Notas de cello y azahar

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No había vuelto a esa casa en más de diez años.

Allí, donde comenzó y acabó todo, donde los recuerdos se agolpaban en cada rincón, en cada sombra, en cada palmo de la tierra que la bordeaba, en cada árbol o acequia, en cada piedra.

Amaba más ese rincón olvidado de lo que creía recordar, pero solo ahora, al volver, se daba cuenta.

Había algo de primigenio en todo aquello, algo que corría por sus venas y que formaba parte de su cuerpo tanto como de su memoria más antigua o de sus anhelos más recientes. Todo aquello que le volvía a la cabeza junto con aquello que soñaba poder realizar, tenían en común aquella casa enclavada en lo alto de aquel montículo, donde cada noche se posaba elegantemente la luna rodeada de olivos y naranjos, donde la envolvía una bruma extraña que salía del rio en las noches de invierno y que removía funestos presagios que se disipaban siempre a la mañana siguiente cuando veía el relente sobre la hierba adornándolo todo con un mano brillante y húmedo.

Los naranjos de hojas anchas tenían gotas de rocío que nunca llegaban a caer y los tallos de hierbas, de malas hierbas, las mantenían orgullosas en su cima más alta como en un intento de mostrar cuán fuertes eran a pesar de su frágil y fina apariencia. Un manto de escarcha cubría y brillaba en la tierra, envuelta en quietud y verde por entre las oscuras piedras y la tierra seca y pedregosa.

Había costado años desbrozar y sacar las piedras de aquel lugar para poder plantar los huertos que ella había contemplado desde su niñez y que iban decayendo poco a poco. Muchas manos fuertes, callosas y ásperas del árido trabajo en la tierra, habían sacado piedras de varias hectáreas hasta hacer de aquel lugar una finca cultivable, y esas mismas manos, las habían acumulado en los lindes formando los muros de piedra que podía contemplar desde su ventana y que bordeaban la fachada principal.

Era imposible volver y no recordar.

El olvido de todo aquello que amamos es siempre imposible, aunque su recuerdo duela, aunque nos vuelvan a sangrar las heridas, aunque sintamos de nuevo aquella punzada de dolor atenuada por el paso del tiempo. Sigue ahí, doliendo en algún territorio ilocalizable de la memoria, de las costumbres adquiridas, de la semejanza de los cuerpos o de los actos de aquel entonces. Sigue ahí acechando en algún lugar remoto, saliendo a traición entre los sueños, entre los pensamientos y todo aquello que creemos haber dejado atrás.

A veces no hacía falta ni siquiera volver para recordar. Un aroma, una canción, una imagen, una palabra eran suficientes.

Pero había vuelto.

Podía contemplar aquel fabuloso terreno desde la ventana de su habitación, sentir la melancolía de todo un tiempo pasado, el peso de la responsabilidad en los hombros y en la conciencia al igual que sentía el frescor de la noche o la humedad de la mañana, al igual que volvía a sentir entre sus dedos las paredes que iba rozando o las plantas que iba acariciando, igual que sentía el sol de todos los veranos quemándole la piel, igual que sentía el aroma de azahar al caer la noche o que escuchaba la inmensa tristeza del cello en el salón donde nunca entraba por qué él lo había ocupado por entero desde su llegada y convertido en el santuario de dónde saldría una nueva composición, quién sabe si su obra maestra.

No sabía por qué, pero podía visualizarlo en ese mismo momento, no con el esmoquin de sus conciertos si no descalza, con unos simples vaqueros y una camisa, con el flequillo cayéndole sobre los ojos y moviéndose al compas de esa música que ya taladraba su corazón con cada arrastrar de notas.

La imagen de él que guardaba en secreto no era la del escenario o la de sus conciertos sino una imagen bucólica creada en su mente en dónde lo imaginaba como en una decadente novela romántica de esas que se leían en su juventud, con portadas de varones ejemplares y de mujeres de hombros descubiertos, con títulos pasionales que entonces le parecían el colmo del romanticismo y que ahora recuerda con cierto grado de vergüenza.

Y esa imagen figurada no encajaba con la del hombre que arranca aquellas notas de las cuerdas a altas horas de la noche porque él es, a todas luces, un hombre como tantos, aunque poseía una magia y una expresión de tormento o de éxtasis en según qué piezas, en según qué momento de su actuación, en qué registros, que lo convertía en alguien extraordinario.

Aún puede notar el impacto del primer instante en que lo vio, el golpe de su corazón, la forma en que se hizo el silencio alrededor suyo porque iba a comenzar el concierto y que fue atronador para ella porque lo señaló como el eje de algo que todavía no sabía que iba a suceder.

Esa luz enfocada en él, la expectación del público, las miradas de admiración, el sigilo respetuoso de quién está esperando y que encumbra lo esperado, esa forma en que todo dentro de aquel teatro se alió para que lo viera poderoso, solitario, inalcanzable y engrandecido por un arte casi desconocido para ella, tan sublime, tan sensitivo, tan novelesco y pasional que parecía un sueño.

Pero no lo era, y estaba allí, en la casa donde ella nunca creyó que iba a volver y adónde no habría vuelto de no ser porque él necesitaba apartarse del mundo y la necesitaba a ella para inspirar sus composiciones; ella, la musa y la mujer que le llevaba a la creación.

Ambos estaban presos de una similar adoración; él por la música, ella por él.

Le sonrió cuando lo vio mirándola en el quicio de la puerta, sintiendo las vibraciones de notas musicales a su alrededor como un aleteo de mariposas.

– Ven, vamos a crear una nueva sinfonía.

 

 

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De mujer a mujer.

nina peña- de mujer a mujer articulo - biografía de mujeres

 

Cuando comencé a escribir, supe que quería escribir sobre mujeres de hoy en día, de nuestros pensamientos, nuestra forma de pensar, vivir, amar, y siempre de una forma que pudiera ser real, con la que yo o cualquiera que lo leyera pudiera sentirse identificada, pero, también es cierto, que no quería que mis libros no pudieran ser leídos por hombres, con lo cual, me he tenido que preguntar muchas veces cómo hablar de nosotras sin echar a ningún hombre para atrás, sin que leer mi libros pudiera ser algo de lo que ellos se sintieran excluidos.

El día de la presentación del libro, Ismael, el librero que hizo la presentación, un sol de persona, fue el primero en preguntarme si mi libro podía ser leído por un hombre, ya que la historia que cuenta es sobre cuatro mujeres y un viaje iniciático… yo le contesté que todos deberían leerlo, a ver si así lograban enterarse de una vez por todas cómo somos, qué pensamos, qué cosas no motivan, nos duelen, que cosas nos gustan y que cosas no nos gustan…

No he dejado de pensar en cómo enfocar nuestro universo femenino en mis libros.

He estado buscando, leyendo, informándome y he llegado a la conclusión de que simplemente, debo contar las cosas como yo creo que son, dejando una parte de mi identidad como mujer entre las líneas, sin mentir a nadie y sin mentirme a mí misma, intentando mantenerme dentro de una posición de honestidad y al mismo tiempo, reivindicar el lugar que nos corresponde y del que hemos sido apartadas durante siglos sin caer por ello en los tópicos del feminismo y machismo.

En mi primera novela, los hombres son consortes de las cuatro hermanas y en ellos hay distintos caracteres sobre los que ellas recapacitan.

Por cada forma de ser femenina, para cada historia o carácter, hay una forma de ser masculina y carácter que la complementa de una forma u otra, para bien o para mal. La mujer que huye de los malos tratos no pierde la fe en el amor y en los hombres, lo que le da fuerzas y el conocimiento necesario para reconocerlo cuando de verdad llega.

No podemos explicarnos unos sin otras o unas sin los otros, estamos tan condenados a entendernos, que cuanto antes lleguemos a ese entendimiento igualitario que sería ideal, será mucho mejor para todos y todas.

Los historiadores reconocen que en un principio, la vida religiosa y social de los hombres en los albores de la humanidad, estaba marcada por un sistema matriarcal y el culto a la Madre Naturaleza. Permanecían ajenos por completo a su papel dentro del proceso de la concepción y la maternidad así como a su papel productor de los frutos de la tierra.

Con la evolución y con la conciencia de que ellos sí formaban parte de ese don que era la reproducción y producción (sexo y trabajo) su concepción el mundo cambió por completo. El hombre pasó de ser un mero espectador de las maravillas naturales, a ser parte de ellas hasta el punto de que sin él, nada ocurría. Es más, su fuerza física y la necesidad de continuar la estirpe le hizo sentir poderoso, y el nacimiento de las religiones hizo el resto… La mujer pasó de ser equiparada con la madre naturaleza, a ser doblegada por los hombres, que además, adquirieron el conocimiento de cómo hacer que ambas le fueran favorables gracias a su dominio.

Tal vez eso sea una muy somera explicación de por qué las mujeres hemos estado discriminadas desde tanto tiempo atrás. Por qué se nos ha callado, se nos ha tenido relegadas, y se han llevado a cabo tantos actos de crueldad que aún hoy parece que sea de mal gusto reivindicar.

La historia de la literatura, tanto en sus figuras literarias como en sus personajes, es un claro reflejo de la evolución del hombre

En mi segundo libro, que verá la luz este otoño, Rosa de los vientos, los dos protagonistas tienen unas vivencias similares, sufren, aman, sueñan y se enamoran de la misma forma, salvo que en cada uno de ellos el proceso es diferente porque lo asocian a su forma de entender el mundo desde la perspectiva del sexo al que pertenecen. Así, Marcel, el protagonista masculino, ha sido dañado por una mujer que, hizo del feminismo una excusa para poner la libertad por encima de la fidelidad o de la honestidad, y ella, Lara, también es dañada por el machismo de un hombre que solo busca satisfacer sus necesidades más primarias.

Cuando logran superarlo, ambos pueden amarse en igualdad.

Ambos son víctimas del sistema patriarcal. Les afecta de distinto modo, pero les esclaviza por igual.

Las páginas más bellas de ese libro están escritas precisamente por el protagonista masculino, que es quien más recapacita sobre el amor, los sentimientos, la libertad, las relaciones, los miedos… no fue difícil ponerme en su piel porque de verdad creo que unos y otros sentimos igual aunque no lo expresemos de la misma forma.

Un compañero escritor, presentador y actor, un auténtico comunicador como es Antonio Arbeloa, me preguntó en una entrevista si me costaría mucho ponerme en la piel de un hombre para escribir, si quizá mi libro “¿Cómo que a qué huelen las nubes? podría haberlo escrito con cuatro hermanos, cuatro protagonistas masculinos. Ahora creo que sí, con Marcel lo hice, entré en la mente de un hombre e intenté plasmar lo que podía pensar o sentir y, creedme, no hay ninguna diferencia intrínseca entre nosotros, sino cultural.

Sin embargo, ellos no tienen que reivindicarse. Nosotras sí.

Por eso sigo buscando… sigo intentando encontrar mujeres en los libros y en la historia, aunque a veces sea difícil recuperar a más de una mujer silenciada por el peso de los siglos, de la cultura impuesta y del olvido.

Y así, de esa forma, ha nacido esta nueva sección en la que quiero recuperar la memoria y la vida de mujeres o de personajes femeninos. Porque darles voz, reconocer sus vidas, leer sus letras, y pretender situarlas en el lugar que la historia les ha negado, aunque sea desde mi modesto blog, me parece un acto de justicia que dicta mi conciencia.

Así que, “De mujer a mujer” es solo eso, mi homenaje particular a muchas mujeres que me han hecho disfrutar con sus letras, con sus historias, con sus vidas, con sus imágenes, con su voz y sus palabras. Con su trabajo.

Algo que creo que, para bien o para mal, todos les debemos.

 

 

 

 

El alma del bosque

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Aquel árbol había nacido de nuevo entre las ramas rotas de un tronco partido por accidente.

Cercenado bruscamente, se había resistido a morir y a languidecer en medio del bosque como un pequeño tocón más.

Su espíritu, empeñado en sobrevivir a los fríos inviernos del clima, había fortalecido sus raíces en las cuales depositaba toda la rabia de una vida perdida y la esperanza de un verde futuro.

Habían pasado años de dulce sopor en los que se curaba las heridas traumáticas del accidente y se acostumbraba a su nueva forma, no más alta que un arbusto, pero llena de un impulso nuevo, de un aliento distinto que le empujaba a crecer poco a poco pero con firmeza. Su ambición era sobresalir por encima de los otros árboles y poder ver al menos los tejados de las casas de aquel pueblo cercano que tiraba de él casi como una llamada, como el canto de sirenas legendario, que no podía dejar de escuchar.

Veranos de sol y otoños de lluvia, primaveras en que el bosque se llenaba de aromas y flores silvestres, moras y pájaros cantores que no se posarían sobre él hasta que no alcanzase la altura necesaria para ponerlos a salvo de las alimañas. Setas y hongos. Algún tesoro trufado entre raíces viejas. Viento que aún no llegaba a mecer sus ramas pero que las acariciaba con dulces dedos de amante. Susurros de vida lejanos que él se empeñaba en escuchar por encima de los ruidos sordos de las pisadas de ratones y los vuelos rasantes de abejas o colibríes.

Creciendo poco a poco, año tras año. Con lentitud pero con firmeza.

Cuando el niño llegó por primera vez hasta él, supo que solo por eso había estado creciendo. Reconoció el motivo por el cual había puesto tanto empeño en vivir, en renacer, en seguir existiendo.

Aquel niño, algo más pequeño que él en altura, lo observó serenamente, escuchó su silenciosa letanía de ser herido, acarició su tronco aún liso y decidió, en un instante, que aquel sería su lugar secreto en el bosque, firmando así un pacto de amistad y apoyo que duraría tanto como su existencia mortal.

Los inviernos eran fríos, largos y oscuros, plenos de lluvias que hacían aparecer el musgo en las piedras y daban el vigor suficiente a sus raíces como para seguir creciendo. Sus ramas, cada día más largas y altas, se dividían con una lentitud casi mineral en dos grupos muy diferenciados; unas crecían hacía arriba para poder alcanzar el sueño de otear los lejanos tejados y otras hacía abajo para formar una cueva vegetal que aislara al niño del resto del mundo cuando volviera a verle.

Primavera tras primavera, verano tras verano, el niño volvía.

Era un niño solitario y triste que necesitaba escuchar una voz que le contara cuentos, y a falta de una madre que lo hiciera, escuchaba su propia voz en la reverberación del bosque.

Se sentaba junto a él apoyando la espalda en su tronco y leía en voz alta cuentos infantiles o jugaba entre las ramas a juegos inocentes de niñez, siempre al abrigo de sus hojas, a la protección de sus largos brazos vegetales. Contaba cada año los sarmientos nuevos, observaba los tallos recién nacidos y los brotes primaverales y seguía visitándolo día tras día en largos veranos de sol y luz, en otoños lluviosos en que se convertía en un paraguas frondoso, algún domingo de invierno en que salía el sol y el bosque olía con los perfumes del agua y de los mantos de vegetación que cubrían el suelo.

El niño y el árbol crecían juntos.

Los arbustos de alrededor no podían esconder su envidia, pero los árboles viejos, que habían visto a generaciones de niños leer cuentos sentados sobre sus ancianas raíces, le avisaban de que los humanos, por lo general, solo llevaban tristezas y muerte al bosque, y que la felicidad o la amistad con personas era algo tan efímero, que pasa por la larga vida de los árboles como un soplo momentáneo en una larga existencia de soledad.

No valía la pena tomarle demasiado cariño a un niño. En primer lugar porque crecía y terminaba por olvidarle, y en segundo lugar, porque un árbol no puede permitirse el lujo de amar a quien tiene el poder de quitarle la vida en sus manos.

Cuántos árboles bellos y centenarios, incluso milenarios, habían muerto bajo el hacha del hombre. Cuántos bajo su fuego. Cuántos arbolitos jóvenes habían perecido bajo los pies de niños que los arrancaban a patadas o cuántos habían ido a parar llenos de luces de colores al lado de una chimenea, dentro de una casa en la que se asfixiaban, con las raíces dentro de macetas vacías, sin tierra, que los iban matando lentamente.

Cuántos bosques y laderas consumidos por la mano de los hombres, por su desidia, por sus intereses, por su ambición o su olvido.

No valía la pena amar a los humanos, le decían, quizá eran la peor especie de depredadores.

Pero su niño volvía y el árbol renovaba la fe.

Cada año, le costaba un poco más reconocerle. Su voz, así como su altura y su rostro, habían ido cambiando con los años. Sus lecturas adquirían tintes más dramáticos y serios, sus pensamientos se iban haciendo más profundos, sus impulsos más primarios, y sus pensamientos más llenos de matices contradictorios. Cada vez era menos niño, pero sentado a sus pies, con un libro en las rodillas y leyendo en voz alta, recuperaba y reconocía ese espíritu libre y sereno.

Un día de primavera, cuando desde sus ramas más altas ya comenzaba a ver los tejados de la población vecina, aquel niño volvió completamente cambiado. Durante un largo invierno su alma se había bifurcado y sus impulsos estaban siempre al acecho, combatiendo con sus pensamientos y contrarios a sus acciones; estaba enamorado.

Hasta él llegó un día con compañía de otro ser y se sentaron juntos a leer nuevos libros, ignorando las caricias de sus vegetales dedos y sin detenerse a contar los nuevos brotes o a admirar su nuevo follaje de un verde intenso que transparentaba con el sol.

Solo veía verde en los ojos de aquel otro ser y solo contaba sus besos.

El árbol supo que debía aceptar aquel nuevo estado e hizo crecer las ramas, aún más, para dar mayor cobijo e intimidad a su amigo.

Fue entonces cuando le hizo daño por primera vez. Un daño que no se merecía, que lo entristeció y que le hizo recordar las palabras que sus ancianos compañeros le habían dicho tantas veces. Una tarde talló un corazón en su tronco con el filo de una navaja. Unos extraños caracteres, que para él debían simbolizar algo, fueron unas heridas por las que estuvo sangrando durante meses hasta que logró que cicatrizaran en su corteza y que le costó años que cicatrizaran en su espíritu.

Aceptó el dolor con ese sacrificio de quien sabe que lo está haciendo por amor.

 

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Año tras año, verano tras verano, seguía visitándolo, sólo o en compañía de otros seres.

Un verano llego con un pequeño ser, un retoño que poseía su misma mirada y su mismo halo de soledad y ensoñación y que el árbol reconoció como un sarmiento de la misma vid, un brote nuevo en la prolongación de su misma cepa, y lo aceptó con alegría.

Sus ramas ya se extendían a lo más alto del bosque. Desde las hojas más altas, el frondoso árbol ya lograba divisar el pueblo, y con el paso de las estaciones, a medida que miraba y buscaba, se dio cuenta de que todo aquel afán respondía no solo a la esperanza de ver a aquel niño que había crecido o a su recién nacido vástago, sino a la rama de la cual provenía.

Debería ser una rama y endurecida y nudosa, esas ramas viejas que cuelgan casi inertes de las partes más añejas de cada árbol, pero en su interior aún correría la savia y aún guardaría el impulso suficiente como para luchar por no secarse y morir. Tal vez fuera de esas ramas arcaicas que mueren de sed poco a poco o de aquellas otras en que el alimento que le llega no es más que los restos ya amargos que las ramas jóvenes dejan pasar, pero sabía que aquel sarmiento retorcido, del cual provenía el niño, estaba vivo y verde en algún lugar de aquel pueblo, bajo alguno de aquellos techos anaranjados de tejas u oscuros de pizarra.

La vida era tan larga que podía esperarle el tiempo que hiciera falta.

El árbol ignoraba que aquel niño, cuyos brotes verdes iban creciendo con los años, había hablado de él miles de veces a lo largo de su vida a su tronco progenitor y le había rogado otros miles de veces que algún domingo le acompañara a bosque para conocer su árbol favorito, aquel en el que había leído los cuentos que él no le leyó y que le había prodigado las caricias vegetales que él, a veces, se le olvidó prodigar. Aquel árbol que había acunado sus sueños, que había guardado sus secretos, compartido su soledad, que había sido cómplice de sus primeros besos y su primer amor y cuyo cuidado estaba encomendando a sus propios hijos como una continuidad de vida más allá de la vida, entrelazadas en ramas de verdes y sentimentales frutos que jamás se desprenderían.

Año tras año, el árbol, convertido en el más alto del bosque, esperaba la llegada de aquel que lo evitaba. El niño, convertido también en un árbol maduro y fértil, seguía llegando verano tras verano, sentándose en sus raíces ya al descubierto, acariciando su tronco ya rugoso donde el corazón tallado tanto tiempo atrás había cicatrizado en letras oscuras y por donde, poco a poco, brotaban las cicatrices de ramas rotas y nudos ocultos que salían a la luz y que dejaban escapar unas lágrimas semejantes a melaza aunque amargas.

La lluvia de muchos inviernos y el sol de muchos veranos no lograban vencer su ansia de ver más allá del bosque ni de esperar.

Fue una mañana de finales de verano cuando unos pasos desconocidos se acercaron lentamente por entre el musgo y las hojas caídas, acompañados de los pasos ya familiares de aquel niño hecho hombre.

En efecto, era un sarmiento ya viejo y retorcido por los años pero en cuyos ojos reconoció el afán que lo había llevado a crecer y por el cual, un día, puso tanto empeño en sobrevivir.

Unas manos rugosas acariciaron su tronco y toda la savia de su interior se estremeció dulcificándose por la caricia recibida. Una caricia que hacia demasiados años que estaba esperando. De sus brotes más tiernos comenzaron a brotar lágrimas de dulce melaza mientras las hojas, tocadas por el viento, suspiraban entre las verdes ramas. De los ojos de aquel hombre viejo, surgieron lágrimas amargas y de sus angostos pulmones, suspiros de tristeza.

Se reconocieron a través de las almas, y se hablaron por primera vez de todo cuanto en su interior habían estado callando durante tanto tiempo en el idioma que un día, cuando aquel árbol aún no era árbol y el viejo todavía era joven, habían inventado en secreto. Palabras silenciosas y ocultas al resto del mundo que ambos creían haber olvidado y que, de pronto, recuperaron para poder comunicarse en un idioma que sólo ellos, en su pensamiento, pudieran entender.

Se hablaron de amor y de años, de silencios y esperas, de vidas truncadas y de sueños rotos, de cuentos de niñez y caricias vegetales, de vientos y susurros quietos, de nostalgias y contadas alegrías, haciendo un recuento de todo aquello que deberían haber vivido juntos y que la muerte truncó.

El viejo puso su mano en aquella parte del tronco cercenada tantos años atrás por un accidente y lloró silenciosamente la amarga soledad de viudo que nunca lloró ante nadie para no entristecer a su única fuente de alegría.

El niño entendió entonces las caricias de aquellas ramas, el cobijo y la compañía, la voz interior que le contaba los cuentos que leía y la compañía de aquel árbol que siempre estuvo en su vida y estaría en la vida de sus hijos, perpetuando el recuerdo de quien sobrevivió a la muerte, tan solo con la esperanza, de seguir dando amor a los seres a quienes amaba.

Hannah Banasiak: la poeta que vino del frío

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Si algo tiene de especial Hannah, y que a mí personalmente me ha llamado la atención, es que escribe en castellano sin que éste sea su idioma materno ya que es una bella mezcla de sangre polaca y galesa.

Hannah es la poeta que vino del frío.

Conocí a Hannh por casualidad en las redes sociales hablando, como muchas veces, sobre nuestro actor favorito (no todo son libros y novelas, queridos amigos) y tras una charla resultó que ambas teníamos en común no solo esa admiración concreta, sino también un gran amor por las letras.

Hannah estaba a tan solo unos días de venir a España de vacaciones. Toda una ruta por Toledo, Madrid, Barcelona, Sevilla… en la que buscaba algo más que una simple forma de hacer turismo. Buscaba encontrar la esencia de aquello que desde, creo que muchos años atrás quizá desde su niñez, le había atraído y le había llevado a aprender y escribir nuestro idioma.

Hannah es licenciada en letras polacas por la universidad de Lódz y en letras inglesas por la academia de las ciencias de la misma universidad.

Actualmente es empresaria, traductora y profesora de inglés y español.

Su currículo literario es realmente fascinante e impresionante.

Ha colaborado y colabora como poeta en distintas revistas literarias como Los escribas de México, Pluma y tintero de Madrid, La jiribilla, Palabras diversas y Revista Urraka.

Ha participado en antologías poéticas de diversa índole, como por ejemplo en dos volúmenes de Antología Palestina, Un paso entre versos, Poesía, cuentos y vos, Desde todo el silencio, Mujeres entre la historia y la antología Slady na droze de Polonia.

Ha realizado y publicado varios ensayos sobre uno de sus autores favoritos, Bruno Schulz.

Y además ha obtenido menciones especiales en el concurso literario Premio camaleón de Polonia, mención de honor en el XLI concurso internacional de poesía y narrativa El poder de la palabra en Argentina, y una mención especial en el concurso internacional del Latin Heritage Foundation de Estados Unidos, con los que ha colaborado también en su antología Una isla en una isla.

Impone. Leer todo esto impone y mucho.

He podido leer sus poemas y he tenido que elegir tres para que sean una excelsa representación de sus letras en este blog… y me ha costado.

Sus poemas tienen una fuerza interior que atrae, no son poemas al uso, sino que denotan profundidad y conocimiento.

En ellos, la poeta, destila preocupación por el hombre como ser y en su desarrollo o relación con el medio en que se desenvuelve tratando temas como la religión, la existencia con todas sus dudas, las normas sociales, la situación de la mujer…

Incluso en los poemas que tocan el tema amoroso, Hannah no usa el lenguaje común de muchos poetas sino que utiliza el simbolismo que muy pocos poseen y que los caracteriza como poetas de calidad y de profundo calado, con metáforas que denotan madurez y una riqueza de vocabulario marcada por vocablos utilizados en Hispanoamérica.

Hannah me ha impresionado notablemente. Podría ser una poeta más y no lo es. Hay algo en ella que la hace diferente y que le da una personalidad distinta.

Y todo eso teniendo en cuenta que es completamente autodidacta en literatura y en castellano. Ni siquiera ha ido a una academia de español tal como nosotros podemos ir  a una para aprender a hablar inglés…

¿Os atreveríais escribir un poema en inglés? Pensadlo.

 

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Muerte en el campo

No necesito mucho tiempo
para dejar de existir
en el campo de la vida,
mientras todas las cámaras de gas están ocupadas,
me bastas tú
quién no existes y por eso me siempre puedes matar.
Cuando la conciencia duerme
Los demonios despiertan la verdad.

 

Coconicatl

 El amor en nahuatl suena más salvaje y mítico
que en  nuestros catos del pasado.
Nunca te he podido enseñar a confesarme tu amor.
Pero no te preocupes tanto.
Yo tampoco solía hacer el papel de la más apasionada del mundo.
Prefería hacerlo bailando bulerías en tu dormitorio con vistas al mar.
A las palabras les encanta volar
En el espacio entre nosotros-
-amantes del silencio.

 

Justificación de un loco

 No sentía remordimientos.
Su cara fue a poniéndose azul.
¿Y yo?
No sentí completamente nada.
Ni remordimiento.
Ni vergüenza.
Ni nada.
En los libros sobre los asesinos
escriben mucho sobre la satisfacción sexual,
traumas de infancia
bla bla bla…
Mucha gente sueña con entrar,
incluso para unos minutos,
en la mente de un loco
para ver cómo es estar completamente loco.
¿Cómo es?
¿De verdad lo queréis saber?
Yo nunca he sentido remordimientos.
Ni placer.
Ni nada.
Como si fuera un maniquí
conducido por las manos de Dios
que quizá ni siquiera existe.
Como si viviera en el mundo sin Dios
o procediera de la tribu  que lo mató.
Eso es estar loco.
Loco por y para nada.

 

 Si hubiera nacido…

Si hubiera nacido algunos años más tarde,
probablemente
habría nacido gorda, tonta y débil.
Para que tú seas a mi lado,
mi madre tuvo que darme a luz un día de marzo
y cerrar los ojos después de ver mi cara.
Si mi abuelo no hubiera sido prisionero
y mi abuela se hubiera escondido de un techo en Varsovia,
no se habrían conocido en busca de la normalidad.
Para que tú puedas conocer mi vista,
un millón de gente tuvo que sacrificarse
y algunos no resistieron  la prueba del tiempo  que sigue corrigendo.

 Tengo miedo…

Tengo miedo a las palabras sumergidas en las voces
que resuenan en el aire.
Sé que,
al menos una vez en toda mi vida,
tengo que ser sincera contigo y confesar todas mis mentiras.
Después,
cuando ya soy inocente y lista a lo futuro,
otra vez
puedo crearme de nuevo
mintiendo a todos.
 

Amor América en 8 cuentos perdidos

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8 Relatos sobre distintos lugares, sobre el amor y la fantasía. Sobre sentimientos.

 

 

Como seguramente sabréis, hoy ha salido a la venta mi segundo libro, 8 Cuentos perdidos.

Este libro es para mí algo entrañable ya que fue escrito hace mucho, mucho tiempo, en concreto hará unos veinte años y trae a mi memoria momentos muy lejanos pero íntimos y familiares.

Por aquel entonces era una chica de veintitantos que soñaba con poder publicar un libro y mis hijos eran unos niños que jugaban sobre la alfombra a media tarde después de la merienda y el cole, antes de que llegara la hora de bañarlos y prepararles la cena. Yo aprovechaba esos momentos de paz para escribir en una moderna máquina de escribir Olivetti con las teclas de colores y con un café o un té delante. Quizá la única costumbre que he mantenido desde entonces.

Ahora esos relatos que entonces creía que eran como ejercicios para aprender a escribir, han sido revisados, corregidos, vueltos a revisar y pasados de los folios mecanografiados a hojas de Word y finalmente a una plataforma digital que me permite poder publicarlos en un formato fácil y cómodo para que puedan llegar hasta todos vosotros, algo que debido a su reducido volumen y a su forma de relatos creía que no sería posible hacer nunca.

Por aquel entonces leía, lo recuerdo bien, Amor América de Maruja Torres, Te di la vida entera de Zoe Valdés y cómo no a Los cuentos de Eva Luna de mi admirada Isabel Allende a la que releo en muchas ocasiones. Comenzaba a estar de moda todas las músicas latinas y escuchaba por las noches un programa de Cadena Dial llamado Océano Pacífico donde además de música leían textos y poemas de los oyentes y donde una vez tuve el inmenso placer de escuchar a María Quirós leer un poema mío.

Esa era más o menos la vida sencillita y sin prisas de una madre joven, aspirante a escritora, romántica empedernida y soñadora profesional como suelo definirme.

Mi amor por América siempre estuvo ahí al igual que mi amor por los cuentos y por las narraciones, y, esas lecturas así como la paz de esos días, hicieron fluir estos relatos cortos que ahora podéis leer.

Cada relato está inspirado en un país distinto, aunque no están todos los países de América, y cada uno tiene un tema completamente diferente.

Así, voy desde México hasta Chile, del Madrid de los Austrias hasta Cuba o Puerto Rico intentando captar la esencia de esos lugares en los que no he estado pero que adoro, y la forma en que los percibo desde aquí, desde este otro lado del gran charco.

Los personajes son todos ficticios y sus historias inventadas pero algunas de ellas, desgraciadamente, podrían ser ciertas, como La alcantarilla o El mar.

Otras son pura magia, como El viejo y la sirena y otras que, aunque en Madrid, han sido inspiradas por melodías de canciones que me han traído el sabor de ultramar, como por ejemplo Alfonsina inspirada en un señor Argentino que tocaba Alfonsina y el mar con su violín al lado del Palacio Real.

Lo que todas tienen, sin duda, es un trocito de mi corazón que vive en aquellas tierras lejanas pero muy queridas por mí. Un tributo al amor, como en principio pensé titularlas, porque creo que hasta la historia más dura, destila amor y esperanza.

Ahora ya están en vuestras manos. Ahora ya no soy aquella chica de veintitantos años que soñaba con publicar un libro, y aquellos relatos que creí que jamás verían la luz, llegan a vosotros como un puente entre mi primera y mi segunda novela.

Y eso espero que sean, un puente tendido entre vosotros y yo, una forma de que me conozcáis mejor, de poder comunicarnos y acercarnos en algo que tenemos en común: nuestro amor por los libros y por la literatura.

Solo me queda desear que os guste mi cuaderno de relatos… así, que poneros cómodos, calentaros una buena taza de café, arremolinaos en el sofá… y vamos a contar cuentos…

Ya  a la venta en Amazon       https://www.amazon.com/Cuentos-perdidos-Spanish-Nina-Pitarch-ebook/dp/B01JILPK7O/ref=sr_1_1?ie=UTF8&qid=1470209508&sr=8-1&keywords=8+cuentos+perdidos

 

8 Cuentos perdidos

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8 Relatos sobre distintos lugares, sobre el amor y la fantasía. Sobre sentimientos.

 

Esta semana sale a la venta mi segundo libro, el primero publicado exclusivamente en Amazon, por lo cual me atrevo a hablaros un poco de él.

Este libro nace con dos motivos bien claros y diferentes.

Uno es dar a conocer mi obra en esa plataforma digital, la mayor librería del mundo, en que dentro de unos meses saldrá a la venta la que ha sido mi primera novela “¿Cómo que a qué huelen las nubes?” y que hasta el momento sólo ha sido publicada en el formato tradicional de imprenta y distribución en librerías, así como anticipar lo que será la segunda “Rosa de los vientos” publicada, si todo va bien, este otoño.

El segundo motivo es simplemente que las personas interesadas puedan leer algo escrito por mí que sea ligero, entretenido, en un formato diferente a la novela y que pueda acercarme a los lectores.

El libro, es más que nada un cuaderno de relatos en los que hay temas muy dispares y personajes muy diferentes. Los temas van saltando de la fantasía más absoluta como en “La cuentacuentos” o “El viejo y la sirena” a la más dura realidad como en “El mar” basado en el golpe de estado de Chile en el 72, “La alcantarilla” que habla de la dura vida de los huérfanos callejeros en México D.F. o a la máxima intimidad de los pensamientos como en “Alfonsina” o “Volviendo al pasado

Los relatos están ambientados en distintos lugares y países, así, volamos a La Habana, a Puerto Rico o al Madrid de Los Austrias para reflejar el carácter no sólo de las ciudades, sino de los personajes que en ellas habitan y su forma de ser, vivir o pensar, que es lo que de verdad resulta interesante.

Este cuaderno de cuentos, es una recopilación de relatos que he ido escribiendo con los años y que tal vez, si no es de ésta forma, jamás verían la luz puesto que no están sujetos al contexto de ninguna novela que es el género en el que suelo escribir y en el que sigo trabajando.

Es una forma de dar rienda suelta a la imaginación, de contar algo que de un modo u otro me ha conmovido o he creído necesario expresar. Nace sin pretensiones de ningún tipo salvo la de ponerme en contacto con los lectores y dejar que lean esa parte de mi trabajo que de otra forma caería en el olvido absoluto.

Tanto el formato como el precio he creído oportuno que sea en digital y lo más ajustado posible dadas las características del libro, para que así pueda tener las alas necesarias y llegar a cuantos más sitios mejor.

Para mí, escribir, muchas veces es comunicar, y los cuentos, por su formato, son una gran forma de poder tener ese interlocutor que cualquier emisor busca.

Espero que os gusten, que os entretengan y quizá que alguno que otro os conmueva en su tema tal como me conmovió a mí.

Gracias por vuestra atención y por el acto de fe que supone leerme.

Y ahora, si os ponéis cómodos, podemos empezar a leer cuentos…

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