¿Cómo que a qué huelen las nubes? Cap. 1

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Esperanza. ¿A qué huelen las nubes?

¿A quién narices se le podía ocurrir una pregunta semejante?

Es una de esas preguntas tipo incontestable que suenan bien en según qué contexto y que todo el mundo termina por utilizar en plan cachondeo para no decir absolutamente nada.

El quid de la cuestión no es si alguien en realidad sabe a qué huelen, sino el porqué y con qué intención han hecho esa pregunta en un anuncio de compresas.

Se supone que es una forma de decir que si usas esa marca determinada de compresas, la regla pasa odoríferamente desapercibida para propios y extraños, sobre todo para extraños, y comparar la suavidad de la compresa o la de un sexo femenino con una nube hasta parece acogedor y delicado, pero la cuestión sigue siendo la misma: ¿Qué intenciones se esconden tras algo tan inocente como una nubecilla?

Me imagino al señor ejecutivo de publicidad de una gran multinacional, que nunca ha tenido la regla, intentando ponerse en el lugar de cientos de miles de millones de mujeres con regla en uno de esos días, y sacando toda su imaginación para llegar a entender tan solo una ínfima parte de lo que durante años ha estado evitando tomar en serio cuando era su mujer la que tenía una de aquellas noches de dolor de ovarios, de sed insaciable, de cambios de humor, de falta de líbido, de dolor de cabeza o riñones, de depresión, de síndrome premenstrual y él se daba la vuelta en la cama o se iba al baño a aliviarse solito.

Doy por sentado que la persona a la que se le ocurrió la frase es hombre.

Una mujer con dos ovarios nunca hubiera escrito una frase semejante.

Me pregunto si el tipo hizo como Mel Gibson en aquella peli donde era publicista y se calzaba unas medias, se pintaba las uñas y se bañaba en perlas de sales perfumadas para probar el producto.

No me imagino a un tipo poniéndose una compresa, pero quién sabe… igual tras ver la película decidió valorar los productos por él mismo, aunque lo dudo porque entonces el eslogan no sería tan jodidamente absurdo, la verdad.

Lo que más me preocupa es la intención, lo que quiso decir con la frasecilla.

No sé si es el reflejo de la tontería que los hombres presuponen en las mujeres de cualquier época y edad o que tal vez quisiera dárselas de profundo, lo que me da aún más asco.

No sé.

Hay frases que parecen profundas pero que esconden un gran desconocimiento, incluso tal vez fue alguien célebre quien las dijo por primera vez y si levantara la cabeza se cortaría las venas al verse convertido en un eslogan para ejecutivos pseudo metafísicos que intentan hacernos creer que hay una profundidad inexpugnable en su trabajo y no solo una estrategia de marketing.

Es como la famosa frase del árbol en medio del bosque.

Si un árbol cae en medio del bosque y no hay nadie que lo oiga, ¿hace ruido al caer? Joder, yo diría que ruido, lo que es ruido, hace el mismo, pero si ese ruido no lo oye nadie, ¿no es como si no lo hiciera?

Frases que ya se usan en cualquier contexto y de cualquier manera posible… hasta en las puertas de los baños públicos hay frases que en su momento fueron la ostia.

“Busque, compare y si encuentra algo mejor, cómprelo”

“El algodón no engaña”

Frases y más frases.

Palabras y más palabras.

No dejo de preguntarme si de verdad la publicidad nos cree absolutamente gilipollas.

A las mujeres digo.

Solo hay que ver los anuncios…

Compresas, tampones, detergentes, suavizantes, míster proper, quitamanchas, fregasuelos, anticales y la madre que lo parió todo.

No me vale que ahora salgan macizorros fregando los platos o pasando la fregona porque ni siquiera lo hacen de forma natural.

O sea, en vez de enfocar una actitud ecuánime, los tíos buenorros de las propagandas o bien nos están haciendo un favor o bien nos toman el pelo, pero nunca se les ve hacer algo con la misma naturalidad con la que nosotras llevamos años haciéndolas.

Como ese chico universitario que vive con dos jovencitas y que de pronto recibe la visita de su madre. Las dos chicas, despavoridas, huyen a limpiar el cuarto de baño para que la madre del chico lo encuentre limpio y fragante, pero resulta que son unas guarras que no saben ni con qué limpiarlo y es el chaval quien acaba recomendando el producto antical ante el regocijo de la mami.

O ese mayordomo buenorro que hace la prueba del algodón a unas baldosas tan brillantes que no parecen de este planeta mientras la tipa, desde una chaise longe, contempla su esfuerzo o lo exhibe delante de sus amigas con pinta de ricachonas y cara de estar a punto de comérselo enterito y follárselo entre azulejos y algodones.

Me llama la atención uno de un complejo vitamínico para niños. “El niño no me come”, y la madre, desesperadita, descubre un producto que no sé si es para abrir el apetito o para suplir carencias vitamínicas, la cuestión es que cuando la madre, arrodillada delante de ese niño con cara de Dolorosa, le da una chuche con tal de que la criaturita le coma algo, el niño coge la chuche y se la pira corriendo, sin hacer ni puñetero caso a su madre que, de rodillas, lo mira alejarse con una cara de pena y preocupación digna de un Oscar.

Cómo un crío de cinco años logra doblegar a una mujer adulta hecha y derecha, cómo muestra semejante poder ante esa madre arrodillada en el suelo y cómo, una vez más, se muestra a las mujeres como abnegadas madres en un rol tan antiguo, trasnochado y patriarcal, es algo que me saca de las casillas.

Joder, una cosa es preocuparse y otra perder la vida y hasta la dignidad.

Por no hablar de los anuncios de desodorantes.

Los desodorantes femeninos nos convierten en seres angelicales, frescos, llenos de luz y vitalidad… y los desodorantes masculinos nos convierten en tontas estúpidas que caemos del cielo para follarnos al tío más enclenque de la tierra que, sin embargo, usa Axe, un olor que ni los ángeles pueden resistir. “Hasta los ángeles caerán” es el eslogan.

Y a nosotras nos preguntan a qué huelen las nubes.

¿Se puede saber a quién se le ocurrió semejante estupidez?

No me imagino esa pregunta en otro contexto.

No puedo imaginarme una propaganda de cuchillas de afeitar que diga: ¿Qué tacto tienen las nubes?

Los afeitados se comparan con carreras de coches, con velocidades, con deslizamientos y van ligados siempre al limpio color azul.

Nosotras nos vemos arrastradas en un baile ridículo de color rojo, perseguidas por la mujer de rojo con un carrito lleno de compresas y neceseres de lunares.

Ellos corren.

Nosotras huimos.

Me pregunto de qué.

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Mi jefe acaba de entrar en la oficina pulcramente vestido y afeitado, con un café en la mano y el maletín del ordenador portátil en la otra.

Me pregunto, si a los tíos les dolieran los testículos una vez al mes tal como a mí me duelen los ovarios, tendrían ese aspecto siempre tan inmaculado y fuerte y esa actitud tan espontánea.

Es mi teoría de la patada en los huevos.

Una vez al mes, cada veintiocho días más o menos, un pie invisible pero divino, les da una patada a los tíos en sus partes, de tal forma que estén un par de días con dolorcillo de testículos.

Serían ellos los que nos dirían por la noche en la cama “ahora no, que me duelen los testículos”, serían ellos los que preguntarían si alguien lleva espidifen y se disculparían con la frase de “es que me ha bajado la patada en los huevos”, o se sentirían tristes, súper hormonados, hinchados, poco atractivos y nos sorprenderían con un “es que me tiene que bajar la patada y estoy más depre…”

Me pregunto si existirían las guerras si ellos tuvieran que cambiarse las compresas en las trincheras.

Andrés parece ideal: joven, emprendedor, ejecutivo, guapo, simpático e inteligente.

Pero es hombre, que se le va a hacer, nadie es perfecto, como en la peli.

Con esto de la crisis el pobre se pasa el rato viendo cosas por internet, pero no me quejo porque yo hago lo mismo.

Yo me cuelgo de Facebook, la secretaria de Twitter y la otra comercial se descargan películas para poder verlas a la hora de la comida.

Y todo con cargo a la empresa. ¡Venga el mega, la giga y el megagiga!

¡Qué les den!

Nos merecemos ese plus.

Nosotras no vamos a restaurantes caros ni de putas cuando tenemos una convención, así que al menos nos queda el derecho a la pataleta y a la descarga libre.

La pataleta la montaremos esta tarde cuando nos vayamos a tomar el té de las cinco fingiendo un peritaje inexistente, y la descarga libre imagino que será, con el buen criterio de Lola, una peli del festival de Sundance.

Algo hay que hacer para matar las dos horas y media de comida en las que nos encerramos a cal y canto en la oficina.

No vale la pena ir a casa porque solo en el autobús se pierde una hora para ir y una hora para volver, así que recurrimos al túper o a la tapa en el bar de la esquina si estamos a primeros de mes.

A veces nos vamos a comer a algún sitio baratito.

Un menú de 7 euros con verduras a la plancha y salmón asado con patatitas redondas y fritas, pero caseras.

A veces un wok japonés o un kebab, según el estado de nuestra depresión anticrisis, pero siempre barato y siempre a principios de mes. A partir de día 10 como que ya va doliendo y seguimos con el túper de toda la vida.

El contento dura del día 1 al día 10

Yo hoy llevo ensalada.

Como siempre.

Es increíble la cantidad y variedad de mis ensaladas.

De pasta, de frutas, de atún, de verduras de colores, de legumbres, de cuscús… imaginación al poder.

Cualquier tipo de ensalada que no lleve carne porque me he dado cuenta de que la carne me engorda y me estriñe, así que he renunciado a la pechuga de pollo y al filete de ternera asado que le daba cierta armonía a las ensaladas de lechuga, esas de toda la vida, aunque reconozco que lo de la ternera puede ser otro daño colateral de la crisis y no de mi estreñimiento.

De todas formas, solo como verdura y algo de pescado y ni por esas pierdo un puto gramo.

Miro a Lola y a Lolita, no es coña, se llaman Dolores las dos, las veo comer más o menos como yo y alucino porque están muchísimo más delgadas.

Cierto que mientras yo me quedo con algo de hambre ellas se sienten saciadas, pero eso no es excusa para que yo no pierda nada de peso comiendo casi igual que ellas.

Esta tarde me compraré tortitas de maíz para matar el gusanillo y ahora soportaré no almorzar un trozo de pastel de verdura, aunque desde la hora que me levanto, 7 de la mañana, hasta la hora de comer, 2 del mediodía, el hambre me haga tener vahídos y un cortado resulte a todas luces insuficiente para mi estómago.

Al menos la cafeína me aguanta la tensión como para no caerme redonda al suelo.

¡Joder qué hambre!

Ya he probado los cereales, esos que anuncian en la tele, las barritas para picar entre horas, las de fibra, las de muesli, las de cereales y fruta, las de fruta y chocolate, las tortitas de arroz, las integrales… y me sigo muriendo de hambre.

Tal vez sea porque compro las baratas.

A lo mejor si me gastara 4 euros en unas barritas de esas de marca se me cerraba el estómago de una puta vez, pero prefiero guardarme ese dinero para tabaco, la verdad, así que de momento, y si no me toca la lotería, cortado y cigarrillo a media mañana va a ser lo único que tome.

Y gracias.

Ya estamos pensando decirles a los jefazos de Barcelona que nos cambien la máquina de agua y nos pongan una con agua caliente para poder hacernos los cafés sin salir de aquí.

Pero, como no está el horno para bollos, de momento nos callamos por si acaso.

En un momento seguro que hay reunión con Andrés, el jefe, así que me salgo a la calle para fumarme un cigarro.

Antes, pese a la ley antitabaco, fumábamos escondidos los cuatro en el despacho pero ahora ya no tengo cojones para hacerlo, sobre todo porque todos han dejado de fumar excepto yo, y aunque me digan que no pasa nada, que a ellos no les molesta, como me molesta a mí que ellos no fumen, pues me voy fuera exiliada a drogarme y a alimentar mi cáncer.

Solo me faltaría dejar de fumar. Sí hombre, para engordar más.

¿A qué huelen las nubes?

Hay que joderse con la puta preguntita esa.

Hace años que dejaron de hacer el anuncio y a mí me ha dado hoy por pensar en eso.

Pero es que esas cosas, esas frases y eslóganes son como perennes.

La gilipollez no muere nunca. Se transforma.

Y encima deja secuelas.

Hemos pasado del “me gusta ser mujer” al olor de las nubes y a la mujer de rojo.

Recuerdo cuando yo era jovencita que anunciaban los primeros tampones como si fueran casi un milagro de la ciencia, aparte de que te permitían hacer cosas que jamás habías pensado que tú pudieras hacer, sobre todo montar a caballo.

También aquello se hizo célebre.

Hasta tal punto que se inventó un chiste en el que un niño pedía unos tampones a los reyes magos porque así podía hacer de todo, a cada cosa más divertida e impensable.

Otra muestra de cómo esa publicidad original e irreal cuela en el inconsciente colectivo de la gente.

Cuando llegan a hacer chistes con tu frase, macho, te has coronado.

Por machista o retrograda que sea la publicidad, si hacen un chiste con tu frase, has triunfado como la coca-cola.

Cuando yo era una cría había frases que intentaban ser modernas y políticamente correctas a la par que feministas.

A mí me encantaba Carmen Maura diciendo eso de “Nena, tú vales mucho” aunque hoy le quitaría de delante el “nena”.

No cabe duda que hoy en día las mujeres estamos mejor valoradas que antes y no solo “porque nosotras lo valemos” sino porque tenemos un poder adquisitivo y una independencia económica que hace 40 años no tenían nuestras madres, pero me pregunto si eso también es real o es un truco más del marketing.

¿Somos un sector de población que interesa a ciertos fabricantes o somos mujeres?

La liberación femenina en el año 2000, ¿es de verdad liberación? ¿Nos hemos liberado e independizado y por eso les interesamos o tan solo queremos ser el reflejo de lo que ellos suponen que somos?

¿Qué fue primero, la gallina o el huevo?

En los 70 ponerse pantalones, comenzar a trabajar, votar y fumar como carreteros ya era ser una mujer liberada y moderna, y a la vista está que en los 70 las mujeres no estaban liberadas ni mucho menos.

Ahora en el 2010, ¿estamos más liberadas que antes?

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Ayer, cuando salí de la oficina decidí pasar por Mercadona para comprar un par de cosas que me hacían falta en la cocina.

Cuando subí al autobús para volver a casa después de doce horas fuera, salgo a las 8.30 y regreso a las 20.30, llevaba encima: la agenda, la carpeta de los peritajes, el bolso, la mochilita de la comida, la bolsa del portátil y las dos bolsas de Mercadona.

A esa hora de la noche el autobús estaba lleno de mujeres que como yo volvían a casa.

Secretarias, comerciales de seguros, comerciales de inmobiliarias, asistentas, estudiantes de peluquería, cuatro niños con carpetas de academias y dos con libros de autoescuela.

Me tocó quedarme de pie, aguantando las bolsas de la compra entre las piernas y sujetando todo lo demás con una sola mano mientras con la otra intentaba agarrarme a cualquier cosa que impidiera mi caída en el primer frenazo.

De pronto sonó mi móvil.

Puto invento.

Me faltaba llevar móvil. Para que puedan joderme en cualquier parte.

Casi ni recuerdo qué trucos de prestidigitación tuve que hacer para localizar mi móvil dentro del enorme bolso, y cuando me lo puse en la oreja resultó que era mi marido quejándose de que el niño había hecho no sé qué trastada.

Exploté.

¡Me cago en la puta liberación femenina!

Ese es el derecho a la pataleta, poder cagarte con todo en un momento dado y que los demás te miren como si te comprendieran porque, coño, tienes toda la razón del mundo.

Y esa es la frase que más me ha liberado hasta hoy.

Vamos, ni un grito orgásmico me ha hecho sentir más libre.

Saber, vamos, tener cristalinamente claro que la liberación femenina no existe por más que seamos un sector de población a tener en cuenta en las estrategias de marketing de las multinacionales.

Esas mujeres liberadas, delgadas y bien vestidas para las que siempre es primavera en el Corte inglés, esas mujeres ejecutivas que después de estar al mando de una oficina con cinco tíos llegan a casa y aún les da tiempo de hacer champiñones rellenos mientras sus maridos bañan a los niños, esas mujeres que se van al gimnasio antes de ir al trabajo y lucen tan frescas, esas mujeres que siempre huelen a perfume lujoso, que usan cremas tan caras como mi compra de fin de semana, esas mujeres liberales y liberadas, esas mujeres que cenan con alargadas copas de vino y tienen uno o dos orgasmos diarios, esas mujeres que nunca tienen dolor de ovarios ni de cabeza, que no tienen que lavar calzoncillos ni cambiar pañales, esas mujeres que quieren que seamos, no son las mujeres que somos, pero tal vez sí son las que muchas querrían ser, y eso también vende.

No nos hemos liberado de nada, sino que además hemos asumido todos los roles masculinos que también los esclavizan a ellos.

Triunfadoras, folladoras, guapas, perfectas, agresivas, seguras de sí mismas, independientes, activas, realizadas… hace 100 años nos hubieran tildado de lesbianas por tener esas cualidades que eran exclusivamente masculinas entonces, pero que, sin embargo, ahora nos pertenecen.

Lo curioso es que al mismo tiempo se exige de nosotras que sigamos siendo madres, esposas, hijas, que seamos delicadas, afectivas, sumisas, emotivas y se nos sigue agrupando en dos tipos, o putas o santas, sin término medio.

Si te cabreas, estas mal follada.

Si estás deprimida, eres una sentimental.

Si eres dura, eres una zorra.

Si tienes un mal día, una inútil.

Si triunfas, a saber a quién se la has chupado.

Si no triunfas, pero lo intentas, eres una trepa.

Si eres agresiva, eres tortillera.

Si eres segura de ti misma, una zorra orgullosa.

Si no estás segura de ti misma, te falta agresividad para ese trabajo.

Si eres activa, estás histérica.

Si no eres demasiado activa sino de temperamento tranquilo, te falta iniciativa.

Si eres afectiva, pareces débil, y si no lo eres, es porque no tienes corazón.

Si te follas al jefe o a un compañero, eres un putón y si no lo haces, eres una reprimida.

Ya vale, ¿no?

Desde luego la publicidad no es el mundo real.

Aunque se empeñen en hacernos creer que sí, que hay gente que vive así, de esa forma… pues qué suerte.

Yo de momento voy a terminarme el cigarrito y entraré en el baño a cambiarme el tampax.

 

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