Todas las entradas por Nina Peña Pitarch

Ya con tres novelas en el mercado, un libro de relatos y un ensayo... sigo sin saber de qué va todo esto, pero sigo escribiendo. Quién sabe, igual algún día hasta acabo conociéndome mejor a mí misma y tal vez entendiendo un poco el mundo que me rodea.... Quién sabe..

La llamada de la palabra

 

mujer escribiendo - nina peña - libros - escritora

Se le llamaba profesión sacramental.
Era un sacramento, la vida entera dedicada a una vocación, una llamada  de la conciencia, del alma. Ser escritor era algo casi sagrado que modificaba toda una vida. Algo más que una afición o una querencia, mucho más que un oficio. Era una disposición personal, un don que desarrollar, una aptitud que no todos lograban tener y que debía desarrollarse continuamente.
Su carácter solitario, secreto, de comunión con las palabras, silencios y recogimiento, le daba ese aire místico e intelectual que todavía se conserva en el aura de viejos literatos. Malditos o benditos, los escritores dedicaban su vida a escribir, y ese oficio de juntar letras y dar vida a personajes e historias, modificaba de tal forma la vida de cada uno que hacía imposible que un autor se dedicara a cualquier otra cosa que no fuera en mismo oficio de escribir.
Vargas Llosa dice en su libro “Cartas a un joven novelista” que escritor es aquel que hasta sus más íntimos pensamientos necesita ponerlos por escrito, independientemente de que sean publicados o leídos por alguien. Hoy, todavía leo a compañeros que escriben por el hecho de que no podrían vivir sin ello, no se imaginan haciendo otras cosas o simplemente “colgando la pluma”.
Cuando preguntas a un autor por qué escribe la respuesta suele ser la misma: porque no puedo hacer otra cosa, porque lo necesito, porque no sé vivir sin escribir. La semilla está dentro de cada uno esperando crecer y desarrollarse, y no siempre ha de hacerlo en tierra abonada y fértil. A veces escribimos desde páramos lejanos y estériles, desde llanuras desérticas y planicies áridas en donde nada fructifica. A veces sabemos que estamos tirando simientes en terrenos baldíos y no por ello abandonamos la manía de seguir escribiendo.

paul auster - nina peña - libros - literatura
No todo termina en libro, en novela, en poemario. Hay miles de letras escritas que permanecerán siempre ocultas. Cuartillas que comenzamos a rellenar cuando contábamos nueve años y el mundo era un lugar bueno e inocente que, sin embargo, ya resultaba tan incomprensible como para tratar de explicarlo.
En los blogs de autores, languidecen historias que en otros tiempos hubiesen sido llamadas a no ver nunca la luz. Mueren palabras recién nacidas de los dedos rápidos que etiquetan fotos, adjuntan enlaces, y buscan bibliografías con las que ampliar horizontes. Tenemos el mundo al alcance de la mano y accedemos a él con un clic rápido en el ratón. Diccionarios de sinónimos, correctores y herramientas imposibles de imaginar por aquellos que nos precedieron. Podríamos considerarnos afortunados. Pero seguimos escribiendo y buscando explicaciones, tratando de entender el mundo. Al final estamos solos frente a la pantalla del ordenador, atacando un teclado, mirando un procesador de textos. Con la misma inquietud que tenían aquellos que rasgaban cuartillas enteras, que emborronaban con tinta los márgenes de las hojas, que afilaban plumines, los que tenían que modificar textos tachando palabras, que arreglaban y explicaban el mundo mientras corregían las galeradas de una rudimentaria imprenta.
La vocación sigue ahí. Intacta. Sigue modificando la vida de quienes sentimos la llamada de la palabra. Los letraheridos, que nos llaman ahora. Nos seguimos desvelando en los mismos temas y tratamos de encontrar nuestra propia forma de contarlos, nuestra propia voz, tan escurridiza, tan propensa a confundirse con otras voces y con otros afanes. Sigue modificando nuestra vida, seguimos sintiendo que queremos dedicarnos a esto en cuerpo y alma y sufrimos por no lograrlo, por tener que seguir viviendo el día a día cuando querríamos estar escondidos en nuestra cueva, sentados ante el folio blanco.
Profesión sacramental. Pura vocación. Una estela que necesitamos seguir, una llamada que necesitamos responder, una disposición para soñar que nos urge a seguir despiertos.

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Acercamiento a la poesía de Lluïsa Lladó

lluisa llado - nina peña - poesia

“Ser poeta ya no es una pose, es una necesidad de oficio y muy importante. Y las generaciones nuevas son conscientes de su misión altavoz en la sociedad para las injusticias o el amor.”

Lluïsa es de las poetas que lee en voz alta, que sabe de la condición maldita y al mismo tiempo bendita de quien tiene alma de poeta: gritar verdades incómodas; denunciar injusticias;  poner voz a los que no la tienen; amar a gritos y de forma apasionada, vehemente, como solo aman aquellos que de verdad aman.

lluisa llado - nina peña - poesia

El próximo día 21 Lluïsa presenta su poemario “El arca de Wislawa”  en Jaén, un poemario que ha nacido entre aguas y versos, entre Polonia y Castellón, y para que podáis conocerla un poco mejor, me he tomado la libertad de transcribir un par de versos suyos, unas pinceladas nada más, de su buen hacer literario.

Espero que os guste. Seguro que os gusta.

 

Cachemira y mohair

La diferencia del paralelo,
entre tú y yo, sentarnos uno frente al otro,
como dos extraños en Siberia.

La incongruencia,
haber estado enredados sin ropa,
escasa una tregua.

Igual que dos hebras de lana
de anudada demencia.

La mía es color esperanza.
¿De qué color es la tuya?

 
Bitácora de Pallares

I.
Lilian me dijo con serenidad de las que heredamos
el don de la clarividencia:
– Luisa, tú viviste en otra vida en Polonia.
Estás conectada a Wislawa.

II.
Subida a la copa del árbol
el salitre cuelga
en las paredes
con formas fotógrafas.
Qué mejor encuentro de playa con vino blanco
y un pan de viajes.

Los nómadas vestimos de salitre
hacemos olas en la bañera
con la espuma depilatoria
que busca caladeros.

Vamos a cazar estrellas polares,
tienen letras jibias
y mucha
vida
de mar.

 

Citas

nina peña - citas - dumas

“No hay felicidad o infelicidad en este mundo; solo hay comparación de un estado con otro. Solo un hombre que ha sentido la máxima desesperación es capaz de sentir la máxima felicidad. Es necesario haber deseado morir para saber lo bueno que es vivir.”

-El conde de Monte Cristo de Alexandre Dumas.

La bicicleta

nina peña - bicicleta vieja - zenda - concurso

La bicicleta está en un rincón oscuro de la buhardilla, colgada entre dos hierros anclados en la pared y las ruedas orgullosamente alzadas, gallarda todavía, esbelta, con esa lozana decrepitud que alcanzan las cosas bellas e importantes cuando llega el ocaso de sus días.

La herrumbre no ha logrado afearla, al contrario, le impone la madurez propia de las obras de arte bruñidas que con el tiempo adquieren la pátina que acaba por darles valor y reconocimiento.

Esa bicicleta, silenciosa en la oscuridad, guarda la memoria de años en que su timbre metálico resonaba sobre el empedrado gris de la calle y tras el cual los niños corrían, gritaban, e interrumpían sus juegos frente el pórtico de la iglesia para inventar carreras y porfías, lanzando retos que siempre ganaba el mismo y cuyo premio era una vuelta sentado en el cuadro del manillar con derecho a dar timbrazos.

En los rayos metálicos de sus ruedas, unas motas oscuras delatan el paso del tiempo. Su sillín triangular, de duro cuero marrón, declara su edad sin pudor, como esos abuelos que comienzan a contar historias haciendo un recuento de los años que tenían por aquel entonces, compartiendo, además de la costumbre, el mismo olor a piel curtida por los soles y los vientos de innumerables inviernos y veranos. Tan lejanos. Casi tan cercanos.

Mirar la bicicleta es abrir una ventana al pasado por donde se cuela el aroma de la niñez perdida. En las tardes, entraba el canto de los pájaros y la voz de mi madre, cantando coplas, mientras tendía la ropa al sol, olorosa a jabón y limpieza. También irrumpían de repente voces de vecinos, toses asmáticas, pregones de buhoneros y mercachifles, afiladores, ropavejeros y lecheros. Palabras sueltas de los jornaleros al volver de las huertas. Relinchos de mulas y el traquetear de las ruedas de los carros sobre los adoquines mojados. Todo un mundo perdido de oficios y costumbres que ya nadie recuerda.

Mirar la bicicleta, ahí colgada, muda en su silencio estridente, es regresar a mis inquietudes de niño y a todo aquello que se vislumbraba tras mis ojos sin que llegara a comprenderlo. Las procesiones y los lutos, las velas y las bandas de música tocando marchas militares. Los silencios hoscos. Campanas al vuelo que señalaban horas, cuartos, maitines, difuntos. Voces de radio, ángelus y boleros, consultorios sentimentales, anuncios de detergente. Es oler de nuevo la colonia Joya y la crema Nívea.

Y se supone que debo cerrar esta casa, esta buhardilla, descolgar esta bici vieja, llevarme aquello que quiera conservar y entregar las llaves como quien entrega algo que ya no le pertenece, cuando en realidad, esto es mío y siempre será mío; tuyo si te lo lego en la sangre y en el recuerdo; si te lo traspaso en las costumbres; si te cuento su historia.

Todo empezó cuando mi abuelo volvía del campo montado en esta bicicleta vieja a la que quería y cuidaba como si fuera un tesoro y tras él, siguiendo el aromático rastro de la hierba recién cortada que transportaba en el cesto, yo, un niño de pantalones cortos, rodillas despellejadas y pelo rapado, corría para ganarme el derecho a ser paseado en el cuadro del manillar y a tocar el timbre con el que escandalizar a las mujeres, que a esa hora se reunían a rezar sus rosarios vespertinos.

#historiasdebicis

#concursozendalibros

 

 

 

Escritor o emprendedor

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Hoy en día publicar un libro en una gran editorial es casi como jugar a la lotería. Te puede tocar o no, pero lo cierto es que hay que comprar boletos para ello.

Tienes el libro acabado, en mente ves tu nombre en las páginas centrales de un periódico anunciando su venta o su presentación, el Word te quema: necesitas sacarlo al mundo, hacerlo público. Mentalmente esperas que guste pero te preparas para las críticas. Creo que en ese momento acariciamos todos el mismo sueño: ser como esos escritores que admiramos, que se pueden dedicar a escribir, a documentarse, a estar frente al papel en blanco y hacer de su amor no solo un arte, sino un trabajo.

La realidad es brutal.

Las grandes editoriales, esas que llenan las estanterías de nuestras bibliotecas, han hecho limpieza de autores, títulos y depurado catálogos. Ya no aceptan manuscritos. Al contrario. Han puesto en marcha un sello independiente de auto-publicación que viene a ser lo mismo que todos los que se anuncian te pueden ofrecer porque, seamos sinceros, si se anuncian o te piden manuscritos son editoriales de auto-publicación…

El autor ya no es ese escritor que se sentaba a pensar, a reflexionar sobre lo humano y lo divino, el que se volvía loco buscando expresiones y palabras con las que expresar un mundo interior o unos pensamientos. Ya no busca la crítica social a través de sus páginas, ya no es el romántico que se sienta a mirar el compás de las olas buscando inspiración. Ya no es el maldito que necesita emborracharse para sacar toda la mierda que lleva dentro depurada en líneas con sentido.

El escritor ha de ser un emprendedor. Ese es el boleto que te puede tocar si lo juegas.

Y puedes sentarte en una terraza frente a un café mirando el pasar de la gente tratando de ver en su comportamiento personalidades dignas de ser reflejadas en tu libro. Puedes mirar el vuelo rasante de las palomas sobre las mesas y sillas vacías de estas mañanas de lluvia en terrazas solitarias. Puedes quedarte mirando el mar y contar los vaivenes de sus aguas o los barquitos pesqueros que se divisan a lo lejos. Puedes ser el último romántico sobre la faz de la tierra… y puede que no te sirva de nada.

Puedes romperte la cabeza buscando la palabra justa, el término exacto, el sinónimo necesario para decir lo que de verdad quieres decir. Puedes creer de verdad que todo está escrito ya y que solo cambia la forma de contarlo, esa forma que buscas con ahínco y sin descanso.

Puedes sentarte a escribir cientos de palabras en una tarde o puedes volverte loco porque no hay forma de escribir ni una.

Nada de eso importa. No has de ser escritor solamente, has de ser emprendedor.

Saber corregirte los textos, saber editarlos, maquetarlos, hacer las portadas, trazar estrategias de marketing, publicidad, hacer carátulas perfectas para que se vea bien tu libro en cada red social, machacar las redes, organizar concursos, escribir en tu blog, hacer entrevistas, críticas, reseñas de otros libros, publicar en grupos de lectura, llevar bien la contabilidad de los libros que vendes, de los que no, de los que tiene cada librería con la que previamente has contactado…ser escritor, hoy en día es llevar un negocio, no escribir solamente.

Miras hacia atrás y ves a los otros, a los anteriores escritores que solo tenían que escribir y dejar hacer a la editorial. Has llegado tarde. Quizá eso ya no vuelva a hacerse jamás pero es lo que siempre has soñado. Escribir. Qué lástima que uno llegue tarde a sus propios sueños.

 

A veces

palabras - nina peña -

A veces lo hago. Me lio a hablar, a charlar de mil cosas y me olvido de lo principal. Me diluyo y me pierdo en palabras que no tienen ni valor ni significados, en matices que yo entiendo o no y que otros no entienden o sí.

Me evaporo en alientos banales, en intentos frustrados de comprensión, en ideales que son ideas y no van a cambiar  mi mundo.

Palabras que no son nada porque el diálogo no admite la comprensión ni tampoco lo nuevo, lo distinto. No admite prismas diferentes ni opiniones contrarias.

No admite la razón de las cosas.

Palabras que buscan más convencerse a sí mismas que entender a aquel que está frente a ti.

Las palabras que son mi única arma, mi único modo de expresarme, se quedan vacías, colgadas de hilos invisibles, movidas por las corrientes de viento y pensamientos, inertes, como piezas de ropa puestas a secar al sol de veranos ardientes.

Palabras. Solo. Nada más y nada menos que palabras.