeducar a muchas mujeres en el feminismo en el que parecen no sentirse representadas del todo quizá porque nos miramos demasiado el ombligo y estamos en disputa constante con nosotras mismas sin atacar los problemas sociales que de vedad son una gran amenaza como pueda ser ese cambio social al neoliberalismo que sí nos está machacando y devolviéndonos a etapas que ya creíamos superadas.

El reto continúa, esta lucha nunca ha sido fácil y ahora disponemos de medios globales y de una mayor educación para poder lanzar ideas al viento y que sean recogidas por miles de personas, lo que hay que saber es cómo lanzarlas, como desarrollarlas para que la implicación de las mujeres sea real y no nos quedemos el resto en feministas coñazo pasadas de moda o por lo memos que no nos boicoteen desde dentro, si no es su lucha que nos dejen a nosotras luchar en paz. Sus nietas se lo agradecerán.

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Reseña en Rebelión de libros. ¿Cómo que a qué huelen las nubes?

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http://rebeliondelibros.blogspot.com.es/2015/12/resena-como-que-que-huelen-las-nubes.html?spref=tw

Sinopsis: Cuatro hermanas separados por las circunstancias y en un momento decisivo de sus vidas, se reúnen para cumplir la última voluntad de su madre. Ser llevada junto a su amante en un acantilado de Escocia. En el viaje se reencuentran unas a otras, acaban de dar sentido a sus vivencias, toman nuevas decisiones importantes y se reconocen a sí mismas como personas, como hermanas y como mujeres.

Comentario: No sé a que huelen las nubes, lo que sé es que este libro es especial.
En su páginas atrapa una historia en la que mas de uno se sentirá identificado.
Este libro nos cuenta la historia de cuatro hermanas: María, Esperanza, Fe y Piedad. Ya sus nombres nos dice mucho de la madre que tuvieron, una mujer chapada a la antigua, católica extremista, sumamente convencional, estricta y poco cariñosa… entre otras cosas.
La forma en que la mamá de las chicas las crió provocó un quiebre entre ellas, la exigencia que ponía su madre sumada a que les cortaba las alas y… a su frialdad, hizo que ellas se alejen, pongan distancia.

“Desde que puedo recordar ha sido ella quien ha parecido empeñada en robarnos cualquier sueño…”

Las cuatro protagonistas rondan los 40 años, y las cuatro son personas infelices, frustradas con la vida que llevan. Cada una con su tema, con su fantasma a cuesta: divorcios, engaños, mentiras, infidelidades, etc…
Se reencuentran sentimentalmente cuando su madre muere, pero desvelando un secreto. Además, les pide que la lleven a Escocia, junto con su amante de toda la vida.
En ese momento comienza una etapa de liberación para ellas, dejando de lado las apariencias y todo lo que las lastimaba. Se unieron como nunca lo habían estado y emprendieron el viaje juntas “15 días de vacaciones entre chicas”
Lo que irán descubriendo en las tierras escocesas va mas allá del paisaje. Descubren sus sentimientos, cae el velo que mantenían por años, una careta de infelicidad. Descubren el perdón, el amor y sobre todo el disfrutar de la libertar.

“La diferencia es una decisión, un momento, un latido, una premonición, un sueño.”

Lo que mas me ha sorprendido es la narración amena y simple, los diálogos están escritos como hablamos, logrando que los personajes sean mas creíbles, mas cercanos. La personalidad de cada una de ellas está descrita a la perfección, se las conoce a fondo y se observa la evolución que tienen con el correr del libro.
La novela está contada por las cuatro protagonistas, logrando que cada una tenga su lugar llegando al lector de una forma clara, sin que genere confusiones.
Las descripciones sobre la primera mitad del libro son las justas. Al llegar a Escocia se vuelven mas profundas y detalladas, Nina en su libro nos hace recorrer las tierras escocesas de punta a punta, viviendo a la par de la protagonistas cada lugar que conocían.
¿Hay un final feliz? Sí. De a poco y con esfuerzo cada una llega a la felicidad y aceptación.

Esta obra es un canto a la liberación femenina. Una muestra de que se puede ser feliz sin importar la edad que se tenga, solo hay que luchar por los sueños y no dejarse vencer por el miedo.

Si quieres mi libro en papel puedes conseguirlo en la web de la editorial o pregunta en tu librería favorita.

Los desafios del feminismo ante el siglo XXI. Amelia Valcárcel y Rosalia Romero

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Amelia Valcárcel (Madrid, 1950) es catedrática de Filosofía Moral y Política de la UNED, miembro del Consejo de Estado, vicepresidenta del Real Patronato del Museo del Prado y patrona de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo.

 

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Rosario Romero es odontóloga y especialista en Gerencia en Salud de la Universidad de Cartagena; también especialista en Gobierno y Políticas Públicas de la Universidad de los Andes; sumado a lo anterior, es candidata a magister en Conflicto Social y Construcción de Paz de la Universidad de Cartagena.

EL PRESENTE Y LOS RETOS DE FUTURO

Del mismo modo que a la obtención de las conquistas sufragistas le siguió la mística de la feminidad, los ochenta vieron aparecer una formación conservadora reactiva que intentó volver a poner las cosas en su lugar a fin de deflactar las vías abiertas por los nuevos espacios legales. Se produjo durante la vigencia del conservadurismo Regan-Thacher. Ha sido perfecta y admirablemente descrita por S. Faludi en su libro Reacción. De nuevo la maniobra fue orquestada en sinergia por los poderes públicos la industria de los medios y la moda y la red asociativa conservadora de la sociedad civil. Sin embargo tuvo mucha menos capacidad que su predecesora. Por una parte el panorama internacional no era homogéneo y por otra el feminismo en los ochenta se estaba transformando en una masa de acciones individuales no dirigidas.

Mientras que en algunos países se intentó suprimir o reconducir a los organismos de igualdad a fin de que contribuyeran a positivar un modelo femenino conservador, en otros, por su distinto signo político, el pequeño feminismo presente en los poderes públicos reclamó la visibilidad mediante el sistema de cuotas y la paridad por medio de la discriminación positiva. Internacionalmente el feminismo, que de suyo siempre ha sido un internacionalismo, llegó a lugares antes impensables, las sociedades en vías de desarrollo, y se encarnó en prácticas “de género” que nunca habían existido, reclamando su entrada en la construcción de las democracias. El feminismo de los últimos años ochenta y la década del noventa encontró en el sistema de cuotas el útil que permitía a las mujeres adquirir visibilidad en el seno de lo público y, previamente, había diagnosticado que la visibilidad social estaba interrumpida precisamente porque sus nuevas habilidades y posiciones no tenían reflejo en los poderes explícitos y legítimos. En los hechos esto significaba el fin de la dinámica de las excepciones.

Los repasos cuantitativos se afirmaron como perentorios. Cuántas mujeres había en cada sector relevante y encontrar el porqué de su escaso número fue la tarea de conteo que se emprendió. El diagnóstico fue que existía un “techo de cristal” en todas las escalas jerárquicas y organizacionales, puesto que, a medida que se subía de nivel, con formación equivalente, la presencia de las mujeres iba reduciéndose. Avanzaba el convencimiento de que los mecanismos de selección sólo eran aparentemente neutrales. Entonces comenzó a pensarse en la conveniencia de promover medidas que aseguraran la presencia y visibilidad femeninas en todos los tramos: discriminación positiva y cuotas.

En este terreno los mejores resultados se han obtenido por ahora en el seno de los poderes públicos, pero queda el reto de trasladar este tipo de acciones al mercado, lo que exigiría acuerdos políticos y sindicales bastante amplios. Ambos mecanismos, discriminación positiva y cuotas, pertenecen de suyo a las democracias cuando éstas prefieren incrementar los saldos igualitarios; por lo mismo suelen quedar fuera de los contextos liberales o ultraliberales. Son instrumentos, en el caso de las cuotas, para asegurar la llegada a los lugares seleccionados de aquellos colectivos que son sistemáticamente preteridos; es decir, imponen por cuota el cumplimiento de la meritocracia cuando la cooptación pura y simple no la asegura. La discriminación positiva, a su vez, intenta la imparcialidad en el punto de salida en lugar de en el de llegada; individuos afines pueden no ser tratados de modo afín para asegurarles un pequeño margen a favor en el inicio de la competición.

El feminismo de los noventa se ve abocado a estudiar la dinámica organizacional, lo que no quiere decir que abandone los temas de filosofía política general, sino que tiene la necesidad de iluminar, cada vez con instrumentos más finos, la micro política sexual. Nódulos y puntos de los poderes efectivamente existentes, formas económicas y relacionales, auto presentaciones y capacidad de expresar autoridad, etc, se convierten en parte de sus análisis, lo que da origen a trabajos minuciosos y sumamente informativos. Por este expediente el feminismo consolida su complejidad, al continuar siendo en esencia un igualitarismo doblado de una teoría de las élites. Por lo mismo, continúa siendo un resorte agitativo global que al mismo tiempo se está convirtiendo en una teoría política experta.

LOS RETOS DEL DOS MIL

Para dar entrada a las demandas de paridad planteadas parece claro que el marco teórico actual, todavía a grandes rasgos naturalista, debe cambiar. El naturalismo presente en la escena ideática de fin de siglo lo hemos heredado sin duda del pensamiento ilustrado como reacción al espiritualismo previo. Pero ha sufrido suficientes avatares como para haber cambiado varias veces de rostro: positivismo, eugenismo, sociobiologismo, etc. Sin embargo no es el paisaje corriente de las ideas globales y las concepciones del mundo de la Modernidad porque dé mejores explicaciones de algunos fenómenos que las explicaciones espiritualistas anteriores a él. El naturalismo corriente es sobre todo fundamento y resultado de las prácticas sociales corrientes, como ha demostrado cumplidamente M. Douglas. Si sobre tales prácticas -como ejemplo sobresaliente las que aseguran la jerarquía sexual- existe el disenso suficiente, tenemos al menos una buena razón para confiar en la decadencia futura del reduccionismo naturalista. Con todo, es tal su peso en la cosmogonía moderna que se necesitará un gran esfuerzo conceptual para cambiar de fondo y dejarlo atrás. Si el marco global continúa su iniciado giro hacia el dialogismo y la hermenéutica las posibilidades ya abiertas se ampliarán.

Por lo que toca a las sociedades políticas dentro del mismo marco de globalización, es evidente que las oportunidades y libertades de las mujeres aumentan allí donde las libertades generales estén aseguradas y un estado previsor garantice unos mínimos adecuados. El feminismo, que es en origen un democratismo, depende para alcanzar sus objetivos del afianzamiento de las democracias. Aunque en situaciones extremas la participación activa de algunas mujeres en los conflictos civiles parezca hacer adelantar posiciones, lo cierto es que éstas sólo se consolidan en situaciones libres y estables. Bastantes mujeres han descubierto en su propia carne que el hecho de arriesgar su seguridad o sus vidas para derrocar una tiranía no las pone a salvo de padecer las consecuencias de su victoria si el régimen que tras ella se instala es otra tiranía. Cualquier totalitarismo y cualquier fundamentalismo refuerza el control social y, desgraciadamente, eso significa sobre todo el control normativo del colectivo femenino. Por eso las medidas de decoro que toma una insurrección triunfante, -vestimentarias, de reforma de costumbres, de protección de la familia, de “limpieza moral”- siempre son significativas y nunca deber ser consideradas meros detalles accidentales. Montesquieu escribió que la medida de la libertad que tenga una sociedad depende de la libertad de que disfruten las mujeres de esa sociedad. Sólo la democracia, y más cuanto más profunda y participativa sea, asegura el ejercicio de las libertades y el disfrute de los derechos adquiridos. Por imperfecta que pueda ser, siempre es mejor que una dictadura de cualquier tipo, social, religiosa, carismática. En una democracia los cauces para la resolución de las demandas han de estar abiertos y por ello su presentación pública -aunque ello no signifique inmediato acuerdo- es condición previa de viabilidad y consenso. Los derechos adquiridos incluso en una situación tiránica se pierden, lo que indica el escaso consenso que habían logrado suscitar. Precisamente porque ninguna ley histórica necesaria rige los acontecimientos sociales, las involuciones siempre son posibles y nada queda asegurado definitivamente, la democracia es un tipo político que exige su constante defensa y perfeccionamiento, lo que puede hacerse desde las más variadas instancias, individuales o asociativas. Incrementar los flujos de participación -lo que supone favorecer la contrastación, el debate y el afinamiento argumental- siempre favorece la presentación en la esfera pública de los excluidos y sus demandas. Feminismo, democracia y desarrollo económico industrial funcionan en sinergia, de modo que incluso la comparecencia de feminismo explícito en sociedades que no lo habían tenido con anterioridad, es un índice de que están emprendiendo el camino hacia el desarrollo. El feminismo está comprometido con el fortalecimiento de las democracias y a su vez contribuye a fortalecerlas.

La entrada en las instancias de poder explícito sigue siendo una tarea en curso. Los sistemas de cuotas -formales en unas fuerzas políticas e informales en otras- han contribuido a que todas las listas presenten un número mayor de mujeres que el que habría producido una cooptación sesgada. A pesar de sus defectos, y los tienen evidentes deben seguir aplicándose precisamente porque hasta el momento presente no se puede asegurar la imparcialidad en los mecanismos de la cooptación.

No existen para colocar mujeres donde no las hay -eso sería discriminación positiva- sino para evitar que la cooptación sesgue en función del sexo. El poder explícito y legítimo, cuyo primer analogado es el poder político dentro de las democracias, sirve sobre todo al objetivo de la visibilidad. Hace visible la calidad real de los logros curriculares alcanzados. El sufragismo, en su empeño por los derechos educativos, cubrió el tramo más fuerte y decisivo del camino a la paridad. La visibilidad sólo intenta que ese hecho antes impensable, la educación igual y los resultados con medida meritocrática de las mujeres, sea sistemáticamente obliterado u ocultado “como si todo siguiera igual”. Las cuotas sirven para atajar dos conductas recurrentes por las cuales el privilegio masculino se reproduce: la invisibilización de logros y la discriminación de élites.

El feminismo es también un internacionalismo y también lo ha sido desde sus orígenes, como aplicador que es de la universalidad ilustrada en su doble vertiente, como panmovimiento y como universalismo político-moral. Esto requiere al menos tres instancias de acción dentro del progreso hacia un mundo globalizado. Debe entrar en el debate del multiculturalismo. Debe buscar presencia en los organismos internacionales. Y debe apoyar la posibilidad de una buena rápida acción internacional.

El multiculturalismo, que se acoge fundamentalmente al concepto de diferencia y al derecho a exigir el respeto por esa diferencia, cuando se alía con el comunitarismo puede pretender hacer legítimos y argumentables rasgos sociales de opresión y exclusión contra los que el feminismo se ha visto obligado a luchar en el pasado. Para prestar asentimiento a las posiciones multiculturalistas el feminismo puede y debe cerciorase del respeto de éstos a la tabla de mínimos constituida por la Declaración Universal de Derechos Humanos, a poder ser complementada por las declaraciones actualmente en curso de derechos de las mujeres.

Del mismo modo la presencia y visibilidad de las mujeres en los organismos internacionales debe aumentarse, así como la capacidad de acción de las propias instancias internacionales de mujeres, ya sean partidarias o foros generales. Las experiencias habidas en conferencias internacionales, declaraciones y foros indican la voluntad de presencia en el complejo proceso de globalización, así como la capacidad de marcarle objetivos generales ético, políticos y poblacionales. Por otra parte la presencia del feminismo en las mismas instituciones internacionales asegura también la adecuación de los programas de ayuda en función del género, así como su eficacia. En un momento en que los estados nacionales no son ya el marco adecuado para resolver gran parte de los problemas porque éstos se plantean a nivel mundial por encima de su capacidad de acción individual, el contribuir a la capacitación, mejora y empoderamiento de las instituciones internacionales contribuye a la causa general de la libertad femenina.

El asunto de la buena y rápida acción internacional se vincula, además, con el escabroso tema de la violencia. Las mujeres no están esencialmente comprometidas con la paz. Aunque hasta una filósofa tan crítica e ilustrada como Beauvoir haya llamado al varonil el sexo que mata y al femenino el sexo que da la vida, eso no pasan de ser apelaciones retóricas que sólo cierta mística diferencialista puede tomar como si fueran conceptos. Pero, aunque no sean esencialmente pacíficas ni tampoco lo sean funcionalmente en un sistema jerárquico patriarcal -porque cada mujer usa su capacidad de violencia con quienes sean débiles aunque de su mismo sexo y porque la disposición atomizada hace que cada una, con independencia de su voluntad, apoye la violencia de los varones propios- en una sociedad imparcial las mujeres nada tienen que ganar con la violencia. La democracia, que es ella misma una manera de evitar la violencia y remitir al principio de mayorías éticamente guiado las decisiones, que en ocasiones puede y debe ser violenta hacia el exterior, tiene que deflactar al máximo la violencia interna. Y no termina su acción cuando evita la violencia política y civil, sino que está obligada a preservar a sus ciudadanos lo más posible de su capacidad de violencia mutua. Esto es, tiene el deber de ser segura. Por otra parte, el florecimiento de formas suaves de vida es sólo esperable allí donde la violencia externa e interna del estado no ocupe demasiado lugar en el imaginario colectivo. La paz vuelve “femeninos” a los pueblos, decían ya los historiadores romanos conservadores, Y esto que ellos escribían como una severa crítica, podemos afirmarlo como una firme convicción de las democracias avanzadas. Los valores que la paz promueve, la convivencia, el cuidado, los placeres..no son esencialmente femeninos, sino que son apetencia común en sociedades que pueden permitírselos. Dejo para mejor ocasión profundizar este tema porque, por su enjundia, no cabe despacharlo sin más. Pero adelanto que el feminismo puede constituirse en garantía de paz, del mismo modo que está absolutamente empeñado en la desaparición de la violencia de género y las violencias individuales. Pueden las mujeres libremente reclamar las armas dentro de los ejércitos y puede el feminismo colectivamente exigir una sociedad pacífica e internamente desarmada. Allí donde la capacidad de ejercer violencia es todavía un valor, las mujeres tienen muy poco y son sus víctimas.

Gran parte de los tramos de acción presente y futura hasta ahora enumerados se dejan resumir en tres: variación de marco conceptual, aumento de la capacidad de acción y reparación de los déficits cuantitativos. Quisiera, por último, señalar algunos objetivos inmediatos que despejen en efecto el camino a la paridad. Enumeraré al menos tres de ellos. El primero es solventar también el déficit cualitativo. No podemos pensar que la discriminación de élites no forma parte de los déficits cuantitativos, aunque de suyo es un déficit cualitativo. Y en este momento en particular fortísimo. Dado el actual nivel de formación y preparación curricular de la población femenina, su fracaso masivo -y en esto los números que se comenzaron a hacer en la década anterior son rotundos- no puede producirse sin voluntad expresa de que ocurra ni sin voluntades operativas que lo persigan. El techo de cristal se sigue produciendo y reproduciendo en el conjunto completo de los sectores profesionales.

El segundo iluminar la ginofobia del mercado y desactivarla. Las mujeres resultan ser los sujetos peor parados en el sistema del mercado -en apariencia indiferente- con menores posibilidades de empleo, con peores empleos y con tareas a menudo muy por debajo de su capacidad individual. Ajustar el mercado a la meritocracia para el caso de las mujeres es una tarea primordial. La actual generación de mujeres de treinta años soporta, como ninguna en el pasado, una discriminación continua que, además, tiene muy poco de sutil. Esa generación, la de mayores logros y mejores tasas educativas que hayamos tenidos nunca, está sufriendo, por el momento, un auténtico desastre.

Y, en tercer lugar, hay todavía un grave déficit de voluntad común. El feminismo no es sólo una teoría ni tampoco un movimiento, ni siquiera una política experta. Siendo todo eso, ha sido y es también, lo digo a riesgo de repetirme, una masa de acciones, a veces en apariencia pequeñas o poco significativas. Cada vez que una mujer individualmente se ha opuesto a una pauta jerárquica heredada o ha aumentado sus expectativas de libertad en contra de la costumbre común, se ha producido y se produce lo que podríamos llamar un “infinitésimo moral” de novedad. El feminismo ha sido y es esa suma de acciones contra corriente, rebeldías y afirmaciones, que tantas mujeres han hecho y hacen sin tener para nada la conciencia de ser feministas. Esto es, tales acciones se realizan sin la conciencia de una voluntad común.

Creo que en este momento y en esta tercera ola del feminismo al que pertenecemos , que es la que da paso a un tercer milenio, las mujeres pueden ser ya capaces de forjar una voluntad común relativamente homogénea en su fines generales: conservar lo ya hecho y seguir avanzando en sus libertades. Pertenezcan a la parte del espectro político que pertenezcan, las mujeres presentes en lo público tienen el deber y la capacidad de elaborar una agenda de mínimos consensuados. Si se esfuerzan por lograr fraguar esa voluntad común, todas las mujeres lograremos nuestros fines con mucho menor esfuerzo -aunque sólo sea emocional- del que hasta ahora a nuestras predecesoras les costó conseguir lo que nosotras tenemos.

Pienso que cada tiempo cubre su etapa y nosotras, que vivimos de lo que otras y otros nos consiguieron, tenemos que cubrir la nuestra. Tenemos por delante el reto general de la paridad que implica resolver varios desafíos parciales: La formación de una voluntad común bien articulada que sabe de sí, de su memoria y de los fines que persigue. La iluminación de los mecanismos sexistas -cuando no ginófobos- de la sociedad civil, el mercado y la política. La elaboración común de una agenda de mínimos que evite pérdidas de lo ya conseguido y refuerce el asentamiento de logros. Y la resolución del déficit cualitativo que, en el momento presente, es una vergüenza para la razón.

Para tal resolución los mecanismos de paridad son condición necesaria, pero no suficiente. El salto cualitativo, tan habitual en el discurso dialéctico de los setenta, necesita de los acúmulos cuantitativos, que ahora suelen llamarse “masa crítica”, pero no se resume en ellos. Finalizada la dinámica de las excepciones, sería una trampa caer en patentizaciones exclusivamente cuantitativas. Estas dejan incólume el principio de excelencia que es, bien al contrario, un valor del que hay que apropiarse.

*Este Artículo forma parte del libro Los desafios del feminismo ante el siglo XXI (Amelia Valcárcel y Rosalia Romero (eds.), col. Hypatia, Instituto Andaluz de la mujer, Sevilla, 2000,pags.19-54). Fuente: PoliticasNet

 

Seneca Falls: la primera convención feminista

Sandra Ferrer Valero

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En un pueblo cercano a Nueva York, en su capilla metodista, un 19 de julio de 1848 se reunieron mujeres y hombres para debatir sobre la situación civil y legal de las primeras. Una reunión que concluyó al día siguiente con una declaración que se convertiría en el primer documento en favor del feminismo en los Estados Unidos de América.

El anuncio

En el periódico local Seneca County Courier se publicaba este anuncio:

cartell.seneca-falls3Convención sobre los derechos de las mujeres. Una conveción para discutir las condiciones legales y los derechos sociales, civiles y religiosos de las mujeres. Tendrá lugar en la Capilla Metodista de Seneca Falls, Nueva York, el miércoles y el jueves 19 y 20 de julio a las 10 de la mañana.

Durante el primer día, el encuentro será exclusivamente para mujeres, a las que se invita cordialmente. El público en general está invitado a la segunda sesión…

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Cap.28 Rosa de los vientos.

libros - mujeres - nina peña - rosa de los vientos

Capítulo 28

Hay en mí un miedo ancestral e íntimo, un miedo que roza lo irreal y lo inverosímil y que, sin embargo, contiene el germen mismo de la veracidad, de lo posible, de lo efectivo y concreto, un miedo que no logro alejar por completo, que continúa agazapado en mi interior aun cuando todo parece ir bien, aun cuando parece muy poco probable que los designios de infortunio tengan que cumplirse con la eficacia y crueldad, con la puntualidad exacta y minuciosa con la que siempre llegan.

Hay un espacio para el dolor casi tan grande como para la dicha, ocupando ambos un mismo lugar en mí sin apenas diferenciación. Lo que me duele es casi idéntico a lo que me produce gozo, cómo si ambas sensaciones partieran del mismo lugar, y cuando el goce es excesivo tiendo a esperar el dolor como consecuencia de una hipertrofia del hueco en el que habitan ambos, unidos como las dos caras de una misma moneda, de un mismo órgano, de una misma pieza.

Te miro dormir a mi lado entre las brumas del sueño y me pregunto cómo vas a dolerme tú, que tienes tanto o más miedo que yo, que sientes tanto o más dolor que yo, pero que tienes también más capacidad que yo para la dicha hasta el punto de no tener rencor ni aversión al sentimiento que te ha hecho caer estrepitosamente meses atrás y que eres capaz de recuperar para mí como si yo lo mereciera o lo necesitara.

Te miro en el silencio de la noche mientras todo está en calma, las luces apagadas, las cortinas echadas sobre las persianas que dejan entrar laminada la luz de la luna y de la farola de tu jardín.

No hay una luz amarillenta de despertador en tu cuarto ni números digitales, no hay nada que me indique cuánto rato he estado dormido junto a ti, abrazándote, recuperándome despacio para poder verte fuera de los sueños, para poder recordarte ahora que aún no me he ido, aceptando en mi conciencia de recién despierto que estás a mi lado, desnuda y pequeña, vestida tan solo con el nudo celta en tu cuello que se clava en medio del hueco de tus clavículas y con mi deseo, vestida tan solo de reposo y tregua, con tu tatuaje de la rosa de los vientos en un lado de tu cadera justo en el lugar donde se clavaban mis dedos al sujetarte debajo de mí, vestida tan solo con mi mirada que no se cree estar viéndote desnuda y abandonada a ella.

Amparada por ella.

Cómo vas a dolerme, cómo va a ser hundirme por ti ahora que ya sé cómo es hundirme en ti.

Qué mirada me amparará a mí el día que tú te vayas, con qué ojos miraré todo esto que estamos compartiendo y que nos ha unido cuando ya creíamos imposible que algo así sucediera, cómo va a ser el instante en que comiences a dolerme de verdad. Llevas doliéndome desde que te conocí en algún lugar donde el dolor se confunde con el deleite de sentir dolor, así que cómo será el día en que ya no quede ni un gramo de placer o de dicha y solo me dejes la sensación de tormento y desconsuelo más absoluto e infinito, cómo será el día en que comience a sentir solo el dolor y no el voluptuoso sufrimiento que amarte me produce.

Repaso con un dedo el contorno suave de tu mandíbula y pareces sonreír, acerco mi rostro al tuyo para sentir tu respiración cerca de mi boca y esa cercanía ya es de por sí un pozo de dolor.

Te despertaría si me atreviera y volvería a comenzar el arduo trabajo de amarte sin medir las consecuencias en tu cuerpo o en el mío, tan célibes durante tantos meses, tan voluptuosos momentos atrás, tan castigados por el agotamiento y la novedad, por la responsabilidad que ha significado descifrarnos en los gestos, entender las palabras apenas dichas, adivinarnos los puntos erógenos de cada uno, reconocer las señales del placer laboriosa y delicadamente, concentrándonos en el conocimiento nuevo de nosotros mismos y olvidando que nuestros cuerpos son exactamente igual que otros cuerpos y que pueden movernos los mismos resortes o las mismas prácticas, como si la novedad fuera completamente nueva de verdad, diferente a cualquier cosa que hayamos podido hacer o decir antes.

Repaso tus cabellos sobre la almohada sin llegar a verlos del todo en la penumbra que nos aísla y nos protege del resto del mundo, pero puedo imaginarlos, tocarlos, olerlos, con ese aroma a montaña, vainilla y viento, que siempre se desprende de ti tras una ducha.

Puedo imaginarte de nuevo y repasar mentalmente cada una de las palabras que has dicho, los gestos que has hecho, las caricias que me has prodigado, puedo recordar tu risa tan conveniente y necesaria, tan aliviadora de mis nervios y mi miedo al decirme que poner una alfombra delante de la chimenea había sido la mejor idea de tu vida, el color a cera de tu piel que centelleaba con las llamas, tus gemidos confundiéndose con el crepitar del fuego y tú y yo abrazados, desnudos, casi sin aliento, tan típico y hollywoodiense que nos dio la risa y subimos a la cama con un gesto de rectificación y disculpa que encerraba en secreto el anhelo guardado durante tanto tiempo, que verificaba las ganas de continuar, la satisfacción completa aún lejos de nosotros y con toda una noche por delante para lograrla, sin prisas, sin poder pararnos en un tal vez más conveniente y cortés principio, sin tener siquiera la peregrina idea de dejarlo en ese instante en que nos podríamos haber puesto a salvo de la pasión y convertir un acto único en un único acto.

No era suficiente.

Luego ya no reímos más, ya no nos dimos más tiempo para la risa ni para la conversación, ya no quisimos perder más tiempo en algo que era lo único que habíamos hecho tú y yo hasta entonces.

Sigue sin ser suficiente ahora.

Intento captar los detalles de algo que apenas me había atrevido a soñar pero que esperaba e imaginaba en lo más profundo, en ese lugar en que los secretos son inconfesables hasta para uno mismo, intento recordarte en cada segundo, en cada instante, apenas te he visto, apenas hay luz, apenas he podido retener lo suficiente las imágenes de ti que no quiero olvidar ni que se volatilicen con la llegada del día, quiero apresarlas porque no sé qué va a pasar cuando te despiertes y me veas, cuando decidas qué hacer con esta noche y conmigo, el dolor de verte tan cerca y al mismo tiempo tan lejos me acecha, la posibilidad de que volvamos a la lejanía de antes ya me está lacerando por dentro, lastimándome y dejándome vulnerable como muy pocas veces he sido.

Ese miedo mezclado con atrevimiento, la audacia de quien se sabe vencido y ya no tiene nada que perder me hace besarte, abandonar los mechones de tu pelo para bajar por tu piel.

De repente quiero despertarte pero mi intrepidez no llega a tanto, temo tu reacción, tal vez me he acostumbrado a temer la reacción de las mujeres que me importan así como creo que soy incapaz de abandonar el lecho en que duerme mi amante, la que de verdad es amada por mí.

Una antigua sensación de que puedes desaparecer me invade poco a poco, como si estuvieras aquí por un sortilegio que puede esfumarse por arte de magia, un inmemorial miedo a que de repente no estés, a que te vayas, a que de improviso quieras que me aleje de ti y veas esto como un error me deja sumido en la miseria mientras te veo aún dormida, más deseable si cabe que la vez anterior en que te vi dormir, mucho más deseable ahora que ya conozco tu cuerpo y no intentas ocultármelo con nada, ni con la sábana ni con el edredón ni con una posición de reserva o distancia, te revuelves en mis brazos, suspiras y sigues durmiendo sin tener ni la más remota idea de todo lo que se ha obrado en mí con tu gesto, del remolino de sensaciones que has provocado o del deseo que has despertado.

Quiero despertarte para volver a empezar, para echar los restos, para quemar mis naves, para arriesgarme del todo, para ganar o perder, pero el miedo me atenaza y me conformo con abrazarte, con sentir el dolor intenso de la dulcísima tortura que es estar así contigo, en la incertidumbre de lo que nos hemos convertido, en la esperanza de lo que podemos llegar a ser.

Quiero despertarte porque tu cuerpo lánguidamente dormido, abandonado junto al mío en un ancestral gesto de renuncia soberana de ti, de entrega voluntaria, me enaltece y me encumbra, te dejas abrazar, te dejas besar, giras hacía mí tu cara como si en sueños fueras consciente de que estoy a tu lado y me sonríes, dices mi nombre y me elevas, me rindes, me das permiso para hacer lo que ya llevo tanto rato pensando, abres las piernas sin abrir aún los ojos, aceptas mi mano y mi boca en tus labios, suspiras, vuelves a nombrarme y siento como si solo tú en ese gesto me dieras un lugar en el mundo, como si solo existiera porque tú me has nombrado.

Qué miedo a que lo nombraras a él, qué miedo a tu arrepentimiento, qué miedo a tus recuerdos, qué horror pensar que todo se podía esfumar con las primeras luces y que ni siquiera pudiera conservar tu amistad después de haber cruzado esta línea de fuego, qué pánico a que me compares, a no estar a la altura de él, a que no quisieras volver a comenzar lo que dejamos aparcado hace unas horas o a que de repente se perdiera esa confianza de viejos amantes que hemos alcanzado en nuestra primera noche, a que te levantaras y no supieras cómo decirme que me fuera, a que a partir de mañana me esquivaras y me alejaras de ti, pero abres las piernas y me besas mientras te acaricio con un solo dedo, murmuras una frase extraña, “dame uno de tus dedos y levantaré el mundo” me dices, como si yo supiera o entendiera de dónde te ha venido la inspiración para decirme eso en un momento así, suspiras junto a mi boca y noto tus manos buscándome en la cálida oscuridad del edredón, encontrándome sin problemas, tan evidente yo, tan elemental y primitivo en mis impulsos.

Recuerdo el poema que hemos leído juntos muriéndonos de vergüenza y deseo, el poema culpable de que esto haya pasado, “invadirla hasta la muerte y decirle que la amas mientras te deslizas por sus caderas”, y te digo que te amo mientras me deslizo por tus caderas hasta acoplarme a ti, hasta invadirte por completo como si tu cuerpo fuera un reino que conquistar, un territorio del que tomo posesión clavando el mástil de mi bandera en su tierra con un quejido que sale de tu garganta tal como saldría de la profundidad y las entrañas del mundo, un quejido que tiene algo de seísmo y convulsión, algo de muerte, un estremecimiento que sale de tu boca y en el aire de la habitación se junta con el mío, un grito de conmoción provocado por la sacudida interior que intento disimular para no perder el control de mí mismo.

Me deslizo en ti muy suavemente y no es suficiente.

Hay algo de victoria y rendición en la forma en que me muevo sobre ti, como si hubiera vencido mis miedos y mis presagios de ruina, como si tú los hubieras hecho desaparecer con una frase que no sé de dónde has sacado, con un gemido que me ha aceptado de nuevo, con el simple hecho de haberme nombrado y haberme besado mientras abrías las piernas para mí convirtiéndote toda tú en certeza y fe, como si despejaras todas mis dudas y mis incertidumbres con la realidad y la autenticidad del deseo que me muestras, con la lúbrica codicia de mí que revelas tan impunemente.

Hay algo de victoria y rendición pero eres tú quien gana, quien ha ganado, yo quien se rinde. Mis miedos siguen agazapados en mí, en lo más profundo, y ahora parecen calmados ante la furia, pero no he sido yo quien ha librado la batalla y los ha vencido, sino tú.

Aún no amanece siquiera y ya estamos despiertos del todo, completamente conscientes y desvelados para lo que pueda quedar de noche, recuperando con movimientos las poquísimas horas de quietud que hemos tenido esta noche.

Sigue sin ser suficiente ahora, cuando estoy aún dentro de ti, “imposible no caer en ti como la lluvia, no asirme a ti como la hiedra”, imposible no morir un poco entre tus brazos y tus piernas, imposible no observarte con un detenimiento que tiene algo de asombro, de vértigo, imposible no querer ver la respuesta que me das con un leve asomo de satisfacción íntima que en el fondo me recrimino mentalmente y que me sume en una vergüenza un tanto pueril, imposible que sea suficiente, sé a ciencia cierta que nunca voy a tener suficiente de ti, imposible que tanto amor quepa en una sola noche y en un solo cuerpo, imposible que pueda amarte de esta forma de la que nunca me creí capaz, imposible que esto esté sucediendo, imposible que tú aún tengas más para darme y más capacidad para recibirme, imposible pensar que hemos estado a un solo paso, a una sola decisión de que esto jamás hubiera ocurrido.

Mañana seguirá sin ser suficiente.

Mañana, hoy, dentro de unas escasas horas o tal vez minutos, cuando el sol nos sorprenda aún en esta cama, cuando no vayamos a tomar el café de costumbre, cuando mi padre se levante y vea que no he dormido en mi casa, sino en la tuya, cuando permanezcamos abrazados hasta que el sueño reparador renueve nuestras fuerzas y podamos vernos con claridad.

Déjame que siga durmiendo un instante más, no te levantes antes que yo ni prepares el desayuno ni te vayas de mi lado un segundo para hacer café o para ir al baño, quédate conmigo sin repetir los gestos que hiciste con él.

        No me permitas tampoco que sea yo quien lo haga, quien me levante para agradecerte esta noche con un gesto de cortesía tan infame como un desayuno para dos y muestre una familiaridad impertinente de colonizador de territorios que toma posesión de lo que no es suyo, impídeme que repita los gestos que hice con ella, impídeme que caiga en los mismos errores del pasado, deja que me invente para ti en ese preciso instante, déjame aparecer nuevo ante tus ojos, renacido de entre tus manos, ungido de entre tus piernas.

Solo mírame y dime que no te arrepientes de nada, mírame y sonríe como has hecho hace tan solo un instante, di mi nombre y sabré que me aceptas en tu vida, sabré que todo mi miedo no era más que miedo a perderte.

 

Puedes encontrar mi libro en formato papel en la web de ACEN o pregunta en tu librería favorita.

https://aceneditorial.es/libro/rosa-los-vientos/

 

Verano sin vacaciones.

nina peña - libros - literatura - feminismo - mujeres

Habitualmente el verano es una época de vacaciones, de relax y de tratar de descansar de aquellos trabajos que llevamos meses desempeñando y de los que ya necesitamos tomar distancia y recargar las pilas.

Yo, por el contrario, es cuando más trabajo me impongo.

Este mes de julio ni siquiera había hecho una entrada en el blog… y eso es algo muy pero que muy raro en mí.

Por mis circunstancias personales, en verano no trabajo fuera del hogar, lo cual me debería permitir tener tiempo libre, pero ocurre que es cuando más tiempo tengo para escribir y estudiar, algo que durante el resto de año tengo que ir compaginando con ese otro trabajo menos creativo y que me ayuda a pagar las facturas como a todo hijo de vecino.

Para estos meses me he impuesto dos cursillos online que aún no he podido terminar, sigo de lleno metida en la redacción de mi novela y además estoy metida de lleno en un ensayo el cual, si todo va bien, quiero presentar a concurso, con lo que, me urge terminar su estudio, su redacción y corrección antes de que el tiempo se me eche encima y no llegue a los plazos estipulados.

No es que tenga el blog abandonado…sino que tooooda mi persona esta abandonada, soy una maquinita de escribir y de pensar y creedme que aunque es agotador, también es muy gratificante. Diría que proporcionalmente gratificante.

Prometo tratar de hacer nuevas entradas en cuanto tenga un poquito de tiempo… el problema es que el tiempo es algo tan relativo….

 

Cuando el tamaño, de verdad, no importa.

La novela corta, sobre todo a los que nos gustan los grandes tochos, nos a la equivocada impresión de que es poco menos que insuficiente, que con unas pocas páginas no se puede concentrar el buen hacer de un gran autor o todo el argumento de las novelas grandes.

Nada más lejos de la realidad. En la literatura, como en otros casos, el tamaño no importa.

Lo importante es saber qué hacer con el material del que dispones en tu mente, en tu pluma o en donde lo tengas.

La novela corta es un género a veces olvidado que va a caballo entre el cuento, el relato y la novela. Se podría decir que es un poco de todos ellos y que por su extensión siempre será más largo que un cuento o que un relato pero más corto que una novela.

Tiene las mismas características principales, la trama los personajes, la acción, pero tal vez no se pueda profundizar o tienda a estar más simplificada, a ir al grano.

Voy a dejaros cinco títulos con los que queda más que demostrado que las novelas cortitas no tienen nada que envidiar a las grandes novelas.

 

nina peña - kafka - novela - librosMetamorfosis. Franz Kafka

Publicada en 1912, La metamorfosis está incluida en plena época del expresionismo aunque por su contexto, de sobra conocido, se adelantó en muchos años al género que mejor parece designarla, el surrealismo.

Es un libro que solo comenzar ya produce una sensación de desasosiego en el lector como muy pocos libros han conseguido, y aunque está llena de simbolismos y no son pocos los críticos filósofos que han tratado de desentrañar todo su significado es bastante poco preciso tratar de desenmarañarla por completo. Hay quien dice que esta obra es impensable comprenderla sin conocer la vida privada de Kafka porque es un reflejo interior suyo. Yo la leí hace muchos años, cuando quizá ni siquiera tenía edad para ella o para sacarle una buena lectura, pero desde la inopia, se puede leer perfectamente, aunque eso sí, creo que va siendo hora de darle un releído urgente.

 

nina peña - John steinbeck - novela - librosDe ratones y hombres. John Steinbeck

Vaya por delante decir que Steinbeck es mi autor norteamericano favorito de todos los tiempos desde que a los 13 años leí Al este del edén empujada por una película que no le hace justicia en absoluto a tan magnífica obra.

De ratones y hombres es una novela realmente corta, apenas cien páginas de puro realismo en el que nos plasma unos hechos que transcurren en una época y un lugar concreto. La historia nos habla del sueño americano… oh sí, ese sueño que casi nadie consigue pero con el que todos sueñan mientras se tropiezan con el quehacer diario, la realidad y la inercia de la vida.

La historia refleja la soledad, la pobreza, los sueños rotos, la amistad entre hombres rudos, sencillos, humildes, sin recursos pero con diversiones poco “edificantes” que los van conduciendo al desenlace final.

Un final duro, pero necesario para completar un cuadro real y sórdido como era aquel entonces.

 

nina peña - orwell - novela - librosRebelión en la granja. George Orwell

Publicada en 1945 está considerada una de las obras más influyentes del s.XX.

Seamos sinceros: que los animalitos de una granja tomen el poder, se rebelen contra granjero formando un gobierno que a su vez terminará convirtiéndose en una tiranía es completamente extrapolable al género humano.

Se considera que esta obra de Orwell, imprescindible en el pensamiento crítico de su siglo y padre también del Gran hermano, es una crítica a la revolución rusa y a la corrupción del gobierno de Stalin, aunque hoy en día se le podría aplicar a más de un gobierno que presume de esa misma ideología.

Su tema principal es el abuso del poder y la corrupción que este genera en todos quienes lo ostentan.

En realidad su carácter universal nos sirve para poder aplicarla al gobierno de casi cualquier país en donde la corrupción y el abuso de poder junto con la pérdida de derechos, el desamparo por parte de los gobiernos y el retroceso económico y social de las clases más humildes haya hecho más mella. No me voy a ir muy lejos, España sería un buen ejemplo de cómo el poder corrompe.

 

nina peña - marguerite duras - novela - librosEl amante. Marguerite Durás.

El libro nos habla de la relación sentimental ente una chica blanca de quince años y un comerciante chino mayor que ella.

Aunque podríamos incluirla en el género erótico, esta obra va mucho más lejos y nos lleva a un lugar fuera de la moral, donde los cuerpos y el deseo reclaman todos sus derechos y a un momento histórico concreto de colonialismo, racismo, corrupción y sobre todo de rebeldía y liberación personal.

Es una historia de amor y pasión que surge en un mundo del que los protagonistas se sienten aparte y que además profundiza en una realidad social en la que se abarca la colectividad desde la individualidad de los personajes.

 

nina peña - garcia marquez - novela - librosEl coronel no tiene quien le escriba. Gabriel García Márquez.

La historia narra tres meses de la vida del coronel y de su esposa que viven, sumidos en la pobreza y la miseria, en un pueblecito tropical de Colombia.

El coronel lleva quince años esperando su pensión como veterano de guerra por parte del gobierno. Algo que le prometieron al terminar la guerra.

La carta, que nunca llega, nos habla de la corrupción, del estado y de los gobiernos que abandonan a quienes lucharon y a quienes se sacrificaron por su país.

Es un libro lleno de significados ocultos y de símbolos, como la lluvia o el gallo, con los que García Márquez se apoya para desarrollar la acción.